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Sitios de interés
La derecha escupe sobre las tumbas de sus padres y abuelos.
En los libros de historia encontramos a menudo dos tipos de errores: de detalle y de enfoque. También puede decirse de descripción y de análisis. Los de detalle son inevitables, por cuidado que esté el texto, pero no destruyen este, salvo cuando son demasiados o grotescos. Los de enfoque son los más peligrosos porque echan a perder el conjunto, y son los más frecuentes en las historias de España, desde la leyenda negra, la negación de la Reconquista o la pretensión de un Frente Popular “republicano” y “legítimo.
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Un político del PP, Pedro Corral, se ha creído en el caso de instruir a sus colegas, desde el diario ABC, sobre lo que fue la guerra civil. Buena intención, aunque temo que él mismo no demuestre tener mucha idea al respecto, como veremos. Cosa por lo demás común entre nuestros políticos.
Muchos nos hemos empeñado en investigar y desentrañar las motivaciones y mecanismos de aquella guerra de tanta trascendencia en España y fuera de España, pero según el señor Corral no hacía falta tanto esfuerzo. La cosa fue de lo más sencillo:a unas pequeñas minorías (“canallas y sádicos sayones” les llama Pedro J Ramírez en la misma onda) les dio un buen día por matarse entre ellas y de paso arrastrar malamente a millones de personas que solo pasaban por allí y no tenían el menor interés en luchar por nada. Así de facilito. O sea, el pensamiento y la razón, sustituidos por la simpleza envuelta en moralina de barra de bar.
Para justificar su llamémosla tesis, Corral “descubre” que las fuerzas militares de ambos bandos fueron engrosadas mayoritariamente, desde las primeras semanas, por soldados reclutados a la fuerza. Las imágenes propagandísticas de millones de aguerridos milicianos y falangistas son solo eso, pura propaganda. En todas las guerras, civiles y no civiles, los soldados son mayoritariamente de recluta, lo que no quiere decir que vayan necesariamente “a la fuerza”. En cuanto a los millones de milicianos y falangistas, nadie lo ha dicho nunca, y Corral se lo inventa para pasar por desmitificador. Fue característico que desde el primer momento surgiera un número extraordinariamente alto de voluntarios en los dos lados. No fueron millones, pero sí decenas e incluso cientos de miles. Con ellos, básicamente, Franco pudo haber ganado la guerra en cinco meses (el profesional Ejército de África era muy voluntario) aunque empezara pronto a movilizar quintas. Y los rojos empezaron pronto a regularizar el ejército porque los voluntarios, con todo su entusiasmo, rara vez tienen el orden y la disciplina que precisa un ejército en una guerra prolongada. La ignorancia de la lógica militar por el señor Corral le permite descubrir la sopa de ajo y, deslumbrado por su descubrimiento, tratar de enseñársela a los demás.
Por lo tanto, sigue, el factor clave de la inmensa mayoría de los protagonistas de la contienda fue la lealtad geográfica. Esto significa, sencillamente, que la inmensa mayoría de los españoles no tuvo libertad para elegir bando. «Factor clave”, llama a esta verdad de Perogrullo, pues claro que cada bando aplicó la ley en su zona. Pero la gran mayoría de los españoles ya había elegido bando en las elecciones brutalmente radicalizadas de febrero de 1936, aproximadamente mitad por mitad entre izquierdas y derechas. La perogrullada se embrolla algo más: La consecuencia de la lealtad geográfica es que soldados de izquierdas reclutados en el Ejército franquista tuvieron que combatir contra soldados de derechas enfilados en el Ejército Popular. Cierto, pero el grueso de los soldados se identificó con el bando en que luchaba, otros muchos procuraron pasarse al contrario y bastantes lo consiguieron. Otros más fueron fusilados por negarse a servir en el bando “geográfico”. Por cierto, al terminar la campaña del norte, los nacionales integraron en sus filas a la mitad de los 200.000 prisioneros, que no dieron ningún problema.
