La izquierda más brutal de Europa.

Blog I. “Cita con la Historia” puede morir / Caída de la ley: http://gaceta.es/pio-moa/cita-historia-morir-caida-ley-22102015-0936

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En LD, 20-1-2011

La izquierda más brutal de Europa

El diario Público, pro etarra a fuer de pro socialista, ha tenido un titular correcto: El discurso del odio envenena la democracia. Plagia lo que vengo diciendo desde hace tiempo, pero está bien el plagio. En España, los odios –desatados muy principalmente por la izquierda– llevaron a la destrucción de la república y amenazan la democracia actual. Lo incorrecto –o calumnioso– de Público es la atribución del discurso del odio a la derecha en general y en particular a una serie de analistas políticos entre quienes me cita. Tradicionalmente la prédica del odio procede justamente de la izquierda, y hoy de la demagogia pro etarra a fuer de pro socialista.

Como es sabido, los odios de la república desaparecieron bajo el franquismo, salvo en núcleos reducidos. Lo cual permitió una transición sin más traumas que los causados por el terrorismo de la ETA (un grupo socialista, no se olvide), del GRAPO (también socialista) y otros de izquierda. El de extrema derecha fue muy secundario. Se menciona también el 23-F, pero Jesús Palacios ha explicado muy bien que no se trató de un golpe involucionista de extrema derecha, pues en él estaban implicados los socialistas y muchos más. He analizado este conjunto de datos históricos en La Transiciónde cristal, y dudo mucho que mis conclusiones puedan ser rebatidas, aunque, ¡quién sabe!, animo a los intelectuales y periodistas de izquierda a intentarlo.

El hecho real es que España padece la izquierda más brutal de Europa, en el doble sentido de violenta y de poco caletre. Su violencia constituye una asentada tradición desde principios del siglo XX. Durante el régimen liberal de la Restauración asesinó a Cánovas, a Canalejas, a Dato, y casi consiguió matar a Maura y Alfonso XIII, magnicidios rodeados de cientos de asesinatos más, cometidos por los anarquistas y los socialistas (estos, durante la intentona revolucionaria de 1917). En la república mataron a Calvo Sotelo y a centenares más. En el franquismo, el maquis segó la vida de miles de personas, y más tarde la ETA hizo lo mismo con varias decenas, incluyendo a Carrero. En la democracia, la ETA y otros izquierdistas asesinaron a un millar más de personas, entre ellas dirigentes políticos, magistrados, etc. Y el socialismo en el poder practicó a su vez el terrorismo de gobierno, mezclado con la “solución política” para la ETA, que legitimaba el asesinato como medio de hacer política. La segunda etapa socialista, la actual, ha visto la mayor colaboración gubernamental con el terrorismo que haya tenido lugar en la historia de España. No olvidemos tampoco la violencia callejera por parte del PSOE y de la izquierda en general contra Aznar, con destrucción de mobiliario urbano, acoso a las sedes del PP y saqueo de propiedades. O el matonismo sindical. O el agresivo boicot a la libertad de expresión, que se ha vuelto “normal” en muchas universidades. Ahora tenemos el caso de Murcia, dentro de la misma dinámica. Hechos constatables todos ellos, y muy resumidos aquí; no opiniones.

La brutalidad de nuestra izquierda se revela también en la ausencia de pensamiento: no ha dado un pensador ni un libro de pensamiento dignos de recuerdo. En cambio ha producido y produce una retórica venenosa, plagada de calumnias y amenazas, sistematizada en la totalitaria “ley de falsificación (memoria, la llaman) histórica”. No podemos extrañarnos de oír a diversos fanáticos intelectuales de izquierda hablar de quemar libros (otra larga tradición izquierdista), de fusilar a los discrepantes, hacer bromas con las violaciones de monjas por “milicianos sudorosos”, etc. etc. Por algo se sienten identificados con el Frente Popular. Este, precisamente, es el discurso del odio, de larga tradición en una izquierda que nunca fue democrática y sigue sin serlo. Ahora, esta misma gente que crispa a la sociedad con sus demagogias y fechorías, habla de imponer la censura para impedir “la crispación” que ella misma crea, al modo como Felipe González intentó amordazar con una “ley antidifamación” las denuncias de la oleada de corrupción de sus gobiernos. En suma, sufrimos una profunda y rápida involución política que está echando abajo los logros de la transición, y solo un movimiento cívico independiente puede contrarrestarla.

