Afganistán/ Marías y Cela / Qué hicieron los conquistadores

Una lección de Afganistán

Si alguna lección podemos sacar los españoles de la derrota  de Afganistán (que también nos concierne), es la conveniencia de la neutralidad y la inconveniencia de la OTAN para España. La OTAN tenía sentido como elemento disuasorio frente al expansionismo soviético, dejó de tenerlo una vez caída la URSS. Lo tenía también como alianza  tutelada por Usa sobre una Europa occidental que se lo debía todo –no así España–. Además, como se viene demostrando, no está en condiciones de ganar guerras del tipo de las de Afganistán, Irak o Siria, o solo las gana  sembrando la destrucción política y la guerra civil, como en Libia. El problema militar actual para España se limita al Magreb, especialmente a Marruecos. Ese problema no lo va a resolver la OTAN (ni la UE), pues, entre otras cosas,  Marruecos es aliada muy importante de Usa. Además Usa no autoriza a utilizar sus armas compradas por España en un conflicto con Marruecos. Sin contar que la OTAN supone la invasión de nuestro territorio por Gibraltar, grandes bases militares extranjeras “aceptadas” dentro de España, que nos harían blanco de un eventual conflicto con Rusia. Por desgracia, nuestros políticos, los más indignos en muchos años, son incapaces de plantearse claramente estos problemas.  

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Dos momentos históricos novelados en los primeros dos tomos de una trilogía

Cuatro perros verdesSonaron Gritos Y Golpes A La Puerta (Ficción Bolsillo)

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Javier Marías y Cela

Javier Marías detestaba a Cela. Se burló en 1987  de que el escritor gallego estuviera siempre en la lista de los nobelables sin conseguir nunca  el premio.  A su juicio, Cela no era  “el mejor escritor español vivo y merecedor del Nobel” (no explicaba quién o quiénes lo serían). Y cuando Cela lo obtuvo, dos años después, lo consideró “la peor noticia posible para la literatura española, al entronizar el folklórico tremendismo contra el que veníamos luchando las generaciones posteriores”. Otros novelistas  como Llamazares, Azúa y Muñoz Molina coincidieron con él, lo que hacía un coro bastante pobre. Marías y Cela  son personal y literariamente incompatibles, pero comparten la idea extendida entre los críticos de ser los mejores novelistas  españoles vivos y merecedores del Nobel.  Es lógico que un escritor aspire a ese premio,  aunque en definitiva tampoco es nada especialmente significativo: ¡cuántos nobelados resultan hoy perfectamente olvidados y olvidables! Aparte de que ese premio se concede mucho menos por méritos literarios que “progresistas” (y no cabe duda de que los padrinos de Cela consiguieron engañar o estafar al respecto a la Academia sueca).

Pese a su  incompatibilidad, Marías y Cela coinciden también en mediocridad, aunque de distinto signo. Cela no escribió nada que valga la pena desde los años 40, y Marías aún tiene posibilidades. Los dos han jugado un poco al antifranquismo para promocionarse, aunque mucho más Marías (un crítico cantamañanas del NYT lo enaltece por “desafiar el silencio sobre el pasado franquista de España”  ¡como si no llevásemos soportando decenios de griterío desvergonzadamente necio sobre ese pasado!). Por eso Marías ha atacado a Cela con hechos conocidos que  nada dicen sobre su calidad literaria: ” a) se había ofrecido como delator, en plena Guerra, a la policía franquista; b) había ejercido como censor; c) había hecho giras propagandísticas del régimen por Latinoamérica; d) había procurado y logrado el encargo de escribir una novela excelentemente pagada por el golpista y dictador venezolano Pérez Jiménez; e) había sido sufragado por empresarios de la construcción; f) más adelante pidió y obtuvo dinero público para su Casa-Museo o como se llame eso que se cae a pedazos en su villa natal; g) aceptó el estatal Premio Cervantes tras haberlo tildado de “lleno de mierda” cuando aún no se le concedía a él”.

Las riñas entre escritores son casi siempre entretenidas y generalmente dejan algo de miga. Otra opinión interesante sobre Marías, en La fiera literariaLa Fiera Literaria.  

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¿Qué hicieron en realidad los conquistadores?

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

Las patrañas de Las Casas y sus seguidores han dejado una impresión perfectamente falsa de la actuación de los conquistadores, compartida hoy por el mismo papa Pancho, como tropas de bárbaros desalmados dedicados a asesinar masivamente por pura diversión. De haber sido así, la América conquistada  no pasaría  de ser hoy un lugar perfectamente incivilizado o bien civilizado en otro idioma y por otras gentes, y en los dos casos la población aborigen habría desaparecido o quedado en residual.

La realidad es sin embargo muy otra. Los conquistadores eran al mismo tiempo exploradores. Trataban de  añadir a la corona de España inmensos  y difíciles territorios previamente desconocidos, por lo que debían ser capaces de explorarlos,  de  organizar la comunicación constante entre ellos y de orientarse también en el hemisferio austral sin ayuda de las constelaciones conocidas en el boreal. Estos meros problemas exigían  conocimientos científicos considerables.

Una operación de conquista no podía partir de la pura iniciativa de alguna o algunas personas. Era necesario obtener el permiso de la corona y  seguir las estipulaciones de la Casa de Contratación. Las estipulaciones eran complejas: la conquista se justificaba con el designio de la evangelización, por lo que debía llevar consigo algunos frailes; debía comprometerse a cumplir las leyes que prohibían esclavizar a los indígenas;  la tropa debía reunir un mínimo de hombres (doscientos, por ejemplo),  algunos ejercerían de médicos para curar las heridas o algunas enfermedades, y no portarían solo armas sino también  instrumentos de trabajo; y se comprometían a fundar ciudades. Esto último explica que los soldados y los mismos jefes no fueran exclusivamente militares (no formaban parte de un ejército oficial), sino que entre ellos debía haberlos expertos en  geometría, albañilería, labranza, navegación  y otros. Así, no solo fundaban ciudades, que aunque mínimas en origen exigían gran cantidad de pericias técnicas, y también, aislados en plena selva,   eran capaces de construir bergantines y navegar con ellos ríos caudalosos o por mar. En la toma de Tenochtitlán, los conquistadores construyeron también  bergantines desde los cuales atacar las canoas más bajas y más simples de los aztecas.