Sin embargo, esto no es óbice para que muchos sigan pensando que un campesino pobre, sin ideas políticas, reclutado por Franco, será siempre un fascista, mientras que otro campesino pobre, sin ideas políticas, reclutado por Azaña, será siempre un antifascista. En fin, la osada ignorancia. Azaña pintó poquísimo en la guerra y nunca reclutó a nadie; fueron los partidos obreristas, sobre todo el comunista, quienes impulsaron la recluta masiva. Entre los campesinos pobres de Extremadura y Andalucía predominaban los anarquistas y socialistas, mientras que los de Galicia y Castilla solían ser de derechas. Si el señor Corral hubiera estudiado mínimamente la época, sabría que la politización de entonces fue extrema, con los odios correspondientes, y que no había mucha gente sin ideas políticas, aunque fueran muy primarias
Las quintas reclutadas durante la contienda por ambos bandos deberían haber sumado un total de 5 millones de hombres. Sin embargo, el total de españoles incorporados a filas no pasaron de aproximadamente 2,5 millones: 1,3 millones en el Ejército Popular y 1,2 en el Ejército franquista. Los otros 2,5 millones de potenciales reclutas se las ingeniaron para no coger el fusil e ir al frente. Suele considerarse que el máximo de movilizados para no desarticular la economía, y salvo casos excepcionales, no debe superar al 10 -12% de la población. Y de ellos solo una fracción “coge el fusil y va al frente”, pues un ejército tiene una enorme cantidad de servicios que normalmente quedan en retaguardia. Otra gran cantidad de adultos ha de permanecer manteniendo las fábricas y los campos. Pues bien, el 10% de la población de entonces ascendía precisamente a 2, 5 millones, por lo que se movilizó precisamente algo más de ese 10% (1,2 millones los nacionales, 1,7 millones los rojos, según las cifras de R. Salas Larrazábal).
El señor Corral quiere hacernos creer que la mitad de los –según él—reclutables, habrían desertado o se habrían escaqueado. Ignora que, contra ciertas leyendas, la guerra de España no fue de gran intensidad comparada con otras muchas civiles y no civiles del siglo XX (puede ver alguna comparación en Los mitos del franquismo), que las bajas mortales militares no fueron muy elevadas (en torno a 160.000. La guerra civil useña en el siglo XIX causó unas 600.000, para una población poco mayor), y que la mayoría de los frentes tuvo poca actividad la mayor parte del tiempo. Tampoco la movilización fue tan profunda que obligara a emplear masivamente a mujeres en fábricas y campos para suplir a los hombres, como ocurrió en la guerra mundial, por ejemplo. Un profesor debiera informarse bien antes de dar lecciones.
Al señor Corral le asombra agradablemente que hubiera desertores. Los hay en todas las guerras. La cuestión es cuántos y en qué proporción en cada bando. Habla de “miles” y seguramente los hubo, unos para pasarse al otro lado y otros, los menos, para irse a casa; mientras sugiere la cifra de 2,5 millones entre desertores y escaqueados, que él imagina debían haber ido al frente. Sin embargo afirma que los castigos a los desertores fueron terroríficos: En el bando franquista se detenía a los familiares del desertor y se confiscaban sus bienes, y si los familiares tenían antecedentes izquierdistas era probable que acabaran fusilados. Nunca había oído tal cosa, pero si fue así, las víctimas deberían contarse por cientos de miles. Tendría interés que el señor Corral nos aclarase cuántas fueron. Por supuesto, en el Frente Popular los reglamentos llegaron a hacerse terroristas, como ha explicado R. Salas Larrazábal, a quien el señor Corral debiera leer con atención antes de ponerse a enseñar a sus colegas de la política.
Ni para defender la República ni para atacarla hubo mucho entusiasmo entre los españoles de a pie. Por supuesto. Como que la república, es decir, la legalidad republicana, había fenecido con las elecciones de febrero del 36. Lo que había era un nuevo régimen revolucionario. Y es cierto que, pasados los primeros meses, decayó mucho el entusiasmo por defenderlo, pero, aunque no lo crea el señor Corral, ocurrió algo muy distinto en el otro bando. Lo demuestran sus numerosos actos heroicos en condiciones casi imposibles, actos inexistentes en el Frente Popular: Gijón, Toledo, Sta. María de la Cabeza, Oviedo, Huesca… a los que desprecia el político, porque no entran en la nómina de desertores y escaqueados que tanto le complacen.
