Blog I: Regeneración nacional (y III) La línea defensivade España (http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/regeneracion-nacional-y-iii-linea-defensiva-espana-20130313
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Desde la Guerra de Independencia, España ha pasado por tres ciclos históricos culminados por crisis catastróficas, en las que su misma continuidad nacional ha llegado a verse comprometida. La invasión francesa truncó la evolución anterior, dejó al país en ruinas y, más grave aún, profundamente dividido. Por ello el siglo XIX no continuó la recuperación anterior, sino que hundió a España en uno de sus más profundos baches históricos, con la pérdida de casi todo el imperio, una guerra civil muy dura y otras dos menores entre tradicionalistas y liberales, más pronunciamientos y luchas entre grupos liberales. No todo fue nefasto, desde luego, pues aun con tan graves contratiempos la nación fue modernizándose, pero el balance global distó de ser positivo. España dejó de contarse entre las tres o cuatro primeras potencias mundiales, como había seguido siéndolo en el siglo XVIII para decaer a un estatuto de segunda o tercera categoría en Europa, tanto en lo político o militar como en lo cultural. Y de ser uno de los países europeos internamente más estables y pacíficos durante siglos pasó a convertirse en uno de los más inestables, quedando harto retrasado con respecto a los países punteros de Europa. Este proceso, que incluyó el derrocamiento de la dinastía borbónica en 1868, abocó a la I República en 1873, en la que las fuerzas disgregadoras y demagógicas estuvieron cerca de acabar con la propia unidad nacional. Así se cumplió el primer ciclo de que hablamos.
Superar la crisis republicana resultó bastante fácil: bastaron unas decenas de guardias civiles contra un Parlamento demenciado y algunas medidas enérgicas contra los facciosos carlistas y cantonales. Y a continuación se abrió un nuevo ciclo. Los liberales, cuyas peleas habían creado tanta inestabilidad en el período anterior, decidieron compartir el poder, alternándose en él sus partidos Liberal y Conservador y restaurando la monarquía borbónica. El sistema se modeló sobre el de Inglaterra, con debilidades considerables debidas a la diferencia entre los dos países. Aun así, la Restauración no restauró solo a la monarquía, sino también a la propia nación, que experimentó, por primera vez desde principios del siglo, un crecimiento sostenido y acumulativo, y propició un considerable florecimiento cultural. Sin embargo el régimen sufrió el embate de la pérdida de las últimas colonias en América y el Pacífico en la guerra de 1898 con Usa, causante de una profunda quiebra moral en la sociedad. Si en el siglo XIX la fuente de convulsiones había sido la oposición entre liberales y tradicionalistas por una parte, y entre los propios partidos liberales por otra, desde el 98 entraron en liza corrientes más radicales y revolucionarias: el anarquismo, el socialismo y los separatismos vasco y catalán. El régimen de la Restauración, abandonado además por el grueso de la intelectualidad, terminó por no resistir la violenta presión. La dictadura de Primo de Rivera, desde 1923, intentó salvar lo salvable e introducir reformas en profundidad, pero, a despecho de sus éxitos económicos, de la pacificación interna y de Marruecos, fracasó antes de siete años. A resultas de ese fracaso, un año después nació la Segunda República… que reprodujo en gran medida a la Primera, hasta provocar una crisis revolucionaria-separatista. Así se completó el segundo ciclo.
Si la salida de la Primera República resultó fácil, la de la Segunda no se dio sin una dura y prolongada guerra civil. El triunfo del bando nacional en la guerra de 1936 al 39 originó el período de paz más prolongado que haya vivido España en dos siglos, hasta hoy, y también el más fructífero desde el punto de vista económico y político, con una notable producción cultural. El régimen autoritario de Franco venció a las fuerzas revolucionarias y disgregadoras, salvó a España de la guerra mundial, derrotó un nuevo intento de guerra civil y dejó un país próspero, libre de los odios desatados por la república y que habían hundido a esta: condiciones excelentes para una democracia no convulsiva. Pero una transición hecha con escaso acierto ha permitido la recomposición de las fuerzas disgregadoras, hispanófobas y de tendencia totalitaria, hasta empujar a la nación a una tercera crisis de gran envergadura. Así, hoy vuelve a jugarse la subsistencia de la nación y posiblemente una nueva república, sin que los nuevos republicanos den la sensación de haber aprendido gran cosa de las dos anteriores.
