Falacias de Vidal-Quadras

 

La próxima semana creo que saldrá al público mi estudio La guerra civil y los problemas de la democracia en España

** Este domingo, en Cita con la Historia comenzaremos una serie de tres sesiones dedicadas a la guerra hispano-useña de 1898. La transcendencia de aquel conflicto fue enorme para España, fue su entrada en el siglo XX y sus efectos, aunque suprimidos en gran parte durante el franquismo, vuelven a alcanzarnos hoy. www.citaconlahistoria.es

Sesión anterior: El Vaticano II y su repercusión en España. Mala para el franquismo, mala para la democracia, mala para la propia Iglesia: https://www.youtube.com/watch?v=348J1SdBtzY

Blog I: Joseph Perez y los prodigios de Al Ándalus: http://gaceta.es/pio-moa/joseph-perez-los-prodigios-andalus-07052016-1125

***********************

Uno de los mayores errores de Aznar fue la exclusión de Vidal-Quadras de Cataluña, doblegándose a la presión de los separatistas “moderados” (por moderados hay que entender arteros y más a largo plazo que los “radicales”). Tengo, a don Alejo,  junto con Mayor Oreja y algunos más, por lo poco salvable del PP rajoyano, y generalmente estoy de acuerdo con sus planteamientos. Pero de pronto se nos descuelga con una extraña milonga sobre las ventajas de la UE. Arguye que la renta española se ha duplicado desde la entrada en la CEE y que los europeos o los españoles hemos dejado de matarnos unos a otros gracias a ella. Por tanto, es un “buen negocio”.  Veamos:

a)      A la amenaza de los separatismos, Vidal-Quadras opone la disolución de España en la UE. La independencia y soberanía, viene a decir “no es un buen negocio”. Esto no solo significa acabar con España como nación independiente, sino también favorecer los separatismos, que se vuelven más “europeístas” que nadie ya que, como todos estaríamos subsumidos en “Europa”, podríamos estarlo perfectamente como subnaciones separadas. He aquí una manera indirecta de fomentar el separatismo.

b)      La falacia del éxito económico suena demasiado a la propuesta de vender la primogenitura por un plato de lentejas, y ya sabemos desde la Biblia cómo terminan esos cambalaches. Además es eso, una falacia. Sin estar en la CEE, España prosperó durante trece años a un ritmo más rápido que la CEE en su conjunto o que cualquier país perteneciente a ella. Lo cual demuestra que no necesitábamos entrar para prosperar por nuestra cuenta ni que ello supusiera ningún tipo de aislamiento. Suiza o Noruega no se han dejado llevar por esos señuelos y tienen mayor riqueza per cápita que la UE; e Inglaterra, mucho más sabia políticamente que nosotros, tiene buen cuidado de mantener sus distancias con el invento. Pero hay más: el crecimiento español fue entonces mucho más sano, equilibrado, con muchas menos crisis y casi sin paro. Casualmente, la entrada en la UE se ha saldado con un paro masivo que incluso en tiempos de Aznar rondaba los dos millones, con altibajos y crisis mucho más frecuentes y  con una dependencia económica (además de política) mucho más acentuada. Tengo aquí la desagradable impresión de que Vidal-Quadras está tratando de embaucarnos con un cuento para niños. No sabemos cuánto habría prosperado España fuera de la UE, cierto, pero es por lo menos  muy posible que lo hiciera más rápidamente que dentro y, repito, con mucha menos dependencia.

c)      Que los europeos dejaran de matarse no se debe en absoluto a la UE, y además no tiene nada que ver con nosotros, que nos mantuvimos neutrales en sus contiendas (como Suiza o Suecia). Ese dejar de matarse se debe a Usa, es decir, al paraguas atómico useño frente a la URSS. Y cuando terminó la guerra fría, las potencias de la UE se las arreglaron para fomentar el conflicto de Yugoslavia que luego fueron incapaces de arreglar… hasta que intervino Usa nuevamente. Eso sin contar las muy crueles guerras coloniales mantenidas durante muchos años por Holanda, Francia o Inglaterra, la influencia en matanzas como las de Ruanda o, ahora, en la absurda “primavera árabe”, ayudando a derrocar a los regímenes prooccidentales. Dictaduras, cierto, pero no peores sino mejores que la alternativa.

   En conclusión, el señor Vidal-Quadras debería encontrar argumentos mejores para defender a la UE. Por mi parte, y mirando desde España, no reduzco la soberanía al negocio ni veo que debamos nada especial a la UE, y sí, en gran medida, la crisis que ahora sufrimos. Lo demás son palabras biensonantes pero vacías.

Creado en presente y pasado | 105 Comentarios

Los peligros de la razón.

Blog I. Por qué nuestros políticos son delincuentes (y II): http://gaceta.es/pio-moa/politicos-son-delincuentes-ii-04052016-2210

**Con Luis del Pino: la hispanofobia como clave política (7 minutos): http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-04-30/involucion-permanente-hispanofobia-100287.html

** “Cita con la historia: El concilio Vaticano II y sus consecuencias en España: malas para el franquismo, malas para la democracia, malas para la propia Iglesia: https://www.youtube.com/watch?v=348J1SdBtzY

    ***********************

Herencia de los siglos románicos y góticos es  el paisaje humano característico de Europa, con sus pueblos grandes y pequeños articulados en torno a una iglesia o catedral, con su plaza. Los centros urbanos más bellos y sugestivos del continente,  en la medida en que se conservan, y que todavía hoy atraen a multitudes de visitantes, estimulando  mil  negocios y la riqueza de unas poblaciones actuales,  para gran parte de las cuales aquellas obras del pasado han perdido toda significación. Salvo, precisamente, la económica.  

