Blog I:Por qué nuestros políticos son delincuentes: http://gaceta.es/pio-moa/politicos-son-delincuentes-i-29042016-1228
**Cita con la Historia, próximo domingo: El Concilio Vaticano II y sus consecuencias en España. Consecuencias muy malas para el franquismo, para la Iglesia y para la democracia. En Cadena Ibérica, FM 99.3, a las 16.00. Reproducida el miércoles a las 22.00
Programa anterior: El diálogo cristiano marxista, cómo se impuso y sus efectos hasta que Juan Pablo II lo canceló: https://www.youtube.com/watch?v=HkR3hz2sk40
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Al revés que en el Oriente Próximo, en España las posiciones cristianas se mantuvieron básicamente frente a la ofensiva almorávide. No obstante, durante el siglo XII los almohades acabaron con el imperio almorávide y entraron en la península. En 1195 ocasionaron a los castellanos una gran derrota en Alarcos, y la preocupación de apoderó de todos los reinos españoles. Por otra parte, durante ese siglo se consolidaron cinco reinos: Castilla, separada de León, se convirtió en el principal motor de la Reconquista; también se separó Portugal, por impulso de líderes borgoñones y con protección del Papado, del que se declaró vasallo. Por el otro extremo Cataluña va a entrar como tal en la historia, en torno al condado de Barcelona, integrándose en la corona de Aragón y uniéndose a la Reconquista. El reino de Pamplona se transformó en Navarra aunque el nombre ya aparecía hacia 1076, cuando Sancho Ramírez prestó vasallaje a Alfonso VI de Castilla como “conde de Navarra”. Todos estos reinos se expandían hacia el sur, menos Navarra, que quedó encajonada entre Castilla y Aragón, después de haber desempeñado un gran papel unificador sobre Castilla, León y zonas aragonesas.
En el Sacro Imperio, pasó a gobernar la casa Hohenstaufen desde 1138. El emperador Federico Barbarroja trató de robustecer su autoridad, reanudando la querella con el Papado en Italia. Las ciudades comerciales y supeditadas al Imperio sedendían al papa en el partido güelfo, y las zonas agrarias y regidas por el papa formaron el partido contrario o gibelino. Federico atacó las comunas italianas, arrasó Milán en 1158 y en 1167 tomó Roma, de donde huyó el papa Alejandro III disfrazado de peregrino. La imposición de papas por el emperador y la negativa de Alejandro III a aceptarlo crearon un cisma. Por fin el emperador cedió en 1177 (paz de Venecia), y once años más tarde partió para una cruzada en Tierra Santa y murió ahogado en un río de Anatolia.
La Inglaterra de ese siglo sufrió en su primera mitad anarquía nobiliaria y contiendas civiles hasta que, en 1154, subió al trono Enrique II, de la casa Plantagenet y duque de Normandía. Enrique se haría dueño, por matrimonio con Leonor de Aquitania, de casi la mitad occidental de Francia, hasta los Pirineos, por lo que intervino en la política hispana apoyando a Aragón y Barcelona contra Tolosa, o arbitrando una disputa territorial entre Navarra y Castilla. Atacó a Irlanda e impuso tributo a Gales; se hizo ungir por la Iglesia, pero trató de dominarla, para lo que mandó asesinar al arzobispo de Canterbury, Tomás Becket. En 1173 sus hijos se alzaron contra él con el apoyo de Francia, Escocia y la propia Leonor. Los venció en 1174 y encarceló largos años a su mujer y al monarca escocés. Pero las intrigas prosiguieron, y su hijo Ricardo Corazón de León le derrotó en 1189, forzándole a reconocerle como heredero.
El nuevo rey, Ricardo I, aún más francés que su padre, partió para la III Cruzada con el francés Felipe II Augusto, pues ambos recelaban de que el otro aprovechara su ausencia para arrebatarle territorio. La enemistad entre ambos aumentó al preferir Ricardo como esposa a Berenguela de Navarra sobre Adela de Francia, hermanastra de Felipe (el padre de Ricardo, Enrique, había convertido a Adela en concubina suya, pese estar comprometida con su hijo). Felipe dejó pronto la cruzada y, vuelto a Francia, intrigó contra Ricardo con el hermano de este, Juan sin Tierra. Volviendo de Palestina, Ricardo fue encarcelado por su enemigo el emperador, quien le impuso un rescate desorbitado. Lo pagó y recobró el poder en Inglaterra. Tuvo buena relación con Castilla, siguió guerreando contra el rey francés y murió en 1199, durante un asedio.
La monarquía francesa, muy mermada desde finales del siglo anterior, corrió peligro de desintegrarse: Normandía, Borgoña, Tolosa, el sur occitano, disputado por Aragón, eran de hecho independientes. Para empeorar las cosas, el rey Luis VII cometió el error político de separarse, en 1152, de la ligera de cascos Leonor de Aquitania y casarse con Constanza de Castilla; pues Leonor se casó enseguida con Enrique II de Inglaterra, a quien pasó la Aquitania, el mayor territorio francés, formándose el poderoso imperio anglofrancés llamado angevino. Luis y su sucesor Felipe II Augusto, rey desde 1180, continuaron la pugna sin fin por robustecer el poder regio y recuperar territorios en sangrientas luchas con los Plantagenet, a veces también contra el papa y otros poderes
Buena parte de estos problemas se resolvieron a principios del siglo siguiente, en tres batallas decisivas los años 1212 (Navas de Tolosa), 1213 (Muret) y 1214 (Bouvines). Los triunfos sobre Castilla animaron a los almohades a predicar una vasta yijad por el mundo islámico, reuniendo un ejército calculado en 120.000 hombres, con objeto de proseguir la ofensiva hasta la misma Roma. El peligro alarmó en Europa, y de Francia partieron unos 30.000 soldados, que al final no participarían en el combate. Los reinos españoles unieron fuerzas, salvo Portugal y León, resentidos con Castilla, aunque permitieron marchar voluntarios a sus súbditos. El encuentro tuvo lugar el 13 de julio, y tras una ardua y enconada batalla los islámicos fueron vencidos. Desde entonces el islam no volvería a amenazar seriamente a Europa por esa parte, pese a que otro imperio magrebí, el de los benimerines, haría un último intento.