Por el tiempo en que Las Casas pregonaba sus acusaciones, apenas medio siglo después del Descubrimiento, numerosas ciudades punteaban el continente desde el Rio de la Plata o Perú hasta Méjico, se había autorizado la primera universidad del continente en Santo Domingo y pronto seguirían las de Lima y Méjico, el tráfico atlántico se había vuelto bastante regular e intenso, y los atiborrados barcos transportaban todo tipo de mercancías europeas, incluidos libros e imprentas, pagadas con el oro y la plata y mercancías americanas (patata, maíz, etc.). El 20% de los metales (“quinto real”) iba en impuestos para la corona y otra parte al pago a diversos comerciantes, mientras que la mayor parte se quedaba en América dinamizando una economía ya mucho más compleja y productiva que las indígenas.  Se abrían numerosas comunicaciones por tierra y mar, y en las ciudades más importantes (hoy capitales de los nuevos estados) se erigían edificios no inferiores a los europeos.

Los indígenas recibieron también importantes ventajas: la mayoría cesó de estar oprimida por potencias imperiales que practicaban el canibalismo, el esclavismo o los sacrificios humanos.  La importación de plantas y animales del viejo continente hicieron más variada la alimentación, aportándoles especialmente proteínas; la introducción de la rueda, de los asnos mulos y caballos  permitió liberar a gran número de indios de trabajar como bestias de carga. La  difusión del español como lengua de comunicación permitió superar el aislamiento entre decenas o cientos de lenguas ininteligibles entre sí…

En solo medio siglo la faz del continente estaba cambiando radicalmente, gracias a las aventuras inimaginables de los conquistadores. Quizá fuera preferible la fragmentación, la incomunicación e ignorancia, el canibalismo y los sacrificios humanos, etc. Más ecológico, afirman algunos que, desde luego no renuncian a las ventajas cuyo origen está en la conquista.

 

 

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Por qué la guerra civil / Franquismo y leyenda negra / La berza literaria / Charlatanes (XXXVIII) Despiadado Pedro Corral

Causa de la guerra civil 

¿Por qué se libró la guerra civil? En última instancia, por la continuidad histórica de España, amenazada por la sovietización y/o la disgregación. Por encima de cualquier otra cuestión, el franquismo significó exactamente eso. Y democráticamente el pueblo volvió a elegir la continuidad  nacional en el referéndum de 1976, aceptando la necesidad histórica del franquismo. Lo cual fue  traicionado progresivamente hasta volver a la amenaza de disgregación y totalitarismo, y al golpe de estado permanente.

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Franquismo y leyenda negra.

El penúltimo episodio de la leyenda negra ha sido la hostilidad exterior hacia el franquismo, más el antifranquismo interior. Es normal que en esa hostilidad hayan estado juntos soviéticos, anglosajones y países de Europa occidental. Los primeros, por haber sido vencidos en España; los segundos, por tradición y porque España escapaba a su mesianismo, aspirante a modelar al mundo de acuerdo con su ideología; y Europa Occidental porque España se había salvado de la guerra mundial y de la abrumadora carga moral y política con los ejércitos useño y soviético, y con las finanzas useñas: ¡era una ofensa  intolerable que España se reconstruyera con sus propias fuerzas desafiando la hostilidad y el aislamiento!

Sonaron Gritos Y Golpes A La Puerta (Ficción Bolsillo)

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Literatura de la berza

Suele llamarse literatura de la berza o incluso generación de la berza, a la que también se denomina de “realismo social”. Que era un realismo socialista dedicado, no a cantar los logros asombrosos del proletariado soviético, es decir, del partido comunista que supuestamente representaba al proletariado, sino a preparar en el franquismo, mediante indignaciones, la llegada de tan feliz futuro a España. Aquilino Duque  ha definido aquellas obras como “Berzas que hervían en el puchero del proletariado”.  Más propiamente hervían en el puchero de sus fantasías que ellos creían proletarias. El problema con aquella literatura fue su falsedad  social y política, y desde luego literaria: dedicados a  “dar testimonio crítico de tanta opresión e injusticia” de “la España mediocre y tristona del franquismo”, donde ellos parlaban sin cesar en tertulias y foros, publicaban y ganaban premios.  Si en vez de realismo social se le llamara “indignacionismo atrabiliario”,  la cosa quedaría más apropiada. Eran indignaciones con la realidad en función de un estado beatífico que solo existía en sus fantasías seudoproletarias o seudoprogresistas. Ahí militaban desde Blas de Otero o Celaya hasta Juan Goytisolo o Martín Santos.

Sería muy interesante una historia objetiva de la literatura española desde los años 40 a la actualidad.  Cela podría servir, quizá, de medida: sus mejores obras datan de los años 40.  Después fue un descenso continuado de calidad.  Hoy predomina una literatura entre cipotuda y de entretenimiento banal.

