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Masonería (X) Destrucción del Imperio español
Como vamos a comprobar, la masonería cobró cariz patriótico en algunos países, pero parece claro que no lo hizo en modo alguno con respecto a España. Un libro divulgativo del jesuita filomasón Ferrer Benimeli explica en la contraportada: “La historia de la Masonería en España es, ante todo, la historia de su persecución”. Como veremos, no es lo que se dice una apreciación histórica muy próxima a la realidad.
La orden no aparece en España hasta principios del siglo XIX, aunque a lo largo del anterior algunos ingleses y otros extranjeros fundaron logias, varias militares a partir de Gibraltar, que alcanzarían influencia en Andalucía. Pero en las logias del siglo XVIII apenas entraron españoles. Con cierta despreocupación por el rigor histórico, se ha dicho que el conde de Aranda o el mismo Carlos III eran hijos de la luz, solo por haber expulsado a los jesuitas. Pero no hay la menor prueba de su masonismo, más bien al contrario, y dicha expulsión revela, nuevamente, que no hace falta pertenecer a la orden arquitectural para adoptar determinadas políticas.
El panorama cambió con la Guerra de Independencia, quedando como legado de ella numerosas fraternidades. Entre las tropas británicas y francesas –enfrentadas entre sí– abundaban las logias, las cuales se implantaron también en el ejército español (no deja de ser una ironía que Wellington, un masón, luchara contra ejércitos franceses abundantes en hermanos suyos de fe). El Consejo de Regencia relacionado con las Cortes de Cádiz prohibió la masonería, mientras que el rey José, impuesto por Napoleón, fue el primer Gran Maestre de una masonería de españoles, formada para defenderle de los patriotas.
Entre tanto, el Imperio español fue destruido en su mayor parte, y si el influjo de la Fraternidad en las revoluciones useña e inglesa ha solido ser abultado por encima de la realidad, en cambio no hay duda del carácter masónico que tomó la lucha por la independencia en las posesiones españolas. Los principales próceres de la rebelión, Miranda, San Martín, O´Higgins, Bolívar, Sucre, Santander, Nariño, probablemente Hidalgo, Morelos y otros, fueron iniciados y fundaron nuevas logias volcadas de lleno a promover la rebelión, y lo hicieron seguramente con relaciones y apoyo de las fraternidades inglesa y useña, pues ambos países estaban interesados en aniquilar el Imperio español. Francisco Miranda, el Precursor, entró en la masonería cuando colaboraba en Usa con los insurrectos antibritánicos. Desde entonces dedicó su vida a luchar contra España en América. Viajó por Europa, donde participó en las luchas de la Revolución francesa, para aprender cuanto pudiera serle útil a su objetivo y establecer amplias relaciones internacionales. Ya en 1798 fundó en Londres una logia llamada Gran Reunión Americana o, algo inapropiadamente, De los Caballeros Racionales. Su objetivo era instruir y captar a personajes de algún peso político para encabezar en su momento la revuelta. Para entonces, Miranda estaba pensionado por el gobierno inglés, del que era, por tanto, agente pagado. De sus Caballeros racionales derivó la Logia Lautaro, extendida a Cádiz. El nombre lo propuso el chileno O´Higgins, por un caudillo araucano que luchó contra los conquistadores. A ella pertenecieron la mayoría de los jefes independentistas. Debido a que estas sociedades se centraban en la conspiración política y prestaban menos atención a los rituales, algunos autores les han negado carácter “realmente” masónico, pero se trata de una matización irrelevante. Miranda y otros se habían iniciado antes, y crearon las nuevas logias sobre el mismo modelo, aparte de que la Masonería siempre mostró avidez por la política.
El Precursor tenía ciertas manías de grandeza: unir la América española y portuguesa en un magno imperio hereditario llamado Gran Colombia en honor a Colón y regido por un emperador titulado “inca”, por atraerse a los indios. Pensó también en fórmulas republicanas. En 1806 reclutó algunos mercenarios en los barrios bajos de Nueva York, y con tres barcos y apoyo inglés, intentó sublevar Venezuela. Casi nadie le siguió allí y tuvo que volverse a Londres. En 1808 planeó una nueva expedición, conectada con otra que preparaba Inglaterra al mando de Wellesley, futuro duque de Wellington, para atacar la América hispana. Pero entre tanto los españoles se sublevaron contra Napoleón, y Londres priorizó la ayuda a los sublevados, desviando a Wellesley a la península y frustrando así el proyecto de Miranda.
Pese a estos fracasos, la guerra en España, con el desorden creado y la mayor dificultad de las comunicaciones transatlánticas, favoreció extraordinariamente los proyectos masónico-independentistas. En 1810 comenzaron las intentonas de Bolívar y Miranda en Venezuela y de Hidalgo en Méjico. Ambas fracasaron, y Bolívar no dudó en traicionar a su hermano Miranda y entregarlo a los españoles. No obstante, las rebeliones continuarían durante catorce años, con tres fases. Hasta 1815, España apenas pudo enviar refuerzos, por lo que las luchas opusieron a los independentistas con las pequeñas tropas virreinales y la mayoría de la población, de sentimientos prohispanos. A fin de cavar un foso entre los americanos y los españoles, Bolívar decretó contra estos una guerra de exterminio que estuvo cerca de volverse en su contra cuando el llanero Boves la aplicó a los independentistas. Luego, el Río de la Plata se independizó de hecho. Derrotado Napoleón, desde 1815 se abrió la segunda fase, al permitir el envío de más tropas desde la península. Pero España estaba devastada y no podía hacer mucho. Aun así, Bolívar estuvo muy cerca de la derrota, salvándole el auxilio de unos miles de soldados y oficiales británicos bien adiestrados. En 1819, la rebelión avanzaba, y al año siguiente, España reunió con gran esfuerzo entre 15.000 y 20.000 soldados para enderezar de nuevo la situación. Teniendo en cuenta que en América lucharon por ambas partes contingentes reducidos, pues la batalla mayor no reunió a más de 7.000 hombres por cada parte, y generalmente fueron muchos menos, aquellas tropas podían haber decidido la pugna. Pero entonces otro masón, el coronel Riego, que mandaba parte de los soldados españoles impidió su embarque sublevándose en uno de los primeros pronunciamientos. El golpe dio paso a la tercerta etapa , en la que llevaron las de perder los partidarios de España, incluyendo muchos indios que fueron masacrados por los rebeldes. Y en pocos años la independencia fue un hecho. Aprovechando la situación, Usa se apoderó de la Florida, ofreciendo después su compra por cinco millones de dólares, que Madrid, incapaz de defenderla, aceptó.
