Blog I: Aróstegui / Stalingrado / Lectura rápida. http://www.intereconomia.com/blog/arostegui-stalingrado-lectura-rapida-20130130
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La Europa de los años 30 era, en lo político e ideológico, hija de la I Guerra Mundial (PGM) y nieta de la Ilustración y de la Revolución francesa. La PGM se produjo entre estados de carácter liberal y capitalista (exceptuando a Turquía y en menor medida a Rusia), lo que originó una profunda crisis moral y política del liberalismo. De esa crisis nació la Revolución soviética, que ofrecía superar definitivamente la “anarquía” y las desigualdades sociales propias de los sistemas burgueses liberal-capitalistas. La experiencia despertó extraordinario interés y esperanza en el mundo. Incluso bastantes financieros e industriales occidentales se prestaron, por deseo de ganancia pero también por simpatía, a ayudar a la naciente revolución que debía abrir un horizonte espléndido a la humanidad. Otro resultado fue el cambio radical de fronteras, que volvió irreconocible el mapa político anterior: Alemania perdió extensos territorios; los imperios austrohúngaro y otomano desaparecieron, fragmentados entre numerosas nuevas naciones poco amigas entre sí; la Unión Soviética, perdió, con respecto al Imperio ruso, a Finlandia, Países Bálticos, amplias zonas de Bielorrusia, etc., y fracasó en el intento de invadir Polonia; en 1922 el Reino Unido debió resignarse a la independencia de la mayor parte de Irlanda, ante la actividad del IRA; Alsacia y Lorena volvieron a Francia; etc. En 1922 el fascismo de Mussolini tomó el poder en Italia como fruto, en buena medida, de los desórdenes rojos previos. El fascismo se declaraba radicalmente anticomunista y defensor de la cultura occidental, y al mismo tiempo afirmaba superar los males achacados al capitalismo liberal o democrático. Junto a estos experimentos, y en relación con ellos, cundieron por el continente revueltas e intentonas revolucionarias. Se formaron breves repúblicas soviéticas en Hungría Eslovaquia y zonas de Alemania, y hubo cortas guerras civiles en Lituania, Letonia, Portugal y Finlandia, también de muy corta duración pero muy sangrienta en el último caso. Las huelgas y disturbios proliferaron por la mayoría de los países.
España siguió la tónica general, pese a su ventaja por haber permanecido al margen de la guerra mundial y haber derrotado la huelga revolucionaria de 1917. Las causas por las que compartió la inestabilidad general fueron particulares, sin paralelo en otros países: el terrorismo anarquista alcanzó cotas insoportables, el desastre militar de Annual fue explotado con máxima demagogia por los socialistas, y los separatismos alcanzaron cierta peligrosidad en Cataluña y Vascongadas. Todo lo cual desembocó en la ruina del régimen liberal de la Restauración y la dictadura de Primo de Rivera en 1923.
Para ese año lo peor había pasado en todas partes, y el continente ofrecía un aspecto mucho más calmado: las luchas sociales remitieron y comenzaron los “Felices años 20”. España prosperó a un ritmo y con una estabilidad nunca conocidas desde el siglo XVIII, superando los tres cánceres que habían destruido la Restauración: el terrorismo, el conflicto de Marruecos y el separatismo.
Pero la –relativa— calma no duró más de seis o siete años, y la década de los 30 ya empezó con una renovada epilepsia política, relacionada con la Gran Depresión económica iniciada en Usa en 1929 y extendida por gran parte del mundo. La crisis fue tomada muy a menudo por la prueba de que el capitalismo liberal generaba forzosamente despilfarro para los ricos y miseria para las masas. En Gran Bretaña fueron los tiempos de las “marchas del hambre” y en Francia las huelgas, desórdenes y escándalos políticos acercaban al país a una guerra civil. Reverdeció la fe en el sistema soviético y en el fascismo, y un nuevo y potente factor de trastorno se instaló en el centro del continente: el Partido Nacionalsocialista de Hitler avanzó con ímpetu hasta conseguir el poder en enero de 1933, por vías legales. Si la URSS aplicaba los planes quinquenales, cuyos éxitos –logrados a un elevado coste humano— contrastaba su propaganda con el desastre económico burgués, la Alemania nazi logró en poco tiempo eliminar el paro galopante y ofrecer una fachada de cohesión social donde antes existía una verdadera guerra civil soterrada. Italia, mirada como un modelo por bastante gente, ejercía poca influencia a pesar de las ambiciones imperiales de Mussolini, pero Alemania era otra cosa: su potencia y su posición central, bajo un régimen en extremo dinámico y agresivo, deseoso de cambiar los resultados de la PGM, trastornaba radicalmente los equilibrios europeos. Se extendió un clima de incertidumbre causado por las tensiones sociales, el desempleo masivo y la pobreza, combinadas por las rivalidades nacionales.
La perspectiva de una nueva guerra general pesaba sobre todos los espíritus. Francia e Inglaterra, ganadoras de la PGM, tenían el mayor interés en mantener y afianzar el statu quo logrado, mientras que Alemania, también la URSS y en menor medida Italia, trataban de modificarlo a su favor. Las aspiraciones fundamentales de Hitler se dirigían contra la URSS por doble motivo: ideológico, de lucha contra el comunismo que había estado cerca de imponerse en Alemania; e imperialista, pues buscaba expandirse por los inmensos espacios rusos. Esto último exigía previamente eliminar los estados intermedios de Checoslovaquia y Polonia. Así, la política hitleriana se convirtió en la clave de todas las salidas, pacíficas o bélicas, de los acuerdos y los tratados entre países. La amenazada URSS buscaba alianzas con los países capitalistas a fin de aislar a Alemania, a lo cual eran renuentes las democracias, temerosas aún más del sistema soviético que del nazi. La postura soviética no se entiende si se olvida su enfoque marxista general. De acuerdo con sus tesis, las guerras nacían de las rivalidades entre potencias imperialistas y estaba próxima a estallar una nueva. Por motivos tácticos, Stalin fingía cierta simpatía hacia los capitalismos democráticos y fulminaba contra Hitler y los fascismos, pero en realidad detestaba tanto a unos como a otros. Su estrategia trataba, ante todo, de evitar que la lucha estallase entre Alemania y la URSS y lo hiciese en cambio entre los países “burgueses”, al igual que en la guerra anterior. De este modo, fascismos y democracias se desangrarían entre sí, la URSS quedaría como árbitro y la revolución cundiría por Europa occidental, lo que no habían logrado las insurrecciones del quinquenio 1917-23.
Y en este juego de intereses y rivalidades entró España, un país secundario, de modo bastante inesperado. Aquí, a la dictadura de Primo de Rivera y al intento fallido de sostener la monarquía, sucedió una república que desde el primer momento se mostró tormentosa y profundamente inestable, hasta desembocar en una guerra civil con una primera fase en 1934 y la definitiva en 1936. Y de pronto fue obligado para las grandes potencias europeas tomar posición ante el problema español.
