El próximo sábado, de 11,30 a 14.oo, en la feria del Libro, firmaré en la caseta 221, de Editorial Actas, Cuatro perros verdes, Por qué el Frente Popular perdió la guerra y otros. En la caseta 47 , de “La esfera de los libros” pueden encontrar ejemplares de Sonaron gritos y golpes a la puerta, anterior a Cuatro perros verdes. Son dos novelas de juventud, una como recuerdos de un tiempo de guerras escritos por alguien ya anciano, y la otra como cuatro estudiantes que se enfrentan a la vida en unas circunstancias radicalmente distintas de las anteriores, pero con las que guardan una evidente relación. La idea de la trilogía consiste en novelar unos tiempos de la historia de España. La tercera novela transcurrirá en la época actual. Las dos anteriores son muy distintas en su concepción, y la tercera lo será aún más.

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Franquismo contra Franco
Franco no era, desde luego un intelectual, pero tenía clara conciencia del alcance histórico de su obra, que quiso simbolizar en el Valle de los Caídos, un logrado monumento de máximo valor artístico, que armoniza la grandiosidad, la solemnidad y una armonía de conjunto única, superior a la de cualquier monumento del siglo XX en cualquier parte del mundo. Por eso, precisamente, desata los odios de la hez de la política española, la misma que en la república y la guerra se dedicó a quemar y saquear obras de arte de todo género, junto con bibliotecas y edificios históricos.
Ante la infame oleada de calumnias alzada en España por quienes se consideran herederos del Frente Popular, es decir, los separatistas, terroristas y totalitarios, muchos han querido salvaguardar la memoria de aquel régimen, pero a menudo lo han hecho de tal modo que trivializan su razón histórica y abren un amplio flanco al ataque contrario. Un argumento muy empleado es el de “los pantanos”, es decir, el argumento económico, que señala una verdad, pero no va al fondo de la cuestión. Otros plantean el franquismo como una marcha sui generis a la democracia liberal, cuando el régimen se desarrolló largo tiempo en pugna con ella, desde que las democracias, los soviéticos y diversas dictaduras decidieron aislar y hambrear a España, para hacerlo caer. Hay quienes expresan una gratitud servil e inmotivada a Usa o Inglaterra. En fin, la guerra se habría librado, y el régimen justificado como el modo de dar a la “problemática” España la solución “europea”, al modo orteguiano. Cabe preguntarse si para eso habría hecho falta la guerra y el franquismo.
El sentido real de la guerra y el franquismo fue la continuidad histórica de España frente a la disgregación o la sovietización que amenazaban en la república y se hicieron inminentes con el Frente Popular. Esa continuidad hacía posibles diversas alternativas políticas, pero su pérdida solo podía generar la pérdida de la independencia y el enfrentamiento civil permanente. El mayor éxito del franquismo, después de haber ganado la guerra, fue haber mantenido a España al margen de la guerra mundial, pues, optara por el bando que optara, la intervención habría redundado en la satelización y sumisión del país a unos o a otros, como ocurrió con el resto de Europa, y la vuelta al caos republicano. Este éxito, que diferenciaba a España de casi todo el resto de Europa, parece que no podía ser perdonado, y de ahí un aislamiento criminal, que también terminó siendo derrotado, otro éxito crucial de Franco. El país se reconstruyó con grandes dificultades impuestas desde el exterior, pero lo hizo con sus propias fuerzas, al revés que los demás países europeos, otro hecho “imperdonable” para estos.
El franquismo fue un intento logrado de romper con las derivas surgidas de la invasión napoleónicas, y de enlazar con la gran época de España. ¿Fue al final un intento fallido? En gran medida sí. En mi opinión una causa fue la excesiva identificación ideológica entre Dios y el César, hasta que los representantes de Dios, es decir, Roma, decidieron acabar con el equívoco, dejando al régimen sin su principal sostén intelectual e ideológico. ¿Podría haber sido de otro modo? Muy difícilmente. Digamos que ese fue el fallo estructural que terminó privando de futuro al franquismo, a pesar de sus grandes éxitos. Los cuales conviene recordar y valorar, de todos modos, porque fueron únicos desde la invasión napoleónica e incluso desde antes. Y que conviene analizar, porque seguramente hay algo aprovechable en ellos.
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Crónica Patriotismo inglés en España
**La diputada de VOX Carla Toscano se exhibe en camiseta con letrero: “Truth is the new hate speech”. Al parecer no sabe expresar la idea en español, o cree que el español no sirve para expresar ideas, o que en España el inglés debe cooficializarse como lengua superior.
