Declaración de principios (II) Sobre la democracia

 

Blog gaceta: Criminalidad del feminismo / Novela dantesca: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/criminalidad-feminismo-novela-dantesca-20120730

                                    ***

Como siempre, agradezco a mis sufridos lectores den la mayor difusión posible a estos escritos, para compensar el vacío de los grandes medios.

*******************************

Tomada en su sentido literal “poder del pueblo”, la democracia no existe ni existirá, ya que el poder se ejerce necesariamente sobre el pueblo y lo ejerce forzosamente alguna oligarquía con un “monarca”, un jefe al frente. Tampoco debe concebirse como la posibilidad para la mayoría de librarse de un gobierno que no le guste, porque puede no gustarle un buen gobierno, y viceversa, incluso puede gustarle un gobierno totalitario. Ni es exacto decir que el pueblo elige a los gobernantes, dado que los elige  una fracción de él, que puede ser inferior a la mitad  si compiten más de dos grupos políticos o la abstención  es amplia. Y la parte que queda frustrada puede ser solo muy ligeramente inferior a la vencedora. Conviene hacer estas precisiones porque predominan nociones muy difusas y a veces pintorescas al respecto, las cuales permiten envolverse en la capa de la democracia a partidos o políticos precisamente contrarios a ella. De hecho es concebible una democracia totalitaria como opuesta a una liberal, y no solo por imposición de partidos totalitarios, sino por evolución insensible hacia un poder omniabarcante, ya señalado por Tocqueville y que hoy es bien visible. Una democracia totalitaria se anula pronto a sí misma como tal democracia.

No es aquí cuestión profundizar en estas cuestiones, pero una posible definición de democracia sería esta: un sistema que permite a diversas opciones políticas competir por atraer a una mayoría de la opinión pública y gobernar con ciertas condiciones:  limitación del poder temporal (por un período entre elecciones) y estructural (con división de poderes) y  dentro de unas libertades públicas básicas (expresión, asociación…). En principio, esa competición debiera facilitar el gobierno de los más aptos (aristocracia, por así llamarla), pero puede degenerar en lo contrario si la competición se transforma en un concurso de promesas irresponsables y demagógicas, dando lugar a una especie de kakistocracia,  poder de los peores. Esto sucede a veces, pero no necesariamente,  de hecho no ocurre en muchos casos;  y, en principio, la democracia liberal permite corregir sus fallos, aunque no siempre lo logre. Los grandes problemas de la democracia han sido esgrimidos contra ella, pero los mismos problemas tiene cualquier otro sistema, agravados por la falta de publicidad y de limitación del poder. Hasta hoy no se ha descubierto un sistema político superior a la democracia liberal para asegurar una estabilidad social no estancada, un alto grado de libertad política y, en general, una considerable prosperidad material

Lo que a menudo  se olvida es que la democracia solo puede funcionar dentro de unos parámetros culturales comúnmente aceptados que impidan una competición destructiva. De tal competición nos ilustra la España del Frente Popular, cuando unas fuertes corrientes revolucionarias hicieron que “nada nos sea común a los españoles”, según diagnosticó  acertadamente el diario El Sol, y provocaron la guerra civil. Una de esas premisas culturales es la unidad nacional, que entonces corrió el peligro de venirse abajo, como en otra ocasión en Usa, donde dio lugar a la devastadora Guerra de Secesión. Otra premisa es el respeto a las reglas del juego, a las normas de restricción del poder, a las mayorías, a los  derechos de las minorías  y, en general, a la ley. Y es preciso igualmente un consenso básico, aun si difuso, sobre el carácter histórico de la democracia, una adquisición históricamente muy reciente pero con profundas raíces en la cultura cristiana europea: una democracia anticristiana supone un grado mayor o menor de barbarie en las sociedades occidentales cimentadas en el cristianismo. Estos presupuestos y consensos de fondo no suelen ser visibles ni muy explícitos, pero están muy presentes en las democracias que mejor funcionan, como las anglosajonas. Sin esta base cultural común, la convivencia civil se vuelve excesivamente áspera, y la  democracia degenera rápidamente en corrupción, demagogia y violencia  difíciles de contener.

Ello nos permite entender algo al menos del proceso histórico de España desde la Transición. Esta fue  realizada, paradójicamente, por unos políticos que en su gran mayoría procedían de un régimen autoritario (franquismo) y carecían de un pensamiento democrático, mezclados con otros cuya tradición histórica ha sido netamente totalitaria o secesionista. Sorprende que tal amalgama, empeorada por la mediocridad de los líderes del momento, produjera una democracia sin demasiados traumas. La sorpresa es mucho menor cuando atendemos al ingente capital político acumulado por la sociedad bajo el franquismo, ante todo la moderación y reconciliación nacional, con total alejamiento de los odios que arrasaron la república, así como la gran prosperidad económica y la extensión de las clases medias. Ello permitió a los dirigentes maniobrar sin causar demasiados daños por el momento, si bien crearon un sistema plagado de deficiencias, ya desde  la misma y contradictoria Constitución. Y  esas deficiencias, en lugar de corregirse han ido agravándose, con algunos períodos de mejora, creando un estado  desmesurado,  derrochador, ineficiente y con abundante corrupción, sin verdadera división del poder y con tendencia a pasar todos los límites inmiscuyéndose en la libertad personal de los individuos, decretando lo que la gente debe creer, en una orientación totalitaria; al mismo tiempo ha fomentado las tensiones disgregadoras de la nación, premiado al terrorismo, ejercido una persecución silenciosa contra la Iglesia y el cristianismo, socavando el principio de la igualdad ante la ley, fomentado el aborto y otras aberraciones contra la existencia y la dignidad humana, etc. Hasta desembocar en la crisis actual, que tiene todos los rasgos del final del ciclo abierto por la Transición, dejándonos un porvenir incierto, debido a la confusión ideológica, la demagogia de la casta política y la competición kakistocrática.

Esta deriva contra la democracia y contra la unidad de España se explica por el impulso de unos partidos de izquierda totalitarios y  otros secesionistas igualmente antidemocráticos.  Los mismos eran pequeños, casi insignificantes a la muerte de Franco, pero no han cesado de reforzarse desde la Transición, debido a una derecha no antidemocrática pero sí a-democrática, que renunció enseguida a la lucha por las ideas, dejando la política en una mera competición por el poder, explotando, que no representando,  la “bolsa de votos” de una masa de opinión pública amante de España y de la libertad. Existe también una derecha antidemocrática, incapaz de competir en condiciones de libertades y que a menudo invoca el cristianismo como si fuera directamente una doctrina política.

Comoquiera que sea, la salida de esta crisis, que es mucho más que económica, solo podría sustentarse sobre dos pilares: la unidad nacional y la democracia. Otras opciones crearían derivas sumamente peligrosas.

***************************

Una opinión benévola:

Sonaron gritos y golpes a la puerta

Luis del Pino

Admiro a Pío Moa como historiador. Y precisamente por eso, cogí con prevención su primera novela, Sonaron gritos y golpes a la puerta: a veces, personas brillantes que deciden hacer incursiones en un género literario que no es el suyo, se descuelgan con unos bodrios realmente indigeribles. ¡Cuál no sería mi sorpresa al encontrarme con una de las mejores novelas que he leído en los últimos tiempos!

Que el estilo de escritura de Moa es elegante es algo que sabe cualquiera que haya leído alguna de sus obras. Pero escribir una novela requiere algo más que buen estilo: hay que saber transmitir y hay que saber contar una historia. Y, sobre todo, hay que ser capaz de enganchar al lector, de provocar en él esa “suspensión de la incredulidad” que presta verosimilitud a los personajes y a sus peripecias. Y, en ese sentido, la de Sonaron gritos y golpes a la puerta es una historia que engancha.

La novela narra – con un enfoque que recuerda, en cierto sentido, los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós – esos diez años terribles de la Historia española comprendidos entre 1936 y 1945. La historia de una generación marcada por la tragedia: la de esa Guerra Civil en que desemboca una República fracasada, y la de sus secuelas. Las tres partes en que está dividida la acción transcurren, respectivamente, en la Cataluña inmersa en la Guerra Civil, en la Rusia donde combatió la División Azul y en la Galicia donde tuvieron lugar algunas de las primeras operaciones contra el maquis.

He de decir también que la novela me sorprendió por un segundo motivo, quizá más importante que el primero. Conozco al autor, me precio de ser amigo suyo, y tengo que confesar que en la novela descubrí a un Pío Moa totalmente desconocido para mí. La novela deja traslucir una sensibilidad que sorprenderá mucho a quien solo tenga de Moa la imagen de perpetuo provocador y enfant terrible con que adorna sus opiniones políticas y sus comentarios sobre la actualidad. Sonaron gritos y golpes a la puerta es, sobre todo, una novela hermosa: resulta imposible no pensar, una vez acabada la novela, en algunos de los personajes que la jalonan, y en el significado y el propósito de sus vidas. Y de las nuestras.

