¿Por dónde vienen las crisis? / El sufragio femenino en la II República.

Blog I: Medidas para salir de la crisis / La señora Isabel: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Dicho de otro modo, tanto Hayek como Keynes explican la crisis sobre el concepto de ahorro. Para Hayek es un ahorro excesivo, inducido generalmente por el estado rebajando la tasa de interés, por ejemplo, el que anima inversiones a su vez excesivas, las cuales provocan un círculo vicioso de sobreproducción ruinosa, despidos y el consiguiente subconsumo. La solución: dejar quebrar  esas inversiones ruinosas hasta que se alcance de nuevo el equilibrio. Keynes, en cambio, considera que el ahorro puede, justamente, retraer desde el primer momento las inversiones al disminuir las expectativas de consumo.

Tengo la impresión de que el fallo del análisis está en el concepto mismo del ahorro, pues insisto: en un tiempo determinado (un año, normalmente) se produce una cantidad de bienes que deben consumirse. Si el ahorro es abstención del consumo (y tiene que ser del consumo de bienes existentes, producidos, no de expectativas de producirlos), quiere decirse que cada año se echarán a perder  una cantidad de bienes producidos tanto mayor cuanto mayor sea la abstención o ahorro. El ahorro, por tanto, no redundaría en inversiones en ningún caso, y más bien las desanimaría, como dice Keynes. La idea de un equilibrio entre ahorro e inversión es superflua: lo producido debe consumirse, o gran número de productores irá a la ruina, lo que arrastrará en círculo vicioso desempleo y menor consumo, etc.

El error del ahorro parece venir de una interpretación moralista (la abstención virtuosa)con la que se intentaba justificar la riqueza de los empresarios. En realidad, cada año se produce una cantidad de bienes muy variados,  desde los de consumo inmediato, como la comida, de consumo prolongado, como la ropa, o de consumo intermedio, como máquinas y materias primas: la inversión consiste en consumo de bienes intermedios, por tanto no se diferencia  de otros bienes de consumo, excepto en que generalmente son más caros. Esos bienes deben ser consumidos, y según la Ley de Say así ocurre forzosamente, pero la experiencia demuestra que no siempre es así, pues de otro modo no habría crisis. No es así ni siquiera en condiciones de prosperidad, ya que constantemente la oferta de ciertos bienes no encuentra demanda y arruina a sus productores, aunque esa ruina quede compensada globalmente por los beneficios de otros.

Es preciso tener en cuenta, además, la preferencia del consumidor, que varía frecuentemente por causas muy variadas. Ello dificulta la adaptación de los empresarios, aunque también puede ser orientada de formas diversas. Durante la burbuja inmobiliaria mucha gente creyó, o se le hizo creer, que valía la pena endeudarse a largo plazo para comprar viviendas, ya que estas no dejarían de aumentar su valor y siempre podría revenderlas por más de lo que le habían costado. Los empresarios se adaptaron rápidamente y la economía española pareció girar con éxito en torno al ladrillo. Conviene recordar que la mayoría de los economistas, españoles y extranjeros, interpretaban ese éxito como la creación de un “círculo virtuoso” sin fin a la vista. Garantizado además por la entrada en el euro, que presuntamente daba estabilidad permanente a un proceso de enriquecimiento general. ¿Cómo, de ser un ingreso superior al gasto, pasó a ser lo contrario? Porque esto es lo que ha ocurrido. Podría describirse la crisis como una situación en la que, en el conjunto de la economía –aunque no en todas sus partes–, los costes superan a los ingresos.

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EL SUFRAGIO FEMENINO ENLA II REPÚBLICA

El voto como ejercicio de democracia es un fenómeno históricamente muy reciente, pues las democracias mismas no empiezan a existir hasta muy a finales del siglo XVIII. No debe confundirse el voto con otras formas de decisión popular ancestrales, ni tampoco con el practicado en la democracia ateniense: en ésta el pueblo (en realidad una pequeña parte de los ciudadanos libres) intervenía constantemente en la toma de decisiones, mientras que el voto en nuestras democracias se efectúa para elegir a aquellos representantes  en quienes se delega la toma de decisiones, excepto en referéndums puntuales. El voto, tal como lo practicamos en el mundo actual, procede de un fenómeno social y otro ideológico: por una parte las sociedades se han vuelto mucho más pobladas y complejas en los siglos XIX y XX (ya no sería posible una democracia a la ateniense, por ejemplo);  y por otra se han expandido extraordinariamente las ideas democráticas, cuya raíz se encuentra en las concepciones cristianas sobre la igualdad esencial y la dignidad del ser humano y la consiguiente limitación del poder sobre él por parte de las instituciones (en la Revolución francesa, al contrario que en la tradición anglosajona, las ideas democráticas tomaron un tinte abiertamente anticristiano, y originaron los totalitarismos del siglo XX; pero esa es otra cuestión).