Durante estas guerras y después, los independentistas cultivaron un odio frenético a España y a los españoles –sus antecesores–, mientras se proclamaban caprichosamente herederos de las tribus y estados indios. Sobre los hispanos vertían los peores epítetos: “estúpidos, feroces, viciosos, supersticiosos”, “raza maldita” (era la suya propia), “nación inhumana y decrépita”, “la tiranía más cruel jamás infligida a la humanidad”, etc. Según Bolívar, España aspiraba en el Nuevo Mundo a aniquilar a sus habitantes y cualquier vestigio de civilización. Se hablaba de la disolución de la lengua española en otras nuevas sucedió con el latín. En gran parte era la herencia de las demenciales calumnias de Las Casas, base de la Leyenda Negra cultivada con fruición por los protestantes y por Francia, por supuesto también por la masonería de ambos países, de Usa y otros. El objetivo de los independentistas consistiría en “desespañolizarse”, como explicaba el Evangelio Americano de Francisco Bilbao, asimismo masón.
Naturalmente, sobre la aniquilación del legado español esperaban construir una sociedad esplendorosa, pero no tuvieron suerte. La América hispana de finales del siglo XVIII era quizá más rica que Usa, pero la relación se invirtió pronto desastrosamente. En 1823, el pujante vecino del norte se permitía declarar la Doctrina de Monroe, cuyo sentido real consistía en ejercer una especie de protectorado sobre todo el continente. El plan de la Gran Colombia fracasó enseguida, originando varias naciones mal avenidas entre sí, sometidas a frecuentes golpes de estado y disturbios civiles. El propio Bolívar declaró abiertamente su desconfianza en la moralidad de sus seguidores, si bien él no había sido un modelo de templanza y veracidad. En 1829, pocos años después de su victoria, declaraba: “La América entera es un cuadro espantoso de desorden sanguinario. Nuestra Colombia marcha dando caídas y saltos, todo el país está en guerra civil. En Bolivia, en cinco días ha habido tres presidentes y han matado a dos...”. Y se lamentaba, en carta a un general amigo: «La América es ingobernable para nosotros. El que sirve una revolución ara en el mar. La única cosa que puede hacerse en América es emigrar. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos. Devorados por los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. Llegó a sostener, poco fielmente: Nunca he visto con buenos ojos las insurrecciones, y últimamente he deplorado hasta la que hemos hecho contra los españoles». La proliferación de sociedades secretas masónicas o a imitación de ellas le llevó a prohibirlas, argumentando que “sirven especialmente para preparar los trastornos políticos, turbando la tranquilidad pública y el orden establecido; ocultando ellas todas sus operaciones con el velo del misterio, hacen presumir fundadamente que no son buenas ni útiles a la sociedad”. Como masón, no le faltaba experiencia al respecto.
Otro político e intelectual, Domingo Sarmiento, El educador de la Argentina, también masón, decía en sus Recuerdos de provincia: “Treinta años han transcurrido desde que se inició la revolución americana; y no obstante haberse terminado gloriosamente la guerra de la independencia, vése tanta inconsistencia en las instituciones de los nuevos Estados, tanto desorden, tan poca seguridad individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso intelectual, material y moral de los pueblos, que los europeos (…) miran a la raza española condenada a consumirse en guerras intestinas, a mancharse con todo género de delitos y a ofrecer un país despoblado y exhausto como fácil presa a una nueva colonización europea”. Curiosa mudanza de lo que había sido el Imperio español, uno de los más pacíficos e internamente estables de la historia en sus casi tres siglos de existencia. Y contraste también con el impulso triunfante de Usa, en cuya revolución habían querido inspirarse los independentistas.
Creado en presente y pasado
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Masonería (IX) Revoluciones
Visto lo anterior, y aun teniendo en cuenta la avidez política de la masonería, me parece exagerada la tesis de Franco de que ella constituye un superestado capaz de dirigir a los demás. En cambio parece cierto que desempeñó un papel patriótico y proimperialista en Inglaterra, Usa y Francia.