Que nadie espere una visión maniquea sobre la guerra. A través de las páginas de la novela van desfilando personajes que dejan claro que la maldad y la bondad son cosa de las personas individuales, más que de los bandos. Y que el idealismo, la capacidad de sacrificio o la compasión son pulsiones que nacen del corazón de cada persona, y no un producto de las ideologías. Moa trata a sus personajes, hasta los más despreciables, con un enfoque en el que los tintes heroicos o abyectos se funden con los contornos humanos, dando como resultado caracteres creíbles, de carne y hueso, en los que el mal y el bien conviven, a veces de forma indiscernible.

Y resulta imposible no darse cuenta de cómo el propio Moa se proyecta en algunos de los personajes del libro. Y digo algunos, porque en la lectura de ciertos pasajes casi puede oírse a Moa interrogarse a sí mismo y desafiar sus propias creencias, a través de los ojos con los que el protagonista, Alberto, contempla las acciones de algunos de los caracteres secundarios de la trama. Es imposible no ver en esos episodios al propio Moa cuestionándose el sentido de la vida y el papel que el bien y el mal juegan en ella. Y contemplando con desengañada compasión la manera en que los seres humanos somos capaces de las mayores vilezas y de los más hermosos sacrificios en nombre de una causa.

Es esa desengañada compasión la que transforma en elegía la historia. Elegía por unos ideales muertos, por unos amigos muertos, por un pasado que se antoja casi irreal. Y a pesar de todo, por debajo o por encima de ese llanto, late en la historia la pulsión de la vida, en la que el humor y el amor conviven codo a codo con la tragedia, justificándola y trascendiéndola. No es por tanto tristeza, sino caridad, el sentimiento que predomina en la historia. Caridad para con los seres humanos que, acertados o errados, tratamos de sobrevivir mientras defendemos aquello que creemos que es justo. Pero caridad también, llena de distante ironía, para con aquellos otros que se las arreglan siempre para prosperar en cualquier circunstancia, precisamente porque nunca defenderán nada: son los idealistas los que promueven los cambios, pero son los descreídos los que acaban siempre aprovechándolos.

En definitiva: una novela hermosa y delicada. Y que les hará reflexionar. Se la recomiendo para estas fechas veraniegas. Descubrirán a un Pío Moa que les sorprenderá.

 

 

 

 

Creado en presente y pasado | 52 Comentarios

Declaración de principios (I) Sobre España

Blog Gaceta: Suecia, Suiza, España / Dos crisis y dos generaciones http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/suecia-suiza-espana-crisis-y-generaciones-jovenes-20120726

*************************************

Espero que mis amables lectores hagan lo que esté en su mano por difundirlo. Lo brindo a los embriones de partidos o movimientos como el de la reconversión,  que aspiren a sustituir la agotada y corrupta casta política actual:

1.- Proclamamos que España es una nación, es decir, una comunidad cultural básicamente homogénea con un estado propio, conformada como país europeo desde el siglo VI, con tal impronta que le fue posible invertir su conversión en país africano- oriental tras la invasión musulmana. Y que siempre ha sido y debe seguir siendo independiente. Por lo cual no aceptamos las políticas tendentes a disgregarla en varios estados minúsculos, atrapados por la discordia,  el resentimiento y la falsificación de la historia,  insignificantes en el contexto internacional y objeto de  las maniobras e intrigas de otras potencias;  pues no en otra cosa consiste el programa de los separatismos. Tampoco aceptamos la disolución de España, privándola de su soberanía o de partes importantes de ella, en aras de un “europeísmo” sin asiento en la experiencia ni en la realidad histórica y cultural de España ni de Europa.

2.- Desde hace varias décadas asistimos a un ataque simultáneo a la nación desde los secesionismos, respondidos a menudo con la huida hacia delante de unos “europeísmos” compuestos de tópicos infundados. Ambas tendencias, lejos de oponerse, se conjuntan en un empeño suicida, pues desde el plan de  acabar con la historia de España dejándola en una muy improbable provincia de “Europa”, es imposible criticar a las fuerzas disgregadoras. Europeísmos y separatismos desprecian a la España real,  cuya densidad histórica ha bastado hasta hoy para sostener a la nación frente a una ofensiva continuada sin que durante decenios se le haya opuesto ninguna fuerza política organizada.

3.-  Los separatismos han sido la cruz más pesada en estos años, sobre todo porque los ha impulsado un brutal terrorismo con cientos de víctimas mortales. Terrorismo ayudado por la incapacidad de los gobiernos, salvo una breve temporada, para defender la  ley y proteger a los ciudadanos. Gracias al terrorismo creció el PNV como falso antídoto “democrático”,  protegido y financiado en la Transición desde Madrid, mientras los separatistas catalanes seguían detrás con exigencias siempre renovadas. El balance histórico reciente de los separatismos incluye cerca de un millar de asesinatos, el  fomento del odio a España y una cultura de la mentira, el fanatismo y la corrupción institucionalizada –esta última poco diferente, por cierto, de la del resto del país –. Un balance tan a la vista apenas precisa mayor comentario. Por tanto es hora de decir que ese camino ha llegado a su fin, que la  convivencia de los españoles en paz y libertad no puede continuar pudriéndose indefinidamente, y que los políticos y partidos que nos han llevado a esta situación deben ser relevados.

4.- A su vez, los partidarios de disolver la nación parten de una mística o beatería “europeísta” cuyo rasgo más definitorio es la ignorancia sobre Europa y el desprecio o la falta de confianza en España. Al respecto cabe recordar que:

a)      La Unión Europea es un designio no democrático que viene desarrollándose sobre hechos consumados por unas burocracias ajenas o con muy escaso control popular, que imponen, por ejemplo, nuevos referéndums cuando alguno les ha salido contrario; y  los gobiernos más partidarios, como el español, han vulnerado la Constitución, que señala taxativamente que la soberanía reside en el pueblo y no en ellos.

b)      La pretensión de que la Unión Europea ha mantenido la paz en el continente es falsa. Esta fue mantenida desde 1945, en Europa occidental, por el paraguas militar de Usa. Las tres últimas grandes guerras europeas nacieron de la rivalidad entre Alemania por un lado y  Francia e Inglaterra por otro, y por lo que hace a España, permaneció felizmente neutral en todas ellas, para beneficio no solo de nuestro país, sino del resto de Europa. Esa neutralidad indica el mejor camino para nuestro país, desgraciadamente interrumpido, y hoy  España se encuentra en la UE, igual que en la OTAN, en calidad de aliado-lacayo, debido a la presencia en su territorio de Gibraltar, colonia militar de un supuesto aliado.

c)      Por lo demás, diversas potencias europeas libraron después de 1945 costosísimas y crueles guerras coloniales, casi todas perdidas. La aún reciente de Yugoslavia se produjo en parte por injerencias de países de la UE, que luego no supieron atajarla. Lo mismo ha ocurrido con genocidios como el de  Ruanda, y ahora vemos a la UE  impulsando el integrismo islámico en el norte de África y Siria. La UE no se compone de países inmaculados, y podría llevarnos a conflictos muy contrarios a nuestros intereses.

d)      Tampoco es real la idea de que debamos nuestra democracia a la CEE-UE. Por el contrario, esos países sí deben su democracia a la intervención bélica de Usa, mientras que la nuestra ha venido del desarrollo interno y autónomo del país, después de que este, en 1934-39, estuviera muy cerca de hundirse en una revolución totalitaria.

e)      La suposición de una Europa igual para todos es de una inocencia pueril, y solo expresa el deseo de acabar con nuestra soberanía por parte de muchos políticos, ajenos al interés más profundo de la nación. Los líderes franceses, alemanes, ingleses  y otros tienen una idea muy distinta sobre los intereses de sus países, y es obvio que, por su potencia económica, demográfica y política, son los que realmente marcan los derroteros de la UE. Que tantos  políticos españoles estén dispuestos a pisotear nuestra soberanía, a la que deben servir y no vender, revela la abyección y la farsa  en que ha caído la política española y la urgencia de un nuevo partido o movimiento político que permita salir de ella.

