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Sitios de interés
Dos revoluciones sexuales
Blog I: Aborto, eternidad de España y VOX:
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La sexualidad, dijo el clásico, es un potro muy malo de domar, que te derriba a las primeras de cambio. Tradicionalmente se trataba de encauzarla a través del matrimonio, el cual, se suponía, descansaba en el amor, la comprensión y la fidelidad mutuos, y fructificaba en los hijos. Esta venía a ser la teoría en la cultura cristiana. En la práctica, la cosa funcionaba a veces muy bien, a veces muy mal y en la mayoría de los casos sólo pasablemente, como ocurre en todas las empresas humanas. En todo caso quedaban marcados unos valores a aplicar en lo posible y un freno al llamado libertinaje.
En los años veinte del siglo pasado cambió bastante la teoría y la práctica. Desde una interpretación del psicoanálisis, no la única posible, cundió el enfoque de la sexualidad como una necesidad fisiológica a satisfacer, so pena de enfermar psicológica e incluso físicamente. Como beber un vaso de agua cuando se tiene sed, exponían algunos didácticamente. Así mirado, el otro miembro de la pareja perdía relieve, y los viejos valores de amor, comprensión y fidelidad pasaban a segundo plano o podían fácilmente convertirse en rémoras, al igual que los hijos. La idea no era nueva, pero su vestimenta cientifista la hacía muy atractiva, y originó una auténtica revolución, en el sentido de que conductas antaño marginales se extendieron masivamente. Mucho influyó también la quiebra moral producida por la Gran Guerra. Millones de jóvenes renegaban de los usos y prédicas de sus mayores, considerándolos hipócritas. No es seguro, sin embargo, que de ahí saliese una mejora en la salud física y mental de la gente. Hasta cabe sospechar que ocurriera justamente lo contrario.
La segunda revolución sexual, de los años 60, tuvo algunas diferencias con la anterior. Más que como necesidad física, la sexualidad, ayudada por la difusión de la píldora anticonceptiva, aparecía como diversión. En aquellos años la diversión subió muchos puntos en la estimación de la gente, y hasta se alzó como el valor máximo. Una canción, de los Beatles, creo, contaba cómo una chica escapaba de casa de sus padres. ¿Por qué se iba, si éstos la habían atendido y dado de todo? Porque, lamentablemente, no le habían dado bastante “fun”, y cuando no hay “fun”, pues ya se sabe. Aunque distintas en sus matices, las dos revoluciones tenían similares efectos. La familia y los antiguos valores perdían interés o se tornaban obstáculos, como perdía interés el o la oponente sexual cuando su grado de diversión bajaba. Esa actitud tenía algo que ver, supongo, con la ideología de la seguridad social, concebida como una mano materna que cuidaba de la gente desde la cuna a la tumba, haciendo de la sociedad un parque infantil donde todos podíamos pasar la vida jugueteando, ajenos a la responsabilidad, la culpa y otros sentimientos enfermizos, susceptibles de cura, afortunadamente.
En realidad estas formas de pensar y actuar siempre existen, aunque predominen sólo en algunos períodos, a los que dan carácter. Podría expresarse así su diferencia con las actitudes tradicionales: en estas últimas, la diversión o la satisfacción individual, por importantes que sean, se dan por sobreentendidas y derivadas. En cambio ocupan el centro en las concepciones revolucionarias, quedando la fidelidad, la comprensión, los hijos, etc., como elementos no desdeñables, más o menos convenientes, pero subordinados a la satisfacción o diversión particular. Desde ese punto de vista la homosexualidad, en rigor cualquier práctica sexual, con animales o con niños, tiene igual valor que la considerada normal todavía hoy.
Pero las exigencias “revolucionarias” traen efectos menos agradables de lo previsto, pues, por suerte o por desgracia, la sexualidad suele ir ligada a sentimientos muy intensos, exige la participación de otra persona con sus propias necesidades, imposible de reducir a simple objeto de satisfacción o diversión, y rara vez coinciden los dos miembros de la pareja en apreciar cuándo la relación ha dejado de ser divertida. Si además han cometido el error de tener hijos, el coste emocional llega a resultar elevadísimo.
Los obispos han sido muy criticados por señalar un lazo entre la revolución sexual y la violencia doméstica. Yo no creo que anden muy descaminados. Las dos revoluciones sexuales han socavado profundamente a la familia, y parece clara su relación con el creciente fracaso matrimonial, del que la violencia es una manifestación. Y con otros muchos fenómenos, como la multitud de niños despojados de un ambiente familiar, la extensión apabullante de la prostitución en todas sus manifestaciones, incluyendo buena parte de la publicidad comercial, la telebasura o las redes de pederastia, etc. etc. ¿De dónde podría venir todo eso, si no?
Sobre los malos tratos familiares aseguran algunos expertos que siempre han existido con igual o mayor intensidad, sólo que ahora se denuncian. Aunque los malos tratos en la intimidad del hogar no suelen trascender, podemos hacernos una idea aproximada de su extensión. Tal como deducimos la amplitud del hambre por el número de personas que mueren de ella (que indican un número mucho mayor de hambrientos, aunque no lleguen a morir), podemos colegir la extensión de los malos tratos por sus manifestaciones más extremas e indisimulables, las muertes. El número de muertes por maltrato doméstico aumenta en muchos países, desde los escandinavos a España. Tras muchas décadas de pesado adoctrinamiento feminista –muy relacionado con las revoluciones sexuales– debería ocurrir lo contrario por lo que no parece achacable esa tendencia al machismo residual, como decía no sé qué señora política.