Se cree el señor Corral en la obligación de informarnos de su infinita compasión por todas las víctimas, que según él lo fueron de unos cuantos extremistas desalmados. De quien no tiene la menor compasión, en cambio, es de la verdad histórica y la necesidad de investigarla. Debería hacer un pequeño esfuerzo por aclarar el sentido de un suceso tan dramático más allá de la exhibición de fáciles buenos sentimientos –como si los demás carecieran de ellos—y de esa vanidosa condena a diestra y siniestra, como si a tantos españoles les hubiera dado por matarse entre sí por las buenas, y obligar a otros a hacerlo.
Así que informaré brevemente a nuestro político de cosas generalmente bien sabidas: el Frente Popular triunfó en unas elecciones no democráticas, destruyó la legalidad republicana y emprendió un proceso revolucionario extremadamente violento. Dicho Frente se componía ante todo de partidos obreristas y de separatistas que querían destruir España sin disimulo. Por sus diferencias se mataron entre ellos muchas veces, pero estaban de acuerdo en un punto esencial: la erradicación de la Iglesia y la cultura cristiana en España, para lo que cometieron un verdadero genocidio. De modo que lo que estaba en juego entonces no eran las chifladuras vesánicas de unos y otros, como con tan poca compasión como respeto supone el instructor de políticos. Estaba en juego la subsistencia de la nación española y de la cultura cristiana. Por ello el proceso revolucionario provocó la rebelión del bando nacional. Parece lógico suponer que el señor Corral no se habría rebelado en modo alguno, sino procurado adaptarse a los revolucionarios y medrar entre ellos. Bien, allá él; pero eso no le da derecho a condenar tan despiadadamente a quienes eligieron oponerse a unas tendencias totalitarias y a la disgregación de España.
Y gracias a que vencieron los nacionales puede hoy el señor Corral soltar sus banalidades revestidas de “compasión”, “moderación” y “buenos sentimientos”, como si solo él los tuviera. Y va más allá: Las consecuencias de la guerra no terminaron ahí: el exilio, la represión y una larga dictadura dejaron heridas insondables que sólo en la Transición, con el sacrificio de todos, se empezaron a restañar sólidamente. Del exilio volvió muy pronto la gran mayoría. La represión castigó sobre todo a los chekistas y asesinos que tanto abundaron en el Frente Popular y que fueron abandonados por sus jefes. La larga dictadura no tuvo oposición democrática, solo comunista o terrorista, y escasa. La inmensa mayoría de la población se había reconciliado ya en los años 40, como prueba el fracaso del maquis. El franquismo libró a España de la guerra mundial, de una nueva guerra civil (el citado maquis) y dejó un país reconciliado, libre de los viejos odios y próspero. Gracias a lo cual unos políticos de muy bajo nivel pudieron hacer una transición sin hundir al país… aunque han seguido en ello hasta hoy, llevando a España, nuevamente, a una crisis extremadamente grave. Políticos como el señor Corral, a quienes nada tiene que agradecer una democracia a la que no cesan de dañar. Habla mucho de perdonar, pero debiera empezar por perdonar y no castigar la verdad como lo hace, y por respetar a los millones de españoles que entonces sintieron intensamente su causa y lucharon por ella, en los dos bandos; y a los que supieron después reconstruir el país en las más difíciles e injustas condiciones exteriores. Un país que estos políticos parecen empeñados en echar abajo a base de mentiras y corrupción, empezando por la corrupción intelectual. Quizá el señor Corral crea que así se consigue una mejor relación entre todos. Pero sobre la mentira profesionalizada, que decía Julián Marías, no puede construirse nada sólido.
(en febrero de 2016)
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Superar la guerra civil
Por qué es sumamente improbable que la CIA matara a Carrero: https://www.youtube.com/watch?v=2i2MkxBvw5I
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Ochenta años después de terminada, la guerra civil sigue pesando de modo obsesionante sobre la conciencia histórica de España. La pugna continúa no solo en las ideas e interpretaciones, sino en la política, lo que es más peligroso, generando acciones y leyes de partidos y gobiernos. La causa de este hecho, que escandaliza a unos, fascina a algunos y hastía a otros, salta a la vista: aquel conflicto no ha sido aún asimilado por la sociedad, pese a la imponente bibliografía que ha engendrado, en español y otros idiomas. Y no lo ha sido porque las tergiversaciones, enfoques ilógicos y cargados de emocionalidad han alcanzado un volumen realmente asombroso: se ha dicho que es quizá el suceso de los años 30 sobre el que más falsedades se han contado y se siguen contando.
