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Francisco J. Contreras es uno de los no muy abundante intelectuales serios hoy en España, y sus libros merecen atenta meditación como abordaje lúcido de los problemas político-morales a que se enfrente el confuso mundo de hoy. Es católico y liberal, y trata de armonizar las dos cosas, lo que en algunos aspectos es fácil y en otros difícil, como prueba la experiencia. Ahora mismo, resulta un empeño arduo combinar a Rawls, quizá el teórico liberal más influyente, con la doctrina cristiana. Todo este asunto tiene la mayor relevancia, y tengo pendiente hacer una reseña de su último libro El sentido de la libertad, pero ahora voy a tratar su amplio comentario dedicado a Días de ira, de Hermann Tertsch y a mi libro Los mitos del franquismo.
Contreras define a Tertsch como “europeísta y liberal”, y a mí como “nacionalista, euroescéptico y más dubitativo frente al liberalismo”. En gran medida es cierto, aunque el europeísmo es también un nacionalismo, un nacionalismo imperial aspirante a cortar las raíces cristianas de Europa, sustituyéndolas por una ideología que, por simplificar llamaremos progresista o más bien progre; a disolver las naciones que históricamente han dado sustancia cultural a Europa; y a convertir el inglés en lengua privilegiada de cultura y comunicación, relegando progresivamente a las demás, incluso las más habladas, al ámbito de lo familiar. Entre otras cosas. Como nacionalista español, soy contrario a esa deriva, y creo que nunca debió pasarse de la CEE a la UE. Creo también que el furioso europeísmo dominante hoy en España es básicamente una forma de hispanofobia y de huida adelante por los problemas de separatismo cultivados precisamente por los mismos “europeístas”. El europeísmo español se asienta sobre dos firmes pilares: una profunda ignorancia sobre Europa y un no menos profundo desprecio hacia España.
Al nacionalismo se le denigra generalmente como patriotería agresiva y oscurantista, pero en realidad se trata de la doctrina que atribuye la soberanía a la nación –preexistente–, es decir, al pueblo, apartándola de reyes u otros representantes. Por tanto es en principio democrático aunque pueda adoptar otro carácter. Se me hace difícil pensar en países más nacionalistas que Usa o Inglaterra. Los europeístas están tratando la soberanía de la nación española como si fuera una propiedad suya con la que pueden hacer lo que convenga a sus intereses o a sus divagaciones ideológicas, para regalarla ilegalmente a la burocracia de la UE. Solo este hecho –entre tantos más— revela su carácter antidemocrático unido a su hispanofobia.
En cuanto al liberalismo, me defino como adepto, pero no tomándolo como panacea al modo dogmático, tan frecuente. Además, existen corrientes diversas dentro de esa doctrina. En España, ya desde el principio, hubo una división entre moderados y exaltados. Los nombres cambiaron, pero creo que sigue siendo una distinción útil. También podría llamárseles pragmáticos y dogmáticos. Como fuere, el liberalismo tiene en España un historial poco ejemplar: dramático o siniestro en su vertiente exaltada y muy mediocre en su versión moderada. Tampoco la democracia ha tenido aquí una historia muy feliz, ni la tiene ahora mismo, quizá en gran parte por la inexistencia de un pensamiento democrático en la derecha. El pensamiento de la izquierda siempre fue de tendencia totalitaria, no obstante lo cual ha conseguido pasar sus políticas por esencias de democracia, cosa posible por el semivacío intelectual de la derecha, que también viene a denunciar Tertsch. Fernández de la Mora lo exageraba algo cuando decía que la derecha española no había leído nada desde Jovellanos.
Por lo que hace al catolicismo, no soy creyente; además me parece que la Iglesia española está anquilosada –no quiero decir muerta– desde hace siglos; que muchas de las acusaciones que le hacen sus enemigos están justificadas; que sus derivaciones políticas más o menos integristas están condenadas al fracaso; y que su versión democristiana tiene un historial muy poco ejemplar. Pero ante la inmensa herencia cultural del catolicismo solo pueden calificarse de barbarie las intenciones y los hechos que buscan erradicarla para sustituirla por ideologías cuyo nefasto balance histórico está bien a la vista. Lo considero, en conjunto, un tema a reexaminar.