Un maltratador de Barcelona, tan bergante como espabilado para halagar a los progres, pedía al juez la atenuación de su pena por haberse criado bajo el franquismo, cuando, decía, el maltrato a las mujeres era fomentado como una virtud. Él no tenía la culpa de haber recibido tan mala educación. Pero en el franquismo había sin duda mucho menos maltrato que ahora. Una canción de los años 50, tan denostados por nuestra ridícula progresía, aconsejaba:
“Para ser un buen marido, el hombre tiene que ser
generoso, complaciente y amable con la mujer
Ser un poquito celoso, a saber, quiere decir
cuando debe estar despierto y cuando debe dormir.”
Le faltaba decir cómo debería ser la mujer. Bueno, son consejos algo simples y pasados de moda, pero tal vez no del todo insanos en estos tiempos revolucionarios, tan apreciados por el camarada Zapatero, feminista radical, el hombre.
(En LD, 13-5-2004)
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César Vidal, Pilar Urbano y otros golfos
(Con motivo de esta entrada he constatado una vez más, en Facebook y twitter la existencia de un tipo de personas especialmente despreciables, las que ante una agresión brutal exigen al agredido que se comporte con toda cortesía. Son los clásicos auxiliares del matón. A estos memos suelo bloquearlos.
Y ya me he encontrado con determinados “franquistas” o “católicos” que me acusan de chaquetero, reconvertido o algo así, jactándose de que ellos siempre han defendido a Franco, no como yo, etc. etc. Yo no defiendo a Franco, sino la verdad histórica en lo que esta nos sea accesible; y esos cretinos más valiera que no defendieran a Franco ni a ninguna otra cosa, porque lo que defienden, lo hunden)
César Vidal, Pilar Urbano y otros golfos
Hace unos días me advirtió un amigo de que en su mala novela sobre el el 23-f, Pilar Urbano sugería que yo habría sido un agente franquista infiltrado en el GRAPO. Digo mala novela sin haber leído el libro, porque me bastaron algunas catas de él en una librería para darme cuenta de que se trataba de una mezcla de medias verdades y fabulaciones; y se me pasó la página en que me mencionaba. Ahora, por twitter, me manda alguien una reseña muy oficialista de César Vidal en la que reproduce el invento sobre mí. Dice don César: “Con todo, el libro también relata alguna cosilla que no era tan conocida. Por ejemplo, Pilar Urbano señala que Pío Moa, a la vez que formaba parte de la organización terrorista GRAPO, era un agente de la policía franquista. Urbano, citando nada más y nada menos que al general Sáenz de Santamaría como fuente, señala que “el grapo Pío Moa era un infiltrado de Conesa”. Para los que no lo sepan, Conesa – al que algunos llamaban con cierta guasa “el superagente” – era el jefe de la sección de la policía franquista encargada de la represión política. ¿Decía la verdad Sáenz de Santamaría y Moa no fue nunca sino un agente de la dictadura disfrazado de terrorista y sirviendo por tanto a los intentos de imposibilitar la Transición hacia la democracia y luego desestabilizar la democracia una vez nacida? Si fuera así explicaría, ciertamente, muchas cosas. Por ejemplo, el hecho de que Moa haya podido escribir libros notables sobre la Segunda República – sucedió también con otros policías de Franco – pero, a la vez, haya difundido una versión indocumentada y ciegamente positiva del franquismo o que haya dado repetidas muestras de un desconocimiento rampante de la Historia de España sustentado en afirmaciones del reaccionarismo más rancio y carente – ¡una vez más! – de un conocimiento elemental de las fuentes. Pero esa coincidencia ciertamente notable no implica una relación causa y efecto y yo no la afirmaría jamás. Insisto: ignoro si Moa fue un agente doble como se recoge en el libro de Pilar Urbano y la verdad es que me importa un bledo.
Don César usa mucho ese método de tirar la piedra y esconder la mano. Por ejemplo cuando señalaba que él nunca había dicho que hubiese adulterio entre dos personas de Es-radio: con eso ya lo dejó dicho. Es muy típico de su estilo hipócrita. Si la cuestión le importa un bledo, ¿por qué le dedica un párrafo considerable? Evidentemente le importa, y salta a la vista el intento de hacer daño, porque sabe que la acusación es muy peligrosa no solo para el crédito intelectual del acusado (un servidor) sino incluso para su propia vida. Replicando a otra de estas calumnias que surgen de vez en cuando, aquella vez por parte de Alfonso Guerra, Sartorius, Carrillo o el ex falangista Diego Carcedo, escribí hace años en el artículo “El espíritu de la checa”: Podemos plantearlo así: si fuera cierto, yo habría echado por tierra uno de los atentados terroristas más graves de la transición. Por lo tanto, deberían estarme agradecidos, por un lado, y por otro no deberían decirlo, porque ello equivale a poner mi vida en peligro. Pero, en primer lugar, no lo dicen como un elogio, sino todo lo contrario, lo sitúan en un contexto sórdido. Y en segundo lugar, lo que dicen supone una auténtica colaboración con los terroristas, ofreciéndome a su venganza. Esto tiene que resultar muy claro a un analista tan agudo como don César, a quien no pueden escaparse las implicaciones de su infundio. Como está claro asimismo que él tiene motivos de venganza contra mí, por las polémicas que tuvo conmigo en Libertad Digital sobre el homosexualismo, el franquismo y alguna otra cuestión, de las que su poderosa vanidad salió harto tocada, como cualquiera puede comprobar. Tanta reprobación y rechifla suscitaron sus comentarios entre los lectores, que él mismo intervenía con el seudónimo “Sergei”, pidiendo, por ejemplo, que se me expulsase de la publicación. El hombre es así.