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La verdad se corrompe tanto por la mentira como por el silencio” (Cicerón): pic.twitter.com/rUPtw9Fdlf

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El descrédito de la historiografía universitaria

Blog I: Cómo derrotar a los grandes medios de (manipulación) de masas: http://gaceta.es/pio-moa/derrotar-los-grandes-medios-manipulacion-masas-18102015-1744

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No me refiero, claro está, a toda la historiografía universitaria, sino sólo a la referida a la república y la guerra civil, cuya muy mediocre calidad intelectual y deontológica he podido comprobar fehacientemente, y ahora, por enésima vez, en un artículo de Javier Tusell, en El País, sobre el revisionismo histórico.

Tusell arremete especialmente contra César Vidal, José María Marco y un servidor, e incluye, sin venir mucho a cuento, a Tamames. El problema para Tusell es éste: “En España ha aparecido un revisionismo histórico en los últimos tiempos que siempre ha movido a la duda acerca de si merecía la pena dedicarle alguna atención”. ¿Duda? Ninguna. Tusell y otros de su cuerda le vienen concediendo la máxima atención. No la atención que uno esperaría de personas intelectualmente agudas y de espíritu liberal, sino más bien la de grupillos de poder con aspiraciones a monopolizar el cotarro, asustados por la competencia.

En cuanto a mis libros –los otros aludidos hablarán de lo suyos, si lo estiman oportuno–, las réplicas de Tusell y compañía nunca han pasado de exhortaciones a la censura, a sepultarlos en el silencio. El prestigioso historiador Stanley G. Payne, libre de las conocidas servidumbres de la universidad española, lo ha expuesto con precisión: “Quienes discrepen de Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales que afronta en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de una suerte de censuras de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática”.

A juicio de Tusell, el nefando revisionista “no parte de preguntas, sino de seguridades o de presunciones. No acude a fuentes primarias, sino a las secundarias que pretende elaborar con originalidad. Lo hace, sin embargo, con extravagancia, acudiendo a interrogantes inapropiados (…) suele magnificar el dato irrelevante para sus propios fines o tomar la parte por el todo. Huye de matices porque lo suyo es el dualismo maniqueo, la simplificación o la parcialidad”. Espléndida descripción inicial, cuyo único defecto es que no la demuestra en ningún momento. Son acusaciones por las buenas, simplemente.

Por descender de la retórica a los hechos, yo he basado lo fundamental de mi investigación en los archivos del PSOE guardados en la Fundación Pablo Iglesias, en especial el archivo de Largo Caballero, en el Archivo de Salamanca y otros, en el diario de sesiones de las Cortes, en las declaraciones de los políticos en la prensa de la época, en los testimonios de los procesos… Es decir, lo he basado en fuentes indiscutiblemente primarias, como sabe muy bien todo aquel que me haya leído, en especial el libro Los orígenes de la guerra civil, el cual considero la clave del resto de mi obra. Si Tusell lo ha leído miente al decir lo que dice; y si no lo ha leído parlotea, y en ello se retrata, no precisamente como el intelectual serio por que pretende pasar.

La duda sobre si ha leído aquello que critica se acrecienta cuando describe así mis trabajos: “Moa empieza, por ejemplo, por considerar que la CEDA no era nazi, para llegar a la conclusión de que la Guerra Civil empezó por culpa de la izquierda en octubre de 1934. Pero, además, presume una conspiración desde comienzos de siglo de izquierdistas y nacionalistas y dice descubrir su capacidad destructiva… ¡en una sociedad secreta!”. Evidentemente, Tusell puede aplicarse a sí mismo lo del “dualismo maniqueo, la simplificación y la parcialidad” que achaca a otros; por no decir sin más que miente. Si algo queda perfectamente nítido a partir de las fuentes primarias del PSOE, que Tusell ignoraba y quiere seguir ignorando, es que en 1934 (70 aniversario este año) dicho partido se propuso, textualmente, organizar la guerra civil para implantar una dictadura proletaria. Sobre ello no puede caber la menor duda a nadie que, simplemente, quiera abrir los ojos. Y no sólo se propuso el PSOE la guerra civil, sino que la llevó a cabo, aunque fracasara, dejando la broma de 1.400 muertos en dos semanas. Y fracasó porque los obreros no le siguieron, salvo en la cuenca minera asturiana, y porque la CEDA, que desde luego era un partido moderado, contra lo pretendido años y años por la propaganda contraria, defendió entonces la legalidad republicana y las libertades. Algo muy parecido a lo del PSOE puede decirse de los nacionalistas catalanes de la Esquerra. ¿Llamaría Tusell a esto “datos irrelevantes y magnificados interesadamente”?