Así, varios de los más destacados políticos y militares anglosajones y franceses han sido masones. Su peso en la independencia de Usa es innegable. Fueron “hijos de la luz” Franklin, Washington, principal líder independentista, y otros hombres poderosos del momento, y de ahí que a menudo se haya caracterizado como masónica aquella revolución. Sin embargo su influjo se ha exagerado, y quienes mantienen esa tesis suelen adjudicar el título de masón, sin ninguna prueba fehaciente, a gran número de personajes históricos. Según César Vidal, Washington apenas tuvo actividad en las logias y la fuerza de estas en la revolución useña fue poco decisiva: entre los 55 firmantes de la Declaración de Independencia, solo había 9 masones, y entre los 39 firmantes de la Constitución hubo 13, pero varios entrarían en la orden más tarde. No obstante, su presencia posterior en altos cargos, incluida la presidencia de la nación, sería muy relevante hasta hoy. Procede señalar aquí también que la cultura política e intelectual useña ha dado gran relieve a la utopía tecnológica de Francis Bacon arriba mencionada, que guarda similitudes con el mito masónico. Seguramente ello tiene relación con el enorme impulso tomado por la tecnología y la ciencia en ese país, sin que ello signifique que quienes se dediquen a la ciencia y a la técnica sean masones. Así, es indudable el componente prometeico en la cultura useña, si bien muy contrapesado o reorientado por la mayoritaria religiosidad cristiana.
De Inglaterra cabe decir algo similar y, por supuesto, de Francia. La impronta masónica salta a la vista en la Revolución francesa. Pertenecieron a la Fraternidad precursores de ella como Rousseau o Voltaire (este poco antes de morir), varios de sus impulsores iniciales, como Sièyes, Lafayette o Mirabeau, y luego Danton, Marat y bastantes más. La guillotina es también invento de un masón, y en medio del terror salvaje en que desembocó al proceso revolucionario, unos masones guillotinaron poco fraternalmente a otros. Con mayor fundamento que en el caso de la Revolución useña, se ha sostenido que la francesa fue producto de la masonería, pero, nuevamente, la tesis resulta excesiva. Se trató más bien de un producto de la Ilustración gala, más radical y ateoide que la alemana o la inglesa, en la que intervinieron tanto masones como, en mayor proporción, otros que no lo eran, por más que compartieran ideas afines. Asimismo abundarían en la historia posterior de Francia los “hijos de la luz”. La influencia de estos en las revoluciones europeas del siglo XIX es también un hecho generalmente admitido, siempre que no hagamos equivaler influencia a dirección y planificación. Encontramos a numerosos masones entre los constructores de los imperios de Francia e Inglaterra.
Estas cosas son conocidas en líneas generales, aunque, debido al secretismo habitual, siempre queda un espacio entre quienes achacan a la Fraternidad la autoría oculta de las revoluciones y quienes la creen una filantropía inocua. Con frecuencia hay dudas de si un personaje era masón o no, o si obedecía realmente a las logias o actuaba al margen de ellas, si permaneció en la orden mucho o poco tiempo. Etc. Y, como hemos visto y veremos, no han faltado masones con opiniones y conductas políticas opuestas entre sí. O de fervor masónico muy tibio. Hemos observado algo de lo último en Azaña, posiblemente en Washington.
El caso de Azaña ayuda a situar la cuestión. Sostener que fue masón no es falso, pero tampoco lo es señalar que su iniciación distó de hacer de él un cofrade ferviente. Otra faceta del asunto debe considerarse: él se inició mucho después de haber comenzado su vida política e incluso de haber llegado a jefe del gobierno republicano. A su racionalismo debió de parecerle poco serio el ritual y los misticismos de la orden, y no hay pruebas de que asistiese a más tenidas. Es más, fustiga a los republicanos, tantos de ellos masones, por “zafios”, “torpes”, “de ruines intenciones”, “loquinarios”, por su “política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Pese a lo cual, su acción política tuvo desde muchos años antes fuerte afinidad con los puntos de vista de la masonería: así su aversión a la historia real de España, que él tachaba de miserable, su pretensión de desarraigar el catolicismo mediante un “programa de demoliciones”, o su simpatía por las izquierdas extremas. A estas las entendía mal, por lo que concibió el plan disparatado de dirigirlas mediante una “inteligencia republicana” inexistente, como él mismo reconoció pronto, sin sacar consecuencias de ello. Pero esas ideas estaban muy difundidas entre los intelectuales, ajenos a la Fraternidad en su inmensa mayoría. También cabe mencionar el caso de Lerroux, masón activo por un tiempo, luego durmiente, es decir, alejado de la actividad de las logias, enfrentado a otros políticos masones y partidario abierto del general Franco durante la guerra.
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El fortalecimiento de la ETA. Publicado en 2006, dos años después de la victoria de ZP:
En la última etapa de Aznar, la ETA se hallaba acosada, fracasando una y otra vez en sus atentados, con su financiación semidestrozada y proscrito su aparato político. La hazaña se había logrado partiendo de un principio muy simple: la aplicación de la ley a los criminales: aunque parezca mentira, fue la primera vez que se hacía desde la Transición. Antes se perseguía a la banda bajo el supuesto de que no existía “solución policial”, sino “política”, y, por consiguiente, la vía policial –la legal en un estado de derecho– se supeditaba a la busca de acuerdos con los jefes terroristas. Ello significaba la quiebra de la ley y la legalización del asesinato como modo de hacer política. Era la vía preconizada desde el principio por el grupo Prisa y seguida vergonzantemente por todos los gobiernos, de derecha o de izquierda. Vergonzantemente, porque mentían a los ciudadanos negando sus tratos fraudulentos con la ETA, para ser desenmascarados de vez en cuando por los ufanos terroristas. La “vía política” consistió, en todos sus puntos, en una estafa a la democracia. Por el contrario, los gobiernos de Aznar demostraron que sólo la vía legal daba resultados y acercaba el fin de la pesadilla.
