Blog I. Recuerdos (21) Una vieja foto en Inglaterra: http://www.gaceta.es/pio-moa/recuerdos-21-vieja-foto-inglaterra-23082015-0830
**La reflexión no es sobre el fracaso de la república, sino sobre el legado del franquismo y sobre los “demonios familiares” de España desde la invasión francesa, empeorados por el “desastre” del 98: http://esradio.libertaddigital.com/…/involucion-permanente-…
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No extraño, sino lo más normal, que el golpista Mas homenajee al golpista Companys, como hacen constantemente los separatistas. Como es sabido y he expuesto en detalle en Los orígenes de la guerra civil, la insurrección de Companys y los suyos en octubre de 1934, después de meses de preparación abierta y encubierta, terminó en un fracaso con abundantes rasgos ridículos. En El derrumbe de la república he tratado el juicio de la derrotada Generalidad separatista:
En Cataluña, la Esquerra temió en los primeros días una dura represión e incluso verse prohibida como partido, dada su abierta rebeldía y haber utilizado las instituciones legales contra la legalidad republicana, en unos sucesos que, aunque de menor violencia que los de Asturias, habían dejado 107 cadáveres en las calles. Pero el gobierno la trató con suavidad, que algunos han contrastado con la dureza de la represión a que se libró el gobierno de Azaña después de la sanjurjada. (1)
El juicio de Companys y sus consejeros empezó el 25 de mayo (del 35) y se convirtió en una magnífica plataforma política para la oposición. Los inculpados alegaron que antes de octubre habían estado inquietos por las amenazas a la república y a la autonomía catalana. Sin embargo esas amenazas no habían existido, sino que, lo mismo que el peligro fascista, procedían de la propaganda de la izquierda y tenían por fin soliviantar a la población, según se desprende de los hechos examinados en Los orígenes de la guerra civil española; también aludieron los encausados a su preocupación por movimientos de pánico “de esos que se producen frecuentemente en Madrid”; pero aseguraron que había sido el pueblo quien por su cuenta había reaccionado a dichas amenazas. Cuando el conflicto por la ley de cultivos, simplemente “nos encontramos en Cataluña con un movimiento de opinión favorable a lo que nosotros entendíamos”, insistieron -aunque dicho conflicto, como se desprende inequívocamente de los testimonios de Dencàs, Hurtado y otros, había sido abultado y utilizado por la Esquerra para crear un ambiente insurreccional.
Preguntado Companys si la huelga de octubre había sido “amparada por elementos que estaban al servicio de la Generalidad, los cuales la fomentaban e imponían en comercios e industrias e incluso en ferrocarriles”, respondió que “el sentimiento de la huelga penetró de una manera espontánea en todo el elemento obrero de Cataluña”, y si bien admitió que “es posible que la FAI fuera opuesta a la huelga”, aclaró que “siempre había tenido noticias de que esa agrupación estaba en combinación con los monárquicos –En realidad la CNT-FAI había colaborado con la Esquerra para traer la república, y ambas formaciones se habían apoyado mutuamente durante un tiempo–. El consejero de Justicia, Lluhí opinó así del grave incidente provocado por la Generalitat poco antes del golpe, al negar permiso a los jueces para buscar armas en Cataluña: “nos causó extrañeza la medida, no sólo por la desconfianza que entrañaba, sino por las consecuencias que podía tener”, consecuencias que no hubieran podido ser otras que amenazar los preparativos insurreccionales. Según él, habría sido el general de la Guardia Civil quien, “de acuerdo con las normas establecidas al traspasarse estos servicios” había rehusado hacer la indagación. De hecho la Generalitat esquerrista había impedido la búsqueda de armas, no sin poderosas y evidentes razones.
En suma, no había existido rebelión, sino solo la orden defensiva de “rechazar por las armas a todo el que atacase el Palacio de la Generalidad”. En tocando este extremo, los interrogatorios tomaron un cariz notablemente cómico. Lluhí, “afirma no saber exactamente si algún consejero dio orden de que se defendiera la Generalidad”. Contra quiénes debiera ser defendida tampoco estaba claro, ya que si bien Companys dijo que “tenía noticias de que se iba a declarar” el estado de guerra, Lluhí indicó que la Generalitat se creía en riesgo de ser “atacada por la FAI, pues se temía que quisiera aprovechar las circunstancias para derivar el movimiento hacia su ideología”. Al sonar el primer cañonazo deliberó con sus compañeros: “Hablarnos de lo que se había producido, extrañados enormemente de que fuerzas del Ejército vinieran a atacar la Generalidad, sin una previa comunicación y sin estar declarado el estado de guerra. Hubo momentos de gran confusión (…) Yo fui a descansar un rato sobre las cinco”.
La extrañeza de los consejeros era tanta, al parecer, que no lograban convencerse de que fuera el ejército el que tenían enfrente. Un miembro del tribunal, no menos extrañado, entabló este diálogo con el consejero Ventura Gassol:
-¿Tenían ustedes algún motivo racional para imaginarse que existían en Barcelona agrupaciones o fuerzas que tuviesen armamento como aquél, (…) que no fuese el Ejército?” (se refería a los cañones).
-Esto no puedo decirlo, porque en absoluto no puede decirse nunca si hay elementos que tienen o no armamento (…)
-¿Contestaron desde la Generalidad a los ataques?