Por otra parte yo no hablo de culpas, pues, sean cuales fueren, debemos darlas ya por zanjadas. Lo que he procurado ante todo es hacer inteligibles los procesos, ideologías y falsos razonamientos que llevaron a la guerra, pues comprenderlos puede ayudarnos a evitar derivas parecidas. En cambio las condenas arbitrarias tan abundantes en los últimos tiempos sólo reabren las viejas heridas y odios, labor en que está empeñada ahora tanta gente, con una desvergüenza e irresponsabilidad que no suscita crítica alguna en intelectuales tan supuestamente escrupulosos como Tusell.

Sobre la “conspiración” y la “sociedad secreta”, o bien Tusell, una vez más, no ha leído mis libros, o bien no ha entendido nada de ellos, pese a concordar todo el mundo en que escribo con claridad. Nunca he creído en las teorías conspiratorias de la historia, pero es evidente que las conspiraciones han existido siempre y han tenido un papel. La “sociedad secreta”, la masonería, supongo, tuvo influencia de sobra comprobada en algunos sucesos y momentos históricos (en las primeras Cortes republicanas, por ejemplo, había más masones que representantes de cualquier partido). Pero una cosa es señalar tales hechos indudables –y no disimularlos, como hacen algunos historiadores–, y otra explicar el desarrollo histórico a través de conspiraciones masónicas, cosa que yo no he hecho en ningún momento.

Tusell, por tanto, y como muchos otros, necesita falsificar mis tesis  para atacarlas, probando así la inconsistencia y carácter fraudulento de su crítica. Y aún más fraudulento y contradictorio resulta el hombre cuando justifica su retirada ante un debate intelectual con el patético argumento de que los libros revisionistas “en nada facilitan la convivencia”. Si esto fuera así, y precisamente por su peligro para la convivencia, Tusell y compañía deberían esforzarse en polemizar hasta hacer añicos las tesis de esos libros, máxime cuando gozan de tal difusión. ¡Pero hacen justamente lo contrario! Rehúyen el debate amparándose en exigencias académicas que, como acabamos de comprobar, no cumplen ellos mismos en lo más mínimo. Para colmo, no se les ocurre otra cosa que despreciar a los lectores, a quienes tildan de “público poco propicio a sofisticaciones”. Payne, Seco, Cuenca Toribio y otros más han hecho grandes elogios de mis libros. ¿Serán poco propicios a sofisticaciones? En fin, con tales argumentos entramos en el terreno de la puerilidad, también muy reveladora del “nivel científico” de tales críticos. La convivencia entre los españoles, señor Tusell, debe basarse, entre otras cosas, en la búsqueda y el respeto a la verdad histórica, y no en el mantenimiento de mitos convenientes para algunos grupos de presión.

¿Por qué extiendo al conjunto de la historiografía universitaria el descrédito que, en rigor, sólo corresponde a gente como Tusell? Por dos razones: porque son estas gentes quienes han marcado la pauta, han pontificado y dominado en ese mundillo durante muchos años; y porque otra gente mucho más valiosa ha mantenido una postura acoquinada, asustadiza y hasta reverencial ante los más gritones y descalificadores. El desprestigio de una institución no lo labran sólo los charlatanes prepotentes, sino también, y no menos, las personas de mérito pero escasas de valor moral para enfrentarse a aquellos resueltamente, con la razón pero sin falsos respetos. Si estos últimos tienen en cuenta lo que está en juego, es de esperar que encuentren los bríos necesarios para no inhibirse y disimular ante la superchería.

(En La ilustración liberal, abril 2005)

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El antifranquismo, cáncer de la democracia.

Hace años vengo denunciando al antifranquismo como el cáncer de la democracia. Parece que otros, Hermann Tertsch, por ejemplo, se van percatando a su vez de esta evidencia.  En política suele ocurrir que las evidencias son lo último que se percibe.

El antifranquismo, como antaño el anticatolicismo, es el factor común a todos nuestros políticos de medio pelo. ¿Qué es lo que une a De Juana Chaos, Soraya, Zapatero, Urcullu, Mas, Josu Ternera, Rajoy, Pujol, antes a Carrillo o Bolinaga, a Cebrián, Alfonso Guerra, Susana, Aido, Ansón, Arzallus, Pakito, Chacón, Bolinaga, Sánchez, probablemente Rivera, y tutti quanti? Solo una cosa: todos se proclaman antifranquistas en mayor o menor grado, todos identifican antifranquismo y democracia, todos aspiran a borrar de la historia “la era de Franco”, unos “mirando al futuro”, otros de modo más activo; unos privando de historia a los españoles, otros falsificándola. Y ahí se halla la fuente de todos los males que sufre nuestra democracia y que están amenazando la propia subsistencia de la nación. Algo parecido ocurría en el Frente Popular, alianza de izquierdistas y separatistas, hoy ampliada al PP.

