Blog I. Beatería “europeísta” e hispanofobia:http://www.gaceta.es/pio-moa/beateria-europeista-e-hispanofobia-17122014-2133
***Próximo programa de Cita con la Historia: La I Guerra Mundial y España. En Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde.
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PATRICIO–Dejemos, oh amigos, esas discusiones sobre hombres y mujeres, que a nada conducen y vayamos a lo que realmente importa ahora mismo, por gris y pesado que el tema sea. Me refiero a la crisis económica, sobre la que tanto hablan y se contradicen unos y otros. Nuestro gran Fabricio sostiene que el análisis en torno al ahorro es completamente falso porque, según él, si ahorras dejas de consumir una cantidad de producción y arruinas a alguna gente. Pero no hemos llegado a conclusión alguna. Amplíanos tu teoría económica, Fabricio, por la que quizá un día te den el premio Nobel, algo que no me extrañaría, pues se lo han dado a economistas con ideas muy distintas, por no decir contrarias entre sí…
FABRICIO–Veamos, buen hombre, planteémoslo así: el ser humano precisa consumir como cualquier animal, pero a diferencia de estos, no depende directamente del medio, sino indirectamente: debe producir sus objetos de consumo, por lo general. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, y todo eso. Hay, por tanto, producción y consumo, aunque a este también podemos llamarle inversión, si nos da la gana, como ya expliqué. Cuando la producción y el consumo se igualan aproximadamente, no hay problema. Pero, ¿y si se produce demasiado, por ejemplo?
SALICIO –¿Cómo puede producirse demasiado, excelso jorobeta? ¡Imposible! El hombre es insaciable y seguirá consumiendo lo que le echen. Incluso si se tira a la basura la mitad de la producción, ¿qué lo impide?, y ¿qué mal hay en ello?
SIMPLICIO –Lo impiden los precios. Nadie produce algo no remunerable, porque se arruina.
FABRICIO–Vamos a ver, la producción exige un esfuerzo, y ese esfuerzo ha de ser remunerado, porque si no, nadie lo haría. ¿Y con qué es remunerado? Con producción. La producción incluye la remuneración en sí misma. A efectos del análisis, simplifiquemos al máximo, para hacerlo más fácil: reduzcamos toda la producción a un solo producto, la mantequilla, por ejemplo. Esto viene a ser una metáfora, claro, pero dejémoslo en mantequilla Y ahora reduzcamos a toda la sociedad a una sola persona. Esa persona tiene una vaca, con la que resumimos todos los instrumentos de producción, y así produce su propia mantequilla y se la come, la consume. La sociedad funciona así: produce unos bienes y los consume. Imaginemos ahora que un año la vaca da más leche de la necesaria: a la persona le basta con tirarla y quedarse con la que precisa. Por ahí, es decir, por la sobreproducción, no puede venir ninguna crisis. En cambio supongamos que un año hay sequía, poco pasto, y la vaca da poca leche o enferma; o bien que la persona, por vagancia o por torpeza, deja que se estropee la mitad de la leche y tiene que contentarse con menos mantequilla de la precisa: he aquí la crisis. La crisis viene siempre por insuficiencia de producción, causada por la razón que sea. Dicho de otro modo: las crisis no vienen por el lado de la oferta, sino de la demanda no saciada. O por la oferta insuficiente, si lo preferís, todo viene a ser lo mismo.
MAURICIO–Pero tú olvidas muchas cosas. Olvidas el dinero, el comercio, los precios… No se puede reducir toda la sociedad a una persona, por mucho que quieras abstraer, ni tampoco toda la producción a una mercancía.
FABRICIO –¡Ah, qué duro es tener que explicar las cosas a los zoquetes…! Vamos a verlo de otro modo: todos sabemos cómo terminó aquel célebre debate entre Hayek y Keynes sobre la depresión, muchos años ha: como el rosario de la aurora. Os voy a explicar por qué se equivocaba Hayek. Este sostenía que en los ciclos económicos, los períodos de crisis se deben a la imperfección de los mecanismos monetarios. El tipo de interés representaría los bienes de consumo esperados en un futuro próximo a cambio de aquellos a los que se renuncia ahora, es decir, a cambio del ahorro. Ese tipo de interés regula el mecanismo que coordina el ahorro y la inversión. Pero los empresarios no pueden tener una idea precisa sobre lo que la sociedad quiere, en otras palabras, sobre el equilibrio adecuado entre ahorro y consumo, y cuando las cosas van bien, los mercados financieros tienden a dejarse llevar por la euforia y bajar demasiado los tipos de interés, con lo cual se multiplica la inversión más allá de lo que realmente puede o quiere ahorrar la sociedad en un plazo determinado. De lo que termina resultando una cantidad de inversiones ruinosas y sin salida.