f)       La  justificación máxima de esos políticos consiste en que, como Esaú en el relato bíblico, a cambio de la cesión de la independencia obtendremos buenos platos de lentejas. Pero Esaú no es ningún buen ejemplo: quien sacrifica sus derechos y libertad  por una ventaja material suele perder ambas. El mismo argumento ha sido empleado con relación al euro. Según sus partidarios, no se sabe si más ignorantes u sinvergüenzas, la nueva moneda nos aseguraba una prosperidad sostenida y sin fin, un crecimiento firme, pensiones garantizadas, etc.  El inmenso y manifiesto engaño no ha incitado a tan malos dirigentes a admitir sus errores y retirarse de la  circulación: por el contrario, ahí siguen tan ufanos hablando de superar una crisis que ellos han causado con su demagogia, mediante nuevas cesiones de independencia. Es claro que la libertad y la dignidad nacionales  cuentan poco para ellos al lado de sus privilegios y afán de poder.

g)      También suele presentarse la entrada en la CEE-UE como el inicio del desarrollo español, cuando durante casi quince años antes de entrar en ella, España crecía a un ritmo superior al de cualquier otro país europeo, de manera más sana que nunca después, y con pleno empleo. Precisamente la entrada en la CEE-UE, que nuestros ignaros políticos llaman “entrada en Europa” (España siempre ha estado en Europa), ha marcado una economía a trompicones, con índices de paro inauditos,  habiéndose destruido gran parte de nuestro tejido industrial para desembocar finalmente en una extendida corrupción y medidas desastrosas que hoy sufrimos duramente.  Y aún dicen los partidos que fuera de la  UE no hay salvación, pese a que países tan próspero como Noruega o Suiza se mantienen fuera, varios de los más ricos han rechazado el euro, e Inglaterra, siempre más consciente de sus intereses, mantiene un pie dentro y otro fuera.

h)      La UE acarrea además otro coste no mencionado, pero cada día más inquietante: el desplazamiento de la cultura y la lengua españolas por la cultura e idioma anglosajones. Cada día el inglés invade más el espacio público, los “europeístas” tratan sin disimulo de cooficializarlo enseñándolo en el mismo plano que el español y no como idioma extranjero, ponderándolo como la lengua de la ciencia, la música, la milicia, la moda, el pensamiento… en fin de todas las actividades culturales superiores, para las que, en la práctica, se niega valor a nuestro idioma.

Basten estos puntos, desdeñados por nuestros políticos, para demostrar que el balance de nuestra integración en la UE  no es bueno: hemos perdido independencia y libertad, económicamente nos hallamos en una crisis profunda de salida muy incierta,  reducidos a la posición de  aliado-lacayo, y con una verdadera invasión del inglés. Por tanto, es hora de hacer cuentas y dejarse de beaterías inspiradas por la ignorancia sobre Europa y el desprecio hacia España, y adoptar otra política, que podría consistir en defender la vuelta al nivel de  la CEE o incluso nuestra salida del euro o de la UE. Estas, desde luego,  resultarían muy costosas en una primera etapa-– sin olvidar que nuestra salida del euro podría venir forzada desde el exterior–; pero de ningún modo sería el apocalipsis con que nos amenazan quienes nos han llevado al desastre actual. Otros países han pasado por experiencias semejantes y han conseguido remontar el bache, recuperando al mismo tiempo su soberanía. La beatería europeísta puede resultar todavía más destructiva que el fanatismo disgregador y en todo caso lo complementa.

Creado en presente y pasado | 154 Comentarios

Ideas positivas

 

Blog Gaceta: Sobre Peces Barba / Una novela de guerra.

Tengo la esperanza de que usted sepa apreciar -o al menos pueda interesarse- la propuesta que traigo hoy aquí. Por supuesto va también dirigida a los demás integrantes del blog que pueda interesarles.  En primer lugar me gustaría señalar que me encuentro en la posición del que trae algo de extrema utilidad pero al tiempo nuevo y desconocido. Bien, siempre nos estamos quejando que en este país no se investiga, no porque no haya gente válida para ello, sino porque no se estimula esta actividad. Entonces vengo a proponerles que cada uno aportemos nuestro granito de arena y no estemos siempre hablando mal de lo que no hacen otros, mientras nosotros no hacemos todo lo que podemos.
A este respecto quiero llamarles la atención sobre algo muy interesante, existe una ingeniería de automóviles, aeronáutica, de caminos, informática, etc… pero no existe una ingeniería de nosotros mismos, corporal. Sí, cada vez hay más estudios y conocimiento de cómo es y funciona nuestro cuerpo, pero son meramente descriptivos. No existe una ciencia del uso, del buen uso de nosotros mismos. Y al decir que no existe quiero decir que no se la conoce… Porque a finales del s. xix F.M. Alexander, descubrió y desarrolló una técnica que estudia el uso de nosotros mismos, la reacción humana, la forma óptima de usa nuestra mente y cuerpo, nuestro ser. Porque todos sabemos que si un coche, un móvil, cualquier herramienta o máquina lo usamos de forma errónea eso afectará a su funcionamiento y terminará por deteriorarse… Por ejemplo a ninguno se nos ocurre poner en marcha y circular con un coche con el freno de mano puesto, porque sabemos que terminará en avería y además perjudica el avance del automóvil, sin embargo con nuestro cuerpo hacemos eso constantemente, obteniendo a cambio como es natural dolores, fatiga y lo que es más importante, un uso general en el que no alcanzamos todas nuestras posibilidades y que además por ser perjudicial puede derivar en diferentes enfermedades. Siguiendo con la analogía del freno de mano, ¿a alguien le extraña que alguien termine con una lesión o enfermedad crónica de espalda si durante años la ha mantenido en tensión en todas sus actividades diarias…? Como les decía, Alexander desarrolló una técnica que por primera vez en la historia estudiaba el uso que hacemos de nosotros mismos. Y no cayó en saco roto, pues aunque sea desconocida para el gran público, en ciertos sectores es bien conocida, les muestro este link para que puedan ver los apoyos que tiene y los experimentos que han confirmado su utilidad: http://www.alexanderlearningstudio.com/play/supporters.html .

Sin embargo no ha dado el salto al gran público. Las razones pueden ser varias, y seguramente no es una de las menores el que sea una técnica que exige disciplina y atención, pues normalmente lo que queremos es que todo se solucione tomando una pastilla o con una terapia pasiva, es decir, en la que alguien hace algo por nosotros (masaje, clavarnos agujas, administrarnos pastillas) y no tomamos la responsabilidad. Pero también hay que reconocer que la técnica no se ha mantenido en los principios que estableció su descubridor, que ha degenerado. Esto lo puedo afirmar por experiencia propia, ya que he tomado clases con profesores egresados de los más prestigiosos centros de estudio de la Técnica Alexander y su nivel dejaba muchísimo que desear… Y dejaba que desear en un aspecto fundamental: en el entendimiento y aplicación de los principios básicos de la técnica. Que los puedo resumir en: dirección adecuada de las diferentes partes del cuerpo, inhibición de la forma de actuar habitual y ser capaces de mantener las direcciones mientras se ejecuta cualquier acto para un óptimo funcionamiento del organismo como un todo. Todo esto, y aquí está la clave, se hace por medio de nuestra voluntad –como por otra parte no podría ser de otra manera. Ya que así es como actuamos sobre nuestro cuerpo: si queremos levantar un brazo en última instancia los mecanismos que terminan levantando el brazo los ponemos en marcha con nuestro deseo, nuestra voluntad. Por eso Alexander declaró: “pensáis que esta técnica es algo físico, sin embargo es la actividad más mental que se haya descubierto”. http://www.alexanderfreedom.nl/AlexanderTechnique/links_files/The%20right%20thing,%20Final.pdf

Sin embargo en la enseñanza habitual de la Técnica esta parte -que es la base, que es fundamental- se deja de lado, convirtiéndose en una especie de terapia de manipulación corporal, que si bien también se han reportado beneficios comprobables, entendemos que se ha apartado del trabajo original y no alcanza toda la potencialidad que tiene.
Las actividades en las que se aplica son… todas. Porque en toda actividad usamos de nosotros mismos. No será ocioso comentar que en países como Inglaterra y Australia está incluida en la seguridad social y planes oficiales de estudio. Pero por adecuarlo a los intereses que tienen los participantes de este blog debo mencionar un estudio realizado en las más diversas empresas en la que se hizo el experimento de aplicar la Técnica a los trabajadores durante un periodo de tiempo, reportándose de forma general una reducción de las horas de trabajo perdidas por enfermedad y una potenciación del rendimiento. http://www.foment.com/prevencion/documentos/Estudio_tecnica_Alexander/Estudio_tecnica_alexander.pdf .

