La foto más célebre de Robert Capa (Guerra civil española) es un fraude

Blog I, Recuerdos (24) De comunista a teóloga: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-24-comunista-teologa-28082015-2048

**Sin conocer el franquismo no se entenderá la situación actual de España: pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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Símbolos

25 de Agosto de 2006 – 10:19:26 – Pío Moa – 782 comentarios

Una vez más, la foto, hecha por Capa, del miliciano cayendo hacia atrás, alcanzado por una bala. La foto más célebre de la guerra civil española y una de las más representativas de las guerras del siglo XX. Simboliza muchas cosas: ante todo, el heroísmo del pueblo en lucha a muerte por la buena causa; o la tragedia de la guerra, que mata a los jóvenes; también la victoria del Frente Popular en la batalla de la propaganda, única que ganó.

Hoy sabemos que la foto es ficticia, una pose. Aun así, permanecería su valor si reflejara la realidad del heroísmo popular. Pero tampoco.

Las columnas milicianas parecían el medio idóneo para aplastar a sus enemigos, como había ocurrido en la Revolución francesa o en la rusa: mandadas generalmente por militares profesionales, o aconsejadas por éstos, sus voluntarios iban reforzados con bien adiestrados guardias de asalto o guardias civiles, y, pronto, por tropas normales. Combinaban, por tanto, el ardor político con la experiencia militar. El Frente Popular, dueño de las reservas financieras, podía permitirse pagar a lo milicianos casi principescamente: diez pesetas diarias, varias veces más que los soldados enemigos, y algo así como el doble que un soldado profesional de la Legión. Sin contar su gran superioridad de medios durante bastantes meses. Sin embargo fracasaron lastimosamente casi siempre.

Prácticamente todos los actos de heroísmo durante la guerra corresponden al bando nacional: cuartel de Simancas, Alcázar de Toledo, Santa María de la Cabeza, Oviedo, Huesca, Belchite, Teruel, etc. Lo expresaría de otro modo el jefe anarquista García Oliver: “Se está dando un fenómeno en esta guerra, y es que los fascistas, cuando les atacan en ciudades, aguantan mucho, y los nuestros no aguantan nada; ellos cercan una pequeña ciudad, y al cabo de dos días es tomada. La cercamos nosotros y nos pasamos allí toda la vida”.

Se ha reflexionado poco sobre el escaso entusiasmo del pueblo por la que los políticos y propagandistas llamaban su propia causa. El sistema miliciano hubo de cambiarse por un ejército regular, y aun así fue preciso imponer en este una disciplina realmente terrorista, mucho más dura que en el bando contrario. No solo ocurría en el frente: hay verdaderas colecciones de carteles llamando a los obreros y a los campesinos a trabajar de firme, a producir para asegurar la victoria… y conocemos también su fracaso. La gente trabajaba lo menos posible, como muestran las cifras y los testimonios de Azaña, Zugazagoitia, etc… y los propios carteles, innecesarios en otro caso.

La foto de Capa queda, al final, solo como el símbolo de la victoria izquierdista en el terreno de la propaganda. Y como una falsedad más.

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Dencàs aclara las cosas a Companys. Un caso de heroísmo

Blog I. Recuerdos (23) Cómo dejé a Marx (y II): http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-23-deje-marx-ii-25082015-0722

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Choque parlamentario entre Companys y Dencàs: un caso de heroísmo

En LD, 6 de Diciembre de 2010 – 22:12:34 – Pío Moa

(El debate en el Paramento catalán entre Dencàs y Badía es enormemente esclarecedeor, y quizá por ello no aparece en casi ninguna historia de la época. Arrarás se refiere a él brevemente, y muy pocos historiadores más)

En reacción a la campaña de Companys y los suyos contra Dencàs y Badía para convertirlos en el chivo expiatorio del desastre de la rebelión de octubre del 34, y que indirectamente costaría la vida a los hermanos Badía (http://historia.libertaddigital.com/el-asesinato-de-los-hermanos-badia-1276238379.html), Dencàs consiguió un debate en el Parlament  los días 6 y 7 de junio de 1936, poco antes de recomenzar la guerra civil.

Companys acusó a Dencàs de que le había telefoneado la noche de aquel 6 de octubre (fecha del alzamiento de los separatistas), “haciéndole saber que “estábamos absolutamente batidos, que estábamos rodeados” y pidiéndole  refuerzos (y que) Dencàs le animó prometiéndole 400 milicianos.

