Lo que va de una guerra fructífera a unas guerras estériles.

 

    Para España, la invasión napoleónica fue una catástrofe radical, que iba a condicionar su historia durante más de un siglo. Desde el final de la Reconquista,  y excepto la de Sucesión, ninguna guerra importante se había librado en el interior del país, que se había salvado de contiendas religiosas y civiles y de grandes invasiones mucho mejor que la mayoría de los países europeos. Pero esta costó cientos de miles de muertos, una brutal destrucción de recursos económicos y de un inmensol tesoro histórico-artístico;  y pese al heroísmo desplegado, su inanidad diplomática le impidió obtener cualquier ganancia en el Congreso de Viena, que aspiraba a recomponer el continente después de tantas convulsiones, mientras que el representante francés, Talleyrand, logró para la vencida Francia un trato muy favorable. Además, la guerra causó una división política extrema entre los españoles, que abonaría varias guerras civiles. Y la destrucción del Imperio español, que había abierto la Edad de Expansión europea: primer imperio transoceánico del mundo, el europeo más antiguo y por entonces el más extenso

    Una vez  pasada la breve alianza con España, Inglaterra  volvió a su vieja aspiración a dominar Hispanoamérica. Fracasada reiteradamente por la fuerza, encontró mejor método  financiando a los independentistas que allí surgían,  a imitación de Usa.  Un agente de Londres, el venezolano Francisco Miranda, que había servido en  el ejército useño y en el francés revolucionario, concibió la idea de unir a toda Hispanoamérica  y Brasil en un imperio hereditario bautizado la Gran Colombia, gobernado por un “inca”, con instituciones más bien liberales. También pensó en una república. Para difundir la idea creó en Londres, en 1798, la Logia de los Caballeros Racionales, sociedad secreta de inspiración masónica.  En 1806 reclutó mercenarios en los barrios bajos de Nueva York  y con apoyo inglés  intentó sublevar a los venezolanos, pero no encontró ambiente.  Dos años después volvió a intentarlo en vano.

   La invasión francesa creó también una situación peculiar en Hispanoamérica, donde se formaron juntas que rechazaron  al rey impuesto por Francia y mantuvieron fidelidad a Fernando VII, a quien suponían secuestrado por Napoleón. Miranda y otro criollo independentista, Simón Bolívar, trataron de desviar aquellas juntas hacia la secesión, aprovechando la invasión francesa en España. Bolívar había jurado dedicar su vida a “romper las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español”.

    En 1810 comenzaron las declaraciones de secesión: en Buenos Aires, Chile, Bogotá, Cartagena de Indias, la del cura Manuel Hidalgo en Méjico… Eran movimientos confusos y  sin ambiente popular, pero el momento estaba bien elegido, cuando  la metrópoli estaba imposibilitada de enviar tropas a América. Por tanto, la resistencia a los independentistas solo podía venir de los propios americanos, como así ocurrió. Incluso cuando España pudo intervenir, cinco años más tarde, la mayoría de sus tropas serían asimismo americanas, dando a la lucha un marcado aire de guerra civil.

   La lucha duró 14 años, en tres etapas: hasta 1815, España apenas pudo enviar refuerzos; desde esa fecha, la derrota napoleónica permitió el envío de tropas; y desde 1819, los independentistas fueron ganando posiciones hasta su victoria final en 1824. En la primera etapa, los secesionistas chocaron con las tropas virreinales y las poblaciones, mayoritariamente proespañolas.  En Méjico el levantamiento fue fácilmente vencido e Hidalgo ejecutado como traidor. Tomó el relevo otro clérigo, Morelos, que resistió hasta 1815, siendo a su vez fusilado. Buenos Aires quedó de hecho independiente: en 1806 y 1807 sus milicias habían vencido a los ingleses sin ayuda de España y la población sentía confianza en sí misma. La rebelión chilena, dirigida por Bernardo O´Higgins, fue contraatacada por las fuerzas virreinales.

   Más complicada resultó la situación en Venezuela, donde en 1811 se proclamó la república independiente y Miranda llegó a Caracas con Bolívar. Hubo alzamientos proespañoles, incluido uno de esclavos negros.  Miranda y Bolívar fueron rechazados. Miranda esperaba en La Guaira un barco inglés para escapar, y Bolívar, para salvar la piel, lo entregó a los españoles después de apresarlo mientras dormía (el desdichado gritaba: “¡Bochinche! ¡Bochinche! ¡Esta gente no es capaz sino de bochinche!”). Miranda fue trasladado a una prisión de Cádiz, donde fallecería cuatro años después, y Bolívar recibió un pasaporte y la gratitud ingenua del defensor del orden, Monteverde, que solo disponía de 230 soldados, pero fuerte apoyo popular. Sin embargo  Bolívar  volvió a la carga, y para  combatir el débil fervor independentista del pueblo y abrir un foso entre los españoles y los demás, decretó en 1813 una guerra de exterminio. Todos los españoles, aun si permanecían neutrales, serían pasados por las armas, salvo que se unieran a la rebelión. Para ahorrar munición, las víctimas serían a menudo acuchilladas.

    Bolívar entró de nuevo en Caracas, en octubre, y proclamó la segunda república. La contienda tomó un tinte racial al rebelarse contra ella “los pardos”, mestizos y mulatos llaneros,  acaudillados por el asturiano José Boves, que devolvió a Bolívar su consigna de “guerra a muerte” y lo obligó a huir a Jamaica en 1814. Ese año terminaba la guerra en España; la rebelión de Morelos y la de Chile periclitaban, pero se asentaba la de Buenos Aires al mando de José de San Martín, militar del ejército español que formó un ejército en regla. En el resto de América solo quedaban dos o tres núcleos insurgentes.

   En 1815 España envió por fin una expedición que terminó con los últimos reductos de Venezuela. Dos años más tarde, el tenaz Bolívar reiniciaba la acción, para ser de nuevo acorralado. En tal aprieto, recibió la ayuda de unos miles de soldados y oficiales ingleses. Entre tanto, San Martín había cruzado los Andes  y vencido a los proespañoles, mientras O´Higgins imponía un despotismo militar ante las querellas entre los rebeldes, y un audaz marino de la armada británica, Cochrane, luchaba a sus órdenes contra España. El Cono sur estaba, pues, independizado. Bolívar cruzó a su vez los Andes  y derrotó a los proespañoles en Boyacá, gracias a los ingleses, según admitió.

   Aprovechando estas guerras, Usa invadió las dos Floridas so pretexto de castigar a los indios seminolas, que acogían a esclavos useños.  Después de ocupadas, ofreció comprarlas en 1819, y Fernando VII aceptó, imposibilitado de defenderlas. A continuación, los seminolas fueron exterminados.  La Doctrina de Monroe, emitida en 1823, entrañaba la decisión useña de predominar en toda América.

   En 1820  se preparó en España una nueva expedición, más numerosa, pero el coronel Riego, masón como los jefes  independentistas, la saboteó  sublevándose en Andalucía. Este golpe decidió prácticamente la contienda. El general Pablo Morillo, que defendía a España en Venezuela,  recibió la orden de pactar con Bolívar, una actitud derrotista.   En Méjico, el general Itúrbide, absolutista y contrario a los rebeldes, se pasó a ellos en 1821, disgustado por el sesgo liberal que tomaba el gobierno en España; algo después se proclamó emperador.  En julio de 1822, San Martín y Bolívar confluyeron en Guayaquil. Bolívar definió a San Martín y a sí mismo como los hombres más grandes de Suramérica. Finalmente, los independentistas se impusieron en la batalla de Ayacucho, un desenlace  que se sospechó preparado por connivencias masónicas. La independencia quedó entonces consumada.

   A España le quedaban las islas de Cuba y Puerto Rico, así como las Filipinas y otros archipiélagos del Pacífico, pero la pérdida de su imperio y de la flota le habían reducido a potencia de segundo o tercer orden en Europa.

   

   Las rebeliones fueron dirigidas por criollos, esto es, blancos de origen español con ideas de la Ilustración francesa (Rousseau  especialmente); en general, los indios, mulatos y negros apoyaron a España.La mayoría de las batallas fueron poco cruentas, y el mayor número de víctimas se produjo seguramente en matanzas de civiles y prisioneros, estimuladas por Bolívar. Todavía en 1822, el general Sucre masacró a la desafecta población colombiana de Pasto  (“ciudad infame y criminal que será reducida a cenizas”) dejando 400 muertos, mujeres y niños incluidos. Hubo también matanzas de indios proespañoles, y las revueltas de Hidalgo y Morelos cometieron atrocidades. En general, los españoles observaron una conducta más moderada, sin excluir actos brutales, los principales cometidos por los llaneros de Boves.