SALICIO –No acabo de entenderlo, camarada. Pero dices que Hayek estaba equivocado, ¿entonces acertaba Keynes?
FABRICIO–No estaba menos equivocado, Precisamente porque también se embrollaba en ahorros, inversiones y consumos. Pero dejadme antes seguir con Hayek
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PATRICIO.- A ver si te entiendo, Fabricio: según tú, no se puede ahorrar, porque ello implica dejar de consumir mercancías existentes, las cuales, por tanto, se desperdician, arruinando a sus productores. Esto parece una evidencia, pero choca con otra evidencia: la de que la gente suele meter parte de sus ingresos en los bancos en lugar de gastárselos en consumo directo, y los bancos, a su vez, prestan con ese dinero a los inversores o a otros consumidores. Por tanto, una de las dos evidencias debe ser ilusoria. ¿Quieres decir que ese dinero que la gente mete en los bancos no representa unas mercancías reales en las que podría gastar sus ingresos el consumidor? ¿A qué corresponden, entonces, esos ingresos? ¿Cobra la gente más de lo que puede consumir?
FABRICIO.- A eso iré, pero ante todo déjame que te aclare por vía de la experiencia histórica, y espero aceptes humildemente esta lección que te doy, os doy, el error en que Hayek se ha dignado caer, pese a su extraordinaria agudeza y no solo en la economía. Él supone que el origen de las crisis se halla en un desequilibrio o inadecuación entre el ahorro-inversión y el consumo. Un desequilibrio causado por las expectativas irreales de inversión. Esas expectativas parten, en general, de la intervención estatal en el manejo de las finanzas, con tipos de interés inadecuados. Por tanto, cuando no hay crisis y sí auge económico, esos tipos tienen que ser bastante adecuados. Como la intervención estatal distorsiona el mercado, de ahí se deduce que las épocas de auge deberían ser breves y las de crisis más largas y frecuentes. Pero ten la amabilidad de observar la historia real: los países occidentales, desde 1945 hasta ahora, han disfrutado de un período de auge económico sin precedentes y muy prolongado. Ha habido etapas de crisis, pero relativamente cortas y poco graves, nada como la Gran Depresión del 29 al 39. Incluso la grave crisis actual dista, al menos por ahora, de parecerse a la del 29. Por tanto, mis queridos amigos, la experiencia histórica demuestra que los manejos financieros del estado no siempre son equivocados, es más, que las expectativas generadas en relación con la inversión y el consumo han sido acertadas la mayor parte del tiempo. De modo que la explicación de Hayek debe ser errónea, al menos en parte. Mas yo no me conformo con esta explicación superficial.
MAURICIO.- ¡Oh futuro premio Nobel… de la Paz! Explica entonces adónde quieres llegar con tus embrollos ¿Justificas el enfoque socialdemócrata, en el que ya nadie cree? ¿Y en qué falla el análisis de Hayek? Además, esa prosperidad que señalas desde 1945, ¿no puede haber sido una huida hacia delante a base de endeudamiento y desahorro, que terminará por hacer la crisis mucho más brutal? No faltan indicios de eso.
FABRICIO.- Siempre podemos suponer, oh lumbrera, que vamos hacia la catástrofe final, de modo análogo a como vamos hacia el sepulcro. Y ya veremos lo de la socialdemocracia. Pero en todo este tiempo no ha ocurrido el gran desastre. Fíjate en las crisis del petróleo de 1973 y 1979: a muchos les pareció una catástrofe, pero fue reconducida. Aquellas crisis son como si la vaca de que hemos hablado hubiera enfermado un poco: el ganadero que representa a la sociedad, vamos a llamarle Pepiño, pasó algunos apuros, pero salió del trance. Hasta ahora siempre ha sido así, y cada crisis ha dado lugar a un desarrollo económico aún mayor. El fallo de Hayek, como el de muchos otros, por no decir casi todos, radica en el empleo de conceptos inapropiados como el de ahorro. Pepiño, con su vaca y su arte de producir mantequilla, consume y al mismo tiempo debe producir para consumir. Produce y consume; solo existe eso. Lo demás es embrollar. Naturalmente, la producción y el consumo se dan en tiempo y lugar, y con expectativas, porque Pepiño, a diferencia de un animal, trabaja con cierta previsión, más o menos acertada.
