Una lección de Afganistán
Si alguna lección podemos sacar los españoles de la derrota de Afganistán (que también nos concierne), es la conveniencia de la neutralidad y la inconveniencia de la OTAN para España. La OTAN tenía sentido como elemento disuasorio frente al expansionismo soviético, dejó de tenerlo una vez caída la URSS. Lo tenía también como alianza tutelada por Usa sobre una Europa occidental que se lo debía todo –no así España–. Además, como se viene demostrando, no está en condiciones de ganar guerras del tipo de las de Afganistán, Irak o Siria, o solo las gana sembrando la destrucción política y la guerra civil, como en Libia. El problema militar actual para España se limita al Magreb, especialmente a Marruecos. Ese problema no lo va a resolver la OTAN (ni la UE), pues, entre otras cosas, Marruecos es aliada muy importante de Usa. Además Usa no autoriza a utilizar sus armas compradas por España en un conflicto con Marruecos. Sin contar que la OTAN supone la invasión de nuestro territorio por Gibraltar, grandes bases militares extranjeras “aceptadas” dentro de España, que nos harían blanco de un eventual conflicto con Rusia. Por desgracia, nuestros políticos, los más indignos en muchos años, son incapaces de plantearse claramente estos problemas.
****************************
Dos momentos históricos novelados en los primeros dos tomos de una trilogía
********************************
Javier Marías y Cela
Javier Marías detestaba a Cela. Se burló en 1987 de que el escritor gallego estuviera siempre en la lista de los nobelables sin conseguir nunca el premio. A su juicio, Cela no era “el mejor escritor español vivo y merecedor del Nobel” (no explicaba quién o quiénes lo serían). Y cuando Cela lo obtuvo, dos años después, lo consideró “la peor noticia posible para la literatura española, al entronizar el folklórico tremendismo contra el que veníamos luchando las generaciones posteriores”. Otros novelistas como Llamazares, Azúa y Muñoz Molina coincidieron con él, lo que hacía un coro bastante pobre. Marías y Cela son personal y literariamente incompatibles, pero comparten la idea extendida entre los críticos de ser los mejores novelistas españoles vivos y merecedores del Nobel. Es lógico que un escritor aspire a ese premio, aunque en definitiva tampoco es nada especialmente significativo: ¡cuántos nobelados resultan hoy perfectamente olvidados y olvidables! Aparte de que ese premio se concede mucho menos por méritos literarios que “progresistas” (y no cabe duda de que los padrinos de Cela consiguieron engañar o estafar al respecto a la Academia sueca).
Pese a su incompatibilidad, Marías y Cela coinciden también en mediocridad, aunque de distinto signo. Cela no escribió nada que valga la pena desde los años 40, y Marías aún tiene posibilidades. Los dos han jugado un poco al antifranquismo para promocionarse, aunque mucho más Marías (un crítico cantamañanas del NYT lo enaltece por “desafiar el silencio sobre el pasado franquista de España” ¡como si no llevásemos soportando decenios de griterío desvergonzadamente necio sobre ese pasado!). Por eso Marías ha atacado a Cela con hechos conocidos que nada dicen sobre su calidad literaria: ” a) se había ofrecido como delator, en plena Guerra, a la policía franquista; b) había ejercido como censor; c) había hecho giras propagandísticas del régimen por Latinoamérica; d) había procurado y logrado el encargo de escribir una novela excelentemente pagada por el golpista y dictador venezolano Pérez Jiménez; e) había sido sufragado por empresarios de la construcción; f) más adelante pidió y obtuvo dinero público para su Casa-Museo o como se llame eso que se cae a pedazos en su villa natal; g) aceptó el estatal Premio Cervantes tras haberlo tildado de “lleno de mierda” cuando aún no se le concedía a él”.
Las riñas entre escritores son casi siempre entretenidas y generalmente dejan algo de miga. Otra opinión interesante sobre Marías, en La fiera literaria: La Fiera Literaria.
*********************************
¿Qué hicieron en realidad los conquistadores?
