(y III): Liberalismo y democracia

Blog I: Notas sobre Europa y la UE : http://www.gaceta.es/pio-moa/notas-europa-ue-23052014-1420 

**Este domingo en Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde, Cita con la Historia: “Los felices años 40 en España”.

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Liberalismo y democracia

   ¿Podría mejorarse este panorama? Desde luego una exigencia fundamental sería elaborar una interpretación política  que rompiese la dicotomía democracia-liberalismo, arrancando la decisiva bandera de la democracia a unas izquierdas y separatismos cuyo historial desmiente sus pretensiones.  La derecha ha reconocido la patente  democrática a la izquierda, y le ha hecho algunas críticas poco productivas. Argumentos típicos en esa línea son que la verdad no la deciden los votos, o que no puede valer lo mismo el voto de un médico que el de un barrendero. El primer argumento yerra, a mi juicio, por dos razones. En primer lugar, la verdad en política es algo a lo que nos acercamos, sin llegar nunca del todo, mediante el debate y la lucha de ideas e intereses. La verdad política no es algo dado y permanente de lo que se parte, si exceptuamos algún principio muy general en que estarán de acuerdo demócratas y antidemócratas, como es  la necesidad de evitar el despotismo. Pero la cuestión es cómo lograr evitarlo en las circunstancias históricas actuales. En otro tiempo, el despotismo se  corregía, hasta cierto punto, mediante la formación moral del soberano y la existencia de grupos y cuerpos sociales con sus propios derechos y cierta representatividad. El liberalismo propone la solución más drástica de limitar el poder por medio de los derechos  y libertades individuales y de la autonomía de los poderes, sobre todo el judicial.

   No voy a discutir ahora cuál sería la solución, solo señalar que la vuelta al antiguo régimen o similar resulta imposible. Y que la denuncia de los males  que acompañan al liberalismo no debe sugerir que las antiguas fórmulas de poder asegurasen la estabilidad y calma social, porque es falso, según proclama la historia. Ningún sistema puede evitar los problemas nacidos del carácter  conflictivo de la convivencia humana, y por tanto no hay sistema sin fallos. El liberalismo ha generado inestabilidad, incluso neurosis social,  pero también una evolución cultural, económica y política cuyo balance ha resultado beneficioso para la mayoría. Hoy parece imposible, y desde luego indeseable, acabar con las libertades de expresión, asociación, etc., que solo pueden ser reguladas por ley; o establecer  un gobierno permanente, no sujeto a elecciones; o eliminar la  autonomía de los poderes, por más que ninguna de estas cosas funcione plenamente en ninguna democracia, y haya constante tendencia a limitarlas o ampliarlas en exceso.

   Tampoco tiene sentido el argumento del distinto valor del voto de una persona ilustrada y otra del montón, con la idea implícita de que los no ilustrados son más susceptibles de caer en la demagogia. Pues la  gente corriente sigue normalmente a grupos dirigidos por personas ilustradas, las cuales no por ilustradas dejan de ser muchas veces irresponsables o perversas. Tener estudios superiores no vacuna contra la demagogia; es más, todas las demagogias en boga proceden de gentes con estudios, poseer los cuales es necesario para decir cierta clase de tonterías, como  señalaba Orwell.  Además, cualquier persona, con estudios o no,  puede tener una idea clara de sus intereses o cierta intuición de la justicia. Por otra parte, la idea de una minoría ilustrada, pretendidamente conocedora de la verdad, que por eso mismo adquiere un derecho permanente al poder, conduce directamente a la tiranía. También es iluso imaginar una minoría de sabios con una sola voluntad y sapiencia.  Siempre hay divisiones entre ellos, afectados también por las pasiones de la gente común, y empeñados en una lucha, que puede ser feroz, por el poder. También  me parece errónea la crítica a los partidos. Contra cierto prejuicio frecuente, estos existen  en todas las formas del poder, pero en los regímenes no democráticos actúan en forma de camarillas opacas en disputa por el favor del soberano o por imponer uno nuevo. En principio, creo que los partidos sometidos a cierto control y publicidad constituyen una mejora sobre las camarillas. Por tanto, la clarificación de la democracia no debe  centrarse en ideas nebulosas, debe empezar por despojar al concepto de los ropajes míticos o seudomíticos con que  se recubre en la ilusoria visión mayoritaria.

   Empecemos por señalar de nuevo que la oposición “oligarquía-democracia”,  pese a su uso constante, es falsa y conduce directamente a la demagogia totalitaria. Y que todo poder estable es, en algún modo y al mismo tiempo, oligarquía, monarquía y democracia. Lo primero porque el poder no puede ejercerse más que por una minoría más o menos experta; lo segundo porque casi siempre hay una persona a la cabeza de esa oligarquía; y lo tercero porque todo  régimen necesita la aquiescencia de la mayoría de la población, aunque se trate de una aquiescencia puramente pasiva o basada en la ignorancia. Llamamos tiranías o despotismos a aquellos gobiernos cuyas oligarquías gobiernan para sí mismas, imponiéndose por el terror y la manipulación, y no suelen ser duraderas.  Dejaré aquí algunos aspectos del poder, como su asiento en la violencia,  su relación con la religión,  con la economía, etc. Para lo que ahora interesa, creo que la democracia solo puede definirse como aquel sistema de sufragio universal en que la gente vota a unas u otras oligarquías o partidos aspirantes a gobernar. Lo seguiremos llamando convencionalmente democracia, aunque tiene poco que ver con el significado etimológico del concepto. La diferencia de la democracia con los regímenes anteriores  radica en que la aquiescencia de las masas es más activa y en que los partidos u oligarquías deben competir por ganarse la voluntad de la mayoría. Pero ello no implica un cambio esencial en la naturaleza del poder. Nada, insistamos, de “poder del pueblo”.