**Critican algunos el organismo de defensa del español creado por Ayuso en Madrid, porque en Madrid no hay el menor problema con idiomas regionales. Olvidan que lo hay con el inglés, del que España sufre una auténtica colonización fomentada por sus políticos.
**Dicen algunos que Ayuso es una infiltrada de VOX en el PP. Desde luego, a Casado, Almeida y compañía no les gusta nada. Ellos están por el “diálogo” (como llaman al chanchullo) permanente con separatistas, proetarras, etc.
**Dice Ayuso que es mujer y por tanto puede hacer dos cosas a la vez. Pero parece que no podrá actuar al mismo tiempo en el cierre de la convención de su partido y en Usa, en gira para “promocionar a Madrid”. Y ha puesto como modelo a Esperanza Aguirre, la patriota inglesa.
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Una hora con la historia: (1) 196 – España se libra definitivamente de la guerra | Empresas navales españolas – YouTube
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El Gran Debate sobre la conquista (I)
En 1547, año de Mühlberg y de la muerte de Cortés, Las Casas publicó sus “Treinta proposiciones muy jurídicas” en las que negaba toda legitimidad a la conquista del nuevo mundo. Muerto Vitoria el año anterior, la pertinacia del fraile, que disponía de buenos agarres en la Corte, hizo que el rey Carlos I convocase un debate sobre la conveniencia o no de proseguir la empresa americana. De ahí la Controversia de Valladolid, uno de los grandes debates del mundo occidental por su alcance no solo político sino filosófico sobre la condición humana. Duraría dos años, y sus figuras principales, aunque no únicas, fueron el propio Las Casas y y el sacerdote humanista Juan Ginés de Sepúlveda. De entrada, Sepúlveda partía con la desventaja de no haber estado nunca en las Indias, lo que le daba menos crédito de principio. Las Casas sí conocía de largo tiempo aquel nuevo mundo, aunque lo que contaba de él salía más bien de su peculiar fantasía.
Los dos eran andaluces y dominicos, sus ideas eran contrarias y también sus personalidades. Las Casas, de origen noble, había sido conquistador y encomendero antes de entrar en religión, como habían hecho otros conquistadores; luego había renunciado a la encomienda para volverse con furia contra los españoles, en supuesta defensa de unos indios imaginarios. Sepúlveda, de familia humilde, había hecho una brillante carrera intelectual y eclesiástica en España e Italia, donde participó en la polémica de Erasmo contra Lutero (De fato et libero arbitrio contra Lutherum), y diferenciándose de Erasmo, defendía la religiosidad ritual, externa y no solo la interior. Tradujo a Aristóteles y alcanzó renombre internacional como teólogo, filósofo e historiador. Carlos I lo nombró su capellán, cronista y preceptor del príncipe heredero, el futuro Felipe II.
Las Casas sostenía que los “estados” indios eran no ya comparables, sino moralmente superiores a los europeos, pues “muchas y aun todas las repúblicas (europeas) fueron muy más perversas, irracionales (…) y en muchas virtudes muy menos morigeradas y ordenadas. Pero nosotros mismos, en nuestros antecesores, fuimos muy peores así en la irracionalidad y confusa policía como en vicios y costumbres brutales”. ¿Podía castigarse al idólatra? Quizá, pero ni el rey ni el papa tenían autoridad para ello, ni tampoco para considerarlos herejes, pues los indios no habían sido antes conocidos, ni súbditos del rey ni sometidos al fuero eclesiástico. Además, no podía irse contra un pueblo, como si todo él fuera delincuente. Por tanto España carecía de títulos para estar allí, salvo con misioneros. La argumentación tenía dos partes: la de principio, que excluía cualquier derecho de España a la conquista y aun a tener presencia en el nuevo mundo, salvo la misional y sin ejercer fuerza alguna; y la comparación moral entre los españoles y los indios, radicalmente favorable a estos.
Sepúlveda replicó citando de la Biblia cómo los judíos habían recibido la Tierra de Promisión, a cuyos pobladores anteriores había castigado Dios por su idolatría y sacrificios humanos; e invocó la frase del Evangelio de Lucas: “Vete por los caminos y obliga a la gente a entrar, de modo que mi casa se llene”: obligar puede incluir la fuerza; San Agustín cree lícito apartar a los paganos de la idolatría, aun coactivamente; San Pablo daba poder a la Iglesia para predicar por encima de los poderes temporales… Argumentaba también con ideas humanistas y con Aristóteles, según el cual las culturas superiores tienen derecho a someter a las inferiores: los indios no eran en principio mejores o peores que los demás, pero sus culturas bárbaras y contrarias a la ley natural los convertían en esclavos por naturaleza, y la conquista, sin la cual no sería posible cristianizarlos, debía considerarse un acto de amor y muy conveniente para ellos, al abrirles paso a un nivel cultural más elevado. Especificó su concepto de esclavitud: “No digo que a estos bárbaros se les haya de despojar de sus posesiones y bienes, ni reducir a servidumbre, sino que se deben someter al imperio [autoridad] de los cristianos”. La conversión debía hacerse de manera persuasiva, y si esta fallaba podían los españoles ocupar sus tierras, destituir a sus jefes y poner otros. Por todo ello era justa, en principio, la guerra contra ellos.