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Por Que El Frente Popular Perdio La Guerra Civil

Galería de charlatanes (XXXVIII) La despiadada simpleza de Pedro Corral

   Un político del PP, Pedro Corral, se ha creído en el caso de instruir a sus colegas, desde el diario ABC, sobre lo que fue la guerra civil. Buena intención, aunque temo que él mismo no  demuestre tener mucha idea al respecto, cosa muy común en nuestros políticos.  Algunos nos hemos empeñado en investigar y desentrañar las motivaciones y mecanismos de aquella guerra de tanta trascendencia en España y fuera de España, pero según el señor  Corral no hacía falta tanto esfuerzo. La cosa fue de lo más sencillo: a unas mínimas minorías (“canallas y sádicos sayones” les llama sádicamente Pedro J Ramírez) les dio un buen día por matarse entre ellas y de paso arrastrar malamente a millones de personas que solo pasaban por allí y no tenían el menor interés en luchar por nada. Así de facilito. O sea, el pensamiento sustituido por  simplezas envueltas en moralina de barra de bar.    

   Para justificar su llamémosla tesis, Corral “descubre” que las fuerzas militares de ambos bandos fueron engrosadas mayoritariamente, desde las primeras semanas, por la recluta forzosa. Las imágenes de millones de aguerridos milicianos y falangistas, dice,  serían solo pura propaganda. Corral no sabe que lo común en las guerras es que los soldados sean mayoritariamente de recluta, lo que no implica  que vayan necesariamente “a la fuerza”. Y lo de los millones de milicianos y falangistas, nadie lo ha dicho nunca, Corral se lo inventa para pasar por desmitificador.  Pero sí surgió desde el primer momento un número extraordinariamente alto de voluntarios en los dos lados, no millones, pero sí decenas e incluso cientos de miles. Con ellos, básicamente, Franco pudo haber ganado la guerra en cinco meses (el profesional Ejército de África era muy voluntario) aunque empezara pronto a movilizar quintas. Y los rojos pasaron a  regularizar el ejército porque los voluntarios, con todo su entusiasmo, rara vez  tienen el orden y la disciplina precisos para una guerra prolongada. La ignorancia de la lógica militar permite al señor Corral descubrir la sopa de ajo y, deslumbrado por su hazaña, tratar de enseñársela a los demás.     

   Por lo tanto, afirma, el factor clave de la inmensa mayoría de los soldados fue “la lealtad geográfica”. De ese supuesto gratuito (habría asegurado la victoria del Frente Popular, que en un principio dominó más “geografía” y población), deduce Corral que  la inmensa mayoría de los combatientes no tuvo libertad para elegir bando. “Factor clave”, llama a esta perogrullada, pues claro que cada bando aplicó la ley en su zona. Pero la gran mayoría de los españoles ya había elegido bando en las elecciones brutalmente radicalizadas de febrero de 1936. Y embrolla más la perogrullada: soldados de izquierdas reclutados en el Ejército franquista tuvieron que combatir contra soldados de derechas enfilados en el Ejército Popular. Cierto, pero el grueso de los soldados se identificó con el bando en que luchaba, bastantes procuraron pasarse al contrario y bastantes lo consiguieron. Otros más fueron fusilados por negarse a servir en el bando “geográfico”. Por cierto, al terminar la campaña del norte, los nacionales integraron en sus filas a la mitad de los 200.000 prisioneros, que no dieron ningún problema.        

   Sin embargo, informa nuestro historiador, muchos siguen pensando que un campesino pobre, sin ideas políticas, reclutado por Franco, será siempre un fascista, mientras que otro campesino pobre, sin ideas políticas, reclutado por Azaña, será siempre un antifascista. De nuevo la osada ignorancia. Azaña pintó poquísimo en la guerra y nunca reclutó a nadie; fueron los partidos obreristas, sobre todo el comunista, quienes impulsaron la recluta masiva. Entre los campesinos pobres de Extremadura y Andalucía predominaban los anarquistas y socialistas, mientras que los de Galicia y Castilla solían ser de derechas. Si el señor Corral hubiera estudiado un poco la época, sabría que la politización era extrema, con los odios correspondientes, y que no había mucha gente sin ideas políticas, aunque fueran muy primarias.     

   Cree Corral que las quintas reclutadas durante la contienda por ambos bandos deberían haber sumado 5 millones de hombres, pero que solo se reclutaron la mitad  de lo que deduce que la mitad consiguió “escaquearse” y evitar “ir al frente”.  Pero suele considerarse que el máximo movilizable de una población, salvo casos excepcionales, asciende al 10-12%. Y ese 10-12% fue el efectivamente movilizado entre nacionales y rojos (1.3 millones los nacionales y 1,7 los rojos, según R. Salas Larrazábal). Y de ellos solo una fracción va al frente  pues un ejército tiene una enorme cantidad de servicios que normalmente quedan en retaguardia. Y otra gran cantidad de adultos ha de permanecer  manteniendo las fábricas,  los campos y la administración del estado. ¡Qué lecciones maravillosas nos da este historiador pepero! 

Ignora además el señor Corral que la guerra de España no fue de gran intensidad comparada con otras muchas civiles y no civiles del siglo XX (puede ver alguna comparación en Los mitos del franquismo), que las bajas mortales  militares no fueron muy elevadas (en torno a 160.000 entre ambos bandos; la guerra civil useña en el siglo XIX causó más del doble para una población poco mayor), y que la mayoría de los frentes tuvo poca actividad la mayor parte del tiempo. Tampoco la movilización fue tan profunda que obligara a emplear masivamente a mujeres en fábricas y campos para suplir a los hombres, como ocurrió en la guerra mundial, por ejemplo. Un profesor debiera informarse bien antes de dar lecciones. 