Tampoco el voto como hoy lo conocemos se impuso desde el principio. A España, por ejemplo, el sufragio universal no llegó hasta 1890, es decir, hace poco más de un siglo, y no debe olvidarse que fue uno de los primeros países europeos en adoptarlo, después de Suiza, Francia y Grecia. Aquellas  elecciones en España solían ser muy amañadas, un mal muy criticado pero prácticamente inevitable en las sociedades agrarias y poco alfabetizadas.  Hasta entonces el voto se restringía casi siempre  en función de los ingresos o del nivel educativo de los votantes. Y, por supuesto, lo ejercía exclusivamente el varón,  debido al hecho de que la política siempre fue una actividad fundamentalmente masculina, a causa de la ancestral división del trabajo basada en circunstancias naturales (el hombre cazador y guerrero, la mujer recolectora y volcada en la crianza, etc.). Las ideas generales de igualdad generaron pronto la propuesta de extender el voto a las mujeres, pero éstas tardaron en interesarse en ello, y  había el temor a que el ejercicio de tal derecho  politizase y dividiese los hogares. En Suiza, el país más democrático del mundo en muchos aspectos, el voto femenino no ha acabado de ser admitido hasta 1990.

Sin embargo la extensión del voto a la mujer en los países democráticos  era sólo cuestión de tiempo. A lo largo del siglo XIX una proporción creciente de mujeres se incorporó al trabajo fuera de casa, y el proceso se aceleró bruscamente con motivo dela I Guerra Mundial, cuando millones de mujeres hubieron de sustituir en los puestos de trabajo a los hombres que marchaban al frente. Ello presionaba a favor del voto y demás derechos ciudadanos para la mujer, así como la fuerza creciente de la  idea de igualdad política para todas las personas.   En Gran Bretaña y Usa surgieron movimientos  sufragistas femeninos, que terminaron por conseguir su objetivo (en 1917 y 1920 respectivamente), aunque antes lo habían adoptado otros países  sin tales movimientos: Nueva Zelanda (1893) Australia (1902),  y los países escandinavos, salvo Suecia, entre 1906 y 1915. Hacia el final dela   I Guerra Mundial el voto femenino llegó a Holanda y la URSS, y después a otros países europeos: Polonia, Austria,  Checoslovaquia, Suecia o Francia en 1918-19.

Conviene señalar este proceso porque una versión demagógica, pero muy extendida, contempla el voto y las libertades ciudadanas en general, y en particular las de la mujer, no como un proceso evolutivo, de acuerdo con el desarrollo de determinadas sociedades, sino como una especie de derecho absoluto y existente desde el principio de los tiempos, pero impedido durante milenios o siglos  por intereses “retrógrados” o similares.

En España, la dictadura de Primo de Rivera, de1923 a1930, fue  un período de muy rápida transformación social y económica, y  las mujeres pudieron presentarse por primera vez a  cargos públicos (hubo varias de ellas en la Asamblea Nacional), pero no votar todavía. Esto iba a ocurrir en 1931, con la república, y como conclusión natural de los desarrollos anteriores.

La república ha quedado en la mente de la mayoría, debido a una imagen propagandística, como un régimen traído por las izquierdas, pero lo cierto es que fue organizado e impulsado sobre todo por los políticos derechistas  Alcalá-Zamora y Maura,  con el propósito de implantar una democracia liberal normal. Un propósito que iba a torcerse desde muy pronto,  primero por la oleada de incendios de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza católicos por parte de las izquierdas, y luego con la promulgación de una Constitución sectaria y no laica, sino antirreligiosa, que restringía las libertades de conciencia, asociación, etc., para el clero, convirtiéndolo en ciudadanos de segunda. A continuación la Ley de Defensa dela República limitó mucho más, en la práctica, las libertades reconocidas en la Constitución a los ciudadanos.  Las nuevas autoridades de izquierda emprendieron, no obstante, algunas reformas de importancia, aunque no muy bien gestionadas en su mayoría.  Una de esas reformas fue la concesión del sufragio a la mujer.

Dentro de cada partido había posiciones contradictorias al respecto. La derecha católica lo veía con reticencia, por temer efectos dañinos sobre las familias, pero por otra parte  le interesaba, pues esperaba que las mujeres, por lo común de tendencias más conservadoras y pacíficas,  apoyaran a las derechas. A su vez las izquierdas deseaban el voto femenino, pero siempre que les viniera bien electoralmente, de lo cual desconfiaban mucho. Al final, por unas razones u otras,  la mayoría apoyó la medida.  No obstante, el grueso del centrista  Partido Radical, dirigido por Lerroux y  único partido republicano con tradición histórica relativamente larga,  y con fuerza de masas, rechazaba la propuesta, al igual que ocurría con el  Partido Radical Socialista, republicano de izquierdas.

Tiene el mayor interés el proceso de tramitación de la ley.  La defensa y el ataque de la misma corrió a cargo especialmente  de tres diputadas.  Una, la lerrouxista Clara Campoamor, peroró ardorosamente a favor del sufragio femenino,  pese al poco entusiasmo de su partido; y en  cambio la izquierdista Victoria Kent, así como la exaltada socialista  Margarita  Nelken, se opusieron.  Según estas últimas, la Iglesia  influiría sobre el voto femenino y ellas no admitían otra influencia que la de las ideologías afines a ellas.  Azaña comenta, con cierto sarcasmo: “La Campoamor es más lista y más elocuente quela Kent, pero también más antipática. La Kent habla para su canesú y acciona con la diestra sacudiendo el aire con giros violentos y cerrando el puño como si cazara moscas al vuelo. Yo creo que es una atrocidad negar el voto a las mujeres por la sospecha de que no votarían a favor dela República”.  Sin embargo tampoco Azaña  se mostró muy partidario, y a la hora de la votación se abstuvo, retirándose oportunamente del hemiciclo. Lo mismo hizo  el líder socialista Prieto.