Y como dije al principio, consideramos, por la experiencia acumulada, que los principios que llevan a estos resultados han sido parcialmente abandonados en la práctica habitual de la Técnica Alexander. Por eso proponemos una vuelta a las raíces, una búsqueda de lo que la Técnica Alexander debió ser, mediante la aplicación rigurosa de sus principios fundamentales. Y para distinguirnos de la Técnica Alexander que consideramos degenerado proponemos el nombre de Ingeniería Corporal, que se considera heredera de la auténtica ciencia que inició F.M. Alexander.

Me gustaría también señalar, que bien mirado todo este trabajo se trata de cruzar la última frontera de la libertad… Porque, por muy libres que lleguemos a ser en nuestra vida diaria, con nuestros sistemas políticos, nunca alcanzaremos una libertad plena si no somos capaces de hacer lo que queremos como queremos. Y actualmente nos encontramos en ese punto, porque estamos limitados en todos los ámbitos de nuestro uso por tensiones inconscientes que determinan una forma de hacer las cosas y nos imponen un límite. Por lo tanto, cuando por medio de la Ingeniería Corporal logramos hacer lo que queremos como queremos, entonces podemos decir que sí somos realmente libres.

Espero que les haya resultado de interés. Estoy convencido que en todo esto se almacena un enorme potencial para la sociedad. Por lo tanto si usted, don Pío, o cualquiera de los participantes quiere más información o comprobar de primera mano lo que he expuesto, si hay voluntad siempre encontraremos la forma de efectuarlo. Por supuesto que para demostrar la veracidad de lo expuesto no tengo la intención de cobrarle un solo euro a nadie, aunque su valor sea incalculable… o precisamente por ello.

 

**Sr. Moa, acabo de leer su Viaje por la Vía de la Plata, que conseguí después de mucho buscar, pues no se encuentra en casi ninguna librería. Me ha parecido un gran libro de viajes, entre poético y épico, y es lástima que se haya difundido tan poco. Pero no le escribo por eso. En algún sitio del libro dice usted que se siente “reformista”, y califica eso de “manía inofensiva” o algo de ese estilo. Bueno, no es el único con esas manías, que pueden ser saludables, creo yo. También constato por sus artículos y su blog su preocupación por el bajo nivel cultural de España en la actualidad. A mi juicio, eso tiene difícil remedio con la universidad que tenemos. Dentro de esa manía, y aprovechando algunas ideas suyas sobre la educación, se me ha ocurrido la idea de una especie de escuela especial paralela a la universidad bajo la idea de “mens sana, etc.”, etc. Con cursillos de dos o tres meses en los que se aplicara su “gimnasia española”: textos interesantes para aprender a leer debidamente, a captar lo esencial y ordenar mentalmente el texto, como usted dice, más unas nociones de judo y de boxeo y quizá una estancia en algo parecido al Outward Bound, que no sé si usted conocerá, los hay en varios países, creo que en España han empezado también. Me parece que han degenerado bastante con relación a su idea original y se han vuelto bastante “progres”. Pero la idea (de un alemán judío, aunque empezó a aplicarse en Inglaterra o en Usa) puede desarrollarse y adaptarse en España, con otro nombre. Con ello se conseguiría, creo yo, compensar poco a poco ese ambiente blandurrio, acomodaticio, botellonero, dado a la corrupción (la triple corrupción que usted tanto menciona), ese ambiente retorcido y “sin ningún pensamiento alto” (Azaña) que hoy vemos por todas partes. Se trataría de crear otro espíritu, porque el que hoy marca la línea no nos lleva a ninguna parte buena. Ya me dirá qué le parece. CLJ

R. El señor C. L. J. ha hecho una propuesta, basándose en la mía de una “gimnasia española” que, como recordarán pretendía introducir en la enseñanza, desde la primaria, media hora diaria de una combinación de gimnasia física y mental, que probablemente mejoraría el rendimiento de los alumnos. Además, habría unas clases, que no tendrían por qué ser diarias, de estudio, comprensión y crítica de textos. C.L.J. propone una especie de cursillos de dos o tres meses al parecer, sobre todo para universitarios, que combinasen la instrucción física (gimnasia, o algo así, de judo y boxeo) con ejercicios intelectuales y otros (¿quizá baile también?) y ejercicios de acción en equipo y supervivencia tipo outward bound –del que podría desarrollarse una versión hispana–, a fin de formar algo parecido a figuras de “hidalgo”, “gentleman” o “cortesano”. La idea me parece excelente, aunque de tipo muy viril, seguramente a las mujeres les convendrían otros ejercicios. Y no es incompatible con lo que yo proponía. O.J., recogiendo la idea, propone un foro para tratar estas cuestiones. La idea es también muy buena, pero me temo que despierte similar al que despertó mi propuesta, es decir, mínimo, ojalá me equivoque. Por lo común, las ideas nuevas despiertan el interés de poca gente, pero en la España de la telebasura y el botellón, la “masa crítica” de los posibles interesados es incluso demasiado escasa para producir algo (por eso admiro tanto a FJL y demás constructores de LD, por ser capaces de impulsar una empresa tal, en estas condiciones). No obstante, nada me satisfaría más que verle encontrar, al igual que CLJ, una audiencia y a ser posible un patrocinio adecuados. Ya expondré una idea de lo que yo pretendía en el Ateneo de Madrid hace muchos años.

OJ expone en su intervención un vídeo en que un monje budista, hijo de J. F. Revel, plantea la idea de una educación para “convertir a los niños en seres humanos buenos, que sean felices y no se depriman y se suiciden”. Creo que esto es peligroso, un ideal que pueden adoptar los totalitarios y que en todo caso no corresponde al estado. El ser humano solo está parcialmente destinado a ser feliz, a llevar una vida “plena” (todas las vidas lo son, en definitiva, pero raramente se sienten así), y con frecuencia los más felices son los menos creativos (sin que esto sea una regla). Una técnica oriental es la de meditación, que busca incrementar la capacidad de concentración y no se parece mucho a lo que entendemos en occidente por meditación, pues busca la ausencia de pensamiento. En los años 60-70 se pusieron muy de moda en Usa las técnicas de meditación. Según sus promotores, iban a crear una generación de personas con una capacidad mental-espiritual y una felicidad multiplicadas, pero los resultados son dudosos. Lo cual no significa que algunas de esas técnicas no sean beneficiosas.

Yo no atribuyo a la gimnasia española facultades casi milagrosas de felicidad o bondad, ni veo la “felicidad”, la “vida plena”, etc., como objetivos apropiados (aunque podrían ayudar). La vida nos ha sido dada, generalmente la consideramos un don, pero también tiene algo, a veces mucho, de condena. La educación busca prepararnos para sacar a la vida el mejor partido, un “mejor partido” muy variable de unas personas a otras. En fin, un tema muy digno de discusión.).

Estas cosas no pueden funcionar sin un mecenas o un socio capitalista que las haga suyas y las respalde económicamente, algo muy difícil en España, donde apenas  existe ese espíritu.  No obstante, nada me satisfaría más que verle encontrar, al igual que CLJ, una audiencia y a ser posible un patrocinio adecuados. Ya expondré una idea de lo que yo pretendía en el Ateneo de Madrid hace muchos años.

**Hace unas semanas le envié una nota con una propuesta educativa y usted la publicó el 18 de noviembre. Dada la casi nula repercusión de la misma en su blog, llego a la conclusión de que me expresé de modo insatisfactorio. En su Nueva historia de España, usted señala en ocasiones la importancia que las escuelas tuvieron en la conformación de nuevas mentalidades, las nuevas escuelas que aparecieron aquí y allá, al estilo de las de los monjes irlandeses, o las del Renacimiento italiano, o en la misma Ilustración. También señala, un poco de pasada, a mi juicio, la importancia de la figura del “hidalgo” en la época gloriosa de España. Yo creo que se parece a la del “gentleman” inglés (dentro de sus diferencias), puesto que van ligadas a las épocas de esplendor cultural e imperial de los dos países. Tienen algunos rasgos comunes, como la cortesía o la capacidad emprendedora y para la acción inteligente, el riesgo, aunque hoy nos parezcan algo acartonados. Ese tipo de personajes no pueden crearse, creo yo, son producto del azar y del espíritu dominante en ciertas épocas. Pero también cuenta ahí una “paideia” consciente. Como usted sabe bien, la universidad española está muy echada a perder, y hay tal cantidad de intereses creados que no veo cómo puede salir de ese bache. El mal viene de muy lejos. Cuando el Ateneo de Madrid creó, por los años 20, como usted sabe, una especie de Escuela de Altos Estudios (no recuerdo ahora el nombre exacto), sería por algo. No me parece que la iniciativa fuera muy lejos, pero algo se plantearon.

