Blog I: Votaré a VOX si… http://www.gaceta.es/pio-moa/votare-vox-16012015-1347
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SIMPLICIO. Mas prosigamos, ¡oh amigos!, con nuestros útiles debates en torno a la crisis económica que nos aflige. ¡Voto a tal, que si las cosas no cambian, pronto dejarán de encontrar compradores nuestros quesos, nuestras lanas, nuestros cabritos! Y llegados a tan amarga circunstancia, ¿qué haremos? Tendremos que devorar nuestros animales, nuestro capital, hasta caer en la más completa indigencia. ¿Y luego? ¿Nos dedicaremos al bandidaje y al saqueo? Mas, tal como se extiende la crisis, pocas cosas quedarán ya de que podamos apropiarnos, ora por la astucia, ora por la violencia
PATRICIO.- O por ambas juntas
SIMPLICIO.- Sea, con razón has hablado: por ambas juntas. Preveo, pues, un futuro lóbrego y sombrío, quizá el propio fin del mundo tal como hoy lo conocemos. ¡Se habrá acabado el progreso!
PATRICIO.- Nada me extrañaría, caro Simplicio, que tus funestos presagios se cumplieran, habida cuenta de los fuleros banqueros que rigen nuestros ásperos destinos. ¿Y qué será entonces de Porriño, esta felicísima conjunción de la Atenas y la Arcadia? ¿Pasará a la historia como un ideal irrepetible, imposible de alcanzar nuevamente, o bien quedará olvidado entre las brumas del tiempo, como habrá ocurrido seguramente con tantas otras hazañas del espíritu humano?
PICIO.- Yo he dedicado luengas meditaciones a tan arduos problemas, y he concluido que la crisis hunde sus raíces en nuestro defecto nacional, de modo tal que no es comparable la crisis hispánica con la gálica o la británica. En efecto, la crisis nuestra se debe forzosamente a la envidia, tal como la del verde país transpirenaico obedece a la vanidad, su vicio nacional, y a la hipocresía la crisis de la no menos verde isla de por ahí arriba.
SIMPLICIO.- Ciertamente, querido Picio, hablas con sustancia, enjundia y profundidad…
PICIO.-… Por tanto, para curar definitivamente nuestra crisis y no volver a tener otra alguna, en lugar de dejarnos deslumbrar por la sintomatología superficial, como tanto analista indocumentado hace, debemos ir al fondo de la cuestión y acabar de una vez por todas con la corrosiva y crisífora envidia y cauterizar su herida. Ocurre, ¡oh amigos!, como con el cambio climático: se trata de salvaguardar el mundo que conocemos… o perecer.
PATRICIO.- Podríamos, acaso, tomar ejemplo de aquel país donde a los envidiosos les sacaban un ojo, y si seguían poniéndose chulos, también el otro.
SIMPLICIO.- Eso sería, Patricio, un remedio doloroso, mas barrunto que harto eficaz. Pues hay dolores curativos, como bien sabemos.
SULPICIO.- Vaya lo uno por lo otro. Si con tal bálsamo lográsemos salir de la crisis y salvarnos, bien empleada estaría la medicina.
FABRICIO.- No negaré que vuestras propuestas sean justas ni sostendré que deban caer en saco roto. Pero yo me contento con menos profundidades. Si me lo permitís, propongo analizar la cuestión partiendo de una tesis ya ampliamente probada por mí, a saber, que el concepto de ahorro es falso, no puede existir tal cosa como el ahorro, por cuanto se ahorra de bienes producidos que, por tanto, se echan a perder.
SULPICIO.- Y yo, por mi parte y si no os molesta, he demostrado que la inflación no existe, pues lo único que cambia con la subida de precios es la medida de los mismos. Los bienes siguen ahí, da igual si los estimamos en cien dracmas o en doscientas. Y los recursos para comprarlos deben mantenerse igual, porque de otro modo los bienes se perderían al quedar sin comprador. En otras palabras, la proporción entre medios de pago, o sea, el dinero, y bienes disponibles, es siempre la misma, gane o pierda valor el dinero. Por eso los reyes se engañaban a sí mismos cuando envilecían la moneda, porque solo conseguían que las mismas cosas valieran nominalmente más dinero, sin aumentar por ello dichas cosas. Por eso, cuando comparamos la economía de una época con la de otra debemos descontar la llamada inflación de precios.