A partir de Las Navas de Tolosa, la Reconquista avanzó a grandes pasos: Aragón, con Jaime I, conquistó Mallorca y Valencia (que había vuelto a poder musulmán tras la muerte del Cid). A su vez, Fernando III el Santo reunificó Castilla y León, duplicando la potencia cristiana, y hacia 1250, cinco siglos largos después de la invasión, solo quedaba en la península un poder político musulmán, el reino de Granada, sometido a tributo. La etapa final de la reconquista vino acompañada de un verdadero esplendor cultural, del que son muestra la universidad de Salamanca, las catedrales de Burgos y León o el empleo de la lengua romance en las leyes, con el Fuero Juzgo, traducción de Liber iudiciodum visigótico, que había servido de base judicial en los demás reinos hispanos; o el auge de la lírica en gallego o la épica en castellano, etc. El sucesor de Fernando III, Alfonso X el Sabio haría honor a su sobrenombre, aunque políticamente fuera inferior a su padre. Quiso hacerse con el título de emperador del Sacro Imperio, para lo que gastó cuantiosas sumas, en competencia con el inglés Ricardo de Cornualles, que lograría el título de Rey de Romanos, sin ejercerlo.
Y si la batalla de las Navas de Tolosa fue decisiva, al año siguiente se libraba en Muret otra de gran transcendencia para España y Francia. La disputa entre Aragón, el reino de Tolosa, Francia, Inglaterra y el Sacro Imperio en relación con la Occitania se había complicado por el arraigo de la herejía cátara o albigense aquella región. El catarismo oponía radicalmente el espíritu divino a la materia — el Mal–, producto del demonio, con quien identificaban al Dios bíblico por haber creado el mundo. Por lo mismo condenaban el cuerpo, la encarnación de Jesús o la resurrección de la carne, tachaban de satánica la procreación, propugnaban el aborto y condenaban el matrimonio, practicando una mezcla de ascetismo y libertinaje. En el fondo era una doctrina del suicidio social. Los cátaros recibían protección de muchos nobles, y las predicaciones para convertirles fracasaron, por lo que el papa Inocencio III terminó por convocar una cruzada contra ellos. Respondió la nobleza del norte de Francia, al mando de Simón de Montfort, interesada en asentarse en el sur. El aragonés Pedro II, recién vuelto de su victoria conjunta en las Navas de Tolosa, acudió a su encuentro en Muret, pero fue muerto en el combate y sus tropas desbaratadas. A resultas, Francia se impuso en la zona, bloqueando la expansión de los catalano-aragoneses por ella; y Aragón orientó entonces sus fuerzas hacia la recuperación del Levante peninsular.
Otra consecuencia de la cruzada anticátara fue la implantación de la Inquisición en el sur de Francia y norte de Italia, pronto introducida también en la corona aragonesa. Ante la ineficacia de la primera Inquisición, creada en 1184, el papa Gregorio IX la tomó bajo su control, encomendándola a los dominicos. Había fundado esta orden el monje español Domingo de Guzmán. Hacia 1204, en viaje a Dinamarca para concertar la boda de una princesa escandinava con el heredero de la corona castellana, Domingo conoció a los cátaros, muchos de ellos gente instruida, y para afrontarlos creó una Orden de Predicadores con monjes cultos y de espíritu flexible, criticando severamente a los pomposos legados papales. El protagonismo religioso e intelectual mantenido por los benedictinos los siglos anteriores, pasaría pronto a los dominicos y a los franciscanos, estos fundados en 1208 por el italiano Francisco de Asís.
Pese a su éxito en Muret, la posición francesa empeoró cuando Juan Sin Tierra, sucesor de Ricardo Corazón de León, se alió con el emperador Otón (Otto) IV, cogiendo en tenaza a Felipe Augusto de Francia, la cual pudo haberse disgregado del todo. Pero el francés ganó una inesperada victoria en Bouvines, con lo que Francia se repuso, mientras sus enemigos salían malparados. Otón fue destituido y el imperio entró en crisis, resuelta dos años después con la elección de Federico II. A Juan, los barones ingleses le impusieron la célebre Carta Magna, que limitaba el poder regio. Juan la firmó, pero se desdijo, dando lugar a una guerra civil. Le sucedió su hijo Enrique III en 1216, a quien los barones obligaron a firmar una nueva Carta que garantizaba la independencia eclesial y las libertades feudales. Lo perdurable de ella fue el habeas corpus, por el cual los acusados debían ser presentados al juez y juzgados por sus pares, para evitar detenciones arbitrarias por el rey u otros poderes (un precedente fue la ley hispanogoda del X Concilio de Toledo. El habeas corpus constituye una base esencial de los derechos personales). Enrique, en tiempos de hambre, provocó el descontento al gastar dinero para ganar el reino de Sicilia, y el hijo del vencedor de Muret y de los cátaros, llamado también Simón de Montfort, volvió a limitar el poder del monarca mediante las Provisiones de Oxford. El rechazo de Enrique ocasionó una nueva guerra civil. Para ampliar su apoyo, Simón convocó en 1265 el primer Parlamento inglés, con inclusión de representantes burgueses, quizá inspirado en las Cortes de León. Algo después Simón era derrotado y muerto, y su cadáver descuartizado.