PSOE (XIII) La cuestión de la legitimidad /La cuestión del diablo / La masonería (II)

La huelga revolucionaria de 1917 estaba planteada para derribar la monarquía al modo como se derrumbó al zarismo en Rusia. La intentaron los revolucionarios, y particularmente el PSOE, como vimos, con la convicción de que el régimen estaba muy débil, pese a que las circunstancias diferían mucho de Rusia. Allí un régimen autocrático, aunque en proceso de liberalización, se veía acosado por una guerra desastrosa, mantenida en favor de los intereses de Francia e Inglaterra mucho más que los de Rusia. En España, el régimen era claramente liberal y en buena medida democrático, y había sabido esquivar la guerra europea. No obstante, su debilidad era cierta, y de no contar en aquel momento con un hombre del temple de Dato, es casi seguro que hubiera sucumbido. Esa debilidad de manifestó en su incapacidad para contrarrestar la inmediata campaña de propaganda orquestada por los derrotados, que llevó a sustituir a Dato por García Prieto, modelo de la mediocridad prevaleciente en el régimen, permitió al PSOE llegar a las Cortes, y a los demás realizar sin problemas su agitación y propaganda desde las instituciones y fuera de ellas. Así, la derrota, en lugar de hundirlos, los legitimó.

   Pero la raíz profunda de la debilidad de la Restauración era una debilidad psicológica nacida de una sensación de ilegitimidad. Pese a la catastrófica experiencia de la I República, los republicanos se sentían legitimados por su “europeísmo”, que en su tradición se asimilaba a la imitación de Francia.  Los separatistas, por el concepto abierto o implícito, de constituir una “raza superior”, que debía separarse del resto (Arana) o dirigir, es decir, dominar y explotar, al resto del país (Prat de la Riba, Cambó). Frente a unos y otros, la Restauración carecía de valedores intelectuales (Menéndez Pelayo, pese a su evolución liberal, era ignorado, simplemente por los nuevos, los regeneracionistas a cuya cabeza emergía Ortega y Gasset, muy inferiores a él como pensadores políticos e históricos);  y la derrota del 98, aunque sin efectos prácticos inmediatos,  había sumido al régimen en una sensación de ineptitud y precaria legitimidad, sustituida por cierto cinismo práctico, también entre sus propios políticos. 

   El ataque más profundo y radical a la legitimidad del régimen procedía de anarquistas y socialistas. Esencialmente, el marxismo predicaba que a lo largo de la historia y desde un supuesto comunismo primitivo, todas las sociedades se basaban en la explotación de la mayoría por alguna minoría, que utilizaba el estado como aparato de violencia para asegurar su dominio, y a la religión como instrumento para aquietar con ilusiones ultraterrenas los ánimos de los explotados. Ello era producto, en parte principal, de la escasez de recursos debido a insuficiencia técnica, pero el propio desarrollo “capitalista” estaba superando esa escasez, haciendo posible  una sociedad igualitaria, comunista, sin explotación del hombre por el hombre. Ello suponía dos cosas: la ilegitimación de un régimen que mantenía la explotación y las desigualdades sociales, y una doctrina implícita o explícita de guerra civil contra el régimen explotador.

   Estas doctrinas, por su sencillez y aparente coherencia, seducían a muchos intelectuales y no encontraron una refutación clara de los políticos  ni de los escasos intelectuales del régimen, que se veían así radicalmente deslegitimados. Ortega, que nunca entendió el marxismo,  elogió mucho al PSOE como factor de “modernidad”, Unamuno se hizo  socialista y predicó la guerra civil por un tiempo, y casi todos los intelectuales mostraban un respeto reverencial hacia el PSOE, precisamente por su doctrina, por otra parte de rasgos asimilables al cristianismo: “los nada de hoy todo han de ser”, cantaba la Internacional: “los últimos serán los primeros”. Y no en un nebuloso “reino de los cielos, sino aquí, en la misma tierra. Desde la intentona revolucionaria de 1917, el régimen de la Restauración viviría aún casi seis años, pero en continua turbulencia

   El problema de la legitimidad es crucial en el análisis del poder, lo he tratado en La guerra civil y los problemas de la democracia y otros, pero rara vez aparece de forma explícita en la historiografía corriente.

La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

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 P. ¿Cómo puede ser interesante el diablo si no se cree en él?

El diablo, a mi juicio, es la personificación imaginaria del mal. Sus representaciones tradicionales reúnen una serie de símbolos que aluden al poder tiránico, a una sexualidad pervertida, etc., algo parecido a las representaciones de la Quimera clásica. Esto lo ha estudiado convincentemente Paul Diel.  Es una representación fantasiosa, pero que ha dado lugar a todo un folklore y un arte, a una cultura. Indudablemente se trata de un tema muy interesante.

P. Pero si no se cree en su existencia tendrá el mismo interés que los fantasmas, como instrumentos arbitrarios para provocar  terrores infantiles.

Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas

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–Sí, pero no. El diablo como tal no existe, pero el Mal sí. Y una vez se ha recubierto con los símbolos mencionados, alguien puede llegar a verlo “realmente”. Como una especie de alucinación, si se quiere, pero… En Adiós a un tiempo, titulo el relato “El hombre que quizá vio al diablo”: ese “quizá” es algo irónico, pero también implica una posibilidad: el hombre que vio una encarnación del mal. Claro que hay cierto desajuste, porque el diablo tendría que aparecer como un personaje enormemente poderoso, mientras que lo que él vio serían pobres diablos, pero seguramente se refería a que por debajo de la superficie de la sociedad bulle el mal en forma clandestina… También me impresionó mi encuentro con él, al caer la tarde bajo las gárgolas de la Tour Saint Jacques, donde se reunían los peregrinos a Santiago… Por cierto que el Camino de Santiago podría dar lugar, con un poco de imaginación y por sus rasgos misteriosos, a algo de esa literatura que Julián Marías echaba en falta sobre la España de la Reconquista. Pero, bueno, las conversaciones con aquella persona, o con el curioso peruano que afirmaba haber visitado en sueños la tumba de Durero y charlado con él, indican un mundo extraño y sugestivo, también peligroso para la salud mental.

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¿Es la masonería una sociedad secreta?

La Masonería o Francmasonería, cuyos miembros se autodenominan “hijos de la Luz”, se ha considerado tradicionalmente una sociedad secreta, entrar en la cual exige un rito de iniciación. La palabra masonería alude a sociedades antiguas de albañiles o constructores de templos y otros edificios. Según parece, existían ya en tiempos de Roma  y luego se adaptaron al cristianismo, conservando reminiscencias paganas. Tenían interés en guardar los secretos del oficio, que envolvían en esoterismos y ritos más o menos pintorescos. Los masones se declaran procedentes de esas sociedades,  cosa posible aunque no  del todo probada, y aquí poco relevante, porque  la masonería actual comienza en el siglo XVIII, con un período de formación a finales del XVII en Escocia e Inglaterra, y por influjo y orientación de personajes ajenos a la albañilería. A esta nueva masonería suele llamársela especulativa para distinguirla de la anterior u operativa, y puso especial atención en integrar a personas influyentes, como políticos, militares, magistrados e  intelectuales diversos. De hecho  ha sido la sociedad de su tipo más exitosa de  la historia y el interés por ella se debe precisamente  a su influencia política y social, exagerada o no, pero indudable en los últimos dos siglos.

Sobre la masonería han corrido  mil rumores, siendo difícil, de primeras, distinguir lo verdadero y lo falso en ellos.  Procederemos, pues, a partir de la ignorancia, resumiendo algunas opiniones. Los propios masones se presentan como miembros de una orden, fraternidad  o sociedad filantrópica, respetuosa con el poder público y las religiones, ceñida a labores humanitarias y caritativas en pro de los derechos humanos, la libertad y la razón. Así lo acepta el estudioso jesuita Ferrer Benimeli. La aversión antimasónica de algunos poderes obedecería a que estos defienden  el despotismo, la superstición y la  ignorancia. Otros estudiosos la han tenido por una empresa diabólica, y así lo ha razonado el historiador Ricardo de la Cierva, entre otros. Para el general Franco, la masonería “no representaba la lucha franca, que incluso el marxismo ha presentado muchas veces: era la lucha sorda, la maquinación satánica, el trabajar en la sombra, los centros y los clubs desde los cuales se dictaban las consignas (…). Sobre los Estados, sobre la vida propia de los gobiernos, existe un superestado: el superestado masónico” (Amanecer, Zaragoza, 12 de IX 75). También encontramos testimonios de ex masones que califican a la orden como una asociación de ingenuos algo estrafalarios. El propio Azaña, que entró en ella, alude con visible desdén a sus barrocas ceremonias. Por su parte,  el intelectual italiano Benedetto Croce resumió así su juicio: “Escucho las jactancias de esa institución sobre su grande y saludable eficacia; escucho las atroces acusaciones que le lanzan sus adversarios (…) Y me inclino a creer que jactancias y acusaciones son por igual exageradas (…) Pero conozco la mentalidad masónica (…) y veo en ella un serio peligro para la cultura italiana  (…) Abstractismo y simplismo (…) Simplifica todo: la historia, que es complicada, la filosofía, que es difícil, la ciencia, que no se presta a conclusiones precisas, la moral, que es rica en inquietudes y contrastes. Pasa triunfalmente sobre todas esas cosas en nombre de la razón, de la libertad, de la humanidad, de la fraternidad, de la tolerancia. Y con tales abstracciones pretende distinguir a golpe de ojo el bien del mal y clasifica hechos y hombres por signos externos y por fórmulas” Y califica su ideología de “pésima no solo intelectualmente sino también moralmente” (Cultura e vita morale, 1914,  p. 162-3).

Hay, por tanto, opiniones para todos los gustos. Empecemos por examinar si se trata de una sociedad secreta o no. Este dato es crucial, porque una sociedad de tal índole  persigue por su propia naturaleza fines ocultos,  en función de los cuales aspira a manejar al resto de la gente sin que esta se percate.  Frente a esta acusación, la masonería suele insistir en que no es secreta, sino solo discreta, al igual que cualquier otra sociedad o club. Para dilucidar la cuestión, lo mejor es recurrir a sus propios rituales, que permanecieron mucho tiempo sin estar escritos y nunca lo fueron en España antes de que Ricardo de la Cierva los tradujera del inglés en su libro El triple secreto de la Masonería”, de gran valor documental. De la Cierva lo plantea como crítica desde el catolicismo, pero aquí me limitaré a hacer una exposición descriptiva.

