Blog I: Notas sobre Europa y la UE : http://www.gaceta.es/pio-moa/notas-europa-ue-23052014-1420
**Este domingo en Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde, Cita con la Historia: “Los felices años 40 en España”.
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Liberalismo y democracia
¿Podría mejorarse este panorama? Desde luego una exigencia fundamental sería elaborar una interpretación política que rompiese la dicotomía democracia-liberalismo, arrancando la decisiva bandera de la democracia a unas izquierdas y separatismos cuyo historial desmiente sus pretensiones. La derecha ha reconocido la patente democrática a la izquierda, y le ha hecho algunas críticas poco productivas. Argumentos típicos en esa línea son que la verdad no la deciden los votos, o que no puede valer lo mismo el voto de un médico que el de un barrendero. El primer argumento yerra, a mi juicio, por dos razones. En primer lugar, la verdad en política es algo a lo que nos acercamos, sin llegar nunca del todo, mediante el debate y la lucha de ideas e intereses. La verdad política no es algo dado y permanente de lo que se parte, si exceptuamos algún principio muy general en que estarán de acuerdo demócratas y antidemócratas, como es la necesidad de evitar el despotismo. Pero la cuestión es cómo lograr evitarlo en las circunstancias históricas actuales. En otro tiempo, el despotismo se corregía, hasta cierto punto, mediante la formación moral del soberano y la existencia de grupos y cuerpos sociales con sus propios derechos y cierta representatividad. El liberalismo propone la solución más drástica de limitar el poder por medio de los derechos y libertades individuales y de la autonomía de los poderes, sobre todo el judicial.
No voy a discutir ahora cuál sería la solución, solo señalar que la vuelta al antiguo régimen o similar resulta imposible. Y que la denuncia de los males que acompañan al liberalismo no debe sugerir que las antiguas fórmulas de poder asegurasen la estabilidad y calma social, porque es falso, según proclama la historia. Ningún sistema puede evitar los problemas nacidos del carácter conflictivo de la convivencia humana, y por tanto no hay sistema sin fallos. El liberalismo ha generado inestabilidad, incluso neurosis social, pero también una evolución cultural, económica y política cuyo balance ha resultado beneficioso para la mayoría. Hoy parece imposible, y desde luego indeseable, acabar con las libertades de expresión, asociación, etc., que solo pueden ser reguladas por ley; o establecer un gobierno permanente, no sujeto a elecciones; o eliminar la autonomía de los poderes, por más que ninguna de estas cosas funcione plenamente en ninguna democracia, y haya constante tendencia a limitarlas o ampliarlas en exceso.
Tampoco tiene sentido el argumento del distinto valor del voto de una persona ilustrada y otra del montón, con la idea implícita de que los no ilustrados son más susceptibles de caer en la demagogia. Pues la gente corriente sigue normalmente a grupos dirigidos por personas ilustradas, las cuales no por ilustradas dejan de ser muchas veces irresponsables o perversas. Tener estudios superiores no vacuna contra la demagogia; es más, todas las demagogias en boga proceden de gentes con estudios, poseer los cuales es necesario para decir cierta clase de tonterías, como señalaba Orwell. Además, cualquier persona, con estudios o no, puede tener una idea clara de sus intereses o cierta intuición de la justicia. Por otra parte, la idea de una minoría ilustrada, pretendidamente conocedora de la verdad, que por eso mismo adquiere un derecho permanente al poder, conduce directamente a la tiranía. También es iluso imaginar una minoría de sabios con una sola voluntad y sapiencia. Siempre hay divisiones entre ellos, afectados también por las pasiones de la gente común, y empeñados en una lucha, que puede ser feroz, por el poder. También me parece errónea la crítica a los partidos. Contra cierto prejuicio frecuente, estos existen en todas las formas del poder, pero en los regímenes no democráticos actúan en forma de camarillas opacas en disputa por el favor del soberano o por imponer uno nuevo. En principio, creo que los partidos sometidos a cierto control y publicidad constituyen una mejora sobre las camarillas. Por tanto, la clarificación de la democracia no debe centrarse en ideas nebulosas, debe empezar por despojar al concepto de los ropajes míticos o seudomíticos con que se recubre en la ilusoria visión mayoritaria.