En esta maraña de datos y versiones, ¿será posible alcanzar un enfoque lo bastante veraz para disolver tal obsesión? Creemos que sí, lo cual no significa el fin de la controversia, sino su elevación a un plano más racional y objetivo.
En la historiografía pueden y suelen cometerse dos tipos de errores: de detalle y de enfoque. Los de detalle son inevitables por muy cuidada que esté la descripción de los hechos, pero apenas influyen en la calidad del trabajo a menos que abunden mucho. Los de enfoque o análisis, en cambio, son decisivos porque tergiversan o pervierten el conjunto, al encajar la descripción en un cuadro falso.
El fondo del actual debate sobre la guerra civil gira sobre un punto clave: ¿qué bando tuvo la legitimidad, o, en términos vulgares, fue “el bueno”? Al respecto observamos tres posturas: una, muy mayoritaria hoy, afirma sin duda que la legitimidad corresponde al bando que llaman la república; otros, ciertamente muy minoritarios, piensan lo contrario; y finalmente hay quienes opinan que todos fueros malos, más o menos por igual, “enemigos de la democracia”, gente más o menos enloquecida y vesánica quearrastraron a la lucha a una multitud de españoles que “simplemente pasaban por allí”.
Esta tercera posición, que defiende algún partido descendiente de los vencedores y avergonzado de ello, es sin duda la más endeble, por mucho que enarbole el mito de “la tercera España”. La guerra se dio en un país socialmente muy polarizado por ideologías y políticas que afectaban a casi toda Europa y abocarían a una guerra europea mucho más brutal que la española, sin que a nadie se le ocurra que fueron unos cuantos desalmados, a un lado y al otro, los que arrastraron a los demás. Este enfoque apenas merece atención porque es la sustitución de la historia real por buenas intenciones presuntamente humanitarias, y del razonamiento por invocaciones moralistas o supuestamente democráticas.
En cuanto a las otras dos, he hablado algo impropiamente de debate. No ha existido tal, si por ello entendemos una discusión pública e intelectual al respecto. Esta ha sido sustituida desde hace bastantes años por la repetición abrumadora de una versión en la literatura, el cine, la universidad, los medios de difusión y la política. Invocando la democracia, sus actitudes son totalitarias, concretadas desde hace doce años en una llamada “ley de memoria histórica”, con amenaza implícita sobre las libertades de investigación, expresión y cátedra. Amenaza que se viene haciendo cada vez más perentoria y que recientemente se ha pretendido imponer explícitamente con penas de multas y cárcel para quienes desafiaran la versión que pretende oficializarse. Esta ley, claramente antidemocrática, ha sido votada en las Cortes y no ha suscitado la menor reacción en la universidad, lo que indica algo sobre la calidad democrática de dichas Cortes e intelectual de la universidad y de la versión allí defendida. Y se difunde mediante una constante propaganda subvencionada, que han de pagar todos los españoles, muestra nuevamente de una actitud totalitaria, tan peligrosa para la democracia como para la salud intelectual del país.
No obstante, hoy por hoy persiste la posibilidad de exponer ideas distintas, si bien hostigadas por diversas formas de censura y veto en los grandes medios de masas y en la universidad. Esta situación de legislación totalitaria y de acoso a la disidencia debe ser denunciada en el prólogo de cualquier libro de historia que hoy se publique, y por otros medios, porque se otro modo terminará imponiéndose.
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¿Qué papel tuvo la democracia en la guerra civil? ¿Y en el franquismo? La transición se hizo a una democracia desde y no contra el franquismo, pero la misma ha degenerado de forma peligrosa por obra de un antifranquismo extraño. Unos problemas clave que es preciso abordar.
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Hace seis años:
En su comparecencia, Rajoy envolvió en hojarasca su única afirmación concreta: “No me considero culpable y por tanto no dimito”. A eso le llaman algunos ser “un buen parlamentario”. Una actitud demasiado parecida a la de Felipe González cuando empezaron a salir a flote sus corrupciones: cierta chulería al principio, después “Me he enterado por la prensa”, a la que no dejaba de atacar, y finalmente una levísima confesión de haber cometido un error, por boca de Rubalcaba. Rajoy dice haberse “equivocado” al confiar en la honradez de Bárcenas, pero hay demasiados años de amistad y demás altos cargos de Bárcenas para dejar que la cosa quede en algo tan evanescente.