Desde luego Prieto, un político maniobrero y poco responsable, estaba en contra. Dos años más tarde, cuando la derecha ganó por fuerte mayoría las elecciones, muchos políticos creyeron encontrar la causa de este giro político en el voto de la mujer, y el también socialista Vidarte reproduce en sus memorias este expresivo diálogo entre Prieto y  Largo Caballero:

“–Si me hubierais hecho caso dejando en suspenso el voto de la mujer para otras elecciones, no tendríamos ahora problema alguno.

– Pero habríamos ido contra nuestros acuerdos y principios –le replicó Caballero

– Nadie se hubiera dado la menor cuenta. Bastaba con decirles a unos cuantos diputados, que lo estaban deseando, que se quedaran en el café o  no entraran  en el salón”.  Era lo que él había hecho.

En sus memorias  Martínez Barrio,  jefe del  ala izquierda del Partido Radical y masón  del más alto rango, criticará amargamente a su correligionaria  Clara Campoamor, acusándola  también de coquetear –unilateralmente—con el régimen de Franco: “El servicio ofrecido ala República por la señorita Campoamor  y los 157 diputados que la acompañaron en su desenfadada y alegre aventura, se tradujo en los bandazos electorales de 1933 y 1936. Con el voto femenino y la ley electoral del todo o nada, la República salió de Escila para entrar en Caribdis”.

¿Tuvieron fundamento esos enfoques? En apariencia sí, pues en las elecciones de 1931, sin voto femenino, la izquierda había alcanzado una mayoría aplastante.  Sin embargo la apariencia  queda más bien en tal, y se ha usado como argumento para ocultar hechos de mayor calado. No cabe duda de que en 1931 las izquierdas se beneficiaron de la desorganización y fragmentación de las derechas así como del impulso de las esperanzas, las ilusiones populares y la radicalización inicial de la república, mientras que en 1933 la población había experimentado los efectos de dos años de gobierno de la izquierda, y el balance distaba mucho de parecer satisfactorio a la mayoría. Además los anarquistas habían votado en1931 ala izquierda, y se habían abstenido en 1933. El peso de sus votos fue menor del que han sostenido bastantes historiadores, pero  en todo caso no dejó de ejercer una influencia.  Para los anarquistas, que habían organizado varias insurrecciones reprimidas sangrientamente por Azaña, el balance del período no podía ser más nefasto: hambre, miseria, terror, deportaciones y torturas, “dos años que nunca olvidaremos” etc.  Exageraban algo, pero era indudable que las violencias, el paro y el hambre habían crecido espectacularmente, mientras la reforma agraria había resultado un fracaso, la del ejército creaba tensiones innecesarias, y el estatuto catalán provocaba división de opiniones. Y contra todo ello  votó en 1933 la mayoría de la población, incluyendo, por supuesto, a las mujeres.

En cuanto a las elecciones de 1936, confirman la misma idea. No conocemos los datos precisos de los comicios, porque nunca fueron publicados, pero la impresión hoy día más generalizada entre los historiadores es que derechas e izquierdas empataron prácticamente  en votos. Lo cual implica que el electorado femenino también se dividió considerablemente. No hubo, por tanto, un bandazo propiamente hablando. La causa del retroceso relativo de las derechas con respecto a 1933 puede encontrarse en que su balance no fue brillante, aunque sí más positivo que en de las izquierdas del primer bienio; y también en la influencia emocional de una enorme campaña desatada por las izquierdas contra las atrocidades atribuidas a las derechas en la represión del movimiento revolucionario de octubre del 34 en Asturias. La campaña se basó fundamentalmente en simples embustes y exageraciones sin tasa, pero su persistencia y masividad, también en el extranjero, no cabe duda de que arrastraron a muchas personas a votar de nuevo a las izquierdas. Es seguro que entre esas personas hubo gran número de mujeres, acaso por el propio carácter de las denuncias sobre el supuesto terror derechista,  que apelaban a la fibra más sensible de las gentes.

Cabe decir, en conclusión, que la concesión del sufragio femenino en los años 30 era sólo cuestión de tiempo, seguramente no mucho, a causa del desarrollo social y económico anterior;  y que fue obra tanto de la izquierda como de la derecha, con mayores y más efectivas reticencias en la primera. Es probable que la mayoría de las nuevas votantes apoyaran a la derecha, pero la desproporción debió de ser poco acentuada. Con seguridad las izquierdas exageraban en sus temores, y cosecharon también una elevada proporción de votos femeninos. Las prevenciones sobre la politización y desunión familiar no parecen haberse cumplido, y la conducta más frecuente sería el voto al mismo partido por parte de ambos cónyuges. Aunque no existen estudios precisos al respecto, suena razonable la idea, opuesta a la de Martínez Barrio, de que  el voto femenino contribuyó, aunque de modo insuficiente, a la estabilidad del régimen, más bien que a sus bandazos.