Desde luego, no hay nada inocente en los infundios de don César y doña Urbano, pero voy a ponerme en la mente de un ciudadano corriente, ignorante de los hechos y a quien impresiona a primera vista la acusación. Las especulaciones son fáciles, como tantas sobre el asesinato de Carrero Blanco o alguna construible sobre el 11-m: dado que el principal beneficiario del atentado fue el PSOE, podríamos concluir que este fue el verdadero autor; cosa no imposible, claro, pero sumamente improbable, y que en todo caso no puede afirmarse sin pruebas. En relación conmigo, el infundio procede del periodista manipulador Diego Carcedo. Sobre él escribí en su momento: Carcedo escribe como el clásico intoxicador chekista, poniendo en boca del general Sáenz de Santamaría unas palabras que tendrá que demostrar que las dijo el general. Si el general, que parece exculpar al GAL, dijo eso, es que era un completo inepto, pues sus palabras están llenas de inexactitudes y habla en base a suposiciones que él, como jefe de la lucha contra el terrorismo, no puede hacer: o sabe o no sabe. Son palabras provocadoras, insinuantes, típicamente chequistas, apoyándose en el comisario Conesa, que, claro, nunca podrá desmentirle porque ha muerto, como el propio general. Y ciertamente Saenz fue un jefe antiterrorista muy poco efectivo, digo ahora, y aya usted a saber, siguiendo esa lógica malintencionada, si su ineptitud no era una forma solapada de desestabilizar la democracia. Después de todo, había hecho toda su carrera en el franquismo).
El ciudadano impresionado puede hacerse esta reflexión definitiva: si la acusación fuera cierta, debería estar probada documentalmente y no con habladurías. Por la sencilla razón de que el Ministerio del Interior estuvo en manos del PSOE durante trece años, en los que pudo disponer de la documentación policial, de los archivos de la Brigada Político Social, de diversos presos y de numerosos policías ansiosos de congraciarse con los nuevos amos. Por fuerza tendría que estar documentada mi supuesta infiltración, como parece que fue documentada en su momento cierta colaboración del escritor checo Milan Kundera con la policía comunista. Durante años se dijo que el GRAPO estaba infiltrado y manipulado por la policía franquista y la extrema derecha, pero el socialista Barrionuevo, en sus memorias de sus años en Interior, explica con precisión que no hubo nada de ello, a pesar de que el PSOE era uno de los más empeñados en difundir la especie. Al no tener en cuenta esta obviedad, don César da también la medida de su categoría como historiador.
Y no solo no han podido aportar ningún documento probatorio – porque no puede haberlo–, sino que, ¡casualmente!, han sido algunos que hablaban de infiltración en el GRAPO los que después exigieron la destrucción de los archivos de la BPS con el pretexto de que se trataba de una policía dictatorial. El motivo no podía estar más a la luz: esos archivos no solo podían interesar mucho a los historiadores, también a quienes querían destruirlos, porque probablemente estos u otros relacionados con ellos sí habían sido chivatos de la policía y les interesaba “democratizar” sus biografías. Es difícil pensar otra razón para tan extraordinaria exigencia. Y, por cierto, no sé que ha ocurrido con tales archivos, sospecho que fueron efectivamente destruidos.
Pero como no soy ingenuo, entiendo bien que esta gente no suelta sus historietas por pura estupidez inocente. Lo hacen porque mis libros y escritos les perjudican mucho. Y les perjudican porque nunca han podido rebatirlos, así de sencillo. Señalaba Stanley Payne su asombro ante los ataques a mis trabajos por medio de una suerte de censura de silencio y de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o de la Unión Soviética que de la España democrática”. Como vemos, se ha quedado corto: hay más que diatribas.
Ocurre, además, que desde la transición ha cundido en España una verdadera oleada de travestismo político. Miles de periodistas, políticos e intelectuales han cambiado de ideas, a veces del modo más repentino y sorprendente. Está bien, todo el mundo tiene derecho a cambiar. Pero una persona pública debe molestarse en explicar con claridad qué motivos y reflexiones le han llevado a ese cambio. Casi nadie lo ha hecho, por eso hablo de travestismo y no de evolución razonada. Yo también he cambiado, desde luego, en un proceso largo y a ratos penoso, que he explicado abundantemente. Quienes quieran saber qué fue el PCE(r)-GRAPO y mi actuación en él, pueden encargar en librerías mis memorias de entonces, De un tiempo y de un país, editorial Encuentro. Todos los lectores coinciden en que no solo son claras, sino también muy amenas.