-Lo ignoro, porque no era de mi incumbencia.
-¿Pero usted estaba en la Generalidad?
-Sí estaba; pero no me enteré de los detalles.
-¿No se le ocurrió a ninguno de los miembros de la Generalidad informarse de quiénes eran los que atacaban?
-Yo no puedo responder.
-¿A usted no se le ocurrió?
-A mí no se me ocurrió.
Y así sucesivamente. Los encausados también ignoraban los actos de Dencás, o si se habían repartido armas en la Generalidad, no digamos fuera de ella, pese a la orden de rechazar los fantasmales ataques de la FAI. No salió a la luz ni un dato sobre los preparativos de los meses anteriores. Todo parecía haber sido un triste malentendido.
Los socialistas habían decidido negar, contra toda evidencia, su responsabilidad en el movimiento revolucionario, y aparentemente Companys había tomado la actitud opuesta, reclamando para sí la responsabilidad de lo sucedido. Pero lo sucedido, de creer a los líderes esquerristas, resultaba al final un embrollo realmente extravagante y tan contario a la evidencia y a la lógica como la irresponsabilidad socialista. En realidad, la Esquerra se había declarado “en pie de guerra” a raíz de la victoria electoral del centro derecha en noviembre de 1933 y en el verano de 1934 había utilizado el conflicto sobre la Ley de Contratos de Cultivo para crear entre los catalanes un ambiente apasionado y extremista, había organizado constantes choques y enfrentamientos con el gobierno centrista de Samper, al tiempo que efectuaba preparativos para un levantamiento armado contra la legalidad republicana, aprovechando para ello la cobertura de la Generalidad y el estatuto autonómico. De esto no puede caber duda hoy. Pero, como quedó expuesto en Los orígenes de la guerra civil española, la Esquerra mostró aun mayor opacidad que el PSOE sobre los preparativos y motivaciones de su rebelión, de los que hoy día no sabríamos casi nada si no fuera por escasos, pero concluyentes testimonios*.
Ossorio y Gallardo, defensor de Companys, adujo que los acusados estaban el 6 de octubre “incomunicados virtualmente con el resto de España” –aunque omitió que ellos mismos habían cortado, selectivamente, las comunicaciones–, y “justamente preocupados ante la verosimilitud de un golpe de Estado de tipo fascista” -ninguno creía en la realidad de tal supuesto, como indicamos en el libro anterior-. Mientras, las masas se rebelaban “espontáneamente”, –las masas no apoyaron la revuelta en ningún momento–, y entonces “el Gobierno de la Generalidad, precisamente por ser Gobierno y ejerciendo una función de Gobierno, inexcusable en tan dramáticas circunstancias, hubo de buscar un cauce jurídico y político (…) para que la alarma y la indignación de enormes masas del pueblo catalán no se mantuvieran en una posición meramente protestativa y negativa (…) sino que aplicasen su exaltación y su fervor a una obra política constructiva”. Para abrir ese cauce constructivo redactó Companys “el manifiesto en que se proclamaba el Estado catalán dentro de la República Federal Española”. Tales hechos “no son constitutivos de delito”, o, de serlo, sólo en relación “con el artículo 167, número primero del Código Penal, ya que se trataba de reemplazar al Gobierno constitucional por otro”; pero los consejeros “ni se alzaron en armas ni hostilizaron al ejército”. Procedía por tanto, absolverlos. (2)
Un miembro del tribunal, llamado Sbert, sostuvo una tesis que “ha producido gran sensación por su consistencia y por la modernidad de las teorías expuestas”, según la prensa de la Esquerra. Sbert recordaba que sólo podían penarse delitos tipificados, como el intento de cambio de gobierno. Ahora bien, la Esquerra había intentado en realidad un cambio de estado, cosa muy diferente y no contemplada en la ley, siendo por tanto un acto “político y legítimo”, sin castigo posible.
* En especial A. Hurtado, que mantuvo negociaciones clave al servicio de la Esquerra, y J. Dencàs, organizador de los preparativos militares. De la discreción de la mayoría de los jefes esquerristas pueden dar idea las memorias, mucho más voluminosas que aclaratorias, de C. Pi Sunyer, alcalde de Barcelona en octubre de 1934: hasta su muerte, en 1971, mantuvo la versión de los acusados ante el tribunal (él mismo entre ellos), y escribe, por ejemplo: “Lo que realmente pasó (en la consejería de Gobernación) es difícil saberlo. Habiendo escapado Dencàs más tarde y no figurando entre los sometidos a proceso, faltan las declaraciones que permitirían averiguarlo”. Donde no hay manera de averiguar nada es precisamente en las declaraciones del proceso. Con todo, resulta revelador el sentimiento con que Pi alude a los esfuerzos combativos de los escamots y otros, o al fracaso, que carga, en la línea oficial y con harta injusticia, sobre Dencàs (3)
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Si algo destaca en aquella parodia es la inmensa capacidad de hipocresía y la cobardía moral de los autores del fracasado golpe. No obstante lo cual, Companys, desacreditado y despreciado al principio en Cataluña, iba a verse convertido a los pocos meses en un héroe sentimental al modo de Macià. Veremos cómo ocurrió.