Impresiona el prestigio que ha rodeado a Fidel Castro en sus inicios, durante largos años y todavía hoy en círculos influyentes políticos e intelectuales, a pesar del balance brutal de su obra: más de un millón y medio de cubanos exiliados, cerca del 20% de la población, un caso único en la historia; y muchos más que habrían huido de no ser Cuba una isla, sometida además a intensa vigilancia policial. Solo este dato debería ser suficiente, como el muro de Berlín, para entender qué significa el régimen instalado por Castro y más en general el comunismo. Antes, Cuba era uno de los países más prósperos de Hispanoamérica, naturalmente con sus bolsas de pobreza y de analfabetismo, bolsas de menor importancia y en reducción, pero de las que ha sacado la propaganda totalitaria un partido inagotable para justificarse. El resultado es que sobre los lectores se ha instalado una censura férrea y que la población vive sometida a un racionamiento precario; gran parte de ella no podría sobrevivir sin las remesas que los exiliados envían a sus familiares en la isla. Se ha implantado una economía primitiva, cuartelaría, o más bien penitenciaria, y solo hay que ver los documentales sobre las casas en la miseria, semiderruidas, echada a perder la bellísima Habana española, etc. Ello es tanto más ultrajante cuanto que el régimen llegó prometiendo tasas de desarrollo muy superiores a las de los países capitalistas, cosa “lógica” porque iba a ponerse a punto una economía “científica” que superaría la “anarquía burguesa a favor de unos pocos”. El fracaso de las campañas económicas fue hasta grotesco, y mientras existió la Unión Soviética, el castrismo vivió en parte de chulear a sus protectores del Kremlin, que aceptaban subvencionar el desastre a cambio de la baza estratégica y propagandística que suponía. Pero cuando Allende pretendió crear una segunda Cuba en Chile, los soviéticos se echaron las manos a la cabeza: aquello solo podía ser una enorme ruina.
La propaganda castrista afirma que la miseria traída por el régimen a la isla se debe al embargo de Usa, causado por el robo que había hecho Fidel Castro de las propiedades useñas en la isla. El argumento no puede ser más absurdo, por cuanto otro tópico inmensamente esgrimido por los comunistas cubanos y la izquierda de todo el mundo, insistía en que el comercio con los países capitalistas era “desigual” y por tanto empobrecía al “Tercer Mundo”. Pues bien, Castro había “liberado” a Cuba de tal desigualdad, por lo que el país debía enriquecerse, máxime con su economía planificada y “científica”. Por lo demás, la argucia falla por otra vía: Cuba comerciaba con otros países, entre ellos la España de Franco, que le vendió camiones, autobuses, pesqueros modernos, etc. El problema para el castrismo era y es que apenas puede pagar. Caída la URSS, y tras años muy difíciles (para el pueblo) la parasitaria economía cubana pudo matenerse gracias a la Venezuela de Chávez, aprovechando el alza de los precios del petróleo. Chávez y su sucesor están consiguiendo reducir a la riquísima Venezuela a una situación parecida a la cubana.
La tiranía castrista ha podido mantenerse mediante una represión sin paralelo en Améica: asesinato de opositores, mayor proporcionalmente que el de cualquier otra dictadura del continente, palizas, encarcelamientos arbitrarios, y sobre todo instalando un inmenso aparato policíaco de control, manzana por manzana de casas, de tal manera que todo el mundo desconfíe de todo el mundo. Un sistema que ya construyeron la Unión Soviética y la Alemania nazi.