   Tampoco es cierto que el pueblo elija a sus gobernantes, como se afirma. Lo que hace la gente es votar, y quien elige, propiamente hablando, es la fracción del pueblo que vota al partido ganador. Esa fracción ni siquiera tiene por qué ser mayoritaria, de hecho casi nunca lo es. En España, las mayorías absolutas del PSOE o el PP no lo fueron comparadas con el censo electoral (el pueblo). En 1982, el PSOE ganó con 10 millones de votos sobre 26; en 1986 con 9 millones sobre 29; en 1989, con poco más de 8 millones sobre 29,6. Aznar consiguió el año 2000 su mayoría absoluta 10, 3 millones sobre 34; y Rajoy en 2011 obtuvo 10,8 millones sobre 35,7. El político que consiguió más votos fue Zapatero en 2004, con  11 millones sobre  34,5, marca que superó todavía en 2008, con 11,3  sobre 35, sin lograr, no obstante, mayoría absoluta. Es decir, en un solo caso el número real de votos de la mayoría absoluta se acercó a la mitad, aunque no mucho, quedando en los demás bastante por debajo del tercio. Lo mismo, más o menos acentuadamente, ocurre en las demás democracias.

   Otro lugar común mítico o seudomítico define a los gobernantes como representantes del pueblo. No lo son siquiera de aquella minoría que les ha votado, al no existir mandato imperativo.  Se otorga al político el derecho a obrar según su propio criterio y no sobre las ideas y pretensiones de sus votantes, ni siquiera sobre el programa con que teóricamente ha conseguido sus votos, programa por lo demás ignorado por la gran mayoría de los electores.  Esto es también algo común en las democracias.

   Apartada la hojarasca seudomítica, la democracia puede definirse como un sistema de poder, históricamente reciente, basado en elecciones y en la convención de que la oligarquía con mayor número relativo  de votos tiene derecho a gobernar, aunque esos votos sumen una parte menor del cuerpo electoral, como ocurre muy a menudo. El único requisito consiste en que no haya falseamiento en las urnas. Pero existen otros datos susceptibles de considerarse falseamientos esenciales:  por ejemplo, los electores no conocen realmente los programas e intenciones de los partidos, ni siquiera conocen a los líderes más que por la propaganda, basada generalmente en trucos publicitarios. A su vez, los gobernantes no se sienten obligados por sus promesas electorales, que con gran frecuencia incumplen sin que ello motive su destitución, e incluso sin que les haga perder votantes. En otras palabras, los votantes suelen tener ideas muy vagas y contradictorias de los verdaderos problemas políticos y  están  por ello muy expuestos al engaño, solo parcialmente contrarrestable por la competencia entre partidos.  A su vez, estas oligarquías gobernantes suelen hacer promesas incumplibles, por ganar votos, lo que fomenta asimismo el engaño demagógico.

   Parecería entonces que las democracias abocarían por fuerza a concursos de demagogias. Y la demagogia existirá  siempre –también en otros sistemas–  pero esto es un peligro y no un destino inexorable.  La autonomía de los gobernantes con respecto a sus electores  es inevitable, por los escasos conocimientos de estos y porque la política plantea con frecuencia problemas imposibles de resolver aplicando la plantilla de experiencias  anteriores. Por otra parte, las leyes deben poner un freno, y normalmente lo ponen, a los excesos demagógicos, y  el concurso de los partidos y la experiencia práctica que proporciona a la gente la limitación de mandatos, permiten  en principio corregir los errores y mejorar el sistema. Así, en la república la derecha pudo ganar, en 1933, debido al desastroso período izquierdista. Otra cosa fue la actitud adoptada por las izquierdas, que destruyó la legalidad impuesta por ellas mismas. Por estas razones, los partidos más extremistas no suelen imponerse.

   Pero, dado que el sistema admite la expresión y asociación de partidos enemigos de él, si estos adquieren una fortaleza excesiva, la democracia puede hundirse, como ocurrió en la república. Ese peligro solo tiene remedio cuando  el poder democrático reacciona con máxima energía ante la amenaza. Así, después de la insurrección izquierdista de octubre de 1934, el gobierno de derecha debió haber ilegalizado a los partidos rebeldes. No lo hizo por su debilidad doctrinal y porque realmente la derecha no acababa de ser democrática, estando siempre a la defensiva en ese terreno. Otro peligro de las democracias consiste en la tendencia, muy extendida en las repúblicas latinoamericanas y en la propia España, a creer que la victoria electoral autoriza a infringir la ley  y utilizar en beneficio partidista o particular los recursos del estado. Y un partido triunfante puede aprovechar el control de los poderosos medios del estado para impedir que en lo sucesivo pudiera otro partido aspirar al gobierno. El único modo de dificultarlo es limitar en el tiempo el ejercicio del poder, mantener las libertades políticas y cierta división del poder mismo, en particular la independencia judicial. Un problema, como tantos otros,  nunca resuelto del todo.  No se puede criticar un régimen desde la idea de una situación social perfecta,  es decir, utópica y no humana. La democracia, con todos sus peligros y malentendidos, ha proporcionado, en general, mayor libertad política, menos despotismo y mayor probabilidad de que las luchas por el poder se solventen de manera pacífica. Me refiero a la democracia liberal.

   Pues, en fin,  ¿puede oponerse la democracia al liberalismo, como a menudo se ha hecho y ha ocurrido en la España del siglo XX y aun en lo que va de este? Desde luego, se trata de cosas distintas, pero no opuestas. Teóricamente podría oponerse la democracia al liberalismo en el sentido de que una mayoría puede optar por soluciones no liberales, y así ha ocurrido a veces. Sin embargo, el liberalismo, con su concepto de las libertades políticas y de la igualdad ante la ley conduce en su desarrollo a la democracia. Y por el contrario, una democracia no liberal se convierte rápidamente en despotismo, se niega a sí misma al destruir  las condiciones que hacen posibles las elecciones, es decir, las leyes que aseguran las  libertades, la periodicidad de las votaciones y la autonomía de los poderes. Puede haber, y de hecho han predominado en la Europa del siglo XIX, liberalismos no democráticos, pero los principios liberales conducen a la democracia. En cambio no puede haber, o no puede subsistir largo tiempo, una democracia no liberal. Las experiencias del siglo XX creo que lo prueban de modo contundente. 

   Desde luego, la democracia es un sistema sujeto a muchas dificultades y necesitado de mayor teorización, y aquí solo he expuesto o recordado algunos aspectos susceptibles de desarrollo. Por lo que se refiere a España, el problema está estrechamente ligado al de la  masiva falsificación de la historia por parte de quienes han arruinado una y otra vez, y vuelven a hacerlo, la posibilidad de un desarrollo político pacífico, y lo han hecho siempre en nombre de la democracia, es decir, de un concepto falso de raíz de lo que puede ser la democracia, y que vuelve imposible la convivencia.  Cambiar esta situación pasa por dos vías: clarificación del pensamiento político y clarificación de una historia profundamente desvirtuada.

