Blog I. El encanallamiento de la historiografía española o el triunfo de la estupidez: http://gaceta.es/pio-moa/encanallamiento-historiografia-espanola-o-triunfo-estupidez-23042016-2013
**Este domingo, en “Cita con la Historia abordaremos un tema de gran trascendencia: el diálogo cristiano-marxista a raíz del Concilio Vaticano II. De 16.00 a 17.00 en Cadena Ibérica, FM 99.3. El programa se reemite el miércoles en la misma emisora, de 22.00 a 23.00. También puede escucharse en podcast, en youtube o en www.citaconlahistoria.es
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A pesar de sus turbulencias y altibajos bélicos y políticos, y retrocesos civilizatorios, la Edad de Supervivencia en Europa occidental había sido acumulativa y legaba un inmenso patrimonio cultural. La tenaz, callada y anónima labor de miles de monjes y otros clérigos, a costa a menudo sus vidas, había dejado cientos de monasterios grandes y pequeños, cada uno un centro de enseñanzas y mejoras técnicas, origen a veces de nuevas ciudades. En relación con ellos destacaban intelectuales como Isidoro, Beda, Alcuino, y muchos más. Diversos monarcas con amplia visión política habían protegido la cultura Edwin o Alfredo el Grande en Inglaterra, o Leovigildo, Recaredo o Alfonso II en España, o especialmente el franco Carlomagno… Papas como Gregorio Magno, o misioneros y organizadores santificados por la Iglesia, como San Patricio, San Bonifacio, los santos Cirilo y Metodio en la parte oriental, y sobre todo San Benito, habían organizado la Iglesia y civilizado en lo posible a los bárbaros.
El cambio de edad de la Supervivencia a la de Asentamiento puede señalarse en torno al año 1000. Las incursiones vikingas, ya marginales, terminaron en torno a la mitad del nuevo siglo y el Imperio bizantino se recuperó considerablemente bajo Basilio II. El cese de las agresiones exteriores no impidió los conflictos internos, pero cimentó el comienzo de un tiempo largo de prosperidad, expansión demográfica y desarrollo cultural que podríamos llamar época románica. Unos decenios antes del año 1000 había nacido el Sacro Imperio, y a partir de la abadía de Cluny, en Borgoña, cobraban fuerza las corrientes de reforma de una Iglesia degradada. El califato de Bagdad, permanente espada de Damocles sobre Bizancio, se desintegró algo antes de aquel año 1000, y poco después, en 1031, implosionaba el de Córdoba, haciendo perder a Al Ándalus toda posibilidad expansiva. Hacia 1040 puede darse por superado el “Siglo de hierro” del Papado… Asimismo se produce la primera gran división de la cristiandad, en 1054, y quizá pueda elegirse ese año, convencionalmente, para datar el cambio de edad.
Justiniano, emperador bizantino del siglo VI, empeñado en recuperar el Imperio de Occidente, había fijado cinco grandes patriarcados de igual rango: Constantinopla, Roma, Antioquía, Alejandría y Jerusalén. Pero Roma aspiraba a convertirse en el centro doctrinal del cristianismo, rechazando la igualdad con los demás patriarcados. Se gloriaba de ser la sede de San Pedro, martirizado en la ciudad, e invocaba las palabras de Jesús: “Tú eres Pedro y sobre esa piedra construiré mi Iglesia”. No reconocían esa aspiración los demás patriarcados ni el emperador. Luego, la ocupación sarracena había dejado fuera de juego a Alejandría y Jerusalén, y debilitado a Antioquía, quedando solo Roma y Constantinopla en rivalidad soterrada.
En Constantinopla el emperador nombraba y revocaba a patriarcas y obispos, e incluso refrendaba al papa, implicando la superioridad del poder político, por ser él quien aseguraba la defensa de la religión (entre los títulos imperiales figuraba el de “Igual a los Apóstoles”). Los papas resentían esa tutela, pues defendían la superioridad del poder espiritual, máxime después de que, en 654, el emperador detuviese y ocasionase la muerte por maltrato el papa Martín I. El malestar creció cuando, en 727, el emperador prohibió las imágenes religiosas (iconoclasia), cosa que Roma no aceptó. En la ardiente pugna entre partidarios y contrarios de las imágenes, ganaron los partidarios al cabo de cincuenta años, pero para entonces el papa Zacarías, amparado por Pipino, padre de Carlomagno, coretó la costumbre de someter el nombramiento papal a Constantinopla. Y luego la coronación de Carlomagno por el papa León III como emperador de hecho del Occidente, fue entendida en Constantinopla como una usurpación, enrareciendo aún más las relaciones.
Y justo cuando el Papado empezaba a superar su época más oscura, la rivalidad llegó a la ruptura abierta con el papa León IX. El patriarca de Constantinopla, Miguel Cerulario, rechazó la autoridad papal, acusó a Roma de diversas herejías y se adueñó de los monasterios e iglesias de rito latino en el tierras bizantinas. Una discrepancia teológica giró en torno a la introducción del Filioque (“y del Hijo”) en el Credo por parte de la Iglesia romana, afirmando que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y no solamente del Padre, como se rezaba antes. El Filioque, introducido por el III Concilio de Toledo, lo habían adoptado Carlomagno y en 1014 los papas.