Hace años que no creo en la honradez política de Rajoy: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/la-honradez-de-rajoy-54416/
Ni creo en su “política antiETA”, demasiado similar a la de Zapatero: http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/no-es-rajoy-pro-etarra-3407/
Ni creo, en general, que Rajoy vaya a superar la triple crisis democrática, nacional y económica: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/para-entender-a-rajoy-43734/
El problema real es el mismo desde hace mucho: una alternativa a la catástrofe. Esperaba que el PSOE se hundiera y ello liberase en el PP sus dos partidos internos: el “progre”, similar al PSOE en definitiva, y el liberal-conservador. Rajpy representa al primero y una de sus preocupaciones –también lo fue de Aznar– ha sido que el PSOE y los separatistas permaneciesen como fuerzas “necesarias para la gobernabilidad”. Fuera de la casta política PP-PSOE-separatistas, salen nuevos partidos, pero demasiado débiles, al menos hoy por hoy, en posibles votos y en consistencia ideológica.
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Blog de Carlos López Díaz http://archipielagoduda.blogspot.com.es/2013/07/la-magnifica-novela-de-pio-moa.html
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Semejanzas entre Ragnarök y Apocalipsis
Dejando aparte muchos detalles y símbolos, parecen análogas las dos profecías que predicen el catastrófico fin del mundo conocido, en medio de batallas titánicas, y el advenimiento posterior de un mundo feliz, por así decir un mundo sin mal.
Es fácil ver el origen psicológico de tales relatos. La vida de los hombres transcurre en una lucha a menudo angustiosa, a veces trágica, entre lo que denominamos bien y mal, conceptos muy difíciles de concretar, pero claros como intuición general: los principios esenciales del comportamiento humano. Siendo el ser humano parte del cosmos, elevar esa lucha a un plano cósmico parece bastante natural: el universo estaría regido, entonces, por los mismos principios. Por lo mismo surge casi inconscientemente la pregunta de cuál será la conclusión final de esa lucha gigantesca. Comprendemos que el mal es una fuerza poderosísima, por lo que la batalla final reunirá a todas las potencias de un lado y de otro, liberadas de su confusión y mezcla en las personas individuales. El destino al que aspiran los hombres es a vivir sin mal, al lado de los dioses supervivientes después del Ragnarök o crepúsculo de los dioses; destino que el Apocalipsis reservaría solo para una parte de los humanos, los que no hubieran servido demasiado al mal. Esta es una diferencia muy importante, en la que no entraré aquí. También hay que decir que en el Ragnarök los hombres actuales perecerán sin remedio ni redención, aunque de una pareja superviviente renazca el género humano.
Pero en las dos visiones hay una diferencia entre la parte referida al combate entre las potencias cósmicas, que viene a simbolizar en su máximo grado lo que ocurre a diario en la Tierra, y la promesa de paz y felicidad posterior, sin la cual el propio combate anterior carecería de sentido, pero que no expresa o simboliza una realidad, sino solo una fe o una esperanza.
En nuestra época científica, sin embargo, esa esperanza se disuelve. Lo expresaba bien B. Russell en unas frases recogidas por Maeztu y que he citado otras veces: “Breve e impotente es la vida del hombre: el destino lento y seguro cae despiadada y tenebrosamente sobre él y su raza. Ciega al bien y al mal, implacablemente destructora, la materia todopoderosa rueda por su camino inexorable. Al hombre, condenado hoy a perder los seres que más ama, mañana a cruzar el portal de las sombras, no le queda sino acariciar, antes que el golpe caiga, los pensamientos elevados que ennoblecen su efímero día; desdeñando los cobardes terrores del esclavo del destino, adorar en el santuario que sus propias manos han construido; sin asustarse del imperio del azar, conservar el espíritu libre de la arbitraria tiranía que rige su vida externa; desafiando orgulloso las fuerzas irresistibles que toleran por algún tiempo su saber y su condenación, sostener por sí solo, Atlas cansado e inflexible, el mundo que sus propios ideales han moldeado, a despecho de la marcha pisoteadora del poder inconsciente”.