    No por ello debe creerse en una religiosidad robusta y universal. El indudable espíritu cristiano  predominante no excluía otros fenómenos.  En España,  por ejemplo,  persistían supersticiones mágicas, la blasfemia estaba extendida en todas las capas sociales,  y ocasionalmente se, como recuerda Sánchez Albornoz, se producían ráfagas de ataques furiosos al clero  por parte de las turbas o de los nobles, asesinatos de personas supuestamente sagradas y  hasta que de templos. Algo que no ocurría solo en España, desde luego.El contraste de la predicación cristiana de humildad y pobreza con la ostentosa opulencia de buena parte de la jerarquía eclesiástica, provocaba el despego religioso,  la sátira y violencias  anticlericales

  Por otra parte el peligro de la razón era claramente intuido: la razón ejerce una labor purificadora destruyendo con la lógica numerosas supersticiones y montajes puramente imaginarios o verbales, pero también puede cuestionar la fe o relativizarla con interpretaciones varias o contrarias, pues todo el mundo puede utilizar la facultad racional. Por ello la tensión entre razón y fe se agudizó en aquel siglo. Los pensadores dominicos más destacados, el alemán Alberto Magno y sobre todo su discípulo italiano Tomás de Aquino, hicieron un esfuerzo gigantesco por conciliar la fe con la razón y la ciencia, integrando a Aristóteles en el pensamiento cristiano, lo que ofrecía dificultades, porque algunas proposiciones del pensador griego eran inconciliables con los dogmas eclesiales.

   Alberto poseía un saber amplísimo, bien fundado para su tiempo, en astronomía, física, química, zoología y otas ciencias, englobadas por entonces como ramas de la filosofía (filosofía de la naturaleza). En su Suma Teológica establece la supeditación de la filosofía a la teología, ciencia máxima, distinguiendo entre verdades conocibles y misterios accesibles por revelación. Fuera de la teología rechazó el argumento de autoridad, propugnó la investigación directa de los fenómenos, y estimó el libre albedrío y la responsabilidad personal como fundamento de la ética.

   Tomás elevó las aportaciones de su maestro en otra Suma Teológica, magno sistema filosófico sobre la naturaleza de Dios, la ética, la ley, Cristo y los sacramentos, y el fin del mundo. El máximo grado de la verdad  solo es accesible mediante la fe en la revelación (las Escrituras), pero la razón es también un medio potente para acercarse a ella probando la existencia de Dios. Al respecto ideó las célebres cinco vías (el movimiento de las cosas necesita un primer motor no movido; la cadena de causas exige una primera causa no causada; la contingencia o innecesariedad de lo existente requiere una causa necesaria; la perfección parcial de los seres del mundo exige un modelo total y absoluto de perfección; los cuerpos naturales obran inconscientemente con un fin, lo cual exige un ser superior que se lo imponga). La creación no se realiza en el tiempo, sino que este empieza con la creación, siendo solo propia de Dios la eternidad, sin principio ni fin. La esencia pertenece a todas las cosas que puedan imaginarse, pero la existencia solo a las realmente existentes.

   En ética atribuyó la finalidad de la vida terrena a la obtención del máximo de felicidad, no mediante el simple placer, sino por un  ánimo pacífico, la caridad y la santidad; pero la felicidad plena, la visión beatífica de Dios, solo llega tras la muerte. El hombre debe gobernarse por  la ley natural impresa en él, válida universalmente, cimiento de las leyes concretas y piedra de toque para juzgar estas contra las leyes tiránicas.  La ley natural refleja la ley eterna de Dios que rige el universo e incluye principios como la búsqueda del bien o el derecho a vivir y a procrear. Su teoría de la ley natural ha influido en casi todos los textos legales europeos. Una derivación de ella, si bien con con diferencias significativas, ha sido la concepción de los derechos humanos. El formidable sistema de Tomás de Aquino (tomismo) fue en adelante la principal orientación de la filosofía y la teología católicas.

   Tanto Tomás de Aquino como Alberto Magno enseñaron sobre todo desde la universidad de París, mientras los franciscanos, rivales de los dominicos, teorizaron desde la Escuela de Oxford, fundada por el inglés Robert Grosseteste, el cual distinguió las matemáticas como ciencia principal y clave de las demás y creía el mundo explicable por medio de la  geometría (un enfoque platónico). Expresó una clara percepción del método aristotélico: inducción desde hechos particulares para llegar a conclusiones y principios generales, y desde estos hacer predicciones particulares que confirmasen la validez de tales principios. Esa  doble vía debía basarse en la experimentación. Dio así un gran paso hacia la sistematización del método científico. De la misma escuela y orden religiosa, Roger Bacon fundamentó más a fondo, teórica y prácticamente, el método experimental y también considero las matemáticas como “la llave de todas las ciencias”. Polemista e interesado en la alquimia, pugnó por mejorar las traducciones tanto de Aristóteles como de la Biblia, para evitar discusiones vanas.