En fin, por seguir la lógica de don César cuando dice que el cuento de la infiltración “explicaría” nada menos que mis libros, diré que he oído varias veces que este buen señor es un homosexual reprimido. Ello “explicaría”, a su vez, por qué antes detestaba furibundamente a los pecaminosos homosexuales, para pasar de repente a defenderlos, eso sí, sin acabar de salir del armario. En fin, la argumentación convertida en un chiste. O en golfería intelectual.
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El poder y la religión (I) Polibio y Marx
Blog I: Apreciaciones sobre el bombardeo de Guernica.http://www.gaceta.es/pio-moa/apreciaciones-bombardeo-guernica-29042014-1329
El poder y la religión
Parece que religión y poder han ido siempre asociados, y no infrecuentemente el máximo poder político se identificaba, incluso personalmente, con el máximo poder religioso o determinaba a este. La asociación de ambos poderes es muy fuerte en el judaísmo y el islamismo, menor en el catolicismo, donde el “poder espiritual” ha tenido su propia sede independiente de los “poderes temporales”. En la rama ortodoxa del cristianismo, el poder religioso está supeditado al político, y el protestantismo fue impuesto por los príncipes y magnates, aunque tuviera una evolución posterior algo distinta, debido a la tendencia protestante a la fragmentación. A partir de la Ilustración, se ha desarrollado en Europa occidental una concepción distinta, mediante la crítica racionalista al cristianismo y a la religión en general, y la ruptura, más que independencia, entre religión y estado. Esta concepción se ha impuesto en muy gran medida, si bien no de modo absoluto, y requiere examen aparte.
Parece que religión y política son cosas distintas, aunque a ambos se les denominen poderes, por costumbre. La primera se relaciona con la moral y la segunda con el poder propiamente dicho. Y aunque la religión produce generalmente su propio aparato o casta sacerdotal jerarquizada, no podría realmente ejercer un poder por sí misma. Reservaremos aquí la palabra poder para el político o temporal, y hablaremos de la religión como “aparato religioso”, encargado de velar por la moral, de justificar –o desautorizar– el poder y de implorar para la sociedad la benevolencia divina.
La unión de poder y religión parece explicable por un sentimiento profundo: el orden afirmado por el poder debe salvaguardar la unión y supervivencia de la sociedad, pero ello no puede lograrse solo por los medios técnicos y racionales del uso del poder, por el arte práctico, más o menos maquiavélico. El arte del poder consiste en el manejo de los conflictos propios de toda sociedad y a todos los niveles, combinando la conciliación, la persuasión y la violencia o la amenaza de esta. Pero una experiencia larguísima demuestra que el orden social requiere otro elemento para mantener tranquila y afecta, o al menos no rebelde, al grueso de la población. Y ese elemento son unos principios o valores morales compartidos, considerados anteriores y superiores al mero ejercicio del poder, y por los cuales este se justificaría. El poder debe parecer a la población, al menos a su mayoría, como un bien necesario para el sostén de la sociedad, de la cultura y sus valores, los cuales persisten generación tras generación por encima de los frecuentes cambios en las oligarquías, y que no proceden de estas, sino que las preceden y suceden. Dicho de otro modo, para sobrevivir por encima y más allá de los cambios políticos y de la generación viva en un momento dado, debe existir una moral asentada no en las conveniencias de la oligarquía de turno o de algún acuerdo circunstancial entre la gente, sino en mandatos más profundos, “los mandatos de los dioses”, que invocaba Antígona. Asimismo, el poder tiene el derecho de exigir a los súbditos el sacrificio de la propia vida, y ello no podría hacerse invocando el desnudo interés particular de los oligarcas. El arte racional de Maquiavelo, privado de su sustancia moral-religiosa, conduciría en breve espacio de tiempo a la destrucción de la sociedad por la perenne lucha entre los “hombres fuertes” ansiosos de poder, a quienes pronto dejaría de atribuirse un valor social o general.
La religión responde a preocupaciones y angustias profundas del ser humano más allá de los problemas cotidianos: por qué existe el mundo, por qué estamos aquí, qué sentido tiene la vida, cuál es el fundamento del destino de cada cual y de cada sociedad… Se ha dicho que no es Dios quien crea al hombre, sino el hombre quien crea a Dios o a los dioses, más o menos caprichosamente. Este ejercicio racionalista expresa una evidencia… pero solo a medias. El hombre imagina un dios o dioses creadores y ordenadores porque está claro que el hombre no se crea a sí mismo, ni individualmente ni como especie, ni decide su destino aunque pueda influir algo en él. Así, la idea de Dios no es en modo alguno un capricho salido de una sensación de impotencia o de alguna forma de alucinación o de sustancias químicas en el cerebro, como tenderían a sostener hoy algunos, etc. Responde a una realidad en sentido psicológico y objetivo, para la que, sin embargo, no existe respuesta racional.