La argumentación de Las Casas eran en gran medida contradictoria y no muy cristiana, como venía a poner de relieve su contradictor. La superioridad moral de los indios implicaba su escasa necesidad de bautizarse, y hasta cabría pensar que fueran los misioneros quienes se convirtieran a sus religiones, dadas las excelencias de estas. Para convencer a los nativos, el misionero tendrían que engañarles presentándoles a los españoles de España, a quienes no conocerían aquellos, como justos y benévolos gracias a su religión, cuando Las Casas estaba convencido de que eran unos viciosos criminales.
Sepúlveda solo podía tener conocimientos parciales y superficiales de las Indias, por lo que argumentaba en un plano más bien abstracto. Pero Las Casas sabía sin duda que el imperio azteca se había formado invadiendo y conquistando territorios y pueblos ajenos, como ocurría con los incas. De hecho, ambos imperios habían comenzado a formarse solo unos dos siglos antes, derrocando a otros anteriores o sometiendo a tribus salvajes. Los incas habían saltado de dominar unos 800.000 kilómetros cuadrados a mediados del siglo XV, hasta ocupar unos dos millones menos de un siglo después, en vísperas de la llegada de Pizarro. El azteca había sido remodelado cien años antes de Cortés por un estadista llamado Tlacaelel, que modificó la religión, destruyó las crónicas anteriores y rehízo una historia de los aztecas o mexicas como pueblo invencible. ¿Por qué habría que reservar el derecho de conquista en exclusiva a incas y aztecas, por el hecho de ser nativos, y negarlo a los españoles? Los propios indios que habían sufrido las “guerras floridas” y las matanzas de los imperios inca y azteca, podían no estar muy de acuerdo con las tesis de Las Casas, a juzgar por su apoyo a los españoles y la rapidez y entusiasmo con que acogieron la evangelización. Caso más oscuro es el de la civilización de los mayas de Yucatán y Guatemala, que por razones poco claras había colapsado hacia el siglo IX, cuando los españoles se hallaban en plena Reconquista.
De haberse impuesto las tesis de Las Casas — y no estuvieron lejos de ello–, la historia de América habría sido muy diferente: en principio los imperios y tribus indias, con su dispersión y luchas, y su fragmentación idiomática y cultural, habrían seguido como estaban, pues resulta muy difícil que hubieran renunciado a sus ideas del mundo y costumbres solo por la predicación, suponiendo que permitieran esta. Su evolución técnica y en otros aspectos habría sido también mucho más lenta. Pero cuando otros estados europeos como Inglaterra, Francia u Holanda estuvieran en condiciones de imitar a España, lo que demoraría apenas un siglo, habrían invadido a su vez el territorio, seguramente sin muchas preocupaciones por la situación de los indios y sus derechos. Como así ocurriría en la realidad: los indígenas prácticamente desaparecieron o fueron reducidos a reservas según avanzaba la invasión inglesa más al norte de la América española, bastante tiempo después. Obviamente, nadie hablaría español en América, entre otras consecuencias, y España habría tenido muchas más dificultades en oponerse a los otomanos, los protestantes y Francia.
El Gran Debate caía en equívocos, pues Sepúlveda defendía la superioridad del cristianismo, que su contrario negaba de raíz, aunque implícitamente. Pero la superioridad cristiana argüida por Sepúlveda se exponía a ser interpretada de modo favorable a las tesis de Las Casas, pues la referencia a la Tierra Prometida a los judíos incluía el exterminio de los pobladores anteriores, según la Biblia, cosa que estaría ocurriendo también en las Indias, según Las Casas. Y el recurso a Aristóteles, un pagano, justificaría la esclavización de los indios. Sepúlveda no pretendía el exterminio ni la esclavización, pero el trato más piadoso que proponía no era muy congruente con aquellas premisas argumentales. Algo similar pasaba con Las Casas: hablaba de una evangelización que sus propios argumentos hacían por lo menos innecesaria.
Cabría resumir que tanto Las Casas como Sepúlveda querían la evangelización de los indios, pero partiendo de concepciones opuestas, que de un modo u otro negaban la evangelización o podían utilizarse para negarla.