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El problema de la masonería (I)

(Artículo de hace más de un año)

Desde luego, no puede igualarse liberalismo y masonería. Probablemente la mayoría de los liberales no tienen ni han tenido relación con la masonería, y bastantes incluso han sido hostiles a ella. Pero también es verdad que la masonería ha tenido gran influencia en la difusión del liberalismo. Buen número y varios de los principales líderes de la independencia useña fueron masones, y así ha seguido siendo desde entonces. La masonería fue también un instrumento muy importante en la liberal Inglaterra del siglo XIX y antes, y en la expansión de su imperio. También desempeñó un papel de primer orden en la Revolución francesa, en los movimientos revolucionarios de corte liberal en la Europa del siglo XIX, en las guerras de independencia en Hispanoamérica, también de corte liberal,  y en los grupos liberales y republicanos de España de dicho siglo. También tuvo su parte en el intento de encauzar la revolución rusa  de febrero de 1917, en la II República española, en el intento de aislar a la España franquista, y en muchos otros sucesos políticos de grandes consecuencias. Según parece, el número de masones en el Parlamento de la UE es muy elevado, y el aire anticristiano que viene tomando esa organización  internacional tiene probablemente algo que ver. Ideologías como la “de género” o el abortismo, emplean argumento de tipo liberal y son defendidos en general por los masones. Con gran frecuencia encontramos masones, más o menos influyente y más o menos numerosos, en los sucesos políticos euroamericanos –y no solo– de los últimos dos siglos y medio, y la masonería ha convivido muy bien con los regímenes inglés, useño, francés y los de Hispanoamérica, entre otros.

   La masonería ha aumentado su influjo mediante organizaciones dependientes, como ligas de derechos humanos y similares. Y siempre ha insistido en que la calidad de “hijos de la luz” o “hijos de la viuda”, es decir, de masones, no estaba reñida con ninguna religión o credo político, salvo los abiertamente antimasónicos, de modo que podía pertenecer a ella lo mismo un católicos (pese a las condenas de la Iglesia) que un budista, un musulmán o, en alguna de sus ramas principales, un ateo; lo mismo un demócrata que un marxista (los hubo o hay, aunque la URSS proscribió la masonería como  “organización burguesa”), un anarquista, un fascista (hubo fascistas masones), etc. Aunque  la corriente principal de la masonería se orienta claramente hacia el liberalismo.

   Por consiguiente, no puede estudiarse el liberalismo sin esa conexión, como tampoco la masonería sin su tendencia liberal, aunque ambas cosas, como dije al principio, no son lo mismo, por más que algunos quieran identificarlos, o extiendan la indudable influencia de la masonería a una especie de poder omnímodo detrás de cada suceso nefasto en los últimos dos siglos y medio.

   Solo la constatación de estos hechos indudables demuestra lo extremadamente dudoso de las pretensiones de dicha organización de no tener otros fines que los humanitarios al margen del poder, y de actuar solo “discretamente”. Ahora bien, no menos chocante es que el liberalismo haya admitido tal sociedad secreta, pues no existen en medios liberales, hasta donde yo sé, condenas algo contundentes a ella. Y deberían existir, porque, por todas sus características de secretismo e influencia oculta a través de su hermandad “discreta”, la masonería choca con principios liberales como la igualdad de principio o ante la ley o la publicidad que ha de acompañar a las libertades públicas, por no hablar de sus barrocos y desde luego nada racionales  rituales de iniciación, etc.

   El problema nos lleva a otra pregunta. ¿qué es, en fin, la masonería?  He publicado en este blog un ensayo sobre la misma, y en mi ensayo sobre Europa la he tratado asimismo. Podemos definirla, en fin, como una religión, con sus templos, mitos, ritos, etc., que pretende estar por encima de las demás;  religión gnóstica,  no abierta a todo el mundo, sino limitada a iniciados con distintos grados o jerarquías, cuyos supuestos saberes especiales les permitirían manipular a los “profanos” (se supone que por su bien); y de carácter prometeico, ligado a la idea por así decir salvífica de la técnica. Por todo ello es anticristiana, y muy posible su carácter secreto se entienda como un modo eficaz de corroer y socavar al cristianismo, muy especialmente en su versión católica.

   En suma, sin entrar en otro tipo de derivaciones o especulaciones, creo que estos hechos son innegables: su carácter de religión prometeica, gnóstica, secreta y de influencias oscuras, que deberían repugnar a todo liberal; y desde luego anticatólica. Y sin embargo, insisto, el liberalismo se ha mostrado por lo general muy poco crítico con  la masonería. Quizá sea hora de clarificar esta cuestión.

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En “Años de hierro, sobre la posguerra española (España disfrutó de unos años 40 mucho mejores que casi todo el resto de Europa), trato el asunto de las trece “rosas”, colaboradoras del terrorismo. Otras muchas “rosas” fueron violadas y asesinadas por los rojos, y “El País” y Sánchez se ciscan en ellas.

                                                    Años De Hierro, Los (Historia Del Siglo Xx)

*Todos los corruptos, etarras, sociatas, separatistas, peperos, podemitas… están contra Franco. ¡Cuánta unanimidad! ¿Por qué será?

*Critica Tertsch cómo las televisiones, incluidas las públicas, atacan desvergonzadamente a Casado con lo del máster. Pregunto: ¿cómo se han apoderado de los medios públicos esa caterva de canallas y corruptos. El partido de Pablo Casado lo ha fomentado al máximo. Casualmente. Recibe su merecido.