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La talla de Franco como militar (II) / En torno a la aventura

Blog I: La defensa de la democracia / Sobre el volcán http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Franco no logró entrar en Madrid al asalto, y quizá fue una suerte para él, pues en una lucha callejera en la gran ciudad y contra un enemigo que había recuperado la moral, sus pequeñas columnas habrían sido probablemente aniquiladas. Por otra parte sus adversarios fracasaron a su vez en unas contraofensivas que, en teoría, podrían haber aplastado a los nacionales. Entonces Franco intentó otro asalto por la carretera de la Coruña, de nuevo frustrado, y comprendió que la guerra de columnas debía dar paso inexorablemente a una guerra de verdaderos ejércitos, en lo que se le había adelantado el adversario. Entre tanto,  la escalada de la intervención soviética motivó a su vez una escalada en la alemana y sobre todo italiana, aunque no darían gran resultado inmediato.

La caída de Madrid habría tenido la máxima repercusión nacional e internacional, y con la mayor probabilidad habría decidido la guerra en poco tiempo.  Los rojos también lo entendieron así y dedicaron sus máximas energías a impedirlo. Para ello, a iniciativa de los comunistas y de Stalin, pusieron en pie un verdadero ejército, muy distinto de  las milicias que tan mal resultado habían dado en la primera fase de la contienda. Ese “Ejército Popular de la República”, como fue llamado con deliberado confusionismo, fue el que impidió la toma de Madrid, aunque no consiguiera aprovechar su gran ventaja material para derrotar a los nacionales.

Franco, entonces, trató de aislar la ciudad cortándole la vital comunicación con Valencia. Lo ideal habría sido un ataque en tenaza desde el norte, por Guadalajara, y desde el sur, por el Jarama, pero, al parecer por insuficiencia de tropas, prefirió concentrarse en un ataque por el Jarama, que volvió a fracasar en su objetivo principal. Un nuevo intento por Guadalajara corrió la misma suerte, si bien en ambos casos se ganó algún terreno. La captura de Madrid seguía siendo la clave para una guerra corta, pues  implicaba la destrucción  de las mejores tropas del ejército rojo, desplegadas en la capital y su entorno. Pero quedó claro que el ejército rojo era ya muy fuerte  en la defensiva y el ejército nacional no lo bastante en la ofensiva. Era preciso abandonar la idea de un rápido final de la contienda y adoptar una estrategia más indirecta.

El objetivo apropiado consistía en la liquidación del frente cantábrico. Este no iba a decidir la guerra, pero su eliminación traería grandes ventajas a los nacionales: anularía la posibilidad de un ataque desde allí sobre Castilla, Navarra o Aragón, y proporcionaría el control de la industria pesada, de importantes fábricas de armas y de una minería muy valiosa de hierro, carbón y cinc. La operación parecía factible porque el ejército enemigo en el norte era menos bregado y en general de bastante peor calidad que el del centro, y la estrechez del territorio dificultaba la defensa aérea. Por contra, la difícil orografía del terreno dificultaba en gran medida la ofensiva y favorecía a los defensores; y, sobre todo, concentrar allí las mejores tropas y medios suponía debilitar en gran medida el frente en torno a Madrid, frente a un ejército adversario cuya potencia había quedado ya demostrada. En tan difíciles condiciones iba a desarrollarse la campaña.

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En torno a la aventura.

En cierto sentido, toda la existencia humana es una aventura, aunque la mayoría de las personas la sufran más que la deseen. De un modo algo descarnado lo expresa Odiseo: “No me gustaban las labores campestres, ni el cuidado de la casa que cría hijos ilustres, sino las naves con sus remos, los combates y los pulidos dardos y saetas; cosas tristes y horrendas para los demás, y gratas para mí, por haberme dado algún dios esa inclinación, que no todos hallamos gusto en las mismas acciones”. Ya que los dioses han querido implantar en los corazones humanos inclinaciones y pasiones muy diversas, aparte de que la propia naturaleza  en que vive el hombre se muestra tan a menudo peligrosa y dañina, la aventura, repito, parece inevitable. Incluso bajo la biografía en apariencia más anodina o más rutinaria, vulgar y descolorida, están presentes desengaños, fracasos vitales, éxitos mejores o peores y el misterio que acompaña a la vida humana, sometida  a las tensiones del bien y del mal.

En La isla del tesoro es el afán de riqueza lo que mueve a unos protagonistas que por lo demás aspiran a una vida respetable y sin sobresaltos, y están muy lejos de apreciar aquel tipo de vida, asimilado al de los piratas. De modo que, obtenido el éxito, ya no quieren saber nada más de ello. Es una postura similar a la de Pedro el Filósofo en El enamorado de la Osa Mayor, por contraste con la del protagonista. Podríamos decir que unos buscan la aventura por inclinación, por desafío a la vida; y otros la soportan de mejor o peor gana porque “la vida es así”.

En Gritos y golpes, Carmen intenta disuadir a Alberto de ir a Rusia, y lo hace con argumentos elaborados y muy sensatos, no obstante lo cual, Alberto opta por lo que para Carmen es insensatez, y él mismo ve que, desde cierto punto de vista, tiene algo de absurdo. Pero la inclinación es demasiado fuerte en él, y aun después de pasados casi sesenta años tiene que hacer un esfuerzo justificativo. Solo  después de la traumática experiencia del maquis renuncia,  y acepta de lleno la vida de felicidad tranquila que le ofrece Carmen. Claro que también para entonces tiene ya 28 años, y el afán aventurero suele ser cosa de la primera juventud.