En todo ello la cuestión del franquismo y el antifranquismo tiene importancia crucial, porque es nuestro pasado inmediato sin asimilar el cual será inútil “mirar al futuro”, como pretenden los necios que dirigen al PP y de paso al país. Tertsch ha señalado adecuadamente la farsa creada en torno al “antifranquismo” como justificación para las mil miserias de la política actual. Y es que el fondo de las supercherías, fraudes de todo género y frivolidades peligrosas que hoy presenciamos tiene su origen en la identificación radicalmente falaz de antifranquismo y democracia. Esa falsedad, generadora de tantas otras, ha envenenado a gran parte la sociedad española, originando políticas tan delictivas como la colaboración de los partidos “nacionales”, PP y PSOE, con la ETA y con los separatismos, la progresiva disolución de España en la UE y la destrucción de su cultura mediante una total supeditación a la anglosajona, el entreguismo de la soberanía, la ausencia de política exterior independiente, la politización de la justicia, por no hablar de una corrupción económica extendidísima. Mi objetivo al escribir Los mitos del franquismo ha sido precisamente poner de relieve cómo el pasado permanece, y cómo su falsificación falsea igualmente el presente.
A la reseña de Contreras a mi libro, interesante y aguda como no podía ser menos viniendo de él, le encuentro no obstante dos enfoques a mi juicio erróneos: la idea de que, superado lo peor, la dictadura debiera haber cedido paso a la democracia en los años 60; y que la represión de posguerra no se justifica. Sobre lo primero, el paso a la democracia no se dio simplemente porque casi nadie en España quería darlo: si el régimen garantizaba un creciente bienestar y libertad personal y social en todos los ámbitos, aunque restringida en lo político, ¿por qué había que cambiar, máxime cuando la oposición real era comunista y terrorista y quedaba viva en la memoria la experiencia de la república y el Frente Popular? ¿Había que cambiar simplemente porque les gustaba a los demoliberales, que eran muy pocos, no muy serios y a menudo giraban en torno a los montajes comunistas?
Porque los demoliberales, exaltados como Azaña o moderados como Ortega o Marañón, con su sectarismo unos y su frivolidad otros, ayudaron grandemente a traer una república convulsa y una revolución que, desde luego, ellos no estaban en condiciones de parar. Jugaron a aprendices de brujos, como reconocieron los más lúcidos, Marañón por ejemplo. Fue el franquismo quien salvó la situación para España, salvándola también para los liberales, que en su mayoría vivieron y prosperaron tranquilamente en aquel régimen, mientras que en la república y el Frente Popular lo habían pasado muy mal.
Pero no faltaron liberales empeñados en intrigar de mala manera en torno a Don Juan, y no ya en los años 60 sino en los 40, tratando de hacer de España un país derrotado cuando no había participado en le guerra mundial, sometiéndolo a las decisiones delictivas de los vencedores e incurriendo en algo muy parecido a la alta traición. La mayoría de aquellos liberales se agruparon en torno a una monarquía cuyo destino evidente habría sido reproducir la historia de Alfonso XIII después de Primo de Rivera. La frivolidad y el dogmatismo, como casi siempre. No, la actitud “crítica” e inclemente que adoptan hacia el franquismo muchos liberales queda por lo menos ridícula. No valen como jueces, y lo más que hay que agradecerles es que su oposición al franquismo no pasara de intrigas baratas, con las que, por cierto Franco supo lidiar con maestría. Y si el liberalismo es un componente esencial de la democracia, como creo, cabe señalar la debilidad de ese componente no ya en los años 60, sino ahora mismo.
Sobre la represión de posguerra, Contreras creo que malinterpreta la realidad. Si en algo son expertas las izquierdas es en la propaganda, saben acusar amargamente a otros de sus propios crímenes, y esa insistencia termina por contaminar a la derecha, incluso a alguien sagaz como Contreras: Me parece menos convincente la parte dedicada por Moa al espinoso asunto de la represión en la Guerra Civil y la temprana posguerra. Instalado en una actitud de defensa a ultranza del franquismo, busca la atenuación de responsabilidades mediante la contextualización y la relativización a lo “¡y tú más!”. Pues no estoy defendiendo a ultranza al franquismo sino la verdad sobre el franquismo. Podría estar equivocado, pero me parece que no lo estoy en este caso. Ni la contextualización ni la comparación equivalen necesariamente al “y tú más”. Por el contrario, dado que nadie es perfecto, es no solo lícito, sino también necesario comparar y contextualizar para entender los hechos. El mismo Contreras relativiza el evidente y salvaje crimen de Hiroshima y Nagasaki: Cabe quizá la excusa de que permitió acortar la guerra y a la postre ahorrar vidas, cosa que no resulta sostenible en lo que se refiere a la represión de retaguardia” durante la guerra de España. La comparación es chocante. Aquella represión en España tenía no solo la excusa de que trataba de acortar la guerra asfixiando al enemigo en retaguardia, sino que se ejercía sobre enemigos reales casi siempre. Los bombardeos indiscriminados sobre la población civil (mujeres, niños y ancianos principalmente) sí que admiten difícilmente excusa.