   Para entender lo que esto significa basta observar las amenazas y distorsiones más graves que sufre nuestra política, que podrían resumirse así:

  1. La connivencia con el terrorismo, en particular el de la ETA.

  2. Las oleadas de corrupción, que afectan a todos los partidos con poder.

  3. Los separatismos.

  4. La “muerte de Montesquieu”, es decir, la politización de la justicia.

   Estas cuatro amenazas que corroen la democracia y la unidad nacional,  tienen el sello del antifranquismo. En función de la identificación de  antifranquismo y democracia, nadie más demócrata que la ETA y el PCE, que lucharon realmente contra aquel régimen, cosa que no hicieron  los demócratas o los separatistas, exceptuando los etarras. No había demócratas en las cárceles de Franco, y los pocos existentes en la sociedad vivían y prosperaban en aquel régimen sin más oposición que alguna intriga menor o algunas quejas.

  Nótese que no incluyo entre los peligros para la democracia al terrorismo etarra, sino a la connivencia con él. Hay un hecho violentamente antidemocrático, antinacional, un golpe tremendo al estado de derecho, que debiera bastar para ver en qué ha degenerado  el sistema actual: desde la transición, la ETA ha disfrutado de un estatus especial, del intento de alcanzar una “salida política” negociando con los asesinos. Negociación implica aquí colaboración, puesto que convierte al asesinato en un modo de hacer política. La excepción fue el período de Aznar, cuando se trató a la ETA como debe hacerse en un estado de derecho y con resultados extraordinariamente buenos. Según confesión de sus jefes, el grupo terrorista se hallaba al borde del precipicio. Vino entonces el PSOE, después del 11-m, a rescatar a los criminales mediante la colaboración más espectacular, refrendada por un Parlamento corrupto hasta la médula, y no solo en lo económico: cientos de asesinatos premiados con legalidad, cargos políticos,  dinero público en abundancia, proyección internacional… Entre la ETA y el PSOE hay demasiadas coincidencias políticas: ambos se proclaman socialistas, aparte de otras muchas cosas como abortistas, homosexualistas,  etc. Y la una es radicalmente antiespañola y el otro, como poco, indiferente a España. Pero, sobre todo, los dos se definen como visceralmente antifranquistas. Tienen mucha base para “negociar”. Y a todo ello se ha sumado el PP.

   ¿Por qué casi ningún analista ha denunciado o siquiera  ha querido ver el gravísimo delito contra las leyes, contra la Constitución, contra la convivencia social, que ello ha supuesto? Cuando se habla de corrupción se piensa en el dinero, pero hay otras corrupciones más profundas  e infecciosas, empezando por la intelectual.

    Como máximo argumento, en una conferencia unos charlatanes me preguntaron intimidatoriamente si yo condenaba al franquismo. Respondí: “claro que no lo condeno. El franquismo no venció a una democracia, sino a un proceso revolucionario que amenazaba disgregar España y destruir la cultura cristiana. Después libró a España de la guerra mundial, que habría multiplicado los  desastres, derrotó al maquis, que intentaba volver a la guerra civil, hizo que los españoles olvidaran los odios que destrozaron a la república y dejó un país próspero y reconciliado. La democracia o lo que hay de democracia, ha sido posible por la herencia del franquismo”. Y todas las amenazas a ella provienen, insisto, de ese antifranquismo zascandil de después de Franco, colmo de la estupidez. Pero la estupidez, como la mentira, juega un gran papel en la historia

Los bergantes habituales dicen que en la transición se reconciliaron los españoles. Nada de eso: los españoles estaban en su inmensa mayoría reconciliados. Quienes se reconciliaron entonces fueron  unos mediocrísimos políticos, y lo hicieron sobre bases falsas que han conducido a la crisis actual. De no haber contado con la herencia de paz, prosperidad y reconciliación legada por el régimen anterior, aquellos botarates nos habrían conducido de nuevo, en muy pocos años, al desastre republicano. Al que, por fin, tienden nuevamente. A eso conduce la falsificación de la historia por unos y  el intento de olvidarla por otros.

   Todo esto lo he tratado con detenimiento en Los mitos del franquismo. Va dedicado “a quienes respeten la verdad y sientan la necesidad de defenderla”. Es por tanto un libro de combate. De combate contra la mentira profesionalizada que denunció reiteradamente y en vano Julián Marías.