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El lenguaje de los mitos / Dos novelas de aventuras.

Blog I: Por qué es mejor la democracia / “Antes era más duro”: http://www.intereconomia.com/blog/por-que-mejor-democracia-mas-duro-20130423

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El lenguaje de los mitos  

Los mitos han llamado siempre la atención, como si bajo su fachada de imágenes se ocultara alguna significación no evidente o algún tipo de mensaje. Desde muy pronto, diversos mitos se ligaron a ritos de iniciación o a esoterismos. Algunos comentaristas  han creído encontrar  similitudes entre los mitos de diversas religiones, como si contuviesen una idea común. A juicio de P. Diel, esos enfoques  “han terminado por agotarse  y perderse en un terreno arenoso, tan irrelevante como árido”.

Frente a esa corriente encontramos otra, escéptica, que ve en los mitos simples arbitrariedades hijas de una fantasía caprichosa. Enfoque antiguo, parece que Ovidio los consideraba así, y Voltaire no mejor.

Tiene interés la crítica de M. I. Finley a los intentos de encontrar en mitos de diversas religiones sentidos básicos iguales: “La alegoría es fundamentalmente un recurso sumamente simple, y una vez aprendido el truco, ya no tiene fronteras, como el libro “Mitos griegos y misterio cristiano”, del padre Hugo Rahner nos revela con ejemplos masivos (…) Su tema central es la traducción y absorción de los mitos griegos a los misterios del cristianismo”. En apoyo de su escepticismo, Finley cita  del prólogo de Gargantúa  la pregunta que Rabelais hacía a “los hacedores de alegorías de su tiempo, con sencilla ironía: “Creéis sinceramente que Homero, cuando escribía La Ilíada y La Odisea  tenía en mientes las alegorías con que más tarde le abrumaron Plutarco, Heráclides, Póntico, Eustacio, Fornuto, y que Politiano les ha birlado a estos (…) o que Ovidio en sus Metamorfosis pudo pensar en los sacramentos del Evangelio?”

A su vez, Caro Baroja, por poner otro caso, señala que los creyentes no ven los mitos como alegorías con significados más profundos, sino que los creen tal cual, literalmente, por lo que el intento de buscarles más significaciones sería tan arbitrario y absurdo como los propios mitos y sus imágenes. En suma, los mitos se reducirían a productos de una mentalidad ilógica y primitiva y propiamente serían sinsentidos, aun si a veces con una extraña belleza.

También cabe considerar los mitos como maneras fantásticas, mágicas, de dar fuerza compulsiva a las convenciones sociales, y se explicarían por las relaciones comunitarias dentro de la sociedad que los produce. En este caso  los mitos ofrecerían un interés puramente histórico y sociológico: sus detalles nos proporcionarían información sobre la manera de pensar y de vivir de aquellas viejas sociedades, y en ello radicaría su único valor real para nosotros. Podemos llamar a este enfoque “el mito como hacha de bronce”, equiparándolo a una herramienta cualquiera que nos hubiera llegado de aquellas edades.  Un hacha de bronce interesará a los especialistas, pero su utilidad actual es nula, y lo mismo los mitos.

Sin embargo, creo que el mito no puede compararse a una herramienta material, sino que recuerda más bien a una obra literaria, y por ahí podremos empezar.

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Dos novelas de aventuras

En un sentido amplio todas las novelas son de aventuras, pues tratan de diversas peripecias de seres humanos. Pero el género  se refiere sobre todo a peripecias arriesgadas y exteriores, vitalistas, generalmente juveniles y con final feliz. Intentaré una breve, aunque sea superficial, comparación entre  La isla del tesoro, de R. L.  Stevenson, y El enamorado de la Osa Mayor, de S. Piasecki. La primera es una de las más logradas, un clásico absoluto: transmite inigualablemente unos ambientes, peligros y emociones hasta que los buenos ganan y los malos pierden,  “que es lo que significa la ficción”,  según el cínico ingenio de Oscar Wilde. A pesar de todo,  hay un fondo de trivialidad: los riesgos se afrontan por el vil metal, que al dar sentido a la peripecia lo da también a la vida, algo típico en la literatura anglosajona. Y siempre nos queda cierta insatisfacción final: ¿qué ocurrió después con aquellos personajes? Algo dice del malvado John Silver, que con la parte del tesoro robado seguramente podría vivir con cierta comodidad en este mundo, ya que en el otro sería muy improbable. Los demás disfrutarían de una vida acomodada pero rutinaria, civilizada y sin aventura, pues el  ideal por el que se han esforzado, el dinero, ya se lo permite. La aventura supone marginalidad con respecto a la vida corriente, tranquila  y respetable, aparece como excepción y no como ideal. Los genuinos aventureros, los piratas, no son precisamente recomendables por su brutalidad e instintos criminales. Como concluye el protagonista, Jim Hawkins, por nada del mundo volvería a la maldita isla.

