Un salvador de las mujeres

Blog I El gran problema de fondo en la crisis política: http://gaceta.es/pio-moa/gran-problema-fondo-crisis-politica-12012016-1114

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La penúltima ocurrencia de Zapo ha sido decir que España se siente orgullosa de su pasado musulmán. Se siente o debería sentirse  orgullosa de su pasado antimusulmán, pues gracias a él existe España y no Al Ándalus. Esto otro es anterior.

El feminista

 Rodríguez Zapatero ha explicado a Time: “Lo que despierta mi vena rebelde son 20 siglos de un sexo dominando a otro. Hablamos de esclavitud, feudalismo, explotación, pero la dominación más injusta es la de una mitad de la raza humana sobre la otra mitad”. Se comprende que el buen Rodríguez esté afligido y furioso por tanta injusticia de las generaciones anteriores durante veinte siglos. ¿Y quién no? Así que vamos a darle una mala noticia primero, y una buena noticia final que quizá calmen su atribulado ánimo, tan rebelde que da miedo. 

Cuando él habla de 20 siglos se refiere, claro está, al cristianismo. En el catecismo progre, el cristianismo tiene la culpa de casi todos los males. Pues he aquí la mala noticia: lo que él considera desigualdad y opresión de la mujer por el hombre no ha durado veinte siglos, sino, probablemente, toda la historia humana. Incluso cabría decir sin injusticia que el cristianismo ha ayudado poderosamente a suavizar las relaciones entre ambos sexos: desde el “todos (y todas, claro) somos hijos de Dios” al “compañera te doy y no sierva”, pasando, en el catolicismo, por la relevancia de la Virgen y de una multitud de santas, puede decirse que, en cuanto a esas opresiones, el cristianismo ha sido mucho más positivo que, por ejemplo, el islamismo, cuyas virtudes y necesidad de ser comprendido y apreciado por los malos cristianos no cesa Rodríguez de encomiar. Y sólo tiene que consultar Rodríguez los más antiguos documentos históricos (puede empezar por La Ilíada en relación con nuestra civilización) para ver que en las relaciones humanas, comprendidas las existentes entre mujeres y varones, siempre ha existido una veta muy dura y dolorosa.  

En este sentido puede Rodríguez revolverse, y quizá deprimirse todavía más: “¡Progreso mío!, así que ahora resulta que la opresión de la mujer dura ya mucho más de veinte siglos. ¡Oh, no sé si tendré fuerzas para corregir tan extendido y duradero mal! ¡Acude a mí, Progreso, confórtame y ayúdame!”. Pero puede también experimentar un cierto alivio: “Por lo menos algo se ha progresado en veinte siglos. ¿Y gracias al cristianismo, por lo menos en parte? Increíble, realmente. Tendré que consultar de nuevo el manual. Bueno, eso permite albergar alguna esperanza, de todas formas”. 

Y la buena noticia. A pesar de esa veta dura y dolorosa, veta inmensamente ancha y profunda en ocasiones, en general han predominado en la historia aspectos más soportables, incluso agradables, pues de otro modo la humanidad habría desaparecido mucho tiempo ha. Es más, y aquí viene la gran noticia que liberará a Rodríguez de sus cuitas y rebeldías, tan perturbadoras para la serenidad que siempre buscan las personas equilibradas: ¡nunca ha existido esa opresión de la mujer por el hombre! Asombroso, ¿verdad? Pero indudable. A lo largo de los siglos, y ahora mismo, muchas mujeres (y muchos hombres) han sufrido y sufren opresión. Hasta podemos afirmar que todos sufrimos opresión de algún tipo, en mayor o menor grado y en unos u otros momentos. La vida de la inmensa mayoría de los hombres y mujeres ha sido muy similar: oscura (muy pocas personas han “pasado a la historia”, y así será siempre, por lógica, aunque, para un cristiano, todas estén presentes ante Dios), trabajosa, sometida a ignorancias y aciertos, a costumbres mejores o peores, a mil azares… y, dentro de ello, todos y todas han experimentado alegrías y sinsabores en mezcla muy desigual según las personas. Esto es importante: según las personas, no según las clases ni según los sexos. 

Naturalmente, entre varones y mujeres siempre ha habido y siempre habrá diferencias físicas y anímicas muy considerables. Esto puede parecer muy triste a personajes de mentalidad mesiánica y estereotipada, pero la vida resultaría invivible sin esas diferencias. En todas las sociedades ha existido una especie de división del trabajo basada en esas diferencias naturales. Por ejemplo, el cuidado del hogar y la educación de los niños suele ser tarea fundamental, aunque no exclusivamente, femenina (la raíz del feminismo está en la aversión a esa tarea, tan opresiva en comparación con las divertidas y gratificantes actividades de que, según parece, siempre ha disfrutado el varón). Otras diferencias tienen rasgos más crudamente naturales. Otro ejemplo: mientras se ignoraron algunas normas de higiene y la existencia de los microbios, el parto fue un riesgo muy grave, además de doloroso, y el tiempo medio de vida era menor en las mujeres. Los avances en el conocimiento y la técnica, debidos a la actividad del varón –no siempre ha sido éste tan malvado con sus pobres compañeras–, ha cambiado bastante las cosas, y hoy en casi todas partes las mujeres viven más que los hombres.  