    La gran cuestión y objetivo consistía en alcanzar  la Verdad, así como verdades parciales indiscutibles, por encima de las opiniones. Para ello se aplicaron métodos deductivos, a partir de principios generales aceptados para explicar los hechos particulares, e inductivos, a partir de la observación y la experimentación de hechos particulares para alcanzar principios generales. En realidad ninguno de los dos caminos puede aplicarse de forma pura y exclusiva, ya que son complementarios, pero acaso entre los dominicos predominaba la deducción, y en los franciscanos la inducción, que darían lugar a formas especulativas distintas y caracterizarían respectivamente al racionalismo francés y al empirismo inglés.  

    El escocés Duns Scoto, también franciscano y formado en Oxford, separó en mayor medida la filosofía de la teología, consideró reales los universales, en la tradición agustiniana, y negó, de modo quizá contradictorio, la distinción entre esencia y existencia, recogida por Tomás de Aquino de Avicena. En pro de la existencia de Dios arguyó que la totalidad de las cosas causadas debe ser causada por algo ajeno a ella, pues sería un sinsentido adjudicar a la totalidad la causa de sí misma. Entró en contacto en París  con su tutor gallego Gonzalo Hispano (Gonzalo de Balboa), desconfiado del intelectualismo aristotélico, quien sostuvo una polémica con el alemán Eckhart  (Meister Eckhart) defendiendo la primacía de la voluntad sobre el intelecto, considerando que este conducía a negar la voluntad libre. De modo similar,  Duns defendió la superioridad de la voluntad, y con ella de la libertad, sobre el entendimiento, pues este  deja de ser libre al verse obligado por las propias verdades que descubre.  Así, la voluntad libre de Dios creó el mundo tal como es, pero podía haberlo creado del todo diferente. Similarmente, el intelecto, la razón, a pesar de sus logros, no puede estar por encima de la voluntad libre Estas ideas iban a tener largas consecuencias.

   La cuestión de la razón y la fe no es solo el gran tema de la escolástica, sino de toda la filosofía occidental, planteada desde diversas perspectivas: los atributos divinos, los universales, el fundamento del mundo y la posibilidad de conocer este, la materia y el espíritu, el verbo y la acción, la libertad y la necesidad… Y otras derivadas, como el origen y justificación de la moral, el derecho o el poder. Cuestiones aparentemente sin fin ni solución clara, a menudo sustituidas unas por otras  como centro de atención, sin llegar a conclusión definitiva, por lo que cabría pensar que el titánico esfuerzo filosófico ha sido baldío. Pero semejan a un horizonte nunca alcanzable, pero que permite descubrir paisajes nuevos marchando hacia él. Así esa tarea ha alumbrado o más bien  profundizado el pensamiento científico, o el político, etc.  Tales cuestiones derivan con mayor o menor agudeza de la esencial inquietud humana, pero quizá no se habrían desarrollado sin esa tensión entre poder político y religioso, típica de Europa Occidental, y la consecución de cierto desahogo frente a enemigos externos.

 

Creado en presente y pasado | 149 Comentarios

Franciscanos y dominicos

**El Concilio Vaticano II y sus consecuencias en España: malas para el franquismo, malas para la Iglesia y  malas para la democracia: https://www.youtube.com/watch?v=348J1SdBtzY

**Breve intervención: la delictiva hispanofobia de nuestros políticos. Con Luis del Pino:http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-04-30/involucion-permanente-hispanofobia-100287.html … …

 ************************

    Entre los muchos rasgos del siglo XIII  pueden señalarse el  final del peligro islámico a partir de Al Ándalus y el Magreb, el fracaso de las cruzadas a Tierra Santa, la  semirruina de Bizancio, la afirmación nacional  de Francia, los comienzos del parlamentarismo inglés, la detención de la evolución rusa por las invasiones mongolas, los conflictos  persistentes entre el Papado y el Imperio, la expansión de las comunas italianas y del comercio, sobre todo el marítimo, despegue cultural de las lenguas romances, y germánicas, sobre todo en literatura y legislación, aunque el latín permanecía como el idioma de la Iglesia, la ciencia y el pensamiento.

    Hacia finales del siglo anterior  comenzó a extenderse el arte gótico a partir de los edificios románicos, y en el XIII se impuso casi por completo. Nacido en el norte de Francia, se expandió, como el románico, por la parte occidental y central del continente, adoptando variantes nacionales. La reforma cisterciense, en reacción contra la riqueza a la que había llegado Cluny,  había propugnado un espíritu  evangélico de trabajo y sobriedad, opuesto al boato; pero conforme la sociedad se enriquecía, el vigor vital de la caballería y los gustos de los potentados fueron trayendo cambios en el propio cisterciense hacia la ostentación de riqueza y búsqueda de la belleza por la belleza, como había ocurrido con Cluny.  De ahí al nuevo arte,  gótico, derivado del  anterior  pero expresivo de un espíritu nuevo.  Incidían en la misma dirección el aumento demográfico y el crecimiento de las ciudades y fundación de muchas nuevas, aunque la población seguía siendo muy mayoritariamente agraria. La devoción popular se combinaba con el orgullo de la riqueza urbana en la construcción de grandes catedrales, en las que la luz  a través de rosetones y vidrieras, creaba una atmósfera de elevación y belleza en el vasto espacio interior bajos los elevados techos  de nervios artísticamente entrelazados a partir de altas columnas. A todo lo cual contribuían los pórticos y una estatuaria y pintura menos rígidas que las  románicas. Con sus altas torres, las catedrales destacaban a gran distancia sobre los tejados urbanos, como señales de fe, belleza y riqueza, orgullo de las habitantes de todas las capas sociales. El estilo se extendió con profusión asimismo a edificios civiles, palacios o lonjas, otro rasgo de los tiempos.

