Blog I: Los motivos del antifranquismo:http://www.gaceta.es/pio-moa/los-motivos-antifranquismo-20112014-1133
**“Cita con la historia”: el próximo domingo de 4 a 5 de la tarde, en Radio Inter, hablaremos de la primera etapa de la Reconquista, tema ligado al de Al Ándalus
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Hay algo que une en un haz a multitud de políticos, periodistas e intelectuales varios. Pueden discrepar en tales o cuales aspectos, y hasta pelearse entre ellos, pero coinciden en algo esencial: su antifranquismo. En el aniversario de la muerte de Franco, no viene mal recordar por lo menos a algunos: Josu Ternera, Mas, Cebrián, Carrillo, Rajoy, Bolinaga, Ángel Viñas, Soraya, Pajín, Dienteputo, Mienmano Alfonso Guerra, Chaves, Ansón, Arzallus el recogenueces, Zapatero, Aido, Rubianes, la “Doctora Burrianes” Carmen Chacó, Freddy Faisán Rubalcaba, Pakito, Roldán, la Trini, Kubati, Maleni, Santos Juliá, Urkullu, Pujol, la Albóndiga, Carod, Junqueras, los de los EREs falsos, los de Gürtel, Monedero, Pablo Iglesias… La lista puede ampliarse indefinidamente. Un club realmente distinguido. Se dirá que hay antifranquistas digamos de otro tipo, pero que acepten ser miembros del club no dice mucho en su favor.
Todos ellos se dicen demócratas. Pero me temo que para ellos democracia es sinónimo de corrupción. Empezando por una profunda corrupción intelectual, que ha instalado en España el reino de la mentira, institucionalizada en la ley de memoria histórica, es decir, de falsificación sistemática de la historia. Ellos mismos se han mretratado en muchas ocasiones, de las que rescataré dos:
El 16 de marzo de 2005, hasta 400 políticos, periodistas y otros personajes significados, homenajearon a Santiago Carrillo con motivo de su 90 cumpleaños. La figura principal y más representativa fue el presidente del gobierno, Zapatero, que abrazó al homenajeado y lo calificó de “ejemplo”. “Esta es una mesa larga y unitaria”, dijo Ibarreche, político de nada oculta ambición separatista, dirigente del PNV fundado por Sabino Arana, racista violento bien explícito en sus escritos. Ibarreche aseveró que él y toda la sociedad vasca aprecian a Carrillo por su trayectoria política. El jefe socialista extremeño Rodríguez Ibarra, lo definió como “patriota que se sacrificó por la democracia”. Asistieron al acto Herrero y Rodríguez de Miñón –premio Sabino Arana– , ministros de Zapatero, como la vicepresidenta Fernández de la Vega, junto con ex ministros y líderes autonómicos como el separatista catalán Jordi Pujol, J. Barrionuevo, relacionado con el terrorismo gubernamental de Felipe González y encarcelado por ello; cantantes como Víctor Manuel, Ana Belén o Joaquín Sabina… El rey designado por Franco hizo llegar una misiva transmitiendo su respeto y amistad “fraguada durante muchos años” al anciano comunista que había declarado: “La condena de muerte a Franco yo la firmaría”. Se da la circunstancia de que Carrillo fue también el responsable principal de la mayor masacre de prisioneros en Paracuellos, durante la guerra civil, y de otros numerosos homicidios, incluyendo el de muchos miembros de su propio partido.
El festejo fue organizado por los periodistas María Antonia Iglesias, cristiana-socialista, e Iñaki Gabilondo, inventor o difusor del bulo de los terroristas suicidas hallados en los trenes de la matanza del 11-m. No faltaron personajes de derecha y ex falangistas, como Rodolfo Martín Villa; ni Gregorio Peces-Barba, intelectual y político encargado de silenciar a las víctimas del terrorismo a fin de facilitar la política socialista de acuerdos con la ETA… El homenajeado recibió un libro de recortes de prensa con el título Noventa años de historia y vida. Y, en fin, la jolgorio culminó, en medio de la noche, con la retirada de la estatua de Franco del edificio madrileño de Nuevos Ministerios, donde permanecen las de Prieto y Largo Caballero, principales jefes de la guerra civil de 1934. El homenaje a Carrillo refleja en todos sus rasgos un carácter y una situación política.