La mesiánica ideología feminista no cesa de ponderar la superioridad de la mujer actual sobre sus humilladas predecesoras, tanto más despreciables cuanto que no solían mostrar descontento con su intolerable posición; ni cesa de ensalzar la “conquista de actividades y puestos sociales antes reservados al varón” y otros logros parecidos. Con ello pasan por alto dos cosas: en primer lugar, que en la historia real esas actividades y puestos sociales han sido el fruto, no siempre agradable, de la actividad masculina dentro del reparto tradicional de papeles. Es decir, han sido creaciones masculinas, y no, como sobreentiende la ideología, acaparamiento masculino de algo previamente existente (ocurre lo que con ciertas teorías de la explotación tercermundista: dan por supuesto que la riqueza cae del cielo, pero que unos cuantos sinvergüenzas imperialistas se la apropian, despojando a los demás). La entrada masiva de la mujer en ese mundo masculino ha tenido muchas causas, entre ellas las propia exigencias del desarrollo económico; o las guerras mundiales que obligaron a una movilización masiva de los hombres y a su sustitución por mujeres en el aparato productivo.  

Y la otra cosa que ignoran alegremente esas ideologías es el precio de esa “conquista”. La parte femenina aunque menos ostentosa que la masculina, daba estabilidad y continuidad cultural a la sociedad, y permitía encajar los conflictos creados por la mayor agresividad del macho. Todo eso peligra ahora. La incorporación de las mujeres a ese mundo creado por el varón tiene aspectos atractivos, pero sólo los tontos creen que todo el monte es orégano. Los mesiánicos siempre creen haber descubierto la fuente del mal (la opresión de la mujer, viene a decir Rodríguez) y, queriendo secarla, han provocado, por lo común, inundaciones. 

Así que si nuestro buen presidente repasa la historia en general y la de las ideologías mesiánicas en particular, acaso termine viendo las cosas de otra manera. En resumen: las mujeres no tienen la menor necesidad de la hiperactividad salvífica de nuestro presidente. Esto quizá desilusione un poco a Rodríguez, dada su natural tendencia a las misiones esforzadas, pero tiene la ventaja de que le permitirá descansar. Y, algo casi tan importante, también dejará descansar un poco a la atribulada sociedad española.

(En LD, 22-9-2004)

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La II Guerra Púnica y la religiosidad romana

**Blog I: Qué revela “lo” de Colonia: http://gaceta.es/pio-moa/revela-colonia-10012016-1337

**”Cita con la Historia”: En Radio Inter, domingos de cuatro a cinco de la tarde. Últimos programas: www.citaconlahistoria.es. También en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=Lb275HQRDec (La corrupción del PSOE durante la guerra civil)

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    Si Aníbal hubiera vencido, y muy cerca estuvo, quizá Cartago no  habría emulado el impulso romano hacia el este, pero sin duda habría impuesto su civilización oriental-africana en el Mediterráneo occidental. El imperio romano no habría llegado a nacer  y el destino cultural y político de Europa habría sido muy otro. Ciertamente, aquella magna contienda no es una más en la historia, tiene verdadero carácter fundacional: con ella  nació  la civilización europea, y nació como civilización mediterránea.    

   Los romanos entendían que sus prodigiosas victorias no podían explicarse solamente por factores racionales, tales como el genio de Escipión o la organización legionaria o la capacidad económica. Después de todo, los mejores planes fracasan a veces, y otras una intuición momentánea lleva al triunfo, y los cambios de fortuna escapan a los cálculos de la razón. Desde siempre los hombres han intuido la intervención de fuerzas misteriosas por  encima del cálculo racional, fuerzas divinas, y para los romanos la causa última de sus éxitos estaba en la protección de los dioses tutelares de la ciudad, a quienes oraban y sacrificaban y cuyos mandatos morales se esforzaban en seguir. Expone Polibio: “La mayor diferencia positiva de la constitución romana es, a mi juicio, la convicción religiosa. Pues me parece que la religión ha sostenido a Roma a pesar de ser objeto de burla por los demás pueblos. Entre los romanos  la religión está presente  con tal dramatismo en la vida privada  y en la pública, que no es posible estarlo más.  Esto sorprenderá a muchos, pero creo que lo han hecho pensando en la gente común. Si  fuera posible formar una ciudad solo con personas inteligentes, (la religión) no sería precisa. Pero la masa es cambiante y llena de pasiones injustas, de furias irracionales y de rabias violentas. El único remedio es contenerla con el miedo a lo desconocido y ficciones de ese género. Así, a mi juicio, los antiguos no inculcaron por azar en la multitud las imaginaciones de los dioses y las narraciones del Hades”. Por ello, Polibio tachaba de temerarios a quienes creían posible o conveniente suprimir la religión, despreciada por la gente instruida como un rosario de ficciones  absurdas pero apreciada como instrumento útil para asustar al pueblo y mantenerlo en calma.