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Golpismo y terrorismo, dos rasgos de la izquierda:la democracia y la izquierda (II)

Blog I: Carrillo, o una democracia cada vez más fraudulenta.  http://www.gaceta.es/pio-moa/carrillo-simbolo-democracia-vez-fraudulenta-22052014-1320

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Experiencia histórica

Pasaré ahora a examinar brevemente la experiencia histórica. La izquierda en España, tal como la conocemos, va tomando vuelo a partir de la quiebra moral del “Desastre” del 98. En años siguientes cobran impulso el republicanismo exaltado, los separatismos, el anarcosindicalismo y el socialismo, hasta entonces poco importantes. Todos se han proclamado demócratas con mayor o menor insistencia, salvo los anarquistas, opuestos a todo poder. Excepto el que ellos pudieran imponer, lógicamente. Y han influido de modo decisivo en la historia del siglo XX. El socialismo, hasta nuestros  días.

    Al amanecer el siglo XX,  gobernaban España los partidos liberal y conservador de la Restauración, un régimen esencialmente liberal y uno de los primeros de Europa en admitir el sufragio universal (en 1890), rasgo clave de lo que llamamos democracia. Sin embargo se le ha acusado de desvirtuar las elecciones mediante prácticas caciquiles, lo cual es cierto, pero difícil de evitar en una sociedad  agraria, sin apenas cultura política y mayoritariamente analfabeta por entonces. Caciquismos y fraudes electorales se  han dado en muchos países, también en Usa, aún hoy. La Restauración, mil veces denostada por izquierdas y derechas, superó los males del siglo XIX y permitió una prosperidad modesta, pero acumulativa, y estabilidad básica durante casi cincuenta años. Además, ofrecía amplias libertades, permitiendo a sus enemigos republicanos,  socialistas  y separatistas organizarse, llegar a las Cortes  y a los ayuntamientos –utilizando también la corrupción electoral–  y actuar a menudo subversivamente.  Y permitía la propaganda y organización anarquistas. Todos ellos atacaban al sistema, fuera explotando las libertades que este les otorgaba, fuera por medios ilegales. 

     Rasgos importantes de la acción izquierdista fueron el terrorismo y el golpismo. Los anarquistas practicaron el primero como una táctica fundamental (entre otros, asesinaron a tres jefes de gobierno, Cánovas, Canalejas y Dato,  fallando por poco con Maura y con el propio rey); los republicanos exaltados estaban muy cerca del terrorismo; los socialistas lo emplearon de forma esporádica, pues preferían la movilización de masas. El terrorismo  busca socavar a un poder tachado de opresivo y antidemocrático, y se justifica precisamente por ello. Naturalmente, dentro de las concepciones totalitarias de la democracia, a las que tiende la izquierda, todo poder que no sea el suyo será visto como enemigo “del pueblo” y de “la libertad”, conceptos identificados entre sí, y  la violencia contra él queda por ello  legitimada automáticamente. Estos modos de pensar generaban una acción rebelde o revolucionaria,  si bien confusa,  porque cada rebelde tenía de la libertad y la democracia unas ideas particulares y poco elaboradas.  

  Tres hitos de aquella rebeldía casi permanente fueron la Semana Trágica de Barcelona, en 1909, el movimiento insurreccional de 1917 y la huelga de La Canadiense en 1919. La primera fue sofocada por el  gobierno, pero a costa de una crisis interna y sin frenar el auge de sus enemigos. Muestra de ese auge, al año siguiente los anarcosindicalistas  fundaban la CNT y el PSOE colocaba en las Cortes a su líder Pablo Iglesias. El golpe revolucionario de 1917 culminó unos años de agitación combinada con cierta descomposición interna del régimen, manifiesta en subversión militar; y concitó a casi todos los enemigos de la Restauración: republicanos, socialistas, anarquistas y nacionalistas catalanes de derecha e izquierda. Tal unidad resultó muy notable, por cuanto aquellos grupos y corrientes rivalizaban  entre sí, a menudo con verdadero odio. Pero unidos  y contando con los militares díscolos, intentaron destruir al que juzgaban  enemigo común. Fue el precedente de similares golpes posteriores. Con todo, aquella unión, mal coordinada, hizo poca fuerza. Dato desarticuló con facilidad las maniobras subversivas, y los militares se echaron atrás y colaboraron con  el gobierno. La revuelta dejó 80 muertos. Dato fue, junto con Maura, uno de los pocos políticos enérgicos y capaces de la época. Los rebeldes salieron de su fracaso divididos y resentidos entre sí, y dos de ellos, Cambó y Lerroux, líderes respectivamente de los nacionalistas catalanes de derecha y de los republicanos radicales, y que habían saboteado, se volvieron más moderados. El gobierno había demostrado una firmeza inesperada, pero el rey Alfonso XIII la  convirtió en debilidad al ceder a presiones militares para sustituir a Dato por un político sin fuste. A raíz de la Semana Trágica había hecho lo mismo al prescindir de Maura ante la demagogia de los partidos.  En cuanto a la huelga de La Canadiense, iniciada en esta empresa de Barcelona, paralizó la industria en Cataluña, cortó la electricidad a Barcelona y afectó hasta a los enterramientos. Terminó  con victoria de los huelguistas, dirigidos por la CNT, y asustó de tal modo a los separatistas  catalanes de derecha,  la Lliga, que después de haber causado graves daños a la estabilidad política del país, pasaron definitivamente a convertirse en un partido de orden, más efectivamente regionalista que nacionalista. Cambó ya había sido ministro en 1918.

    Dos años más tarde, la Restauración sufrió un nuevo golpe, este exterior, con el desastre de Annual, mucho más humillante y sangriento que el del 98, y explotado por el PSOE con un despliegue de demagogia realmente feroz para desacreditar al rey y al sistema liberal. Estos sucesos se combinaron con un terrorismo ácrata indominable y con el auge de los separatismos vasco y catalán, en menor medida el gallego. En 1923 estos tres nacionalismos –en el caso del catalán el de izquierda,  no la Lliga–,  aprovecharon el desconcierto reinante para solidarizarse con  Abd El Krim y unir fuerzas en una Triple Alianza con vistas a un alzamiento secesionista. La conjunción de todas estas amenazas con la inoperancia de unos políticos flojos, maniobreros de vuelo corraleño, causó el derrumbe de la Restauración.