    Pero el contraste entre la predicación de humildad y pobreza, y  la ostentosa opulencia de buena parte de la jerarquía eclesiástica, provocaba  a menudo en la sociedad sátiras  anticlericales, despego religioso  y actos violentos. Y volvía a surgir la tensión interna del cristianismo entre una espiritualidad en que el desprendimiento de los bienes terrenos desempeñaba un papel crucial, y las exigencias de la vida práctica, en la que dichos bienes son indispensables y tienden a adquirir tanta mayor fascinación cuanto más difíciles de obtener  para la mayoría. De un modo oscuro, la riqueza de unos pocos supondría incluso una señal de  predilección divina hacia ellos. Posiblemente la Biblia lo expone en el episodio de la sustitución de la ley del espíritu por el culto al becerro de oro. La difícil conciliación entre ambas tendencias daba lugar, como vamos viendo, a reacciones drásticas. La contradicción implicaba otra, porque quienes  quisieran depender de la limosna por creer impuro el dinero, debían no obstante aceptar aquella impureza donada por otros. La contradicción  se superaba suponiendo que el dinero se purificaba al  ponerse al servicio del espíritu. Y el ciclo se repetía: si bien  los individuos del convento eran pobres, el convento  se enriquecía colectivamente con su trabajo y con los donativos de los fieles, hasta convertirse en una verdadera potencia con intereses particulares.

    La nueva reacción contra la ostentación eclesiástica y mundana en el gótico aparece con las órdenes mendicantes, las más destacadas y fructíferas de las cuales serían la  franciscana (por su fundador, el italiano Francisco de Asís), y la dominica (por Domingo de Guzmán).  La franciscana  fue fundada en 1208 y la dominica u Orden de Predicadores hacia 1215. Ambas órdenes se diferenciaban de los benedictinos en que procuraban internamente una igualdad más estricta, eliminando los rangos sociales de procedencia; en que  se instalaban en el interior de las poblaciones, no en las afueras o en lugares aislados; y en que ejercían una predicación más activa e itinerante. Estos cambios reflejaban también en alguna medida los cambios sociales y la mayor urbanización y asentamiento civilizado.     

   Las dos órdenes sustituyeron a los benedictinos como protagonistas mayores del pensamiento y la teología,  llevaron al apogeo  la escolástica y echaron las bases del pensamiento científico. Suele considerarse aristotélicos a los dominicos y platónico-agustinianos a los franciscanos, pero los dos combinaron ambas filosofía, si bien de distinto modo.   La tradición predominante, desde San Agustín, era la platónica, más fácilmente conciliable con el cristianismo, pero una mayor llegada de textos aristotélicos, y la influencia de Averroes, planteaban  cuestiones más arduas y otras orientaciones especulativas.

Rasgo esencial de la época fue también el aumento de las universidades. En los dos siglos anteriores se habían constituido  cuatro o cinco de ellas  en Italia, Francia e Inglaterra, y al final del XIII el número llegaba a catorce, habiendo aumentado en diez:  tres en Italia,  dos en Francia,  tres en España (Castilla)  y dos en Inglaterra. Por su actividad y debate intelectual destacaban las de París y Oxford.   

   Contrariamente a las sectas gnósticas, como la de los cátaros, que distinguían el mundo material como  el Mal, para la Iglesia el mundo debía ser bueno, ya que había sido hecho por Dios, aunque nuestra mente no logre percibir con claridad su sentido: problema antiquísimo expuesto en el Libro de Job, probablemente de origen anterior, sumerio; y aludido de otro modo en el Eclesiastés, un tratado sobre la pesadumbre y limitación de la vida. Pero la fe en la bondad del mundo impulsaba a tratar de comprenderlo y explicarlo en lo posible, con ayuda de la razón, otro don divino.  No obstante, la razón tendía a cuestionar y socavar la fe, y la tensión entre ambas, ausente en otras culturas, se agudizó en aquel siglo.