En tales circunstancias, la llegada del gobierno actual ha sido la mejor noticia que haya tenido la ETA en su historia: tras verse al borde del abismo, ha podido recomponer sus aparatos y sus finanzas, se ha rearmado, ha probado que podía golpear donde y cuando quería, y ha logrado una parte muy sustancial de sus proclamados objetivos: liquidar la Constitución y abrir un proceso constituyente, o más bien desconstituyente, hacia la desintegración de España y de la democracia, que destruya todo lo construido desde la Transición. No es probable que se conforme con lo ya obtenido, pero ya ha adelantado un enorme trecho.
Los terroristas y los separatistas jamás habrían logrado acercarse tanto a sus objetivos con sus solas fuerzas. Precisaban la colaboración de una fuerza nacional, y en los penúltimos tiempos de Aznar eso parecía imposible. El PSOE había optado por una política rara en él, renunciando a la mezcla de claudicación y terrorismo (GAL), para adherirse a la línea legalista de Aznar, en el Pacto Antiterrorista y por las Libertades. Ello cegaba las salidas a los pistoleros y a los demás separatistas, y establecía la base obvia de cualquier estado que aspire a sostenerse: una plataforma de principios inatacables (democracia y unidad nacional), sobre los que hacer política, e impidiendo hacer política contra ellos. Sin embargo, esa actitud socialista duró muy poco, y las mismas fuerzas que presionaban por la “solución política”, provocaron un cambio radical de postura: determinaron como enemigo fundamental al PP, no a los asesinos y secesionistas, y buscaron la alianza o complicidad de estos últimos para atacar directamente la Constitución. Una inversión completa del anterior pacto. Todos juntos organizaron grandes campañas desestabilizadoras.
La maniobra, no sé si elaborada con detalle, se ha producido del siguiente modo. En primer lugar, el Plan Ibarreche-Ternera, plan separatista aunque conservase una ficción de unidad, útil para mantener a las Vascongadas en la Unión Europea. El plan fracasó aparentemente en el Parlamento, aunque sólo llevarlo a él ya pisoteaba la Constitución. Entonces entró el juego el plan B, de los separatistas catalanes, equivalente al anterior. La aprobación del estatuto secesionista catalán traería consigo, inevitablemente, la del plan Ibarreche-Ternera y un proceso de disgregación del país. Así, por una vía ligeramente indirecta, la alianza del PSOE con los secesionistas y los terroristas está destruyendo aceleradamente la Constitución.
No es casual que la ETA declare su tregua cuando unas Cortes envilecidas, a impulsos de un gobierno anticonstitucional, aprueban la disgregación de España en pseudonaciones. La tregua anterior se dio en una situación de debilidad de la banda, y como un modo de ganar tiempo para rehacerse. La actual es toda una declaración de triunfo: la ETA se siente muy próxima a ganar la partida. Durante dos años ha advertido al gobierno de Zapatero: “tienes que ir hasta el final, o atente a las consecuencias”. Y Zapatero y los suyos van cumpliendo, como hicieron después del 14-M con los islámicos. La ETA se siente más cerca que nunca de sus objetivos. Sus largos años de crímenes parecen tener por fin recompensa, y ésta sólo podía dárselo un gobierno enemigo y conculcador de la Constitución, es decir, de las libertades y de la unidad de España; es decir, un gobierno ilegal, porque lo es todo aquel que no guarda y hace guardar la ley, aunque haya salido de unas elecciones.
Algunos ingenuos se preguntan cómo es posible esta colaboración. Muy simple: el “rojo” Zapatero y la ETA tienen la misma concepción de base: la idea de que las democracias –identificadas con “la derecha” o “el imperialismo”– crean un “océano de injusticia y de pobreza”. Discrepan en los métodos para combatir la “injusticia”, pero se trata de una diferencia menor. En lo fundamental, en atacar a los causantes, según su trastornado juicio, de ese “océano”, están de acuerdo.
Y el pobre Rajoy diciendo que apoyará al gobierno para que no pague un precio político a los terroristas. Y luego llama bobo a Zapatero… El precio político está ya pagado en gran parte, señor lince, a costa de la ley; otra cosa es que la ETA quiera más todavía. Siga usted “mirando al futuro”, a ver si nos aclara algún día qué es lo que ve.
Creado en presente y pasado
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Un crimen erótico / Masonería (VIII) La influencia masónica.
Mi segundo libro solo en formato electrónico
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P. ¿Quién es Moh Ul-sih?
–Lo he explicado varias veces. Es una lástima que falleciera en Ulan Bator, porque tenía pensado escribir la biografía de su tatarabuelo, que había hecho de todo por los mares de China meridional y la Sonda, incluyendo piratería y negocios variopintos, hasta terminar como zapatero remendón en la calle Real de Vigo.
P. Qué cosa más rara…
–¿Por qué? Hay gente que ha llevado una vida muy rara, solo tiene ud que mirar en torno. Y si no quiere creerlo, tampoco es obligatorio, pero le remito a aquel personaje de Cunqueiro que ante el escepticismo de otro le hacía notar: “Créeme Pepiño, tienes que creerme. Total, ¿qué trabajo te cuesta?”.
P. ¿Y la contribución de usted a la novela?
–Ya lo he explicado también. Es la que ustedes prefieran.
