Munición para los artilleros
**El PSOE es el partido español de historia más criminal y corrupta del siglo XX y lo que va del XXI. El desconocimiento de este hecho convierte la política en farsa, y ha sido posible por la colaboración de una derecha infame.
**Con la totalitaria ley de memoria histórica, Juan Carlos firmó su propia deslegitimación. Con la profanación de la tumba de Franco, el Doctor Saunas y los separatistas, y por inhibición el PP) han propinado a la monarquía un nuevo y feroz golpe.
**El único medio de que el Doctor y sus aliados Torra, Otegui o el PNV sean desplazados sin que se vuelva a la misma política, es el voto masivo a VOX.
**El PP es un partido en descomposición dirigido por un chiquilicuatro y con verdaderas taifas en Galicia, Vascongadas, Andalucía o Murcia. Siempre siguiendo las iniciativas del PSOE y los separatistas.
**El PSOE y los separatistas nunca habrían llegado a traer a España una situación crítica y el golpe de estado permanente sin la colaboración del PP y de la jerarquía eclesiástica.
**La “memoria histórica”, la memoria de Franco, los separatismos y la historia criminal del PSOE deben ser los ejes de una campaña electoral nueva.
**En los muros y redes sociales deberían multiplicarse frases como esta: “Viva Franco, abajo los corruptos, separatistas y golpistas”
- O esta: “¿Por qué atacan a Franco el PSOE, de historia criminal y corrupta, los separatistas y un PP que escupe en las tumbas de sus padres?
**Franco murió hace 44 años. Dejó un país próspero y reconciliado, apto para una democracia sin convulsiones. Democracia y convivencia que hoy destruyen los antifranquistas de historia criminal.
**En el patriarcado las mujeres se suicidan mucho menos que los hombres, delinquen muchísimo menos, viven más tiempo… Y para demostrar su felicidad, sonríen mucho más.
Conocer lo que fue el franquismo es esencial para mantener la democracia y la unidad de España:

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Al ver cómo la democracia ha traído al poder a canallas como Zapatero o el Doctor, muchos concluyen que la democracia es el mal. Entonces los sistemas no democráticos serían los que permitirían gobernar a los mejores, estupidez que la historia desmiente contundentemente. La mayoría de los reyes han sido mediocres, algunos pésimos y muy pocos realmente excelentes. Lo mismo ocurre con los dictadores. No existe ni existirá ningún sistema que asegure el mejor gobierno. Y no es la democracia la que ha traído a Zapatero, sino los errores y oportunismos de otros.
Pero, dicen, ¿y el franquismo? ¿No fue excelente? Como recordaba Fernández de la Mora, el franquismo solo puede entenderse como una etapa histórica, de ningún modo como una ideología. Ni siquiera como un régimen fácilmente indentificable, pues fue notablemente distinto el de los años 40-50 y el de los 60-75. Antes de la república, Franco sirvió fielmente al régimen demoliberal de la Restauración. Durante la república, manifestó adhesión a ella considerándola una democracia. ¿La prueba? En el primer bienio gobernaron los “malos”, llevando al país a una situación caótica. Pero en las elecciones de 1933 ganaron “los buenos” democráticamente –lo que revela que en democracia pueden ganar “los buenos”–, y sus dos años de gobierno fueron los mejores de la república. Izquierda y separatistas se rebelaron contra la legalidad democrática y fueron derrotados y como se recordará, Franco defendió entonces la legalidad democrática. Aunque luego el derechista Alcalá-Zamora, una especie de orate que obró semidictatorialmente, echara a perder los frutos de aquella victoria.
Las reglas del juego volvieron a romperse con las elecciones del 36, cuyo carácter fraudulento fue denunciado desde el primer momento por el mismo Franco y otros, aunque no se vieron capaces de cambiar las cosas. Aun así, no se rebeló hasta que el asesinato de Calvo Sotelo le convenció de que seguir sirviendo a una gobierno semejante era completamente inmoral. Se sublevó, recuérdese, en nombre de la república.