Creado en presente y pasado | 90 Comentarios

Tres batallas decisivas en 1212, 1213 y 1214

Blog I:Por qué nuestros políticos son delincuentes: http://gaceta.es/pio-moa/politicos-son-delincuentes-i-29042016-1228

**Cita con la Historia, próximo domingo: El Concilio Vaticano II y sus consecuencias en España. Consecuencias muy malas para el franquismo, para la Iglesia y para la democracia. En Cadena Ibérica, FM 99.3, a las 16.00. Reproducida el miércoles a las 22.00

Programa anterior: El diálogo cristiano marxista, cómo se impuso y sus efectos hasta que Juan Pablo II lo canceló: https://www.youtube.com/watch?v=HkR3hz2sk40

***********

 

Al revés que en el Oriente Próximo, en España las posiciones cristianas se mantuvieron  básicamente frente a la ofensiva almorávide. No obstante, durante el siglo XII  los almohades acabaron con el imperio almorávide y  entraron en la península. En 1195 ocasionaron a los castellanos una gran derrota en Alarcos, y la preocupación de apoderó de todos los reinos  españoles. Por otra parte, durante ese siglo se consolidaron cinco reinos: Castilla, separada de León, se convirtió en el principal motor de la Reconquista; también se separó Portugal, por impulso de líderes borgoñones y con protección del Papado, del que se declaró vasallo. Por el otro extremo Cataluña va a entrar como tal en la historia, en torno al condado de Barcelona, integrándose en la corona de Aragón y uniéndose a la Reconquista. El reino de Pamplona se transformó en Navarra aunque el nombre ya aparecía hacia 1076, cuando  Sancho Ramírez prestó vasallaje a Alfonso VI de Castilla como “conde de Navarra”. Todos estos reinos  se expandían hacia el sur, menos Navarra, que quedó encajonada entre Castilla y Aragón, después de haber desempeñado un gran papel  unificador sobre Castilla, León y zonas aragonesas.

    En el Sacro Imperio, pasó a gobernar la casa Hohenstaufen desde 1138. El emperador Federico Barbarroja  trató de robustecer su autoridad, reanudando la querella con el Papado en Italia. Las ciudades comerciales y supeditadas al Imperio sedendían al papa en el partido güelfo, y las zonas agrarias y regidas por el papa formaron el partido contrario o gibelino. Federico atacó las comunas italianas, arrasó Milán en 1158 y en 1167 tomó Roma, de donde huyó el papa Alejandro III disfrazado de peregrino. La imposición de papas  por el emperador y la negativa de Alejandro III a aceptarlo crearon un cisma. Por fin el emperador cedió en 1177 (paz de Venecia), y once años más tarde partió para una cruzada en Tierra Santa y murió ahogado en un río de Anatolia.

   La Inglaterra de ese siglo sufrió en su primera mitad anarquía nobiliaria y contiendas civiles hasta que, en 1154, subió al trono Enrique II, de la casa Plantagenet y duque de Normandía. Enrique se haría dueño, por matrimonio con Leonor de Aquitania, de casi la mitad occidental de Francia, hasta los Pirineos, por lo que intervino en la política hispana apoyando a Aragón y Barcelona contra Tolosa, o arbitrando una disputa territorial entre Navarra y Castilla. Atacó a Irlanda e impuso tributo a Gales; se hizo ungir por la Iglesia, pero trató de dominarla, para lo que mandó asesinar al arzobispo de Canterbury, Tomás Becket. En 1173 sus hijos se alzaron contra él con el apoyo de Francia, Escocia y la propia Leonor. Los venció en 1174 y encarceló largos años a su mujer y al monarca escocés. Pero las intrigas prosiguieron, y su hijo Ricardo Corazón de León le derrotó en 1189, forzándole a reconocerle como heredero.

    El nuevo rey, Ricardo I, aún más francés que su padre, partió para la III Cruzada con el francés Felipe II Augusto, pues ambos recelaban de que el otro aprovechara su ausencia para arrebatarle territorio. La enemistad  entre ambos aumentó al preferir Ricardo como esposa a Berenguela de Navarra sobre Adela de Francia, hermanastra de Felipe (el padre de Ricardo, Enrique, había convertido a Adela en concubina suya, pese estar comprometida con su hijo). Felipe dejó pronto la cruzada y, vuelto a Francia, intrigó contra Ricardo con el hermano de este, Juan sin Tierra. Volviendo de Palestina, Ricardo fue encarcelado por su enemigo el emperador, quien le impuso un rescate desorbitado. Lo pagó y recobró el poder en Inglaterra. Tuvo buena relación con Castilla, siguió guerreando contra el rey francés y murió en 1199, durante un asedio.

   La monarquía francesa, muy mermada desde finales del siglo anterior, corrió peligro de desintegrarse: Normandía, Borgoña, Tolosa, el sur occitano, disputado por Aragón, eran de hecho independientes.  Para empeorar las cosas, el rey Luis VII cometió el error político de separarse, en 1152, de la ligera de cascos Leonor de Aquitania y casarse con Constanza de Castilla; pues Leonor  se casó enseguida con Enrique II de Inglaterra, a quien pasó la Aquitania, el mayor territorio francés, formándose el poderoso imperio anglofrancés llamado angevino. Luis y su sucesor Felipe II Augusto, rey desde 1180, continuaron la pugna sin fin por robustecer el poder regio y recuperar territorios en sangrientas luchas con los Plantagenet, a veces también contra el papa y otros poderes

       Buena parte de estos problemas se resolvieron a principios del siglo siguiente, en tres batallas decisivas los años 1212 (Navas de Tolosa), 1213 (Muret)  y 1214 (Bouvines). Los triunfos sobre Castilla animaron a los almohades a predicar una vasta yijad  por el mundo islámico, reuniendo un ejército calculado en 120.000 hombres, con objeto de proseguir la ofensiva hasta la misma Roma. El peligro alarmó en Europa, y de Francia partieron unos 30.000 soldados, que al final no participarían en el combate. Los reinos españoles unieron fuerzas, salvo Portugal y León, resentidos con Castilla, aunque permitieron marchar voluntarios a sus súbditos. El encuentro tuvo lugar el 13 de julio,  y tras una ardua y enconada batalla los islámicos fueron vencidos. Desde entonces el islam  no volvería a amenazar seriamente a Europa por esa parte, pese a que otro imperio magrebí, el de los benimerines, haría un último intento.