   Rasgo significativo fue el odio frenético a España cultivado por los independentistas. Bolívar afirmaba a un inglés: “El objetivo de España es aniquilar al Nuevo Mundo  y hacer desaparecer a sus habitantes para que no quede ningún vestigio de civilización (…) Y Europa no encuentre aquí más que un desierto (…) Perversas miras de una nación inhumana y decrépita”. El imperio constituía “la tiranía más  cruel jamás infligida a la humanidad”, que había “convertido la región más hermosa del mundo en un vasto y odioso imperio de crueldad y saqueo”. Llamó a “destruir en Venezuela la aza maldita de los españoles (…) Ni uno solo debe quedar vivo”. Panegiristas de Bolívar siguen tomando esa guerra a muerte por “su mayor timbre de gloria”. Otro líder, Santander ordenó asesinar a 36 oficiales españoles previamente indultados por Bolívar: “Me complace particularmente matar a todos los godos” (españoles), explicó.  Un presente que le recordó el indulto fue también fusilado sobre el terreno. Campo Elías, ligarteniente de Bolívar y nacido en España, declaró: “La raza maldita de los españoles debe desaparecer. Después de matarlos a todos, me degollaría yo mismo, para no dejar vestigio de esa raza”. Era la herencia de Las Casas y de la Ilustración francesa. Dado que todos ellos eran españoles de “raza”, el asunto resulta grotesco.

   No menos grotesca la pretensión de heredar la América  precolonial. El poeta José Joaquín Olmedo, llamado por los suyos nada menos que “el Homero americano”, califica a los españoles, sus progenitores, de “estúpidos, viciosos, feroces, por fin supersticiosos”, y caracteriza a los independentistas como herederos legítimos de los incas. Los criollos solían explotar a los indios, los cuales no se llamaron a engaño, y rara vez apoyaron a sus sedicentes libertadores. Una vez independientes, los criollos de Méjico les arrebataron las amplias tierras que les había garantizado la corona, y en Argentina, como en Usa, los exterminaron deliberadamente, lo que nunca se había hecho antes. El chileno Francisco Bilbao, autor de nada menos que El Evangelio americano, que sirvió de texto escolar, resumió: “El progreso de América consiste en desespañolizarse”. El argentino Domingo Sarmiento y otros lamentaban no haber sido colonizada América por daneses o belgas, con lo cual ellos mismos no habrían llegado a existir. Se celebraba la pronta dispersión del idioma en dialectos y lenguas nuevas, al modo del latín. Con ironía involuntaria, Bolívar declamó en su discurso de Angostura en 1819: “Uncido el pueblo americano (por España) al triple yugo de la ignorancia, de la tiranía y del vicio, no hemos podido adquirir ni saber, ni poder, ni virtud”.

   Aquellas retóricas no dejarían de tener costes. El plan megalómano de unir al continente hispano en una “Gran Colombia”  naufragó entre numerosas nuevas naciones poco fraternas entre sí, más una ristra de luchas civiles y golpes de estado (algo no disímil ocurriría en la ex metrópoli).  Bolívar escribirá: “No confío  en el sentido moral de mis compatriotas”, y a Santander: “No es sangre lo que fluye por nuestras venas, sino vicio mezclado con miedo y horror”. Auguró “un tropel de tiranos” para los países liberados. Sarmiento, “el educador de Argentina”, partidario de extinguir a indios y gauchos, lamentaría  a los treinta años de independencia: “Vése tanta inconsciencia en las instituciones de los nuevos estados, tanto desorden, tan poca seguridad individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso intelectual, material y moral de los pueblos, que los europeos (…) miran a la raza española condenada a  consumirse en luchas intestinas, a mancharse con todo género de delitos y a ofrecer un país despoblado y exhausto como fácil presa a una nueva colonización europea”.

      Aunque la Revolución useña fue una de las inspiraciones de aquellos movimientos, difícilmente podía haber más diferencias entre una y otros.  Usa progresaría de modo consistente, confiada en sus propias fuerzas, hasta convertirse a finales de siglo en la pimera potencia económica mundial. Los paíse hispanoamericanos –y la propia España–, en constante autodenigración, incapaces de acumular experiencia, bajo el “tropel de tiranos” vaticinado por Bolívar, no cesaron de sufrir bandazos, violencia política y corrupción envueltos en retórica pomposa, hasta achacar a Usa todos sus males. Hubo puntos  más positivos, como la difusión de ideas democráticas, aboliciones de la esclavitud, o la  ampliación de la enseñanza en varios países; se recuperó más tarde cierto sentido de la propia historia y origen, y el asolamiento moral y político no llegó a tanto como preveía Sarmiento. Pero los elementos negativos, tan fuertes hasta hoy, guardan acaso relación con el modo de independizarse. Podríamos decir que la guerra de Usa fue fructífera y las de Hispanoamérica mayormente estériles

   Han dado pie a mucha discusión los factores y agentes externos en la caída del Imperio hispanoamericano. Salvador de Madariaga, en El auge y el ocaso del Imperio español en América, menciona “tres cofradías, los judíos, los jesuitas y los francmasones” como enemigos principales de España, los dos primeros por haber sido expulsados del país y los terceros por una cuestión de principios. No obstante, los factores judío y jesuita parecen secundarios, y no así la política inglesa y la masonería. En las intrigas de Miranda, en las declaraciones de independencia, en la actividad de Bolívar, en la marcha de San Martín a Buenos Aires, en varias acciones bélicas, siempre hallamos en segundo plano al gobierno y a personajes británicos, y en menor medida useños. Y no puede ser casual la nutrida presencia masónica entre los dirigentes, así como en Riego y otros políticos españoles. En el ejército español proliferaron las logias, que pesarían notablemente en la historia hispana del siglo XIX. Eran un legado, francés en unos casos, inglés en otros, de la Guerra de Independencia.

 

   El Imperio español había diferido en muchos aspectos de los construidos por otros países europeos. Si cabe hablar de un modelo fenicio o púnico, y un modelo romano, el español recuerda más al romano, mientras que el holandés, el inglés, el francés o el portugués, tienden al fenicio: enclaves comerciales, plantaciones o minas. Las colonias inglesas, holandesas, en especial, eran concebidas ante todo como fuentes de ingresos, y los aborígenes como mano de obra y consumidores de productos de la metrópoli. En el Imperio español, el comercio, aun siendo importante, no fue el eje principal, a veces exclusivo, que lo fue para Holanda, Inglaterra o Francia.

   Suele darse importancia excesiva a las remesas de oro– escasas— y sobre todo plata de América. Sin embargo, las mismas estaban sobradamente compensadas por  los elementos de civilización aportados por la metrópoli: obras públicas y comunicaciones, escuelas y universidades, técnicas, diversidad alimentaria; ciudades  como Méjico, Cartagena de Indias, Quito, Lima, Cuzco, Arequipa, etc.,  con élites cultas e inquietas, superaban bien a las modestas ciudades de Usa. Según observó  el científico alemán Alexander von Humboldt, “Cada virreinato se gobierna, no como un patrimonio de la corona sino como una provincia particular y lejana de la metrópoli. En las colonias españolas se encuentran todas las instituciones  cuyo conjunto constituye un gobierno europeo (…) La mayor parte de aquellas provincias (a las cuales no dan los españoles el nombre de colonias, sino de reinos) no envían caudal alguno neto a la tesorería general”.

     Solo  en el siglo XVIII, por efecto de la Ilustración, se imitó el sistema inglés y francés: se extendieron las plantaciones especializadas, desaplicando diversas leyes de Indias y desalojando a indios y blancos de las tierras de realengo o de las reservadas a los indígenas. Los desalojados, obligados a trabajar en condiciones peores, protestaron a Madrid, pero aquí se protegía a los plantadores  y grandes compañías. Un informe de dos marinos científicos, Antonio de Ulloa y Jorge Juan daba cuenta de abusos, pésima situación de los indios despojados, baja moralidad del clero y enemistad entre criollos y europeos. El descontento propició una revuelta de criollos en Venezuela y otra de indios en Perú, hechos inéditos en los dos siglos anteriores. Aun con eso, el Imperio español ha sido uno de los más pacíficos de la historia, tradición rota desde la independencia.

   Una segunda diferencia fue la mayor labor evangelizadora de la historia, que haría del ámbito cultural hispanoamericano el más extenso y poblado del mundo católico. Las demás potencias colonizadoras prestaron mucha menos atención a la cristianización, unos por contrarios a ella, otros por  una noción de superioridad racial o religiosa, o simplemente  porque su interés era meramente económico.    