Pues las respuestas no son racionales ni pueden serlo, porque las preguntas tampoco lo son, en el sentido de que desbordan las competencias o capacidades de la razón, no en el de que sean absurdas. Las respuestas solo pueden ser imaginativas o simbólicas, por medio de mitos, y expuestas además al riesgo de complicarse por efecto de la propia angustia subyacente. La razón no puede suplir a la religión, pero sin embargo puede aplicarse, y se aplica, a criticar las dificultades y contradicciones de los mitos y de los ritos correspondientes. La crítica a la religión no se produce solo en el plano de la especulación intelectual, sino a todos los niveles, incluso los más groseros. Dada la imposibilidad de probar racionalmente las explicaciones religiosas y la asociación de estas con el poder, una conclusión fácil, tradicional y un tanto cínica, entiende la religión como un engaño útil para mantener al pueblo sumiso a la oligarquía.
Esta conclusión, expuesta con mayor o menor claridad, data de tiempos muy antiguos. Polibio, escéptico típico de la decadencia griega, lo expresa al estudiar la constitución política de Roma: “La mayor diferencia positiva de la constitución romana es, a mi juicio, la de las convicciones religiosas Pues me parece que la religión ha sostenido a Roma a pesar de ser objeto de burla por los demás pueblos. Entre los romanos la religión está presente con tal dramatismo en la vida privada y en la pública, que no es posible estarlo más. Esto sorprenderá a muchos, pero creo que lo han hecho pensando en la gente común. Si fuera posible formar una ciudad solo con personas inteligentes, (la religión) no sería precisa. Pero la masa es cambiante y llena de pasiones injustas, de furias irracionales y de rabias violentas. El único remedio es contenerla con el miedo a lo desconocido y ficciones de ese género. Así, a mi juicio, los antiguos no inculcaron por azar en la multitud las imaginaciones de los dioses y las narraciones del Hades”. Por ello, Polibio tacha de temerarios a quienes creen posible o conveniente suprimir la religión, considerada un rosario de ficciones.
Pero, cambiando insensiblemente de tema, y contradiciéndose, Polibio pasa a exponer cómo tales embustes hacían la vida pública romana mucho más moral y fiable que la griega, poblada sin duda de hombres inteligentes cuya honradez con los dineros públicos no había manera de asegurar: al revés que en Roma, “En los demás pueblos es difícil encontrar a un político que se haya mantenido alejado del dinero público y de delitos de ese tipo”. Por tanto, la religión se reduce por una parte a una serie de absurdos inventados por la inteligente oligarquía para tener sujeta a la masa de tontos e ignorantes; pero por otra parte esos absurdos impedían que la propia oligarquía obrase como una banda de ladrones, como lo harían personas inteligentes descreídas de dioses y morales etéreas. Con lo cual Roma adquiría la superioridad que le había permitido, por ejemplo, vencer a Cartago. El racionalismo de Polibio debiera haberle hecho pensar que tales ficciones, capaces de generar el fundamental efecto positivo de reforzar la cohesión social, debían contener también alguna verdad o forma de verdad profunda, aunque esta no fuera claramente discernible.
Críticas muy semejantes han circulado siempre, con unas u otras formulaciones. Marx, siguiendo a Polibio y al mismo tiempo invirtiendo el argumento, también identifica a la religión como instrumento de las oligarquías, pero invierte su valoración: la religión no serviría para contener la brutalidad natural del pueblo, sino, precisamente, para embrutecerlo como un opio destinado a mantenerlo confuso y resignado a la explotación que sufría. Destruir la religión no sería, por tanto, una “temeridad”, como sugería Polibio, sino condición necesaria para la emancipación de las masas y la conversión de estas en una multitud inteligente que ni siquiera necesitaría del poder (aunque para alcanzar tal situación fueran precisas determinadas condiciones “materiales”). Sin embargo, a Marx se le pueden hacer dos observaciones, al menos: a) su planteamiento reduce las angustias y anhelos humanos a la adquisición de bienes materiales y la lucha de clases por ellos, declarando “metafísicas” o “idealistas”, cualesquiera otras preocupaciones; lo cual es, desde luego, muy poco realista. b) Por mucho que Marx pondere la liberación del ser humano en todos los sentidos, su plena “realización” posible en el comunismo, se trata de un mero deseo carente de apoyo en sus propias premisas: para evitar el poder y los males religiosos asociados, los individuos tendrían que ser iguales y comportarse de modo igual, eliminando las conflictivas difes que realmente diferencian a las sociedades humanas, morales, de las animales regidas por el instinto. No en vano los experimentos inspirados en Marx han tratado de crear un “hombre nuevo”, de hecho privado de elementos esenciales de humanización.
Por consiguiente debemos aceptar que, aunque vayan siempre o casi siempre asociados, a menudo de forma íntima, poder y religión son hechos diferentes y no deben considerarse la una instrumento del otro o a la inversa, aunque en la práctica y hasta cierto punto así haya ocurrido muchas veces.
