Sobre la salingla:
¡Arrepentíos! ¡Fuera de la UE no hay salvación! ¡Será el llanto y el crujir de dientes!
La amenaza de siempre: Renuncia a tus derechos de primogenitura y te quedarás sin plato de lentejas.
Estos déspotas matones de la UE, amenazando. No les gusta la democracia.
La UE quiere reemplazar la población europea y la cultura europea por otra cosa.
No confundir UE y Europa. La UE, en realidad, está destruyendo los fundamentos histórico y culturales de Europa
El peligro –más que peligro– de la UE es el “despotismo democrático”, que ya describió excelentemente Tocqueville
Ya empiezan a hacer trampas. Cmo con uno o dos referendums en Irlanda.
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En el terreno político, la nueva religión prometeica inspiró un profundo desprecio por la historia anterior, en particular por la que entonces se llamó “Edad Media”, la “Edad Oscura”, tan densamente católica. Los revolucionarios, en Usa como en Francia, tenían la convicción de estar inaugurando una época nueva en la historia, no ya de Europa o de Occidente, sino de la humanidad.
Rasgo clave de la nueva época era la modificación profunda y deliberada de la sociedad, que se venía gestando de forma inconsciente a lo largo de siglos. La vieja estructura social de oratores, bellatores y laboratores había surgido en la Edad de las invasiones, y llaman la atención unas frases de Sièyes atacando a la nobleza como representante del elemento conquistador germánico (los francos) frente a la masa de la población de origen galo-romano, e invitando a los nobles a volverse a los bosques de Franconia. Ciertamente se trataba de una falsa oposición, por cuanto lo mismo las oligarquías aristocráticas que la población originaria se habían mezclado y cambiado con el tiempo, pero expresaba un hecho originario.
La sociedad creada en la Edad de Supervivencia, ruralizada en extremo, había evolucionado y vuelto mucho más compleja con el tiempo, pero persistía en líneas generales, con sus estamentos poco permeables entre sí y privilegios de la nobleza y el clero. Esta resistencia de las viejas estructuras (el Antiguo Régimen) venía siendo corroída por el aumento de la población, y sobre todo de las ciudades. Las estimaciones demográficas registran épocas de crecimiento y de disminución, estas debidas a las pestes. Se calculan 60 millones de europeos (otros los suben a más de 90 millones) a finales del siglo XV, duplicándose a finales del de la Ilustración. Francia habría pasado de 17 a 27, Alemania de 12 a 24, Inglaterra habría triplicado los suyos, hasta 11 millones. España habría pasado de 6 a 10, Italia de 10 a 18. El caso de Rusia es aparte, porque habría saltado de 6 a 36 millones, debido a su expansión territorial.
El crecimiento urbano fue más decisivo. La mayoría de las ciudades procedía de las de tiempos de Roma o de la Edad de Asentamiento, y casi todas las de más de 20.000 habitantes existían ya a finales del siglo XIII. A principios de la Edad de Expansión, el país más urbanizado era Italia, donde Venecia, Milán o Nápoles superaban los 100.000 habitantes; pero empezaba su decadencia. Desde mediados del XVI, es la fachada atlántica, con los Países Bajos y el norte y noroeste de Europa quienes toman el relevo: Amberes, Rotterdam, Londres, París, Sevilla, Lisboa… Hacia 1800, París era ya una gran urbe de 750.000 habitantes y Londres la superaba en más de cien mil. Bastantes otras, como Ámsterdam, Viena, Berlín o Madrid superaban o se acercaban a los 200.000. En España, Sevilla y Barcelona alcanzaban los cien mil. La urbanización se aceleraría en el siglo siguiente, con la Revolución industrial. Pero no era Europa el continente con ciudades más pobladas, pues bastantes en Asia, sobre todo en China e India, superaban sus cifras más altas, y Constantinopla/Estambul pasaba del medio millón. Sin embargo el efecto político de la urbanización fue más profundo en Europa.
Las ciudades, incentivadas por el comercio, la artesanía, más tarde las manufacturas, corroían por sí mismas a la sociedad estamental, pues facilitaban la mezcla de gentes y familias por el poder del dinero, y desafiaban la autoridad de la vieja oligarquía. Los reyes se aliaron a menudo con ellas frente a los nobles, lo que originó las Cortes de León, imitadas en los demás reinos hispanos o Inglaterra, en esta con más constancia, y contaron entre las fuentes inspiradoras de la Constitución de Usa, influyente a su vez en la Declaración francesa. Aquellas Cortes ya establecían derechos fundamentales como la propiedad privada, la inviolabilidad del domicilio y el correo, garantías judiciales incluso frente al monarca, y obligación de este de contar con ellas para declarar la guerra o recaudar impuestos. Aparte del clero y los nobles, estaban representados en ellas los burgueses, es decir, las oligarquías urbanas, pues la masa de los habitantes y por supuesto los campesinos, carecían de representación real, como seguiría ocurriendo en los parlamentos hasta las revoluciones mencionadas y aun después. La democracia, entendida como representación mediante el sufragio universal, tardará muchos decenios en implantarese, no predominando en Europa hasta el siglo XX.
Ello no quiere decir que antes el pueblo llano estuviera sometido a un continuo despotismo (aunque en algunas zonas la opresión y los “malos usos” eran lo normal); incluso los siervos de la gleba tenían algunos derechos, y se cumplían más o menos por la costumbre o la moral religiosa. Pero lo importante de aquellos acuerdos de las Cortes es que limitaban claramente la posibilidad de la oligarquía y del monarca de actuar con arbitrariedad, defendían al individuo e implicaban cierta participación en el poder por parte de un estamento distinto de la nobleza y el clero (y del campesinado).