   Al señor Corral le asombra agradablemente que hubiera desertores. Los hay en todas las guerras. La cuestión es cuántos  y en qué proporción en cada bando. Habla de “miles” y seguramente los hubo, unos para pasarse al otro lado y otros, los menos, para irse a casa; mientras sugiere la cifra de 2,5 millones entre desertores y escaqueados, que él imagina debían haber ido al frente (Comparados con este simplón, los  charlatanes de izquierda que vamos desgranando en este blog resultan  casi unos linces. Pero es el nivel intelectual del PP, una vez más).  Pese a  tan enorme número de supuestos desertores, nos indica que los castigos a ellos eran terroríficos: se ve que no ponían mucho empeño en aplicarlos.  Según él, en el bando nacional se detenía a los familiares del desertor y se confiscaban sus bienes, y si los familiares tenían antecedentes izquierdistas era probable que acabaran fusilados. Nunca había oído tal cosa, pero si fue así, las víctimas deberían contarse por cientos de miles, incluso millones de acuerdo con las gansadas de este exponente del nivel del PP. Tendría interés que el señor Corral nos aclarase cuántas fueron. Fue en el Frente Popular  donde los reglamentos llegaron a hacerse terroristas, como ha explicado R. Salas Larrazábal, a quien el señor Corral debiera leer con atención antes de ponerse a enseñar a sus colegas de la política, quizá un poco menos ignorantes que él mismo.  Pero obsérvese que el simplón pontifica nada menos que en el ABC, lo que indica tanto

   ”Ni para defender la República ni para atacarla hubo mucho entusiasmo entre los españoles de a pie”, viene a decir. Por supuesto. Como que la república, es decir, la legalidad republicana, había fenecido con las elecciones fraudulentas  de febrero del 36. Lo que había era un nuevo régimen revolucionario. Y es cierto que, pasados los primeros meses, decayó mucho el entusiasmo por defenderlo,  pero, aunque no lo crea el señor Corral, ocurrió algo muy distinto en el otro bando. Lo demuestran sus numerosos actos heroicos en condiciones casi imposibles, actos inexistentes en el Frente Popular: Gijón, Toledo, Sta. María de la Cabeza, Oviedo, Huesca… a los que desprecia el político porque no entran en la nómina de supuestos desertores y escaqueados que tanto le complacen. 

Cuatro perros verdes

   Se cree el señor Corral en la obligación de informarnos de su infinita compasión por todas las víctimas, que según él lo fueron de unos cuantos extremistas desalmados. De quien no tiene la menor compasión, en cambio, es de la verdad histórica y la necesidad de investigarla. Debería  hacer un pequeño esfuerzo por aclarar el sentido de un suceso tan dramático  más allá de la exhibición de facilones (y por ello hipócritas) buenos sentimientos –como si los demás carecieran de ellos—y de esa vanidosa condena a diestra y siniestra, como si a tantos españoles  les hubiera dado por matarse entre sí por las buenas, y obligar a otros a hacerlo. 

   Así que informaré brevemente a nuestro político de cosas generalmente bien sabidas:  el Frente Popular triunfó en unas elecciones no democráticas, destruyó la legalidad republicana y  emprendió un proceso revolucionario extremadamente violento. Dicho Frente se componía  ante todo de partidos obreristas que pretendían sovietizar a España, y  de separatistas que querían destruirla sin disimulo. Por sus diferencias  estos partidos se mataron entre ellos muchas veces, pero estaban de acuerdo en un punto esencial: la erradicación de la cultura cristiana en España, para lo que cometieron un verdadero genocidio. De modo que lo que estaba en juego entonces no eran las chifladuras vesánicas que el chiflado Corral atribuye por las buenas a unos y otros.  Estaba en juego la subsistencia de la nación española, de la libertad personal  y de la cultura cristiana. Por ello el proceso  revolucionario empujó a la rebelión del bando nacional. Parece lógico suponer que el señor Corral no se habría rebelado en modo alguno, sino procurado adaptarse a los revolucionarios y medrar entre ellos. Bien, allá él; pero eso no le da derecho a condenar con tan despiadada necedad a quienes eligieron oponerse a unas tendencias totalitarias y a la disgregación de España. 

   Y gracias a que vencieron los nacionales puede hoy el señor Corral soltar sus banalidades revestidas de “compasión”, “moderación” y “buenos sentimientos”, como si solo él los tuviera. Y va más allá, el hombre:  las consecuencias de la guerra habrían sido heridas casi incurables,  el exilio, la represión y una larga dictadura que sólo en la Transición, con el sacrificio de todos, se habrían empezado a restañar en serio. Del exilio volvió muy pronto la gran mayoría. La represión  castigó sobre todo a los chekistas y asesinos que tanto abundaron en el Frente Popular y que fueron abandonados por sus jefes. La larga dictadura no tuvo oposición democrática, solo comunista o terrorista, y escasa. La inmensa mayoría de la población se había reconciliado ya en los años 40, como prueba el fracaso del maquis. El franquismo  libró a España de la guerra mundial, de una nueva guerra civil (el citado maquis) y dejó un país reconciliado, libre de los viejos odios y próspero. Gracias a lo cual unos políticos de muy bajo nivel pudieron hacer una transición sin hundir al país… aunque han seguido en ello hasta hoy, llevando a España, nuevamente, a una crisis extremadamente grave. Políticos como el señor Corral, a quienes nada tiene que agradecer una democracia a la que no cesan de dañar. Habla mucho de perdonar, pero debiera empezar por perdonar  y no castigar  la verdad como lo hace, y por respetar a los millones de españoles que entonces sintieron intensamente su causa y lucharon por ella, en los dos bandos; y a los que supieron después reconstruir  el país en las más difíciles e injustas condiciones exteriores.  

   Un país que estos políticos parecen empeñados en echar abajo a base de mentiras y corrupción, empezando por la corrupción intelectual. Quizá el señor Corral crea que así se consigue una mejor relación entre todos. Pero sobre la mentira profesionalizada, que decía Julián Marías,  no puede  construirse nada sólido.