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El racismo en el separatismo catalán
**Blog I: En el 75 aniversario del final de la Guerra Civil: reedición de Los mitos… : http://www.gaceta.es/pio-moa/reedicion-los-mitos-guerra-civil-28042014-1758
**Próximo domingo en “Cita con la Historia”, de Radio Inter: “El bombardeo de Guernica: hechos y ficciones”
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Común a los separatismos vasco y catalán ha sido un empeñado racismo. Aunque en tiempos recientes se haya negado tal característica en el caso catalán, los estudios de Francisco Caja, Joan-Lluis Marfany y otros han puesto de relieve lo contrario. Uno de sus primeros teorizadores, Valentí Almirall, afirmaba que en la península vivían dos razas muy distintas, la pirenaica y la del centro-sur. A la pirenaica le distinguiría un espíritu “analítico”, “directo al fondo de las cosas”, “basado en la libertad”, “confederal”, mientras la otra raza era “generalizadora, soñadora, aficionada al lujo y la ampulosidad, arbitraria, centralizadora, absorbente”. La unión con Castilla habría tenido un efecto “fatal” sobre el espíritu catalán, al que habría “desnaturalizado”. Cabe observar el estilo generalizador y un tanto soñador o fantasioso, muy poco pirenaico, del propio Almirall.
Claro que la distinción entre tales razas, invisible en lo físico, resultaba harto vaga e insatisfactoria en lo psicológico, por lo cual otro teórico separatista, Pompeu Gener, la precisará más: “Nosotros (los catalanes), que somos indogermánicos de origen y de corazón, no podemos sufrir la preponderancia de tales elementos de razas inferiores”. “No podemos ser mandados por los que nos son inferiores“. En su condición de arios, los catalanes emparentaban “con los demás pueblos arios de Europa”, esencialmente distintos de la raza al sur del Ebro, donde predominaba “el elemento semítico y más aún el presemítico o berber, con todas sus cualidades: la morosidad, la mala administración, el desprecio del tiempo y de la vida, el caciquismo…”: una raza “bárbara, monótona y atrasada como una tribu de África“. Estas ideas iban mezcladas de un fuerte antisemitismo y antijudaísmo, máxime cuando – señalaban con sentimiento– en las clases adineradas de la propia Cataluña se había infiltrado un ingrediente semítico, dificultando que “el elemento indogermánico verdaderamente humano se levante y triunfe de esos neo-moros adoradores del Verbo, raza de gramáticos y sofistas, de esos neo-judíos. El carácter indogermánico de los catalanes era, ni qué decir tiene, tan fantasía como las “cualidades” achacadas a las razas “semíticas y presemíticas” del resto de España. Estas teorías denigraban a las demás regiones, en especial a Castilla, pero la reivindicación “aria” chocaba demasiado. Fueron precisas otras elaboraciones.
Y así, la teorización racista siguió rumbos algo distintos en Prat de la Riba, en el arqueólogo Bosch Gimpera y otros. La diferencia esencial pasaría por los íberos, asentados en el Levante peninsular, incluida Cataluña, y los celtas del resto –con la dudable excepción de vascos y navarros–. Con ello mataban dos pájaros de un tiro, porque de paso establecían la ibero-catalanidad de todo el Levante español, convertido en los Països catalans. La decisiva impronta cultural de cinco siglos de romanización quedaba relegada a un dato superficial, una mera “superestructura” opresora de las esencias raciales ibero-catalanas. La propia España solo sería un estado superpuesto y opuesto a los pueblos: lo cual explicaría la “historia trágica” achacada a España. Íberos y celtas, pues, constituirían la raíz y clave explicativa de la historia hasta hoy. La idea invertía un tanto las tesis de Gener, ya que el grupo celta o celtizado tenía rasgos indoeuropeos, mientras que el ibérico del Levante tenía origen incierto, tal vez en el norte de África. El doctor Robert se dedicó a fundamentar las diferencias estudiando a su manera los cráneos de unos y de otros. Pero en fin, fueran pirenaicos, indogermanos o íberos, importaba definir a los catalanes como esencial, racialmente, diferentes. Y, por supuesto, superiores. Las provocaciones racistas a los demás españoles eran constantes en la prensa separatista: “Moros, mal que les pese”. “Sí, hay razas”. “Contra los semitas”. Otros invocaban razones de “higiene social” para cortar el paso a las “razas inferiores y decadentes”, intelectual, moral y políticamente degeneradas. Para Prat de la Riba, la “castellanización de Cataluña” formaba una “costra” que era preciso cuartear y romper para hacer surgir “intacta, inmaculada, la piedra indestructible de la raza”. En 1930, el que sería diputado por la Esquerra, Pere Mártir Rosell, afirmaba que “la raza constituye la única fuente de cultura y debe mantenerse pura, evitando el mestizaje”. Se refería, lógicamente, a la supuesta raza catalana. Rovira i Virgili, otro líder y pensador separatista de izquierda, equipara –como solía hacerse– a España con Castilla y explica su relación con Cataluña como un irreductible antagonismo espiritual. En 1934 Un “Manifiesto para la preservación de la raza catalana” alertaba de los peligros de degeneración genética por la mezcla con otras “razas” peninsulares, y propugnaba crear una Societat Catalana d´Eugenesia para estudiar los efectos de la “mezcla” y proponer medios para defender “la nostra rassa”. Firmaban el documento notables prohombres e intelectuales del separatismo, como Pompeu Fabra, Vandellós, Pi i Sunyer o Batista i Roca, este último un antropólogo mezclado en asesinatos terroristas en el inmediato posfranquismo. Otro nacionalista distinguía entre “los auténticos obreros, que pasan hambre en silencio, y los vagos foráneos, que hablan siempre en castellano. Desde el primer momento los separatistas se preocuparon de cultivar las relaciones internacionales, y así un tal Karl Cerff, dirigente e instructor de las Juventudes Hitlerianas declaraba a la revista La Nació Catalana, el 17 de octubre de 1933: “Sabemos que los catalanes son una raza muy diferente de la española”. Los ejemplos son muy abundantes.