En España tenemos partidos como la ETA, Podemos, gran parte del PSOE y otros, que siguen admirando y deseando imitar la labor de Fidel Castro. Aquí debemos eliminar un equívoco, el de creer que lo admiran porque desconocen los hechos: los conocen perfectamente, y defienden a Castro precisamente por ellos. Están dispuestos a asesinar en masa, expulsar o hacer huir a los desafectos e implantar una economía carcelaria, no debe cabe la menor duda de ello. ¿De dónde viene entonces el prestigio, afortunadamente en descenso, de que ha gozado el castrismo en medio mundo? Creo que principalmente de dos cosas: la fascinación del ideal igualitario y su desafío permanente al poder de Usa. Millones de personas parecen dispuestas a aceptar la pobreza siempre que sea igualitaria. Lo cual, por cierto, tampoco funciona en los regímenes comunistas, donde la miseria se distribuye más o menos por igual entre la masa, mientras la oligarquía del partido disfruta de grandes privilegios, incluyendo tiendas, restaurantes, etc., a las que está vedado el acceso al “pueblo”. Son de hecho los amos del país en un grado al que no se llega en los países capitalistas. Ello debiera dar qué pensar a quienes hacen de la igualdad el valor supremo.
El desafío del pequeño David cubano al enorme Goliat useño tiene otra dimensión, aunque nuevamente equívoca. Pues es cierto que Usa ha intervenido una y otra vez en los asuntos internos de numerosos países hispanoamericanos, les ha aplicado la diplomacia de las cañoneras, los ha invadido o fomentado golpes de estado para imponer regímenes que beneficiase los intereses económicos de las grandes compañías useñas, etc. Todo lo cual ha supuesto una humillación permanente para esos países y fuente de muchas corrupciones –que solían sumarse a las que de antiguo lastraban a esos países). Probablemente esa línea de independencia y desafío de Castro a Usa fue la razón por la que Franco aceptó comerciar con un régimen comunista que también había robado numerosas propiedades de españoles en la isla. Sin embargo, si el precio de ese desafío iba a ser un despotismo brutal e improductivo como la de Castro, el remedio sería peor que la enfermedad. Evidentemente habría que buscar otra vía.
Y hablando de Franco, son muchos los necios de derecha que, con infundadas pretensiones democráticas, lo equiparan con Castro porque ambos fueron “dictadores”. Así que habrá que recordar algunas diferencias: Castro ha destruido toda oposición democrática, Franco no tuvo oposición democrática real, ni en la guerra, pues el Frente Popular era cualquier cosa menos democrático, ni después, salvo intriguillas menores: no había demócratas en sus cárceles. Castro arruinó a un país considerablemente próspero, Franco recogió un país en la ruina y lo dejó como uno de los más prósperos del mundo. Del primer exilio español, infinitamente menor que el cubano, casi tres cuartas partes volvieron a España en el mismo año en que terminó la guerra. La represión de posguerra en España se realizó mediante juicios, no de la forma arbitraria o por simple asesinato como se hizo en Cuba (y en Francia, Italia, Alemania, etc. al acabar la guerra mundial). En España no hubo nada parecido, ni de lejos, al régimen policíaco de Castro, ni una censura semejante. Y así podríamos seguir
Es que hay dictaduras y dictaduras. La de Castro fue innecesaria, la de Franco la hicieron necesaria unas convulsiones y unos partidos totalitarios que estaban arruinando y ensangrentando el país ya antes del 18 de julio del 36. Y de su inmensa obra fue posible que saliera una democracia estable y no convulsa. Que está enferma y se está pudriendo a causa, precisamente, de un antifranquismo que resume lo que Marañón achacaba al Frente Popular: estupidez y canallería.
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En La guerra civil y los problemas de la democracia en España he intentado exponer algunas cuestiones al respecto, eliminando algunos mitos. Puesto que la democracia es una forma de poder, conviene señalar que el poder surge de forma espontánea e inevitable en toda sociedad humana. Hoy muchos intelectuales se muestran hostiles al poder, en abstracto, y los teóricos anarquistas y algunos liberales aseguran que todo poder es malo porque constriñe la libertad de los individuos, y se podría prescindir de él, bastaría con deshacerse de los poderosos. Esta idea es muy común entre numerosos intelectuales que normalmente viven del poder como funcionarios o como subvencionados. No hay que hacerles mucho caso, desde luego.