Es llamativo que estos tres ciclos hayan durado en torno a 60-70 años cada uno y hayan tenido un desarrollo similar. El primero vio la lucha entre tendencias liberales –entonces revolucionarias—y tradicionalistas, acompañada de pugnas violentas entre los propios liberales, mantuvo una estabilidad precaria y terminó en una república. En el segundo ciclo, los liberales pasaron a convertirse en el elemento conservador frente a los revolucionarios anarquistas, marxistas y separatistas (también revolucionarios en la medida en que querían destruir la unidad de España). Una parte de los que, en un sentido amplio, llamaríamos liberales (Azaña), pretendieron satelizar a las fuerzas revolucionarias, convirtiéndose de hecho en satélites de ellas. Y durante la propia guerra civil quedó de manifiesto hasta qué punto se odiaban entre sí, casi tanto como a los nacionales. El tercer y por ahora último período muestra diferencias notables, dentro de una similitud general. La dictadura autoritaria –no totalitaria—franquista careció de oposición democrática, hecho muy significativo. Pero, por un fenómeno digno de estudio, con el paso a la democracia diversos partidos recobraron las ideas salidas de la quiebra del 98 y de la II República, proclamándose antifranquistas, republicanas ideológicas –ya que de momento no políticas– e inspirándose en los partidos que, agrupados en el Frente Popular, arruinaron precisamente a la república.
Estas repeticiones cíclicas sugieren la presencia de unas clases políticas mediocres, incapaces de aprender de la experiencia histórica, y confirman la sentencia de Santayana de que quienes olvidan su historia se condenan a repetirla. A repetir lo peor de ella. Y creo que tal es el caso, efectivamente. Un caso relacionable con la decadencia de la enseñanza superior española desde el siglo XVII. Los políticos con poder y responsabilidad no obran ciegamente empujados por “realidades objetivas”, económicas o de otro tipo, sino más bien por lo que ellos piensan de esas realidades, por cómo las interpretan. Lo cual nos remite a una carencia fácilmente apreciable: la debilidad del pensamiento y análisis político en España, su pobre calidad durante estos dos siglos largos. No es cuestión aquí de examinar por extenso es debilidad, baste señalar la escasa enjundia del los doctrinarios liberales españoles del siglo XIX, por lo común vulgarizadores de ideas tomadas del exterior, a menudo convertidas en dogmas y con pretensiones de aplicarlas a la realidad hispana sin verdadero examen de esta. Lo mismo ha ocurrido con el marxismo y otras ideologías muy influyentes en el siglo XX. El “desastre” del 98 provocó una serie de consideraciones y seudoestudios en el llamado regeneracionismo (Costa, Ortega, Azaña, Unamuno…), que en general no pasaron de ocurrencias, no pocas disparatadas, sobre la historia anterior de España y propuestas de remedios simples orladas por retóricas ampulosas pero de pobre sustancia. Por el lado tradicionalista encontramos poco más que una idealización del Antiguo Régimen pre liberal y una religiosidad ritualista con tendencia a aplicarse como doctrina política. El franquismo intentó con el Instituto de Estudios Políticos la articulación de un discurso justificador del nuevo régimen como superación del marxismo y el liberalismo, algo que tampoco consiguió. La izquierda y los separatismos han sido en general antidemocráticos, pero sostenían fraudulentamente la bandera de la democracia. La derecha ha sido mayoritariamente liberal, pero poco o nada democrática, y no ha desarrollado una doctrina propia al respecto. Creo que la repetición de ciclos y la dificultad para aprender de ellos radica en esa escasez de pouvoir spirituel (más bien intellectuel), que decía Ortega criticando las gratuitas incursiones propagandísticas de Einstein y otros en nuestra guerra civil. He intentado exponerlo en mis libros Nueva historia de España y España contra España