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Con motivo de una reimpresión de Archipiélago gulag el diario El Mundo publicó un reportaje donde hablaba José María Iñigo, partidario de que la canción española se haga en inglés y entrevistador de Solzhenitsin en TVE en aquel ya lejano año. Los comentarios, tanto del reportero como de Iñigo, eran perfectamente banales. El segundo aseguró que la entrevista había gustado tanto a Franco que había llamado a TVE y la había hecho repetir… cuando el dictador llevaba cuatro meses muerto.
Solzhenitsin dijo: “Sus progresistas llaman dictadura al régimen vigente en España. Hace diez días que yo viajo por España y me he quedado asombrado. ¿Saben ustedes lo que es una dictadura? He aquí algunos ejemplos de lo que he visto. Los españoles son absolutamente libres de residir en cualquier parte y de trasladarse a cualquier parte de España. Nosotros, los soviéticos, no podemos hacerlo. Estamos amarrados a nuestro lugar de residencia por la propiska (registro policial). Las autoridades deciden si tengo derecho a marcharme de tal o cual población. También he podido comprobar que los españoles pueden salir libremente de su país para ir al extranjero. Sin duda saben ustedes que, debido a las fuertes presiones ejercidas por la opinión mundial y por los Estados Unidos, se ha dejado salir de la Unión Soviética, con no pocas dificultades, a cierto número de judíos. Pero los judíos restantes y las personas de otras nacionalidades no pueden marchar al extranjero. En nuestro país estamos como encarcelados.
“Paseando por Madrid y otras ciudades, he podido ver que se venden en los kioscos los principales periódicos extranjeros. ¡Me pareció increíble! Si en la Unión Soviética se vendiesen libremente periódicos extranjeros, se verían inmediatamente decenas y decenas de manos tendidas y luchando por procurárselos. También he observado que en España uno puede utilizar libremente las máquinas fotocopiadoras. Cualquier individuo puede hacer fotocopiar cualquier documento, depositando cinco pesetas por copia en el aparato. Ningún ciudadano de la Unión Soviética podría hacer una cosa así. Cualquiera que emplee máquinas fotocopiadoras, salvo por necesidades de servicio y por orden superior, es acusado de actividades contrarrevolucionarias.
“En su país –dentro de ciertos límites, es cierto– se toleran las huelgas. En el nuestro, y en los sesenta años de existencia del socialismo, jamás se autorizó una sola huelga. Los que participaron en los movimientos huelguísticos de los primeros años de poder soviético fueron acribillados por ráfagas de ametralladoras, pese a que sólo reclamaban mejores condiciones de trabajo. Si nosotros gozásemos de la libertad de que ustedes disfrutan aquí, nos quedaríamos boquiabiertos. Hace poco han tenido ustedes una amnistía. La califican de “limitada”. Se ha rebajado la mitad de la pena a los combatientes políticos que habían luchado con armas en la mano (alude a los terroristas). ¡Ojalá a nosotros nos hubiesen concedido, una sola vez en veinte años, una amnistía limitada como la suya! Entramos en la cárcel para morir en ella. Muy pocos hemos salido de ella para contarlo”.
Estas palabras despertaron en los antifranquistas una furia increíble. Juan Benet, en Cuadernos para el diálogo (excelente título) escribió: “Todo esto, ¿por qué? ¿Porque ha escrito cuatro novelas, las más insípidas, las más fósiles, literariamente decadentes y pueriles de estos últimos años? ¿Porque ha sido galardonado con el premio Nobel? ¿Porque ha sufrido en su propia carne –y buen partido ha sacado de ello– los horrores del campo de concentración? Yo creo firmemente que, mientras existan personas como Alexandr Solzhenitsin, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. Tal vez deberían estar un poco mejor guardados, a fin de que personas como Alexandr Soljenitsin no puedan salir de ellos. Nada más higiénico que el hecho de que las autoridades soviéticas –cuyos gustos y criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a menudo– busquen la manera de librarse de semejante peste”.