P. En la portada aparece el Ateneo de Madrid con esos faroles rojos… ¿No resulta ofensivo?
– El Ateneo viene a ser ahí una metáfora de la intelectualidad progre española, que es la dominante, con mucho, la cosa va por ahí, creo yo. Una intelectualidad peculiar, formada sobre todo en torno al diario El País. Hay quien dice que esos pensadores, cuanto más ineptos, más arrogantes, pero allá cada cual. El relato, sin embargo, no es demasiado explícito al respecto, dejaría de ser novela. Por ejemplo, muchos de las frases y discursos, sobre Granada, el sexo, etc, vienen de prohombres socialistas, tipo Alfonso Guerra, que tanto peso han tenido y tienen, pese a su extrema liviandad. Hay otros discursos que los poco atentos no entenderán bien: caricaturizan, muy poco, el discurso progre o políticamente correcto, el discurso que en España podríamos llamar de El País, empleando su argumentación y recursos emocionales para llevarlo a ciertas conclusiones aparentemente absurdas.
P. Dicho así, parece un texto filosófico-político o cosa parecida
–No, su estructura en su conjunto es puramente de acción: un detective catalán, Francesc Bofarull i Bofarull, se mete en una serie de oscuros embrollos presuntamente criminales, en torno a un proyecto erótico-cultural muy de hoy. Y al final el inocente carga con la culpa. Recordará ud una frase de Oscar Wilde sobre otra novela: “los buenos acaban bien y los malos mal, que es lo que significa la ficción”. Esta novela es más realista. Es negra como la vida misma.
P. Hay otra edición casi clandestina, ha dicho Luis del Pino. ¿Tiene esta muchas modificaciones?
–Prácticamente ninguna. Lo que tiene es una parte final añadida con la polémica entre separatistas gallegos, vascos, catalanes y andaluces. Mucha gente se ha reído de las cartas de unos y otros sin comprender que expresan justamente las ideas e incluso textos escritos de los respectivo ideólogos. Solo las últimas dos o tres intervenciones que narran las dichas de un separatista catalán en Grecia y sus desdichas en Galicia (Vigo, ciudad sin ley, etc.) son simplemente burlescas o satíricas sin más. La causa de este añadido es que el detective catalán, Bofarull i Bofarull, “de la universidad Pompeu Fabra y ex detective”, es la estrella del debate.
P. Ud fue bibliotecario de la junta de gobierno del Ateneo. ¿Ha influido esa experiencia en el relato?
–Algo sí, evidentemente. En Adiós a un tiempo he metido algún recuerdo sobre aquella experiencia, que incluyó agresiones físicas en un ambiente demencial. Era una lucha feroz por el poder y, en algunos casos, por el dinero, en una institución que hace mucho carece de poder y de dinero, y eso hacía la pelea más divertida: todo eran zancadillas, puñaladas traperas, acusaciones inventadas, mentiras y demagogias, como la misma política desde hace muchos años. Y hasta con títulos falsos, como los políticos actuales y sus másteres. Falsedades que, descubiertas, no avergonzaban al falsario, sino que este se enfurecía y amenazaba. Era divertido como observatorio de la condición humana, pero terminé muy harto. La novela debe bastante a ideas de Antonio López Campillo, un buen amigo, científico, de quien hace mucho no sé nada.
P. ¿Una novela política, entonces?
–Hombre, tiene un contenido político-social, por decirlo así, como tantas otras novelas. En España la cultura está en manos de la izquierda, y es una izquierda bastante cutre, por decirlo suavemente. Pero es así porque a su vez la derecha es improductiva, estéril. Entre otras cosas haría falta un gran satírico, un Quevedo o un Valle Inclán que describieran la situación política y cultural, que se presta realmente al sarcasmo y a la ironía más demoledoras. En ese sentido, esta novela es solo una pequeña contribución, que me temo no será apreciada por la derecha, por la razón dicha. Según los socialistas cuando la guerra, el humorismo es reaccionario. En general se prefiere el humor de chascarrillo, y la derecha también.
P Es pesimista, entonces, sobre el país y la sociedad actual
–Qué va, qué va. La descripción realista de las cosas cura los males del espíritu.
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“Una hora con la Historia”: El Cid, figura emblemática de la Reconquista. https://www.youtube.com/watch?v=v465-dv-HTI&t=2s
Masonería
En Occidente, y más en Europa, se tiende hoy a sustituir el cristianismo por lo que cabe definir como religión del progreso, cimentado en la técnica y el consumo. El ataque, la burla y la calumnia al cristianismo proliferan en medios de masas, libros, cine, etc., y existe un empeño en relegarlo a la esfera íntima o de neutralizarlo promoviendo el Islam y otras creencias. También ataca al cristianismo la concepción de la historia y el porvenir en clave economicista, es decir, técnica y hedonista, prometeica en términos míticos. O la corrosión de la familia por el feminismo, el abortismo o el homosexualismo, así la creciente expansión en intromisión del estado en todos los aspectos de la vida, hasta los más personales. O hay planes de crear un nuevo orden mundial, que disolvería las naciones y culturas a fin, se dice, de evitar guerras. Y hechos similares, contrarios a lo que ha significado Europa en la historia. La Masonería participa en esos fenómenos, pues, repito, su doctrina y aspiración universalista chocan con el cristianismo, más aún en su versión católica. Pero muchos van más allá y afirman que dicha Fraternidad constituye el núcleo operativo de una vasta conspiración mundial con fines perversos, que domina la política de Usa, Inglaterra, Francia y otros países. Esta acusación tiene la comodidad de simplificar al máximo el problema, señalando un culpable general de todos los males. Pero me parece improbable, por varias razones.