*Recuerden que la Cifu ya insinuó que Casado iba a tener problemas con el máster. ¿Y por qué no se le crean problemas serios a Sánchez con sus títulos? Todos los políticos, de PSOE o del PP, son pícaros incultos que se quieren hacer los intelectuales para engañar a la gente.

*La izquierda en España siempre fue liberticida, y no cambió con la transición. Pero la culpa mayor es la de una derecha inculta, frívola y señoritil, que nunca se preocupó de la realidad histórica y ha apoyado y finalmente adoptado el gigantesco fraude

*Azaña fue un aspirante a dictador sobrepasado por otros más dictadores que él.

*Santos Juliá es uno de los historiadores más embusteros del país. Creo que solo le supera Ángel Viñas, aunque la competencia es fortísima. Algo sobre Juliá (ex sacerdote, ¿les suena?): https://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/santos-julia-defiende-a-los-pobres-40052/ …

*No cometió ningún error TVE al llamar presos políticos a los etarras: lo son desde Suárez (y salvo Aznar). Desde que, por presión de “El País”, se buscó a la ETA “salida política” se justificaron sus asesinatos como actos políticos: https://www.piomoa.es/?p=7766

*Ante la inhibición culpable del episcopado sobre la tumba de Franco, es necesario que los católicos conscientes tomen la iniciativa defendiendo al hombre que salvó a la Iglesia del exterminio. Difundan el manifiesto católico por Franco.

*Lo peor de estos separatistas, así como de la ETA, es su pésima educación: aún no han dado las gracias a los gobiernos PSOE y PP que tanto les hay ayudado, financiado y marginado cualquier resistencia. Son gentuza.

 

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P. El caso de “el hombre que quizá vio al diablo”, ¿cómo lo enfocaría después de tanto tiempo?

–Ante todo, yo tenía entonces dieciocho años y no había conocido a gente así, pero por eso mismo me llamó la atención. Algún lector, recientemente, lo describió como “un ángel”, cosa que yo nunca hubiera dicho. El lector debía de sentirse identificado con él, quizá se creyera también un poco “ángel”. Era el clásico ultracatólico con un toque paranoico, que veía conspiraciones masónicas o judías por todas partes y él mismo se sentía víctima de ellas. Sus aventuras y sus lucubraciones me parecían sin embargo muy interesantes, hasta diría novelescas si no se toma el adjetivo en plan frívolo. Naturalmente, podían tratarse en plan burlesco, pero me inspiraban algo así como un respeto muy aleado de escepticismo. Sabía bastante de historia y de política, aunque no estoy seguro de que no hilvanase mal los detalles, que en definitiva siempre iban a lo mismo. También cierta manía con los símbolos, cosa que también tienen los masones…

P. No parece fácil combinar el respeto y el escepticismo. Si usted no creía lo que contaba, ¿cómo podía tenerle respeto?

–Yo creía lo que me contaba de él mismo, porque no parecía fantasioso,  y de diversos datos históricos, estos al menos los tenía en cuenta como posiblemente reales; lo que no creía eran sus interpretaciones, son cosas distintas. Además, a mí, aunque educado en el catolicismo, ya entonces me causaban rechazo sus aspectos más rituales, iconográficos, milagreros y santeros. Recientemente vi la comedia italiana Si Dios quiere,y una de las escenas recoge las imágenes que se hacía un ateo furibundo de la Iglesia, y son realmente imágenes que provocan incomodidad intelectual y moral a muchas personas, a mí desde luego. No me importa que otras personas se sientan identificadas y consoladas con todo eso, siempre que no intenten imponérmelo.

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P. No obstante, esas ideas e imágenes tienen influjo práctico, social, no puede usted desecharlas como si fueran cosas inanes.

–Todas las ideas, religiosas y políticas, incluso metafísicas, tienen consecuencias prácticas y de un modo u otro buscan imponerse como el mejor gobierno de la sociedad, eso es cierto. Pero hoy por hoy ninguna lo consigue del todo, afortunadamente. Y las más peligrosas no son las de personas como “el hombre que quizá vio al diablo”, sino las LGTBI, que incluso pretenden controlar los sentimientos, o, en España, las antifranquistas en general. Creo que la cuestión radica en la fe: mucha gente cree que la fe (en Jesús o en otras cosas) es lo esencial y definitorio, mientras que yo creo más en las obras, en los actos y en el sentido de ellos, aunque ese  sentido a la larga se nos escape.  Ahora, a aquel hombre por lo demás interesante, le preguntaría: “¿Qué obras produce, desde hace siglos, esa fe que tú afirmas? ¿Qué ciencia, qué arte, qué pensamiento, qué invenciones? Reconoce que no gran cosa en comparación con las de esos países que tú descartas como agentes de Satanás o cosa así”. Es un problema muy serio, porque plantea problemas de fondo, que no se limitan al aspecto del mundo en el último período histórico.

 P. ¿Usted cree que vio realmente al diablo?

–Todo podría ser… Es un asunto  interesante, sobre todo si no se cree en él.

 

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El catolicismo no es solo cosa de los católicos / La originalidad literaria

Una hora con la Historia se despide hasta septiembre:  El Cid, ¿héroe o mercenario? https://www.youtube.com/watch?v=v465-dv-HTI

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P- ¿No es una paradoja que ud, no siendo católico, pretenda decir a los católicos lo que tienen que hacer, al margen o en contra de sus obispos?