En segundo lugar, aunque el poder adopta diversas formas, en todos los casos es ejercido por una pequeña minoría, es decir, es siempre oligárquico. Se justifica por la necesidad de mantener el orden y la paz en la sociedad, genera al mismo tiempo una dosis mayor o menor de descontento entre los gobernados, por muchas causas, y se apoya en la violencia, a cuyo monopolio aspira, para reprimir el descontento o la subversión. Y es autoritario, porque si no impusiera su autoridad se vendría abajo. Su legitimidad proviene de su capacidad para mantener la paz social y del respaldo, nunca completo, que le ofrezca la población.
En tercer lugar, la forma de poder que denominamos democracia es históricamente muy reciente, lo que no significa que los regímenes y estados anteriores fueran ilegítimos. La democracia es la formulación última hasta ahora de una preocupación sostenida desde sus orígenes por el pensamiento político occidental: la evitación de un poder despótico. Por su propio carácter oligárquico, el poder tiende a hacerse despótico. El pensador germano italiano Robert Michels expuso la ley de hierro de la oligarquía, sea en democracia o en autocracia, según la cual, este tiende, efectivamente, a divorciarse del pueblo y obrar en su beneficio particular. No obstante, esta tendencia no es absoluta y siempre se ha buscado la manera de contrarrestarla de diversas maneras, ya en Grecia y en Roma, o en Europa desde San Isidoro al menos. La democracia es la forma más tardía. Uno de sus rasgos básicos es el sufragio universal, que no fue impuesto en Usa en 1856, con exclusiones, y más tarde, incluso entrado el siglo XX, en otros países. El sufragio femenino es posterior, y en la mayoría de los países data del siglo XX.
En cuarto lugar, la democracia no implica poder, sino consentimiento del pueblo. El pueblo no puede ejercer el poder, porque no es un todo homogéneo… y porque no tendría sobre quién ejercerlo. Aunque desde Aristóteles distinguimos entre monarquía, aristocracia y democracia, cada una de ellas con posibilidades de degenerar, la verdad es que todo régimen algo estable reúne las tres características: es oligárquico, pues lo ejerce un número escaso de personas; es monárquico porque a la cabeza de la oligarquía siempre hay una persona, llámese rey o presidente o de otro modo (a veces dos, solución poco funcional, como en la república romana o en Esparta); y es democrático en la medida en que una masa suficiente del pueblo lo respalda o consiente. Siendo así, parece que no podríamos distinguir las actuales democracias de las monarquías de otros tiempos o de regímenes totalitarios. Pero hay alguna diferencia. Lo que distingue a las democracias actuales es que el consentimiento popular es más activo y explícito, así como el descontento, y se expresa mediante votaciones regulares.
En quinto lugar, la democracia solo puede ser liberal, por cuanto las votaciones regulares requieren normas y garantía de libertades de expresión, organización, etc., sin las cuales no habría competencia electoral entre partidos, es decir, entre oligarquías, y cierta separación de poderes, de modo que los ganadores de unas elecciones no puedan utilizar los poderes legislativo y judicial en su beneficio y contra los demás. Churchill resumió sus ventajas en una frase célebre: La democracia es el peor de los sistemas políticos exceptuando todos los demás conocidos hasta ahora”. Una democracia estable y bien organizada tiene, efectivamente, muchas ventajas: permite la alternancia en el poder sin convulsiones, asegura a las minorías la posibilidad de expresarse y defender sus intereses y permite más libertades políticas que otros regímenes. Pero ello no ocurre sin serios problemas. Pues es cierto que la democracia ha dado buenos resultados en los países anglosajones, pero no siempre en otros países, como ocurrió aquí con la república, o en la mayor parte de Europa en los años entre las dos guerras mundiales; y que no se puede imponer por la fuerza, como ahora se intenta en diversos países, generando caos y guerras civiles.
