Sí hay algunos enfoques nuevos. En primer lugar, la consideración de las relaciones humanas, entre individuos y entre grupos, incluso en la psique de cada individuo, como básicamente conflictivas. Ya expuesta en Europa, una introducción a su historia y en Nueva historia de España. El conflicto deriva de forma inevitable y necesaria de la fuerte individuación del ser humano, con la consiguiente variedad y oposición de intereses, sentimientos, aspiraciones, etc., a menudo magnificados por la potencia del ego personal. De no tener esos impulsos una corrección basada en la complementariedad, que busca transformar el conflicto en armonía, la vida en sociedad se haría imposible. De ahí dos tipos de conflicto: la tensión y el antagonismo. La tensión es una combinación oposición y complementariedad en diversos grados que genera equilibrios sociales que encauzan el conflicto evitando hacerlo destructivo. Los equilibrios nunca son del todo estables, aunque aspiren a estabilizarse en una paz perpetua… por lo demás inalcanzable, salvo a costa de mutilar al ser humano de varios de sus rasgos característicos.
En el antagonismo el conflicto no admite cauces ni armonía y la colisión predomina de modo casi absoluto: cada parte siente que no hay espacio para las dos. El antagonismo implica la guerra, o bien una paz en permanente amenaza; la tensión puede traer también guerras, pero en un nivel en que la complementariedad persiste como rasgo fundamental a la larga. Por poner ejemplos recientes, la guerra fría supuso un antagonismo entre potencias democráticas y comunistas, mientras que dentro de cada grupo de potencias menudearon las tensiones, sin excluir choques armados ocasionales. Lo mismo ocurre entre Israel y sus vecinos, una relación donde los enfrentamientos armados dejan períodos de una paz sostenida sobre la impotencia de una de las partes ante la superioridad militar contraria, mientras que los espíritus permanecen en guerra.
De modo similar, entre los reinos españoles formados en la reconquista hubo tensión, incluidas guerras; y también la hubo entre ellos y otros reinos al norte de los Pirineos. Por el contrario, la relación con Al Ándalus fue la típica de colisión, de antagonismo, que no impidió treguas, períodos de paz y algunas influencias mutuas, si bien muy secundarias y dentro de una mentalidad de enfrentamiento radical, a pesar de los buenos o malos deseos de bastantes comentaristas. La guerra desempeñó en todo ello un papel crucial, como evidencia su desenlace. Por ello el relato de algaras, aceifas, cabalgadas, batallas y saqueos podría hacerse interminable y pesado o caer en la historiografía burocrática hoy al uso, pese a su dramatismo y tragedia. De modo que aquí lo he resumido muy considerablemente, procurando destacar los hechos, rasgos y personajes más relevantes en función de sus efectos, siempre con alguna dosis inevitable de arbitrariedad.
**********************
Según Paul Diel, la religiosidad es la manifestación psíquica del sentimiento profundo ante el misterio radical de la existencia del mundo y de la condición humanas. Ese sentimiento es angustioso, y como solución produce los mitos, relatos simbólicamente explicativos del mundo y el destino, con los que se calma la angustia una vez se deposita la fe en ellos. La angustia puede tener, por tanto, un valor creativo y también conducir a la parálisis psíquica como se manifiesta en la angustia vital. En los mitos (y los correspondientes ritos) ve Diel el núcleo del arte, el pensamiento y la ciencia, es decir, de la cultura. Esta resulta de la capacidad creativa de la angustia.
Aparte de la mencionada parálisis, la angustia puede tener otras derivaciones malignas, como la negación consciente de la percepción del misterio para buscar la mera satisfacción de los instintos más primarios.
Los mitos encauzan el sentimiento del hombre hacia el misterio, se lo hacen presente de algún modo. En esa medida generan las culturas. Al mismo tiempo son mirados dogmáticamente como explicaciones reales, lo que lleva a su decadencia: tomados literalmente, los mitos terminan siendo socavados por la razón. La respuesta a esa corrosión suele ser una mayor presión dogmatizante y ritualista, que termina haciendo de la religión una cáscara formal pero vacía. La decadencia de las culturas se manifestaría en la dogmatización del mito, que lo priva de su profundidad sugestiva y lo expone a la irrisión, y a la expansión consiguiente de un espíritu de trivial satisfacción de los deseos primarios, que tampoco logra nunca aplacar la angustia connatural a la condición humana. Y la religiosidad busca otros caminos o crea nuevos mitos.
****************