   Alegaría Dencàs que había decidido retener  a los escamots en sus locales para evitar los tiros entre ellos, y esperar al alba, cuando la claridad permitiría evitar las confusiones. Además pensaba reservar aquellas fuerzas para encuadrar  a las masas populares que, según se esperaba, acudirían al amanecer desde fuera de Barcelona. Companys le replicó acremente: “Su Señoría esperaba la mañana para que, entonces, llegasen los elementos de fuera, los cuales, junto con las concentraciones que Su Señoría había preparado, derrotarían a los ejércitos  que estaban emplazados estratégicamente en todas las plazas y en todas las calles de Barcelona”. Dencàs, indignado, le interrumpió: “¡Un centenar! ¡Ciento veinte soldados, señor Presidente” aludiendo a la compañía que hostigaba a la Generalidad [y que, según Companys le tenían “absolutamente batido y rodeado”. El edificio nunca estuvo rodeado] Companys fingió no oírle e insistió impertérrito: “Entonces, cuando hubiera claridad y estuvieran todas las fuerzas emplazadas con los cañones, ametralladoras, etc., bajarían todos los refuerzos del exterior y en un momento derrotarían a aquel ejército establecido de forma estratégica en las plazas y calles de Barcelona (…) Si era así, ¿por qué no me lo dijo cuando le hablé, a las dos y a las cuatro?”

   Culpó a Dencàs de inducirle a engaño por haberle asegurado que las tropas tardarían “cuatro días en alcanzar la Generalidad, aunque fallasen las cuatro quintas partes de las fuerzas y disposiciones que tenían dadas: Presidente, no hace falta más que vuestra orden (…) Pero a las once y media nos tiroteaban el Palacio de la Generalidad”. Lo que Dencàs rebatió: “Dijo usted que que los cuatro días que yo decía que tardaría  en llegar el ejército (…) era el argumento en virtud del cual el Consejo se pronunció  por ir a la acción revolucionaria (…) Lo dije y lo mantengo (…) No lo decía yo, (sino) el comité de técnicos (…) una serie de señores preparados en estas materias que nos habían dicho que en la plaza de la República, en el Palacio de la Generalidad y en el Palacio del Ayuntamiento, enclavados en medio de una serie de callejas (…) cien hombres armados y resueltos harían imposible que una columna se acercara. Esta emplearía cuatro días, cuando menos, en poder cumplir su misión. Y usted sabe perfectamente que yo había dejado en el Palacio de la Generalidad no cien hombres como nos habían aconsejado los técnicos, había dejado allí la totalidad de los mozos de escuadra (…) mandados por un comandante valiente y a vuestras órdenes, que era el comandante Pérez Farràs (…) y que este núcleo selecto, este núcleo heroico, ese núcleo preparado yo lo dejaba en  el Palacio de la Generalidad”. A Companys le defendían, en efecto los 400 policías bien armados más 150 voluntarios, muchos más que los sitiadores.

   En su libro sobre aquellos avatares, Dencàs citó una carta de Pérez Farràs: “La Generalidad (…) es un edificio sólido que no se derrumba así como así (…) Yo te aseguro que mientras hubiese vivido, ahí no entra nadie”. Pérez  habría estado dispuesto a resistir a ultranza, lo que “hubiera ocurrido si el Gobierno sale por la puerta de atrás, como yo le propuse; con ellos dentro, imposible, pues la moral era muy distinta”.(…) Companys tenía otras intenciones. Hacia las seis de la madrugada –acusó en el Parlament– “Por primera vez se oyó de labios del señor Dencàs un ¡viva España!, acompañado de aplausos”, lo cual “produjo una sensación muy deplorable (…) Pudo colegirse que todo estaba perdido” (…). Con tal motivo habían llovido sobre Dencàs los peores escarnios. Pero él lo explicó mejor al Parlament:  había dejado que un diputado socialista  radiara a los obreros catalanes un discurso de encendido nacionalismo, así que, “por pura gentileza”, apeló a su turno a los obreros españoles para que juntasen sus armas con las de los asturianos y catalanes. Lo cual “no era una negación de mi separatismo”.

   En torno a aquella hora un desolado Companys telefoneó a Dencàs para anunciarle que capitulaba y pedirle su opinión. Dencàs afirmará, en 1936,  que la decisión de Companys le había sorprendido: “No sé cuales serán los motivos, los móviles y la justificación  de lo que me dice. Cataluña no nos podrá hacer ningún reproche si creéis honradamente que no hay posibilidad de resistir (…) Yo no sé qué hacer”. Companys le replicó en aquella sesión parlamentaria: “No me niegue Su Señoría un elogio que me conmovió. Su Señoría me dijo: “Señor Presidente, se ha portado usted como un héroe”. ¡No lo niegue, señor Dencás, sea honrado”. Dencàs lo admitió, y remachó el presidente: “Si dijo usted que yo había sido un héroe, es que confirmaba la capitulación”.