–Creo que el catolicismo, en cuanto cultura, no es cosa solo de los católicos. Y los hechos objetivos son que Franco salvó a la Iglesia y la cultura cristiana del exterminio en España, por lo que la Iglesia, y junto con ella la sociedad en su conjunto,  tiene una enorme deuda moral con Franco. La inhibición de los obispos es claramente culposa, por lo que los católicos conscientes y la gente en general deben tomar cartas en el asunto.

P. Pero, ¿no es lógico que la Iglesia,  que ya se disoció del franquismo en el Vaticano II, aumente su rechazo hacia un dictador asesino?

–La Iglesia sabe perfectamente que Franco no fue un dictador asesino, esa es la propaganda antifranquista, elaborada precisamente por los comunistas, grandes demócratas y amigos de la Iglesia. Una democracia no funciona en una sociedad cargada de odios y empobrecida, y eso fue exactamente la república: empobreció al país y lo colmó de odios. El franquismo, en cambio, superó aquellas plagas, por lo que creó las condiciones para una democracia fructífera, no convulsa. Pero hay otra cuestión: a la larga, no puede haber democracia sin demócratas. Después de las elecciones del Frente Popular no quedó prácticamente ningún demócrata en España.

P. Pero después de ganar la guerra, Franco pudo haber traído de vuelta la democracia.

–Eso es pura palabrería. Los grandes partidos de izquierda y separatistas habían hecho imposible cualquier democracia y seguían siendo los mismos. Y la derecha no quería ni oír hablar de repetir la experiencia. Al terminar la guerra mundial, algunos locos o miserables querían imponer una monarquía democrática traída sobre los tanques anglosajones, es decir, por medio de lo que técnica y penalmente se llama alta traición. Y dando gran parte de poder al PSOE, el partido que había traído la mayor miseria, el mayor expolio y la guerra misma. En España, la experiencia casi nunca es analizada y sirve de muy poco. Era la vuelta de la estupidez y la canallería, auspiciada por algunos intrigantes y traidores monárquicos, nada inocentes.

P. No obstante, si no al final de la guerra, en los años 60, por ejemplo.

–Vamos al fondo del asunto: en un período corto puede haber democracia sin demócratas, mientras se mantenga la mecánica electoral. Pero antes o después alguno de los partidos utilizará el poder para corromper el sistema e implantar su propia tiranía. Eso es lo que pasa comúnmente en Latinoamérica y lo que pasa hoy en España. Los que hablan de una democracia después de la guerra civil o en los años 60 deberían reflexionar sobre el hecho de que, aún actualmente, apenas hay demócratas aquí, por falta de pensamiento  político. No es demócrata ninguno de los partidos del Congreso, aunque de momento permanece la mecánica electoral,  si bien muy manipulada. Lo he explicado cien veces y no lo repetiré ahora. Con Franco, la inmensa mayoría de la sociedad no quería hablar de democracia, porque le recordaba el caos y miseria de la república. Solo al final, con una sociedad próspera  y en lo esencial reconciliada, votó  por una democracia DESDE EL FRANQUISMO Y NO CONTRA ÉL.  Y así y todo, hoy tenemos una democracia fallida porque la ausencia de demócratas está destrozando el sistema,  con  leyes totalitarias sin que la mayoría se dé cuenta siquiera, premiando el asesinato como modo de hacer política, homenajeando a los asesinos, falsificando sistemáticamente la historia desde el poder, amenazando gravemente con disgregar la nación o disolverla en una UE a su vez en marcha hacia el totalitarismo…

P. Pero usted no plantea ninguna alternativa realizable

–Lo diré de otro modo: el antifranquismo es la enfermedad que está destrozando la democracia y a la misma España. Y volver a la situación decidida en diciembre de 1976 pasa por reivindicar el franquismo y su fructífera herencia. Y por eso es tan importante la batalla por la tumba de Franco. Que es una batalla política y cultural ¿Es eso realizable? Claro que lo es, si cada vez más gente se deja de lamentaciones y planta cara. El manifiesto que propongo trata de denunciar la situación alzando una bandera, por así decir. Esa es mi tarea. Pero es preciso discutir el manifiesto, llegar a un consenso como ante el proyecto de ley liberticida de hace meses, recoger firmas y organizar un movimiento. Y eso es tarea de otros. ¿Es realizable todo ello? Por supuesto, es solo una cuestión de proponérselo o preferir el lloriqueo o la inhibición culpable.

La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

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 P. De lo dicho se deduce que usted considera muy originales sus obras.

–Veamos. Mis obras de historia siguen metodologías y llegan a conclusiones diferentes de las que puede ver a derecha e izquierda. Un aspecto ya se lo dije: usted no puede explicar los hechos sin explicar, aunque sea en esquema, las ideologías en juego, cosa que se suele obviarse casi siempre, de modo muy inadecuado. Yo lo hago siempre. En el libro sobre la Reconquista expongo una aproximación, breve pero necesaria, al cristianismo y al islam, y también voy comentando las distintas actitudes culturales y políticas, incluso militares, que generan… Mis conclusiones son casi siempre originales. A mi juicio, la historiografía española es a menudo muy detallada, pero suele adolecer de análisis y síntesis precarios y de cierto provincianismo…

P. Me refería a las obras literarias.

–Lo mismo. Sonaron gritos y golpes a la puerta no entra en ninguna tradición novelística española, no sé de ninguna planteada de modo parecido. Tiene mucha acción y aventura –en la literatura española hay poco de eso– pero no es de acción y aventura propiamente hablando.  Ni tampoco se parece a novelas extranjeras que yo conozca.