La cuestión de la raza.
Los mapas genéticos hoy elaborados indican que la población de la Península ibérica es notablemente homogénea y emparentada con la de Europa occidental, y harto disímil de la norteafricana, de la que guarda solo leves incrustaciones. Ello muestra que las ideas raciales de unos y otros carecen de valor, cosa bastante clara para cualquier observador sin necesidad de mayores investigaciones. Sea como fuere, un racismo peculiarmente arbitrario desempeñó sin duda un papel crucial en la constitución de los nacionalismos vasco y catalán.
Naturalmente, después de la experiencia hitleriana resultaba embarazoso para estos nacionalismos hablar de razas o recordar siquiera su discurso anterior. Las expansiones antes tan libres y espontáneas, debieron reprimirse y dar paso a otras formulaciones, tales como “los hechos diferenciales”, la exaltación del idioma regional, la diferenciación por la riqueza, los apellidos, etc. Pero , con unas u otras formulaciones, la pretensión de una superioridad imaginariamente racial sigue siendo la base de las pretensiones diferenciadoras. Sabino Arana y Prat de la Riba y otros han sido los formuladores de un separatismo cuyas bases permanecen en el fondo inamovibles.
Desde la Transición, y ante la evidencia de que la mayor parte de la población en Cataluña y Vascongadas nunca apoyó la secesión, y lo inútil de esgrimir argumentos raciales, la política separatista, aun conservando el substrato de la pretensión racista, ha evolucionado al intento de atraerse a la población originaria de otras regiones. Su argumento pretende que la oligarquía catalana o la vasca había acogido fraternalmente a sus padres, dándoles el pan y el trabajo que se les negaba “en España”. La realidad había sido más bien la contraria pues el separatismo mantuvo una permanente actitud denigratoria contra los trabajadores inmigrantes “de raza inferior”. Esta demagogia se ha acompañado de una frenética y provocadora desvalorización de España y de todo lo español, administrada ya desde la escuela.
El sustrato racista se vuelve obvio en la cuestión de los apellidos. En todas las provincias vascongadas y catalanas, los apellidos más corrientes, con diferencia, son los mismos que en el resto del país: García en primer lugar (posiblemente de origen vasco), seguido, en un orden u otro, por López, Pérez, Fernández, González, Martínez, Rodríguez… Solo mucho después aparecen los considerados originariamente vascos o catalanes. Sin embargo, en las direcciones de los partidos separatistas los apellidos más comunes apenas tienen representación. El PNV dio siempre la máxima importancia a la posesión de numerosos apellidos vascos, considerados “el sello de la raza”: ¡Aún hay necios que se ríen de la distinción que hacemos de los apellidos! El apellido es el sello de la raza: si un apellido es euskérico, euskeriano es el que lo lleva: si es maketo, maketo es su poseedor. Hoy, mezcladas numerosas familias bizkainas con maketas, habría que establecer (en caso de libertad) distinción entre originarios y mestizos, tanto respecto de los derechos como de los lugares en que pudieran avecindarse. De forma deliberada o no, el mismo ejemplo siguen los nacionalistas catalanes. Esa conducta ha variado solo ligeramente después de la II Guerra Mundial, admitiéndose a personas de apellidos españoles corrientes, aunque considerándolos, abierta o disimuladamente, una especie de mancha o defecto, y tratando, en general, a los demás como masa de maniobra política. Debe reconocerse que, dada la complacencia o pasividad de que durante más de treinta años han disfrutado los separatistas por parte de los representantes de España, el éxito de estas demagogias ha sido considerable. A menudo encontramos exaltados separatistas en personas procedentes de otras regiones, y entre muchos se ha puesto de moda cambiarse los nombres y apellidos para “vasquizarlos” o “catalanizarlos”. Para parecerse a “la raza superior” o hacerse “digno” de ella, en definitiva.
Importa conocer estas cuestiones, que he abordado en Los nacionalismos vasco y catalán en la Guerra Civil, el franquismo y la democracia, y trataré en un próximo seminario sobre los separatismos vasco y catalán. Pues, pese a tratarse del reto más trascendental que afronta hoy España, el fondo del asunto es solo muy vagamente conocido por la mayoría. Incluidos políticos y periodistas.
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La “revolución de los claveles”, tan mal interpretada…
Blog I: Una reseña de Paco Linares: http://www.gaceta.es/pio-moa/resena-paco-linares-25042014-1813
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Veo un rato en televisión la entrevista de unos periodistas indocumentados (es demasiado común) a un manipulador con muy poca vergüenza, Diego Carcedo, sobre la “revolución de los claveles” de Portugal, de hace 40 años. La ineptitud del análisis, con cuatro tópicos, me harta enseguida. En fin.