MAURICIO.- No respondes, estimado colega, a mi cuestión, que me digno repetirte: si ocurre cual dices, ¿por qué suben los precios? ¿Por puro capricho y ganas de enredar?
FABRICIO.- Yo te contestaré, insigne zagal. El dinero permite medir el valor económico de las cosas…
SALICIO.- ¡Alto ahí! No el valor, sino el precio. Una cabra puede tener un valor grandísimo porque produce leche, pongamos por caso, y cabritillos durante bastantes años: si midiéramos eso, tendríamos una suma muy considerable. Sin embargo su precio es muy inferior. Si tuviéramos que comprar la cabra al precio del valor que en principio tiene, nadie la querría, pues con ello ni ganaría ni perdería. O considerad sendos bocadillos de jamón en la tasca de Picio consumidos por cada uno de nosotros en amena charla: ¿acaso no tienen el valor inmenso de mantener nuestras fuerzas, sostenernos en vida y pasar un rato agradable? ¿Cómo puede medirse el valor de tales cosas? No, Picio nos cobra un precio que no tiene nada que ver con el valor. Lo mismo vale para los alimentos que consumimos: su valor es incalculable, porque nos permiten mantener cada día nuestra vida, no menos estimada por estar tan llena de trabajos ingratos y de sinsabores. Si el precio de la comida equivaliese al valor de lo que nos proporciona, moriríamos enseguida. En cambio, el precio es casi insignificante comparado con su valor.
FABRICIO.- No quiero, ¡oh Salicio!, divagar sobre precios y valores. Admito que no hay forma de medir el valor de una cosa. El precio de una marca de ordenador es el mismo para todos, pero su valor cambia según cada comprador, y no me refiero al valor sentimental, sino al económico. Hay quien compra el ordenador por esnobismo, porque hay que tenerlo, y apenas lo aprovecha, o solo mira la pornografía; hay quien le saca un rendimiento inmenso, multiplicando su valor, porque le sirve para hacer negocios, o para escribir novelas de éxito, o incluso de éxito moderado. O lo utiliza para bajarse películas y canciones gratis. Pero admitiendo que en cada caso tenga una mercancía un valor muy diferente, podemos calcular el valor del conjunto multiplicando el precio unitario por el número de unidades vendidas. En cambio es incalculable el valor que añaden los ordenadores a la sociedad, al multiplicar los recursos y capacidades de la gente. Pues lo mismo que los ordenadores, las cabras o las vacas: cuando se inventaron, añadieron un valor muy por encima de su precio, incluso de su precio total. En fin, diré que el término valor se emplea en dos sentidos: como la estimación de cada cual y como una suma total, mientras que el término precio implica otra cosa. Así medimos en sextercios, por ejemplo, el valor del PIB, pero no hablaremos del “precio” del PIB. Quizá necesitemos otros términos para distinguir cada cosa…
PATRICIO.- Perdonad, pero eso de que no existe la inflación, Sulpicio, vas y se lo cuentas al esforzado ciudadano que, tras largas jornadas de dura labor, ve cómo el pan sube cada mes y su sueldo continúa invariable. O incluso baja, con la crisis.
SULPICIO.- ¡Pero Patricio, hombre, que ese sofisma es muy viejo, propio de un sindicalista ramplón! ¡Y luego nos decimos dignos de un emporio de la inteligencia y el arte como Porriño! El currante de que hablas lo pasará mal si los precios suben y su salario no. Pero ¿es eso lo que ocurre, si hablamos del conjunto? Observa, si te lo permiten tus oculares telarañas, la evolución histórica en el último siglo: los precios han subido mucho, pero los salarios más, de modo que un honrado currela, nosotros mismos, si vamos al caso, puede comprar muchos más productos que cien años ha. Ergo, la inflación no ha cambiado las cosas, o si han cambiado es a mejor. Pero, claro, dentro de esa tendencia global se dan miles de casos particulares. Unos ganan, otros pierden, otros quedan como estaban. Y a ti, Fabricio, te diré que te estás colando, porque el precio no es más que el valor de las mercancías en relación con el conjunto de ellas. Cada cabra puede tener un valor desigual según quién la compre y la emplee, de acuerdo. Pero su precio unitario expresa su valor, no en relación con el valor que cada cabrero le da, sino con el conjunto de bienes producidos y demandados por la sociedad.