Tampoco las libertades y la pureza electoral se consiguen nunca del todo, pues, por ejemplo, aunque se dice que existe igualdad de condiciones legales entre partidos y líderes, ello no es así en realidad: unos disponen de grandes medios y otros de medios escasos. Y aunque se supone que los ganadores de las elecciones representan a todo el pueblo, a quien representan realmente es a sus votantes. Y tampoco es esto muy cierto, pues la mayoría de los votantes desconocen el programa del partido al que votan y solo tienen un conocimiento publicitario de sus líderes. Por otra parte, los ganadores tampoco necesitan, generalmente, tener una mayoría del pueblo. Las mayorías absolutas del PSOE o del PP no han superado, en realidad, el 30% del cuerpo electoral.
La democracia tiene muchos otros problemas, algunos de los cuales puede resumirse en otra frase de Churchill “El mejor argumento contra la democracia son cinco minutos de charla con el votante medio”. Es decir, el votante medio tiene ideas muy precarias de los problemas políticos, económicos y culturales a abordar, no obstante lo cual puede decidir quiénes gobernarán, lo que abre las puertas a las demagogias, una de la posibilidades de que la democracia degenere. La tendencia a la demagogia, unida a la corrupción, es hoy bien visible en España.
Hay otra tendencia degenerativa más profunda y es la que Tocqueville llamó “despotismo democrático”, por el cual se mantienen las formas externas de la democracia, pero su contenido tiende a esterilizar la libertad e iniciativa de las personas: un poder minucioso, regular, previsor y benigno que se ocupa de que los ciudadanos gocen con tal de que no piensen sino en gozar, un poder tutelar que se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril, pero que, al contrario, persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia”. Creo que no hay que ser un lince para percibir esa tendencia en España y en la UE, con unas oligarquías empeñadas en intervenir y reglamentar hasta los aspectos más íntimos de las personas, últimamente incluso los sentimientos: no se puede expresar odio a las instituciones o grupos que esas oligarquías designan como elementos privilegiados de sus intereses.
Todo esto es tratado más ampliamente en el libro y no me extiendo. En resumen, las democracias son regímenes históricamente recientes, que responden a la preocupación ancestral por impedir el despotismo del poder, que tienen muchos problemas técnicos y fuertes tendencias a degenerar. Nuestros políticos apenas son conscientes de todo ello, y esa es una de las razones por las que la democracia española, nunca muy asentada, tiende a convertirse, peligrosamente, en bananocracia, valga la expresión.
Blog I: cómo los actuales partidos españoles podrían fundirse perfectamente en uno solo, con un ala más radical y otra un poco menos: http://gaceta.es/pio-moa/los-partidos-democracia-espana-21112016-1612
**Cita con la Historia: El GRAPO durante la transición: https://www.youtube.com/watch?v=d44DKSJ2EXM
** El problema político clave desde la guerra civil es el de la democracia: La guerra civil y los problemas de la democracia en España
**Por qué Franco es el estadista español más importante en siglos: http://gaceta.es/noticias/franco-los-mejores-estadistas-dado-espana-20112016-0137
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La condición humana consiste en una incertidumbre radical, no solo sobre el sentido general de su vida, sino también sobre el curso de ella. Radical no significa absoluta, pues mejor o peor vamos orientándonos, significa que en sus aspectos más profundos existe esa incertidumbre. Omar Jayam insiste en ello una y otra vez: Nadie puede recordar su nacimiento ni saber cuándo morirá, y Los sabios y filósofos más ilustres han caminado entre las tinieblas de la ignorancia. / Sin embargo eran las lumbreras de su época./¿Qué hicieron?/ Pronunciaron algunas frases confusas y luego se durmieron.