Lo que yo propongo es distinto: no una escuela de estudios especiales, sino de fomento de un espíritu nuevo, incisivo intelectualmente y con capacidad de acción y de trabajo en equipo. Usted recordará que proponía como práctica física el judo y el boxeo, porque suponen dos filosofías de la acción: utilizar la fuerza del contrario contra él mismo, en un caso, y golpear los puntos débiles en el otro. Esto último lo persigue también el kárate, pero creo el boxeo más eficaz. También el estilo “outward bound” enseña a trabajar en equipo y en condiciones difíciles, a poner a prueba el ánimo y la resistencia de la persona. El resto sería dominar el idioma y puntos clave del pensamiento occidental. Esas cosas las ha esbozado usted en su Nueva historia, me parece una aportación de primer orden, que no se ve en otros libros de ese tema. No soy tan ingenuo de creer que todo eso se consiga en un cursillo de dos o tres meses, pero sí se conseguiría fomentar un nuevo espíritu y un nuevo interés cultural, que hoy se echa tan de menos. Gracias por su atención,CLJ.

http://blogs.libertaddigital.com/enigmas-del-11-m/gimnasia-espanola-1464/

Creado en presente y pasado | 77 Comentarios

Tres artículos sobre Raymond Carr

Blog Gaceta: Personajes femeninos. Krasni Bor: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/personajes-femeninos-krasni-bor-20120719

**********************************

 

Repaso estos viejos artículos y no puedo dejar de asombrarme de que unos análisis tan romos sobre la historia española reciente hayan disfrutado de tan extraordinario prestigio. Verdaderamente, la vida intelectual española es una farsa:

 

Raymond Carr y la “diversidad” de España

En   el prólogo de la obrita de síntesis sobre historia de España coordinada por   Raymond Carr (la primera edición en inglés data de 2001) se propone un nuevo   enfoque sobre el pasado y el presente españoles.

“La diversidad de España constituye una clave de su historia”, se dice allí. “En primer lugar, hay que tener en cuenta la marcada división entre la España húmeda y la seca. Las provincias noroccidentales, observaba Richard Ford en la década de 1830, son más lluviosas que el Devonshire, mientras que las llanuras centrales están más calcinadas que las de los desiertos de Arabia”.

Desde luego, España es un país muy variado, pero la cita, recogida acríticamente por Carr, no pasa del nivel de la tontería, y el profesor inglés no la mejora cuando afirma que Galicia recibe más de 2.000 milímetros de precipitaciones anuales, la Meseta Central menos de 26 y Almería, en ciertos casos, ninguno. Una simple consulta a los índices pluviométricos le habría sacado de su considerable error. Luego, añade: “El contraste más espectacular es el que se daba entre esas fincas pobres y las del campesinado castellano y los latifundios de Andalucía y Extremadura, contraste parangonable únicamente con el existente entre el mezzogiorno, asolado por la pobreza, y el próspero norte italiano”.

El contraste entre regiones ricas y pobres no ha seguido el esquema España húmeda-España seca, sino que presenta llamativos cambios a lo largo de los siglos, en que unas regiones han ganado o perdido en riqueza relativa al margen de su pluviosidad. Por otra parte, contrastes regionales más o menos acentuados se han dado y se dan en todos los países del mundo, sin excluir a Inglaterra. ¿Son un caso tan excepcional los de España? Cabe dudarlo.

Mucho más dudosa parece su conclusión, extraída de unas citas del mencionado Ford y de Gerald Brenan. Para el primero, España es “un manojo de unidades locales atado por una cuerda de arena”. Por lo que hace al segundo, afirma: “En lo que puede llamarse su situación normal, España es un conjunto de pequeñas repúblicas, hostiles o indiferentes entre sí, aunadas en una federación escasamente cohesionada. En algunos grandes períodos (el Califato, la Reconquista, el Siglo de Oro), esos pequeños centros se han sentido contagiados por un sentimiento o una idea común y han actuado al unísono; pero cuando declinaba el ímpetu originado por esa idea, se dividían y volvían a su existencia separada y egoísta”. Estas opiniones las confirma Carr con otra de Olavide, quien veía al país como

un cuerpo compuesto por otros menores separados y en oposición mutua, que se oprimen y desprecian entre sí y se hallan en un continuo estado de guerra civil. Cada una de las provincias, conventos religiosos y profesiones está separada del resto de la nación y vuelta hacia sí misma… La España moderna se puede considerar (…) una república monstruosa formada por pequeñas repúblicas enfrentadas unas con otras.

Pero la historia no puede explicarse a partir de algunas citas aceptadas sin mayor crítica. Ford se consideraba miembro de una cultura superior encargada de civilizar al resto del mundo, por supuesto a España, y miraba el entorno con ese prejuicio, tan propenso a crear espejismos. En cuanto a Brenan, mantenía una visión de España un tanto romántica e influida por distorsionantes clichés socialdemócratas, que tan a menudo le ciegan a aspectos clave del país donde vivió largo tiempo, si bien siempre en un ambiente anglosajón. Ambos hicieron algunas observaciones agudas sobre España, y otras reveladoras de una profunda ignorancia o falta de sentido común, entre ellas las seleccionadas por Carr. Sobre Olavide, el historiador debe plantearse si sus frases reflejan la realidad o más bien las impaciencias y exageraciones propias de un reformista que encuentra resistencia a sus planes.

Es cierto que en España subsistieron largo tiempo aduanas interiores, fueros, etc., pero se trataba de instituciones feudales presentes en el resto del Continente hasta tiempos históricamente recientes. Por lo demás, las expresiones de Olavide, Ford y Brenan podrían describir bastante bien la situación de la mayor parte de Europa, empezando por Alemania e Italia, que no lograron formar una nación con Estado propio hasta muy avanzado el siglo XIX. En cambio, coliden con el hecho de que España no hubiera estallado por todas sus costuras, sino que mantuviese hasta el siglo XIX una paz interna mucho más estable que la de casi cualquier otro país europeo, y las fronteras asimismo más estables y de las más antiguas de Europa, contra las cuales se rompería los dientes Napoleón.

Si creyésemos en las citas mencionadas (“cuerda de arena”, “repúblicas enfrentadas entre sí”, “en continuo estado de guerra civil”), la existencia de España habría sido un milagro inexplicable. Pero ya estamos habituados a esas peculiaridades, no del país sino de tantos historiadores, y los disparates corrientes sobre la Guerra Civil, Franco, etc., sólo continúan una larga tradición. Parodiando el famoso lema turístico de Fraga, diríamos que “España es diferente, pero los historiadores de España lo son más aún”.

También valdría la pena comparar la evolución de España con la del Reino Unido. En cierto sentido, este último ha sido el intento de crear una nación similar a la primera, pero el término español ha tenido siempre un contenido mucho más denso –emocional, cultural y políticamente hablando– que el de británico, formado a partir de una hegemonía inglesa impuesta históricamente a sangre y fuego o por sobornos, muy distinta del caso hispano.

Aun en los siglos XVIII y XIX, diversas acciones u omisiones inglesas en Escocia e Irlanda causaron deportaciones o hambres masivas mucho peores que cualquier suceso ocurrido en España, y que no dejan de recordar a determinadas actuaciones de Stalin en el siglo XX, con rasgos de guerra civil contra una población desarmada. A su vez, las fronteras del Reino Unido hubieron de modificarse de forma muy sustantiva en época tan reciente como 1922, completadas en 1948 con la plena independencia de la mayor parte de Irlanda.

Vistas así las cosas, debe admitirse que, en la pugna de tendencias centrífugas y centrípetas propia de toda sociedad humana, la nación española ha mostrado una persistencia y una estabilidad sorprendentes, si la comparamos con el resto de Europa.

Carr, a quien se deben trabajos historiográficos muy estimables y una influencia en general positiva sobre diversos estudiosos británicos e hispanos, parece evolucionar en una dirección harto nebulosa.

 La guerra de España y los comunistas, según Raymond Carr (I)

 

El   mito troncal sobre la guerra, elaborado por la propaganda de izquierdas,   especialmente la comunista, y del que derivan casi todos los demás, es la   imagen de una lucha entre la democracia republicana y el fascismo o la reacción.

Cuando, hace tiempo, reseñé en Libertad Digital el libro Spain betrayed, colección de documentos secretos soviéticos sobre nuestra guerra, me preguntaba qué harían los historiadores hoy oficiales para contrarrestar sus pruebas. La respuesta está a la vista: deformar los hechos en el molde de sus prejuicios. Éstos, arraigados durante décadas se resisten a morir, y acabamos de tener un ejemplo de ello en una reseña de R. Carr sobre el citado libro, publicada recientemente en ABC cultural, y antes en la prestigiosa New York Review of Books. Carr, prestigioso hispanista, no logra, lamentablemente, escapar a tópicos que hoy pueden considerarse demolidos.