    Relacionada con la anterior, también se diferenció el trato al indígena, legalizado desde el testamento de Isabel la Católica a la recopilación de la Leyes de Indias, ya mencionada. Los indios, súbditos de la corona, no podían ser esclavizados y retuvieron territorios para vivir de acuerdo con sus tradiciones. Muchos fueron sometidos a las encomiendas, institución más o menos feudal, diseñada para instruirlos y bautizarlos, pero que daban lugar a abusos. Se produjeron matanzas ocasionales y sobreexplotación, sobre todo al principio, pero tales hechos duraron poco, aunque la explotación, como vimos, aumentó  con las grandes compañías y plantaciones.

    En cuanto a la esclavitud, el tráfico negrero desde África era de tal brutalidad que se estima que uno de cada tres esclavos perecía en el viaje. Algunos ilustrados, como Voltaire, Montesquieu o Hume defendieron aquel tráfico; otros, como Diderot o Adam Smith lo condenaron. Los españoles apenas participaron en ese comercio, pero lo aprovecharon, pese a que los papas lo condenaron reiteradamente.  Se ha estimado que las colonias españolas del Caribe recibieron 1,6 millones de esclavos a lo largo de tres siglos, y en la misma zona 3,8 millones las colonias inglesas, francesas,  holandesas y danesas, más pequeñas. Usa tenía 4 millones cuando la Guerra de Secesión. No obstante, un esclavo vivía mejor en las zonas españolas, donde podía manumitirse con cierta facilidad (en 1817 había en Cuba 114.000 negros libres). En las colonias inglesas no se permitía la manumisión o se le imponía un precio excesivo. En las partes españolas los esclavos  podían contraer matrimonio entre sí, recibir los demás sacramentos y descansar domingos y festivos.  En las de otros países se prohibía bautizarlos, las parejas y sus hijos podían ser separados y vendidos, y los códigos autorizaban al amo a ejercer “fuerza ilimitada” sobre ellos, sin excluir la mutilación o el asesinato. El código francés era más benigno. No obstante, en el siglo XVIII surgió en Inglaterra y Usa una corriente de oposición al esclavismo, que logró su abolición en el siglo siguiente. La Francia revolucionaria también  lo abolió, aunque Napoleón volvió a autorizarlo.  Y España fue uno de los últimos países en prohibirla.

    

   El odio de los independentistas a España tenía mucho de impostado, y reproducía  el de los protestantes y franceses, que había originado la leyenda negra. El odio de estos tenía más lógica, porque España había sido el obstáculo principal  a su expansión, de ahí que la presentasen como baluarte del oscurantismo y la opresión más sanguinaria, opuesta a las luces ilustradas, etc. Pero en realidad, durante el siglo XVIII España se había sumado a la Ilustración en la estela de Francia (el “afrancesamiento”),  si bien distó de alcanzar los niveles especulativos y científicos de los tres o cuatro países punteros.  El filósofo Julián Marías ha observado que, al menos, la Ilustración española evitó las exageraciones y extremismos que abocarían a la Revolución francesa. En sus mejores tiempos, España había creado un espíritu original y fructífero, decaído luego,  y daba la sensación de no sentirse muy cómoda en el traje  francés. ¿Se debía la mediocridad cultural en que cae el país a un insuficiente  afrancesamiento o, por el contrario, a abandono de la tradición anterior y servilismo hacia las  nuevas corrientes transpirenaicas? ¿Estaba agotado el espíritu que había creado el Siglo de oro hispano, o podría retoñar de algún modo? Este dilema se ha concretado en tendencias tradicionalistas y casticistas por un lado, y “afrancesadas”, “europeístas” o “modernizadoras” por otro. En el siglo XIX la influencia inglesa sustituiría a la francesa, con secuelas aún menos brillantes.

 

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La salingla o brexit

** Cita con la Historia: Franco, Churchill y Roosevelt:  https://www.youtube.com/watch?v=pDFQGl1xxJk

**Blog I: Análisis de la últimas elecciones: http://gaceta.es/pio-moa/analisis-elccciones-27062016-1718

** La guerra civil y los problemas de la democracia: ¿En qué consiste la democracia y por qué no desempeñó ningún papel en la guerra civil?

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Después de la II Guerra Mundial, los democristianos y algunos socialdemócratas  planearon un proceso de unión europea a partir de una integración económica. No era propiamente una idea católica, ya que daba a la economía un papel fundante de la sociedad más bien propio de otras orientaciones  ideológicas, pero quizá el recuerdo del Sacro Imperio les inspirase. Con el tiempo, los democristianos han ido siendo desplazados por los socialdemócratas, con fuerte influjo masónico y un programa que recuerda peligrosamente al “despotismo democrático”  ya anunciado por Tocqueville: un régimen que, conservando las formas exteriores democráticas, trataría de moldear al hombre en un sentido que le haría perder la libertad y los mismos rasgos de humanidad. De hecho, la UE ha llegado a ser un monstruo burocrático que emite sin tregua leyes y regulaciones de las que la inmensa mayoría no es consciente, y cuyo objetivo es segar las raíces cristianas de Europa, destruir las culturas nacionales, imponer el abortismo y el homosexualismo, el multiculturalismo, crear en definitiva una cultura o anticultura que podría reflejar la canción Imagine de Lennon, un curioso ideólogo.

    Como estamos viendo, este proceso subrepticio  está despertando más y más resistencia, y no es casual que ello ocurra en países como Polonia o Hungría, que conocen bien el totalitarismo por experiencia propia. También ha ocurrido en Inglaterra, por razones más pragmáticas, pero muy racionales: no quieren estar constantemente sometidos a lo que decidan en los centros de poder de la UE grupos de presión a quienes los intereses nacionales de Inglaterra traen sin cuidado, aparte del fomento de la inmigración islámica. Y eso que Inglaterra no cayó en la trampa del euro, de la que tan difícil es salir una vez economías y estados como el español se han endeudado hasta las cejas en euros; y culturalmente  es la gran ganadora de la UE, que intenta imponer el inglés como  lengua superior política, económica y cultural.

   Creo que nunca debió pasarse de la CEE, una asociación económica beneficiosa para todos y respetuosa con la identidad política y cultural de las naciones que constituyen  la realidad histórica de Europa. España no tenía siquiera necesidad de entrar en la CEE, ya que fuera de ella crecía no solo más, sino de manera mucho más sana: una vez dentro, su crecimiento económico ha ido a saltos, entre crisis, auges y  siempre un paro  desproporcionado. Además, España era ajena a los problemas que dieron lugar a la CEE, es decir, la II Guerra Mundial, en la que no participó. Y así como los países de la CEE debían su democracia a la intervención militar –y un tanto aplastante—de Usa, España llegó a la democracia por su propia evolución interna.  No obstante, la actitud de nuestras oligarquías ha sido la contraria, como si debiéramos algo a lo que, en su supina ignorancia histórica, llaman “Europa”.

   Como fuere, una vez dentro, España debió haberse aliado con Polonia, Hungría y otros países para contrapesar el peso asfixiante de Alemania y Francia, y presionar para una vuelta a la CEE. Aznar hizo algo de lo primero, pero Zapatero destruyó esa política, como tantas cosas, sin que al parecer casi nadie se percatase del alcance de sus miserias.

   Dudo mucho de que la separación inglesa se consume. Ya empiezan a hacer trampa los perdedores pidiendo un nuevo referéndum,  al modo como lo han impuesto, creo que por dos veces, a Irlanda (si los partidarios de la permanencia hubieran ganado por un solo voto, seguro que no lo pedirían), y algunos golfos aseguran que votaron la salida creyendo que ganaría la permanencia. Los burócratas de la UE, en plan matón exigen a Inglaterra la máxima rapidez en la separación, aunque hay unas normas y plazos al respecto. Montones de políticos y expertos amenazan: “¡Arrepentíos! ¡Fuera de la UE no hay salvación! ¡Será el llanto y el crujir de dientes! ¡Si no renunciáis a vuestro derecho de primogenitura os quedaréis sin el plato de lentejas!”. Los líderes separatistas escoceses chantajean a su vez. Espero que no consigan asustar a los ingleses, pero es probable que encuentren algún medio de inutilizar la decisión mayoritaria.

   En  definitiva, la cuestión económica puede exigir algunos sacrificios, pero a cambio Inglaterra recobrará su soberanía, si se respeta el referendum. Suiza y Noruega viven muy bien fuera de la UE, con la que mantienen estrechas relaciones económicas. Pues eso.

   Algunos ingenuos dicen que con la salingla, España podrá recuperar Gibraltar. Es la confesión de que la UE  favorece y protege a la colonia inglesa, otra razón por la que nos perjudica la UE. Pero es una ilusión ridícula. El problema de Gibraltar , como el de los separatismos, está ante todo en Madrid, en la corrupta y miserable casta política que desgobierna el país. Sin cambiarla no hay nada que hacer.