   La acerba y esclarecedora disputa entre Dencàs y Companys en el Parlamento catalán, año y medio después de los sucesos, obedecía a que Dencàs y Badía habían sido convertidos en cabeza de turco por aquella calamitosa noche. Sobre ellos se cebaban las burlas y maldiciones, mientras Companys salía glorificado como héroe nacional. Para defenderse  a sí mismo y la memoria del asesinado Badía, Dencàs leyó ante los diputados una carta  del finado, en la que ironizaba: “No cuenta nada el que aquella noche aciaga algunos nos jugáramos la vida. Nuestra obligación, sobre todo la mía, era capitular enseguida, sin luchar como lo hicimos [la verdad es que apenas habían luchado tampoco]. Y tenía la obligación de quedarme escondido en un despacho y sacar bandera blanca en cuanto hubiera oído un par de cañonazos. Di mal ejemplo al ser el único que con un grupo de voluntarios salió a la calle, y ahora lo he de pagar (…) Reconozco que merezco sólo desprecios e insultos, mientras que el apoyo material y moral lo tienen bien ganado aquellos valientes que permanecieron bien escondidos para rendirse a cambio de que les perdonasen la vida. Sí, hace muy bien la gente en ayudar y plañir por esos pobretes…” La lectura de la carta fue interrumpida por la furiosa protesta de los parlamentarios de la Esquerra. (En Los orígenes de la guerra civil española)

   Las mismas interrupciones impidieron a Dencàs terminar de exponer datos reveladores de los preparativos y planes armados de la Generalitat. Companys y los suyos, en efecto, habían sostenido ante los jueces que ellos no habían intentado ningún golpe, solo protegerse “¡de la CNT!”. Un historiador muy peculiar, el benedictino o ex benedictino Hilari Raguer, afirma que la sedición de Companys “no es una acción bélica, sino un gesto político por el cual se suma a las izquierdas españolas”. Con un par, como dicen los castizos.

 

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Cómo Companys pasó de bufón a héroe

Blog I. Recuerdos sueltos (22) Cómo dejé a Marx (I). http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-22-deje-marx-i-24082015-0926

**El racismo en el separatismo catalán: https://www.youtube.com/watch?v=ply24nU0NSs

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Hemos visto en las anteriores entradas cómo Companys, máximo héroe y mártir del separatismo catalán, preparó la guerra civil desde finales de 1933, cómo fracasó de forma harto irrisoria en octubre de 1934 –gracias a que la inmensa mayoría de los catalanes permanecieron fieles a la legalidad, bastaron unas pocas compañías de soldados y guardias civiles para acabar con una seria amenaza de guerra civil, convertida en fantochada–  y cómo ante los jueces él y los suyos mostraron una conducta que en ningún país del mundo les habría dado el menor prestigio, por decirlo suavemente. Aquellos sucesos debieron haber hundido en el ridículo a ellos y a la causa separatista, y por unos meses así fue. Y sin embargo, Companys saldría del juicio convertido en todo un héroe “nacional”.

 ¿Cómo pudo ocurrir tal transformación casi mágica? Por obra de una  gran campaña de propaganda y por la incapacidad de respuesta de la derecha en el mismo terreno.

   Sigo basándome en el relato de El derrumbe de la República, una exposición de los hechos que en vano buscarán en otras versiones históricas  sobre aquellos tiempos:

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Así como respecto de Asturias la campaña se centró en la supuesta represión, en Cataluña identificó el espíritu y los intereses catalanes con los presos, y en especial con Companys. Los principales órganos periodísticos del separatismo fueron suspendidos, sin el menor efecto porque de inmediato los reemplazaron por el simple recurso de ponerles  otros nombres, fraude tolerado tranquilamente por el gobierno.

Los titulares eran de este género:  ”En el banquillo de los acusados, siete hombres de Cataluña. Y en torno al estrado y al banquillo (…) y fuera, el pueblo. Este será el hecho más trascendente desde el 14 de abril”, escribía el 6 de enero La ciutat, diario reemplazante del suspendido La Humanitat. “Lluis Companys, el Presidente de la Generalidad, es el primer luchador de Cataluña” . “Companys y Cataluña. Gómez Hidalgo ha establecido la magnífica ecuación. Companys y Cataluña se encontraron juntos el 6 de octubre. Y no se separarán más”. “Companys es Cataluña. Cataluña es Companys”, insistían los más variados textos propagandísticos. Se promovieron textos como un libro cuyo titulo, Companys-Cataluña, lo decía todo. En su prólogo, el escritor Azorín describía así a los procesados: “Estos hombres son afectuosos, llanos e inteligentes. Han procedido con lealtad y rectitud en el gobierno de su nación. Lo han sacrificado todo por el pueblo (…) Sus pensamientos abarcan a todos los núcleos peninsulares (…) ¡Por Cataluña y por todas los pueblos de España (…) en el acervo de libertad, de justicia y de progreso!”. Companys era retratado, en Madrid y en Barcelona como “un hombre de gobierno”, y exaltado sentimentalmente como persona que lo había “tenido todo”, para caer en inmerecida desgracia. (5)