 

 

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Estafa del cambio climático / “Estreno” literario / Las Casas (IV) y Motolinía

El Doctor acusa a Abascal de querer una España “grande y libre”. Lógico, el Doctor la quiere disgregada, mísera y sin libertad. El vídeo de Abascal del pasado 25 de julio debería dar lugar a una campaña de todos los militantes y simpatizantes de VOX para hacerlo llegar a millones de personas. Veo que solo ha tenido poco más de 200.000 visualizaciones.  Pero el mensaje de Abascal tienen enorme importancia ante la situación política que vive España. Demasiada gente no sabe distinguir lo realmente importante de lo anecdóticoMensaje de Santiago Abascal a los españoles: “Hay motivos para la esperanza” – YouTube

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La estafa del cambio climático

La mayoría de las estafas pueden ser descubiertas a tiempo con solo aplicar la lógica y prescindir del halago a la vanidad que suelen acompañarlas. Y el llamado cambio climático tiene todos los rasgos de una gran estafa: se apoya en datos y supuestos inciertos  o incomprobables y hace predicciones que siempre fallan. ¿Por qué, sin embargo, tiene tanto éxito? Porque ha ido creciendo como una bola de nieve, involucrando a intereses políticos y económicos cada vez mayores, que sufrirían pérdidas morales y materiales en otro caso. El “cambio climático” se ha convertido en una gigantesca industria a su modo. En segundo lugar, porque apoya un designio de gran alcance, hablando en nombre de “la humanidad” es decir, usurpando su representación, con vistas a un gobierno universal. La ONU, es decir, las potencias dominantes en ella, serían el embrión de ese gobierno, al que no habría escapatoria. Y en tercer lugar porque explota una histeria difusa y extendidísima: la ciencia, presentada como el conocimiento cierto que eliminaría la angustia sobre el destino humano, vuelve  esa angustia más profunda. Sabemos que nuestra tierra es una mota de polvo insignificante en el espacio cósmico, que fuera y dentro de ella operan fuerzas gigantescas que podemos conocer o vislumbrar, pero no dominar y que podrían dar al traste con todo lo que estimamos y apreciamos, con nuestras sociedades, con la humanidad misma, sin la menor relación con los sentimientos humanos. Es más, el hombre mismo, manejando algunas de esas fuerzas,  ha adquirido la capacidad técnica de destruirse por completo, como resultado de fuerzas humanas internas asimismo difíciles o quizá imposibles de controlar conscientemente. La estafa del cambio climático explota esas angustias e inseguridades, a las que prometeos remedios  que podrían “privar a los seres humanos de los principales atributos de la humanidad”.

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“Estreno”  literario 

Hay un género literario que en España no ha tenido apenas representación. No es lo mismo la novela de tesis que la ideológica, aunque se emparenten. La  ideológica apenas tiene problema moral, lo da resuelto por anticipado, mientras que la de tesis se plantea siempre como un problema, adopte una solución u otra. Por eso digo que en España ha habido mucha novela ideológica, desde Galdós, pero poca de tesis, quizá ninguna. Y es, a mi modo de ver, porque tampoco ha habido verdaderos teóricos ni del anarquismo, ni del marxismo, ni del catolicismo o de cualquier ideología: se adoptaba una cualquiera con la fe del carbonero y se adaptaban los relatos a esa fe. Su novela Cuatro perros verdes me ha parecido un auténtico estreno en la literatura española porque no defiende una tesis, sino que expone y contrasta cuatro o cinco, acerca de actitudes ante la vida. El tema podría resultar un pestiño de argumentos abstractos, pero se inscribe en un relato, o mejor, en cinco o seis relatos de acción concentrados y en un transcurso temporal brevísimo, y eso no solo me ha resultado originalísimo sino también muy entretenido. Otras novelas de tesis como La montaña mágica, me resultaron duras de leer, y alguna falta de vida, como La Náusea de Sartre.   Anselmo González “Cristino”

Sonaron Gritos Y Golpes A La Puerta (Ficción Bolsillo)

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Las Casas (IV) y Motolinía

Las calumnias de Las Casas  causaron indignación no solo entre los conquistadores y colonos españoles de América, sino también a muchos de los frailes, entre ellos los llamados “doce apóstoles de México” franciscanos que no solo aseguraban la  protección de los indígenas, a menudo chocando con las autoridades civiles, sino  también en su instrucción en diversos oficios, que aprendían con rapidez. Uno de los más destacados, Toribio de Benavente,  llamado por los indígenas Motolinía, es decir “el pobre”, trabajó intensamente en Méjico, Nicaragua y Guatemala, aprendió la lengua náhuatl  y llevó a cabo los primeros estudios etnográficos e históricos sobre las culturas de aquellas tierras, en particular su  Historia de los indios de Nueva España.  Parte de sus obras se perdieron. Para desmentir a Las Casas escribió a Carlos I señalando las exageraciones y calumnias de este, y su actitud enfermiza: “No tuvo sosiego en esta Nueva España ni en La Española, ni en Nicaragua ni en Guatemala, ni aprendió lengua de indios ni se humillo ni se aplicó a les enseñar”; y le califica de  “inquieto, inoportuno, bullicioso y pleitista”, “injuriador perjudicial” que calumniaba a Cortés,  “no tiene razón en decir lo que dice y escribe e imprime, y en adelante, como será menester, yo diré sus celos y sus obras hasta dónde llegan y en qué paran, y si aquí ayudó a los indios o los fatigó”. “Todos sus negocios  han sido con algunos desasosegados  para que le digan cosas  que escribe con su apasionado espíritu contra los españoles”.

