“Fue una acción en la que participé, tiempo después. La narraré, porque no deja de ser característica. Se trataba de la Jefatura del Movimiento en el bulevar de Peña Gorbea, en Vallecas. Algún contacto dijo haber visto allí, años antes, una colección de pistolas y fuimos a por ellas Collazo, otro apodado Caballo Salvaje, del que hablaré, Hierro como conductor del coche, y yo. Habíamos descubierto en la trasera del edificio, que daba a un callejón, un ventanuco con barrotes, aparentemente cerrado, pero solo sujeto con un alambre. Debía de ser el respiradero de un semisótano, probablemente una antigua carbonera. Desde el ventanuco se percibía, tras la puerta del fondo, el resplandor de una luz y suponíamos que habría allí un vigilante. Estuvimos a punto de abandonar, porque justo al otro lado del callejón había un horno de panadería en pleno funcionamiento, pero decidimos arriesgarnos. Yo entré primero, deslizándome a pulso por la pared hasta el suelo de la carbonera, procurando no hacer ruido . Empecé a tantear con cuidado en la semioscuridad, pues el sitio estaba lleno de trastos, pero de pronto se descolgó del ventanuco Caballo, haciendo un ruido infernal. De un par de saltos nos pusimos en la puerta del fondo, pistola en mano. No había nadie. Probablemente dejaran la luz para disuadir a posibles ladrones. Mientras tanto entraba Collazo.
Exploramos el edificio, de tres plantas, descerrajando puertas y armarios con una “pata de cabra” o palanqueta, procurando hacer el mayor estrago posible, también en las aulas de trabajo manuales de la Sección Femenina. Llegamos al salón de actos, con banderas de Falange. Collazo las tiró al suelo y las pisoteó. En la cantina sacamos refrescos de la nevera y los bebimos, pues estábamos bañados en sudor, por el esfuerzo y los nervios. Collazo dispuso sobre una mesa un tablero de ajedrez, distribuyendo algunas piezas y dejando al lado los envases vacíos, como si hubiéramos pasado un rato jugando y bebiendo. Pero no había pistolas, o no las encontramos, pese a rebuscar metódicamente todo el edificio. Solo dimos con unas fundas de pistola y unas cuantas bombas de mano italianas, quizá recuerdos de la guerra. (Cuando, días después, fueron a probar una en un descampado, no estallaba. Entonces la ataron con una cuerda larga y la llevaron a rastras. A los pocos paso, la bomba hizo explosión, dejando aturdidos pero milagrosamente ilesos a los experimentadores). Nos llevamos también una multicopista y documentación de la Guardia de Franco. Cuando volvimos a asomarnos al callejón ya amanecía y la gente iba al trabajo por una calle transversal inmediata. Tuvimos la suerte de que entonces se apagara la iluminación pública, y gracias a ello pudimos deslizarnos hasta el coche sin llamar la atención. Hierro estaba muy nervioso por el tiempo empleado y por los ruidos hechos al romper las puertas, que se oían desde la calle. “¡No me explico cómo no tenemos a la pasma encima!”. Al salir a la transversal, nuestro coche chocó levemente con una furgoneta de reparto, por culpa de esta. Hierro resolvió el asunto con diplomacia y sin papeles. Marchamos luego hacia Carabanchel, Caballo y Hierro siguieron en el coche con el botín y Collazo y yo nos fuimos andando, haciendo él el curioso comentario (“Parecemos guindóns. Cando a xente vai o chollo nos ímonos deitar”: Parecemos cacos, cuando la gente va al trabajo, nosotros nos vamos a acostar)”.
Hierro sería detenido al caer en 1977 la Operación Cromo (Secuestros de Oriol y Villaescusa) y se fugaría, junto con Collazo y otros, de la cárcel de Zamora Nuevamente detenido, volvería a ser encarcelado por bastantes años. Collazo moriría unos años después, perseguido por la policía. Caballo creo que marchó a Francia, donde trabajaba de albañil en París, según lo último que sé de él, de hace ya muchos años. Estas cosas están relatadas con detalle en De un tiempo y de un país. Curiosamente lo cuatro éramos de Vigo, pues aunque Hierro venía de Burgos, había trabajado muchos años en Astillero Barreras y estaba muy galleguizado.