Que una propaganda masiva, verdadera apología de la rebelión, fuera consentida, y que participaran en ella escritores como Azorín,  y que no recibiera respuesta adecuada en el propio terreno propagandístico, revela la escasa consistencia intelectual y política demostrada casi siempre por la derecha, su escaso sentido del estado,  de la historia y de los intereses nacionales, que hoy vuelven a “brillar” en relación con los separatismos y el terrorismo etarra, premiado con legalidad, dinero y otras ventajas.

No menos sorprendente es que, a la vista de los hechos, la propaganda tuviera algún efecto: pero lo tuvo, y de gran alcance. Lo que prueba una vez más cómo la realidad puede poco frente a campañas de propaganda bien orquestadas y sin réplica, tal como ha pasado con la ley de memoria histórica y las falsificaciones a las que se ha sumado el PP.

Los siete procesados de la Generalidad  fueron condenados a treinta años de prisión, como Sanjurjo, y como él iban a salir pronto en libertad, cumpliéndose el dicho de Cambó, “España es el país de las amnistías”. El 6 de junio La Humanitat, acogía la sentencia “con lágrimas en los ojos” y un titular a toda plana: “TREINTA AÑOS DE PRESIDIO ¡VIVA CATALUÑA!”, acompañado de unas frases en las que Companys supo “estar a la altura”: “El veredicto que nos importa es el que pronuncie en su conciencia íntima el pueblo (…) Ya que nuestros defensores han hablado del juicio de la Historia, declaramos que esperamos tranquilos su veredicto definitivo, con orgullo en el corazón y conciencia limpia”. Frases realmente asombrosas ante los sucesos ocurridos  y la completa falta de valor moral demostrada por todo el gobierno de la Generalitat  ante los jueces. En cierto sentido, el pueblo ya había pronunciado su fallo al desoír los llamamientos de Companys aquel 6 de octubre, a consecuencia de lo cual se había visto el líder ante los jueces. Pero la Esquerra, con agudo instinto, no tuvo el fallo por inapelable.

Bien es verdad que para  heroificar a Companys fue preciso buscar chivos expiatorios que cargaran con todo el ludibrio y descrédito a los que eran acreedores los políticos juzgados, y Companys de modo principalísimo. Los elegidos para tal lamentable papel fueron Dencàs y Badía (los únicos que intentaron algo así como luchar en aquella jornada). Las burlas y desprecios hacia ellos, mezclados con asuntos de faldas, ocasionarían el asesinato de Miguel Badía (Capità Collons) y su hermano y la consiguiente historia folletinesca de venganzas relatada aquí hace unos días.

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Companys ante los jueces. Los héroes del separatismo.

Blog I. Recuerdos (21) Una vieja foto en Inglaterra: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-21-vieja-foto-inglaterra-23082015-0830

**La reflexión no es sobre el fracaso de la república, sino sobre el legado del franquismo y sobre los “demonios familiares” de España desde la invasión francesa, empeorados por el “desastre” del 98: http://esradio.libertaddigital.com/…/involucion-permanente-…

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No extraño, sino lo más normal, que el golpista Mas homenajee al golpista Companys, como hacen constantemente los separatistas. Como es sabido y he expuesto en detalle en Los orígenes de la guerra civil, la insurrección de Companys y los suyos en octubre de 1934, después de meses de preparación abierta y encubierta, terminó en un fracaso con abundantes rasgos ridículos. En El derrumbe de la república he tratado el juicio de  la derrotada Generalidad separatista:

En Cataluña, la Esquerra temió en los primeros días una dura represión e incluso verse prohibida como partido, dada su abierta rebeldía y haber utilizado las instituciones legales contra la legalidad republicana, en unos sucesos que, aunque de menor violencia que los de Asturias, habían dejado 107 cadáveres en las calles. Pero el gobierno la trató con suavidad, que algunos han contrastado con la dureza de la represión a que se libró el gobierno de Azaña después de la sanjurjada. (1)