P. ¿Ni siquiera a la tradición inglesa, que tanto dice que le influyó?

–Es una tradición muy importante y me influyó relativamente y siendo muy joven. Hace decenios que apenas leo novela. La literatura española actual me parece de una trivialidad espantosa, aunque técnicamente sea entretenida. Me alegro, por cierto espíritu patriótico,  de los éxitos de Pérez Reverte o de Julián Marías en el extranjero, por ejemplo, pero las obras de ellos que he leído me parecen flojas, cada una en su estilo. Debe de ser un mal que afecta a toda Europa desde la II Guerra Mundial.

P Usted ha dicho que su Viaje por la Vía de la Plata se inspiró en Cela y ha calificado a este del mejor o uno de los máximos novelistas españoles desde la posguerra acá

El Viaje por la Vía de la Plata se inspira en el Viaje a la Alcarria en el sentido de que su lectura me espoleó, pero no tiene nada que ver con Cela. Hay también libros de recuerdos de autores que han conocido a personajes importantes y exponen sus encuentros y hacen juicios más o menos agudos. Pero en Adiós a un tiempo creo que no hay ningún personaje importante, convencional o socialmente hablando. Cela trata a menudo a personajes vulgares y corrientes, en novelas o de otro modo, pero casi siempre lo hace en plan costumbrista cutre, con un fondo de desprecio, cosa que no creo haber hecho… No tengo un concepto muy elevado de mí mismo, sí de algunos de mis trabajos, y veo en la gente, incluso en la de apariencia más anodina, un fondo misterioso, sea yo capaz de expresarlo o no. El gran problema de Cela es una especie de banalidad deliberada, que convierte a sus personajes en caricaturas.

P También trata usted con cierta irrisión a gente con la que se encontró, por ejemplo, a los buscadores de tesoros templarios, o al que creía haber visto al diablo en París, o al supuesto “Campesino”, o al ligón de playa y puto de homosexuales…

–¿Le da esa impresión? No creo que sea así. Se trata de personajes pintorescos, quizá haya cierta ironía en el tratamiento, pero no creo haberlos caricaturizado ni presentado con desprecio. Siempre me ha preocupado el carácter  e historial único de cada persona, y he procurado exponer brevemente alguna pincelada de ellos, pues en la mayoría de los casos se trató de encuentros breves o poco prolongados…

Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío]

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Manifiesto católico por Franco

Los actuales planes del gobierno –secundado con más o menos fervor por los demás partidos en las Cortes–, de profanar y ultrajar los restos de Franco, han dado lugar a un manifiesto en contra firmado por numerosos militares. Creo indispensable otro de los católicos en el mismo sentido, para el que propongo el siguiente texto u otro semejante.

Como es sabido, el Frente Popular fue esencialmente una alianza de separatistas, totalitarios y golpistas, con fuertes  rivalidades y odios internos, manifiestos en represalias, torturas y asesinatos entre ellos, cosa que se trata de olvidar, borrando arbitrariamente  parte significativa de la realidad histórica. No obstante esos odios,  había al menos una cosa en la que estaban todos de acuerdo: la Iglesia católica debía ser aniquilada y erradicada del presente y en lo posible del pasado de España.

En consecuencia, el Frente Popular organizó durante la guerra civil y aún antes, el exterminio,  menudo con sadismo extremado, del clero y de muchas personas distinguidas por su catolicismo,  la destrucción sistemática de  templos, a menudo de gran mérito artístico, monasterios de poso histórico, bibliotecas valiosísimas y hasta cruces de los cementerios. Se trató, técnicamente, de un genocidio. Esa labor fue acompañada del saqueo de bienes y tesoros artísticos,  utilizados luego para asegurar un exilio bien llevadero a los dirigentes. En esa tarea participaron todos los partidos, unos con más intensidad que otros, y alguno encubriendo  o  justificando  la persecución ante el exterior. Una persecución que acarreó un grave descrédito al Frente Popular  en los países democráticos, incluso en aquellos tradicionalmente hostiles al catolicismo, donde la mayor parte de la opinión pública la vio como la explosión de barbarie que sin duda fue.

La razón de esa política que, mirada en retrospectiva, deja una impresión de alucinamiento,  estribaba y estriba en la noción ideológica de que la Iglesia era la causante de un atraso español  muy exagerado por la propaganda de esos partidos; y de todos los males sociales concebibles. Por tanto su influjo debía ser sustituido por el de unas ideologías que traerían al país, o a algunas de sus regiones separadas, una brillante ilustración, libertad y prosperidad. De hecho se trataba de ideologías importadas y vulgarizadas al nivel de simples consignas, que no solo originaban odio a la Iglesia, sino entre esas mismas ideologías. Quizá fue ello lo que llevó al escritor liberal Gregorio Marañón, uno de “los padres espirituales  de la república”,  a tacharlas acremente de “estupidez y canallería”. No hará falta extenderse sobre las realidades que han generado en varios países europeos.