Las patrañas de Las Casas y sus seguidores han dejado una impresión perfectamente falsa de la actuación de los conquistadores, compartida hoy por el mismo papa Pancho, como tropas de bárbaros desalmados dedicados a asesinar masivamente por pura diversión. De haber sido así, la América conquistada no pasaría de ser hoy un lugar perfectamente incivilizado o bien civilizado en otro idioma y por otras gentes, y en los dos casos la población aborigen habría desaparecido o quedado en residual.
La realidad es sin embargo muy otra. Los conquistadores eran al mismo tiempo exploradores. Trataban de añadir a la corona de España inmensos y difíciles territorios previamente desconocidos, por lo que debían ser capaces de explorarlos, de organizar la comunicación constante entre ellos y de orientarse también en el hemisferio austral sin ayuda de las constelaciones conocidas en el boreal. Estos meros problemas exigían conocimientos científicos considerables.
Una operación de conquista no podía partir de la pura iniciativa de alguna o algunas personas. Era necesario obtener el permiso de la corona y seguir las estipulaciones de la Casa de Contratación. Las estipulaciones eran complejas: la conquista se justificaba con el designio de la evangelización, por lo que debía llevar consigo algunos frailes; debía comprometerse a cumplir las leyes que prohibían esclavizar a los indígenas; la tropa debía reunir un mínimo de hombres (doscientos, por ejemplo), algunos ejercerían de médicos para curar las heridas o algunas enfermedades, y no portarían solo armas sino también instrumentos de trabajo; y se comprometían a fundar ciudades. Esto último explica que los soldados y los mismos jefes no fueran exclusivamente militares (no formaban parte de un ejército oficial), sino que entre ellos debía haberlos expertos en geometría, albañilería, labranza, navegación y otros. Así, no solo fundaban ciudades, que aunque mínimas en origen exigían gran cantidad de pericias técnicas, y también, aislados en plena selva, eran capaces de construir bergantines y navegar con ellos ríos caudalosos o por mar. En la toma de Tenochtitlán, los conquistadores construyeron también bergantines desde los cuales atacar las canoas más bajas y más simples de los aztecas.
Por el tiempo en que Las Casas pregonaba sus acusaciones, apenas medio siglo después del Descubrimiento, numerosas ciudades punteaban el continente desde el Rio de la Plata o Perú hasta Méjico, se había autorizado la primera universidad del continente en Santo Domingo y pronto seguirían las de Lima y Méjico, el tráfico atlántico se había vuelto bastante regular e intenso, y los atiborrados barcos transportaban todo tipo de mercancías europeas, incluidos libros e imprentas, pagadas con el oro y la plata y mercancías americanas (patata, maíz, etc.). El 20% de los metales (“quinto real”) iba en impuestos para la corona y otra parte al pago a diversos comerciantes, mientras que la mayor parte se quedaba en América dinamizando una economía ya mucho más compleja y productiva que las indígenas. Se abrían numerosas comunicaciones por tierra y mar, y en las ciudades más importantes (hoy capitales de los nuevos estados) se erigían edificios no inferiores a los europeos.
Los indígenas recibieron también importantes ventajas: la mayoría cesó de estar oprimida por potencias imperiales que practicaban el canibalismo, el esclavismo o los sacrificios humanos. La importación de plantas y animales del viejo continente hicieron más variada la alimentación, aportándoles especialmente proteínas; la introducción de la rueda, de los asnos mulos y caballos permitió liberar a gran número de indios de trabajar como bestias de carga. La difusión del español como lengua de comunicación permitió superar el aislamiento entre decenas o cientos de lenguas ininteligibles entre sí…
En solo medio siglo la faz del continente estaba cambiando radicalmente, gracias a las aventuras inimaginables de los conquistadores. Quizá fuera preferible la fragmentación, la incomunicación e ignorancia, el canibalismo y los sacrificios humanos, etc. Más ecológico, afirman algunos que, desde luego no renuncian a las ventajas cuyo origen está en la conquista.