Benet, escritor medianillo, esnob y superficial, pero muy promocionado, ejercía una “resistencia” cómoda y remuneradora a la limitada dictadura de entonces, y venía a actuar como altavoz de la oposición antifranquista, la cual pocas veces quedó tan al desnudo. El subdirector de Cuadernos para el diálogo, Eduardo Barrenechea, también arremetía contra el “hombrecillo Solzhenitsin”, que según él, había hecho “enrojecer … de vergüenza” a muchos telespectadores. La procomunista Triunfo, una de las revistas de mayor tirada entonces, denunciaba el “escándalo” de la “operación Solzhenitsin”, organizada para “acometernos por medio de una disertación fanática y apasionada. El señor Solzhenitsin llega con retraso de una guerra fría, y la Televisión Española, de una guerra civil renovada”. Denunciar la situación en la URSS y compararla con la de España significaba, pues, renovar la guerra civil y atacar “la democracia española” en ciernes. En la revista Por Favor, Soledad Balaguer cantaba las excelencias del sistema soviético, y denostaba al “premio Nobel barbudo” que daba “gato por liebre diciéndonos que los rusos eran muy malos porque eran comunistas, sin conseguir que nadie le creyese”. El semanario izquierdista Personas informaba: “Solzhenitsin es un paranoico clínicamente puro. La voz del viejo patriarca zarista penetró en los campos y ciudades españolas como un viento glacial. Fue una vergüenza”.
En la revista Posible, Arturo Rubial clamaba: “Ese Solzhenitsin es un Nobel por nada. Miente a cada instante. Habrían debido hacer de manera que Soljzhnitsin contase todo esto al estilo de music-hall, rodeado de lindas muchachas del ballet Set 96; este caballero tiene pasta de showman”. Montserrat Roig, en Mundo, no le cedía en agudeza: “La barba de Solzhenitsin parece la de un cómico de pueblo, la de un cómico ambulante pagado por una alianza de señores feudales. El escritor hace reír al gallinero. Un día le arrancarán las barbas postizas”. Hasta en una publicación de Soria podía leerse: “Solzhenitsin, turista privilegiado, multimillonario a costa de los sufrimientos de sus compatriotas, vive bien, muy bien, de sus discursos”. Y es que la simpatía hacia el totalitarismo soviético, incluidos sus campos de concentración, era una de las señas de identidad más íntimas de la oposición izquierdista.
Y no menos reveladora fue la reacción del antifranquismo de derechas. Cela, en vena progre, escribió: “Solzhenitsin no está solamente contra España, nuestro pequeño y amado país, lo cual no sería nada. Está contra Europa. Heraldo de la tristeza. No tenemos necesidad de pájaros de mal agüero”. Para Jiménez de Parga, “uno pierde la calma delante de quien, sirviéndose de las pantallas de TV, pretende tomarnos por imbéciles, permitiéndose explicar precisamente en España lo que es una dictadura”.
Los diversos comentaristas trataban a uno de los grandes escritores del siglo XX, a uno de los grandes testigos de la barbarie totalitaria, de “chorizo”, “enclenque”, “mendigo desvergonzado”, “espantajo”, “bandido”, “hipócrita”, “mercenario”, etc. Ciertamente, tales dicterios rebotaban como flechas de goma sobre el así agredido, pero ¿sería exagerado considerarlos perfectamente aplicables a aquella oposición antifranquista trivial, mediocre e hinchada de ruindad, fuente de los mayores peligros que ha sufrido y sigue sufriendo nuestra democracia? Pues el antifranquismo, con su enorme carga de odio y de mentira, está envenenando a la sociedad.
(En LD, 18-10-2002, con un final algo distinto)