   Se ha achacado a aquel régimen una esencial debilidad, y sin duda la tuvo, aun si después del 98 resistió todavía un cuarto de siglo al despiadado  acoso de sus contrarios.  Sus rasgos liberales le hacían esencialmente reformable y pudo haberse estabilizado evolutivamente. ¿Por qué no lo logró? No solo ni tanto por la hostilidad implacable de sus enemigos políticos  como por el rechazo de los intelectuales regeneracionistas y otros de prestigio, los cuales lo privaron del necesario soporte moral e intelectual.  Un régimen no puede subsistir largo tiempo sin una fundamentación intelectual que lo justifique, y la falta o insuficiencia de ella dio a la política y a los políticos de la época ese aire poco serio, poco respetable, con que se les recuerda. La situación se volvió ingobernable, y el general Primo de Rivera implantó, sin derramamiento de sangre,  una dictadura bienvenida por la mayoría de la población, harta de la desestabilización permanente de los que se proclamaban demócratas y de la flojera moral  e ineptitud de los gobernantes.

   Primo de Rivera resultó un dictador notablemente liberal. Prohibió la acción de anarquistas, separatistas y comunistas, pero no impidió su propaganda, que siguió circulando abiertamente. En cambio curó cuatro cánceres de la Restauración: el terrorismo, el secesionismo, la guerra del Rif  y la demagogia del PSOE. Más aún, logró la colaboración de los socialistas, en particular de su sindicato UGT. Todo ello resultó sorprendentemente fácil, en contraste con la aguda amenaza anterior. Como resultado, la paz social  aceleró extraordinariamente la modernización y prosperidad del país. La dictadura, planteada al principio como tal, es decir, como un remedio de urgencia a una situación caótica, trató de crear un nuevo régimen ante la imposibilidad de volver al anterior. Se quiso asentar un sistema patriótico y básicamente liberal, en el cual el PSOE desempeñaría  el papel de oposición con posibilidad de gobernar. Fracasó porque los socialistas, pese a gozar de grandes ventajas, rehusaron esa colaboración, y el grueso de los intelectuales, al menos los más publicitados, persistieron en su crítica radical, apoyando una república. Así, Primo no alcanzó a superar el mal de fondo que había fragilizado a la Restauración: la falta de una sólida fundamentación doctrinal.

Es interesante ver cómo cayó Primo de Rivera: su gobierno había sido sin duda el más fructífero y útil al país desde la invasión napoleónica, y su dictadura muy suave, y sin embargo fue despedido  con cajas destempladas  por casi todo el mundo político e intelectual.  El artículo de Ortega, “El error Berenguer”, tan disparatado como influyente, refleja bien  aquellas actitudes. Ocurrió así porque, si bien Primo  y los suyos podían invocar  unos logros impresionantes, le acusaban de dictador y de haber roto un sistema constitucional… que estaba en la ruina y todos detestaban. Le achacaban estar contra la democracia y la libertad  los mismos que aspiraban a una democracia contraria a la libertad y practicaban un golpismo permanente.  Pero le era imposible defenderse de las acusaciones, porque la sugestión del concepto de democracia es muy fuerte.   Por la misma razón se hacía imposible  la vuelta al sistema de la Restauración, y la consigna de todos sus enemigos fue la república.

    Y de nuevo unos y otros sedicentes demócratas se unieron, pese a sus profundas divergencias, e intentaron un golpe militar, en 1930. El golpe fracasó, pero auguró un fracaso mucho mayor de la monarquía. Esta, pocos meses después, regaló literalmente el poder a los republicanos, los cuales no solo habían fracasado en su intentona militar, sino que habían perdido las elecciones municipales con las que quisieron legitimarse. Semejante quiebra moral de la derecha y la monarquía no se explica sin tener en cuenta su vacío intelectual.

   El fácil triunfo de izquierdas y separatistas reabrió enseguida las rivalidades y conflictos entre ellos, que hicieron de la república un caos. Por supuesto, jamás gobernó el pueblo, sino dos oligarquías múltiples,  de izquierda y de derecha.  La izquierdista construyó una legalidad a su gusto, sin consenso, y lanzó una serie de reformas cuyo carácter chapucero describe bien el propio Azaña. Lo esencial es que cuando las derechas ganaron las elecciones en 1933, las izquierdas no lo aceptaron y intentaron golpes de estado, desestabilizaron su propia legalidad y organizaron, nuevamente unidas,  la insurrección de octubre de 1934, intentona de guerra civil según sus propios documentos. Derrotada esta, sus concepciones no cambiaron. En las elecciones de febrero de 1936 usaron la coacción y el fraude para imponerse y, a partir de ahí,  extremaron su radicalismo en un nuevo proceso revolucionario que acabó de destruir la república, sustituyéndola por un régimen distinto que, al no llegar a consolidarse, denominaremos Frente Popular. Siempre en nombre de la libertad, el pueblo y la democracia. El proceso abocó a la reanudación de la guerra civil. Para entonces,  la mayoría de la derecha había llegado a la conclusión de que el liberalismo no servía para impedir la revolución, sino que le allanaba el camino. 

   Importa señalar que la guerra unió  a todos los partidos y grupos  impulsados por el “desastre” del 98: anarquistas, socialistas, comunistas, separatistas y republicanos de izquierda. Se unieron como en la huelga revolucionaria del 17, el golpe de 1930,  la insurrección de 1934 y las elecciones fraudulentas del 36. Y encontramos siempre la misma motivación ideológica basada en una falsa idea de la democracia. Por supuesto, había otros factores, como una hispanofobia que interiorizaba los tópicos de la Leyenda Negra, etc., pero que aquí no viene al caso tratar.

  El franquismo vencedor adoleció de la misma carencia o insuficiencia intelectual-ideológica que las derechas anteriores. En él había dos enfoques: uno consideraba al régimen como  un remedio extraordinario ante una crisis histórica extraordinaria,  una dictadura en sentido romano; y otra aspiraba a un régimen nuevo y estable, que superase al liberalismo y al marxismo.  Ninguna de las dos ideas produjo, nuevamente,  una doctrina sólida, y de ahí que sus enemigos pudieran hacer, como siempre, demagogia con las banderas del “poder del pueblo” y la libertad. Nociones realmente curiosas en un partido stalinista como el PCE  o, posteriormente, en la ETA, pues debe recordarse que en las cárceles no había demócratas, al no  tener el franquismo oposición democrática: su oposición fue comunista y/o terrorista.