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La ruptura con la historia

Sobre la salingla:

¡Arrepentíos! ¡Fuera de la UE no hay salvación! ¡Será el llanto y el crujir de dientes!

La amenaza de siempre: Renuncia a tus derechos de primogenitura y te quedarás sin plato de lentejas.

Estos déspotas matones de la UE, amenazando. No les gusta la democracia.

La UE quiere reemplazar la población europea y la cultura europea por otra cosa.

No confundir UE y Europa. La UE, en realidad, está destruyendo los fundamentos histórico y culturales de Europa

El peligro –más que peligro– de la UE es el “despotismo democrático”, que ya describió excelentemente Tocqueville

Ya empiezan a hacer trampas. Cmo con uno o dos referendums en Irlanda.

**Hoy en “Cita con la Historia”: Franco, Churchill y Roosevelt. Anterior: https://www.youtube.com/watch?v=rHq7AtesAf8

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En el terreno político, la nueva religión prometeica inspiró un profundo desprecio por la historia anterior, en particular por la que entonces se llamó “Edad Media”, la “Edad Oscura”, tan densamente católica.  Los revolucionarios, en Usa como en Francia, tenían la convicción de estar inaugurando una época nueva en la historia, no ya de Europa o de Occidente, sino de la humanidad.

   Rasgo clave de la nueva época era la modificación profunda y  deliberada de la sociedad, que se venía gestando de forma inconsciente a lo largo de siglos.  La vieja estructura  social de oratores, bellatores y laboratores había surgido en la Edad de las invasiones, y llaman la atención unas frases de Sièyes atacando a la nobleza como representante del elemento conquistador germánico (los francos) frente a la masa de la población de origen galo-romano, e invitando a los nobles a volverse a los bosques de Franconia. Ciertamente se trataba de una falsa oposición, por cuanto  lo mismo las oligarquías aristocráticas que  la población originaria se habían mezclado y cambiado con el tiempo, pero expresaba un hecho originario.

    La sociedad creada en la Edad de Supervivencia, ruralizada en extremo, había evolucionado y vuelto mucho más compleja con  el tiempo, pero persistía en líneas generales, con sus estamentos poco permeables entre sí  y privilegios de la nobleza y el clero. Esta resistencia de las viejas estructuras  (el Antiguo Régimen) venía siendo corroída por el aumento de la población, y sobre todo de las ciudades. Las estimaciones demográficas registran épocas de crecimiento y de disminución, estas debidas a las pestes. Se calculan 60 millones de europeos (otros los suben a más de 90 millones) a finales del siglo XV, duplicándose a finales del de la Ilustración. Francia habría pasado de 17  a 27, Alemania de 12 a 24, Inglaterra habría triplicado los suyos, hasta 11 millones. España habría pasado de 6 a 10, Italia de 10 a 18. El caso de Rusia es aparte, porque habría saltado de 6 a 36 millones, debido a su expansión territorial.

   El crecimiento urbano fue más decisivo. La mayoría de las ciudades procedía de las de tiempos de Roma  o de la Edad de Asentamiento, y casi todas las de más de 20.000 habitantes  existían ya a finales del siglo XIII.  A principios de la Edad de Expansión, el país más urbanizado era Italia, donde Venecia, Milán o Nápoles superaban los 100.000 habitantes;  pero empezaba su decadencia.  Desde mediados del XVI, es la fachada atlántica, con los Países Bajos y el norte y noroeste de Europa quienes toman el relevo: Amberes, Rotterdam, Londres, París, Sevilla, Lisboa… Hacia 1800, París era ya una gran urbe de 750.000 habitantes y Londres la superaba en más de cien mil. Bastantes otras, como Ámsterdam,  Viena, Berlín o Madrid superaban o se acercaban a los 200.000. En España, Sevilla y Barcelona  alcanzaban  los cien mil.  La urbanización se aceleraría en el siglo siguiente, con la Revolución industrial.  Pero no era Europa el continente con ciudades más pobladas, pues bastantes en Asia, sobre todo en China e India, superaban sus cifras más altas, y  Constantinopla/Estambul pasaba del medio millón. Sin embargo el efecto político de la urbanización fue más profundo en Europa.

   Las ciudades, incentivadas por el comercio, la artesanía, más tarde las manufacturas, corroían por sí mismas a la sociedad estamental, pues facilitaban la mezcla de gentes y familias por el poder del dinero, y desafiaban la autoridad de la vieja oligarquía. Los reyes se aliaron a menudo con ellas frente a los nobles, lo que originó las Cortes de León, imitadas en los demás reinos hispanos o Inglaterra, en esta con más constancia,  y contaron entre las fuentes inspiradoras de la Constitución de Usa, influyente a su vez en la Declaración francesa. Aquellas  Cortes ya establecían derechos fundamentales como la propiedad privada, la inviolabilidad del domicilio y el correo, garantías judiciales incluso frente al monarca, y obligación de este de contar con ellas para declarar la guerra o recaudar impuestos. Aparte del clero y los nobles, estaban representados en ellas  los burgueses, es decir, las oligarquías urbanas, pues la masa de los habitantes y por supuesto los campesinos,  carecían de representación real, como seguiría ocurriendo en los parlamentos hasta las revoluciones mencionadas y aun después. La democracia, entendida como representación mediante el sufragio universal, tardará muchos decenios en implantarese, no predominando en Europa hasta el siglo XX.

   Ello no quiere decir que antes el pueblo llano estuviera sometido a un continuo despotismo (aunque en algunas zonas la opresión y los “malos usos” eran lo normal);  incluso los siervos de la gleba tenían algunos derechos, y se cumplían más o menos por la costumbre o la moral religiosa. Pero lo importante de aquellos acuerdos de las Cortes es que limitaban claramente la posibilidad de la oligarquía y del monarca de actuar con arbitrariedad, defendían al individuo e implicaban cierta participación en el poder  por parte de un estamento distinto de la nobleza y el clero (y del campesinado). 

  La idea implícita en el Antiguo Régimen atribuía al clero y a los nobles entendimiento conocimientos, y responsabilidad superiores a los del pueblo llano, por lo que debían dirigir a este. Pero el progreso de la urbanización había ido formando una capa cada vez más numerosa de personas cultas e inteligentes, a menudo de posición económica desahogada o adinerada, con tareas y cargos socialmente relevantes; y descontentas con los privilegios de las viejas oligarquías tradicionales. Llegado un momento, esas capas reivindicaron  derechos e igualdad ante la ley y recurrieron al pueblo llano para acabar con el Antiguo Régimen. Las dos grandes revoluciones del siglo XVIII culminaron, por tanto, un proceso muy complejo y largo.

   La Declaración de Derechos de Virginia afirmaba que  todos los hombres eran  libres e independientes por naturaleza, con derechos inherentes al disfrute de la vida y de la libertad, a la adquisición de propiedad y la búsqueda y obtención de felicidad y seguridad; que todo el poder procede del pueblo, siendo los magistrados sirvientes y responsables ante él, pudiendo la mayoría de la comunidad  reformar o derrocar un gobierno si juzgaba que no cumplía su misión; que  las elecciones debían ser  frecuentes, regulares y auténticas, con libertad de prensa y religión; todos los ciudadanos  eran  iguales ante la ley, sin privilegios ni derechos políticos hereditarios. Y con derecho a un juicio con todo tipo de garantías  etc. Este texto se considera la primera declaración de derechos humanos e inspiración de la francesa.

  Claro que si todos los hombres eran libres e iguales, etc., ¿cómo es que en la sociedad siempre había habido desigualdades y diferentes grados de libertad, desde la esclavitud al privilegio? Y si eran independientes, ¿cómo es que dependían tan profundamente de la sociedad para su subsistencia, ideas, idioma y tantas cosas más que le venían dadas y le condicionaban? La Declaración no expresa en modo alguno una realidad histórica y social, sino un deseo que, desde luego, no se cumpliría nunca. La realidad es que la capacidad y habilidad para obtener riqueza crearía nuevas oligarquías, y la idea de los políticos como meros sirvientes “del pueblo” nunca funcionaría, dada la heterogeneidad y mutabilidad de ideas e intereses en él. No obstante, la sustitución de la herencia y el privilegio ancestral por la propiedad y el dinero para la formación de oligarquías otorgaría a la sociedad useña un dinamismo excepcional.