   Polibio ensalza también otra conducta ligada a la religiosidad: la honradez de los cargos públicos en asuntos de dinero. La práctica del soborno estaba penada con la muerte, mientras que en  Cartago era pública y aceptada, y las ciudades griegas se habían hecho famosas por la insolvencia y corrupción de sus magistrados: al respecto, los romanos acuñaron la expresión graeca fides, nulla fides.

    Como ocurría en otras culturas, la religión estaba ligada íntimamente al estado, a la protección del estado y de la ciudad, luego del imperio; y todas las acciones, políticas, guerreras, etc., debían contar con el beneplácito divino, obtenido a través de los ritos presididos por los sacerdotes. Los cónsules  ejercían también funciones religiosas, y los éxitos políticos y  guerreros, que no excluían una minuciosa racionalidad, se atribuían en definitiva a la protección divina. Con el tiempo, los emperadores llegarían a ser divinizados directamente, como garantes providenciales del orden del estado. La religión latina no solo era politeísta sino que estaba dispuesta a integrar a los dioses y ritos de otros pueblos conquistados, siempre que no se opusieran al interés del estado. 

    Con todo, la abundancia de divinidades mayores, menores, públicas y domésticas, no excluía una jerarquía, la “tríada capitolina”, con Júpiter, el dios más poderoso y protector, Juno, su esposa-hermana, protectora del hogar y el matrimonio, y Minerva, diosa de la sabiduría y de la guerra. Según el investigador francés G. Dumézil, la tríada superior caracterizaba a las religiones indoeuropeas, apreciable en la griega (Zeus, Poseidón y Hades), en la celta, la hindú o la germánica. Algunos autores han querido ver ahí un precedente de la Trinidad cristiana. La triada se relacionaría también con la división del orden social en tres ámbitos: el del sacerdocio, el del guerrero y el de los productores (campesinos, comerciantes,  artesanos). División rígida en el sistema de castas hindú, pero perceptible asimismo en las demás culturas del mismo origen, incluso en la civilización europea hasta la Revolución francesa. Sin embargo, una división semejante existe de modo similar en culturas no indoeuropeas.

   En estas religiones los dioses son inmortales, pero no eternos, pues tienen un principio a partir de fuerzas más oscuras e indefinibles, como el amor, la guerra, “el cielo y la tierra”, surgidas sucesivamente desde el Caos, algo así como una situación confusa e indiferenciada previa al mundo ordenado. No eran, por tanto, los creadores del mundo, sino más bien los fundadores  y mantenedores de su orden, así como del orden social. 

   Por lo que respecta a los humanos, eran religiones melancólicas. La humanidad habría ido decayendo desde una Edad de Oro, en que los hombres, semejantes a los dioses vivían en armonía con la naturaleza, sin fatigas ni sufrimientos, y morían plácidamente, como durmiendo. Le sucedió una Edad de Plata, de gente longeva, pero condenada a  trabajar la tierra para vivir y ganada por la hybris (desmesura,  orgullo), dada a las violencias  y a despreciar a los dioses. Zeus la exterminó. Los humanos de la Edad de Bronce destacarían por una belicosidad extremada que habría terminado por destruirlos, junto con un diluvio del que solo se salvaría una pareja. Seguiría la Edad Heroica, identificada con los tiempos de la guerra de Troya, que también llegaría a su fin, dando paso a una Edad de Hierro, la presente para griegos y romanos, plagada por la codicia, la violencia, la mentira y  la deslealtad. Hay, pues, una evolución  descendente del ser humano, caracterizada por una creciente hybris e impiedad con sus consecuencias nefastas. Otros mitos  exponen la creación del hombre por un titán hijo de la tierra, Prometeo, que regala a sus criaturas el fuego (la técnica) y les enseña a despreciar a los dioses, que lo encadenan a una roca, símbolo de las apetencias meramente materiales, mientras le roe el hígado un águila, símbolo del castigo por la traición al espíritu[1]