El juicio de Companys y sus consejeros empezó el 25 de mayo (del 35) y se convirtió en una magnífica plataforma política para la oposición. Los inculpados alegaron que antes de octubre habían estado inquietos por las amenazas a la república y a la autonomía catalana. Sin embargo esas amenazas no habían existido, sino que, lo mismo que el peligro fascista, procedían de la propaganda de la izquierda y tenían por fin soliviantar a la población, según se desprende de los hechos examinados en Los orígenes de la guerra civil española; también aludieron los encausados a su preocupación por movimientos de pánico “de esos que se producen frecuentemente en Madrid”; pero aseguraron que había sido el pueblo quien por su cuenta había reaccionado a dichas amenazas. Cuando el conflicto por la ley de cultivos, simplemente “nos encontramos en Cataluña con un movimiento de opinión favorable a lo que nosotros entendíamos”, insistieron -aunque dicho conflicto, como se desprende inequívocamente de los testimonios de Dencàs, Hurtado y otros, había sido abultado y utilizado por la Esquerra para crear un ambiente insurreccional.

Preguntado Companys si la huelga de octubre había sido “amparada por elementos que estaban al servicio de la Generalidad, los cuales la fomentaban e imponían en comercios e industrias e incluso en ferrocarriles”, respondió que “el sentimiento de la huelga penetró de una manera espontánea en todo el elemento obrero de Cataluña”, y si bien admitió que “es posible que la FAI fuera opuesta a la huelga”, aclaró que “siempre había tenido noticias de que esa agrupación estaba en combinación con los monárquicos –En realidad la CNT-FAI había colaborado con la Esquerra para traer la república, y ambas formaciones se habían apoyado mutuamente durante un tiempo–. El consejero de Justicia, Lluhí opinó así del grave incidente provocado por la Generalitat poco antes del golpe, al negar permiso a los jueces para buscar armas en Cataluña: “nos causó extrañeza la medida, no sólo por la desconfianza que entrañaba, sino por las consecuencias que podía tener”, consecuencias que no hubieran podido ser otras que amenazar los preparativos insurreccionales. Según él, habría sido el general de la Guardia Civil quien, “de acuerdo con las normas establecidas al traspasarse estos servicios” había rehusado hacer la indagación. De hecho la Generalitat esquerrista había impedido la búsqueda de armas, no sin poderosas y evidentes razones.

En suma, no había existido rebelión, sino solo la orden defensiva de “rechazar por las armas a todo el que atacase el Palacio de la Generalidad”. En tocando este extremo, los interrogatorios tomaron un cariz notablemente cómico. Lluhí, “afirma no saber exactamente si algún consejero dio orden de que se defendiera la Generalidad”. Contra quiénes debiera ser defendida tampoco estaba claro, ya que si bien Companys dijo que “tenía noticias de que se iba a declarar” el estado de guerra, Lluhí indicó que la Generalitat se creía en riesgo de ser “atacada por la FAI, pues se temía que quisiera aprovechar las circunstancias para derivar el movimiento hacia su ideología”. Al sonar el primer cañonazo deliberó con sus compañeros: “Hablarnos de lo que se había producido, extrañados enormemente de que fuerzas del Ejército vinieran a atacar la Generalidad, sin una previa comunicación y sin estar declarado el estado de guerra. Hubo momentos de gran confusión (…) Yo fui a descansar un rato sobre las cinco”.

La extrañeza de los consejeros era tanta, al parecer, que no lograban convencerse de que fuera el ejército el que tenían enfrente. Un miembro del tribunal, no menos extrañado, entabló este diálogo con el consejero Ventura Gassol:

-¿Tenían ustedes algún motivo racional para imaginarse que existían en Barcelona agrupaciones o fuerzas que tuviesen armamento como aquél, (…) que no fuese el Ejército?” (se refería a los cañones).

-Esto no puedo decirlo, porque en absoluto no puede decirse nunca si hay elementos que tienen o no armamento (…)

-¿Contestaron desde la Generalidad a los ataques?

-Lo ignoro, porque no era de mi incumbencia.

-¿Pero usted estaba en la Generalidad?

-Sí estaba; pero no me enteré de los detalles.

-¿No se le ocurrió a ninguno de los miembros de la Generalidad informarse de quiénes eran los que atacaban?

-Yo no puedo responder.

-¿A usted no se le ocurrió?

-A mí no se me ocurrió.

Y así sucesivamente. Los encausados también ignoraban los actos de Dencás, o si se habían repartido armas en la Generalidad, no digamos fuera de ella, pese a la orden de rechazar los fantasmales ataques de la FAI. No salió a la luz ni un dato sobre los preparativos de los meses anteriores. Todo parecía haber sido un triste malentendido.

