Blog Gaceta: El asesinato de Calvo Sotelo: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/asesinato-calvo-sotelo-20120713
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Antes de continuar con este pequeño recuerdo, comentaré brevemente la paradoja de aquellos años, que ya traté en un ensayo, “Cenizas del 68”, publicado en La democracia ahogada. La paradoja consiste en la rebelión de aquella generación de jóvenes –es decir, de su parte más inquieta– contra los que se llamaba “el sistema” o el establishment… que precisamente les permitía ser la generación joven más privilegiada probablemente de la historia, antes o después. En el caso español se atribuye a veces al hecho de haber perdido el régimen un discurso ideológico propio, o de limitarlo cada vez más a una mezcla de tecnocratismo y europeísmo; pero lo llamativo es que la misma rebeldía cundió, y a escala mucho mayor, por muchos países occidentales. No solo los jóvenes vivían con más comodidades, ingresos y expectativas de todo género que nunca, sino que, en Europa, tenían delante la dudosa alternativa del muro de Berlín y la frontera erizada de puestos de ametralladoras erigida por los países comunistas, no para impedir ataques o emigración incontrolada desde el oeste, sino para impedir que sus súbditos huyeran. Pues bien, a pesar de ello, se extendió el descontento, la protesta y la rebeldía, la acusación de belicismo a los gobiernos occidentales, particularmente el useño, en medio de una simpatía a veces vaga, a veces muy concreta, hacia los regímenes socialistas, así como un pacifismo que exigía el desarme frente al bloque soviético o la agresiva expansión comunista por Asia. Aquellos movimientos se dejaban manipular e infiltrar fácilmente por organizaciones marxistas, que a veces los creaban directamente, pero en su mayoría surgían espontáneamente.
Desde luego, la protesta era muy compleja y variada (sus componentes y estilo variaban también considerablemente de un país a otro), manifiesta en el jipismo, en tendencias ácratas, en la proliferación de drogas, en marxismos-leninismos y trotskismos… Diversos autores marxistas influyeron claramente en ella, desde los clásicos Marx, Engels, Lenin, Bakunin, etc., que habían pasado una larga etapa semiolvidados, hasta algunos de la Escuela de Frankfurt, en particular Marcuse, o Mao. El freudismo revivió asimismo con extraordinario vigor y en combinación harto forzada con el marxismo. Pero estas influencias no explican demasiado, pues constantemente aparecen pensadores de lo más diverso, que no logran prender en la sociedad. La cuestión de por qué a tan considerables masas juveniles de posición económica desahogada y con estudios superiores les dio de pronto por la rebeldía y la simpatía con doctrinas utópicas y totalitarias, sigue en pie, ya que tradicionalmente se ha creído que los utopismos totalitarios brotaban de forma natural de condiciones de vida proletarias y deterioradas. Parece como si el bienestar material y las ideologías derivadas de él fueran insuficiente para calmar la psique humana, necesitada de otros elementos. Dejaré aquí la cuestión.
Trataré ahora de describir el ambiente en la EOP, dentro de lo que me permite la memoria. Creo recordar que cuando entré en el PCE, ya en tercer curso, estaba de director Bartolomé Mostaza, periodista del diario Ya y que, por lo que leo en Internet, había pasado de la Falange y del Arriba al Ya, y era muy europeísta y moderado, evolución frecuente en el régimen. Pero tal vez me equivoque y Mostaza solo estuviera como director en mis primeros años. En cualquier caso, todo el conflicto que luego narraré tuvo lugar con Emilio Romero de director y Luis María Ansón de subdirector. El primero procedía de la Falange y del diario de los sindicatos Pueblo, y el segundo era un juanista tan temido por Franco, según él mismo ha reconocido, que el régimen le encargaba la formación de los futuros periodistas. Bastantes años después, Ansón me permitiría escribir en ABC, algo muy de agradecer, aunque su orientación política nunca me convenció.
En cuanto al alumnado, era escaso. Diría que en mi curso éramos unos sesenta, puede que hasta ochenta, aunque había otros que estudiaban por libre, y a los cursos inferiores afluían cada año más aspirantes a periodistas. El grueso amplio del alumnado apenas tenía inquietudes políticas, sino más bien profesionales con un muy leve tinte progresista. No recuerdo más que a un probable falangista y si había más no se hacían notar, y tengo una vaga idea de dos carlistas. Había en cambio un núcleo progre, no citaré nombres, en el que al principio, antes de mi ingreso en el PCE, podríamos estar siete u ocho entre los tres cursos. Algunos de ellos derivarían más tarde a partidos maoístas, y uno estaría muy cerca de ser fusilado en 1975. Su actividad en la EOP era nula. Daban por supuesto que en aquel centro no se podía hacer nada políticamente útil, dada la a su juicio bajísima calidad política y hasta personal de los estudiantes. Solían criticar el consumismo que alejaba a la gente de la necesaria revolución, cuyo contenido no quedaba nunca ni medianamente claro, pero que desde luego pasaba por el derrocamiento del franquismo, en el que tampoco creía nadie seriamente; compraban, pagando con cierta generosidad, los Mundo obrero que por alguna vía llegaban, aunque los encontraban poco radicales para lo que convenía. Uno del grupo era el compañero sentimental de una chica que ya había acabado la carrera y pertenecía al PCE. Una vez le oí a ella un argumento que ya entonces me sonó gracioso: un estudiante sostenía que lo importante es la obra bien hecha, hacer las cosas profesionalmente con una elevada calidad. La chica le replicó: “Claro, eso puede aplicarse a un torturador, que hace bien su trabajo”. Se refería, obviamente, no a los chekistas, sino a los franquistas, torturadores que además explotaban bestialmente a obreros y campesinos y fracasanban en todos sus planes de desarrollo, aumentando la miseria general, como predicaba la propaganda. Entre nosotros circulaban libros marxistas, en su mayoría legales, leíamos a Freud y a Castilla del Pino, alguno era muy forofo de Erich Fromm y su Arte de amar, que solo hojeé sin que me convenciera gran cosa. Se solía escuchar a Joan Baez, a Raimon, a Pi de la Serra, a cantantes revolucionarios suramericanos, incluso corridos mejicanos de tiempos de Pancho Villa, etc., y la gente se calentaba y cabreaba satisfactoriamente por lo mal que se vivía en España y por las inconmensurables fechorías del régimen. Recuerdo una reunión en una casa donde estaba Gloria Fuertes y se cotilleaba de todo tipo asuntos asimismo progresistas…
Bien, el ambiente venía a ser el mismo que luego hallaría en la mili y que he descrito en De un tiempo y de un país: un círculo de “progres” muy contentos de serlo, y que por serlo se sentían muy superiores a quienes no lo eran, y muy poco dispuestos a correr riesgos, por entonces no muy graves, para difundir las buenas doctrinas y movilizar un poco a aquellas decepcionantes bandas de consumistas. Aquellas cosas me parecían una pérdida de tiempo.