   Si el destino de las personas en vida resultaba expuesto a muchos males, tampoco era brillante el que le esperaba en el más allá, cuando sus almas bajaran al Hades o Averno, donde recibirían premio o castigo, en regiones del Hades como los Campos Elíseos para los buenos y el Tártaro para los malvados. Pero en la expectativa no dejaba de ser lóbrega. En La Odisea, Aquiles afirma preferir ser un siervo en casa de un pobre entre los vivos a reinar entre los muertos. El emperador Adriano recoge el tema  en su poema Animula vagula blandula,  “huésped y compañera del cuerpo, que irás a lugares lívidos, helados, desnudos”. La religión grecorromana exigía de los hombres una conducta justa pero poco esperanzada aunque tratasen de ajustarla a los mandatos divinos, percibidos de modo a menudo contradictorio. Y prometía una vida de sombras en el más allá. Pese a sufrir una penosa Edad de Hierro, o por ello mismo, el hombre debía suplicar siempre el auxilio de los dioses, garantes en definitiva del orden y felicidad posibles

   Polibio revela un declive del politeísmo, al menos entre la gente intelectualizada del helenismo. La fe en los dioses había sido socavada por la poca esperanza propiciaba y por el racionalismo. Los temas metafísicos de Platón y Aristóteles habían cedido en otros filósofos a cuestiones más abordables por la razón, buscando una moral capaz de orientar al hombre hacia la felicidad. Pero la ventaja de sustituir relatos míticos por razones traía también inconvenientes, pues desde unas mismas premisas, la razón construye discursos dispares, incluso opuestos. Así, dando por sentado que el bien es el placer y el mal el dolor, la felicidad supondría un hedonismo que permitiese lo máximo del primero y lo mínimo del segundo, pero de ahí no deriva una conducta unívoca, pues, ¿cómo practicar con tino la búsqueda del placer?  El hedonismo podía entenderse como rienda suelta a los deseos sensuales, o como una selección entre los mil deseos humanos, descartando los más “bajos” o peligrosos; o incluso como una renuncia ascética a los deseos, ya que estos, por incumplibles en muchos casos o por lo breve de su satisfacción, traían consigo  el dolor. El hedonismo podía inducir  asimismo al suicidio, razonando que las penas en el mundo son a menudo mayores que los placeres. De ahí diversas escuelas como la de Cirene, el epicureísmo o el estoicismo. 

   Por otra parte era difícil eludir la referencia a la fuente de la moral en algún concepto metafísico. Si la moral dejaba de ser expresión de la voluntad divina, debía buscársele un fundamento distinto y más asequible a la razón, pero con ello se entraba en una nebulosa. Se trataba, en definitiva, de vivir de acuerdo con la Naturaleza, con el orden cósmico,  ya que de ahí vendría el bien y la felicidad, y de ignorar el orden natural procederían los males.  Por desgracia, la Naturaleza  resultaba en sus órdenes tan misteriosa como la voluntad de los dioses, y quienes predicaban una vida de acuerdo con ella se encontraban enseguida con diversas opciones y problemas de difícil salida. 

   Hasta la II Guerra Púnica, la religiosidad romana resultaba  muy sólida a los ojos escépticos de los filósofos y personas cultivadas de Grecia. Pero a partir de entonces muchos rasgos iban a cambiar en la propia Roma, entre ellas la religiosidad.


[1] Según la interpretación de Paul Diel en El simbolismo en la mitología griega

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Materia y espíritu

Blog I “Víctimas del franquismo”:  http://gaceta.es/pio-moa/victimas-franquismo-07012016-0918

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La materia es un concepto intelectual, es decir, espiritual, con el que tratamos de explicar la gran cantidad de “cosas palpables y cambiantes”, accesibles de un modo u otro a los sentidos, que ofrece el mundo: sería el factor subyacente y ordenador de esa variedad y cambios. No obstante, ese factor, la materia,  no corresponde a nada real y palpable, nadie la ha visto ni tocado ni presumiblemente lo  hará nunca. El concepto de materia ha dado lugar a una filosofía, el materialismo, que es también una elaboración espiritual, cuya esencia consiste, precisamente, en negar el espíritu. Se parece un poco a aquellos sofistas que afirmaban que nada es comunicable, y sin embargo insistían en comunicar su descubrimiento.

    El espíritu puede definirse como el designio, la voluntad o el sentido (el Verbo) de todo lo existente. Es un concepto elaborado sobre el propio funcionamiento de la psique humana, extendido por analogía al cosmos: no construimos una mesa “porque sí” ni de cualquier manera, sino con unas formas determinadas por su finalidad. No hablamos emitiendo sonidos al azar, sino de forma ordenada y con un sentido. Suponemos racionalmente que algo análogo ocurre con el resto del universo: existe detrás de él y en él un sentido, una especie de finalidad, o sea, un espíritu. La analogía es en parte falsa, por la inmensa diferencia de escala entre  el mínimo mundo al que aplicamos nuestra voluntad y acciones, y la apabullante inmensidad del cosmos. Y la diferencia no es solo de escala, sino cualitativa: el espíritu o sentido que queremos encontrar detrás del cosmos difiere tanto del nuestro, que nuestra relación con él se expresa más en la fe que en la razón.    