En primer lugar, es una idea no cristiana, pues el cristianismo no localiza el mal en algo o alguien particular, sino que lo entiende como una característica de la naturaleza humana, presente de manera clara o difusa en cada individuo y en la sociedad, incluida la Iglesia. Lo entendemos mejor remitiéndonos al carácter prometeico de la religión, o si se quiere seudorreligión, de los hijos de la Luz. La orientación prometeica, tecnicista, economicista, etc., no ha sido creada por los masones, pues otras religiones la miran como un peligro consustancial al ser humano. Por tanto, la Masonería no sería la causa, sino una de las muchas manifestaciones de ese peligro o tentación. En realidad, hechos semejantes a los actuales se han dado siempre a lo largo de la historia, con unas formas u otras y momentos de especial intensidad y crisis.
En segundo lugar, esa acusación general se vuelve contra los acusadores, porque al considerar a los regímenes inglés, francés o useño dominados por la Masonería, también tendrían que acusar a esta de culpas como la democracia, la prosperidad económica o los avances técnicos y científicos. Recordemos, además, los defectos de la católica España, como haber tardado tanto en abolir la esclavitud o en alfabetizar a la población, en contraste con regímenes tachados de masónicos.
En tercer lugar, el supuesto de que la masonería opera como un todo único y disciplinado por órdenes y consignas de un poder central, suena poco creíble. Una cosa es que encontremos hijos de la Viuda en determinadas políticas o tendencias, y otra que ellos obren siempre dirigidos. Hay varias masonerías, sin un órgano supremo común, y sus posibilidades de imponer una disciplina algo estricta parecen limitadas, pese a los vistosos juramentos de secreto. Así, no han faltado choques y hasta asesinatos entre masones, como en la Revolución francesa, y los que participaron en la independencia de Usa lo hicieron contra los masones ingleses. Mi impresión es que la orden opera más bien por la difusión de ideas y argumentos que muchas veces no proceden de ella, y que muchos profanos repiten con mayor o menor convicción. Por ejemplo, que el diario El País, mantenga sus conocidas posiciones, no quiere decir que esté dirigido por la masonería, si bien esta seguramente no es del todo ajena al periódico.
En cuarto lugar, aunque una organización secreta es un buen vivero de conspiraciones, estas se dan en todos los ámbitos sociales, y muy especialmente en la política. Esa misma proliferación suele neutralizarlas, y en su mayoría fracasan total o parcialmente. El avance actual de las corrientes anticristianas incluye conspiraciones, pero se debe más a tendencias generales que conviene examinar en ellas mismas. Por cierto, una sociedad secreta es condenable en democracia, y ese punto tiene relevancia. Pero centrar el análisis en ese aspecto no sirve de mucho, si no se examinan concretamente los fenómenos sociales más o menos relacionados con él orden. Esos fenómenos se presentan como ideas y propuestas a menudo argumentadas hábilmente, y condenarlas por su carácter masónico, real o imaginado, convencerá a pocos. Pues la gente quiere saber ante todo si el fenómeno en cuestión es bueno o malo, cualquiera sea su origen.
Con estas precauciones abordaremos algunas acciones históricas de clara inspiración masónica. Antes, condensaré en unos pocos puntos el objeto de esta conferencia:
a) La masonería es una religión sui generis, con sus mitos, ritos, moral y templos.
b) Es una religión tecnicista o prometeica, con una moral a tono, en la que el bien se reduciría al saber, esencialmente técnico, y el mal a la ignorancia. Esta concepción socava el fundamento mismo de la moral según la concibe el cristianismo.
c) Como religión, pretende una universalidad que la situaría por encima de las demás religiones, consideradas particulares y relegables a la opinión privada.
d) En contradicción con sus ideas universalistas, es una sociedad secreta, iniciática y ocultista, por tanto proclive a la manipulación de los demás, tachados de ignorantes.
e) Por su propia organización y naturaleza, la masonería se presta especialmente bien a la conspiración política, económica o profesional.
f) La contradicción recorre la concepción masónica, no solo en cuanto a la religión sino también en sus invocaciones a la razón y en sus pretensiones políticas democráticas.
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Masonería (VII) Ideales masónicos y política / Rajoy, la vieja bellaquería
Todo lo anterior tendría interés limitado si no fuera por la influencia social y política atribuida a la orden. Como vimos al principio, sobre ella abundan las opiniones más opuestas, desde quienes la dejan en un influjo puramente humanitario sin connotaciones de partido ni de religión particular, hasta quienes la definen como el centro operativo de casi todas las conmociones sufridas por la humanidad, al menos en Occidente, en los últimos dos siglos y medio. Dejaré la exposición de algunos datos concretos para la próxima conferencia, ciñéndome ahora a la lógica interna del asunto. En principio, las Constituciones excluyen las discusiones políticas y declaran: “Un Masón es un súbdito pacífico de los poderes civiles, dondequiera que resida o trabaje y nunca debe implicarse en complots y conspiraciones contra la paz y el bienestar de la nación”. Es decir, el masón debe acomodarse al régimen en que viva, sea el que fuere, aunque, como siempre, esa declaración resulta demasiado simple para tomarla muy en serio.
La declaración se entiende mejor cuando explica que en la Inglaterra del momento la orden vivía una época de prosperidad, por lo que resultaría inapropiada una actitud subversiva. Aun así, advierte, si un masón se comporta como rebelde contra el Estado, “se le debe mostrar compasión como a hombre infeliz”, pero no podrá ser expulsado por eso de la Fraternidad. Y es obvio que los masones tendrán alguna idea, derivada de su doctrina, sobre lo que conviene a “la paz y el bienestar de la nación”, por lo que no estarán muy cómodos con gobiernos que, a su juicio, vulneren esas conveniencias. Sería inverosímil que los políticos, intelectuales y militares masones no trasladasen sus principios al ejercicio del poder, aun suponiendo que obren por propia iniciativa y no por consignas de la orden. También sería inverosímil que no aprovechasen la red de contactos creada en las logias para acceder a puestos clave en el estado y la sociedad en general, sea para imponer sus propias creencias o para evitar que se impongan las contrarias. En ello, las Grandes Logias parecen obrar de forma más flexible e indirecta que los Grandes Orientes, más abiertamente anticatólicos y orientados a la política.