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“El empuje de los estudiantes les creaba la urgente necesidad de un aparato autónomo de propaganda. Se supo de una multicopista existente en el local de un semanario vagamente democrático, iniciador de la moda llamada un tiempo después pornopolítica: la revista Gentleman, título inglés muy apropiado para unos ejecutivos agresivos que con ánimo audaz se entregaban a una meliflua oposición al franquismo. Gentleman se transformó por entonces en Guadiana. No teníamos el menor motivo para simpatizar con ellos. En su redacción trabajaban afiliados a partidos de izquierda, incluyendo a nuestro informador, sobre los cuales podían recaer sospechas si se efectuaba la “expropiación”. Para evitarlo, procuraríamos que el golpe se atribuyese a los fachas.
–Es una provocación. No debemos caer en ello.
– De provocación, nada. Necesitamos la máquina y no hay más remedio., A los fachas no los va a perseguir la policía, ¿verdad?, así que bien se les puede cargar el muerto. ¿O es que han pescado a los que queman librerías?
–Bueno, pero…
–Además, en el fondo esos señoritos son fascistas. Solo intentan salvar a los monopolios de la crisis del régimen. Y tienen dinero de sobra.
–Sí, sí, pero no me gusta.
–¿No recuerdas lo que decía Dimitrof? Hay que aprender también de los fascistas, hasta de sus provocaciones.
La operación contra Gentleman-Guadiana salió bordada, “una excelente operación de comando”. Los muros y las alfombras del local quedaron embadurnados de pintura, cruces gamadas y advertencias: “Camuñas, tonto útil, no te olvidamos” (Este Camuñas, no sé si el que llegó a ministro, patrocinaba la publicación) Firmaban unas siglas CANS, que sugerían algo así como nacional sindicalismo, y que en gallego significa “perros”.
Al revés que en el asalto al local de Vallecas, la publicidad en la prensa fue ruidosa, un verdadero escándalo. Como los fascistas se conocían entre sí debieron notar un tufillo extraño, y el diario Pueblo lo atribuyó a “marxistas muy listos”. Pero al menos a Fuerza Nueva parece que le agradó el regalo, pues sacó un comentario ligeramente enigmático, en que resplandecía su contento.
Y así transcurrían los meses. Entrado el verano, salió en libertad provisional Luisa mujer de Delgado de Codes, una estudiante sevillana simpática e ingenua, muy enamorada de su marido. Volvía animosa y dispuesta a la lucha. Ocasionalmente le asomaban indecisiones, pese a la confianza ciega que depositaba en Delgado.
Permanecimos en el piso unas semanas más, y después nos separamos. Poco más tarde fui enviado a Galicia…”.
Estos dos casos ocurrieron por los años 1973 o 1974. Gentleman o Guadiana era una revista para personas “progresistas” de lo que llaman “alto standing”, aficionadas al lujo y a una elegancia más o menos creíble. La dirigía o había dirigido Juan Luis Cebrián, el cual había hecho en ella una entrevista sumamente halagadora a Fraga, quien creyó haber encontrado en su entrevistador a su hombre para dirigir el diario El País, por entonces en proyecto. Fraga se llevaría una gran decepción, como es sabido. La política está hecha de traiciones.
Aquel asalto lo realizamos entre otro yo, con un tercero esperando en un coche. Rompí desde fuera una ventana alta para dar la impresión de que habíamos entrado por ella, pero en realidad lo habíamos hecho por el garaje, gracias a una llave que nos habían suministrado. El botín fue una máquina de escribir entonces muy moderna, que permitía usar diversos tipos de escritura, una buena multicopista y una pequeña caja fuerte con una escasa cantidad de dinero. Años más tarde el periodista Martín Prieto me dijo que en el chalet de al lado vivían unos marines useños destacados en la embajada o algo así. Delgado de Codes, que no participó en esta acción, moriría a manos de la policía años después (Recuerdos sueltos: http://www.libertaddigital.com/opinion/fin-de-semana/flan-con-nata-1276231117.html)
Hace pocos años, en un programa de televisión de VEO7, me presentaron a Ignacio Camuñas, que se mostró reticente a darme la mano. Me extrañó, porque había olvidado por completo su relación con aquel acto, que él me recordó. “Hombre, fue una especie de acción de guerra. Todos estábamos en guerra contra el franquismo, ¿no?”. Fue un comentario irónico e improvisado. Es curioso cómo el débil o “melifluo” antifranquismo de mucha gente se ha vuelto cada vez más combativo, mientras que el mío se ha suavizado. Simplemente aplicando la reflexión y la investigación, recomendables pero poco practicadas.