El enamorado de la Osa Mayor,   otra gran novela de aventuras, difiere notablemente: retrata una vida de acciones siempre arriesgadas y a menudo violentas, de contrabandistas en la frontera  entre Polonia y la URSS por los años 20. Su espíritu lo describe muy bien el protagonista, Sergio, cuando va a ver a un compañero de correrías, Pedro el Filósofo,  que ha decidido estabilizar su vida y casarse: “Estaba radiante de alegría, se reía, bromeaba y ni siquiera hablaba ya de la frontera (…)

“–¿No sientes nostalgia de la frontera? Piensa que ahora es la estación de oro, y el oro se derrama por todos los senderos de la frontera. Las noches son oscuras, negras, los muchachos andan bajo la estrellas y después descansan y se divierten bebiendo y cantando. Cada día hay algo nuevo, cada día sucede algo

  “Hablé así largo rato y de pronto  noté la mirada interrogadora de Pedro. Entonces callé porque comprendí que él no sentía lo que yo. En cambio dijo:

–¿Entonces tú,  en serio…? No lo hubiera creído. Por mi parte prefiero quedarme aquí, en paz con los míos. ¿Qué tenía de interesante aquella mala vida que llevábamos?

Pero cierto hastío y angustia se percibe en el protagonista: ha ido a “la gran ciudad” (Vilna) a divertirse con sus compañeros, y no le gustaba: “Los hombres me asombraban al verlos tan inútilmente nerviosos. Hacían una cantidad de movimientos superfluos; estaban desatentos, distraídos. Por cualquier cosa se incomodaban y gritaban. Todos amaban el dinero y todos eran viles”. Para él, el dinero era solo la espuma de una vida que le atraía por sí misma y de cuya marginalidad disfruta. Poco después,  “La compañía de mis amigos, imbecilizados por el vodka, sus sonrisas estúpidas, las caras fofas de las mujeres que arrastraban tras de ellos, todo se me hacía insoportable. En una encrucijada vigilaban unos guardias “Como en la frontera –pensé—Los verderones, las encrucijadas, las alambradas… Pero aquí no se arriesga nada; se hace pasar la mercancía de mentira, el vicio, la enfermedad, el fraude… Aquí todos son “rebeldes”, no contrabandistas”.

El final no es feliz. El protagonista, acosado por la policía y por contrabandistas rivales, termina solo en la clandestinidad del bosque. Su último amigo, El Ratón, “alto, flaco, bastante pícaro y valiente”, iba enloqueciendo. Le contaba extrañas historias que no venían a cuento, y finalmente decidió marcharse a Rostov, donde le quedaba alguna familia.

Es una novela de acción , pero en su simplicidad aparente, ajena a reflexiones algo cargantes como las de Conrad, bullen cuestiones de fondo sobre la vida.

Como he dicho, Sonaron gritos y golpes a la puerta recibe una lejana inspiración de la novela polaca. También Berto y Paco se sienten fuertemente atraídos por la aventura, un concepto sobre el cual valdría la pena profundizar más.

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Imposibilidad del ahorro / Tiempos literarios.

Blog I: Seis retos históricos en España http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

El ahorro parece ser imposible o contraproducente, por cuanto debilita el consumo y por tanto la producción, lo cual choca con la evidencia de que mucha gente deja de gastar una cantidad de su dinero disponible, es decir, de su capacidad de consumo y, por lo general, lo ingresa en un banco. A eso le llamamos ahorro. No se trata de una abstención virtuosa, sino que se ahorra solo lo que se considera sobrante o no necesario. El ahorrador no lo hace por beneficiar al banco, sino porque el banco le ofrece seguridad y una pequeña remuneración: espera recuperar el dinero cuando lo necesite, más o menos incrementado.

Pero el banco, a su vez, utiliza ese dinero para prestarlo a un interés mayor. En una sociedad sin dinero, el ahorro puede ser forzado por la escasez o consistir en el desperdicio de bienes producidos en exceso, aunque a ninguna de esas cosas la llamaríamos propiamente ahorro. El dinero, en cambio, además de medio de cambio y de atesoramiento, permite la transformación del ahorro en inversión. Y como la inversión no es, en definitiva, más que consumo de productos intermedios, el ahorro, evidente en el plano particular, desaparece en el plano general: el dinero representa una capacidad de consumo que siempre se dedica a este. Por consiguiente, en el plano general, el consumo inmediato e intermedio debe coincidir con la producción, y el sistema bancario sería precisamente el encargado de hacerlos coincidir.

Ahora bien, la economía se basa en expectativas, y el interés refleja esas expectativas que mantienen la máquina girando un año tras otro, cada vez con mayor producción y consumo si todo va bien. Las expectativas nunca se corresponden del todo con la realidad, lo que trae solo ajustes menores que no dañan gran cosa al sistema; la crisis vendría cuando esa diferencia entre expectativas y realidad se hacen excesivas. La discusión sobre si las crisis vienen de la oferta o de la demanda, de la producción o del consumo no parecen así muy realistas.

Una falsa expectativa fue la de que el sector inmobiliario seguiría año tras año un ritmo acelerado de oferta y demanda. Y la misma contaminó al conjunto de la economía, empezando por la bancaria. Otro ejemplo de falsa expectativa: el crecimiento de los gastos estatales puede ser visto durante un tiempo de un modo similar al crecimiento inmobiliario, como promotor de más y más producción y consumo. Porque es muy difícil evitar que un sector que se revela muy rentable en un tiempo dado no atraiga sobre sí un exceso de capitales, y no menos difícil calcular en qué momento dejará de dar beneficio. De ser así, la salida de la crisis consistiría en una redirección de las inversiones aceptando perturbaciones o desajustes transitorios.