    Los logros del franquismo fueron impresionantes, y citaré solo dos que los resumen: España entró en el selecto club de las naciones con mayor renta per capita del mundo, un 80% de la media de los países ricos europeos y con un índice notable de igualdad social, muy superior al actual; y la esperanza de vida al nacer había superado a la de casi todos los países europeos o americanos. Además, no solo creó condiciones para una democracia estable, no convulsa como las experiencias anteriores, sino que la transición democrática procedió directamente de aquel régimen y contra las rupturas queridas por sus enemigos. Y sin embargo, y al igual que lo ocurrido con Primo de Rivera, fue imposible defender  la herencia del franquismo frente a los ataques  de  una renovada conjunción de izquierdas y separatismos, que solo en apariencia y por la fuerza de las circunstancias habían abandonado sus viejas querencias. No es de extrañar que, según una versión muy extendida hoy dentro y fuera de España, la transición la hayan hecho fundamentalmente los antifranquistas y contra el franquismo. En realidad, el aporte del antifranquismo a la democracia ha consistido en oleadas de corrupción, socavamiento de la independencia judicial,  proceso hoy acelerado de disgregación del país y colaboración a distintos niveles con el terrorismo de la ETA. 

     Porque, desde luego, el terrorismo no ha dejado de estar presente, en unos casos de forma activa y en otros de apoyo a él. La ETA, en concreto, reúne en sí los dos rasgos básicos del antifranquismo, que casualmente lo son también del antiliberalismo: es un grupo socialista y separatista. Y por ello  ha recibido el apoyo, la comprensión y la colaboración de los demás partidos bajo la consigna de la “salida política” a los delincuentes. Esta postura ha hecho de la ETA un factor tan fundamental como ignorado o inconfesado en la evolución política española en los últimos decenios, en la corrosión del estado de derecho y la conversión de la política en una farsa. Solo la línea más razonable de Aznar, impulsada por Mayor Oreja, permitió  acorralar y prever el fin de la banda terrorista en poco tiempo. Pero fue entonces cuando el PSOE acudió al rescate de la banda, premiando sus asesinatos con la relegalización y otras muchas concesiones. Como decía un dirigente de Batasuna, “estábamos al borde del abismo y ahora todo es posible”. Esta evidente colaboración entre la ETA y el PSOE desconcierta a muchos, pero tiene una firme base en la coincidencia ideológica de ambos grupos en puntos esenciales: los dos se proclaman socialistas, demócratas en el sentido arriba observado, visceralmente antifranquistas, antiespañola la ETA e indiferente el PSOE (Julián Marías decía que un problema con el PSOE era que tenía una visión negativa de la historia de España. Y, habría que añadir, desmesuradamente positiva de sí mismo); más toda esa panoplia de ideas autonombradas  progresistas.   

A partir de la transición, encontramos no solo la tradicional alianza de hecho entre los vencidos en la guerra civil, sino la renuncia de la derecha a cualquier resistencia en el terreno doctrinal o intelectual y hasta  la asunción de ideas e iniciativas de la izquierda y los separatismos, de sus versiones de la historia, etc. La derecha apenas ha pasado de  invocar cierto  economicismo pragmático de bajo nivel, renunciando a la reivindicación de su historia y a ideas propias en cuestiones clave. Los vencidos de la guerra retienen la etiqueta de la libertad y la democracia, mientras que los procedentes del franquismo deben hacer el papel de una constante  autocrítica y olvido de su pasado para poder ser aceptados en el régimen actual, traído por ellos y no por los antifranquistas. Papel que, por cierto, han cumplido obedientemente, por no emplear otro adverbio.

    Fácilmente observamos, repito,  una constante doble  en la actuación de las izquierdas españolas durante más de un siglo: golpismo y terrorismo. Siempre con el supuesto de representar al pueblo y la libertad contra una oligarquía retratada con negros tintes. De modo que el falso ideal que asimila la democracia al poder del pueblo y este al poder de izquierda y separatismos, está en la base de las convulsiones españolas del siglo XX y ha justificado su continua subversión.  La respuesta política liberal ha fracasado a menudo o claudicado ante la permanente ofensiva contraria, debido a la citada deserción de los intelectuales. Por ello, pero no solo, la derecha ha cultivado ese pragmatismo romo y pedestre. Según Fernández  de la Mora, la derecha política, salvo excepciones, no ha leído un libro desde Jovellanos. Exageraba, claro, pero con un fondo de razón.

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La democracia y la izquierda (I)

Blog I: Los comienzos de la Reconquista:http://www.gaceta.es/pio-moa/los-comienzos-reconquista-joseph-perez-21052014-1425

**Próximo domingo, en “Cita con la Historia”, en Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde: “Los felices años 40 en España”

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Conferencia dada el 20 de mayo en el Instituto de Estudios de la Democracia,  presidido por J. M. Otero Novas:

La izquierda y la democracia

  Dejando aparte el tradicionalismo y el anarquismo, en España se ha dado la doble circunstancia de que la derecha ha sido más bien liberal, pero no demócrata, y la izquierda en cambio ha enarbolado siempre la bandera de la democracia, pero contra el liberalismo, juzgado ideología del capital. También desde le derecha, Ortega y Gasset llegaba a considerar el liberalismo opuesto a la democracia y él optaba por el primero. Por parte de la izquierda, la cuestión podría resumirse así: “Puesto que la democracia es  el poder del pueblo, y nosotros representamos al pueblo trabajador frente a una oligarquía explotadora y parasitaria, la democracia consiste en que mandemos nosotros”. Esto no es una caricatura, sino el núcleo mismo del pensamiento izquierdista en España, hoy algo atenuado  pero no desaparecido, y del que  sus políticos extraen una pretensión de superioridad moral e hiperlegitimidad. También debe observarse que la izquierda española no ha producido un pensamiento de alguna enjundia, no habiendo ido más allá, normalmente, de la consigna y la glosa a pensadores foráneos. Pero la democracia es una idea muy poderosa,  y el casi monopolio de su bandera por una izquierda poco ilustrada ha influido seguramente en las convulsiones políticas sufridas por España en los siglos XIX y XX.

