**Blog I: Qué revela “lo” de Colonia: http://gaceta.es/pio-moa/revela-colonia-10012016-1337
**”Cita con la Historia”: En Radio Inter, domingos de cuatro a cinco de la tarde. Últimos programas: www.citaconlahistoria.es. También en youtube: https://www.youtube.com/watch?v=Lb275HQRDec (La corrupción del PSOE durante la guerra civil)
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Si Aníbal hubiera vencido, y muy cerca estuvo, quizá Cartago no habría emulado el impulso romano hacia el este, pero sin duda habría impuesto su civilización oriental-africana en el Mediterráneo occidental. El imperio romano no habría llegado a nacer y el destino cultural y político de Europa habría sido muy otro. Ciertamente, aquella magna contienda no es una más en la historia, tiene verdadero carácter fundacional: con ella nació la civilización europea, y nació como civilización mediterránea.
Los romanos entendían que sus prodigiosas victorias no podían explicarse solamente por factores racionales, tales como el genio de Escipión o la organización legionaria o la capacidad económica. Después de todo, los mejores planes fracasan a veces, y otras una intuición momentánea lleva al triunfo, y los cambios de fortuna escapan a los cálculos de la razón. Desde siempre los hombres han intuido la intervención de fuerzas misteriosas por encima del cálculo racional, fuerzas divinas, y para los romanos la causa última de sus éxitos estaba en la protección de los dioses tutelares de la ciudad, a quienes oraban y sacrificaban y cuyos mandatos morales se esforzaban en seguir. Expone Polibio: “La mayor diferencia positiva de la constitución romana es, a mi juicio, la convicción religiosa. Pues me parece que la religión ha sostenido a Roma a pesar de ser objeto de burla por los demás pueblos. Entre los romanos la religión está presente con tal dramatismo en la vida privada y en la pública, que no es posible estarlo más. Esto sorprenderá a muchos, pero creo que lo han hecho pensando en la gente común. Si fuera posible formar una ciudad solo con personas inteligentes, (la religión) no sería precisa. Pero la masa es cambiante y llena de pasiones injustas, de furias irracionales y de rabias violentas. El único remedio es contenerla con el miedo a lo desconocido y ficciones de ese género. Así, a mi juicio, los antiguos no inculcaron por azar en la multitud las imaginaciones de los dioses y las narraciones del Hades”. Por ello, Polibio tachaba de temerarios a quienes creían posible o conveniente suprimir la religión, despreciada por la gente instruida como un rosario de ficciones absurdas pero apreciada como instrumento útil para asustar al pueblo y mantenerlo en calma.
Polibio ensalza también otra conducta ligada a la religiosidad: la honradez de los cargos públicos en asuntos de dinero. La práctica del soborno estaba penada con la muerte, mientras que en Cartago era pública y aceptada, y las ciudades griegas se habían hecho famosas por la insolvencia y corrupción de sus magistrados: al respecto, los romanos acuñaron la expresión graeca fides, nulla fides.
Como ocurría en otras culturas, la religión estaba ligada íntimamente al estado, a la protección del estado y de la ciudad, luego del imperio; y todas las acciones, políticas, guerreras, etc., debían contar con el beneplácito divino, obtenido a través de los ritos presididos por los sacerdotes. Los cónsules ejercían también funciones religiosas, y los éxitos políticos y guerreros, que no excluían una minuciosa racionalidad, se atribuían en definitiva a la protección divina. Con el tiempo, los emperadores llegarían a ser divinizados directamente, como garantes providenciales del orden del estado. La religión latina no solo era politeísta sino que estaba dispuesta a integrar a los dioses y ritos de otros pueblos conquistados, siempre que no se opusieran al interés del estado.
Con todo, la abundancia de divinidades mayores, menores, públicas y domésticas, no excluía una jerarquía, la “tríada capitolina”, con Júpiter, el dios más poderoso y protector, Juno, su esposa-hermana, protectora del hogar y el matrimonio, y Minerva, diosa de la sabiduría y de la guerra. Según el investigador francés G. Dumézil, la tríada superior caracterizaba a las religiones indoeuropeas, apreciable en la griega (Zeus, Poseidón y Hades), en la celta, la hindú o la germánica. Algunos autores han querido ver ahí un precedente de la Trinidad cristiana. La triada se relacionaría también con la división del orden social en tres ámbitos: el del sacerdocio, el del guerrero y el de los productores (campesinos, comerciantes, artesanos). División rígida en el sistema de castas hindú, pero perceptible asimismo en las demás culturas del mismo origen, incluso en la civilización europea hasta la Revolución francesa. Sin embargo, una división semejante existe de modo similar en culturas no indoeuropeas.
En estas religiones los dioses son inmortales, pero no eternos, pues tienen un principio a partir de fuerzas más oscuras e indefinibles, como el amor, la guerra, “el cielo y la tierra”, surgidas sucesivamente desde el Caos, algo así como una situación confusa e indiferenciada previa al mundo ordenado. No eran, por tanto, los creadores del mundo, sino más bien los fundadores y mantenedores de su orden, así como del orden social.