Empecemos por señalar de nuevo que la oposición “oligarquía-democracia”, pese a su uso constante, es falsa y conduce directamente a la demagogia totalitaria. Y que todo poder estable es, en algún modo y al mismo tiempo, oligarquía, monarquía y democracia. Lo primero porque el poder no puede ejercerse más que por una minoría más o menos experta; lo segundo porque casi siempre hay una persona a la cabeza de esa oligarquía; y lo tercero porque todo régimen necesita la aquiescencia de la mayoría de la población, aunque se trate de una aquiescencia puramente pasiva o basada en la ignorancia. Llamamos tiranías o despotismos a aquellos gobiernos cuyas oligarquías gobiernan para sí mismas, imponiéndose por el terror y la manipulación, y no suelen ser duraderas. Dejaré aquí algunos aspectos del poder, como su asiento en la violencia, su relación con la religión, con la economía, etc. Para lo que ahora interesa, creo que la democracia solo puede definirse como aquel sistema de sufragio universal en que la gente vota a unas u otras oligarquías o partidos aspirantes a gobernar. Lo seguiremos llamando convencionalmente democracia, aunque tiene poco que ver con el significado etimológico del concepto. La diferencia de la democracia con los regímenes anteriores radica en que la aquiescencia de las masas es más activa y en que los partidos u oligarquías deben competir por ganarse la voluntad de la mayoría. Pero ello no implica un cambio esencial en la naturaleza del poder. Nada, insistamos, de “poder del pueblo”.
Tampoco es cierto que el pueblo elija a sus gobernantes, como se afirma. Lo que hace la gente es votar, y quien elige, propiamente hablando, es la fracción del pueblo que vota al partido ganador. Esa fracción ni siquiera tiene por qué ser mayoritaria, de hecho casi nunca lo es. En España, las mayorías absolutas del PSOE o el PP no lo fueron comparadas con el censo electoral (el pueblo). En 1982, el PSOE ganó con 10 millones de votos sobre 26; en 1986 con 9 millones sobre 29; en 1989, con poco más de 8 millones sobre 29,6. Aznar consiguió el año 2000 su mayoría absoluta 10, 3 millones sobre 34; y Rajoy en 2011 obtuvo 10,8 millones sobre 35,7. El político que consiguió más votos fue Zapatero en 2004, con 11 millones sobre 34,5, marca que superó todavía en 2008, con 11,3 sobre 35, sin lograr, no obstante, mayoría absoluta. Es decir, en un solo caso el número real de votos de la mayoría absoluta se acercó a la mitad, aunque no mucho, quedando en los demás bastante por debajo del tercio. Lo mismo, más o menos acentuadamente, ocurre en las demás democracias.
Otro lugar común mítico o seudomítico define a los gobernantes como representantes del pueblo. No lo son siquiera de aquella minoría que les ha votado, al no existir mandato imperativo. Se otorga al político el derecho a obrar según su propio criterio y no sobre las ideas y pretensiones de sus votantes, ni siquiera sobre el programa con que teóricamente ha conseguido sus votos, programa por lo demás ignorado por la gran mayoría de los electores. Esto es también algo común en las democracias.
Apartada la hojarasca seudomítica, la democracia puede definirse como un sistema de poder, históricamente reciente, basado en elecciones y en la convención de que la oligarquía con mayor número relativo de votos tiene derecho a gobernar, aunque esos votos sumen una parte menor del cuerpo electoral, como ocurre muy a menudo. El único requisito consiste en que no haya falseamiento en las urnas. Pero existen otros datos susceptibles de considerarse falseamientos esenciales: por ejemplo, los electores no conocen realmente los programas e intenciones de los partidos, ni siquiera conocen a los líderes más que por la propaganda, basada generalmente en trucos publicitarios. A su vez, los gobernantes no se sienten obligados por sus promesas electorales, que con gran frecuencia incumplen sin que ello motive su destitución, e incluso sin que les haga perder votantes. En otras palabras, los votantes suelen tener ideas muy vagas y contradictorias de los verdaderos problemas políticos y están por ello muy expuestos al engaño, solo parcialmente contrarrestable por la competencia entre partidos. A su vez, estas oligarquías gobernantes suelen hacer promesas incumplibles, por ganar votos, lo que fomenta asimismo el engaño demagógico.