Recordando que la masonería es una religión, aunque sea sui generis, diremos dos palabras sobre la relación entre religión y política. De siempre ha existido un lazo muy estrecho entre ambas, hasta el extremo de confundirse en el Islam o en el antiguo judaísmo. El cristianismo separa desde el principio el terreno de Dios y el del César, lo cual, en el catolicismo, se manifiesta en un centro religioso general, Roma, diferente y a veces en oposición a los gobiernos nacionales o imperiales cristianos. La distinción es menor en la Iglesia ortodoxa y durante un tiempo lo ha sido en los países protestantes, constituidos sobre el principio cuius regio eius religio, es decir, sobre la imposición de la fe del príncipe a los súbditos. La dinámica del protestantismo, basada en el libre examen de la Biblia, engendra divisiones, y la misma masonería inglesa podría entenderse, hasta cierto punto, como un producto del libre examen.
La necesidad de poner fin a las luchas y persecuciones entre grupos protestantes originó en Inglaterra la propuesta de la tolerancia (no aplicada a los católicos) que dio lugar finalmente a los estados aconfesionales. En estos, la política se independiza totalmente de la religión, aunque ello ocurra más en superficie que en profundidad. Durante siglos, las sociedades han sido impregnadas cultural y moralmente por la religión, y a sus concepciones no escapan los políticos y los partidos, cuyas propuestas prácticas tienen como trasfondo una concepción del mundo de raíz forzosamente religiosa, como ocurre con la moral. Pues las políticas, en cuanto se basan en principios indemostrables, que implican fe, tienen siempre un componente más o menos religioso. Lo que varía son las formas como se produce la interinfluencia entre religión y política.
Aparentemente los hijos de la Luz no tienen principios definidos en política, por lo que se adaptarían a diversas situaciones. Pero en realidad esos principios existen como proyección de su doctrina general, y se presentan como defensa de los derechos humanos, la libertad y la democracia, y la consiguiente oposición a los regímenes que juzgan contrarios a ellos. El lema de la Revolución francesa “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, muy relacionado con el Gran Oriente, lo haya creado este o no, viene a resumir la orientación política masónica. Slogan de extraordinaria fuerza sugestiva con el que, como ocurría con las invocaciones morales a la bondad, la honradez o la verdadera amistad, nadie estaría en desacuerdo. De hecho, el cristianismo también pregona esas bondades y otras que cabría añadir, como Justicia, Misericordia, etc.
Pero analizado más de cerca, el lema, de apariencia simple, se embrolla. Si nadie podría oponerse, como ideal, a esos buenos deseos, tampoco nadie podría atribuírselos como bandera particular. Al hacerlo, se excluiría de la fraternidad a quienes discrepasen de la revolución o de la masonería, es decir, de su particular concepción de la libertad o la igualdad. A los discrepantes no se les reconocería libertad ni igualdad, y en los períodos de mayor enconamiento, se trató de despojarlos también de sus bienes y hasta de sus vidas. Los derechos especificados en la célebre Declaración revolucionaria nunca fueron más pisoteados que entonces, también entre los propios revolucionarios, poco amigos unos de otros. Situación repetida en la España de los años 30.
Además esos ideales, tomados en abstracto, no son coherentes entre sí. La libertad implica la diferenciación personal, por tanto se opone a la igualdad; y ni de una ni de otra, y menos de su contradicción, brota fraternidad alguna. La propia masonería, con su neta distinción entre los hijos de la Luz y los profanos sumidos en las tinieblas, tiene poco de igualitaria o fraternal, salvo entre sus iniciados, y aun así con diferenciación de niveles, grados y secretos. En relación con la democracia reencontramos la contradicción de sus proclamas moralistas y filantrópicas o de su religión “de todos los hombres”: a duras penas imaginaríamos algo más contrario a la democracia, basada en la publicidad, que una sociedad secreta. Y por su misma concepción orgánica, la masonería se presta extraordinariamente bien a la conspiración, la manipulación y la acción oculta. Entra en la lógica que a los hijos de la Viuda busquen adueñarse de puestos clave de poder e influencia social. Fue significativo que en las Olimpíadas últimas de Londres, en un país de historia y cultura cristianas, se prohibieran los signos religiosos, en ofensa a los derechos y libertad de las personas, pretextando que eran un motivo de conflicto (aparte de que la Olimpiadas, en Grecia, eran un acontecimiento religioso). No sería muy aventurado pensar que la masonería estuviera detrás de la prohibición o contribuyera a ella en coherencia con sus aspiraciones universalistas y prometeicas, tratando de relegar al ámbito privado la religión, es decir, las demás religiones.
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La vieja miseria moral y política de Rajoy (en junio de 2006)
Parlotea el Gran Necio:
“Hasta ahora, todos los gobiernos democráticos enfrentados a situaciones semejantes, le han explicado a ETA que debe abandonar las armas, que no recibirá ninguna contrapartida a cambio de dicho abandono, y que ninguna de sus reclamaciones políticas será atendida por ningún gobierno español”. No solo eso, señor Rajoy, tampoco hubo nunca negociaciones conla ETA. Al menos, así se lo han explicado todos los gobiernos a los ciudadanos, mientras SÍ negociaban con los asesinos. ¿De qué negociarían? No quiera tomarnos el pelo, señor Rajoy. Sólo Aznar cambió esa tónica, que tanto y tan bien ha alimentado a los terroristas.