Maeztu ridiculiza la propuesta de Russell de cultivar un valor sin esperanza con cierto toque de pose, la propuesta de que el hombre se adore a sí mismo y a sus obras perfectamente inútiles ante las fuerzas de un universo terrorífico. La ciencia, en efecto, deja de lado la idea de una proyección cósmica de la condición humana, la condición moral, el bien y el mal. El universo, como la ciencia, es ajeno a esa peculiaridad humana, con lo cual el ser humano quedaría aislado del cosmos. ¿De dónde vendría entonces un ser tan extraño al resto del universo? La ciencia, desde luego, no aceptaría esa diferencia radical, pero explicarla le resultaría complicado.
Dejo aquí de lado las interpretaciones del Apocalipsis que lo entienden como una alusión críptica a las persecuciones de Nerón y Domiciano. Aunque fuera así, parece clara su proyección a un nivel mucho más general.
(Hace cinco años)
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En los libros de historia encontramos a menudo dos tipos de errores: de detalle y de enfoque. También puede decirse de descripción y de análisis. Los de detalle son inevitables, por cuidado que esté el texto, pero no destruyen este, salvo cuando son demasiados o grotescos. Los de enfoque son los más peligrosos porque echan a perder el conjunto, y son los más frecuentes en las historias de España, desde la leyenda negra, la negación de la Reconquista o la pretensión de un Frente Popular “republicano” y “legítimo.
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La mayor persecución religiosa de la historia
Leemos a menudo el calificativo de “genocida” dirigido a Franco, en la onda de la propaganda bélica según la cual trataba de exterminar a los obreros. F. Moreno se explaya en el libro coordinado por Santos Juliá Víctimas de la Guerra Civil (1999): “Han caído ya, con la victoria militar, las instituciones democráticas”. Habían caído mucho antes. De hecho, fue su caída lo que ocasionó la guerra. Pero ya sabemos qué entienden por democracia estos autores. “La violencia fue un elemento estructural del franquismo”. Lo es de todos los regímenes. El terror sería “parte integral del glorioso Movimiento Nacional, de su asalto a la República y de la conquista gradual del poder, palmo a palmo, masacre tras masacre”. “La represión y el terror (eran) el pilar central del nuevo Estado, una especie de principio fundamental del Movimiento”. “El fenómeno de la tortura fue masivo y generalizado”. “Se puede afirmar que Franco convirtió a Madrid en un gran presidio”. Etc. En suma, “Un exterminio de clase”. “Las declaraciones de Franco y de sus generales no disimularon nunca su propósito de exterminio”, “Cárceles, torturas y muerte, lejos de disminuir al término de la guerra, se incrementaron al máximo”. “Por todas partes se humilla a la gente sencilla”, y especialmente, dicen, a las mujeres. Durante años, cuenta Juliá, “el fusilamiento de los derrotados continuó siendo un fin en sí mismo (…) Los enemigos solo gozaban de un destino seguro: el exilio o la muerte”. Preston banaliza el holocausto judío, aplicando el término a los sucesos de España.
Todo esto es simplemente propaganda de guerra, que autores como estos intentan revivir de algún modo. Por supuesto, ni de lejos hubo tal exterminio, de clase o no de clase. La casi totalidad de quienes, de buen o mal grado, lucharon por el Frente Popular (1.700.000 hombres), de quienes lo votaron (supuestamente) en las elecciones (4.600.000) o vivieron en su zona (14 millones) ni fueron fusilados ni se exiliaron. Siguieron viviendo en España como los demás, dentro de las penurias que por entonces afectaron a casi toda la población. Es algo tan obvio que asombra leer hoy tales diatribas, claramente pensadas para remover viejos resentimientos, sobre todo entre jóvenes que no vivieron la guerra ni el franquismo.
Con perfecta desenvoltura, los sembradores de tanta falsificación son capaces de escribir al mismo tiempo: “[Que] el dolor de tantas y tantas víctimas anónimas del odio más irracional no sea inútil y, establecida la verdad tras el necesario debate, la guerra civil se incorpore definitivamente a nuestra historia”. “La verdad”. Su “debate” ha consistido en la aplicación de la censura y el intento de condenar a muerte civil y, últimamente, a multas y cárcel, a los discrepantes de tales “historias”.