   La Declaración parecía implicar una democracia, pero los Padres Fundadores de Usa no la tenían en mente. Al revés, oponían la libertad a la democracia, considerando que esta daría el poder a los elementos más irresponsables y atrasados. Por supuesto, aunque los hombres fueran “libres e iguales”, no se pensaba en todos, sino en los propietarios. Incluso Jefferson insistía en que el sufragio no podía extenderse a los iletrados. Cambiar esa actitud exigiría un proceso de décadas, lleno de protestas y amenazas. La Constitución no tenía en cuenta solo el peligro de despotismo, extableciendo equilibrios de poder, sino también el peligro del populacho. John Adams defendió un Parlamento bicameral (Senado y Congreso), por pensar que una sola cámara caería en “todos los vicios, locuras y flaquezas” de los individuos.

   En Francia la ruptura con el pasado fue más consecuente. Nobleza y clero fueron vituperados como opresores absolutos, parásitos de la  nación, del pueblo, sin  rehuir “calumnias enormes, con tal potencia que perviven todavía”, en palabras del historiador conservador Pierre Gaxotte.  Desde luego, los intelectuales ilustrados  vueltos revolucionarios despreciaban al pueblo bajo, la “canaille”, pero entendieron la conveniencia de recurrir a él contra el Antiguo Régimen. Su esfuerzo consistía en atacar las ideas y principios políticos que habían sustentado las sociedades europeas hasta entonces y, efectivamente, los mismos se tambaleaban. Paradójicamente, el propio cristianismo les ayudaba  con sus prédicas de igualdad, compasión, etc.,  que  ya en el pasado habían inspirado numerosas revueltas. Aquellas prédicas, extendidas  a la política,  dificultaban la defensa de las oligarquías. Ya Lutero había experimentado esa dificultad y reaccionado contra ella con máxima energía cuando la rebelión campesina; pero ahora los poderosos dudaban de su propia legitimidad: Gran parte de los clérigos, empezando por Sièyes, votaron la abolición del poder eclesiástico, y  numerosos aristócratas, empezando por La Fayette, empujaron la revolución.

      Consecuencia de las nuevas doctrinas fue una descalificación radical del pasado, tachado de oscurantista, supersticioso, miserable en todos los aspectos, dominado por repugnantes  tiranos. Ello explica la furia con que la revolución atacó el legado de la historia, mucho más allá de cambios políticos mayores o menores: la destrucción de la abadía de Cluny, uno de los lugares más emblemáticos de la cultura europea, entre tantos otros estragos, revela perfectamente esa actitud. Al respecto caben dos observaciones: la experiencia del Terror y otras acciones revolucionarias debilitaron su impulso durante el siglo XIX,  sin por ello impedir nuevos intentos revolucionarios. Pero la pulsión  por arrasar la herencia cultural para construir algo completamente nuevo resurgiría en el siglo XX.  Y en ninguno de los dos casos borrarían del mapa a la Iglesia ni, más en general, la herencia cristiana, aunque les ocasionaran graves daños. En cuanto a la Revolución americana, se apoyó en la herencia cristiana y sus derivas, también en parte prometeicas,  fueron de otro tipo.

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La razón destruye a la Razón

**Blog I. Lo que debía pasar y lo que pasa: análisis del legado de una mayoría absoluta, y por qué no hay salida a la vista para España: http://gaceta.es/pio-moa/debia-pasar-pasa-24062016-0810

**Cita con la Historia: el pasado domingo hablamos de Franco, Hitler y Mussolini ( https://www.youtube.com/watch?v=rHq7AtesAf8).  Este próximo hablaremos de Franco, Churchill y Roosevelt. www.citaconlahistoria.es

**En La guerra civil y los problemas de la democracia en España:  la ausencia de pensamiento democrático en España, a izquierda y derecha, hace que la democracia tienda rápidamente a degenerar en demagogia y un despotismo de nuevo tipo.

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  La masonería es mencionada aquí no como causante principal de las revoluciones y otros movimientos, sino como una corriente significativa entre otras que marchaban en  dirección similar durante el siglo XVIII. Y porque en sí misma expone sus profundas contradicciones. Generalmente los profundos cambios de entonces se analizan en clave política (la Revolución francesa)  o económica (la Revolución industrial). Pero creo más fundamental interpretarlos como una ruptura con la tradición cristiana que había caracterizado a Europa desde un milenio y medio antes.  Podría definirse la ruptura como  la sustitución de la religión  divinal cristiana por la prometeica, que hemos ejemplificado en la masonería. La transformación  se apoyaba en los asombrosos avances científicos y técnicos de aquel tiempo, pero debe entenderse  que no fue completa ni desplazó en grado decisivo al cristianismo, que ha pervivido desde entonces, aun si ciertamente debilitado en su influencia política y de masas.

   Tradicionalmente, la fe se depositaba en un Dios personal, creador del universo y  constantemente presente en él, y en la idea del cielo (o el infierno) en un más allá   donde se completase la justicia. Pero, especulando sobre los logros científico-técnicos, se abrió paso la idea de que era el Hombre quien podía hacer su voluntad y modelar la naturaleza para alcanzar el cielo en la tierra. La imagen de la divinidad persistía como un “relojero”, o “arquitecto” diseñador del universo, el cual, una vez construido, no exigía ulterior intervención divina: lo hacían en su lugar las leyes de la física, la química u otras que la mente humana iba descubriendo. Esta era la posición deísta, que no requería ninguna fe particular, solo cierta convicción racional. Desde ahí era fácil declarar prescindible a todo efecto práctico a aquel dios relojero o arquitecto. El astrónomo Laplace pudo jactarse de haber elaborado una explicación del universo, basándose en Newton, que hacía innecesaria la hipótesis de Dios.

   Por eso o por un panteísmo como en Spinoza, la naturaleza desplazaba a Dios, lo cual cambiaba radicalmente  el enfoque: Dios está sin duda por encima del hombre, pero la naturaleza no, pues el hombre puede conocerla y dominarla, convirtiéndose de ese modo en re-creador del universo. Los atributos divinos pasan así, casi inadvertidamente, de Dios  al Hombre dotado del arma todopoderosa de la razón, que pone a su servicio a la ciega naturaleza. En la larga tensión entre razón y religión, la primera triunfaba por completo, culminando en el deísmo o en el ateísmo. Quienes así pensaban solo podían conceder utilidad al cristianismo como medio para mantener sumiso al populacho: la fe popular, creía Voltaire, evitaba que la canaille diera rienda suelta a sus instintos y convirtiera la sociedad en una vorágine de crímenes.Concepción ya vista en Polibio.

    Aquel optimismo no convencía al pensador escocés David Hume. Descontento con el deísmo, intentó demostrar la imposibilidad de la existencia de Dios: postuló que la religión nace del miedo y la ignorancia ante los hechos naturales. Como la ética aparece tradicionalmente como el principal efecto de la fe en Dios, como un dictado o ley natural de origen divino, propuso una nueva  moral basada en la utilidad pública, el placer y la felicidad. El comercio, como ya era tradición en muchos pensadores, fundaba la riqueza, peana de la mayor felicidad social, y por tanto el grado más alto de moralidad. Sin embargo él mismo segó la raíz de sus tesis, que no partían del conocimiento empírico ni de la razón, sino de la “ciencia del hombre”, del modo como nuestra mente  maneja la experiencia: la razón no permite entender el mundo, pues uno de sus pilares, la causalidad,  sólo es un supuesto mental formado a partir de sucesiones de hechos y repeticiones, de las que la mente infiere arbitrariamente normas generales. Por ello también la inducción, pilar del empirismo y de la ciencia, caía bajo sospecha. Y de paso disuelve el “yo pensante” de Descartes: la idea del yo se forma con impresiones cambiantes y discontinuas, nada firmes

   Según Hume, la razón solo permite relacionar medios y fines, pero no distinguir el bien y el mal de ellos, por lo que tampoco puede fundar la moral  Asimismo, no cabe deducir  “lo que debe ser”, la ética, de “lo que es”, los hechos reales. La ciencia y la ética, imposibles de encontrar fundamento racional, solo podían nacer de un “instinto inexplicable”, puesto por la naturaleza en nosotros. Las capacidades de la razón se difuminaban, oscureciendo el programa ilustrado se hallar mediante ella verdades seguras. Claro que la crítica de Hume es aplicable a sus propias conclusiones  y propuestas, como  la utilidad pública, el placer o la felicidad, dejándolas en una nebulosa. Conclusiones que, por lo demás, solo podían venir del uso de la razón y la inducción. Pese a someter la razón a tal castigo, suele valorarse la obra de Hume como un hito de la Ilustración.