    Hay, por tanto, cierta arbitrariedad en el concepto de espíritu al pretender aplicar la experiencia humana de sentido al conjunto del universo. No obstante, resulta extraña la idea contraria, de que el sentido que encontramos en nuestras minúsculas  acciones sea algo ajeno o contrario al resto del mundo. Por otra parte, la idea de sentido del mundo, en el cual están inmersas nuestras vidas, es también una exigencia psíquica absoluta: sin ella, nuestra vida se convierte en un caos intolerable, que conduciría al suicidio.

   La idea de un cosmos materialista, es decir, sin  sentido, sin espíritu, exige sin embargo un elemento ordenador,  unas leyes que son ajenas a la materia (o bien son creadas por la materia omnipotente, para darse orden a sí misma, una idea bastante extraña).  Al final, el materialismo necesita recurrir a un concepto explicativo de todo ello: el azar. Pero el azar resulta algo mucho más misterioso aún que la voluntad divina.

   Queda esto, al parecer: nuestro espíritu exige un sentido no solo a las acciones de nuestra vida corriente, sentido que entendemos fácilmente,  sino al conjunto de nuestra vida, cuyo sentido ya se nos escapa, y dentro de un cosmos que a su vez tenga sentido. El materialismo lo niega, pero el materialismo es a su vez un fruto particular, un tanto paradójico,  del espíritu humano.     

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En twitter PioMoa1:

*ZP, amigo y protector de etarras y chekistas (ley de “memoria histórica”) dice que España está orgullosa de su pasado musulmán. España no tiene pasado musulmán, sino anti musulmán.

*Gracias a su pasado antimusulmán existe España y no al Ándalus

*Gracias a su pasado antimusulmán España no es una prolongación del Magreb

* En Granada culminó la Reconquista: desapareció Al Ándalus y volvió España.

* La Reconquista fue posible porque antes existía la nación española, desde Leovigildo. “Nueva historia de España”.

*La Reconquista significó la vuelta de España a la civilización cristiano-latina y europea. “Nueva historia de España”

*En el norte de África no fue posible una reconquista debido a la ausencia de naciones  anteriores.

*En el norte África la brillante civilización cristiano romana fue arrasada por el islam. En España faltó poco. “Nueva historia de España”

*Al Ándalus siempre fue un despotismo extremo, impuesto por los árabes incluso sobre la población local convertida al islam “Nueva historia de España”

*La islamofilia de la izquierda y separatistas es solo una manifestación más de hispanofobia y cristianofobia.

*Aunque se crearon inevitablemente diversos reinos en la Reconquista, el ideal de España perduró y se impuso, salvo en Portugal. “Nueva historia de España”.

 

 

 

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España como problema, o ¿qué esperar de España?

Blog I: Un problema muy actual: la guerra civil y los problemas de la democracia en España: http://gaceta.es/pio-moa/tema-esencial-actualidad-guerra-civil-los-problemas-democracia-espana-05012016-1953

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   El físico Julio A. Gonzalo ha publicado en la editorial de la Asociación Española de Ciencia y Cultura,  un ensayo, España como problema. De la Segunda República hasta hoy en que, a través de episodios agudamente sintetizados, explica la evolución del país en cuatro etapas: I República, revolución y guerra civil, con el significado de la victoria nacional; II De la victoria nacional al referéndum de 1966, con la guerra mundial, sus consecuencias para España y el asentamiento del régimen y su futuro como monarquía del Movimiento. A partir de ahí empezaría III etapa, la transición, con el juramento de Juan Carlos en 1969, el asesinato de Carrero, etc., y hasta la Constitución del Estado de las autonomías en 1978. Y la IV etapa, desde la Constitución hasta hoy, con las “victorias sin alas” de la UCD y más tarde del PSOE, la caída del comunismo soviético, el atentado terrorista de Atocha y sus consecuencias hasta hoy.

   La idea del ensayo, que puede compartir cualquier persona informada, es que el franquismo  libró a España de muchas calamidades y dejó un país en las mejores condiciones sociales y económicas desde, al menos, la Guerra de independencia, para luego sufrir una transición  bastante lamentable  hasta la situación desastrosa actual con peligro de balcanización del país. En la contraportada resume una lección: Vascongadas y Cataluña están camino de la independencia. Si la monarquía no sirve para garantizar la unidad de España, ¿para qué la queremos?

