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LA GRAN MENTIRA DE GREGORIO MORÁN, O EL MORALISMO ZASCANDIL
Esperaba con interés el libro de Morán El cura y los mandarines, ya que prometía una crítica despiadada, pero objetiva, del lamentable panorama intelectual que vivimos desde hace decenios. Sin embargo toda la argumentación se apoya en una enorme falsedad: que el franquismo fue culturalmente un erial (o páramo, como también se dice). Naturalmente, el autor tiene derecho a opinar así, siempre que justifique su tesis con algo parecido a un análisis… de lo que no hay ni rastro en el libro. El necio embuste, contra el que ya se rebelaba Julián Marías en un artículo que debería ser célebre, se ha apoyado siempre y de modo exclusivo en una pesada lluvia de calificativos en tono de sumo desprecio e indignación moral. Un “método de análisis” que Morán cultiva con verdadero fervor, sin percatarse de que el resultado es un pesado moralismo, simplón y gratuito. Tampoco le importa al autor (y a tantos como él) contradecirse al citar un elevado número de escritores de la época, aunque sobre casi todos ellos vierta su desdén: el erial no lo fue tanto, a pesar de todo… El franquismo (“dictadura implacable”, “brutal”, enemiga absoluta de la inteligencia y la libertad…) sería en suma una de las mayores monstruosidades de la historia no solo de España, sino del mundo. A la vista de lo que hoy sabemos y de las comparaciones que pueden hacerse con otros regímenes, esos dicterios no pasan de simple estupidez. O infantilismo. Y si vamos a las comparaciones, el franquismo no fue la Atenas de Pericles, pero a decir verdad tampoco lo fue ningún país europeo desde 1945.
Hay algo bueno en el libro: pone en solfa la falta de honradez intelectual y moral de tantos escritores “demócratas” y “antifranquistas”, que han accedido a tan envidiables virtudes a base de falsificar sus biografías o de adaptarse las exigencias de este o el otro poder, de preferencia al del PSOE desde que Felipe González llegó al poder con aquello de los “cien años de honradez”. Bien, el antifranquismo, activo o pasivo, a menudo vergonzante, ha sido la gran seña de identidad de la inmensa mayoría de nuestros intelectuales (y políticos) desde la transición, en algunos casos desde bastante antes. Ese antifranquismo de cachondeo ha sido una gran fuente de placer moral, detergente para todo tipo de manchas, justificante cualquier clase de embuste, transformación de las fechorías en acciones virtuosas. Uno de los rasgos de la transición fue la falsificación de las autobiografías, la invención de “exilios interiores”, “terceras España” y demás mandangas para darse pisto y sacar fruto al papel representado. Bien. Solo que para Morán las razones para criticarlos son las contrarias: no haber sido lo bastante antifranquistas o haberse vuelto “conservadores”, un pecado casi tan grave como el de “franquismo”. En esta orgía de antifranquismo no perdona un solo tópico de la propaganda, desde los referidos a Julián Grimau o a Enrique Ruano, hasta el de Barcelona como “el lugar más avanzado de una España muy retrasada”.
Morán distingue el año 1962 como aquel en que por fin se produce una especie de rebelión contra el régimen, “rebelión de los mineros asturianos” (solo exigían mejoras salariales, y una vez logradas terminó la “rebelión”), o el “contubernio de Munich”, patrocinado por la CIA. “Año de audacia y esperanza”, asegura, que fertiliza un poco el espantoso erial y hace crecer una serie –no muy abundante– de intelectuales a su juicio muy valiosos, uno de ellos en el exilio, Max Aub (aunque volvería a España en 1969, año de un estado de excepción causado por los asesinatos de la ETA y que Morán dramatiza a lo bestia, como todo lo franquista). Merece la pena este pasaje del libro: Dionisio Ridruejo escribió a Max Aub una “larguísima carta”resumible en “”Ahora todos estamos por lo mismo. Estamos por la democracia”. Aub le responde: “Dentro de nada hará veinte años que nos echasteis de España, más de una vida. Hemos sido enemigos en todo menos en poesía, frente a frente, sin tapujos, usted con Falange, con Franco, con la dictadura. Soy socialista, sigo siéndolo. Usted se ha separado de los suyos, yo no. Tal vez piense ahora que tuvimos razón”. Para entender la historia no hace falta recordar en qué consistió la “democracia” del PSOE, y lo que habría pasado a la gente de derecha si hubiera triunfado el Frente Popular. En ese contexto, lo de “nos echasteis de España” tiene cierta gracia. Y vale la pena señalar que Aub era socialista de los de Negrín, el que mandó el oro español a Stalin, el que expolió directamente a la media España, el que se empeñaba en matar a cientos de miles de españoles más metiendo al país en la guerra mundial. Verdaderamente el socialismo perturba las mentes, y para estos botarates declararse antifranquista ya justifica cualquier embuste y cualquier delito.
En fin, para Morán lo malo de aquellos “rebeldes” –un tanto zascandiles, que en aquella feroz y abominable dictadura publicaban, prosperaban, viajaban , formaban grupos… como casi todo el mundo, y muchos de los cuales simpatizaban con el partido de Moscú en España. Que la producción literaria e intelectual publicada durante el franquismo fuera muy mayoritariamente a-franquista o incluso anti, explica perfectamente la ferocidad de aquella tiranía—, lo malo, digo, era que habían sido, o eso supone él, “radicales” y con el paso de los años se habían vuelto “conservadores”. Él reconoce méritos especiales, aparte de a Max Aub, a otros como Juan Benet, Martín Santos, Juan Goytisolo, Max Aub y Cela o Manuel Sacristán. Naturalmente, en cuanto a méritos literarios o de pensamiento es muy difícil la objetividad. Morán ni la intenta, todo en él es un subjetivismo exaltado, uno llega a sospechar que algo forzado. Por mi parte creo que el Cela de los años 40, no el posterior, es el mejor novelista español de la época, que Benet y Martín Santos son casi ilegibles y rebuscados, que Goytisolo y Sacristán, cada uno en lo suyo, no pasan de mediocres, y que Max Aub dista de ser un genio literario. Creo que les superan muchos otros no tan “rebeldes”. Son opiniones, claro, aunque podría hablarse mucho sobre ellas. En cuanto a su estatura moral, cabe recordar que Benet aconsejaba un GULAG sin salida para gente como Solzhenitsin, o que lo característico de Goytisolo ha sido una hispanofobia obsesiva acompañada de una islamofilia no menos reveladora.
Queda, ya digo, una abundante información sobre las ideas y venidas de tanto intelectual poco ejemplar, aunque no siempre por las razones que Morán apunta. La URSS fue llamada “el país de la Gran Mentira”. España viene a ser algo parecido desde hace bastantes años.
