Las Casas (III) Influencia histórica de la leyenda negra
Las calumnias deliberadas de Las Casas son el verdadero origen de la leyenda negra, más allá de las descalificaciones ocasionales y bastante esperables de los protestantes y los países rivales de España, en especial Francia e Inglaterra, o molestos con su hegemonía, como Italia. La razón es que proporcionaba a todos ellos una munición propagandística y política magnífica: ninguna otra propaganda presentaba a los españoles con unos tintes tan atroces, y lo hacía por parte de alguien que, después de todo, era español y había vivido en América, así que debía conocer el asunto. Un mínimo análisis crítico desde el sentido común bastaba para echar por tierra las descomunales acusaciones de Las Casas, pero ello, lógicamente, no tenía el menor interés en una rivalidad radical.
Se ha dicho que todos los imperios y países que han destacado tienen su leyenda negra como relato centrado en los aspectos brutales de su empleo de la fuerza, dejando en segundo término o negando los más positivos. Esto es verdad, pero en el caso español esa leyenda ha ejercido una influencia histórica mucho mayor que en cualquier otro. Hasta hoy mismo la pintura de España como el gran baluarte del fanatismo, el oscurantismo y la crueldad, está presente en las actitudes de diversos países de Europa occidental, en particular los antiguos rivales. Y sobre todo influye en la misma España, donde, a partir de la decadencia, las historias del rencoroso y calumniador fraile empezaron a ser recogidas y aceptadas por algunos: si otros países a los que habían vencido los españoles estaban aventajando a España en economía, ciencia y poder político y militar, tenía que deberse a que la anterior hegemonía hispana habría sido un espejismo o algo peor, una fuerza retardataria y oscura, vencida finalmente por los países “ilustrados y progresistas”.
Ya Quevedo tuvo que bregar con ese espíritu, que cobró fuerza en el XVIII, pero sobre todo en el XIX y XX. La masonería resultó un canal especialmente eficaz , por lo oculto, de la leyenda negra. Esta fue el contenido ideológico de la independencia de los países hispanoamericanos, y ello hasta un punto de histeria. Quizá lo más grotesco fue la pretensión de reivindicar a los indígenas, cuyos peores enemigos eran precisamente los criollos independentistas. La independencia tenía que llegar de un modo u otro, pero lo hizo de uno de los peores modos posibles, cuyas consecuencias permanecen hasta hoy.
Las diatribas independentistas fueron acogidas en la propia España. Cuando el botarate Castelar predicaba que “Nada hay más espantoso, más abominable, que aquel imperio español que era un sudario que se extendía sobre el planeta”, expresaba una opinión muy extendida entre los improductivos liberales españoles. La derrota frente a Usa en el 98 reforzó tales opiniones, sostenidas como fondo del llamado regeneracionismo. Para Azaña, el país solo había creado un “imperio de mendigos y de frailes, aliñado con miseria y superstición”; sin entrar en más detalle, Ortega calificaba la historia de España como “enferma” o “anormal”; Costa hablaba de “echar doble llave al sepulcro del Cid”, etc. En realidad, el regeneracionismo no regeneraba nada, y sus retóricas vacuas fueron uno de los factores ideológicos que llevaron a una república demencial y a la guerra civil.
Asimismo encontramos la leyenda negra en las políticas y políticos desde la transición. La base profunda, dentro de su superficialidad, de la política seguida desde entonces por PP y PSOE, es la pueril ocurrencia de Ortega “España es el problema y Europa la solución”. Todo el objetivo de unos y otros se resumía en “entrar en Europa”, frase que ya define una cierta estupidez e ignorancia. De Europa nunca han sido capaces de ofrecer algún estudio de mediana calidad intelectual, mientras que de España no han producido más que una serie de ocurrencias triviales aliñadas con servilismo e hispanofobia.
No cabe duda de que Las Casas ha sido uno de los personajes más influyentes de la historia de España y en buena medida de Europa occidental (a él cabe referir, por ejemplo, el mito del “buen salvaje”, que tantos disparates sugirió en el siglo XVIII)
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Es el caso de Sonaron gritos y golpes a la puerta, de Pío Moa. Bien es verdad que, pese a la simpatía ideológica que me inspira el autor, no fui de los primeros en abalanzarse a las librerías para hacerme con su primera novela. Un historiador y ensayista puede ser altamente competente en su especialidad, hasta notable prosista, y perfectamente negado para la narrativa de ficción, para la creación. Son dos cosas totalmente distintas. Incluso he de decir que no me atraía mucho el título elegido por Moa, que sigue sin convencerme. Pero sea como fuere, poco antes de iniciar unas breves vacaciones, descubrí en la librería de un conocido centro comercial la reedición en rústica de Sonaron gritos… Y me lo compré con la deliberada intención de poder ventilarme las ochocientas páginas del volumen en mi período de descanso. Cosa que he llevado a cabo según el plan previsto (Carlos López Díaz, ensayista)