Por lo que respecta a los humanos, eran religiones melancólicas. La humanidad habría ido decayendo desde una Edad de Oro, en que los hombres, semejantes a los dioses vivían en armonía con la naturaleza, sin fatigas ni sufrimientos, y morían plácidamente, como durmiendo. Le sucedió una Edad de Plata, de gente longeva, pero condenada a trabajar la tierra para vivir y ganada por la hybris (desmesura, orgullo), dada a las violencias y a despreciar a los dioses. Zeus la exterminó. Los humanos de la Edad de Bronce destacarían por una belicosidad extremada que habría terminado por destruirlos, junto con un diluvio del que solo se salvaría una pareja. Seguiría la Edad Heroica, identificada con los tiempos de la guerra de Troya, que también llegaría a su fin, dando paso a una Edad de Hierro, la presente para griegos y romanos, plagada por la codicia, la violencia, la mentira y la deslealtad. Hay, pues, una evolución descendente del ser humano, caracterizada por una creciente hybris e impiedad con sus consecuencias nefastas. Otros mitos exponen la creación del hombre por un titán hijo de la tierra, Prometeo, que regala a sus criaturas el fuego (la técnica) y les enseña a despreciar a los dioses, que lo encadenan a una roca, símbolo de las apetencias meramente materiales, mientras le roe el hígado un águila, símbolo del castigo por la traición al espíritu[1]
Si el destino de las personas en vida resultaba expuesto a muchos males, tampoco era brillante el que le esperaba en el más allá, cuando sus almas bajaran al Hades o Averno, donde recibirían premio o castigo, en regiones del Hades como los Campos Elíseos para los buenos y el Tártaro para los malvados. Pero en la expectativa no dejaba de ser lóbrega. En La Odisea, Aquiles afirma preferir ser un siervo en casa de un pobre entre los vivos a reinar entre los muertos. El emperador Adriano recoge el tema en su poema Animula vagula blandula, “huésped y compañera del cuerpo, que irás a lugares lívidos, helados, desnudos”. La religión grecorromana exigía de los hombres una conducta justa pero poco esperanzada aunque tratasen de ajustarla a los mandatos divinos, percibidos de modo a menudo contradictorio. Y prometía una vida de sombras en el más allá. Pese a sufrir una penosa Edad de Hierro, o por ello mismo, el hombre debía suplicar siempre el auxilio de los dioses, garantes en definitiva del orden y felicidad posibles
Polibio revela un declive del politeísmo, al menos entre la gente intelectualizada del helenismo. La fe en los dioses había sido socavada por la poca esperanza propiciaba y por el racionalismo. Los temas metafísicos de Platón y Aristóteles habían cedido en otros filósofos a cuestiones más abordables por la razón, buscando una moral capaz de orientar al hombre hacia la felicidad. Pero la ventaja de sustituir relatos míticos por razones traía también inconvenientes, pues desde unas mismas premisas, la razón construye discursos dispares, incluso opuestos. Así, dando por sentado que el bien es el placer y el mal el dolor, la felicidad supondría un hedonismo que permitiese lo máximo del primero y lo mínimo del segundo, pero de ahí no deriva una conducta unívoca, pues, ¿cómo practicar con tino la búsqueda del placer? El hedonismo podía entenderse como rienda suelta a los deseos sensuales, o como una selección entre los mil deseos humanos, descartando los más “bajos” o peligrosos; o incluso como una renuncia ascética a los deseos, ya que estos, por incumplibles en muchos casos o por lo breve de su satisfacción, traían consigo el dolor. El hedonismo podía inducir asimismo al suicidio, razonando que las penas en el mundo son a menudo mayores que los placeres. De ahí diversas escuelas como la de Cirene, el epicureísmo o el estoicismo.
Por otra parte era difícil eludir la referencia a la fuente de la moral en algún concepto metafísico. Si la moral dejaba de ser expresión de la voluntad divina, debía buscársele un fundamento distinto y más asequible a la razón, pero con ello se entraba en una nebulosa. Se trataba, en definitiva, de vivir de acuerdo con la Naturaleza, con el orden cósmico, ya que de ahí vendría el bien y la felicidad, y de ignorar el orden natural procederían los males. Por desgracia, la Naturaleza resultaba en sus órdenes tan misteriosa como la voluntad de los dioses, y quienes predicaban una vida de acuerdo con ella se encontraban enseguida con diversas opciones y problemas de difícil salida.
Hasta la II Guerra Púnica, la religiosidad romana resultaba muy sólida a los ojos escépticos de los filósofos y personas cultivadas de Grecia. Pero a partir de entonces muchos rasgos iban a cambiar en la propia Roma, entre ellas la religiosidad.
[1] Según la interpretación de Paul Diel en El simbolismo en la mitología griega