Lo que someto a las doctas observaciones de los lectores.

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Decíamos ayer (si se me permite la pedantería):

Opinión 2001-01-11
El último premio Cervantes está saliendo movido, lo que no es malo. Primero el flamante afortunado, que se pasó media vida poniéndole bombas a Franco, acusó a su predecesor en el premio por no haber organizado algún atentado o cosa así contra Pinochet. Umbral es que tiene madera de héroe y cree que todo el mundo tiene que ser lo mismo, en lo cual quizá no acierta del todo.

Edwards, entre dolido y despectivo, le respondió como se merecía, supongo, y ahí quedaba la alta polémica, cuando interviene Juan Goytisolo para denunciar “la putrefacción de la vida literaria española, el triunfo del amiguismo pringoso y tribal, la existencia de fratrías, compinches y alhóndigas”. Denuncia muy en su punto, si bien algo sabida. Tales tristes impudicias ocurren probablemente en todos o casi todos los países y tiempos, aunque posiblemente tengan poco que ver con la calidad de la literatura.

Me recuerda a mi amigo a quien preguntaban sobre una reunión de poetas: “¿De qué van a hablar? De dinero y subvenciones”. Pero a lo mejor no eran malos poetas. Hace años, Goytisolo disfrutaba de una buena cohorte de amiguetes y compinches en la abundante e influyente prensa “progre” del país, que ponía por las nubes sus tiradas sobre los moros y los judíos, en la estela de las fantasías, por no decir bobadas, de Américo Castro, tan respetadas como lo han sido, por caso, los “análisis” del marxismo cañí, cosas todas ellas que dan idea del nivel intelectual español desde hace décadas. ¡Ah!, y de paso aquellos amiguetes ninguneaban sin reparos a quienes no comulgaban con las ruedas de molino de la corrección política del momento. La moda ha cambiado y es comprensible que a Goytisolo le duela, pero las glorias pasan, ya se sabe, y ahora le toca al “inefable Cervantes de botas negras brillantes y pañuelo rosa”, como él dice.

Vamos a menos, deplora Goytisolo. Y quizá tenga razón. La gloria de Goytisolo pertenece a la época del franquismo, y el panorama literario parecía entonces bastante mejor, en el apogeo de Cela, Torrente, Buero, Delibes y demás. Y no pasa solo en España, creo. Claro que esto es la opinión, o más bien la vaga impresión, de alguien que apenas lee literatura actual, por falta de tiempo, y, sobre todo, porque lo poco que lee no le anima a continuar.

Un ejemplo: hace un tiempo me tragué “La cabeza de la hidra”, de Carlos Fuentes, y me pareció tan rematadamente idiota que me disuadió de seguir con el autor. Ha escrito novelas mucho mejores, aseguran los entendidos. No lo dudo, pero de vez en cuando Fuentes, políticamente un producto de la corrompida dictadura del PRI, escribe cosas político-literarias tan sobadas, banales y obtusas, que me desmoraliza. Ahora acaba de salir en apoyo de Juan Goytisolo. Y sigue en las mismas.

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La importancia militar de Franco (I)

Blog I: Para salir de la multicrisis: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/para-salir-multicrisis-20130417

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Creo que la importancia militar de Franco podría resumirse de dos maneras: en primer lugar no perdió prácticamente ninguna batalla –aunque empató en varias– y ganó finalmente la guerra. Su mérito es mucho mayor por cuanto emprendió la lucha en una absoluta inferioridad material. Esto ya le distingue entre la gran mayoría de los militares del siglo XX, aunque la escala del conflicto español fuera mucho menor que el de la I o II guerras mundiales. Los grandes generales alemanes empezaron ganando brillantemente para terminar en una derrota general y demoledora. Los franceses no desempeñaron un papel precisamente brillante o victorioso en la SGM, como tampoco en sus guerras coloniales. Los generales ingleses encajaron derrotas muy graves, y ellos y los useños, en la última fase de aquella contienda, no tuvieron ninguna actuación muy destacable, pese a disponer de una superioridad material realmente abrumadora. Y en Israel, Vietnam y otros lugares salieron más bien malparados. De los soviéticos puede decirse algo semejante: después de terribles derrotas consiguieron vencer, aunque a costa de un río de sangre (que Franco economizó de modo notable, como demuestra el número relativamente bajo de muertos en una guerra considerablemente larga). Por ello resulta más chocante el aserto común de que Franco fue un general mediocre, o como dicen otros, un pasable táctico pero un mal estratega; y hasta que no pasaba de una mentalidad de guerra colonial, como si la Guerra de España hubiera tenido alguna semejanza importante con las guerras de las colonias. En las que, por cierto, terminaron fracasando los militares europeos y useños, si queremos considerar así la de Vietnam–. En fin, no sabe uno qué concurso de disparates se celebra cada vez que se habla de Franco.