La “revolución de los claveles” fue un golpe militar, y el golpismo de este género gusta mucho a la izquierda cuando se cree favorecida por ellos. Recordemos que los republicanos del Pacto de San Sebastián fue lo primero en que pensaron para imponer por la brava un nuevo régimen que cortara la transición a un régimen constitucional (por aquellas fechas Franco era partidario de una democratización en orden). El golpe militar republicano fracasó, pero la monarquía era internamente tan frágil que pocos meses después entregaba el poder a sus enemigos.
El golpe de Portugal interrumpió un proceso de transición pacífica, propugnada por Caetano, desde la dictadura de Oliveira Salazar a una democracia, y al revés que el republicano en España, tuvo éxito completo. Recuerdo que por entonces, en el PCE(r) consideramos que había sido auspiciado por la OTAN con el fin de crear confusión con demagogia seudoizquierdista para romper un impulso “popular” hacia una revolución auténticamente socialista. Idea robustecida con la renuncia de los coroneles griegos exactamente tres meses después.
Lo que produjeron realmente unos militares de ideas primarias entre tercermundistas y comunistas, fue un auténtico caos. Bajo tutela militar, numerosas fuerzas izquierdistas, de las que el PCP, prosoviético, era el más fuerte, trataron de imponer medidas socializantes que mantuvieron al país, durante dos años, al borde de la guerra civil.
La izquierda y el antifranquismo españoles, siempre insensatos y extremistas, volcaron sus entusiasmos y fervores hacia la “revolución de los claveles” como unos años antes lo habían hecho hacia la ETA. Llenos de alborozo, creyeron poder imitar la experiencia lusa. Hasta un pequeño grupo de militares, un tanto estrafalarios, fundaron una Unión Militar Democrática (la palabra democracia no podía faltar en ninguna proclama o sigla antifranquista, fuera etarra, comunista o simplemente frívola) con propósitos más o menos claveleros. Y la prensa y los medios más o menos progresistas –había muchos– no cesaban de ensalzar abierta o disimuladamente la triunfal revolución del país vecino. Los contactos y acuerdos se multiplicaron y tres meses después, a los cinco días de la caída de los coroneles griegos, el demócrata Carrillo, juzgando ya próxima la gran ocasión, fundaba en París la Junta Democrática, con el grupo maoísta Partido del Trabajo de España, un Partido Carlista trotskizante, el PSP de Tierno Galván y personajes variopintos como el opusdeísta Calvo Serer, el progresista Vidal Beneyto o el inclasificable García Trevijano. Como ocurría en grupos semejantes, tales la Asamblea de Cataluña, la única fuerza real eran los comunistas.
Lo que ocurrió fue más bien lo contrario de lo que esperaban. En España estaba en marcha, todavía no bien organizado, pero inequívoco, un proceso de transición desde el franquismo, y los sucesos portugueses alarmaron a quienes más o menos lo auspiciaban. La primera reacción procedió de los más reacios a las reformas. Tres días después de la clavelada, José Antonio Girón publicaba en el órgano falangista Arriba el llamado “gironazo”, un artículo llamando a cortar el proceso aperturista. Pero solo consiguió frenarlo pasajeramente. A veces se olvida que la Falange nunca caracterizó al franquismo, fue solo una de sus familias y no la decisiva. El grueso de la clase política franquista marchaba ya en otra dirección, aunque, desde luego, ni ella ni el ejército estaban dispuestos a que el caos portugués traspasase la frontera. Así, y contra análisis tópicos, la revolución de los claveles no aceleró en absoluto el proceso político español; por el contrario, lo frenó momentáneamente y reafirmó la decisión de evolucionar sin demagogias. Y la oposición antifranquista, más que nada folklórica si se exceptúa a los comunistas y a la ETA, carecía de fuerza y de arraigo popular.
Podríamos decir que se hacía posible una “democratización en orden” como la deseada por Franco en 1930, sin abocar a una república convulsa como la de entonces. España era ya un país próspero y reconciliado, y la condición para un tránsito pacífico y sin caos consistía, precisamente, en que aquel antifranquismo permaneciera débil. Y así ocurrió. Solo Suárez echaría en parte a perder aquellas condiciones que, como he explicado en La Transición de cristal, llevaron al esperpento del 23-f.
Un punto interesante: el desorden portugués alarmó a Usa, temerosa de la imposición de un régimen comunista en un punto estratégico de gran importancia para la OTAN, y su contagio a España. Y la alarmó hasta el punto de proponer a Franco la utilización de territorio español para un ataque a Portugal. Franco rechazó la propuesta, como había rechazado participar en la guerra de Vietnam. Mario Soares ha explicado tal decisión de forma algo simple, como causada por cierto carácter gallego (véase http://blogs.periodistadigital.com/bokabulario.php/2014/04/25/franco-de-nuevo-un-rojo-protegio-a-la-re). Creo que la causa debe encontrarse en el agudo sentido de la realidad del Caudillo, incluso en un tiempo en que se encontraba enfermo (moriría al año siguiente). No creía que la situación portuguesa hubiera llegado a un punto de tal gravedad, y los hechos le darían la razón. En 1936 había esperado, igualmente, a que el Frente Popular llevara sus desmanes hasta un grado radicalmente intolerable, antes de rebelarse.
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