Hubo sin embargo un genocidio tipificado como tal: “aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un pueblo o grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos”. Y fue el intento de exterminar a la Iglesia. El encarnizamiento con que se llevó a cabo revela hasta qué punto el aborrecimiento al catolicismo era una de las poquísimas señas de identidad comunes a todos los partidos del FP, excepto el PNV, que no obstante cumplió también su papel en la empresa.
Por citar algunos casos, bastantes fueron torturados en espectáculos públicos o “toreados” con banderillas, a otros los castraron y metieron en la boca sus genitales. A un capellán le sacaron un ojo, le cortaron la lengua y una oreja antes de degollarle; otro fue arrastrado por un tranvía, otros más golpeados y cortados con palos, mazas y cuchillos hasta hacerlos pedazos. Algunos quemados vivos. A seglares como una profesora de la Universidad de Valencia le arrancaron los ojos y le cortaron la lengua para impedirle seguir dando vivas a Cristo Rey; otra fue violada delante de su hermano, atado a un olivo, antes de asesinar a ambos. El obispo de Barbastro fue torturado, castrado y fusilado junto con otros clérigos y seminaristas. Cientos de monjas fueron violadas y asesinadas… Casos tales menudearon, y con frecuencia los cadáveres eran golpeados, quemados o tirados por barrancos como de perros. En varios conventos, los milicianos exhumaron ataúdes y esqueletos o cuerpos momificados y los exhibieron en ceremonias grotescas, con imitaciones obscenas de misas. En muchos cementerios fueron rotas las cruces y lápidas con frases cristianas
Los clérigos asesinados sumaron unos 7.000, incluyendo 13 obispos, a los que hay que añadir un mínimo de 3.000 laicos católicos por el mero hecho de serlo. Fue probablemente la persecución más intensa y sanguinaria sufrida por el cristianismo en su historia, superior a las de Roma y a otras más recientes como la de los bolcheviques en Rusia o las del gobierno masónico en Méjico. Y el aspecto más profundamente característico de nuestra guerra civil.
La extrema violencia contra las personas se proyectó también contra templos y obras de arte: “tesoros históricos y artísticos de incalculable valor fueron pasto de las llamas: retablos, tapices, cuadros, custodias (…) imágenes sagradas de grandes pintores y escultores como Montañés, Salcillo, Pedro de Mena, Alonso Cano, Sert y otros monumentos insignes de la arquitectura y escultura religiosa quedaron abatidos, y ardieron antiquísimas y valiosísimas bibliotecas de conventos, seminarios y catedrales, así como archivos”. Solo en Cataluña fueron destruidos hasta cien mil volúmenes de la biblioteca franciscana de Sarriá , del seminario y del convento de los Capuchinos de Barcelona; cincuenta mil en Igualada. Joyas del románico, del gótico, del barroco y del mudéjar fueron quemadas o voladas. En Madrid, la catedral de San Isidro, en sí misma un gran museo de arte con pinturas italianas y españolas, fue incendiado…. A la primera oleada de destrucciones siguió pronto el saqueo de obras de arte y tesoros diversos, que los dirigentes del FP llevaron al extranjero al perder la guerra.
Se ha pretendido que los jefes “republicanos” trataron de frenar aquellos hechos, pero es más cierto decir que los atizaban en su prensa y que expoliaron cuanto pudieron. El efecto fuera de España resultó muy perjudicial para las izquierdas. Ante las críticas, el órgano del partido azañista Política, “razonaba”: “Ningún tesoro más precioso que la razón, la justicia y la libertad (…) Casi todos esos monumentos, cuya caída deploramos, son calabozos donde se ha consumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad”. ¿Por qué lo deploraban, entonces? La incitación a la destrucción era bien clara. Justificar en ¡la razón, la justicia y la libertad!” una persecución tan feroz, sangrienta y culturalmente destructiva, ya dice mucho. Pues bien, aquel periódico y partido suelen ser considerados los más moderados e ilustrados de cuantos componían el FP
Con todo, una explosión de odio tan desenfrenado en un país tradicionalmente católico no tiene explicación fácil. Madariaga y otros le achacan una gran incultura del clero y arguyen que “el pueblo” se había disociado de la Iglesia porque esta le había olvidado, no atendía a sus necesidades y se había aliado con “las capas reaccionarias” o “con la derecha”, “el capitalismo”, “apoyando siempre al poderoso, al rico, a la autoridad opresora”. Así los crímenes no los habrían perpetrado pequeñas minorías sino “el pueblo”, en particular “el pueblo trabajador”, que, como se sabe, carga con lo que le echen. Pero el argumento es muy difícil de sostener.