   Varios notables indios pidieron protección contra los “agravios y molestias” de los españoles, algo sin relación con el asesinato exterminador de millones que les atribuía  Las Casas, y que se nombrase  a este obispo de Chiapas. Y el fraile fue a Chiapas  como obispo en 1545. Su obispado no fue, como indica Motolinía, ninguna ventaja para la instrucción de los indios en materia religiosa o en oficios prácticos. En cambio promovió desde el primer momento los ataques y discordias entre españoles. Excomulgó al presidente de la Audiencia,  encarceló al deán de la catedral,  acosó a los sacerdotes excepto uno, negándoles la autoridad para confesar, animó a los fieles a denunciar a los sacerdotes que se portaran mal según sus criterios.  En sus Avisos y reglas para los confesores escribió: “Todo lo hecho hasta ahora en las Indias ha sido moralmente injusto y jurídicamente nulo”. Esta actividad un tanto obsesiva y denunciatoria terminó provocando la rebeldía de los españoles, sin que los indios se sintieran aludidos por unos u otro. Las Casas acudió a Méjico a una junta de obispos,  que apenas le prestó atención.  Entonces, sin pedir licencia a nadie, se volvió a España,  en 1547,  de donde no volvió a las Indias, habiendo desempeñado estérilmente su cargo en Chiapas, pero sin renunciar oficialmente al obispado hasta tres años después.  Ya en la corte, continuó sus polémicas con  el humanista Ginés de Sepúlveda,  con quien mantendría un célebre debate en 1550-51, consiguiendo que se prohibiera el libro de su contrincante  Democrates Alter  de su contrincantes.  

Para entender la verdadera situación a la que se había llegado  en Nueva España, entre tensiones constantes de los frailes con las autoridades civiles, puede servir  el testimonio del inglés, muy hispanófobo, Henry Hawks,  en 1572:  “Los indios reverencian a los frailes, porque gracias a ellos son  libres y no conocen la esclavitud” “Los magistrados del país  favorecen mucho a los indios (…) Si algún español hace daño a un indio (…) al instante se le castiga  lo mismo que si lo hubiera hecho a un español”. Si el daño se producía en tierras alejadas de las ciudades,  “el indio se calla, esperando mejor ocasión, y entonces, llevándose a un vecino consigo, se va a Méjico aunque sea a veinte leguas de distancia,  y presenta su queja. Al instante se le oye, aunque el opresor sea un caballero o un burgués fuerte, al instante se le manda buscar y se le castiga en sus bienes y en su persona (…) Esta es la causa de que los indios estén tan tranquilos y urbanizados (…) Si no fueran favorecidos de este modo, los españoles terminarían rápidamente con ellos o ellos asesinarían a los españoles”.

Motolinía tuvo muy duros enfrentamientos y problemas con las autoridades, pero su trabajo misional, económico e intelectual, basado en una apreciación realista de los hechos y de los intereses en pugna, viene a ser el modelo que permitió establecer uno de los imperios internamente más pacíficos de la historia. Las Casas, por el contrario, no hizo nada de provecho en favor de los indios, aunque perjudicó cuanto pudo a los españoles. Representa al agitador radical entre iluminado y perturbado, que cree haber encontrado las causas y los causantes de los males que afectan a la humanidad. Y por eso –y por su munición propagandística contra España–ha gozado de mil veces más crédito y veneración que Motolinía.  

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

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Las Casas (III) Influencia histórica de la leyenda negra / Dos cosas distintas

Las Casas (III) Influencia histórica de la leyenda negra

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

 Las calumnias deliberadas  de Las Casas son el verdadero origen de la leyenda negra, más allá de las descalificaciones ocasionales y bastante esperables de los protestantes y los países rivales de España, en especial Francia e Inglaterra, o molestos con su hegemonía, como Italia.  La razón es que proporcionaba a todos  ellos una munición propagandística y política magnífica: ninguna otra propaganda presentaba a los españoles con unos tintes tan atroces, y lo hacía  por parte de alguien que,  después de  todo, era español y había vivido en América, así que debía conocer el asunto. Un mínimo análisis crítico desde el sentido común bastaba para echar por tierra las descomunales acusaciones de Las Casas, pero ello, lógicamente,  no tenía el menor interés en una rivalidad radical.

   Se ha dicho que todos los imperios y países que han destacado tienen su leyenda negra como relato centrado en los aspectos brutales de su empleo de la fuerza, dejando en segundo término o negando los más positivos. Esto es verdad, pero en el caso español  esa leyenda ha ejercido  una influencia histórica mucho mayor que en cualquier otro. Hasta hoy mismo la pintura de España como el gran baluarte del fanatismo, el oscurantismo y  la crueldad, está presente en las actitudes de diversos países de Europa occidental, en particular los antiguos rivales. Y sobre todo influye en la misma España, donde, a partir de la decadencia, las historias del rencoroso y calumniador fraile empezaron a ser recogidas y aceptadas por algunos: si otros países a los que habían vencido los españoles estaban aventajando a España  en economía, ciencia y poder político y militar, tenía que deberse a que la anterior  hegemonía  hispana habría sido un espejismo o algo peor, una fuerza retardataria  y oscura, vencida finalmente por los países “ilustrados y progresistas”.  

Ya Quevedo tuvo que bregar con ese  espíritu, que cobró fuerza en el XVIII, pero sobre todo en el XIX y XX. La masonería resultó un canal especialmente eficaz , por lo oculto, de la leyenda negra. Esta fue el contenido ideológico de la independencia de los países hispanoamericanos, y ello hasta un punto de histeria. Quizá lo más grotesco fue la pretensión de reivindicar a los indígenas, cuyos peores enemigos eran  precisamente los criollos independentistas. La independencia tenía que llegar de un modo u otro, pero lo hizo de uno de los peores modos posibles, cuyas consecuencias permanecen hasta hoy.