El problema se agravaba porque León IX, basándose en la supuesta Donación de Constantino, en cuya veracidad él creía, reclamaba para los papas no solo un poder espiritual sino también directamente político sobre todo el occidente, aparte de afirmar su supremacía como sucesor de San Pedro. Un intento de conciliación terminó con el papa y el patriarca excomulgándose mutuamente, en una ruptura mantenida hasta hoy, aunque las excomuniones fueran levantadas por ambas partes recientemente (en 1965). La Iglesia de Roma continuó denominándose católica, esto es, universal, mientras que la bizantina se tituló ortodoxa, seguidora de la recta doctrina.
La ruptura o Cisma de Oriente reflejaba asimismo diferencias culturales de cierto fondo. La liturgia bizantina y la latina diferían y se expresaban una en griego y la otra en latín. Roma había extendido el latín como idioma eclesiástico también al territorio germánico y al eslavo donde influía, como factor de unidad cultural por encima de las fuertes diferencias étnicas y políticas. Bizancio empleaba el griego, aunque aceptaría adaptar su liturgia a las lenguas eslavas y a su alfabeto, creado por los misioneros Cirilo y Metodio en el siglo IX.
Además, Constantinopla, la segunda Roma, permanecia intacta como capital magnífica de un imperio todavía poderoso, pese a sus pérdidas frente al islam. Dominaba el Asia Menor, parte de Siria, los Balcanes al sur del Danubio y el sur de la misma Italia; iba superando crisis causadas por belicosas migraciones eslavas, búlgaras y pechenegas, y frenando la expansión islámica gracias a la crisis del califato de Bagdad. Además había emprendido una activa labor misional para convertir a los eslavos, cosechando su mayor éxito, en 988, en el reino o la rus de Kíef, enorme espacio por Rusia y Ucrania entre los mares Báltico y Negro. Por ello no parecía lógico que aceptase subordinarse en ningún terreno a una Roma saqueada una y otra vez, que debía de parecerse a un campo de ruinas, recuerdo de esplendores idos para no volver, y que presidía espiritualmente a un mundo desordenado y empobrecido.
Por lo demás, los retrocesos cristianos frente al islam en el sur del Mediterráneo y Oriente Próximo quedaron compensados por el éxito en Ucrania y Rusia, que terminó de cristianizar a prácticamente todo el continente. La conversión se hizo mediante una mezcla de prestigio político, predicación pacífica y brutales castigos a los paganos indóciles, como había ocurrido con los germanos y ocurriría con los vikingos. El consiguiente proceso civilizador y auge del comercio hizo de Kíef una ciudad próspera y monumental, capaz de rivalizar con la misma Constantinopla. No todos los eslavos se adhirieron al rito bizantino: los polacos, croatas y otros, optaron por el latino.
Se configuraron entonces dos Europas, cada una con su variante de cristianismo. Las diferencias doctrinales eran seguramente menores, pero tendrían un potente efecto histórico. A partir del siglo XI, la parte occidental, al principio más pobre y desarticulada, conocería sin embargo un notable desarrollo e inquietud intelectual o, más ampliamente, cultural, mientras la parte bizantina se anquilosaba.
Cuando se produjo el cisma, Bizancio parecía próspero y seguro. El peligro de diversos pueblos salidos de las estepas rusas o siberianas (búlgaros, pechenegos , eslavos…) estaba contenido, y algo antes se había desintegrado el poderoso califato de Bagdad. La aún reciente cristianización de Kíef suponía asimismo un inmenso alivio, pues la rus había estado cerca de islamizarse: según la Crónica de Néstor, el príncipe kievano Vladímir, deseoso de abandonar el paganismo, había desechado al islam por su prohibición del alcohol, inclinándose por el cristianismo oriental en 988. Muy posiblemente fue así, y una hecho de apariencia tan trivial tendría las más largas consecuencias históricas. De haber optado por Mahoma en lugar de Cristo, el Imperio bizantino difícilmente habría sobrevivido, presionado por el sur, el norte y el este.
Pero la tranquilidad iba a durar poco. Los turcos selyúcidas que, pese a haberse islamizado, habían contribuido al derrumbe del califato, de parte del cual se apoderaron, tomaron el relevo contra Bizancio: en varias campañas ocuparon Siria y casi toda el Asia Menor, llegando hacia finales del siglo XI frente a la misma Constantinopla, en la otra orilla del Bósforo; casi simultáneamente, los normandos de Sicilia expulsaban a los bizantinos de sus últimas tierras en el sur de Italia y amenazaban a Grecia. Y en 1090 Bizancio vivía horas muy difíciles, con los pechenegos ante su capital.