Los socialistas habían decidido negar, contra toda evidencia, su responsabilidad en el movimiento revolucionario, y aparentemente Companys había tomado la actitud opuesta, reclamando para sí la responsabilidad de lo sucedido. Pero lo sucedido, de creer a los líderes esquerristas, resultaba al final un embrollo realmente extravagante y tan contario a la evidencia y a la lógica como la irresponsabilidad socialista. En realidad, la Esquerra se había declarado “en pie de guerra” a raíz de la victoria electoral del centro derecha en noviembre de 1933 y en el verano de 1934 había utilizado el conflicto sobre la Ley de Contratos de Cultivo para crear entre los catalanes un ambiente apasionado y extremista, había organizado constantes choques y enfrentamientos con el gobierno centrista de Samper, al tiempo que efectuaba preparativos para un levantamiento armado contra la legalidad republicana, aprovechando para ello la cobertura de la Generalidad y el estatuto autonómico. De esto no puede caber duda hoy. Pero, como quedó expuesto en Los orígenes de la guerra civil española, la Esquerra mostró aun mayor opacidad que el PSOE sobre los preparativos y motivaciones de su rebelión, de los que hoy día no sabríamos casi nada si no fuera por escasos, pero concluyentes testimonios*.

Ossorio y Gallardo, defensor de Companys, adujo que los acusados estaban el 6 de octubre “incomunicados virtualmente con el resto de España” –aunque omitió que ellos mismos habían cortado, selectivamente, las comunicaciones–, y “justamente preocupados ante la verosimilitud de un golpe de Estado de tipo fascista” -ninguno creía en la realidad de tal supuesto, como indicamos en el libro anterior-. Mientras, las masas se rebelaban “espontáneamente”, –las masas no apoyaron la revuelta en ningún momento–, y entonces “el Gobierno de la Generalidad, precisamente por ser Gobierno y ejerciendo una función de Gobierno, inexcusable en tan dramáticas circunstancias, hubo de buscar un cauce jurídico y político (…) para que la alarma y la indignación de enormes masas del pueblo catalán no se mantuvieran en una posición meramente protestativa y negativa (…) sino que aplicasen su exaltación y su fervor a una obra política constructiva”. Para abrir ese cauce constructivo redactó Companys “el manifiesto en que se proclamaba el Estado catalán dentro de la República Federal Española”. Tales hechos “no son constitutivos de delito”, o, de serlo, sólo en relación “con el artículo 167, número primero del Código Penal, ya que se trataba de reemplazar al Gobierno constitucional por otro”; pero los consejeros “ni se alzaron en armas ni hostilizaron al ejército”. Procedía por tanto, absolverlos. (2)

Un miembro del tribunal, llamado Sbert, sostuvo una tesis que “ha producido gran sensación por su consistencia y por la modernidad de las teorías expuestas”, según la prensa de la Esquerra. Sbert recordaba que sólo podían penarse delitos tipificados, como el intento de cambio de gobierno. Ahora bien, la Esquerra había intentado en realidad un cambio de estado, cosa muy diferente y no contemplada en la ley, siendo por tanto un acto “político y legítimo”, sin castigo posible.

* En especial A. Hurtado, que mantuvo negociaciones clave al servicio de la Esquerra, y J. Dencàs, organizador de los preparativos militares. De la discreción de la mayoría de los jefes esquerristas pueden dar idea las memorias, mucho más voluminosas que aclaratorias, de C. Pi Sunyer, alcalde de Barcelona en octubre de 1934: hasta su muerte, en 1971, mantuvo la versión de los acusados ante el tribunal (él mismo entre ellos), y escribe, por ejemplo: “Lo que realmente pasó (en la consejería de Gobernación) es difícil saberlo. Habiendo escapado Dencàs más tarde y no figurando entre los sometidos a proceso, faltan las declaraciones que permitirían averiguarlo”. Donde no hay manera de averiguar nada es precisamente en las declaraciones del proceso. Con todo, resulta revelador el sentimiento con que Pi alude a los esfuerzos combativos de los escamots y otros, o al fracaso, que carga, en la línea oficial y con harta injusticia, sobre Dencàs (3)

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Si algo destaca en aquella parodia es la inmensa capacidad de hipocresía y la cobardía moral de los autores del fracasado golpe. No obstante lo cual, Companys, desacreditado y despreciado al principio en Cataluña, iba a verse convertido a los pocos meses en un héroe sentimental al modo de Macià. Veremos cómo ocurrió.

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Companys, el héroe separatista: Cómo preparó la guerra civil

Blog I. Recuerdos (20) Campana de mi lugar: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-20-campana-lugar-22082015-0839

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(Siguiendo con la mitología separatista y las heroicidades de Companys)

La gran victoria electoral de la derecha en noviembre de 1933, después de un bienio izquierdista desastroso, provocó un verdadero terremoto en las izquierdas y los separatistas. Companys, a través de su periódico La Humanitat, se declaró “en pie de guerra”, Azaña propició un golpe de estado y el PSOE, que ya había roto con las izquierdas “burguesas”,  se dispuso a organizar la insurrección armada para imponer la “dictadura del proletariado”, es decir, del propio PSOE.  Y, a pesar de que el partido más votado, la CEDA, renunció tímidamente a gobernar,  enseguida comenzaron las maniobras desestabilizadoras contra el gobierno del Partido Radical de Lerroux.