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Los pecados del los liberales españoles

Blog I. Recuerdos (57) Adiós a Las Hurdes (y IX): http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-57-adios-hurdes-ix-13102015-1102

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Francisco J. Contreras  es uno de los no muy abundante intelectuales serios hoy en España, y sus libros  merecen atenta meditación como abordaje lúcido de los problemas político-morales a que se enfrente el confuso mundo de hoy.  Es católico y liberal,  y trata de armonizar las dos cosas, lo que en algunos aspectos es fácil y en otros difícil, como prueba la experiencia. Ahora mismo, resulta un empeño arduo combinar a Rawls, quizá el teórico liberal más influyente, con la doctrina cristiana. Todo este asunto tiene la mayor relevancia, y tengo pendiente hacer una reseña de su último libro  El sentido de la libertad, pero ahora voy a tratar su amplio comentario dedicado a Días de ira, de Hermann Tertsch y a  mi libro Los mitos del franquismo.

   Contreras define a Tertsch como “europeísta y liberal”, y a mí como “nacionalista, euroescéptico y más dubitativo frente al liberalismo”. En gran medida es cierto, aunque el europeísmo es también un nacionalismo, un nacionalismo imperial aspirante a cortar las raíces cristianas de Europa, sustituyéndolas por una ideología que, por simplificar llamaremos progresista o más bien progre; a disolver las naciones  que históricamente han dado sustancia cultural a Europa; y a convertir el inglés en lengua privilegiada de cultura y comunicación, relegando progresivamente a las demás, incluso  las más habladas, al ámbito de lo familiar. Entre otras cosas. Como nacionalista español, soy contrario a esa deriva, y creo que nunca debió pasarse de la CEE a la UE. Creo también que el furioso europeísmo dominante hoy en España es básicamente una forma de hispanofobia y de huida adelante por los problemas de separatismo  cultivados precisamente por los mismos “europeístas”. El europeísmo español se asienta sobre dos firmes pilares: una profunda ignorancia sobre Europa y un no menos profundo desprecio hacia España.

 Al nacionalismo se le denigra  generalmente como patriotería agresiva y oscurantista, pero en realidad se trata de la doctrina que atribuye la soberanía a la nación –preexistente–, es decir, al pueblo, apartándola de reyes u otros representantes. Por tanto es en principio democrático aunque pueda adoptar otro carácter.  Se me hace difícil pensar en países más nacionalistas que Usa o Inglaterra. Los europeístas están tratando la soberanía de la nación española como si fuera una propiedad suya con la que pueden hacer lo que convenga a sus intereses o a sus divagaciones ideológicas, para regalarla ilegalmente a la burocracia de la UE. Solo este hecho –entre tantos más— revela su carácter antidemocrático unido a su hispanofobia.

   En cuanto al liberalismo, me defino como adepto, pero no tomándolo como panacea al modo dogmático, tan frecuente. Además, existen corrientes diversas dentro de esa  doctrina. En España, ya desde el principio, hubo una división entre moderados y exaltados. Los nombres cambiaron, pero creo que sigue siendo una distinción útil. También  podría llamárseles pragmáticos y dogmáticos. Como  fuere, el liberalismo tiene en España un historial poco ejemplar: dramático o siniestro en su vertiente exaltada y muy mediocre en su versión moderada. Tampoco la democracia ha tenido aquí una historia muy feliz, ni la tiene ahora mismo, quizá en gran parte por la inexistencia de un pensamiento democrático en la derecha. El pensamiento de la izquierda siempre fue de tendencia totalitaria, no obstante lo cual ha conseguido pasar  sus políticas por esencias de democracia, cosa posible por el semivacío intelectual de la derecha, que también viene a denunciar Tertsch. Fernández de la Mora lo exageraba algo cuando decía que la derecha española no había leído nada desde Jovellanos.

   Por lo que hace al catolicismo, no soy creyente; además me parece que la Iglesia española está anquilosada –no quiero decir muerta–  desde hace siglos; que muchas de las acusaciones que le hacen sus enemigos están justificadas;  que sus derivaciones políticas más o menos integristas están condenadas al fracaso; y que su versión democristiana tiene un historial muy poco ejemplar. Pero ante la inmensa herencia cultural del catolicismo solo pueden calificarse de barbarie las intenciones y los hechos que buscan erradicarla para sustituirla por ideologías cuyo nefasto balance histórico está bien a la vista.  Lo considero, en conjunto, un tema a reexaminar.