Ante tales realidades angustiosas, ¿qué hacer? Disfrutar en lo posible: Ven a mí, amada /Quiero pedir a la embriaguez que me haga olvidar que no sabemos nada. Idea en la que insiste una y otra vez. Claro está que Jayam no era muy consecuente. De serlo, apenas habría dedicado un breve esfuerzo inicial a exponer el hecho, y todo el resto de su actividad a la embriaguez y el amor erótico o a actividades más prácticas. Pues además fue un científico notable, por más que tampoco le satisficiera: Me incliné sobre los secretos del universo y volví a la soledad/ envidiando a los ciegos que hallé por el camino, porque no habían tenido que molestarse en vano por ver lo invisible.
Reacción clásica es el carpe diem horaciano, solo que la mayoría de los días no se dejan disfrutar demasiado y traen consigo a menudo más penas que alegrías o una mezcla gris de ambas, y ese dato solo puede ser sometido en parte, o incluso en nada, por nuestras decisiones y deseos de pasarlo bien. Mucho se ha insistido en que, ya que tales cuestiones radicales nos angustian y escapan a las capacidades de nuestra razón, lo sensato es despreocuparse de ellas y tratar de ser feliz. Pero también aquí encontramos la incertidumbre de lo que podría significar la felicidad, algo muy subjetivo y difícil de definir, y que a menudo choca con las aspiraciones felicitarias de otros. En definitiva, en el trasfondo de la actividad humana permanece siempre la conciencia, clara o difusa, de la cuestión enigmática, a la que tanto razonamiento han dedicado los filósofos: ¿cómo debo actuar en la vida, sea para ser feliz, para “realizarme”, etc.? Algo que a su manera peculiar expresó Unamuno, por ejemplo, en Del sentimiento trágico de la vida, dándole una solución sui generis.
La sensibilidad hacia la propia condición varía mucho de unas personas a otras –como pasa con la música, la ciencia, etc.–, desde quienes enferman de angustia vital hasta quienes apenas difieren de los animales, con todas sus energías acaparadas por las exigencias prácticas o convencionales de la vida. Pero incluso en estas personas emerge un atisbo de consciencia dolorosa en ocasión de grandes desgracias, enfermedades graves o muerte próxima.
No obstante dentro de toda la inseguridad que acompaña a la existencia humana parece haber algo cierto desde hace siglos, algo a lo que aferrarse: el dinero. Sin dinero la vida se vuelve sumamente penosa, por lo que tratar de ganar el máximo de él para procurarnos los mayores placeres posibles podría ser un modo bastante racional de enfocar la vida y darle un sentido. No es lo que propone Jayam, al menos directamente, pues cree que la embriaguez y el amor son necesarios para olvidar la condición humana. Aunque para embriagarse también se precisa dinero. Muchos dicen que ganar dinero es la ocupación más provechosa, inocente y agradable para todo el mundo. Claro que ganar dinero o retenerlo exige mucha atención y tensión, un esfuerzo considerable, a menudo absorbente, que llega a impedir el disfrute. Muchos que lo han heredado, por evitar esa tensión, lo derrochan, lo que termina por causarles más pena que gloria. Y no pocas veces la lucha de intereses por el dinero conduce a desgracias terribles.
En fin, la angustia subyacente a la condición humana es muy fuerte, y podría paralizar a la psique, impidiéndole desenvolverse en la vida práctica. La acción humana, por lo tanto, exige tener resuelto de un modo u otro el problema del sentido de la vida. Eso ocurre también con la obtención de dinero, aunque en este caso, como en otros, la concentración de la energía en ese objetivo puede ser también un modo de huir de la angustia fundamental, adormeciéndola.