   A partir de Las Navas de Tolosa,  la Reconquista avanzó a grandes pasos: Aragón, con Jaime I, conquistó Mallorca y Valencia (que había vuelto a poder musulmán tras la muerte del Cid). A su vez, Fernando III  el Santo reunificó Castilla y León, duplicando la potencia cristiana, y hacia 1250, cinco siglos largos  después de la invasión, solo quedaba en la península  un poder político musulmán, el reino de Granada, sometido a tributo. La etapa final de la  reconquista  vino acompañada de un verdadero esplendor cultural, del que son muestra la universidad de Salamanca, las catedrales de Burgos y León o el empleo de la lengua romance en las leyes, con el Fuero Juzgo, traducción de Liber iudiciodum visigótico, que había servido de base judicial en los demás reinos hispanos; o el auge de la lírica en gallego o la épica en castellano, etc.   El sucesor de Fernando III, Alfonso X el Sabio haría honor a su sobrenombre, aunque políticamente fuera inferior a su padre. Quiso hacerse con el título de emperador del Sacro Imperio, para lo que gastó cuantiosas sumas, en competencia con el inglés Ricardo de Cornualles, que lograría el título de Rey de Romanos, sin ejercerlo. 

   Y si la batalla de las Navas de Tolosa fue decisiva, al año siguiente se libraba en Muret otra de gran transcendencia para España y Francia. La disputa entre Aragón, el reino de Tolosa, Francia, Inglaterra y el Sacro Imperio en relación con la Occitania se había complicado  por el arraigo de la herejía cátara o albigense aquella región. El catarismo oponía radicalmente el espíritu divino a la materia — el Mal–, producto del demonio, con quien identificaban al Dios bíblico por haber creado el mundo. Por  lo mismo condenaban  el cuerpo, la encarnación de Jesús o la resurrección de la carne, tachaban de satánica  la procreación, propugnaban el aborto y condenaban el matrimonio, practicando una mezcla de ascetismo y libertinaje. En el fondo era una doctrina del suicidio social. Los cátaros recibían protección de muchos nobles, y las predicaciones para convertirles fracasaron, por lo que el papa Inocencio III terminó por convocar una cruzada contra ellos. Respondió la nobleza del norte de Francia, al mando de Simón de Montfort, interesada en asentarse en el sur. El aragonés Pedro II, recién vuelto de su victoria conjunta en las Navas de Tolosa, acudió a su encuentro en Muret, pero fue muerto en el combate y sus tropas desbaratadas. A resultas, Francia se impuso en la zona, bloqueando la expansión de los catalano-aragoneses por ella; y Aragón orientó entonces sus fuerzas hacia la recuperación del Levante peninsular.

    Otra consecuencia de la cruzada anticátara fue la implantación de la Inquisición en el sur de Francia y norte de Italia, pronto introducida también en la corona aragonesa. Ante la ineficacia de la primera Inquisición, creada en 1184,  el papa Gregorio IX la tomó bajo su control, encomendándola a los dominicos.  Había fundado esta orden el monje español Domingo de Guzmán. Hacia 1204, en viaje a Dinamarca para concertar la boda de una princesa escandinava con el heredero de la corona castellana, Domingo conoció a los cátaros, muchos de ellos gente instruida, y para afrontarlos creó una Orden de Predicadores con monjes cultos y de espíritu flexible, criticando severamente a los pomposos legados papales. El protagonismo religioso e intelectual mantenido por los benedictinos los siglos anteriores, pasaría pronto a los dominicos y a los franciscanos, estos  fundados en 1208 por  el italiano Francisco de Asís. 

    Pese a su éxito en Muret, la posición francesa empeoró cuando Juan Sin Tierra,  sucesor de Ricardo Corazón de León, se alió con el emperador Otón (Otto) IV, cogiendo en tenaza a Felipe Augusto de Francia, la cual pudo haberse disgregado del todo. Pero el francés ganó una inesperada victoria en Bouvines, con lo que Francia se repuso, mientras sus enemigos salían malparados. Otón fue destituido y el imperio entró en crisis, resuelta dos años después con la elección de Federico II. A Juan, los barones ingleses le impusieron la célebre Carta Magna, que limitaba el poder regio. Juan la firmó, pero se desdijo, dando lugar a una guerra civil. Le sucedió su hijo Enrique III en 1216, a quien los barones obligaron a firmar una nueva Carta  que garantizaba la independencia eclesial y las libertades feudales. Lo perdurable de ella fue el habeas corpus, por el cual los acusados debían ser presentados al juez y juzgados por sus pares, para evitar detenciones arbitrarias por el rey u otros poderes (un precedente fue la ley hispanogoda del X Concilio de Toledo. El habeas corpus constituye una base esencial de los derechos personales). Enrique, en tiempos de hambre,  provocó el descontento al gastar dinero para  ganar el reino de Sicilia, y el hijo del vencedor de Muret y de los cátaros, llamado también Simón de Montfort, volvió a limitar el poder del monarca mediante las Provisiones de Oxford. El rechazo de Enrique ocasionó una nueva guerra civil. Para ampliar su apoyo, Simón convocó en 1265 el primer Parlamento inglés, con inclusión de representantes burgueses, quizá inspirado en las Cortes de León. Algo después Simón era derrotado y muerto,  y su cadáver descuartizado.