Parecería entonces que las democracias abocarían por fuerza a concursos de demagogias. Y la demagogia existirá siempre –también en otros sistemas– pero esto es un peligro y no un destino inexorable. La autonomía de los gobernantes con respecto a sus electores es inevitable, por los escasos conocimientos de estos y porque la política plantea con frecuencia problemas imposibles de resolver aplicando la plantilla de experiencias anteriores. Por otra parte, las leyes deben poner un freno, y normalmente lo ponen, a los excesos demagógicos, y el concurso de los partidos y la experiencia práctica que proporciona a la gente la limitación de mandatos, permiten en principio corregir los errores y mejorar el sistema. Así, en la república la derecha pudo ganar, en 1933, debido al desastroso período izquierdista. Otra cosa fue la actitud adoptada por las izquierdas, que destruyó la legalidad impuesta por ellas mismas. Por estas razones, los partidos más extremistas no suelen imponerse.
Pero, dado que el sistema admite la expresión y asociación de partidos enemigos de él, si estos adquieren una fortaleza excesiva, la democracia puede hundirse, como ocurrió en la república. Ese peligro solo tiene remedio cuando el poder democrático reacciona con máxima energía ante la amenaza. Así, después de la insurrección izquierdista de octubre de 1934, el gobierno de derecha debió haber ilegalizado a los partidos rebeldes. No lo hizo por su debilidad doctrinal y porque realmente la derecha no acababa de ser democrática, estando siempre a la defensiva en ese terreno. Otro peligro de las democracias consiste en la tendencia, muy extendida en las repúblicas latinoamericanas y en la propia España, a creer que la victoria electoral autoriza a infringir la ley y utilizar en beneficio partidista o particular los recursos del estado. Y un partido triunfante puede aprovechar el control de los poderosos medios del estado para impedir que en lo sucesivo pudiera otro partido aspirar al gobierno. El único modo de dificultarlo es limitar en el tiempo el ejercicio del poder, mantener las libertades políticas y cierta división del poder mismo, en particular la independencia judicial. Un problema, como tantos otros, nunca resuelto del todo. No se puede criticar un régimen desde la idea de una situación social perfecta, es decir, utópica y no humana. La democracia, con todos sus peligros y malentendidos, ha proporcionado, en general, mayor libertad política, menos despotismo y mayor probabilidad de que las luchas por el poder se solventen de manera pacífica. Me refiero a la democracia liberal.
Pues, en fin, ¿puede oponerse la democracia al liberalismo, como a menudo se ha hecho y ha ocurrido en la España del siglo XX y aun en lo que va de este? Desde luego, se trata de cosas distintas, pero no opuestas. Teóricamente podría oponerse la democracia al liberalismo en el sentido de que una mayoría puede optar por soluciones no liberales, y así ha ocurrido a veces. Sin embargo, el liberalismo, con su concepto de las libertades políticas y de la igualdad ante la ley conduce en su desarrollo a la democracia. Y por el contrario, una democracia no liberal se convierte rápidamente en despotismo, se niega a sí misma al destruir las condiciones que hacen posibles las elecciones, es decir, las leyes que aseguran las libertades, la periodicidad de las votaciones y la autonomía de los poderes. Puede haber, y de hecho han predominado en la Europa del siglo XIX, liberalismos no democráticos, pero los principios liberales conducen a la democracia. En cambio no puede haber, o no puede subsistir largo tiempo, una democracia no liberal. Las experiencias del siglo XX creo que lo prueban de modo contundente.
Desde luego, la democracia es un sistema sujeto a muchas dificultades y necesitado de mayor teorización, y aquí solo he expuesto o recordado algunos aspectos susceptibles de desarrollo. Por lo que se refiere a España, el problema está estrechamente ligado al de la masiva falsificación de la historia por parte de quienes han arruinado una y otra vez, y vuelven a hacerlo, la posibilidad de un desarrollo político pacífico, y lo han hecho siempre en nombre de la democracia, es decir, de un concepto falso de raíz de lo que puede ser la democracia, y que vuelve imposible la convivencia. Cambiar esta situación pasa por dos vías: clarificación del pensamiento político y clarificación de una historia profundamente desvirtuada.