PATRICIO.- Pero no has explicado, chepa endemoniado, qué significa el que millones de personas, en lugar de consumir todos sus ingresos, metan parte de ellos en los bancos, eso que todos llamamos ahorro y cuya existencia osas negar con inaudita arrogancia.
FABRICIO.- Como tú mismo sugerías, se trata de una falsa evidencia, de una ilusión. Considera a Pepiño, es decir, a la sociedad: produce y consume. Pensemos a Pepiño en un estadio primitivo, de caza y demás: ¿acaso deja de comer un día a fin de fabricar un buen arco con el que cazar más piezas y comer más carne unos días después? No es eso lo que ocurre. Como entonces no había dinero, mediremos el asunto en esfuerzo y en tiempo. Pepiño dedica una parte del día y de su sudor a cazar, otra parte a reparar el arco y la lanza o a construirse otros mejores, y otra parte a comer. O, por seguir con el primer ejemplo: dedica un tiempo y un esfuerzo a llevar a la vaca al prado, otro rato a ordeñarla, otro a hacer la mantequilla y otro a comerla. Nunca, salvo casos muy extremos y muy raros, se privará de comer para buscar mejores prados para la vaca, aunque estén más alejados, y para conseguir más leche. No ahorra nada, en ese sentido. La llamada inversión, además, aumenta el llamado consumo, porque se hace pagando a más gente para que trabaje, gente que consumirá más, a su vez. ¿Se entiende, honrados inflacabras? Cuando vais a Porriño a vender la lana o la leche y os la pagan, ¿acaso os priváis de comer o de pagar el alquiler de vuestras casas para comprar mejores piensos?
SIMPLICIO.- Pero Fabricio, dices unas cosas muy enrevesadas que no acabo de entender y no estoy seguro de si serán muy progresistas.
FABRICIO.- Salgamos ahora de la simplificación y el primitivismo: en una sociedad más desarrollada y numerosa, los procesos de producción y consumo se realizan por medio del dinero. Pepiño se encuentra con que el cuidado de la vaca, el ordeño, la fabricación de mantequilla, el consumo de ella, y el ocio, tienen que distribuirse de forma ordenada, porque si no, algo irá mal y ese algo repercutirá sobre lo demás. Para esa distribución de tareas y funciones ha terminado por inventar un instrumento en parte coercitivo, en parte compensatorio y en parte distributivo, que valora el tiempo y el esfuerzo que debe dedicarse a cada cosa. Ese instrumento es el dinero. La circulación del dinero pone a cada tarea en su sitio, por así decir. Cuando alguien entrega al banco un dinero, porque juzga que puede prescindir de él (no por hacer un sacrificio) y espera que le rente una pequeña cantidad mayor con el tiempo, está distribuyendo las tareas y consumos, una labor que realiza también el banco. Y lo mismo si ese alguien en vez de ir al banco gasta todos sus ingresos, porque ese gasto estimula la producción a su vez. Haga lo que haga con sus ingresos, el resultado siempre será el mismo: la producción y el consumo deben equivaler más o menos, y realizarse ordenadamente.
MAURICIO.- Me dejas mudo, no sé si de asombro o de espanto. Según tú, nunca podría haber crisis, porque de un modo u otro, la producción y el consumo siempre se corresponderían. Y no prestas atención al dinero y su manejo.
FABRICIO.- Vayamos por partes, camaradas. Reconozcamos, para empezar, que ninguno tenemos mucha idea de todo esto, como tampoco parecen tenerla los economistas, tanto discrepan entre sí. Bien, consideremos que el dinero equivale al esfuerzo de la sociedad, es decir, de Pepiño. Pepiño tiene que distribuir su esfuerzo, la sociedad tiene que distribuir el dinero
SALICIO.- ¡Hombre, acabáramos! ¿Por qué en lugar de mantequilla no dices dinero? ¿Acaso no se mide en dinero la producción de un país? Pues di: Pepiño representa la sociedad, y el dinero representa la producción. Después de todo, la producción total de un país se valora siempre en dinero. Pepiño come dinero, por así decir, y viste dinero y se alberga en dinero y mantiene a la vaca con dinero.
SIMPLICIO.- Yo le veo al dinero un inconveniente. No representa bien la producción. Consideremos el PIB de Porriño, creo que ronda los doscientos mil millones de lerus. Pero si reuniéramos todo el dinero que hay en Porriño, ¿reuniríamos acaso toda esa inmensa suma? Yo diría que no. La cosa me resulta misteriosa, ¿y a vosotros?