“Los españoles llevamos treinta y ocho años demostrando que no estamos dispuestos a conceder una sola de las exigencias de los asesinos”. Los españoles, tal vez, pero ¿y los políticos? El plan de nuevos estatutos, ¿no es una inmensa concesión a las exigencias de los asesinos? Sigue usted tomándonos el pelo, señor Rajoy.
“En este contexto, señorías, el pasado 22 de marzo, ETA anunció un alto el fuego permanente. La respuesta del Partido Popular se podía dar por descontada: ofrecimos todo nuestro apoyo al gobierno para intentar confirmar esa buena noticia.” ¿Qué quiere decir esto? ¿Qué había que confirmar, si la ETA había declarado el alto el fuego (siempre el perverso lenguaje de los terroristas y sus compinches. No son un ejército, sino una banda de asesinos)? Además, la razón del alto el fuego no fue otra que los nuevos estatutos prácticamente secesionistas. ¿Qué significó, entonces, el apoyo del PP al gobierno?
“El Partido Popular, desde el primer momento, ha prestado un apoyo leal al Gobierno en los términos que establece el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo, es decir, un apoyo para lograr la disolución de la banda armada sin que mediara ninguna clase de contrapartida. En este sentido, el señor Rodríguez Zapatero manifestó públicamente su conformidad asegurando que no se pagaría ningún precio político por el cese de la violencia”. No se sabe quién ha sido más desvergonzado, si Zapatero engañando al PP o el PP haciendo como que no se enteraba.
“Hemos guardado un silencio prudente para dar la oportunidad al Gobierno de explorar lo único que importa. Yo, personalmente, he sufrido numerosas críticas por ello. Pese a todo, señorías, he mantenido mi apoyo porque pensaba que estaba sirviendo a un bien superior, que así entendía yo la posibilidad de que ETA dejara las armas”. ¿Es un “bien superior” el abandono de las armas (siempre la perversión del lenguaje) a cambio de los estatutos? ¿Es prudencia hacer como que se cree en el inmenso chanchullo que todo el mundo veía, pero sobre el cual el PP no alertaba a la población ni planteaba alternativa? Rajoy ha sufrido críticas por cooperar, de hecho, al engaño, y ha sido la presión popular, en todo caso, lo que le ha hecho cambiar de postura. Y está por ver hasta qué punto.
“¿A qué llamamos contrapartidas políticas? En estos tiempos que corren, conviene señorías que precisemos el alcance de todos los términos. Llamamos contrapartida a cualquier cosa que solicite ETA: desde la pasividad del fiscal hasta la independencia. Como regla, se puede señalar que toda exigencia de ETA-Batasuna es infundada y no debe ser atendida. La única mesa que ETA necesita es aquella en la que vaya a depositar sus armas.” Nuevamente: ¿Y los estatutos? ¿No son contrapartidas políticas? ¿No los solicitóla ETA con el Plan Ibarreche-Ternera, y se le han concedido en el estatuto catalán y los que se anuncian? O no se ha enterado el PP, como de tantas otras cosas?
“De manera concreta, en nuestra propuesta se rechazan dos cosas: la autodeterminación, (sigue con el falso lenguaje: se trata de la secesión), sea como fuere que la disfracen, porque no tiene cabida en nuestro ordenamiento jurídico (pero un ordenamiento jurídico puede cambiarse), y cualquier pretensión sobre Navarra. El futuro de los navarros no tiene nada que ver con la existencia o la desaparición de ETA”. No se rechazan, pues, unos estatutos anticonstitucionales, que, al parecer, no tienen nada que ver con la ETA o con el alto el fuego de los gudaris. Y el futuro, como el presente de los navarros, sí puede tener mucho que ver con la política de los gobiernos respecto de la ETA.
“No me gusta esa insidia de proceso de paz porque desfigura la realidad a favor de los terroristas y juega sucio con los deseos de los españoles.” ¡Menos mal, ya era hora! Pero se queda corto, como suele: no existe tal proceso de paz, sino de destrucción dela Constitución. Y no por parte dela ETA, sino del gobierno. Tampoco acaba de percatarse de ello Rajoy
“Todos deseamos vivir en paz, pero no a cualquier precio (…) Lo que los españoles no aceptan ni aceptarán, es que se premie a los verdugos, que se les dé la razón, que se les sacrifiquen las víctimas, que se les entregue la libertad de los habitantes del País Vasco, que se pongan a su servicio las instituciones de la democracia. ¡Eso, señorías, jamás!” Ya vivimos en paz, señor Rajoy, sigue usted cayendo en las trampas de estos golfos. Y volvemos a lo mismo: los estatutos anticonstitucionales y secesionistas ¿entran en lo aceptable?
Pese a todas las fechorías de los actuales mandamases, ha sido el PP quien se ha venido desgastando en estos dos años. Ahora, ruptura de relaciones con el gobierno. Parece, por fin, algo serio, suena bien, pero ya veremos en qué se concreta. Si se concreta en algo.
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(2012) Lo significativo en la agresión a Arcadi Espada no fue la actuación de los comunistoides y proterroristas de ERC, sino la de la policía de la Generalitat, colaborando con ellos. Las conclusiones las puede extraer cualquiera.
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![El erótico crimen del Ateneo: La novela negra como la vida misma que arrasa en el mundo de [Moa, Pío, Moh, Ul-Sih]](https://images-eu.ssl-images-amazon.com/images/I/51t3W6tzgWL.jpg)