Sí, incluso los países democráticos adoptaron decisiones reprobables durante la Segunda Guerra Mundial (internamiento –que no fusilamiento- de los ciudadanos de origen japonés en EE.UU.; bombardeos de Dresde-Hamburgo… ¿Incluso? ¿Reprobables? No creo que pueda equipararse el internamiento de los japoneses con los espeluznantes bombardeos citados (y muchos otros). Se trata de crímenes espeluznantes, y en el frente occidental los cometidos por las democracias fueron mayores, con toda probabilidad, que los de los alemanes. Sin contar otros como el trato a los prisioneros alemanes o la entrega de otros a los soviéticos conociendo el destino que les aguardaba, etc. No, comparados con esos actos, los de España no parecen tan graves. Salvo, quizá, por el extremo sadismo de la represión de izquierdas, parecida a la del Estado Islámico.
Insiste en la comparación con la represión de primera hora –tras la retirada nazi- contra los “colaboracionistas” italianos y franceses; sin embargo, se trató en la mayoría de los casos de ejecuciones irregulares, en la anarquía de las primeras semanas, a cargo de grupos de partisanos: no les pueden ser imputadas a los nuevos gobiernos, aún apenas organizados, con la diafanidad que incumbe al régimen de Franco respecto a la represión de 1936-41. Es un modo muy benévolo de ver las cosas para aquellos gobiernos. La represión de “primera hora” de la posguerra en Italia y Francia se realizó mediante asesinatos sin juicio. La de posguerra en España, mediante ejecuciones judiciales. Y por supuesto, la primera puede ser imputada a los nuevos gobiernos, que dejaron el “trabajo sucio” a los partisanos, en su mayoría comunistas, pues fueron estos, y no los demócratas, quienes llevaron el mayor peso de la resistencia a los nazis.
Más atendible es el argumento de que muchos de los ejecutados eran culpables de delitos de sangre (o sea, habían sido chequistas en la zona republicana), en una época en que la pena de muerte era admitida en todas partes. El propio Moa, sin embargo, reconoce que entre los muertos hubo también inocentes cuyo único crimen era pertenecer al bando ideológico incorrecto. Doy por cierto, dadas las circunstancias, que fue ejecutado un número de personas que no merecían tal pena (y salieron conmutados otros que sí la merecían según los criterios de entonces). Estas cosas siempre ocurren, también en tiempos de paz. Pero quienes insisten en los inocentes deberían especificar cuántos y cuáles fueron, pues a ellos corresponde aclararlo. Según la propaganda habitual, todos lo eran, claro. Y hablar del “bando ideológico equivocado” es una manera muy suave de decir que el Frente Popular pretendía aniquilar físicamente a la Iglesia y la cultura cristiana en España, así como –muchos de sus integrantes– disgregar a España como nación. Creo que en estos puntos el señor Contreras se deja influir por la propaganda izquierdista.
En Los mitos del franquismo el planteamiento implícito es este: se trató de un régimen extraordinariamente exitoso, contra viento y marea, en casi todos los aspectos, pero ideológicamente débil. En cierto modo lo explica la opinión de Mariano Navarro Rubio sobre Franco: No era precisamente un intelectual. Jamás presumió de serlo ni de procurarlo. Su doctrina política estaba compuesta de unas pocas ideas, elementales, claras y fecundas. Quizá sea la ocasión de rescatar algunas de esas pocas pero fecundas ideas en una época tan confusa y peligrosa como la actual.
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De la Cigoña decía esto en su blog el día en que Bergoglio fue elegido Papa:
El bergogliato lleva muchos años desmovilizando a los católicos argentinos y ahora se encuentra con que la peor chusma le toma la catedral. Gracias a Dios la abandonaron pronto pero por propia voluntad. En tiempos de Perón los católicos se movilizaron heroicamente en defensa de su templos. Hoy, después de una nefasta jerarquía episcopal, los obispos no tienen quienes defiendan a Dios y a su casa. Y si alguna vez unos jóvenes valientes arriesgaron sus vidas para que las catedrales de sus diócesis no fueran profanadas sólo recibieron recriminaciones de una jerarquía cobarde y apóstata. Y a ese ser de mirada torva, conducta cobarde y propósitos dudosísimos alguno nos lo presenta como el nuevo Papa deseable. ¡Qué Dios salve a su Iglesia! Porque de Bergoglio, y no es ejemplar único, nada se puede esperar.