Hay, además, otro rasgo que le distingue de los militares comunes: no solo tuvo que dirigir la guerra, sino también, simultáneamente, construir un ejército y un estado. Tres tareas complementarias en aquel particular conflicto, en las que el fracaso estaba siempre al acecho. Sin embargo de allí salió un ejército bien articulado y con alta moral, aun si con medios materiales poco lucidos; y un estado que funcionaría con notable eficiencia durante casi cuarenta años. Si a alguien capaz de esta triple proeza se le puede llamar mediocre, entonces prácticamente todos los dirigentes político-militares europeos del siglo XX serán mucho más mediocres que él.

La importancia militar de Franco puede describirse de un segundo modo: sin él, es muy probable que los nacionales hubieran perdido la guerra. Debe recordarse que el golpe de Mola fracasó, a resultas de lo cual todos los elementos normalmente considerados decisivos en una contienda quedaron en manos del Frente Popular. Queipo de Llano afirma que fue su triunfo en Sevilla lo que animó a Mola a continuar, pues estaba a punto de huir al exilio. Y sin duda la victoria de Queipo tuvo una gran valor, pero resulta muy dudoso que, tras su éxito inicial, hubiera podido mantenerse sin las tropas de África que mandaba Franco, y menos aún emprender una ofensiva. Las tropas de Franco, junto con la idea del puente aéreo, constituyeron realmente el elemento decisivo para impedir el aplastamiento general o por partes de los sublevados.

Claro está que ese triunfo momentáneo no garantizaba en absoluto la victoria final. Pero tampoco se trató de una serie de éxitos tácticos sin proyección estratégica. Por el contrario, los objetivos de la ofensiva desde Sevilla tenían una clara orientación general: unir las dos zonas de la sublevación aportando a Mola las municiones de que se hallaba desesperadamente escaso, mantener una zona de contacto con el régimen amigo de Portugal, y avanzar hacia Madrid con el fin de decidir allí la contienda (algunos “estrategas” críticos le han reprochado no haber seguido la línea “más corta” de Despeñaperros: no solo la línea es igual de larga, sino que en ella se apostaban más fuerzas enemigas y no podría proteger uno de sus flancos, como en el caso de Portugal). Como no sabemos mucho sobre las intenciones del Caudillo, podemos sorprendernos de que, una vez unidas las dos zonas, no llevase sus fuerzas al norte de la sierra de Madrid, para desde allí descender sobre la capital. Parece que consideró la posibilidad, pues habló de cortar el abastecimiento de agua a la ciudad para hacerla caer más rápidamente (Prieto había elaborado un plan semejante en octubre de 1934). Pero quizá no se sintió con fuerzas suficientes para ello y menos ante la probabilidad de una lucha callejera en la que todas sus ventajas de maniobra en campo abierto se esfumaban. En cualquier caso, prefirió ir derrotando por partes al enemigo a lo largo del valle del Tajo. Enseguida comprendió la importancia del factor psicológico al señalar que había que convencer al enemigo de que los nacionales conseguían todos los objetivos que se proponían. A condición, naturalmente, de que no fueran objetivos desmesurados, y una de las virtudes que siempre demostraría Franco fue una mezcla flexible de realismo y audacia.

Se le achaca que en la marcha hacia Madrid cometió el error de desviarse hacia Toledo en lugar de lanzarse en tromba sobre la capital. Que “por Toledo perdió Madrid”. Se trata de un reproche ridículo. El rodeo por Toledo es mínimo, le facilitó avanzar por un sector en que apenas había fuerzas enemigas hasta el mismo Toledo, al contrario que por la vía más directa, y además Toledo se había convertido en un símbolo internacional. Aunque Franco fue muy poco explícito en los motivos de sus decisiones, parece que su estrategia entonces se dirigía a desmoralizar al máximo al enemigo con victorias parciales, a fin de que cuando llegara el momento de lanzarse sobre Madrid con las reducidas tropas de que disponía, el bando contrario se hallase moralmente descompuesto. En lo que estuvo muy cerca de acertar. De haberlo logrado, la guerra habría terminado en cinco o seis meses, con una extraordinaria economía de esfuerzos, pues las tropas empeñadas, hasta entonces, eran las célebres columnas de pocos miles de hombres. Pero entonces se encontró con que el envío del oro a Rusia por el Frente Popular se había traducido en una aportación soviética en aviones, tanques, artillería, asesores expertos, un nuevo ejército regular que superaba las poco efectivas milicias, más las brigadas internacionales, cuya aportación sobre el terreno distó de ser lo decisiva que luego se dijo, pero que sí lo fue en el importantísimo orden moral. Entonces la guerra cambió de signo. Ya no podía ser corta, sino larga, y sería necesario movilizar a grandes masas de tropas. El enemigo se le había adelantado en esas medidas, pero Franco sabría, una vez más, afrontar el cambio. La batalla de Madrid en sus diversas fases hasta la de Guadalajara, fue en conjunto un fracaso, pero no una derrota. Franco retuvo la iniciativa y sobre esa base cambió su estrategia, de forma plenamente acertada, dirigiendo su esfuerzo principal al norte, para debilitar al enemigo por partes.

Aunque los nacionales disponían de buenos militares profesionales –y también de muchos mediocres o menos que mediocres— todos, con alguna rara excepción como Queipo de Llano, reconocían la superioridad de Franco. Y, repito, es sumamente improbable que sin la conducción de este los nacionales hubieran superado la dramática situación en que se encontraron al comienzo de la rebelión.

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