Este domingo en “Cita con la historia”, en la serie de España en Europa, trataremos la opuesta dinámica europea y española en los años 30: en la mayor parte de Europa, las democracias liberales estaban en crisis, a consecuencia de la I Guerra Mundial, agravada por la Gran Depresión y por su incapacidad para frenar los movimientos revolucionarios y subversivos de la época. El resultado fue la instauración de regímenes dictatoriales o autoritarias, fascista en el caso de Italia. En cambio, en España la evolución fue al revés: del régimen autoritario de Primo de Rivera se pasó a un intento de democracia liberal. Ello habría podido marcar un ejemplo para el resto de Europa, pero ocurrió lo contrario: confirmó los temores de que, salvo en circunstancias especiales, la democracia “burguesa” genera una revolución antiburguesa frente a la cual es impotente. En el programa explicaremos por qué. www.citaconlahistoria.es
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Este domingo hace cuarenta y un años que murió Franco. Dentro del ínfimo nivel del análisis político corriente en España, hablar de una democracia profranquista sonará a oxímoron, y alguien me preguntaba como argumento definitivo contra Franco: “¿Se votaba en España cada cuatro años para elegir los gobiernos?” Respondí a la necedad: “No había posibilidad de elegir entre un corrupto y otro corrupto, un pro separatista y otro pro separatista, un demagogo barato y otro demagogo barato. Y la gente no lo echaba de menos”. Porque es evidente que nuestra democracia ha ido deteriorándose hasta un grado que recuerda los dicterios de Marañón contra la “estupidez y canallería” de los republicanos, o del propio Azaña contra aquella política de los suyos “incompetente, de codicia y botín sin ninguna idea alta”.
Aunque todos los partidos y políticos se proclaman demócratas, la palabra es usada en un sentido mágico, significando cosas distintas, incluso opuestas, según las utilicen unos políticos u otros. Si queremos escapar del círculo mágico de la palabrería debemos referirnos a los hechos. ¿Puede decirse que una democracia se consolida mediante una maniobra de rescate de la ETA, que estaba, según propia confesión, al borde del precipicio, para recompensar sus crímenes con legalidad, dinero público y convertirla en una potencia política? ¿Acaso no destruye esto el estado de derecho y los principios de una convivencia civilizada? ¿Puede considerarse democrática una ley llamada de memoria histórica que intenta imponer desde el poder una determinada visión del pasado, cosa típica de los totalitarismos, una visión que exalta además, como víctimas a miles de asesinos, y torturadores chekistas? ¿Una ley que deslegitima la propia transición, la democracia comenzada entonces y la monarquía? ¿Es acaso democracia apoyar y financiar unos separatismos que tratan de desintegrar la nación? ¿Es democracia el incumplimiento sistemático de la Constitución en varias regiones españolas, y la no menor prevaricación de gobiernos que no hacen cumplir la ley, y por ello tampoco no la cumplen? ¿No es esto una forma de delincuencia institucionalizada mucho peor que otra plaga que arrastra el sistema, el de la corrupción de los partidos? ¿Tiene algo que ver con la democracia la entrega de la soberanía española “a grandes toneladas” como decía Margallo, a la burocracia de Bruselas, como si la soberanía fuese una mercancía propiedad de los gobiernos de turno? Y así podríamos seguir largo rato, con las leyes de género, el abortismo, etc.
Una democracia funciona a base de partidos, y por tanto podría llevar al país a la disgregación y a la ruina si por encima de los partidos no existieran unas leyes y unos principios y valores generalmente compartidos. Por ejemplo, el patriotismo es indispensable, porque sin él lo único que se impone son los intereses de los partidos, que por su propia dinámica tienden a la disgregación. Y en España llevamos décadas de ataque de un lado y de otro al patriotismo español, ataque fundado precisamente en la falsificación de la historia. En vísperas de las elecciones del 16 de febrero, el diario El Sol advertía lúgubremente: “Vamos camino de que nada nos sea común a los españoles”. En la actualidad diversas fuerzas tienden a repetir la misma jugada. Es cierto que ahora no se da la violencia de aquellos años, pero la situación tiende a pudrirse y la frivolidad ante ella está de sobra.