     Kant, considerado la cumbre de la filosofía del siglo XVIII y uno de los máximos pensadores de la historia, trató de establecer un orden general del pensamiento y su relación con la realidad, problema que venía de Descartes o, más lejos, de la polémica escolástica entre nominalismo y realismo. Contra Hume, Kant reivindicó la razón y la experiencia y al mismo tiempo marcó sus límites,  para solventar problemas filosóficos arrastrados desde Grecia. La experiencia se nos presenta como un caos de datos (los fenómenos), que solo se transforman en conocimientos por la acción ordenadora de la razón o entendimiento sobre ellos, encuadrándolos en el tiempo y el espacio (condiciones a priori, es decir, ajenas a la experiencia), y en las categorías  o conceptos primordiales de calidad, cantidad, relación, etc. Condiciones a priori y categorías pertenecen al sujeto, no al mundo exterior, y son universales y necesarias, no arbitrarias.

     A esta solución la llamó “idealismo transcendental”: idealismo porque no parte de la materia empírica, sino del sujeto; y transcendental, por su carácter general y necesario que transciende a la subjetividad. Los fenómenos son así “las cosas para nosotros”,  y por tanto un mundo de apariencias no falsas, pero que presuponen  algo detrás de ellas, las “cosas en sí” o númenos, inaccesibles a nuestra capacidad intelectiva. Al igual que Hume, descarta las pruebas de la existencia de Dios o del alma expuestas ya desde Grecia y por la escolástica, pues Dios y alma no son fenómenos sino númenos fuera del alcance de nuestra razón. Aun así, encuentra posible una “fe racional”: la ley moral en el interior de los hombres –que sí es fenoménica—no podría justificarse sin recurrir como postulados a Dios y la inmortalidad del alma, y así la contradicción interna de la expresión “fe racional” desaparece: es fe porque su objeto no puede conocerse, y es racional porque no parte de la revelación sino de una exigencia de la razón. De modo similar la ética, arbitraria en Hume, encuentra suelo en apariencia sólido: el deber o imperativo categórico por encima de la conveniencia, la utilidad o el placer.

   La solución kantiana tampoco parecía muy robusta. Las leyes físicas sugerían un mundo ordenado sin intervención de un Creador más allá de su principio, pero con la vida humana el asunto se complicaba. Por mucho que, por analogía con la física, se supusiera una ley moral profunda común a los hombres, las leyes humanas eran cambiantes y a menudo contradictorias, nunca habían logrado impedir mil conflictos y guerras y,  por justas que las creyeran unos, siempre parecerían injustas y dañinas a otros. Además, unas mismas leyes producían frutos distintos según el tiempo y lugares donde se aplicaran. Y descendiendo de lo social a lo particular, el destino de las personas estaba sujeto a mil azares e imprevistos, interpretables como una permanente intervención divina… o como prueba de la inexistencia de Dios, al menos de un Dios bondadoso, dadas las frecuentes desgracias de la vida (aunque ya decía Zeus en La Odisea: “los mortales culpan a los dioses por todos sus males, y son ellos los que se atraen infortunios con sus locuras”). Como fuere, afrontar males, injusticias y sucesos aciagos exige fe en una voluntad divina, o bien conduce a la desesperación. Otra salida típica, el nihilismo, promete al individuo modelarse libremente como mejor le plazca, pero es una libertad en el absurdo. Al llegar a tales alturas especulativas, la razón no acaba de encontrar un camino.

     Otra causa por la que los principios éticos no podían fundarse en la razón, radicaba en la libertad, sin la cual no puede concebirse la responsabilidad ni, por tanto, la moral. Pero la libertad quedaría abolida si la razón fuera capaz de alcanzar  conclusiones únicas de valor general, que impondrían por su propio peso una conducta también única y general, al modo de una ley física. El hombre se volvería esclavo de la razón, y la libertad solo sería posible como una ilusión causada por la ignorancia o una rebeldía caprichosa e irracional, digna de severa represión. Esta es, en realidad, la consecuencia de doctrinas como la masónica y en general las ilustradas, y fundaría las ideologías nacidas de la Ilustración.

     Los ideales  éticos ilustrados entroncaban con  los del cristianismo, proclamando la bondad y virtudes parecidas; pero los reelaboraban con una diferencia radical: el cristianismo enfoca la bondad como un esfuerzo consciente contra las inclinaciones malvadas connaturales al hombre, mientras que los ilustrados venían a imaginar  un hombre bueno por naturaleza, aunque pervertido por la sociedad –un razonamiento en círculo—o por la propia religión, que lo mantenía en la ignorancia.  Suprimiendo esa ignorancia y  transformando la sociedad de raíz, el hombre realizaría plenamente su bondad intrínseca.

   El mal, en definitiva, consistía en la  ignorancia, y era subsanable por las prédicas de la razón, que de paso eliminaban la penosa noción de pecado y de culpa, propia de la moral cristiana.  En la Nueva Atlántida de Bacon un sistema social racional y tecnicista excluía la ignorancia, por tanto el mal; por lo cual tampoco existía el bien. De hecho, el Hombre prometeico carece de moral, o más propiamente convierte la técnica y el dinero en el criterio de la moral. Muchos dirían que el conocimiento, la técnica o el dinero pueden emplearse de forma malvada, pero esa idea  podía descartarse como una muestra más de ignorancia derivada de la fe tradicional. Ahora la bondad o maldad de las acciones quedaría definida por su rendimiento técnico y económico, por encima de supersticiones metafísicas e incuantificables.

   Desde luego, la ignorancia es un mal, pero reducir a ella la consistencia de este implica atribuirse un conocimiento imposible: ninguna persona o grupo podría ni remotamente dominar el enorme ámbito del conocimiento humano, técnico o no;  ni prever adónde llegará el conocimiento, o  qué teorías tomadas por verdaderas en un momento dado quedarán luego descartadas  por falsas o insuficientes. Etc.

    Los problemas solo podían resolverse de un modo: divinizando al Hombre o a la Humanidad, en nombre de la cual  hablaban y obraban los ilustrados. El Hombre era declarado todopoderoso, aunque fuera en proceso, y rodeado de divinidades auxiliares como la Razón, la Libertad, la Igualdad, el Progreso, el Pueblo, la Nación o la Ciencia.  Abstracciones divinizadas, porque exigían una fe… no autorizada por la razón, por la ciencia o por la experiencia histórica; sin contar la dificultad de analizar racionalmente la  libertad,  la igualdad, etc. Desde entonces, la inmensa mayoría ha tomado tales abstracciones como “verdades de fe”, interpretadas de modos diversos y aun opuestos por diversas corrientes ideológicas. 

   Todo el discurso se contradecía desde el principio: los fundamentos de las nuevas doctrinas se asentaban en mitos; la masonería, que obraba en nombre de la Humanidad y la filantropía, la razón o la democracia, era una sociedad iniciática y secreta incompatible en su constitución con sus fines, y su apelación a las luces de la razón chocaba con sus barrocos rituales e iniciaciones, sus juramentos o sus relatos explicativos seudohistóricos; los independentistas useños se declaraban “el pueblo” (We, the people), siendo en realidad una oligarquía; declaraban “verdades evidentes”  hechos tan dudosos como que todos los hombres nacen libres e iguales, tras lo cual reservaban el derecho al voto a solo una parte de los blancos, los propietarios; en general, la nación y el pueblo se convertían en fuente de legitimidad  para cualquier partido que se atribuyera sus intereses y representación en un plano inevitablemente metafísico… En suma, las nuevas doctrinas podían muy bien sufrir la crítica racional que ellas utilizaban contra el cristianismo. Crítica aún  más demoledora,  puesto que la religión reservaba un ámbito, el de la fe, solo parcialmente accesible a la razón, mientras que la Razón ilustrada rechazaba la posibilidad de tal ámbito.

   La razón, por tanto, podía devastar más completamente a la Razón y demás dioses, que a la divinidad  cristiana. Parece que la fe es un producto natural de la condición humana, incierta, futuriza y angustiosa; pero los nuevos dioses resultaban mucho más vulnerables a la acción del análisis racional.

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La razón ilustrada reorganiza el mundo.

 Observen: ningún jefe de partido ha dicho esta boca es mía en relación con la bandera española en Gibraltar. Bien por Vox.

Los cuatro partidos están corrompidos hasta la médula. Por acción o por omisión. Gibraltar.

