Blog I: Preguntas sobre una novela: http://www.gaceta.es/pio-moa/preguntas-novela-21102014-2123
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Voy a proponer al señor Treglown un relato simétrico al suyo sobre las muchachas “enterradas vivas” en Grazalema: Hace unos años se descubrieron en el patio de una casa inglesa los restos de numerosas personas asesinadas. Según la versión habitual, se trataba de víctimas de algún asesino en serie, cosas que pasan de vez en cuando en Inglaterra. Pero cabe la sospecha de que se trataba en realidad de católicos irlandeses liquidados por los servicios secretos de Su Graciosa Majestad. No había huellas de balas, pero probablemente fueron torturados salvajemente antes de morir y les obligaron a cavar la fosa a ellos mismos. Es sabido que, dada la eficaz guerrilla de resistencia irlandesa, los jamesbond ingleses han recurrido a todos los recursos para aplastarla, desde acusaciones con pruebas falsas (no hace mucho salieron absuelto varios que habían pasado muchos años de cárcel bajo falsa acusación de terrorismo), hasta el asesinato puro y simple. Otro objetivo habitual ha sido capturar mujeres para utilizarlas como rehenes con la esperanza de inducir a los republicanos irlandeses a rendirse. La ideología imperialista inglesa era intrínsecamente brutal, mucho más que la fascista. El fascismo italiano cometió muy pocos asesinatos, pero los salvajes bombardeos británicos sobre niños, mujeres y ancianos alemanes, también franceses y anteriormente árabes en Irak y otros puntos, hablan por sí mismos, y están estrechamente relacionados con las políticas de exterminio de indígenas en Usa, Canadá o Australia, hambrunas inducidas como en Irlanda o Bengala, expulsión de poblaciones como en Escocia y otros lugares, más antiguamente las de judíos, la piratería y el comercio de esclavos, o las feroces persecuciones contra los católicos en la misma Inglaterra, mucho más sanguinarias que las atribuidas a la Inquisición (acerca de la cual debería el señor Treglown informarse un poco).
¿Qué tal? Desde luego, ni el señor Treglown ni yo tenemos la menor idea de lo que haya podido ocurrir con las muchachas de Grazalema. Solo que yo no me fío, de entrada, de las explicaciones y menos todavía de los explicadores de la “memoria histórica”, mientras que nuestro buen profesor no solo los cree a pies juntillas, sino que les añade sus propias lucubraciones para hacerlas más creíbles al público anglosajón, quizá más ignorante, aunque no más lleno de prejuicios, que quien pretende informarle.
En el artículo anterior expliqué por qué los relatos de la “memoria histórica” no son ni pueden ser fiables, sino muy al contrario. Están elaborados por gentes subvencionadas, muy ideologizadas y poco respetuosas con la verdad, convencidas de que contra Franco valen las más absurdas patrañas y calumnias. Algunos historiadores y yo mismo hemos demostrado una y otra vez sus embustes, pero no parece importarles mientras tengan subvenciones y medios a su disposición: siguen en plan de fiscales cuando tendrían que estar en el banquillo. Lo cual no impide que algunas de sus acusaciones sean ciertas porque, claro está, atrocidades las cometieron los dos bandos, como pasa en todas las guerras – y, por cierto, en la SGM las atrocidades de todos los bandos superaron en enorme proporción a las cometidas en España–. Solo que aquí quienes empezaron, lo hicieron con mayor sadismo y llevaron su afición hasta asesinarse copiosamente entre ellos mismos fueron esos “republicanos” tan respetados y llorados por quienes se sienten identificados con ellos, o sea, con sus crímenes, pues ese es el verdadero intríngulis del asunto. Por algo definen como “víctimas” del franquismo tanto a chekistas como a los inocentes que hayan caído en unas circunstancias muy emocionales.
El libro, por lo demás, no perdona tópico alguno, por supuesto está García Lorca –pero no el número mucho mayor de intelectuales asesinados por el Frente Popular—y empezando por el que sirve de título a su libro, el Valle de los Caídos, sobre el que no para de soltar sandeces, desde lo de los “presos republicanos” hasta que “está gestionado por la Fundación Francisco Franco, organismo presidido por la temible hija de Franco”. Pero este hombre ¿cómo no ha realizado el mínimo esfuerzo exigible para enterarse un poco en serio? Uno duda de si se trata del típico extranjero iluso que da con pícaros o golfos que le cuentan trolas y él se las cree sin más, o bien participa deliberadamente en la farsa para divertirse a costa de la credulidad del público angloestadounidense, para el que está escrito, según él nos informa (una reseñista del NYT lo califica, como Muñoz Molina, de “un libro sagaz y sugerente” dice la mala traducción de la contraportada). El hombre cree al delincuente Garzón “quijotesco”. Su resumen de la historia de España, con, entre otras cosas, la “feroz” conquista de América, entra simplemente en el pintoresquismo. El libro está repleto de “datos” por el estilo, y no puedo dedicar más espacio a sus dislates porque exigiría demasiadas entradas.
Treglown dedica el grueso de su obra al comentario de libros y películas, en las que vierte a gusto sus prejuicios con pretensiones de sagacidad. Al menos no es tan necio de negar la existencia de una importante cultura en el franquismo (alguno de sus colegas le comentó riendo que “cabría en una tarjeta postal”); pero el esfuerzo que realiza no pasa, una vez más, de una colección de tópicos mejor o peor hilvanados. Y lo que queda es precisamente esto, aunque su sagacidad no le permita entenderlo: en el franquismo se creó una cultura importante, parte de ella antifranquista –a menudo comunistoide—otra parte favorable al régimen y la mayor parte apolítica. Es decir, la censura no impidió una diversidad ideológica y de enfoques ni condenó a la oscuridad ningún libro o película importante. Contra todos los mitos, fue un régimen notablemente liberal hacia la alta cultura, con una censura más bien grotesca e ineficaz. Hoy, en cambio, existen numerosas censuras y un ambiente general más asfixiante. Y no solo aquí. ¿Por qué no se han traducido libros míos al inglés o al francés, pese a no haber sido rebatidos y tratar temas sobre los que parece haber considerable interés en esos países? Una censura semejante hubo de sufrir Orwell cuando se le ocurrió hablar de sus experiencias en España en un tono que no admitía la corrección política, es decir, la tendencia totalitaria de entonces.
Sobre la cultura en el franquismo diré dos cosas, aunque no sea el momento de explayarlas: fue bastante más variada e importante que en la actualidad. Y lo fue sobre todo en los años 40. Creo que la de los 50 y posteriores fue descendiendo de nivel hasta llegar a la situación actual, que sí merece el nombre de páramo, aunque muy abundante en monte bajo.


Uno de los tópicos sostenidos por sus detractores, generalmente esgrimiendo descalificaciones plenas de subjetivismo y no en base a rigor científico alguno, es el de acusarle de no ser historiador, oficialmente titulado como tal, lo que no hace mucho Stanley Paine descalificaba cual si la descripción de la Historia y la investigación sobre la misma, necesitase un a modo de carnet o documento que confiriese legitimidad de ejercicio. Algo grotesco a la luz de historiadores allende nuestras fronteras y no contaminados por esa dictadura del pensamiento dominante. La fuerza inexorable de los hechos ha demostrado que la revolución en la historiografía moderna traída por Moa ha marcado un antes y un después en el tratamiento e investigación de los estudios relativos a la II República y la Guerra Civil.