 

Creado en presente y pasado | 118 Comentarios

El Cid /España e Italia, excepciones parciales al feudalismo

Cita con la historia: El diálogo cristiano-marxista y sus consecuencias: https://www.youtube.com/watch?v=HkR3hz2sk40

******************* 

Al otro extremo del Mediterráneo, en España, el mapa político muestra por las mismas fechas un panorama opuesto: el territorio reconquistado abarcaba ya más de un tercio de la península, profundizando mucho hacia el sur  por el oeste. La parte pirenaica o Marca Hispánica, al este, apenas había registrado avances desde la época carolingia, debido a su división en pequeños condados mal avenidos y a su dependencia de Francia. Los condados de lo que sería Aragón se habían unido al reino de Pamplona, y  los más orientales, futura Cataluña, seguían, descontentos,  supeditados a los francos.

    Hasta la segunda mitad del siglo X  los reinos hispanos habían estado a la ofensiva, pese a su evidente inferioridad numérica y material. Pero esa inferioridad quedó clara cuando Almanzor, genio militar cordobés, recorrió entre 978 y 997 el norte  peninsular, de Santiago a Barcelona en asoladoras  aceifas. La destrucción de Barcelona por Almanzor trajo localmente un cambio político de relieve: al no obtener ayuda de los francos, el malestar llegó a la ruptura. El conde Borrell de Barcelona, que ya se había proclamado “Duque de Gothia” (por lo godos)  o de “Hispania Citerior”, impuso una independencia práctica que facilitaría una mayor participación en la Reconquista.

    Las victorias de Almanzor  demostraron lo que podía hacer una utilización diestra de la superioridad de medios económicos y bélicos de Al Ándalus, pero la situación cambió pronto de forma dramática. La muerte del caudillo musulmán abrió un proceso de descomposición interna del califato hasta su desintegración, en 1031,  en una colección de estados menores o “taifas”, de modo similar al califato de Bagdad. La implosión de Córdoba dejó a los españoles amos de la situación, máxime cuando las taifas, en permanente discordia entre ellas, eran incapaces de unir fuerzas contra los cristianos, que les imponían pesados tributos; como Córdoba había hecho en otras ocasiones con ellos. Y en 1085 el rey Alfonso VI reconquistaba Toledo, hecho de enorme trascendencia simbólica por haber sido la capital del reino hispanogodo. Para contraatacar, los andalusíes pidieron ayuda a los almorávides, un grupo purista y renovador del islam, salido del Sahara al sur del Magreb. Los almorávides llegaron al año siguiente de la toma de Toledo y lograron por un tiempo reunificar Al Ándalus bajo un yugo despiadado. Infligieron derrotas importantes a los españoles, pero no lograrían recobrar Toledo ni reducir de forma importante los territorios cristianos.

   A esta época corresponde el Cid Rodrigo Díaz de Vivar, cuya fama cundiría por Europa. Un conflicto con su rey Alfonso VI le obligó a ofrecerse a veces a los moros contra los condes de Barcelona, aunque después se aliarían. Con sus mesnadas, llegó a arrebatar Valencia a los almorávides. Un historiador andalusí, Ben Basam, lo describirá así: “Rodrigo, Alá  lo maldiga, vio siempre su enseña favorecida por la victoria: con un escaso número de guerreros puso en fuga y aniquiló ejércitos numerosos. Azote de su época, fue, por su sed de gloria, por su carácter prudente y por su heroica bravura, uno de los grandes milagros de Alá”.  El tipo humano del Cid, individualista y aventurero, sagaz  y heroico, se repetiría más tarde en los conquistadores de América.

    No obstante, hacia el último tercio del siglo XI los reinos cristianos habían pasado de tres a cinco: León, Castilla,  Navarra, Aragón, y  Portugal, desgajado de León; más los condados del oriente pirenaico. Existía cierta unidad ideológica entre todos ellos, pues  se entendían como partes de España e, idealmente, del reino de Toledo a recobrar, se regían por el Liber Iudiciorum romano-visigótico y hablaban lenguas romances próximas entre sí. Sin embargo, la dispersión en reinos, con los conflictos consiguientes  y las  rebeliones internas, a veces atizadas por Córdoba, amenazaban diluir el el espíritu unitario en varios estados impotentes y localistas, expuestos a ser destruidos uno tras otro,  o a consolidarse sin unirse. Existía también la tentación de abandonar o aplazar la reconquista, dados los  sustanciosos tributos que obtenían de las taifas. A mediados de aquel siglo el conde Ramón Berenguer I  dio mayor dinamismo a la lucha contra los sarracenos y creó una marina fuerte que permitiría a Barcelona competir por un tiempo con Génova y otras ciudades italianas, convirtiéndose en una gran ciudad comercial, también importante mercado de esclavos hacia las taifas de Al Ándalus.  