El mito troncal sobre la guerra, elaborado por la propaganda de izquierdas, especialmente la comunista, y del que derivan casi todos los demás, es la imagen de una lucha entre la democracia republicana y el fascismo o la reacción. Pese a que su falsedad sale a la luz tan pronto entramos en los datos reales —y los documentos de Spain betrayed hablan por los codos al respecto— el mito persiste contra viento y marea, ayudado por la impresión injustificada de que defenderlo significa, aún hoy, defender la democracia.

Carr expone la tesis tratando de desmentir la opuesta: “La propaganda franquista presentó el alzamiento nacionalista militar contra el gobierno legal de España como una necesidad patriótica para impedir la toma del poder por los comunistas. El hecho es que los comunistas carecían de la posibilidad de organizar un golpe de Estado en potencia, sino que el gobierno de Giral no incluía ni a comunistas ni a ningún representante de otros partidos de clase obrera”. Pero la posición de los nacionales fue algo más compleja, y la realidad general también.

El problema debe plantearse de otro modo. En octubre de 1934 ocurrió una sangrienta insurrección marxista-separatista. Entonces, la mayor parte de quienes se sublevarían en 1936, empezando por Franco, defendió la legalidad republicana, en lugar de aprovechar la ocasión para dar un contragolpe desde el poder y destruir así fácilmente a la izquierda y a la república. ¿Por qué, habiendo tenido esa oportunidad, esperó la derecha a 1936 para sublevarse, cuando ya no tenía el poder ni el control del dividido ejército, y corría muy serio riesgo de derrota? Tan serio que el golpe de Mola fracasó, y de no ser por el puente aéreo de Franco, la derrota de los sublevados habría sido segura.

Esta cuestión no la plantea Carr ni casi ningún estudioso, y sin embargo encierra toda la clave de aquella historia. Pues las mismas fuerzas que en octubre de 1934 habían intentado explícitamente imponer un régimen de tipo soviético, más otros partidos que habían apoyado moral y políticamente la intentona, ganaron las (fraudulentas)  elecciones en febrero de 1936, coligados en el Frente Popular. Ello produjo horror a las derechas.

¿Estaba justificado ese horror? Carr y tantos más suponen que no. Según ellos, la izquierda en 1936 era básicamente democrática y moderada, y lo que temían las derechas, en realidad, era perder sus supuestos privilegios. Sin embargo es imposible hablar de democracia ni de moderación en la fracción mayoritaria del Frente Popular, constituida principalmente por el sector principal del PSOE (el de Largo Caballero, Lenin español y líder nada arrepentido de la insurrección del 34) y por los comunistas. Cuando se alude a la debilidad numérica del PCE por entonces se olvida su notable y creciente influencia política, y su estrecha alianza con el PSOE de Largo. Recordemos además a la poderosa CNT, anarquista, que, tras apoyar electoralmente al Frente Popular preparaba activamente su revolución. A ninguna de estas fuerzas puede llamársele democrática ni moderada.

Pero, se dice, el gobierno frentepopulista no estaba en manos de esos revolucionarios, sino de los moderados, capitaneados por Azaña y apoyados desde fuera por el sector socialista de Prieto. Sin embargo, ¿eran éstos realmente moderados y demócratas? Para Prieto y Azaña, la derecha no tenía “títulos” para gobernar, aunque ganara las elecciones, como en noviembre del 33. Azaña había intentado golpes de estado al perder las elecciones de 1933, y los dos habían apoyado, activa o moralmente, la insurrección de octubre del 34, y aunque la consideraban un error, seguían justificándola. Su programa electoral incluía la amnistía y reposición en sus cargos de cuantos se habían sublevado contra la legalidad y contra un gobierno legítimo de derechas, y la persecución judicial para quienes hubieran cometido excesos defendiendo la Constitución. Sobre todo anunciaba reformas destinadas a “republicanizar el estado” (politizando la justicia, entre otras cosas), de modo que la derecha no pudiese volver al poder, quedando como una presencia testimonial y justificadora de una pretendida democracia. Al volver al gobierno, Azaña se apresuró a prometer que el poder no saldría ya de manos de las izquierdas.

Los presuntos moderados resultaban no serlo, por tanto, ni tampoco demócratas, excepto por comparación con los comunistas, socialistas bolcheviques y anarquistas. Pero fue tal el miedo de las derechas a estos últimos, que inmediatamente apoyaron a Azaña como un último valladar frente al proceso revolucionario. El mismo Azaña observó con sorna cómo se había convertido en “ídolo” de la derecha.

Había razones para ese miedo. Pues aunque, como dice Carr, los comunistas no estaban en condiciones de hacer una revolución inmediata, ni lo pretendían, sí estaban empeñados en dar pasos decisivos hacia ella, como no puede dudar quien haya consultado sus documentos. Uno de los pasos principales consistía en la disolución de los partidos derechistas y el encarcelamiento de sus líderes, empezando por Gil Robles. A ese fin presionaban constantemente a los republicanos en el (precario) poder. En cuanto al PSOE de Largo, desestabilizaba al gobierno de Azaña y luego de Casares con el fin de provocar una crisis y heredarlo legalmente. De esta manera podía emprender la revolución directamente desde el poder, con aparente legitimidad y sin correr el riesgo de una insurrección que podría ser vencida como la del 34. En cuanto a los anarquistas, su nuevo proceso revolucionario estaba en preparación acelerada. Estas evidencias suelen omitirlas o minimizarlas quienes mantienen el mito señalado.

El resultado fue una situación caótica que en cinco meses causó casi 300 muertos y más de mil heridos, asaltos a decenas o cientos de centros políticos, periódicos y domicilios particulares derechistas, quema de cientos de iglesias, algunas de gran valor artístico, agresiones y exacciones de todo tipo, innumerables huelgas generales y parciales, atracos políticos, formación y desfiles de milicias, etc. ¿Obrarían los republicanos del gobierno como muro frente al proceso revolucionario, o bien le allanarían el camino? ¿Sería Azaña un Ebert o un Kerenski? Las derechas, pintadas en la propaganda como provocadoras de los desmanes, a fin de justificar la rebelión que preparaban, fueron las que pidieron reiteradamente en las Cortes la aplicación de la ley por el gobierno y el cese de la imposición de la fuerza en la calle. Pero sus peticiones fueron acogidas con insultos, gritos y amenazas de muerte, que terminarían cumpliéndose en el líder monárquico Calvo Sotelo, escapando Gil-Robles por los pelos. El gobierno no se comprometió a cumplir con su más elemental misión de garantizar el orden, e incluso se proclamó “beligerante contra los fascistas”, causantes de una proporción mínima de las agresiones. En estas circunstancias, los republicanos deslegitimaban su poder, si es que no lo habían hecho desde el principio con su programa de impedir la vuelta de las derechas al gobierno. Éstas fueron comprendiendo que ante el acoso revolucionario no podían contar con un poder capaz de imponer la ley, y eso las empujó a una rebelión casi a la desesperada.

Es dudoso que Carr aceptase con tanta benevolencia una situación semejante en su país. Él puede, si quiere, llamar legal o democrático a semejante gobierno pero no debe esperar que una persona informada comparta su criterio. Su frase explicativa podría invertirse de la siguiente manera: “la propaganda izquierdista presentó el movimiento de julio del 36 como un ataque injustificado contra un gobierno legal y democrático. El hecho es que el país soportaba la presión de un gobierno decidido a impedir que la derecha volviera al poder, así como la violenta actividad de partidos que preparaban activamente la revolución, sin que dicho gobierno hiciera nada práctico por cumplir y hacer cumplir la ley, favoreciendo así el proceso revolucionario”. Esta versión concuerda mucho más con los hechos que la de Carr, a la que siguen apegados tantos historiadores y políticos.

La fuerza de los prejuicios se hace patente en opiniones como ésta: “En lo que se ha llamado su fase bolchevique, (…) Caballero usó la retórica de una revolución proletaria sin ninguna intención de organizar una edición española de la Revolución Bolchevique de octubre de 1917”. Lo aseguran también Preston y otros. Pero el PSOE, dirigido por Largo Caballero, no sólo rompió en 1933 con los republicanos de izquierda y optó por la dictadura del proletariado, sino que marginó al sector moderado de Besteiro, creó un comité especial para organizar la guerra civil (textualmente), urdió maniobras desestabilizadoras contra el gobierno legítimo de centro derecha en el verano de 1934, lanzó en octubre del mismo año la más mortífera insurrección del período republicano, con un total de casi 1.400 muertos en 26 provincias. Vencida la insurrección, persistió en sus ideas y prácticas, y en 1936 volvió a eliminar políticamente a Besteiro, se enfrentó con el sector menos violento de Prieto, a quien los seguidores de Largo estuvieron a punto de linchar en el célebre mitin de Écija, organizó milicias y fomentó un clima social en extremo violento después de las elecciones de febrero de ese año. Si a esto le llama Carr “retórica” y “falta de intención revolucionaria”, ya extraña menos que considere democrático y legal al gobierno del Frente Popular.