   Dado que el término “democracia” ha sido utilizado y sigue siéndolo en sentidos muy distintos y hasta contrarios, y adjetivado de diversas formas, conviene analizarlo con algún detenimiento. En sentido literal significa “poder del pueblo”, o, en la célebre expresión de Lincoln, “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, quizá oponiéndolo al lema del despotismo ilustrado “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”.  Es obvio que la izquierda, y no solo ella, lo ha interpretado siempre así. Por su misma formulación, es un concepto muy sugestivo, llegando a ser   la única legitimidad política reconocida después de la II Guerra Mundial, al menos en Occidente. Ello le da un contenido mesiánico, hasta el punto de descartarse implícitamente como ilegítima cualquier forma de poder anterior a ella. Así, la humanidad habría vivido bajo regímenes ilegítimos durante casi toda su existencia civilizada. Esto es un claro disparate, de modo que haré  o recordaré algunas objeciones al concepto.

 1. Ante todo, la palabra democracia es un oxímoron. El pueblo no puede ejercer el poder, no puede gobernar, pues no tendría, simplemente sobre quién ejercerlo, ya que nada hay fuera de él. Incluso si tomamos el concepto de “pueblo”  en sentido restringido, oponiéndolo a la oligarquía (este es el sentido originario griego), resulta absurdo pensar en una  enorme mayoría ejerciendo el poder sobre una pequeña minoría, imaginar a la masa de la población dedicada a mandar sobre unos pocos. El poder, siempre y necesariamente, se ejerce sobre el pueblo, es decir, lo ejerce una minoría sobre la inmensa mayoría. Otra cosa es el modo como esa oligarquía gobierne.

2.- La idea expresada en la palabra democracia implica que “el pueblo” tendría una voluntad, un interés y un sentimiento unánimes, o al menos “generales”, siguiendo la concepción de Rousseau. Pero la realidad demuestra lo contrario. Las sociedades humanas, distintas de las animales regidas por el instinto, se caracterizan por una gran diversidad y desigualdad internas, resultado de la individuación. Diferencias y divergencias en intereses, ideas, aspiraciones, talentos, sentimientos, habilidades, etc.  Estas diferencias individuales y de grupos de afines dentro de la sociedad, generan incesantes conflictos que amenazan la convivencia social y pueden desembocar en violencia generalizada. El poder se justifica, precisamente, por la necesidad de mantener la sociedad en un orden aceptable frente a los impulsos disgregadores. Y, nuevamente, entendemos que el poder no puede ser ejercido por la inmensa mayoría, pues cuanto más amplia sea esta, más expuesta se halla a aquellas divergencias conflictivas. La oligarquía, en cambio, puede mantener una mayor unidad de intereses, ideas y proyectos. Unidad siempre relativa, claro, porque las diferencias individuales y de grupos  también afectan a la oligarquía, y no debe extrañar que, en la práctica, los diversos sectores oligárquicos choquen entre sí, un fenómeno que afecta igualmente a los grupos izquierdistas autoproclamado representantes del pueblo, de la clase obrera, etc., los cuales han luchado entre ellos, no pocas veces de modo sangriento.

3.- A pesar de esta experiencia, persiste con fuerza en la izquierda  la idea de un pueblo con voluntad más o menos unánime que evitara la compleja y a menudo dolorosa política habitual.  Pero,  ¿en qué condiciones podría gobernar el pueblo o al menos la inmensa mayoría? En condiciones en que prácticamente todo el mundo tuviera unos mismos intereses, ideas y sentimientos. Siendo así, el concepto “democracia” conduce, en su desarrollo, a la desaparición del poder, que se vuelve innecesario: si gobierna ese pueblo es como si no gobernara nadie, pues no haría falta. Esta sería la superación del oxímoron. De ahí que la izquierda haya sido especialmente proclive a la idea de la acracia, de una sociedad sin poder, alcanzada por un golpe revolucionario o por una evolución más o menos lenta. El argumento achaca al poder una maldad esencial, ya que restringe inevitablemente la libertad de los individuos. Así, parecería que la izquierda defiende esa libertad de modo consecuente. Sin embargo, se trata de una nueva contradicción.  Los individuos imaginados por la izquierda no necesitarían un poder sobre ellos porque todos pensarían y actuarían de forma básicamente igual, al modo de las hormigas o las abejas. Ello supondría retrotraer el comportamiento y el pensamiento humanos, con sus mil profundas diferencias  y conflictos, al nivel instintivo de los animales. En esta lógica, observamos en las prácticas izquierdistas más consecuentes  el intento de crear un “hombre nuevo”, unos individuos modelados sobre una radical igualdad en ideas y conductas.

4.-  Tal  sería la culminación de la democracia concebida como supuesto poder del pueblo, y sobre esa concepción se han construido, efectivamente, los totalitarismos del siglo XX: un grupo, de hecho una oligarquía que afirma representar y hasta encarnar los intereses y voluntad del pueblo, tiende a aplastar en su nombre cualquier discrepancia y con ello las libertades políticas; tiende  a ocupar la sociedad entera por el estado. Para ello se ha recurrido a  teorías presuntamente científicas que permitirían discernir cuál es el “verdadero” interés del pueblo, en nombre del cual sería legítimo aplastar cualquier oposición por “antipopular”. Este es, precisamente, el concepto de democracia más querido por la izquierda, y objeto de los miedos y críticas de la derecha.

5.-  Las tendencias totalitarias pueden operar mediante la fuerza y el terror o, como previó Tocqueville, mediante trabas burocráticas y demagogia infantilizante del ciudadano por parte de un poderoso estado supuestamente benefactor. En la práctica, los totalitarismos han combinado ambos  medios, la fuerza y la demagogia benefactora.