   Hacia mediados del siglo XI, Europa, aparte de la división religiosa, se presenta dividida en cuatro: al este, los imperios de Constantinopla y Kíef; más al oeste, grandes estados con cierta proyección imperial,  como Polonia, Hungría o Bulgaria; en el propio centro, el Sacro Imperio Romano-Germánico;  y finalmente en el extremo oeste un arco de reinos independientes, desde Escandinavia a España, que se iban convirtiendo o reconvirtiendo en naciones. Entre estos últimos,  que podríamos llamar la Europa de las naciones por contraste con la de los imperios,  iban a adquirir máxima proyección ulterior Francia, Inglaterra y España.

    Francia estaba gobernada con poca eficacia por la dinastía de los Capetos, que presidían a señores feudales, algunos más poderosos que el propio monarca. Pero aun con esa fragmentación del poder, el país había rechazado las pretensiones del Sacro Imperio de incluirlo en él. Los Capetos  continuarían hasta la Revolución francesa y darían reyes a numerosos países europeos, entre ellos, en su rama borbónica, a España desde principios del siglo XVIII hasta la actualidad, con breves interrupciones.

    Dos regiones particulares en Francia eran Borgoña y Normandía, teóricamente vasallos del rey francés pero independientes de facto. Parte de Borgoña dependía del Sacro Imperio, y la parte francesa, el Ducado,  iba a ejercer extraordinario influjo cultural y político en Europa, a partir de la reforma eclesiástica de Cluny y luego del Císter. No menos, pero de otro modo, había de influir el Ducado de Normandía desde 1066, cuando su duque, Guillermo el Conquistador se coronó rey de Inglaterra tras  invadirla. Los normandos impusieron allí una oligarquía de habla francesa, impusieron nuevas leyes, reforzaron el poder monárquico y unificaron al país por primera vez de manera estable; tratando de dominar también los pueblos celtas de Gales y  Escocia.

   Europa, en conjunto, vivía en el sistema llamado feudal, que solía entrañar un yugo muy pesado sobre la gran mayoría campesina. Había no obstante dos excepciones parciales: los reinos españoles y el norte de Italia. En España, la Reconquista  iba creando una cultura original  en actitudes, arquitectura y otras artes, que quedó un tanto  anegada cuando Alfonso VI introdujo  la influencia borgoñona de Cluny, fomentada también por el Papado. Este usó la “Donación de Constantino” para justificar una constante injerencia política.  Pero continuó la repoblación de las tierras ganadas a Al Ándalus, tarea ardua y arriesgada, pues las recurrentes aceifas mataban o se llevaban esclavos a los campesinos y destruían las cosechas. El incentivo radicaba tanto en la ocupación del agro como en los privilegios y libertades que la acompañaban. Ello aliviaba la presión feudal, y la necesidad de cultivar y combatir  fundó una mentalidad popular arisca, que relativizaba el peso del origen social por la existencia de una caballería villana y milicias urbanas. Actitud resumida en expresiones como “nadie es más que nadie”, o la respuesta de las milicias salmantinas a un jefe moro que preguntó por su jefe: “Todos somos príncipes y jefes de nuestras propias cabezas”. El pueblo compartía así las nociones nobiliarias del honor y el valor. La palabra “caballero” quedaría más tarde como tratamiento a cualquier varón, similar al gentleman inglés.  

     Al igual que en León y Castilla, en la futura Cataluña se había formado una sociedad de campesinos libres, pero estos sufrieron la violenta presión de los nobles, ansiosos de reducirlos a servidumbre y de sustituir la ley visigoda por el sistema feudal francés. Entre enconadas luchas, y a comienzos del siglo XI disminuían tanto el campesinado libre como el poder condal a favor de señoríos inferiores.

    El caso de Italia es más particular: el norte correspondía al Sacro Imperio, el centro a los estados pontificios,  el sur estaba aún más dividido entre ducados y principados independientes y enclaves bizantinos, con Sicilia islámica. El dominio musulmán en la isla duraría poco, al conquistarla los normandos llegados como mercenarios de lombardos y bizantinos, a quienes expulsarían también del sur  peninsular. Pero lo más relevante del país eran las ciudades estado del norte, metrópolis comerciales en teoría sujetas al Sacro Imperio pero en la práctica independientes. Así  Venecia, Génova, Florencia,  Bolonia, Milán, Pisa y otras menores, excepciones en una Europa muy ruralizada y feudalizada.  Las dos primeras construyeron fuertes marinas mercantes y de guerra, y trataban de dominar el comercio mediterráneo. Venecia, gobernada por una oligarquía republicana, era ya en el siglo XI una potencia  naval que obtenía privilegios de Constantinopla,  a la que disputaba el control del Mediterráneo oriental.

    En cuanto al islam, había perdido Sicilia y, dividido en varias obediencias enfrentadas  en el norte de África, la principal la de los fatimíes, había mermado mucho su peligrosidad para el sur de Europa; y el empuje almorávide, en el oeste del Magreb, no lograba invertir la reconquista española. En el este, en cambio, no solo acosaba a Bizancio, sino que proseguía su expansión por el norte de India, en medio de verdaderos genocidios  y destrucciones del cuantiosísimo legado cultural indio; En el sur se adentraron con menos violencia por la costa y el Decán.

 

Creado en presente y pasado | 94 Comentarios