Las diatribas independentistas fueron acogidas en la propia España. Cuando el botarate  Castelar  predicaba que “Nada hay más espantoso, más abominable,  que  aquel imperio español que era un sudario que se extendía sobre el planeta”, expresaba una opinión muy extendida entre los improductivos liberales españoles.  La derrota frente a Usa en el 98 reforzó tales opiniones, sostenidas  como fondo del  llamado regeneracionismo.  Para Azaña,  el país solo había creado un “imperio de mendigos y de frailes, aliñado con miseria y  superstición”; sin entrar en más detalle, Ortega calificaba la historia de España como “enferma” o “anormal”;  Costa hablaba de “echar doble llave al sepulcro del Cid”, etc. En realidad, el regeneracionismo no regeneraba nada, y sus retóricas vacuas fueron uno de los factores ideológicos que llevaron a una república  demencial y a la  guerra civil.

Asimismo encontramos la leyenda negra en las políticas y políticos desde la transición. La base profunda, dentro de su superficialidad, de la política seguida desde entonces por PP y PSOE,  es la pueril ocurrencia de Ortega “España es el problema y Europa la solución”. Todo el objetivo de unos y otros se resumía en “entrar en Europa”, frase que ya define una cierta estupidez e ignorancia. De Europa nunca han sido capaces de ofrecer algún estudio de mediana calidad intelectual, mientras que de España no han producido más que una serie de ocurrencias triviales aliñadas con servilismo e hispanofobia. 

   No cabe duda de que Las Casas ha sido uno de los personajes más influyentes de la historia de España y en buena medida de Europa occidental (a él cabe referir, por ejemplo, el mito del “buen salvaje”, que tantos disparates sugirió en el siglo XVIII)

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Cuatro perros verdes

Es el caso de Sonaron gritos y golpes a la puerta, de Pío Moa. Bien es verdad que, pese a la simpatía ideológica que me inspira el autor, no fui de los primeros en abalanzarse a las librerías para hacerme con su primera novela. Un historiador y ensayista puede ser altamente competente en su especialidad, hasta notable prosista, y perfectamente negado para la narrativa de ficción, para la creación. Son dos cosas totalmente distintas. Incluso he de decir que no me atraía mucho el título elegido por Moa, que sigue sin convencerme. Pero sea como fuere, poco antes de iniciar unas breves vacaciones, descubrí en la librería de un conocido centro comercial la reedición en rústica de Sonaron gritos Y me lo compré con la deliberada intención de poder ventilarme las ochocientas páginas del volumen en mi período de descanso. Cosa que he llevado a cabo según el plan previsto (Carlos López Díaz, ensayista)

 

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Similitudes y diferencias / Hijos del orate / El caso Las Casas (II) Un odio profundo

Similitudes y diferencias 

He observado  diferencias y similitudes que me han llamado la atención en sus dos novelas. Las dos tienen un prólogo y un epílogo. En Sonaron gritos, el prólogo es la “inspiración” por la que el viejo protagonista quiere rememorar su azarosa juventud, y el epílogo es una descripción desencantada de sus tres hijos, a quienes nunca había hablado de lo anterior; en Cuatro perros verdes, el relato se encuadra  entre la salida y la puesta de sol y las reflexiones  al respecto de uno de los protagonistas…,  el ocaso enmarcado en el templo egipcio de Madrid, muy ad hoc.  El relato propiamente dicho empieza en Sonaron con un crimen bárbaro y termina con otras muertes que  serían justicieras, pero que al protagonista le causan un shock psíquico; en Cuatro  empieza con una discusión bromista típica de estudiantes, que se vuelve más seria, y termina con la posible muerte (no queda claro) del chico con más ilusiones en la vida, y otro herido leve de bala, un tercero que renuncia por fin al suicidio, y el cuarto, más contemplativo: de pronto lo que parecía una rutina estudiantil se rompe  inesperadamente.   Sonaron transcurre en diez años, a lo largo de 650 páginas; la otra transcurre en un día, con la mitad de páginas; si la primera hubiera ido día por día, habría necesitado 3.650 por 350 páginas: echen la cuenta,  ¡evidentemente el tratamiento del tiempo es muy diferente en las dos!  En la primera hay un gran número de personajes, aunque giren  en torno a tres, el protagonista, su amada Carmen y su gran amigo Paco, que causa una tragedia; en la segunda solo hay nueve personajes y su peripecia  se percibe claramente. La primera transcurre en una época de mil violencias; la segunda en una paz que a algunos se les hace pesada. Los temas secundarios de fondo también son interesantes:  la idea del absurdo,  del nihilismo existencialista, de la guerra fría,  las perspectivas de la electrónica,  la genética, la informática, que afloran en Cuatro sin perturbar la narración, y que no podían  presentarse en Sonaron:   supongo que son lo que hace a las dos un poco novelas históricas aunque a  usted no le gusten. Podría  seguir pero al terminarlas me he preguntado: ¿son relatos deprimentes como tantos que se venden? Yo diría que no, sin saber por qué. ¡Me han parecido incluso optimistas, ya digo, no sé por qué razón!  El pregonero

Cuatro perros verdes

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 Hijos del orate

Una vez más, PP y PSOE rivalizan en rendir homenaje  al orate botarate Blas Infante. En tales cosas se retratan unos y otros mejor aún que en sus corrupciones económicas o sus mentiras permanente. ¿Cuál es la causa de que todos ellos hayan titulado al orate “padre de la patria andaluza”?: el haber sido fusilado por los nacionales al comenzar la guerra civil. Claro, dirían muchos bienintencionados de poco seso, no deja de ser un crimen matar a alguien por sus ideas. Pero resulta que las ideas de Infante eran las de la disgregación de España, la islamización de Andalucía y la colaboración con las izquierdas totalitarias. En tiempos de paz no pasa nada por tener ideas disparatadas, máxime cuando pocos las seguían. Y, por supuesto, no fue fusilado por sus  ideas sino la agitación y las violencias organizadas en torno a ellas, que provocaron la guerra civil con una escalada de asesinatos e incendios, primero en 1934 y luego tras las elecciones fraudulentas de 1936.  Infante fue fusilado como uno de los promotores de tal situación. Al nombrarle “padre de la patria andaluza”, PP y PSOE insultan a los andaluces, pero es muy cierto  que también se proclaman hijos del botarate: ellos, y no los andaluces, lo son. VOX debería hacer campaña para informar a los andaluces y a todos los españoles de quién fue el personaje.  