6.- La tendencia a unas ideas y conductas igualitarias, en el fondo instintivas, necesarias para este concepto de la democracia, suponen la anulación del hombre como ser moral, obligado a distinguir entre lo bueno y lo malo y a elegir y soportar el peso de la responsabilidad. Tocqueville, adelantándose, describió inmejorablemente ese estado que recuerda un tanto al ideal socialdemócrata: Un poder inmenso que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) Un  poder tutelar que se asemejaría a  la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, sólo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia (…) Un poder que degradaría a los hombres sin atormentarlos (…) que “a la larga despojaría a los hombres de los principales atributos de la  humanidad (…) Siempre he pensado que esta clase de servidumbre reglamentada, benigna y apacible, podría combinarse mejor de lo que se piensa comúnmente con algunas formas exteriores de la libertad, y que no le sería  difícil establecerse junto a la misma soberanía del pueblo

7.-   Es llamativo el  hecho de que tanto si se considera al ser humano bueno por naturaleza, como Rousseau, o malo, como Hobbes, las consecuencias son en ambos casos totalitarias. La razón es que, se le considere de un modo u otro, el hombre pierde su carácter moral, su atormentadora oscilación entre el bien y el mal, a menudo tan difíciles de discernir. Pues si el hombre es bueno por naturaleza, no conocerá el mal, y si es malo, no conocerá el bien. La democracia, tal como a menudo se interpreta, y la interpreta casi siempre la izquierda,  es decir, como un imposible poder del pueblo, conduce en esa dirección, y este es uno de sus peligros.

8.- En definitiva, la democracia en sentido etimológico nunca ha existido ni puede existir. Por tanto, las críticas a ella lo son a un fantasma.  Y tampoco puede llegarse a un totalitarismo consecuente, con un estado ocupando prácticamente todo el espacio social, a menos que  consiguiese despojar al ser humano de los atributos que le humanizan, como advertía Tocqueville. Algo inimaginable,  salvo por  períodos históricamente breves. Sin embargo esa situación persiste borrosamente como ideal político izquierdista, adornado por la falsa ilusión de terminar así con los dolorosos conflictos propios de la convivencia humana.

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Calzadas romanas

 

Blog I: Los prodigios de Al Ándalus y Joseph Pérez / Qué debe España a la UE: http://www.gaceta.es/pio-moa/los-topicos-prodigios-andalus-joseph-perez-19052014-1905

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Recuerdos sueltos

 

Alguna   vez me he referido a un viaje que hice a pie, por la Vía de la Plata en su   mayor parte, desde Huelva a Cangas de Onís. Lo hice a trozos, cuando tenía   tiempo y algún dinero, a lo largo de dos años, empleando unas veces dos o   tres días, otras una semana, y tengo escrito un libro sobre él, que espero   publicar pronto.

Por el mismo tiempo, 1986-87, traté de organizar en el Ateneo un grupo que explorase las calzadas romanas en la provincia de Madrid e hiciera algún estudio. Con vistas, incluso, a recuperar algo de ellas, tarea difícil, por cuanto las urbanizaciones y carreteras se las habrán comido casi todas, irreversiblemente. En los años 20 ó 30 ya se hicieron estudios interesantes, creo que Sánchez Albornoz estuvo también en la empresa. Un poco hicimos a nuestro turno en el Ateneo, si bien con muy poca participación y un nivel general un tanto descorazonador. El español actual, debe reconocerse, tiene muy poco empuje y está infantilizado por una televisión apestosa y una enseñanza no mejor, la trivialidad convertida en modelo.

Pese a vivir en Madrid prácticamente desde 1967, sólo había ido al Ateneo un par de veces. Me inscribí en él por consejo de Daniel Haener, un amigo suizo a quien mencioné en otra ocasión. Iba allí por la mañana y desayunaba en el bar de la casa, donde me pasaba unas horas leyendo o escribiendo, y al mismo tiempo prestaba atención a las charlas de las mesas vecinas, donde hablaban bien alto los jóvenes mientras descansaban de la preparación de sus exámenes. No recuerdo una sola conversación de interés intelectual o político. Toda su atención se concentraba en los problemas más vulgares de sus estudios, o en ligues, fútbol, ropas y muy poco más.

Ninguno manifestaba por la materia de sus esfuerzos otro interés que el más estrechamente pragmático de buscarse un buen empleo. Mezquindad en sus aspiraciones y actitudes, matizada por una buena voluntad general, aunque un tanto frágil si les imponía un sacrificio.

Acercándome a los cuarenta años, estas actitudes me parecían deprimentes, haciéndome caer en la traición de la memoria con respecto a los propios años mozos, cuando, supuestamente, teníamos intereses más elevados. Un recuerdo preciso me mostraba a los más comprometidos políticamente quejándonos del consumismo, opio sucedáneo de la religión, con el cual la maldita burguesía atontaba a la gente y desviaba a la juventud de la lucha contra el franquismo y otras nobles empresas.

Probablemente esa mediocridad no sea tan mala, como vio Julián Marías: la excesiva politización, la ilusión de que la política –tal o cual receta política– trae el remedio a los males del mundo, contribuye casi siempre a aumentarlos. Pero aun admitiendo esto, debe haber siempre una minoría con otros horizontes, políticos e intelectuales, y me sorprendía su casi completa ausencia en una institución como el Ateneo, concebida precisamente para ese tipo de minorías.

La biblioteca del centro dispone de fondos bibliográficos muy valiosos para investigaciones de diversa índole, pero son poco utilizados. Las salas de lectura distan de estar desiertas, a algunas horas y épocas se encuentra sitio con dificultad, pero casi todos los asientos son calentados por opositores o estudiantes, y el BOE y los apuntes son las materias más trabajadas. Fuera de eso, las reuniones y tertulias de jóvenes, maduros, viejos o mixtas, se dedicaban mayormente al chismorreo. Y entre los pocos con inquietudes, más bien por el “poder” que por la cultura, abundaban los auténticos macarras. Las excepciones solían ser individuos aislados y renuentes a actuar organizadamente.

En su pintoresco libro de viajes por España, G. Borrow hace bastantes observaciones inexactas, pero una de ellas, referida a los señoritos andaluces, sospecho que debió de acercarse mucho a la realidad, pues describe muy bien un ambiente extendido hoy por todo el país:

Los andaluces de clase alta son probablemente los seres más necios y vanos de la especie humana, sin otros gustos que los goces sensuales, la ostentación en el vestir y las conversaciones obscenas. Su insolencia sólo tiene igual en su bajeza y su prodigalidad en su avaricia. Las clases bajas son por lo general más corteses y, con seguridad, no más ignorantes“.

Parece una pintura perfectamente actual, un retrato de la España del botellón y la telebasura, esa España de la bajeza a la cual ya no la reconoce “ni la madre que la parió”, como programó no sé qué enterrador de Montesquieu. Siempre con las excepciones obligadas, reitero, aquella Docta Casa, como aún se la llamaba con cursilería, respiraba pesadez y maledicencia, un clima asfixiante para cualquier iniciativa un poco elevada.