La idea implícita en el Antiguo Régimen atribuía al clero y a los nobles entendimiento conocimientos, y responsabilidad superiores a los del pueblo llano, por lo que debían dirigir a este. Pero el progreso de la urbanización había ido formando una capa cada vez más numerosa de personas cultas e inteligentes, a menudo de posición económica desahogada o adinerada, con tareas y cargos socialmente relevantes; y descontentas con los privilegios de las viejas oligarquías tradicionales. Llegado un momento, esas capas reivindicaron derechos e igualdad ante la ley y recurrieron al pueblo llano para acabar con el Antiguo Régimen. Las dos grandes revoluciones del siglo XVIII culminaron, por tanto, un proceso muy complejo y largo.
La Declaración de Derechos de Virginia afirmaba que todos los hombres eran libres e independientes por naturaleza, con derechos inherentes al disfrute de la vida y de la libertad, a la adquisición de propiedad y la búsqueda y obtención de felicidad y seguridad; que todo el poder procede del pueblo, siendo los magistrados sirvientes y responsables ante él, pudiendo la mayoría de la comunidad reformar o derrocar un gobierno si juzgaba que no cumplía su misión; que las elecciones debían ser frecuentes, regulares y auténticas, con libertad de prensa y religión; todos los ciudadanos eran iguales ante la ley, sin privilegios ni derechos políticos hereditarios. Y con derecho a un juicio con todo tipo de garantías etc. Este texto se considera la primera declaración de derechos humanos e inspiración de la francesa.
Claro que si todos los hombres eran libres e iguales, etc., ¿cómo es que en la sociedad siempre había habido desigualdades y diferentes grados de libertad, desde la esclavitud al privilegio? Y si eran independientes, ¿cómo es que dependían tan profundamente de la sociedad para su subsistencia, ideas, idioma y tantas cosas más que le venían dadas y le condicionaban? La Declaración no expresa en modo alguno una realidad histórica y social, sino un deseo que, desde luego, no se cumpliría nunca. La realidad es que la capacidad y habilidad para obtener riqueza crearía nuevas oligarquías, y la idea de los políticos como meros sirvientes “del pueblo” nunca funcionaría, dada la heterogeneidad y mutabilidad de ideas e intereses en él. No obstante, la sustitución de la herencia y el privilegio ancestral por la propiedad y el dinero para la formación de oligarquías otorgaría a la sociedad useña un dinamismo excepcional.
La Declaración parecía implicar una democracia, pero los Padres Fundadores de Usa no la tenían en mente. Al revés, oponían la libertad a la democracia, considerando que esta daría el poder a los elementos más irresponsables y atrasados. Por supuesto, aunque los hombres fueran “libres e iguales”, no se pensaba en todos, sino en los propietarios. Incluso Jefferson insistía en que el sufragio no podía extenderse a los iletrados. Cambiar esa actitud exigiría un proceso de décadas, lleno de protestas y amenazas. La Constitución no tenía en cuenta solo el peligro de despotismo, extableciendo equilibrios de poder, sino también el peligro del populacho. John Adams defendió un Parlamento bicameral (Senado y Congreso), por pensar que una sola cámara caería en “todos los vicios, locuras y flaquezas” de los individuos.
En Francia la ruptura con el pasado fue más consecuente. Nobleza y clero fueron vituperados como opresores absolutos, parásitos de la nación, del pueblo, sin rehuir “calumnias enormes, con tal potencia que perviven todavía”, en palabras del historiador conservador Pierre Gaxotte. Desde luego, los intelectuales ilustrados vueltos revolucionarios despreciaban al pueblo bajo, la “canaille”, pero entendieron la conveniencia de recurrir a él contra el Antiguo Régimen. Su esfuerzo consistía en atacar las ideas y principios políticos que habían sustentado las sociedades europeas hasta entonces y, efectivamente, los mismos se tambaleaban. Paradójicamente, el propio cristianismo les ayudaba con sus prédicas de igualdad, compasión, etc., que ya en el pasado habían inspirado numerosas revueltas. Aquellas prédicas, extendidas a la política, dificultaban la defensa de las oligarquías. Ya Lutero había experimentado esa dificultad y reaccionado contra ella con máxima energía cuando la rebelión campesina; pero ahora los poderosos dudaban de su propia legitimidad: Gran parte de los clérigos, empezando por Sièyes, votaron la abolición del poder eclesiástico, y numerosos aristócratas, empezando por La Fayette, empujaron la revolución.
Consecuencia de las nuevas doctrinas fue una descalificación radical del pasado, tachado de oscurantista, supersticioso, miserable en todos los aspectos, dominado por repugnantes tiranos. Ello explica la furia con que la revolución atacó el legado de la historia, mucho más allá de cambios políticos mayores o menores: la destrucción de la abadía de Cluny, uno de los lugares más emblemáticos de la cultura europea, entre tantos otros estragos, revela perfectamente esa actitud. Al respecto caben dos observaciones: la experiencia del Terror y otras acciones revolucionarias debilitaron su impulso durante el siglo XIX, sin por ello impedir nuevos intentos revolucionarios. Pero la pulsión por arrasar la herencia cultural para construir algo completamente nuevo resurgiría en el siglo XX. Y en ninguno de los dos casos borrarían del mapa a la Iglesia ni, más en general, la herencia cristiana, aunque les ocasionaran graves daños. En cuanto a la Revolución americana, se apoyó en la herencia cristiana y sus derivas, también en parte prometeicas, fueron de otro tipo.