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Aparte de la Revolución industrial, los disturbios e inestabilidad del XVIII marcharon a la par con una prosperidad creciente y una extrema curiosidad intelectual. Nunca  habían circulado tantos libros ni existido tantas sociedades informales como cafés, clubs en Inglaterra o salones en Francia (regentados por damas de la aristocracia), sedes de tertulias y debates sobre mil temas. Las publicaciones periódicas, incluso diarias, aparecieron en Inglaterra y fueron imitadas fuera,  para consumo de unas élites ávidas de conocimientos, forjando una “opinión pública”, excluyente del “populacho”, la canaille. Estas élites se sentían agentes de la razón o, más ampliamente,  del “hombre”, y mostraban disgusto con el estado, la sociedad  y la religión, y con su propio escaso poder. Promovían concursos de literatura, ciencia y ensayo sobre asuntos políticos y sociales. Brotaron “repúblicas de las letras” que discutían y difundían valores racionalistas e igualitaristas. Si el impulso racionalizador había dado alas a la monarquía absoluta y al despotismo ilustrado, también originó una corriente contraria, de ataque al absolutismo y a las ideas tradicionales, en particular las religiosas. Estas eran tachadas de supersticiones y tinieblas que  los ilustrados venían a disipar con las luces de la razón, facultad humana capaz de  explicar el mundo y la sociedad y hacer progresar a la  humanidad. Progreso fue un concepto clave.

     El movimiento, con sus mayores focos creativos en Gran Bretaña, Alemania y Francia,  abarcó desde Portugal a Rusia y desde Italia a Escandinavia,  como otrora –excepto Rusia– los monasterios, el románico, el gótico, el humanismo o el barroco. Francia marcó la pauta en el continente –no tanto en Inglaterra, que a su vez le influyó— con sus modas  e instituciones culturales, hablándose el francés como lengua de las clases altas en Prusia, Rusia y otros países.  La empresa más característica de la Ilustración francesa fue el magno proyecto de la Enciclopédie, que debía concentrar todos los conocimientos de la época y ponerlos al alcance  de la gente común (un lejano precedente se encuentra en las Etimologías de San Isidoro). La Enciclopedia, de fuerte sesgo ideológico, prestigió internacionalmente a sus autores, tomados como maestros poco discutibles en sus materias. No obstante, según avanzaba el siglo aparecerían reacciones antifrancesas en Alemania, estimulantes de una literatura nacional que  produjo a Goethe, el mayor genio literario germano. También en música, el arte más directamente ligado al sentimiento, en la que destacaban habitualmente los italianos, se va forjando la supremacía alemana con las cumbres de Bach y Mozart, y a finales de siglo ya despuntaba Beethoven.

    Propio de la Ilustación  fue un arte  neoclásico, originado en Italia, opuesto al barroco, cuyos retorcimientos y apasionamiento rechazaba. Como el Renacimiento, buscaba inspiración en la cultura grecolatina, con construcciones racionalistas, “lógicas”, excluyendo lo meramente ornamental. Proliferó el desnudo idealizado, muestra del interés y admiración del ser humano por sí mismo. Sus críticos posteriores encontrarán ese arte frío,  árido y poco emotivo, y ya desde la segunda mitad del siglo surgen corrientes  opuestas, que darían lugar al romanticismo. Así el movimiento alemán Sturm und Drang (tempestad e impulso, o pasión); o la literatura sentimental en Inglaterra, con la virtud recompensada después de duras pruebas.

    Sin duda la Ilustración sería inexplicable sin los movimientos anteriores y su acopio de conocimientos e invenciones, pero había en ella  algo realmente nuevo: disminuyó, sin desaparecer, el papel cultural del clero y del cristianismo; la religión tradicional fue criticada o denostada, y las ideas circulaban con más fluidez que nunca. Frente a la nobleza tradicional o “de espada” rivalizaba la “nobleza de toga”, altos funcionarios  nobles no por origen sino por capacidad administrativa o por compra de cargos. Y aumentaron las profesiones liberales, en particular abogados y médicos. En sustitución del clero que orientaba  moral e intelectualmente al pueblo, surgieron los intelectuales, Voltaire el más famoso de ellos.  

     Cuatro pensadores, uno inglés, Locke, perteneciente al siglo anterior, otro escocés pero de cultura inglesa, Adam Smith, y los franceses Montesquieu y Rousseau,  fueron los representantes más prestigiosos de una ideología  llamada más tarde liberal y en el caso de Rousseau democrática,  que iba tomando forma. Los cuatro elaboraron teorías racionalistas de la sociedad  partiendo — excepto Montesquieu– del supuesto elaborado por Hobbes sobre un primitivo  “estado de naturaleza” que motivaría un “contrato social” fundador de la sociedad. Sin embargo, de los mismos mimbres salieron cestos distintos. Como se recordará, para Hobbes el hombre en estado de naturaleza, gobernado por sus deseos e instintos, “es lobo para el hombre”, en perpetua querella con sus semejantes. Por ello el contrato social crea un estado totalitario (Leviatán) con todo el poder concentrado en el soberano, única alternativa a la guerra  de todos contra todos. Locke, al contrario, cree pacífico, razonable y con derechos naturales al individuo en estado de naturaleza; el contrato social no crea, por tanto, un poder omnímodo,  sino la la sociedad civil, en que el estado  asume la función de garantizar los derechos de los individuos a la vida, la propiedad, la libertad y la búsqueda de la felicidad; derechos anteriores a la sociedad y que expresan una ley natural instituida por Dios. Rousseau, más aún que Locke, considera a los hombres buenos por  naturaleza, pero corrompidos por la sociedad. La sociedad civil, basada en la propiedad privada  y la desigualdad, no los eleva, como afirmaba Locke, sino que los pervierte, aunque haga brotar ideas de justicia y  ética, incumplibles en tales circunstancias.

     De acuerdo con sus concepciones, Locke sostuvo que la soberanía reside en el pueblo y se expresa en el Parlamento, debiendo separarse los poderes legislativo y ejecutivo. El estado debe aplicar la ley con espíritu tolerante, atendiendo a la diversidad de intereses y opiniones. La tolerancia es uno de sus puntos doctrinales de mayor efecto posterior: testigo y sufridor de persecuciones entre grupos protestantes en Inglaterra, concluyó que para evitar tales perturbaciones debía cultivarse la tolerancia, excepto con los católicos, que debían sufrir prohibición y trato rudo como enemigos del estado. La condición para ejercer la tolerancia consistiría en la relegación de las doctrinas religiosas a la conciencia privada, lo cual implica una revolución del mayor alcance: hasta entonces la religión no solo había sido siempre un asunto público, sino el núcleo irradiador de las culturas,  justificador del poder y de la política, y seña de identidad clave de las personas y sociedades. Ahora la religión se reducía a opiniones particulares que no debían tener proyección en el gobierno y la menos posible en la vida social. Lo que planteaba otro tipo de problemas.

   Hay similitudes entre Locke y  autores de la Escuela de Salamanca. Locke concreta un sistema funcional de reparto del poder  para conciliar la soberanía popular (restringida a los propietarios) con la disparidad de intereses sociales, y frenar la inclinación absolutista. El sistema funcionaría casi mecánicamente, por un equilibrio de intereses entre partidos. Los pensadores hispanos no creían en un sistema que por sí solo evitase las inclinaciones tiránicas, las cuales debían combatirse con principios morales, leyes ad hoc y vigilancia; en último extremo mediante el tiranicidio,  método poco práctico. Pero el sistema de Locke no explica la evolución anterior, resuelta en el  mito del “estado de naturaleza” y el consiguiente contrato, constructos racionalistas pero ajenos a la experiencia histórica. Para los de Salamanca no hay estado de naturaleza ni contrato fundacional, el hombre  es naturalmente sociable y las distintas formas de organización política son válidas mientras no vulneren la ley natural y se conviertan en tiranía.     

   Según Rousseau, el hombre dejó la feliz situación de naturaleza cuando alguien declaró suya una porción de terreno y los simples lo aceptaron, en lugar de oponerle que los frutos de la tierra pertenecen a todos y la tierra misma a nadie. Aquella mítica  declaración de propiedad habría inaugurado el proceso de crímenes, guerras, horrores y desgracias propios de la civilización, cuyo contrato social está hecho  a conveniencia de los propietarios. De ahí la urgencia de un nuevo contrato basado en “la voluntad general”, interesada en el bien común y a la que debían someterse los individuos para mantener su igualdad y libertad. La democracia derivada no sería representativa, sino asamblearia, directa, pensada para ciudades-estado e imposible en naciones grandes.

    Rousseau no explica cómo individuos buenos crean sociedades malas, o cómo ha prosperado de tal modo la propiedad y la injusticia siendo el hombre bueno y libre por naturaleza… a menos que se le considere también algo necio, fallo que tal vez pensaba corregir el pensador. La idea de la voluntad general es lo bastante volátil para que se la atribuyeran luego partidos e ideologías enfrentados, derivando a estados totalitarios como el de Hobbes, pese a partir de opuestas concepciones sobre el hombre. La enorme influencia de Rousseau proviene tal vez de la insatisfacción constituyente del ser humano, que hallaría una vía de escape en la localización de un culpable (la “sociedad injusta”, más tarde la “burguesía”, etc.) yen la esperanza de un cambio radicalmente satisfactorio que, por asentarse en la “razón”, sería también seguro y beneficioso.