Pero cualquiera sea la opinión sobre la Iglesia o las ideologías hostiles a ella, el hecho histórico evidente es que el cristianismo constituye la base y raíz de la cultura tanto española como europea, habiendo generado una acumulación simplemente gigantesca de arte, ciencia y pensamiento manifiesta en la obra de miles de escritores, arquitectos, pintores, pensadores o científicos. Este mero hecho exige, tanto para creyentes  como para no creyentes, una actitud de esencial respeto, cualquiera sea su criterio sobre la relación actual entre religión y política. La experiencia prueba que la pérdida de ese respeto conduce directamente a la barbarie, como ocurrió en España.

Pues bien, los católicos,  y los no católicos que admitimos de estas evidencias, tenemos la absoluta obligación moral  y política de reconocer la importancia histórica de Francisco Franco en el salvamento de la Iglesia y de la cultura cristiana. Esta obligación corresponde en primer lugar al papa, los obispos y otras jerarquías eclesiásticas.  Y por tanto, debemos denunciar y oponernos con energía a los planes del actual gobierno de ultrajar los restos de aquel gran personaje histórico. No deben admitirse en modo alguno sus pretensiones de encubrir con la bandera de la democracia unos designios radicalmente antidemocráticos, provocadores de odios  que nos retrotraen precisamente a aquellos tiempos de barbarie.

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*El Torra sabe muy bien que sus principales cómplices son los gobiernos de Rajoy y de Sánchez. Quienes no quieren entenderlo son los que creen que Rajoy estaba contra él,  y Sánchez lo mismo. Es al revés, bobalicones.

*¿Por qué las mujeres –feministas aparte– son más alegres que los hombres, viven más, se suicidan mucho menos, delinquen mucho menos, se emborrachan y drogan menos… ?¿No se enteran esas irresponsables de que viven bajo la opresión de un feroz patriarcado?

*Sin la Reconquista, no habría España sino Al Ándalus, de lengua árabe, religión musulmana, poligamia, mujeres con burka, enorme analfabetismo, sharia…Los efectos de la Reconquista son plenamente actuales. ¿Entienden por qué es indispensable conocerla?

                                                                     La Reconquista Y España

*Periodistas, intelectuales y universitarios, callados como p. ante el plan de Sánchez de mutilar las libertades de opinión, expresión e investigación so pretexto de “apología del franquismo”. No tienen conciencia democrática. Lo revela también q este tuit no se retuitee por miles.

*El gobierno quiere ilegalizar la Fundación Franco. El solo intento de hacerlo ya permite catalogarlo como gobierno delincuente. Lo mismo C´s y partidos que apoyan. La libertad no se divide a capricho del poder, y los demócratas tenemos el deber de defender a la Fundación.

*Hoy, los gobiernos de la UE, con dos o tres excepciones, son verdaderas tiranías LGTBI.

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Historiografía e historiogonía / Dinámica del poder

La historiografía trata de describir los hechos históricos de acuerdo con las fuerzas, ideas y personajes que operan en ellas. Ello exige una fuerte disciplina intelectual para evitar fantasías, analizar los hechos, relacionarlos con lógica y extraer una síntesis, nunca definitiva,  eludiendo factores por así decir metafísicos. Por ejemplo, al analizar los orígenes de la guerra civil, expuse, centrándome en las declaraciones públicas y documentos del PSOE, cómo este quiso, organizó y se lanzó a la guerra civil en 1934. Y lo hizo con estas palabras. Esto, por otra parte, es natural, aun sin el aporte de la multitud de datos que expongo, porque la lógica del marxismo es la guerra civil. Para partidos de ese tipo, esas  guerras son positivas… si se ganan. E incluso si se pierden, porque pueden dar lecciones para la siguiente vez. Los medios pacíficos no se excluyen, pero como métodos de acumular fuerzas para la contienda final. Naturalmente, ese belicismo se justifica en la esperanza, supuestamente “científica”, de que dará lugar a una sociedad sin opresión ni explotación, etc. etc.

Por tanto, la historia de aquel período debe incluir –cosa que generalmente pasan por alto los historiadores–, una síntesis de las ideologías que impulsan a hombres y partidos a comprarse de un modo u otro. Porque son hechos igualmente determinantes. Si no se hace así, la historia de cualquier cuestión concreta se convierte en un galimatías. Porque, claro está, los marxistas rara vez han defendido la guerra civil abiertamente en su agitación de masas, pues la idea provoca rechazo casi general, que falto de teoría científica, no entiende la férrea  necesidad de la historia, por lo que debe disimularse. Lo que hace la agitación es denunciar al gobierno que quiere derribar, extremando sus maldades, reales o inventadas, y creando así el clima de odio adecuado que derive a la guerra civil. Derrotada la intentona en el 34, el PSOE intensificó al máximo la campaña del odio y volvió de hecho a la guerra civil al falsificar las elecciones de febrero del 36, destruyendo la legalidad republicana, e implantando un proceso de terrorismo y arbitrariedad.

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La atención a los componentes ideológicos en cuestión creo que diferencia decisivamente a mis libros  de los estudios habituales, los cuales enfocan subrepticiamente los hechos siguiendo a  alguna de las ideologías en pugna, que no explican. Al ignorar los componentes ideológicos, el debate historiográfico (si lo hay) se convierte en una pueril discusión sobre qué bando mató más,  y similares. Pero en la guerra civil, del 34 en adelante, se ventilaba realmente la continuidad de España como una sociedad de raíz cultural cristiana, e incluso su continuidad nacional, ya que junto con el PSOE (y comunistas y anarquistas) obraban los separatistas y unos republicanos que odiaban el pasado español. Sin tener esto en cuenta, la guerra se convierte en pura propaganda (la guerra civil como golpe de unos malvados reaccionarios ante las progresistas aspiraciones de quienes querían imponer un régimen de tipo soviético, acompañado de una probable disgregación del país, y exterminar a la Iglesia. O bien, como afirman los señoritos del PP — escupiendo sobre la tumba de sus abuelos–, la guerra sería causada por unos locos sádicos que se tiraron al cuello de otros parecidos y arrastraron al país a una contienda sin sentido. El análisis permite descartar estos absurdos y entender un hecho o proceso histórico concreto con suficiente racionalidad.