    En todo ello la cuestión del franquismo y el antifranquismo tiene importancia crucial, porque es nuestro pasado inmediato sin asimilar el cual será inútil “mirar al futuro”, como pretenden los necios que dirigen al PP y de paso al país. Tertsch  ha señalado adecuadamente la farsa creada en torno al “antifranquismo” como justificación para las mil miserias de la política actual. Y es que el fondo de las supercherías, fraudes de todo género y frivolidades peligrosas que hoy presenciamos tiene su origen en la identificación radicalmente falaz  de antifranquismo y democracia. Esa falsedad, generadora de tantas otras, ha envenenado a gran parte la sociedad española, originando políticas tan delictivas como la colaboración de los partidos “nacionales”,  PP y PSOE,  con la ETA y con los separatismos, la progresiva disolución de España en la UE y la destrucción de su cultura mediante una total supeditación a la anglosajona, el entreguismo de la soberanía, la ausencia de política exterior independiente, la politización de la justicia, por no hablar de una corrupción económica extendidísima. Mi objetivo al escribir Los mitos del franquismo ha sido precisamente poner de relieve cómo el pasado permanece, y cómo su falsificación falsea igualmente el presente.

   A la reseña de Contreras a mi libro, interesante y aguda como no podía ser menos viniendo de él, le encuentro no obstante dos enfoques a mi juicio erróneos: la idea de que, superado lo peor, la dictadura debiera haber cedido paso a la democracia en los años 60; y que la represión de posguerra no se justifica.  Sobre lo primero, el paso a la democracia no se dio simplemente porque casi nadie en España quería darlo: si el régimen garantizaba un creciente bienestar y libertad personal y social en todos los ámbitos, aunque restringida en lo político, ¿por qué había que cambiar, máxime cuando la oposición real era comunista y terrorista y quedaba viva en la memoria la experiencia de la república y el Frente Popular? ¿Había que cambiar simplemente porque les gustaba a los demoliberales, que eran muy pocos, no muy serios y a menudo giraban en torno a los montajes comunistas?

    Porque los demoliberales, exaltados como Azaña  o moderados como Ortega o Marañón, con su sectarismo unos y su frivolidad otros, ayudaron grandemente a traer una república convulsa y una revolución que, desde luego, ellos no estaban en condiciones de parar. Jugaron a aprendices de brujos, como reconocieron los más lúcidos, Marañón por ejemplo.  Fue el franquismo quien salvó la situación para España, salvándola también para los liberales, que en su mayoría vivieron y prosperaron tranquilamente en aquel régimen, mientras que en la república y el Frente Popular lo habían pasado muy mal.

   Pero no faltaron liberales empeñados en  intrigar de mala manera en torno a Don Juan, y no ya en los años 60 sino en los 40, tratando de hacer de España un país derrotado  cuando no había participado en le guerra mundial, sometiéndolo a las decisiones delictivas de los vencedores e incurriendo en algo muy parecido a la alta traición. La mayoría de aquellos liberales se agruparon en torno a una monarquía cuyo destino evidente habría sido reproducir la historia de Alfonso XIII después de Primo de Rivera. La frivolidad y el dogmatismo, como casi siempre. No, la actitud “crítica” e inclemente que adoptan hacia el franquismo muchos liberales queda por lo menos ridícula. No valen como jueces, y lo más que hay que agradecerles es que su oposición al franquismo no pasara de intrigas baratas, con las que, por cierto Franco supo lidiar con maestría. Y si el liberalismo es un componente esencial de la democracia, como creo, cabe señalar la debilidad de ese componente no ya en los años 60, sino ahora mismo.

    Sobre la represión de posguerra, Contreras creo que malinterpreta la realidad. Si en algo son expertas las izquierdas es en la propaganda, saben acusar amargamente a otros de sus propios crímenes, y esa insistencia termina por contaminar a la derecha, incluso a alguien sagaz como Contreras:   Me parece menos convincente la parte dedicada por Moa al espinoso asunto de la represión en la Guerra Civil y la temprana posguerra. Instalado en una actitud de defensa a ultranza del franquismo, busca la atenuación de responsabilidades mediante la contextualización y la relativización a lo “¡y tú más!”. Pues no estoy defendiendo a ultranza al franquismo sino la verdad sobre el franquismo. Podría estar equivocado, pero me parece que no lo estoy en este caso. Ni la contextualización  ni la comparación equivalen necesariamente al “y tú más”. Por el contrario,  dado que nadie es perfecto, es no solo lícito, sino también necesario comparar y contextualizar para entender los hechos. El mismo Contreras relativiza el evidente y salvaje crimen de Hiroshima y Nagasaki: Cabe quizá la excusa de que permitió acortar la guerra y a la postre ahorrar vidas, cosa que no resulta sostenible en lo que se refiere a la represión de retaguardia” durante la guerra de España. La comparación es chocante. Aquella represión en España tenía no solo la excusa de que trataba de acortar la guerra asfixiando al enemigo en retaguardia, sino que se ejercía sobre enemigos reales casi siempre. Los bombardeos indiscriminados sobre la población civil (mujeres, niños y ancianos principalmente) sí que admiten difícilmente excusa.