  El primer ataque en regla fue  la huelga general agraria promovida por el PSOE para impedir la cosecha de trigo, lo que habría causado una hambruna. El gobierno consiguió abortarla, y a continuación le tocó el turno a Companys y su Esquerra, que había perdido muchos votos pero aún gobernaba en Cataluña. El conflicto surgió con una ley de contratos de cultivo, que según el partido de Cambó, la Lliga, vulneraba principios constitucionales. El Tribunal de Garantías Constitucionales dio la razón a Cambó, pero proponiendo solo algunos cambios insignificantes que Companys se negó en redondo a admitir, declarándose prácticamente en rebeldía (como ha pasado recientemente).El jefe del gobierno, el débil Samper, advertía: “La República lo será mientras se cumplan estos tres principios: el respeto al sufragio, el respeto a la ley y el respeto a las sentencias de los tribunales. En cuanto uno de estos tres principios falle, no habrá República, ni siquiera convivencia social”.

Era en vano: las izquierdas apoyaron a los rebeldes y  chantajearon al gobierno sin el menor freno. Prieto declaró: “Tenemos la sospecha intuitiva de que este conflicto va a adquirir proporciones gigantescas. Cataluña (obviamente quería decir la Esquerra) tiene razón. Tened por seguro —advirtió al gobierno— que si vosotros llegáis a pelear con Cataluña, Cataluña no estará sola, porque con ella estará el proletariado español”. Azaña amenazaba a su vez a Samper: “Caerá sobre Su Señoría y sobre quien le acompañe en esa obra toda la responsabilidad de la inmensa desdicha que se avecina”. El diario  El socialista afirmaba: “o se somete el Gobierno, o surge la guerra civil”. Los republicanos de izquierda presionaban al presidente de la república, Alcalá-Zamora, para que hundiese al gobierno y les diese a ellos el poder, como medio de zanjar el conflicto. En sus diarios robados por el Frente Popular, y publicados parcialmente durante la guerra, Alcalá-Zamora escribía: “Apena presenciar todo esto y seguir rodeado de gentes que constituyen un manicomio no ya suelto, sino judicial, porque entre su ceguera y la carencia de escrúpulos sobre los medios para mandar, entran en la zona mixta de la locura y la delincuencia”.

Companys predicaba abiertamente la guerra civil en Cataluña con declaraciones explosivas. Una delegación del PNV visitó Barcelona, siendo acogida en triunfo. En los edificios oficiales había desaparecido la bandera republicana, y ondeaban sólo la catalana y la del PNV. Companys advirtió: “Cuando nosotros decimos que estamos dispuestos a dar la vida, no lanzamos al aire una palabra vana, una frase de mitin. Hemos de esperar el momento que nos convenga para el gesto definitivo”.

Mientras, Dencàs creaba un Comité Militar, dedicado a instruir a las milicias, a organizar una trama golpista entre los oficiales de izquierdas y nacionalistas en las guarniciones, y a hacer planes concretos, hoy bastante bien conocidos y que he expuesto en Los orígenes de la guerra civil.

El gobierno ignoraba a medias lo que ocurría, y prefería cerrar los ojos. En las Cortes, los monárquicos denunciaron que la Esquerra se estaba armando, y un Samper demasiado ingenuo replicó: “¿Contra quién? ¿Contra el Poder público del Estado español? Yo no seré capaz de inferir semejante injuria a los representantes de la Generalidad. Eso sería incubar una catástrofe”. El ministro de Marina, el radical Rocha, acusó a su vez a los que tales cosas denunciaban, de soliviantar a la gente con frases alarmistas y “separadoras”, simétricas de las de los “separatistas”. Y terminó, con falso optimismo: “El problema hay que resolverlo con cordialidad”.