En un manifiesto, en 1919, cuando creía que el fin de la I Guerra Mundial iba a traer consigo el de España (también lo creyeron otros al terminar la II), escribía Infante:  “Sentimos llegar la hora suprema en que habrá que consumarse definitivamente el acabamiento de la vieja España (…). Declarémonos separatistas de este Estado que, con relación a individuos y pueblos, conculca sin freno los fueros de la justicia y del interés y, sobre todo, los sagrados fueros de la Libertad; de este Estado que nos descalifica ante nuestra propia conciencia y ante la conciencia de los Pueblos extranjeros. Avergoncémonos de haberlo sufrido y condenémoslo al desprecio. Ya no vale resguardar sus miserables intereses con el escudo de la solidaridad o la unidad, que dicen nacional“.

Por Que El Frente Popular Perdio La Guerra Civil

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El caso Las Casas (II) 

Las fabulosas virtudes de los indígenas aumentaban si cabe el horror de las atrocidades hispanas: “Y a estas ovejas mansas y de las calidades susodichas por su Hacedor y Criador así dotadas, entraron los españoles (…) como lobos y tigres y leones cruelísimos (…) Y otra cosa no han hecho de cuarenta años a esta parte (…) sino despedazarlas, matarlas, angustiarlas, afligirlas, atormentarlas y destruirlas por las extrañas y nuevas y varias y nunca otras tales vistas ni leídas ni oídas maneras de crueldad, de las cuales algunas pocas abajo se dirán”.

En Nueva España habrían matado “a cuchillo, y a lanzadas y quemándolos vivos, mujeres y niños y mozos y viejos, más de cuatro cuentos [millones] de ánimas (…) Y esto sin los que han muerto y matan cada día en la susodicha tiránica servidumbre”. En Nicaragua, “cincuenta de a caballo alanceaban toda una provincia mayor que el condado de Rosellón, que no dejaban hombre ni mujer, ni viejo, ni niño a vida”. Pero en 400 leguas a la redonda de Santa Marta (actual Colombia) los crímenes de conquistadores y encomenderos habrían superado lo anterior, nos advierte el fraile, aunque es difícil imaginar cómo. El total de indios exterminados lo cifra Las Casas en hasta quince millones y más, seguramente tres o cuatro veces más que los habitantes admisibles previos al descubrimiento. Además de increíblemente sanguinarios, los españoles serían no menos increíblemente estúpidos, pues estarían matando la gallina de los huevos de oro,  es decir, exterminando a aquellos de cuyo trabajo pretendían vivir. Lo único que cabe deducir de tales parrafadas es un odio ciego del fraile hacia sus compatriotas, pues los calumnia con verdadera saña, una saña a su vez algo estúpida si se analiza racionalmente.

Sin embargo esta sistemática falsedad por la exageración ha tenido un éxito inagotable. En una historia del mundo escrita para niños,  el historiador austroinglés  del arte Ernst Gombrich resume: “Los primeros barcos españoles con Colón y sus compañeros solo habían descubierto islas con una población de indios pacíficos, pobres y sencillos. Lo único que los aventureros españoles querían saber era de dónde habían sacado sus adornos de oro (…) Los hombres que marcharon de España a los países aún no descubiertos a fin de conquistarlos para el rey de España eran unos individuos feroces, crueles capitanes de bandoleros, increíblemente despiadados y de una inaudita falsedad y malicia para con los nativos, impulsados por una codicia salvaje hacia aventuras cada vez más fantásticas. Ninguna les parecía imposible, ningún medio les parecía demasiado malo si se trataba de conseguir oro. Eran increíblemente valerosos e increíblemente inhumanos. Lo más triste es que aquellas personas no solo se llamaban cristianos sino que afirmaban continuamente que cometían todas aquellas crueldades con los paganos a favor de la cristiandad”. Estas frases condensan la leyenda negra nacida de Las Casas, cuyo ecos perviven con fuerza hasta hoy, renaciendo cada vez que parecía superada. 

Algo de justeza muestra Gombrich  al mencionar  “las aventuras más fantásticas” y “ninguna les parecía imposible”, pues rebasan cualquier novela del género, y sus protagonistas así lo entendían: “Hay algunas cosas que nuestros españoles han hecho en nuestros días y en estas partes, en sus conquistas y encuentros con los indios, que como hechos dignos de admiración sobrepasan no solo a los libros [de caballerías] sino también a los que se han escrito sobre los doce Pares de Francia”. La referencia a los libros de caballerías indica lo popular de ellos entre los conquistadores, y a ellos, precisamente, debe su nombre California. Las aventuras causaban los destinos personales más varios: andanzas como las de Cabeza de Vaca, abandonos de las ganancias para meterse a monjes, “robinsones” como Pedro Serrano, sobreviviente ocho años en un islote arenoso 300 kilómetros al este de Nicaragua, naufragios como el de Gonzalo Guerrero, que se convirtió en jefe militar maya y se casó con la hija de un cacique; o Gonzalo Calvo, primer europeo en Chile después de huir de sus compañeros junto con su mujer inca, y superar el terrible desierto de Atacama, para adoptar el modo de vida de los araucanos; muchos terminaron torturados y devorados por caníbales, o transformado su triunfo en desgracia por querellas internas o intrigas cortesanas… Lo importante de Las Casas y lo difícil de explicar es cómo ha disfrutado de tanta atención. Porque nada demuestra mejor su falsedad que el balance de la conquista, conocido desde muy pronto.

Nueva historia de España: de la II guerra púnica al siglo XXI (Bolsillo (la Esfera))

 

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