   Una idea más de fondo queda explícita en la “Palabras previas”:  Pocos países en el mundo tienen una herencia histórica y cultural como la española (…) ¿Por qué hay tantos indocumentados vascos, catalanes, gallegos, canarios, que se empeñan en negar esa herencia, tan suya como nuestra? Pues por una razón muy sencilla: porque la historia de España, guste o no, está tejida de hechos clave en defensa de la Cristiandad, y hoy Europa (…) está a la defensiva. Hechos clave: ocho siglos de reconquista, descubrimiento y evangelización de América, Trento, Contrarreforma Católica, lucha sin cuartel contra Napoleón, abanderado de la revolución francesa, y, ya en el siglo XX, primera victoria indiscutible frente al Comunismo Soviético en el campo de batalla. La Masonería y el Comunismo no perdonan (…) No pueden ver con buenos ojos  una España próspera, unida y en paz.

   A mi juicio, este enfoque, aunque sugestivo, margina algunos hechos cruciales. Sin duda  la victoria sobre el comunismo en 1939 tuvo gran trascendencia internacional, y lo mismo la posición de España en la guerra fría, muy mal agradecida por Europa occidental. Pero, en fin, la lucha anticomunista pasó a ser dirigida por Usa, a la cual se achaca siempre una fuerte impronta masónica, y que no dejó de apoyar al franquismo, aunque fuera con cicatería. De modo que unir comunismo y masonería requeriría un análisis bastante más matizado. La implosión de la Unión Soviética, por otra parte, eliminó uno de los peligros. ¿Habría que atribuir a la masonería las desdichas del país a partir de la transición? El autor no lo afirma, pero queda sugerido en la exposición. La masonería o más bien las masonerías, no son una fuerza desdeñable, pero de ahí a creerlas un poder oculto omnipotente y con un designio muy claro (destruir la cristiandad), hay un gran paso que yo, desde luego no doy:  aquí conviene el consejo de Lenin: “análisis concreto de la situación concreta”. Cada problema tiene sus raíces particulares, y aunque estén más o menos interrelacionadas, no existe una fuerza general que condense el mal y sea culpable de todos los malos pasos de la Humanidad. Desde luego, la masonería es por naturaleza anticristiana, o al menos anticatólica, y también lo  fue la URSS… pero sucede que allí la masonería estuvo proscrita como asociación “burguesa”.

   En cuanto al catolicismo, ciertamente esencial en la historia y cultura del país, no es exclusivo de España. Francia, “hija predilecta de Roma”, o Italia, parte de Alemania… han hecho también sus méritos como países católicos; y España, que no dejó de serlo por la invasión napoleónica, pudo ver cómo  otros países más bien anticatólicos y con influencias masónicas, lo superaban netamente en cultura y economía. Lo cual ya había ocurrido en el siglo XVII y en menor medida en el XVIII. El catolicismo está ligado al gran siglo de España –más de siglo y medio en realidad—pero también a su decadencia y atraso relativo posterior.

    El autor también recalca, en relación con el referéndum de 1966, las palabras de Franco defendiendo una democracia sin partidos. Este es un tema importante, pero cabe hacer dos observaciones: como recoge el autor, la democracia orgánica, con las elecciones a las Cortes a través de los sindicatos y asociaciones profesionales y representantes del Movimiento “nunca llegó a niveles mínimamente aceptables”,  y el nuevo tercio a  cargo de “cabezas de familia y mujeres casadas”, introducido entonces, tampoco llegaría a funcionar realmente. Por consiguiente, los muy destacados éxitos del franquismo no pueden atribuirse a aquella democracia orgánica. En segundo lugar, la idea de que los partidos no existían en el franquismo debe relativizarse. Había cuatro “familias” a menudo rivales, con sectores antifranquistas todas ellas, con idearios, órganos de expresión y organizaciones diversas propias. No eran del todo partidos,  pero tampoco eran no-partidos.  Por mi parte, sostengo que en todo régimen existen partidos, se declaren así o funcionen como camarillas, grupos de presión, etc. Si esto no se tiene en cuenta, me parece difícil analizar correctamente a aquel régimen.

    He sostenido en Los mitos del franquismo que la naturaleza ideológica del franquismo fue el catolicismo, lo cual tenía al menos dos problemas graves:  se trata de una religión  y no de una ideología política, aunque tenga repercusiones políticas; y depende de una instancia exterior a España, el Vaticano, que tuvo a bien, a partir del Vaticano II, abandonar y sabotear en buena medida a quienes habían salvado a la Iglesia del exterminio, dejándolos literalmente en el aire. El resurgir de los separatismos, de la ETA y del comunismo  desde  finales de los años 60 debe mucho a la actividad de la Iglesia o de sectores de ella, mucho más que a la monarquía.  No quiero decir con esto que España, o quienes aprecian los enormes logros del franquismo, deban pasar a una posición antieclesiástica, por supuesto, pero sí que deben analizar “la situación concreta de modo concreto” y sacar algunas conclusiones. Ya en los años 40 fueron bastantes los que, dentro del régimen, encontraron excesivas las concesiones a Roma.