Es un pequeño ejemplo. Pero si salimos de hechos concretos como esta guerra para abordar procesos de gran amplitud o la historia como conjunto, esta “se nos presenta algo así como un inmenso puente de comienzo y fundamento inciertos, que va construyéndose con las vidas de una miríada de personas y avanza en un vacío en dirección imposible de conocer” (comienzo de Europa, una introducción a su historia).  Por consiguiente, los métodos de análisis que valen para períodos o sucesos concretos fallan radicalmente al examinar la historia en conjunto, que se nos presenta como un caos  en el que es muy difícil o imposible encontrar un sentido algo claro.

Por consiguiente, es natural suponer que por debajo de ese caos exista alguna fuerza que explique y dé sentido al aparente caos: Dios, la masonería (para un largo período desde la Ilustración), la libertad, la lucha de clases, el desarrollo técnico, la selección evolutiva por el triunfo del más fuerte… Ninguno de estos factores explica realmente nada. El concepto más amplio y abarcador de todos, la voluntad de Dios, nace del hecho de que ni la vida individual ni la historia misma, nacen de la voluntad humana. Puede aceptarse a condición de recordar la advertencia de Yavé a Job: “No tienes ni idea de cuál es mi voluntad”. Y, por supuesto, ni el historiador ni ningún líder político debe considerarse algo así como la encarnación de dicha voluntad.

   Cuando en la explicación se hacen intervenir  factores como los señalados, se pasa de la historiografía a la historiogonía, con diferencia semejante a la de la cosmografía y la cosmogonía. Esta última trata, en forma mítica, el origen del cosmos, que debe dar algún sentido a su realidad constatable. Pero la realidad es que el sentido general de la historia escapa a nuestra capacidad racional, es un misterio radical que, no obstante, nos reta. Al modo de Laplace podemos exponer la historia “sin necesidad de la hipótesis de Dios”. Lo cual en el fondo es una perogrullada: podemos exponer la historia que nos es accesible sin recurrir a la idea de Dios. Pero su sentido nos permanece ignorado. Dios debe conocerlo, nosotros no podemos.

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*La supuesta solidaridad de las ONGs encubren puro racismo. Yo no creo que los africanos sean inferiores. Por eso creo que deben quedarse en sus países y desarrollar satisfactoriamente sus formas de vida. A eso solo podemos ayudarles, sin aceptar la invasión de nuestro propio país

*La inutilización de la UCO por el delincuente Sánchez es un muy peligroso paso a la venezolanización de España. Un paso más hacia la voladura del estado de derecho, comenzada con la legalización y premio a la ETA por ZP y Rajoy  ¿Reaccionaremos?

*Sánchez: “Los españoles se reconocen en su gobierno”. Este sujeto está llamando delincuentes y macarras a los españoles

*Para los musulmanes, España fue Al Ándalus y debe volver a serlo. Los gobiernos PP y PSOE parecen compartir esa opinión. Por eso la Reconquista es un asunto tan actual, y por eso acabo de publicar “La Reconquista y España”.

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   El poder nace de forma natural en la sociedad humana, como compensación de las diversas y opuestas tendencias, intereses, aspiraciones y sentimientos de individuos y grupos que por su propia dinámica impedirían la cohesión social. La anarquía propiamente hablando es imposible, y en la práctica se manifiesta en la proliferación de poderes despóticos que conducen a una nueva concentración.

   El poder lo ejerce siempre un pequeño número, una oligarquía, lo mismo en las democracias que en cualquier otro régimen. La diferencia con las democracias es que tratan de estabilizar el poder mediante el sufragio universal.

  El poder se apoya necesariamente en tres pilares: la ley, la violencia y la legitimidad. La ley sin violencia no funcionaría, y la violencia sin ley solo puede mantenerse brevemente.

  Mayor problema ofrece la legitimidad,  la idea de un ejercicio del poder reconocido mayoritariamente. Mayoritariamente, porque ningún poder es reconocido de manera unánime. Se tiende a afirmar que para ser legítimo ha de ser no violento, pero los regímenes, incluidas las democracias, se han implantado en algún momento a través de guerras y violencias.

  Aunque el poder trata de imponer orden en  las distintas tendencias, para evitar la disgregación social, esta se refleja también en las oligarquías que ejercen el poder y  que nunca son homogéneas, sino que se hallan divididas en grupos, camarillas, familias o partidos, que en definitiva vienen a ser lo mismo. La democracia permite que esas camarillas o partidos sean menos opacos en sus luchas por el poder.

    Así, las luchas por el poder entre facciones oligárquicas pueden tener el efecto contrario al que tratan de evitar, haciéndose absolutos los intereses de partido y los odios correspondientes por encima de unos intereses y valores generales de cohesión, como el patriotismo. Así ocurrió en la república y está ocurriendo hoy ante nuestros ojos.

 

 

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