**Blog I. Jueces para (hundir) la democracia. Y la historia: http://www.gaceta.es/pio-moa/jueces-hundir-democracia-historia-26062015-0827
**El próximo martes 30, a las 20,00 horas, en el Casino de Madrid, Alcalá 15, presentación de Los mitos del franquismo, a cargo de Adolfo Prego, ex juez del Supremo, de Ymelda Navajo, directora de la editorial, y de un servidor. Creo que se exige entrar con corbata.
**Actualmente, “Cita con la historia” ha conseguido fondos para sobrevivir hasta mediados de agosto. Necesitamos un empujón para tener cubierto hasta octubre, y a ser posible todo el resto del año. Piénsese que con que solo 300 oyentes diesen orden a su bando de ingresar 20-30 euros cada mes, el programa podría continuar sin problemas e indefinidamente. O bien que un millar de oyentes pusiera la misma cantidad una sola vez bastaría para terminar el año.
**Asimismo, si mil, dos mil o cinco mil oyentes enlazasen y comentasen cada semana el programa (podcast o You tube) en las redes sociales, su difusión se multiplicaría. “Cita con la historia” está enfocado a combatir la “mentira profesionalizada” que denunciaba Julián Marías y que “cierra el horizonte” de España. Para que no quede en una iniciativa perdida más, es necesario que los oyentes y simpatizantes pasen de la extendida cultura de la queja a la cultura de la acción.
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La percepción de un poder por encima de lo existente y que justificaría este, puede ser más intensa o más difusa según las personas, pues la mayoría vive atareada con sus problemas y aspiraciones cotidianas y solo lo siente de forma aguda en algunos momentos especiales. Pero algunas personas lo perciben y sienten con gran intensidad y llegan a crear mitos y ritos, o a fundar religiones que otros aceptan con más o menos fervor, convirtiéndolos en signos de identidad colectiva. Y del mismo modo que existe gran desigualdad entre los individuos, también entre los pueblos, de modo que algunos elaboran mitos de especial profundidad y belleza, y otros más primarios y toscos.
“Mito” significa relato, y funciona nombrando las fuerzas causantes y ordenadoras del mundo. Una vez nombradas, la imaginación puede atribuirles acciones, generalmente por analogía con las humanas, y les crea representaciones. Una excepción es el monoteísmo judaico, en el cual, al menos en alguna versión, queda excluido el mismo nombre de Dios, tratado con alusiones (Adonai), por estar más allá de toda potencia o capacidad humana, en cualquier sentido, y considerarse un rebajamiento cualquier representación de él. Para remediar ese vacío, Dios habla directamente, inspira, a algunos dirigentes para que orienten a su vez al pueblo. La Torá o Pentateuco estaría inspirado directamente por Dios a Moisés (aquí dejaremos la hipótesis documental y sus discusiones), llegando a través de este al “pueblo elegido”. Y debe reconocerse la gigantesca potencia inspiradora de esas creencias, pues no solo son el pilar sobre el que se ha sostenido la identidad judía a pesar de la dispersión y las arduas condiciones en que sus gentes han vivido durante veinte siglos: también ha fundado, de otro modo, el cristianismo, y el islamismo.
La semejanza entre el mito y la literatura es clara. La literatura griega fue en gran parte un desarrollo de su mitología. En la literatura occidental la influencia directamente religiosa se ha desvanecido y los dioses o Dios no aparecen, al menos en la superficie. Pero una novela, por ejemplo, trata, igual que el mito, el destino o la condición humana nombrando personajes ficticios en situaciones irreales… y sin embargo significativas, aunque en la mayoría de los casos el relato sea burdo o trivial. Pero nos irritamos con esos relatos, y distinguimos a otros por su excelencia, porque hacen vibrar cuerdas profundas de nuestra psique, al margen de la razón. Como pasa con la religiosidad, se ha querido explicar la literatura por circunstancia llamadas materiales, por “la posición de clase” del autor, o por el dinero. Ninguna cantidad de dinero ofertada a una multitud de escritores podría hacerles crear el Quijote, o Macbeth o la Odisea, pongamos por caso. Y si se atribuye su actividad al afán material, debe suponerse que el mismo criterio debe aplicarse a quienes así lo explican: lo hacen simplemente por el deseo de ganarse unos durillos o eurillos, y a ello hay que referir su valor, al margen de cualquier otra consideración. El dinero ganado sería el valor esencial de la obra. Pero el valor literario se refiere absolutamente a otra cosa que el dinero o “los intereses de clase”, y podemos suponer que solo en una sociedad mercantilizada en extremo y ciega a cualquier otro valor podría tener relevancia tal criterio.
El valor de una obra literaria proviene de su inspiración. La Ilíada no es atribuida al poeta, sino a la “diosa” que le inspira, y que se manifiesta a través de él. Lo cual responde plenamente a la realidad. Se dice que el genio es un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración (la musa puede imponer mucho trabajo), pero en todo caso la inspiración, esa “idea que viene a la cabeza” es justamente lo esencial, y no puede ser sustituida, por mucha transpiración que se le eche. Por lo demás, la musa suele ser burlona y a menudo hace creer a sus inspirados que han realizado una gran obra cuando no ha sido así. Como el mito, la literatura es inspirada por una impresión del misterioso destino del hombre y el mundo y por ello deja en el trasfondo a la divinidad, aunque no la mencione. Frases como las desesperadas de Macbeth sobre la vida (“ruido y furia sin sentido”) lo expresan plenamente.