No obstante, Franco comprendió algo que no entendieron los monárquicos ni la mayoría de los generales: que ganar una guerra para volver a una situación como la de la república o la de la Restauración era absurdo. Era preciso crear un nuevo sistema de gobierno aprovechando experiencias diversas, entre ellas las del fascismo italiano y del salazarismo, pero dándoles un tinte católico y manteniendo bajo la rienda a la cuádriga de Falange, carlistas, monárquicos y católicos políticos (es difícil llamar a estos últimos (¿episcopales? ¿clericales?) pese a ser la fuerza más importante. Falange y los monárquicos eran políticos católicos, mientras que los tradicionalistas y los episcopales eran católicos políticos. La diferencia importa). La tarea exigía una capacidad ý visión política excepcionales y Franco las demostró. En cambio, basta valorar a sus colaboradores y personal político para entender que ninguno tenía su talla ni podía ser su sucesor al mismo nivel.
En principio se trataba de superar tanto la ideología marxista como la liberal, pero eso nunca se consiguió realmente. No hubo, hay que repetirlo una ideología franquista, pues no lo fue ni el tradicionalismo carlista ni la Falange ni el monarquismo liberal o autoritario. Si acaso el “catolicismo social”, y ya sabemos lo que ocurrió después con él. El franquismo no cesó de liberalizarse desde principios de los 60, y no solo económicamente (en economía siempre fue predominantemente liberal). La abolición de los partidos no fue ni mucho menos la causa del éxito del franquismo. En realidad solo fueron prohibidos los causantes de la guerra civil, pero los vencedores formaban en realidad cuatro partidos no bien avenidos, y cada uno de ellos con distintas corrientes, una de ellas abiertamente antifranquista. Estos cuatro partidos (“familias”), se hallaban en los años 70 en plena descomposición, y ninguno de ellos ni todos juntos estaban en condiciones de mantener un régimen que se volatilizaba.
Franco, por cálculo o intuición, consiguió dos victorias últimas: que el Vaticano II no provocase un derrumbe como el del salazarismo portugués, y, póstumamente, a través de Fernández Miranda, el referéndum de 1976, con la democratización “de la ley a la ley”, siempre olvidado deliberadamente por unos y por otros. Con ello se consiguió algo que normalmente permiten las democracias y raramente los sistemas autocráticos: un gran cambio de poder pacífico y sin demasiados traumas.
La democracia obliga a los partidos a luchar por la opinión pública, lo que puede hacerse mejor o peor: una buena causa es a menudo muy mal defendida. Por tanto se corre el peligro de que los demagogos se impongan, lo mismo que un régimen autoritario tiene el peligro de que su líder sea un inepto o un loco, hecho no inhabitual. Así es la realidad humana. Una ventaja de la democracia es que, si se respetan los resultados electorales y el estado de derecho, la política puede cambiar sin grandes trastornos, y que si se demuestra perjudicial puede corregirse en otras elecciones. En la república fue posible una rectificación –y en parte se consiguió– del caos del primer bienio, y no se olvide que fue un líder conservador, obrando contra la norma parlamentaria, quien esterilizó su doble victoria, electoral y anti insurreccional.
Los peligros de la democracia son reales, pero lo que ha pasado en España con Zapatero, Rajoy y el Doctor no es un problema de la democracia, sino de su erosión y progresiva destrucción por unos elementos demasiado parecidos a los que destruyeron la legalidad republicana. Y que con el mayor descaro –y aplauso de los ilusos antidemócratas de derecha— están acabando de hundir el gran acuerdo democrático de 1976. Es indispensable reivindicar la figura y los logros del franquismo no porque sea posible volver a un sistema de gobierno como aquel, sino porque, precisamente sus logros permitieron la posibilidad de una democracia real, no convulsa, hoy atacada por la “estúpida canallería” de quienes no aprenden de la historia, tanto los del nuevo frente popular como los de una derecha tipo PP, degenerada y sin principios. La democracia es un logro póstumo del franquismo y se lo han dejado arrebatar entre unos y otros.
Así pues, es precisa una doble reivindicación como base de una nueva política: la reivindicación del franquismo y de la democracia.