    En fin, el tema se presta a muchas consideraciones, y el libro que comentamos es valioso precisamente por eso. Los libros “sin problema” son generalmente poco interesantes.

   Como se recordará, en los años 40 Laín Entralgo escribió una obra con el mismo título, que dio lugar a una larga polémica.  Laín se preguntaba por qué en España era tan difícil la convivencia entre distintas opciones políticas y culturales,  buscaba la integración de las famosas dos Españas y un catolicismo más integrador y abierto a la ciencia.  El problema era en gran medida falso, resultado  de  una apreciación superficial de la historia de los demás países europeos, con dificultades de convivencia iguales o más arduos: un eco de las tiradas de Ortega y similares sobre el carácter “anormal” o “enfermo” de la historia de España.  Al problema falsamente falseado dio una respuesta igualmente falsa Calvo Serer, afirmando que el problema había sido resuelto con la guerra civil y la asunción del enfoque de Menéndez Pelayo  como una explicación del pasado español capaz  proyectarse fructíferamente hacia el futuro.  La anormalidad, por así decir, radicaría en las ideas acatólicas o anticatólicas que habían deformado el pasado español en los siglos pasados, y que la victoria nacional en 1939 había aventado de una vez por todas.

   Hoy no solo España sino también el resto de Europa y lo que llamamos Occidente, sufre una crisis profunda que exige replanteamientos, examen de la experiencia e ideas nuevas. No sé si España estará en condiciones de aportar algo serio. De momento no se ve.

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Este año debe ser el de la reivindicación de Franco

La verdad se corrompe tanto por la mentira como por el silencio” (Cicerón):  pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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—-¿Por qué ha escrito ud un libro franquista y cuál es su tesis principal?

—- Los mitos del franquismo no es un libro  franquista sino que trata de exponer la verdad sobre el franquismo prescindiendo de retóricas propagandísticas y atendiendo esencialmente a los hechos. Y creo que mejora a la inmensa mayoría de las obras publicadas hasta ahora. La mayor parte de los libros que han tratado de defender la memoria de aquella época resultan a menudo romos o provincianos, o anecdóticos. Y los contrarios, como los de Preston, Moradiellos,  Cortázar, Viñas y tantos otros, caen simplemente en lo grotesco. En resumen diríamos que, contra lo que se viene diciendo, fue una gran época para España y si sigue habiendo hoy algo de democracia después de la transición lo debemos a su legado.

Pero aunque  el libro trata más del régimen que de Franco, quiero hablar ahora del personaje. Atendiendo a los datos, lo considero el estadista de mayor talla, con gran diferencia, que haya producido este país en dos siglos por lo menos. Por lo menos. Para comprobarlo basta atender a los grandes desafíos históricos a que se enfrentó y superó brillantemente, en un país acostumbrado desde mucho tiempo atrás al derrotismo, la mediocridad y la autodenigración.

*Venció a una revolución comunista, no a una democracia destruida previamente por el Frente Popular. Contra lo que se dice, no fue el primero en hacerlo (antes la habían vencido Mannerheim en Finlandia y Pilsudski en Polonia). Pero la victoria en España tuvo especial transcendencia, pues un triunfo del Frente Popular habría repercutido con gran fuerza en Hispanoamérica y disparado las tensiones en una Europa emparedada por así decir entre la URSS y España. Franco libró a Europa de tal perspectiva. E, importa señalarlo, empezó la guerra en unas condiciones materialmente tan desfavorables que casi cualquier otro militar o político habría tirado la toalla; sin embargo,  partiendo de una situación  prácticamente desesperada, terminó ganando.

*A continuación, Franco topó con una guerra mundial que no deseaba en modo alguno, viéndose obligado a reconstruir el país en circunstancias extremadamente duras. Evitar verse arrastrado al remolino bélico por las presiones de Hitler y de muchos del bando nacional, exigía una capacidad política y habilidad de maniobra muy fuera de lo común. Fue una auténtica proeza y no imagino a ningún político español capaz de realizarla, aparte de él.

* Acabada la guerra mundial, España chocó con la hostilidad de los vencedores, la URSS y las potencias anglosajonas. Casi todo el mundo creyó que estos podrían barrer al franquismo con un soplo, pero el Caudillo se mantuvo firme. Previó antes que Churchill y desde luego que Roosevelt o Truman, que la alianza entre el stalinismo y los anglosajones quebraría, y desafió todos los chantajes y amenazas. Los anglosajones se lo pensaron dos veces antes de intentar una invasión pues, como recordó Churchill, daría lugar a una nueva guerra civil en España, propagable a una Europa hambrienta y en ruinas, como también observó De Gaulle. Stalin lo intentó indirectamente con el maquis, una peligrosa guerra de guerrillas… a la que derrotó asimismo.