    Sí, incluso los países democráticos adoptaron decisiones reprobables durante la Segunda Guerra Mundial (internamiento –que no fusilamiento- de los ciudadanos de origen japonés en EE.UU.; bombardeos de Dresde-Hamburgo…  ¿Incluso? ¿Reprobables? No creo que pueda equipararse el internamiento de los japoneses con los espeluznantes bombardeos citados (y muchos otros). Se trata de crímenes espeluznantes, y en el frente occidental los cometidos por las democracias fueron mayores, con toda probabilidad, que los de los alemanes. Sin contar otros como el trato a los prisioneros alemanes o la entrega de otros a los soviéticos conociendo el destino que les aguardaba, etc. No, comparados con esos actos, los de España no parecen tan graves. Salvo, quizá, por el extremo sadismo de la represión de izquierdas, parecida a la del Estado Islámico.

 Insiste en la comparación con la represión de primera hora –tras la retirada nazi- contra los “colaboracionistas” italianos y franceses; sin embargo, se trató en la mayoría de los casos de ejecuciones irregulares, en la anarquía de las primeras semanas, a cargo de grupos de partisanos: no les pueden ser imputadas a los nuevos gobiernos, aún apenas organizados, con la diafanidad que incumbe al régimen de Franco respecto a la represión de 1936-41. Es un modo muy benévolo de ver las cosas para aquellos gobiernos. La represión  de “primera hora” de la posguerra en Italia y Francia se realizó mediante asesinatos sin juicio. La de posguerra en España, mediante ejecuciones judiciales. Y por supuesto, la primera puede ser imputada a los nuevos gobiernos, que dejaron el “trabajo sucio” a los partisanos, en su mayoría comunistas, pues fueron estos, y no los demócratas, quienes llevaron el mayor peso de la resistencia a los nazis.

 Más atendible es el argumento de que muchos de los ejecutados eran culpables de delitos de sangre (o sea, habían sido chequistas en la zona republicana), en una época en que la pena de muerte era admitida en todas partes. El propio Moa, sin embargo, reconoce que entre los muertos hubo también inocentes cuyo único crimen era pertenecer al bando ideológico incorrecto. Doy por cierto, dadas las circunstancias, que fue ejecutado un número de personas que no merecían tal pena  (y salieron conmutados otros que sí la merecían según los criterios de entonces). Estas cosas siempre ocurren, también en tiempos de paz. Pero quienes insisten en los inocentes deberían  especificar cuántos y cuáles fueron, pues a ellos corresponde aclararlo. Según la propaganda habitual, todos lo eran, claro.  Y hablar del “bando ideológico equivocado” es una manera muy suave de decir que el Frente Popular pretendía aniquilar  físicamente a la Iglesia y la cultura cristiana en España, así como –muchos de sus integrantes– disgregar a España como nación. Creo que en estos puntos el señor Contreras se deja influir por la propaganda  izquierdista.

   En Los mitos del franquismo el planteamiento implícito es este: se trató de un régimen extraordinariamente exitoso, contra viento y marea, en casi todos los aspectos, pero ideológicamente débil. En cierto modo lo explica la opinión de  Mariano Navarro Rubio sobre Franco: No era precisamente un intelectual. Jamás presumió de serlo ni de procurarlo. Su doctrina política estaba compuesta de unas pocas ideas, elementales, claras y fecundas. Quizá sea la ocasión de rescatar algunas de esas pocas pero fecundas ideas en una época tan confusa y peligrosa como la actual.

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De la Cigoña decía esto en su blog el día en que Bergoglio fue elegido Papa:

El bergogliato lleva muchos años desmovilizando a los católicos argentinos y ahora se encuentra con que la peor chusma le toma la catedral. Gracias a Dios la abandonaron pronto pero por propia voluntad. En tiempos de Perón los católicos se movilizaron heroicamente en defensa de su templos. Hoy, después de una nefasta jerarquía episcopal, los obispos no tienen quienes defiendan a Dios y a su casa. Y si alguna vez unos jóvenes valientes arriesgaron sus vidas para que las catedrales de sus diócesis no fueran profanadas sólo recibieron recriminaciones de una jerarquía cobarde y apóstata. Y a ese ser de mirada torva, conducta cobarde y propósitos dudosísimos alguno nos lo presenta como el nuevo Papa deseable. ¡Qué Dios salve a su Iglesia! Porque de Bergoglio, y no es ejemplar único, nada se puede esperar.