Los comunistas y España, según Carr (y II)

Las   versión que defiende Carr y, todavía, la mayor parte de los historiadores,   es, con algunas variaciones, la elaborada por la propaganda staliniana, cuya   enorme resistencia a los hechos y capacidad para deformarlos nadie ignora.

No extrañará, por tanto, que las revelaciones de España traicionada —en realidad no revelaciones, sino confirmaciones de cosas bien sabidas, aunque voluntariamente ignoradas por muchos— reboten contra el muro del prejuicio. De acuerdo con esa propaganda, Carr concluye: “Los españoles estaban envueltos en (…) la lucha contra Franco y los militares y clérigos. En ese conflicto, con independencia del recelo que sus intenciones hayan despertado (…) los comunistas fueron las tropas de primera línea”. La primera parte es difícilmente mejorable: no hubo propiamente guerra civil, sino un enfrentamiento entre “los españoles” y Franco más los curas y militares. En la propaganda stalinista tampoco hubo guerra civil, sino de independencia frente a la intervención alemana e italiana apoyada por sus peones españoles, pero en ambas variantes los comunistas fueron los grandes adalides de “los españoles” y su democracia, las “tropas de primera línea”. Chirriante contrasentido que, asombrosamente, no provoca en Carr ninguna vacilación.

El historiador británico no puede hoy, claro, mantener la tesis de la guerra de independencia, porque salta a la vista que ocurrió exactamente al revés: ni Hitler ni Mussolini influyeron ni se inmiscuyeron en los asuntos españoles de modo ni remotamente comparable a como lo hizo Stalin. Éste obtuvo —le fue entregado por el PSOE— el control del grueso de los recursos financieros españoles, convirtiéndose en el amo de los suministros, y por tanto del destino del Frente Popular. También dispuso de completo dominio, como es generalmente reconocido, sobre el partido que pronto se hizo el más poderoso de las izquierdas, el PCE. Además, los asesores soviéticos tuvieron sobre las decisiones y operaciones militares una influencia que jamás lograron en el otro bando los alemanes e italianos; y el ejército izquierdista rompió con el modelo de Azaña para inspirarse en el soviético, desde las insignias y saludos hasta la politización extrema asegurada por los comisarios políticos, pasando por un código disciplinario casi terrorista. En cuanto a la policía secreta staliniana, operó en España al margen del gobierno español, como en una colonia. Los políticos opuestos a la hegemonía comunista, en especial Largo Caballero y Prieto, fueron expulsados del poder (Negrín, en cambio, nunca planteó problemas serios a Stalin). Estos y otros hechos permiten afirmar que el Frente Popular perdió realmente su independencia, cosa no ocurrida en ningún momento al bando nacional. Teniendo en cuenta este dato definitorio, que Carr omite graciosamente, ¿puede sostenerse que los comunistas defendieron la democracia de un pueblo al que empezaron por satelizar?

A ello responde Carr con aparente ingenuidad: “Para Stalin, España fue siempre un peón en el juego diplomático de atraer a Francia y Gran Bretaña hacia un bloque antifascista y antialemán. ¿Realmente quería asumir la responsabilidad de apoyar a un satélite soviético en la otra punta de Europa, dados los peligros que tenía más cerca de casa?” Los esfuerzos —y logros— de Stalin por satelizar a España no admiten la menor duda, pero el prejuicio tiene tal fuerza que no parte de los hechos para poner en cuestión una teoría, sino de la teoría para poner en cuestión los hechos. El planteamiento correcto de la cuestión tendría que ser el contrario: puesto que Stalin satelizó realmente al Frente Popular, ¿puede sostenerse que se limitaba a utilizar a España de peón para atraerse a Francia y Alemania? El mismo Carr admite los hechos, aunque de forma reluctante y parcial, cuando señala: “Para controlar el ejército, los comunistas decidieron destruir a Caballero”. Pero no saca la consecuencia obvia, es decir, que los comunistas —Stalin— estaban en posición de deshacerse nada menos que del jefe del gobierno español, por obstaculizar éste sus designios.

A Stalin, desde luego, la democracia española le importaba tan poco como la francesa o la británica, y sus movimientos tácticos (primero entendimiento con Londres y París, y después con Berlín) no se entienden sin tener en cuenta una concepción estratégica básica: convencido de la inevitabilidad de una próxima “guerra imperialista”, su objetivo era evitar que la misma estallara entre Alemania y la URSS, desviándola hacia una contienda entre Alemania y las potencias occidentales. Pues si ocurría lo primero, el sistema soviético se vendría abajo probablemente; pero en el caso opuesto, Europa quedaría arrasada y abonada para la revolución. La guerra de España le ofrecía la posibilidad de agravar las “contradicciones” entre las democracias y Hitler, y al mismo tiempo la de conseguir un peón en un punto estratégico de occidente. Eran opciones en alguna medida contradictorias, pero la política soviética trató de armonizarlas: dominar al régimen español, por un lado, e incitar a las democracias a intervenir contra los fascismos, por otro. Las democracias también tuvieron en cuenta, seguramente, el mismo problema que Stalin: una guerra en occidente podía dejar a Europa madura para el comunismo. Eso ayuda a explicar su actitud de entonces.

Otro obstáculo al afán comunista de dominio fue el poder anarquista. Los documentos de España traicionada revelan, entre otras cosas, el odio de los comunistas hacia los ácratas, odio cuyo fundamento encuentra Carr en la versión stalinista, seguida acríticamente: “La CNT, en opinión de los comunistas, hacía imposible la creación de una industria de guerra eficaz (…) Además, en los primeros días, elementos incontrolados de la CNT habían ejecutado sumariamente a presuntos fascistas (…) Habían asesinado en masa a sacerdotes (…) y quemado iglesias. Habían matado monjas. Si los anarquistas seguían con su “pillaje y sus quemas” quedarían como una “mancha negra” en el movimiento antifascista”. Podía haber indicado Carr que una industria de guerra eficaz no consiguieron crearla ni los anarquistas ni los comunistas, pese a disponer de una infraestructura más que regular, y debido no sólo a las querellas entre unos y otros, sino también al desinterés de los obreros, a quienes todos decían representar. Más grave es la atribución de todos los desmanes a los ácratas, o la supuesta preocupación por la “mancha” en la pureza moral del movimiento antifascista. En el exterminio de la Iglesia, como de los fascistas, intervinieron con parecido ardor ácratas, comunistas, socialistas y republicanos, y no sólo en los primeros días, como está sobradamente documentado. Pasma que un historiador en otros aspectos solvente, repita a estas alturas los tópicos de la más inconsistente propaganda comunista.

En la senda de dicha propaganda, Carr insiste: “Los republicanos, disgustados por los paseos anarquistas de julio, estaban decididos a recuperar los poderes del gobierno legítimo para controlar a los “incontrolables”. Odiaban el resurgimiento del anticlericalismo tradicional. Al carecer de amplio apoyo popular, eran por tanto aliados de los comunistas en tanto que hombres de orden”. El disgusto de los republicanos, salvo excepciones, no pudo ser por los paseos, en los cuales también intervinieron, así como en la formación de checas. Y esos crímenes no se limitaron, ni mucho menos, al mes de julio. El disgusto provenía más bien de que aquellos comités incontrolables privaban a los republicanos del poder, y de que el terror, del que informaba la prensa internacional, llegó a perjudicar seriamente los esfuerzos de los sucesivos gobiernos por aparecer a los ojos del mundo como demócratas. Y, contra lo que dice el aquí muy mal informado Carr, los republicanos no odiaban el anticlericalismo tradicional, pues habían sido ellos quienes más lo habían fomentado a lo largo de decenios, y era, en rigor, el único rasgo que unía a todas las izquierdas.