   Montesquieu, católico, no trató la naturaleza de la libertad política sino que, dándola por supuesta, estudió normas que debían salvaguardarla. Tampoco especuló sobre los orígenes de la sociedad, sino que partió de un estudio empírico y comparativo, no siempre objetivo, sobre las sociedades conocidas. Distinguió tres formas de poder, legislativo, ejecutivo y  judicial, y definió la división entre ellas como garantía de la libertad. Esa división subvertía la tradicional entre los tres estamentos, clero, nobleza y gente común, representados en los Estados Generales y que formaban tres cuerpos nacionales separados: ahora debían formar un solo cuerpo con tres poderes comunes. También sustituyó  la división aristotélica de monarquía-aristocracia-democracia por la de monarquía-república-despotismo. La primera apelaría al honor, la segunda –que puede ser democrática o aristocrática—a la virtud, y la tercera al miedo. Monarquía y república son sistemas de libertad, no así  el despotismo, caracterizado por la concentración de poderes.

   Debe decirse que los derechos señalados por unos y otros existían de siempre, pues los reyes y los oligarcas, por su propio interés, debían respetar la vida, la propiedad, la libertad y procurar la felicidad de sus súbditos, salvo causas de interés mayor del estado; y así lo expresaban a menudo. La novedad consistía, en primer lugar, en que aquellos derechos se exponían claramente como tales, por lo que el respeto a ellos ya no dependería de la benevolencia supuesta  a los monarcas; y en que por ese mismo hecho la legitimidad de los reyes y las oligarquías tradicionales quedaba en entredicho.

  

   Foco de máxima atención para muchos ilustrados fue la economía, sobre la que se tendía a fundamentar la política y la sociedad en general. Ese interés había originado escuelas como el mercantilismo o  la fisiocracia. El mercantilismo, prevalente en Europa, atribuía la riqueza de un país a la eficiencia del estado, que intervenía directamente racionalizando actividades,  construyendo infraestructuras, protegiendo a grandes compañías, estableciendo algunos monopolios estatales y leyes excluyentes de la competencia de otros países. La fisiocracia negaba importancia al papel del estado, preconizaba el “dejar hacer”, y atribuía la verdadera riqueza a la agricultura, menospreciando las manufacturas y el comercio. Una teorización más elaborada  fue la de Adam Smith  en su estudio La riqueza de las naciones, considerado el fundamento económico del liberalismo. Smith atribuyó la riqueza al deseo de ganancia de los particulares mediatizado por la competencia entre ellos, la división del trabajo, que asegurarían la máxima productividad y el comercio en régimen de libre mercado. No sería cierto que en el comercio unos ganen lo que otros pierden, como sostenían otras escuelas, sino que todos se beneficiarían al obtener lo que desean.

   Según Smith, el mercado no cae en la anarquía que cabría esperar de la concurrencia de millones de transacciones e intereses diversos sino, que, por el contrario, se autorregula. Y si algo lo perturba y vuelve ineficiente es la intervención del estado con restricciones, proteccionismos, etc. El comercio debía ser libre, sin monopolios, y el estado debía limitar su acción a emplear su monopolio de la violencia para obligar al cumplimiento de los contratos y la libre competencia. Cada concurrente al mercado opera por su propio interés, no por virtudes morales, y  sin embargo una “mano invisible” haría del resultado un bien moral, pues beneficiaría  a la generalidad o al mayor número, ofreciendo mercancías cada vez más baratas y abundantes, y aumentando la riqueza general. De este modo se  alcanzaría el máximo bienestar  y felicidad  de las personas. El mismo principio se aplicaba a las normas morales, limitadas  al interés particular  matizado por una natural simpatía hacia el prójimo; pero que, con su aparente estrechez, producía efectos provechosos para todos o la mayoría.

   Adam Smith criticaba el mercantilismo por servir, en su opinión, solo al interés de los reyes y provocar guerras. El resultado del mercantilismo no podía ser otro que la privación de libertades a los súbditos, el déficit fiscal, la quiebra del crédito público, la inflación y, con ella, la pobreza de los pueblos. La crítica  no deja de sorprender, teniendo en cuenta el aumento de la prosperidad en Europa bajo aquel régimen. La floreciente economía francesa por ejemplo, mostraba que el interés del monarca y el del país no se oponían necesariamente, como Smith aseveraba.

   El autor escocés  mostró alguna inconsecuencia cuando –ocasionalmente–, trató de medir el valor objetivo de las mercancías por el trabajo, en lugar del valor subjetivo defendido por los escolásticos españoles y algunos italianos  antes, y más acorde con la teoría del mercado: el valor de un producto no vendría determinado por el trabajo que haya costado  producirlo, sino por la utilidad o el placer subjetivo que hallan en él los compradores. La idea del valor trabajo fundamentaría otras escuelas económicas.   

  

  El modelo del intelectual ilustrado  por excelencia fue Voltaire, admirador de  Inglaterra y discípulo  de Locke,  poco original pero extraordinario divulgador con inmensa influencia en la cortes europeas. Defendió la tolerancia, salvo para la Iglesia, a la que recomendaba aplastar (Écrasez l´infâme!) y nunca pronunció la frase “Detesto lo que dice, pero daría la vida por su derecho a decirlo”. Sus punzantes sátiras contra clérigos, nobles, militares y reyes le ganaron algún encierro en la Bastilla y destierro a Inglaterra, pero en conjunto recibió mayor tolerancia de la que preconizaba, pudo moverse  con bastante tranquilidad y amasó una de las grandes fortunas de su tiempo.

   Tenía a la religión por negocio de “imbéciles y bribones”. A los judíos, “horda de ladrones y usureros”, solo les faltaba el canibalismo para ser “el pueblo más abominable de la Tierra”. Pero la religión cristiana “es, sin discusión, la más ridícula, absurda y sanguinaria  que haya infectado el mundo”. Jesús  había sido “un jefe de partido, un mendigo ansioso de formar una secta”. Las cruzadas nacieron del afán de lucro, y la Iglesia solo había fomentado el oscurantismo, la crueldad y la miseria. Tachaba de fanatismo las protestas y enojos que provocaban sus invectivas.

   Aunque escribió un ensayo contra Mahoma, más bien como disfraz de su ataque a la Iglesia, contrastó “la ineficacia de la revelación judeocristiana” con “el dinamismo islámico”, al que elogió como doctrina “sabia, severa, casta, humana, tolerante, indulgente”; calificó a Mahoma de poeta y lo equiparó a Alejandro Magno. En su obra más conocida, Candide, los protagonistas concluyen sus desgracias tomando ejemplo de un sabio campesino turco que les invita a “cultivar su jardín” y mantener un trabajo que les libre de “tres grandes males: el tedio, el vicio y  la necesidad”. También cultivó el mito del “buen salvaje” para poner en solfa por irracionales  las costumbres e ideas que le disgustaban en Francia y Europa. 

   Tema importante de la Ilustración fue la paz perpetua. De siempre la guerra fue mirada con una mezcla de horror y fascinación, como “la madre de todas las cosas”, como una ley de la naturaleza, o como máximas expresión del mal. Los ilustrados, como Voltaire o Smith, solían achacar las  guerras a los intereses de los reyes o los nobles y a la superstición religiosa, por lo que, suprimidos estos, la paz vendría por sí sola. Cumplía suprimir la influencia de la Iglesia y sustituir la soberanía regia por la soberanía de la nación, del pueblo,  pues este no tenía interés en peleas, sino en una convivencia pacífica basada en el  dulce comercio. No obstante, Holanda e Inglaterra, principales potencias comerciales y donde menos soberanía ejercían los monarcas, eran cualquier cosa menos pacíficas y la piratería solía ir asociada al comercio, que también incluía el tráfico de esclavos. Aparte de que regímenes despóticos impulsaban también el comercio. Sin duda  el comercio satisfacía muchos deseos humanos, pero esos deseos no eran necesariamente bondadosos y pacíficos.

   No todos los ilustrados  atacaban con radicalidad al sistema monárquico, y a pesar de todo aquel pensamiento y agitación, el despotismo ilustrado de los reyes absolutos predominó en Europa hasta el último cuarto del siglo. Pero después, la crítica acumulada tendría los efectos políticos revolucionarios implícitos en la crítica y el pensamiento anteriores. Y no solo políticos, sino también sociales y culturales: el siglo XVIII marcó una ruptura profunda con el espíritu que había caracterizado a la civilización europea hasta la fecha.

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