La tensión en el Parlamento creció de tal manera que la sesión del 4 de julio estuvo a un paso de terminar en sangre. Gil-Robles denunció indignado: “¿Es que no se han hecho concesiones a la Generalidad cuantas veces el señor Azaña necesitaba los votos de la Esquerra para mantenerse en el poder? ¿Es que en los momentos actuales persistiría la rebeldía de la Generalidad si no tuviera la evidencia de que cuenta con cómplices y encubridores en partidos que aquí tienen representación?” Las izquierdas se levantaron furiosas y se armó una batahola, que describe Josep Pla: “Los diputados se insultan, llegan a las manos; las bofetadas, las coces, los puñetazos, llueven. De pronto, bajo la deslumbradora luz del salón, un diputado hace relucir la pistola que empuñaba. Prieto, con gesto violento, saca la suya y la empuña a su vez. Los diputados, el público de las tribunas, los periodistas, tenemos la sensación de estar a un milímetro de la tragedia. En un momento determinado el número de armas que se esgrimen pone un escalofrío en el hemiciclo. Pero la catástrofe no se produce. Quizá la misma profusión de armamento aconsejara prudencia a todo el mundo”.

En Cataluña, las proclamas de Companys, cada vez más salvajes —aunque él mismo corregía las versiones aparecidas en los periódicos, según señala Dencàs, para quitarles algo de hierro y que no terminasen de alarmar a Madrid—, ponían a la opinión, al menos en apariencia, al rojo vivo. Uno de sus partidarios, Jaime Miravitlles, lo describe así: “Cada discurso de Companys era un toque de atención. Cada viaje, una concentración popular. Cada inauguración, una revista. A medida que pasaban los días, la figura del President adquiría proporciones épicas, de leyenda, mientras que Samper, Lerroux, Salazar Alonso, aparecían en su miserable minusculidad”.

Claro está que no todos los catalanes, ni mucho menos, pensaban igual. El influyente periodista Agustín Calvet, Gaziel, predicaba la sensatez desde el periódico La Vanguardia, el más importante de la región: “¿Ahora ha de ir a tiros todo el mundo? El catalanismo de antaño había usado y abusado en gran escala de la táctica de la intimidación. El “todo o nada”, el “si no nos la dan, nos la tomaremos” y bravatas parecidas, como un posible alzamiento de Cataluña. Trucos manejados, hay que reconocerlo, con gran habilidad, pero perfectamente irreflexivos e irrealizables. Las armas eran todas imaginarias, y la pólvora se iba por completo en salvas. Pero hoy es otra cosa”.

Era otra cosa por la aparente expansión del victimismo nacionalista a amplias capas sociales, pero sobre todo por los preparativos reales para la acción, que, informa Amadeu Hurtado, debía estallar en toda Cataluña simultáneamente: “En todas las emisoras de las radios locales se hacían sonar al final unos golpes secos y acompasados que significaban que no había llegado la hora del alzamiento, pero se sabía la consigna de aquellos golpes que, cuando fuesen seguidos y rápidos, serían la orden de insurrección inmediata”. Y era otra cosa cuando, simultáneamente, los socialistas se aprestaban a la revolución, que en sus papeles aparece sin ningún eufemismo como un llamamiento a la guerra civil; y cuando Azaña y los republicanos de izquierda intentaban poner a punto, a su vez, un golpe de estado, mientras el PNV daba los primeros pasos para una maniobra desestabilizadora muy semejante a la de la Esquerra.

Todos estos movimientos iban a confluir entre julio y agosto, pero, como veremos en la próxima entrega, los implicados no lograrían ponerse plenamente de acuerdo en aquel verano, dando lugar a un fracaso parcial de las maniobras y ataques. El aspecto de mayor interés, por desconocido hasta fechas recientes, es la implicación de Azaña, de la que él intentó borrar luego  los rastros , en su libro Mi rebelión en Barcelona, tenido por verídico durante muchos años.

Los hechos que aquí vamos relatando están muy olvidados o tergiversados por la historiografía al uso, pero creo que suministran alguna lección para la actualidad. Evidentemente la conjunción de los nacionalismos y las izquierdas en maniobras contra un gobierno de centro derecha salido de las urnas, contra la Constitución (¡una Constitución elaborada por los mismos que en 1934 la estaban echando abajo!) y contra la unidad de España, tenían entonces un carácter mucho más violento que ahora.

Pero vale la pena reflexionar en el hecho de que hoy se está gestando una nueva alianza más o menos clara entre las mismas o muy parecidas fuerzas políticas, también en contra de la unidad de España y la Constitución, que no vacila en desobedecer a los tribunales u organizar, si la ocasión se presenta, movimientos desestabilizadores como los del Prestige y la guerra de Irak, o en explotar para sus fines el terrorismo etarra. Ni faltan quienes acusan de “separadores” a quienes denuncian estas peligrosas maniobras. Cuando Maragall habla hoy  de crear “un drama” o de una vuelta a 1936, sus palabras no debieran ser tomadas por meras chifladuras.

(En LD, 16-12-2012)

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¿Fue legítimo el alzamiento de julio de 1936?: http://citaconlahistoria.es/2015/07/26/la-legitimidad-del-alzamiento-nacional-de-18-de-julio-de-1936/

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