En el Ateneo y en la prensa venía yo abogando, desde hacía años, por la creación de una red de sendas para aficionados a viajar a pie –la forma más ilustrada y deportiva de hacerlo– como existían en otros países, y que también han terminado por construirse, mejor o peor, en España. Pero el viaje mencionado al principio me dio la idea de que esa red, o una buena parte de ella, podría consistir en la recuperación, dentro de lo posible, de las calzadas romanas, y la promoción de los viajes a pie por ellas, quizá también en bicicleta o a caballo, tal como ocurre de veinte años acá con el Camino de Santiago. Creo que ello tendría un valor intelectual de primer orden, por cuanto a través de las calzadas se romanizó España; a través de ellas se forjó la base de nuestra cultura.

Al terminar mis andanzas por la Vía de la Plata hicimos un proyecto entre una amiga y yo en relación con dicho camino romano, pero extensible a la red de calzadas del Itinerario de Antonino y otras también conocidas. Presentamos el proyecto a la Junta de Extremadura, a la de Castilla León y al Ministerio de Cultura, que no le prestaron atención alguna. Pero, lo que son las cosas, años después los políticos extremeños empezaron a hablar de la rehabilitación y señalización de la Vía, y hasta de edificar algunos albergues. Una versión degradada de nuestra propuesta, la cual, obviamente, ni siquiera fue mencionada. Lo propio ocurrió en Castilla-León. Algunos políticos debieron de ver ahí la ocasión de retratarse como interesados en la cultura. Bueno, algo es algo.

Hace poco la televisión pública sacó una serie de reportajes muy costosos y con buena fotografía sobre la Vía de la Plata. Reportajes de una simpleza y domesticidad espeluznantes, muy al nivel de esa España “necia y vana” que de vez en cuando siente el prurito de darle un poquillo a esas cosas de la cultura, ya saben ustedes, Mahler o Machado y tal y tal.

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La UE: ¿Una cultura muerta?

Blog I: Réplica a Joseph Pérez: el porqué de la “pérdida de España”:http://www.gaceta.es/pio-moa/replica-joseph-perez-perdida-espana-17052014-1944

***Domingo, de 4 a 5 de la tarde en radio Inter: Franco y los Aliados en la SGM

***Domingo a las 12 horas en el Auditori La Farga C/ Girona 10 L’Hospitalet Te esperamos!!! @PioMoa1 @_AriadnaHT_ pic.twitter.com/vB7T9hH97h

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¿Una cultura muerta?

Una cultura cuyos rasgos y cuestiones morales centrales son  el “derecho” al aborto, el homosexualismo  y la negación de la sexualidad normal, es una cultura  de la muerte,  una cultura muerta. Justamente la cultura de la UE.  

   No por casualidad van juntas las tres tendencias, pero creo que la cuestión principal, que centra el problema, se encuentra en el aborto ensalzado como “derecho de la mujer sobre su propio cuerpo”.  Dado que el cuerpo en cuestión no es el de la madre, sino de otro ser humano, se trata directamente del derecho al asesinato, lo cual cuestiona de raíz el valor de nuestra cultura, como ya traté  en otra entrada (https://www.piomoa.es/?p=2076). Pero revela mucho el argumento del derecho sobre el propio cuerpo. Obviamente, no existe ese derecho, pues el cuerpo funciona sin nuestra voluntad e incluso sin nuestra conciencia. Solo podemos servirlo para hacerle el menor daño posible o mantenerlo sano, pero eso no es propiamente un derecho. Como derecho sobre el cuerpo solo puede entenderse el suicidio, una idea absurda porque  acaba con todos los derechos.

   No menos significativo, la palabra cuerpo designa aquí en realidad a los órganos sexuales femeninos. Así lo expresan las consignas feministas, generalmente con lenguaje obsceno,  tales como “En mi coño mando yo” (cuando ocurre más bien al revés). Nada más sexista, realmente, que el feminismo. Claramente se percibe en esas consignas una rebelión histérica contra la condición femenina y odio visceral al padre. En su retórica, el padre no pinta nada, obviamente tampoco el hijo no nacido, equiparado a un tumor o  una excrecencia. La maternidad, en efecto, entraña una desigualdad profunda con el varón, concebida como una humillante inferioridad por el feminismo, obsesionado con una desigualdad impuesta por la biología.  En esa dirección era preciso dar un paso más, y se está dando: la declaración de que el sexo no es algo natural sino “cultural”,  palabra empleada en el sentido de arbitrario, a merced de intereses o interpretaciones políticas. Lo cual enlaza, entre otras cosas, con la idea “progre” de la sexualidad como simple pasatiempo agradable, que equipara  cualquier manifestación de ella, desde la pederastia (se van dando pasos hacia su “normalización”) al bestialismo. Al mismo tiempo quiere igualarse  el  “amor estéril” u homosexual con la sexualidad normal,  destruyendo, de paso, los cimientos de la familia.  ¿Se han fijado ustedes en la campaña de identificación de la conducta, real o supuesta, de los monos  bonobos como ideal para el ser humano? No se trata de una broma, sino de un retroceso, una involución, para empezar en el terreno intelectual y cada vez más en la conducta de mucha gente.

    Otro paso todavía, y llega la prédica de la extinción indolora de la humanidad por el método de no tener hijos (o abortar los concebidos). El derecho al asesinato, nuevamente, es decir, la abolición de la moral. Lo proponen ya algunos intelectuales, y su mera exposición revela una cultura cansada y sin perspectivas: se dirá que no pasa de chifladura de unos pocos, pero lo cierto es que el abortismo, el homosexualismo y demás empezaron con las prédicas de algunos “chiflados” y hoy se han convertido en políticas oficiales e impuestas sin contemplaciones: véase cómo los activistas de esas ideologías atacan e insultan cualquier disidencia, presionando políticamente para convertir en delito la discrepancia, al paso que en derecho el asesinato.

El proyecto de la UE, por lo demás, es directamente contrario a las raíces culturales más propias de Europa, las cristianas. También lo eran los proyectos nacionalsocialista y comunista. Europa contra Europa. Y desde la II Guerra Mundial, la cultura europea no ha levantado cabeza, convirtiéndose en satélite de la useña. Aventuraré una hipótesis: el mal viene de la no asimilación de la tremenda historia del continente en el siglo XX. Una tarea pendiente.

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