Y tampoco, finalmente, estaban los republicanos “decididos a recuperar el poder” después de la revolución de julio del 36, porque su insignificante organización y apoyo popular no les permitía soñar con tal cosa, ni podían tener garantía, a la altura de septiembre del 36, de que los comunistas fuesen “hombres de orden”. En realidad el gobierno republicano de Giral se hundió en la impotencia tan pronto repartió armas a las masas, el 19 de julio, y en el gobierno compuesto un mes y medio después de la revolución de julio, los republicanos tenían un papel decorativo, mantenido con vistas a presentar una fachada de legalidad que le valiese el favor de Londres y París. El nuevo gobierno lo encabezaba el Lenin español, Largo Caballero, el principal enemigo de la república burguesa; y sus fuerzas reales eran los socialistas y comunistas. En noviembre entraron también otros republicanos ejemplares: los anarquistas. La historia subsiguiente del Frente Popular fue en gran medida la de las querellas, a menudo sangrientas, entre las tendencias revolucionarias principales, la socialista, la comunista y la anarquista.

 

Creado en presente y pasado | 70 Comentarios

Una huelga en la EOP (y III)

Blog Gaceta: Tres fechas decisivas: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/tres-fechas-decisivas-20120715-0

**********************************

(Recuerdos sueltos)

Como  es sabido, tras el fracaso del maquis en su intento de encender de nuevo la guerra civil, el PCE se orientó con la mayor desenvoltura a una táctica de  “reconciliación nacional” –el pueblo estaba casi todo él reconciliado, como prueba el propio fracaso del maquis— y de infiltración en los sindicatos, en la universidad y en el mundillo intelectual. Esa táctica ya estaba diseñada grosso modo en el informe de Dimítrof al VII Congreso de la Comintern sobre los Frentes Populares. Se trataba de disimular el verdadero carácter propio invocando consignas antifascistas y democráticas, y ganar puestos de representantes, desde los cuales sabotear más eficazmente el sistema capitalista.

De modo que me presenté a delegado. Mi curso era el tercero y por entonces el más alto, porque a nuestra promoción le correspondería estrenar el cuarto;  y según el reglamento, el delegado del último curso lo era también de toda la escuela, una norma intencionada porque se suponía que, estando ya a punto de terminar la carrera y buscar trabajo –que entonces era muy fácil–, la gente se volvía menos amiga de jaranas reivindicativas. En las elecciones solían competir unos cuantos alumnos por razones diversas: esperanza de obtener mejor trato de los profesores en los exámenes o alguna otra ventaja, vanidad, o por hacer algunas tareas poco claras con buenas intenciones de “representar a todos”, de “mejorar la escuela” y similares. Por mi parte elaboré una serie de puntos concretos a reivindicar, entre ellos que la EOP dejara el Ministerio de Información y Turismo y pasara a depender del  de Educación,  y otros que no recuerdo. También protesté del sistema de elección, pidiendo que el delegado general lo fuera tras unas votaciones de toda la escuela, algo que no ocurrió, pero no dejaba de ser un motivo para fomentar el descontento.

Diría que entonces estaba como director Bartolomé Mostaza, periodista que, por lo que leo en Internet, había pasado de la Falange  y del Arriba al Ya, y era muy europeísta, más o menos democristiano  y moderado, evolución frecuente en el régimen. Pero tal vez me equivoque y Mostaza solo estuviera como director en mis primeros años. En cualquier caso, todo el conflicto que luego resumiré tuvo lugar con Emilio Romero de director y Luis María Ansón de subdirector. El primero procedía de la Falange y dirigía el diario de los sindicatos Pueblo, y el segundo era y es un monárquico juanista muy temido por el régimen, según él mismo ha reconocido: tan temido que el régimen le encargó la formación de los futuros periodistas. Bastantes años después, Ansón me permitiría escribir en ABC, algo muy de agradecer por mi parte, aunque su orientación política nunca me infundió mucho respeto.

El funcionamiento de la escuela estaba muy reglado y no había ningún ambiente de rebeldía, como mucho cierto cinismo sobre el oficio de periodista que, “ya se sabe, es la voz del amo que le paga”; uno de los muchos tópicos tontos, pues unas veces ocurre y otras no. Me di cuenta de que, dijera la dirección  lo que dijera o quisiera lo que quisiera, yo tenía el arma del trato más inmediato con la gente, y que bastaba muchas veces comunicar a los alumnos una información de arriba, dándole  un ligero tonillo sarcástico, para desacreditarla. Por lo demás, yo preparaba  lo que debía decir en las asambleas, con moderación aparente –también es verdad que yo creía en lo que decía–, de modo que generalmente triunfaba sobre los contrincantes. Al mismo tiempo procuré movilizar a los elementos más “progres” y atraer al partido al que viera mejor dispuesto;  aunque fallé en el caso de  uno que ya estaba con los “pro chinos” y consideraba contraproducentes aquellas tácticas, porque ponían en manos de la represión a quienes las empleaban. En el PCE(r) yo también llegué a pensar así, y de hecho las CCOO y el Sindicato Democrático de Estudiantes habían sido descabezados en buena medida un año o dos antes. Pero el PCE tenía más razón: si se lograba mantener un equilibrio entre el activismo y la amenaza policial, se podía avanzar bastante en la “concienciación” de la gente y en el fomento de huelgas y otros movimientos subversivos. Además,  el régimen había aprendido que detener a representantes, sindicales o estudiantiles,  solía traer como consecuencia más agitación, noticias de prensa y mala imagen exterior. No se rendía a esas presiones, pero es obvio que le molestaban y procuraba evitarlas.

Resumiré, como digo, en parte porque apenas recuerdo los detalles. Junto con alguno que entró por entonces en el PCE y otros del sector progre, organizamos una huelga que creo fue la primera en la historia de la escuela. Resultó muy instructiva la demagogia de Emilio Romero y más todavía la de Ansón, que procuraba dividirnos elogiando mucho, contra mí, a algunos de mis seguidores, procurando aislarme. No lo logró, la huelga salió a la calle y llegó a la prensa, hubo cierto barullo y finalmente la dirección cedió. La policía anduvo en torno pero no hizo nada. En una asamblea, entre las risas de todo el mundo, incluida la mía, Romero me ofreció hacer las prácticas de verano  en el diario Pueblo, cosa que acepté. Conseguimos total libertad para exponer carteles, lo que utilizamos a fondo,  criticando desde la guerra de Vietnam hasta las numerosas casas desocupadas existentes;  un fondo para conseguir y vender libros a bajo coste, que eran siempre de tinte marxista, incluyendo algunos prohibidos como La función del orgasmo, de Reich; traer a conferenciantes de nuestra cuerda y  unas prácticas de radio en la propia escuela que se convirtieron en un continuo ataque “antifascista”;  etc. La mayoría de los alumnos aceptaba aquello con bastante pasividad, aunque el ambiente iba cambiando considerablemente en sentido izquierdista. Algunos rezongaban, pero eran totalmente incapaces de dar la batalla con carteles o actividades contrarias.

Otra aparente ganancia de la huelga fue que Romero nos permitió formar una comisión para trazar unos planes de estudio con vistas al paso al Ministerio de Educación. Incluso la escuela nos  pagó algunas “comidas de trabajo”. Enseguida entendí la trampa: una comisión de profesores hacía lo mismo en paralelo, y, desde luego, no iban a hacer el menor caso de nuestras propuestas. Además, hubo un desacuerdo fundamental: yo quería que Periodismo funcionase como una escuela especial con tres cursos muy prácticos, y mis compañeros de comisión estaban embelesados con la perspectiva de una facultad de cinco años (que diseñaban los profesores) y la convalidación del título. Para entonces yo estaba algo cansado, también de la falta de seriedad, manía de titulitis y caradura de otros compañeros que, después de haberse mostrado reticentes a la huelga –sin entender, claro, quiénes estábamos detrás—ahora eran los primeros en querer aprovecharse de los resultados conseguidos.  Además, para entonces yo dudaba mucho de la línea carrillista después de leer  La revolución proletaria y el renegado Kautski, de Lenin, así que fui desentendiéndome,  burlándome un poco de todo el asunto, mientras me aproximaba a la OMLE, como relato en De un tiempo y de un país.

Es sorprendente la cantidad de progres e izquierdistas salida de los estudios de periodismo. En parte al menos, el proceso tuvo su inicio entonces.  Yo diría que donde recogió más fruto la táctica de infiltración y agitación del PCE no fue en las fábricas, desde luego, sino en la universidad. El clima creado en la Transición por la agitación de izquierdas, la actitud de la mayor parte de la prensa, el respeto casi general al marxismo y la parálisis de ideas de la derecha fueron sus mayores logros. Pero, ironías del destino, sería el PSOE, un grupo entonces insignificante que no hacía casi nada práctico contra Franco, quien recogiera los frutos de la empeñada labor comunista. Y aún más irónico que el PSOE fuera promocionado por todos los medios, por la derecha misma, a fin de oponerlo al temido PCE.

 

Creado en presente y pasado | 100 Comentarios