Uno de esos valores básicos que debieran ser ampliamente compartidos es el respeto a la verdad histórica, que en España viene siendo pisoteada sistemáticamente desde hace cuarenta años. Y la verdad histórica es que la democracia, o la posibilidad de una democracia sana, se debe al franquismo. En tres sentidos:
Primero: Fue organizada desde el franquismo y por personajes del franquismo, empezando por Juan Carlos; y hecha “de la ley a la ley”
Segundo: No podía venir de la oposición antifranquista que siempre fue totalitaria (comunista y terrorista). No existió oposición democrática real y los pocos demócratas vivían y prosperaban tranquilamente, aunque se quejaran, y no había ninguno en la cárcel.
Tercero: El franquismo creó las condiciones para una democracia que funcionase: prosperidad, amplia clase media, y sobre todo olvido de los odios políticos que hundieron la república. Hizo posible una convivencia en paz y libertad que fortaleciese y no amenazase de nuevo la existencia de la nación.
No es que Franco desease la democracia liberal. Estaba convencido de que esta repetiría la nefasta experiencia republicana y precisamente eso fue lo que trató de evitar siempre. Pero gracias a haber derrotado un proceso totalitario, sorteado la guerra mundial, vencido al maquis y al criminal aislamiento que trataron de imponer a España; gracias a un largo periodo de paz y prosperidad y reconciliación (no hay que confundir la reconciliación popular, muy cierta, con la reconciliación de los políticos en la transición, hecha sobre bases falsas), gracias a ello se crearon las condiciones básicas sin las cuales no puede sostenerse una democracia. Él era consciente de que el régimen no se mantendría, porque lo había declarado católico y la Iglesia lo había abandonado. Los elementos falangistas, carlistas y propiamente monárquicos eran secundarios en su ideología. El historiador inglés Paul Johnson ha descrito a Franco, con toda razón, como uno de los políticos más inteligentes del siglo XX, añadiendo que alguna vez los españoles le harían justicia. Creo que el momento de hacerle justicia debió llegar con la misma transición, pero en todo caso ya va siendo más que hora, no debe aplazarse más.
A la muerte de Franco se abrió, pues, la posibilidad de avanzar sobre lo mucho construido antes, pero no debe olvidarse que “la estupidez y la canallería”, y la mentira, son fuerzas poderosas en la historia. Se identificó democracia y antifranquismo, la multitud de arribistas sin escrúpulos llegados a la política optó por identificarse con el Frente Popular, adoptar la propaganda “democrática” desplegada por los comunistas, y atacar la memoria del franquismo, es decir, de una de las épocas más fructíferas de nuestra historia en al menos dos siglos. Y quienes debían haber defendido la memoria de Franco no lo hicieron o lo hicieron muy mal, dejando el terreno libre a sus enemigos, que lo eran también de la verdad: “la economía lo es todo” y “miremos al futuro” (sin sacar ninguna lección del pasado y privando a los españoles de su historia) han sido las consignas de una derecha que también ha querido hacerse la demócrata volviéndose cada vez más antifranquista retrospectiva. La democracia estará enferma mientras no sea capaz de hacer justicia a Franco y a su régimen.
He dedicado Los mitos del franquismo “a quienes respeten la verdad y sientan la necesidad de defenderla”, aun sabiendo que la verdad absoluta es inalcanzable; y algunos tratamos de mantener el programa de radio “Cita con la Historia” como combate contra la llamada “memoria histórica”, nombre involuntariamente irónico. Decía Cicerón que la verdad se corrompe tanto por la mentira como por el silencio, y en España tenemos un ejemplo sobresaliente. Se ha corrompido la verdad y la democracia. De todo esto debemos seguir hablando, debemos insistir mucho, afrontando el matonismo ideológico de un antifranquismo grotesco; porque la mentira y el silencio han avanzado demasiado, pervirtiéndolo todo.