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La Hispanidad no está boyante.

Blog I. Recuerdos (56) Hurdes (VIII)  A San Blas, abogado de la garganta: http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-56-viaje-hurdesviii-san-blas-abogado-garganta-11102015-2157  

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La Hispanidad es una gran idea para impulsar acuerdos entre un amplio grupo de países  que, juntos, pueden desempeñar un papel político y cultural en el mundo. Países unidos por una lengua y una cultura comunes y una historia en gran parte compartida. Esto es una evidencia, pero  a la hora de hacerla operativa, surgen las dificultades. Durante largo tiempo, la cultura hispana ha sufrido la erosión de la de la leyenda negra, procedente de un fraile perturbado y explotada muy a fondo, hasta nuestros días, por países que fueron enemigos de España cuando España era una primera potencia, pero que se mantiene con la misma fuerza cuando hace mucho que dejó de serlo. La leyenda negra ha sido interiorizada y ampliada,  además,  por generaciones de españoles e hispanoamericanos que empiezan por preferir llamarse “latinos” a iniciativa de Francia, para disimular sus raíces. La propaganda y la enseñanza antiespañolas en América son realmente enconadas, como se comprueba fácilmente, aunque en ese odio haya un componente de amor, pues después de todo se odian a sí mismos.  Desde el punto de vista cultural e intelectual, la Hispanidad significa muy poco hoy día, está completamente apabullada por la tremenda fuerza de la cultura useña, y en varios países, empezando por la propia España, se está tratando de cooficializar el inglés como lengua superior de cultura y comunicación a todos los niveles. El porvenir no parece muy risueño.

Políticamente,  España manifiesta su radical impotencia admitiendo una colonia extranjera en su territorio y lamiendo las botas, literalmente, del colonizador;  y tratando de borrarse históricamente y entregar su soberanía a un proyecto desnacionalizador supuestamente europeo. Pero en un terreno más amplio, ¿qué ofrece políticamente la Hispanidad? De momento, nada o casi nada. Las potencias anglosajones ofrecen una alternativa global bautizada, más o menos acertadamente, demoliberalismo, con derivas actuales como el homosexualismo, el abortismo, la destrucción de la familia tradicional, el socavamiento a fondo de la herencia cristiana, etc.  Los países hispánicos siguen enfangados en una mezcla de políticas demagógicas de escaso contenido intelectual, repulsa e imitación simultáneas de los  modelos  anglosajones, y nula alternativa.  Algunos hablan del catolicismo como una base  para fundar  un impulso cultural y político propio, pero  por ahí no se ve una perspectiva de futuro. La Iglesia no pasa por sus mejores momento, desde luego, y tenemos la experiencia del franquismo para meditar sobre ello.   Económicamente se trata de países muy dispares,  muy poco brillantes, casi siempre con excesiva corrupción y ninguno de ellos con capacidad para marcar una orientación propia, suponiendo que ello sea posible.

Podríamos seguir citando aspectos poco prometedores. ¿Qué queda realmente? Queda lo dicho al principio: una lengua y elementos culturales, y por tanto la posibilidad de construir sobre ellos. De momento solo eso: una posibilidad.

La Hispanidad se parece a un enorme legado de que un padre trabajador hubiera dejado a unos hijos ineptos y derrochones. Parte del legado sigue ahí, a pesar de todo.

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  Acto cultural en Santander: el hotel donde se celebraba  recibió llamadas y advertencias para que  cerrase el acto  por ser “fascista”.  La chusma de donde venía ese ataque a la libertad es fácil de imaginar: la extrema izquierda de Podemos y compañía.  En esta ocasión no tuvieron éxito, pero me dicen los organizadores que en otra consiguieron “acojonar” a otro hotel. Hace unos años presenté la novela Sonaron gritos y golpes a la puerta en el Ateneo de la ciudad. El director entonces se creyó en la obligación de advertirme contra posibles “excesos”. Esto, en el país de los excesos, de la mentira profesionalizada. La degradación del respeto intelectual recuerda al Frente Popular, pues no son solo los amigios de la cheka, sino los muchos que, por la razón que sea, rinden pleitesía a los matones.

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