Existían en España, como en todos los países, bolsas más o menos extensas de miseria, y también una tradicional despreocupación de las clases altas por la falta de instrucción y la pobreza sufrida en los barrios industriales de Barcelona o Bilbao, y sobre todo entre los jornaleros de Extremadura y Andalucía. Contra un tópico común, desde la primera guerra carlista, un siglo antes, en España había gobernado casi siempre la izquierda, representada por los liberales, fueran moderados o exaltados. Y estos habían oscilado entre un anticatolicismo radical y un “acomodo incómodo” con la Iglesia, a la que habían despojado de grandes bienes y ocasionado atentados y alguna matanza ya en el siglo XIX. Aquellos liberales habían aprendido bien la lección de que la riqueza no procede de sentimientos altruistas sino de que cada uno mire por lo suyo. Por eso era la Iglesia quien, mejor o peor, “miraba por los pobres” con una red de asilos, orfanatos y hospitales, y también promoción personal con escuelas populares, centros de enseñanza profesional, montes de piedad, cajas de ahorro y algún sindicato menor. Y culturalmente sostenían revistas y editoriales, algunos centros universitarios prestigiosos y cuidaban un ingente tesoro artístico legado por los siglos. Por muchas críticas y ataques justificables que pudieran hacerse a estas labores, es imposible que puedan explicar una persecución tan brutal.
El argumento se debilita aún más por cuanto los curas y frailes consagrados a tareas asistenciales y de promoción, que a menudo vivían ellos mismos en auténtica pobreza, fueron cazados como alimañas tanto o más que aquellos que aparecían ligados “al rico y la autoridad opresora”. El empuje de nuevos movimientos más extremos desde principios del siglo XX (marxismo, anarquismo, republicanismo) había agravado más aún la aversión a la Iglesia. Y en esas ideologías creo que cabe encontrar la raíz de un aborrecimiento tan furibundo. Como veremos en la cuarta parte, cada una de ellas presentaba una concepción total del mundo y de la vida, prometedora de sociedades grandiosas; y la Iglesia eran enfocadas como el mayor o uno de los mayores obstáculos a sus proyectos sociales. Esas ideologías, vulgarizadas en tópicos sencillos, podían tener un fuerte efecto sugestivo en mentes incultas. Y también en las refinadas.
No faltan hoy quienes siguen tocando la misma música que Madariaga o Política. Dos botones de muestra: A. Beevor, en su La guerra civil española, 2005 lo entiende como una furia “que parecía rebosar de un pozo centenario de humillaciones y atropellos, de la desesperación de gentes maceradas en el silencio temeroso y en el odio íntimo que de repente ven desaparecer los viejos tabúes”. Buena apología del crimen basada en su ignorancia de la historia de España. Una escritora más o menos pornógrafa, A. Grandes cantaba el goce que según ella sentirían las monjas violadas por “milicianos jóvenes, armados y –¡mmm!—sudorosos”, en un artículo que le valió algunas protestas. A decir verdad, las izquierdas jamás han expresado el menor sentimiento por aquel genocidio. Más aún, han querido intimidar a quienes lo recuerdae. Desde El País, por ejemplo, se ha acusado a la Iglesia de promover un espíritu de guerra civil por beatificar a los mártires de aquella orgía de sangre. Y desde hace años vuelven los conatos de incendios, agresiones y sobre todo la vieja propaganda que desde el siglo XIX ha provocado tantos crímenes, destrucciones y expolios.
Cabe añadir que desde que el Concilio Vaticano II, en los años 60, optase por el “diálogo con los marxistas”, sectores de la Iglesia han llegado a colaborar con sus antiguos exterminadores, y hasta a pedirles perdón; y hoy su jerarquía muestra indiferencia ante la planeada profanación de la tumba de Franco, que la salvó justamente del exterminio. Son hechos, digamos, llamativos.
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