* A falta de una invasión directa, y pese a que la anterior neutralidad de España había beneficiado sobre todo a los vencedores de Hitler, estos promovieron el aislamiento internacional de España. Se trataba de una medida criminal sin atenuantes, pues buscaba  crear en España una hambruna masiva como medio para derrocar al franquismo y volver a traer a los políticos del Frente Popular. Franco se adelantó negociando con Argentina créditos para la importación de carne y cereales que permitieron paliar los  peores efectos. Posteriormente, con una política tenaz  y hábil, terminó por derrotar el aislamiento y ser reconocido por todos los países, excepto los que él no quiso reconocer.

* España debió reconstruirse sin Plan Marshall y en medio de un hostigamiento exterior, y lo consiguió. Contra lo que suele decirse, la autarquía de los años 40 y 50 fue un éxito considerable, como demuestran los numerosos datos económicos citados en mi libro. No obstante, a finales de los 50, la autarquía se había agotado y Franco tuvo suficiente flexibilidad para cambiar de política, atendiendo a los economistas formados en la primera Facultad de Económicas del país, fundada durante su mandato. Con ello hizo de  España una de las economías de más rápido crecimiento del mundo.

* Después de la guerra mundial, los países occidentales de Europa se habían convertido prácticamente en protectorados de Usa. Es llamativo que los más hostiles a España fueran aquellos como Suecia, Holanda o Francia, donde mayor colaboración habían obtenido los nazis. No tuvieron más remedio que reconocer a Franco, pero siempre con un punto de rechazo, manifiesto en su apoyo al terrorismo de la ETA y otros actos  inamistosos. En la cuestión de Gibraltar, el franquismo venció diplomáticamente a Inglaterra en la ONU y ante el incumplimiento de Londres, cerró la verja, convirtiendo el peñón en una ruina para una Inglaterra no especialmente boyante.

* Franco entendió que, en las circunstancias de la guerra fría, España debía acercarse a Usa, y los gobiernos useños, al contrario que otros europeos, debieron ceder en su hostilidad inicial y comprender el crucial valor geoestratégico de España. Durante la guerra fría, España  obró como una firme retaguardia  frente a la amenaza soviética, y desde luego, en aquellas circunstancias,  los europeos y Usa deben bastante más a España que España a ellos.

* Contra lo sostenido por una propaganda  esperpéntica, de origen comunista pero aceptada por el resto y finalmente por gran parte de la derecha, el franquismo no fue un régimen totalitario, sino autoritario, con amplia libertad personal y libertades políticas restringidas, pero no inexistentes, como puede comprobarse por las hemerotecas. Culturalmente fue una buena época para España, no especialmente brillante, pero muy digna. Tampoco ha sido brillante ni mucho menos en el resto de Europa después de la II Guerra Mundial.

* Todos estos logros históricos fueron encabezados por una persona de ánimo firme pero no jactanciosa ni efectista. Probablemente ha sido el socialista Indalecio Prieto quien mejor ha captado este rasgo: “Franco alcanza la fórmula suprema del valor: es sereno en la lucha”.

* En suma,  Franco recogió un país devastado no solo por la guerra sino por la desarticulación económica y social causada por el Frente Popular; debió afrontar  retos y dificultades muy superiores a las de cualquier régimen español anterior o posterior y a los de los demás países de Europa occidental después de 1945;  y dejó un país próspero y liberado de los odios que habían envenenado y destruido la república. Es decir, dejó un país apto para una democracia que no repitiera las convulsiones del pasado. Casi todos los demás países de Europa occidental deben su actual democracia a la intervención militar useña, mientras que España la debe a su propia evolución social y política, sin invasiones tan enormemente traumáticas.

Y si algo ha degenerado la actual democracia es precisamente un antifranquismo hispanófobo, creador de odios, proetarra y pro separatista en los hechos,  autor de una ley de memoria histórica totalitaria y prochekista. En su intento de denigrar al mayor estadista español de nuestro tiempo solo demuestran su extrema mezquindad. Ni Franco ni el franquismo pueden volver, pero nuestra  democracia está visiblemente enferma y uno de sus peores síntomas es ese antifranquismo ruin.

Decía el historiador inglés Paul Johnson en una entrevista con Arcadi Espada: “Franco fue un hombre extraordinario. Uno de los más inteligentes del siglo XX. Algún día el pueblo español lo colocará en el lugar que merece”.  Que sea este año, 80 aniversario del comienzo de la guerra civil, el de la reivindicación de un estadista muy fuera de lo común, frente al griterío de unos “demócratas” que nunca lo fueron. Una tarea  imprescindible  en una democracia que está haciendo agua por todas las junturas.

 

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