Un Goebbels austríaco y un Zhdánof español

Blog I: Los pecados de Aranguren. http://www.gaceta.es/pio-moa/los-pecados-aranguren-01062014-2028

*******************************

Visita al Museo Arqueológico Nacional.

Un panel representa a personajes importantes de la arqueología, entre ellos a Marx. Bien se ve por donde va esta gente. El museo, técnicamente bien presentado, se ve que ha dispuesto de gran cantidad de dinero, aprovecha para meter algo de ese marxismo barato tan típico de la universidad española (ahora tenemos a Pablito Iglesias, buena muestra de cómo va la universidad). Arqueología “de género” y otros timos tan en boga, que dan de comer a tantos y tantas…  No me extenderé  ahora. La Reconquista, por supuesto, no existe. En lugar de ello se habla de “expansión de los reinos cristianos”. Reinos cristianos había por toda Europa. Se trata de los reinos españoles que, salvo Portugal terminarían reunificando la nación fundada por los hispanogodos desde Leovigildo y Recaredo. No se “expandían·, sino que reconquistaban o recobraban el territorio invadido por Al Ándalus.

********************************************

Un Goebbels austríaco y un Zhdánof español

Entre los desaguisados de Santos Juliá se encuentra la coordinación de unos panfletos de propaganda de diversos historiadores a la lisenka, titulados en conjunto Víctimas de la guerra, con la pretensión de hacerlos pasar por la palabra definitiva en torno a las represiones de la guerra civil. Posteriormente, Juliá, más razonable, escribió sobre la masiva manipulación en curso, que empieza su letanía con la pretensión de que la transición se había basado en el olvido de las fechorías franquistas. Como sabe cualquiera que simplemente haya tenido los ojos abiertos, desde la transición se han publicado cientos de libros y artículos sobre el terror de los dos bandos, con absoluto predominio de los dedicados a condenar el del franquismo. Esto es simplemente una evidencia. Pero la historiografía lisenkiana se basa, precisamente, en negar las evidencias, y ha salido Francisco Espinosa en la revista Hispania Nova criticando duramente a Juliá por señalar una verdad que no tiene vuelta de hoja.

Este Espinosa, conviene recordarlo, enfoca sus historias al modo estalinista, lo que él y los suyos llaman óptica “social”, que en realidad es de “lucha de clases”, pura propaganda. Tal enfoque lleva consigo, de modo automático y casi inconsciente, la exigencia inquisitorial, o más propiamente chekista, de la censura contra las interpretaciones divergentes; pues por algo van contra los intereses “del pueblo”, del “progreso” y demás maravillas que ellos defienden. No podrá extrañar que el individuo haya pedido la prohibición de mis libros en el antiguo programa de Gabilondo, sin que el periodista, espejo de demócratas, protestase, por supuesto. Con ello quedaron bien retratados ambos. Pero nos hemos acostumbrado durante demasiado tiempo a que personajes de este género vengan dispensando títulos de democracia, y a callar ante sus arrogancias y amenazas, y eso no debe continuar, por el bien de la salud intelectual del país. Opino que hay que salirles al paso en todo momento, aclarando sus enredos, pues solo así iremos saliendo del marasmo en que han sumido el panorama cultural español, entre su vocerío y el silencio de los corderos.

Espinosa, pues, mantiene que la Transición se asentó en el “olvido”, y si hubo lo contrario fueron “los fascículos de Ricardo de la Cierva”. Y he aquí cómo fundamenta su exigencia de memoria, contra el por una vez razonable Juliá: “El artículo (de Juliá) concluía: ‘A estas alturas no es la memoria lo que hay que recuperar; es la verdad lo que hay que conocer.’ Le contestó de manera contundente el cineasta austríaco Günther Schwaiger, coordinador del ciclo Imágenes contra el olvido, quien le planteó varias preguntas: ‘¿Qué es lo que pasa a algunos historiadores españoles para que tengan tanto miedo a la memoria de la gente? ¿De cuándo la memoria no sirve para testimoniar la verdad? ¿O acaso en los juicios ya no hacen falta testigos para condenar a alguien? ¿Ya no vale el testimonio de un hijo que ha visto fusilar a su padre para testimoniar el horror del fascismo? ¿Hemos llegado a tal arrogancia académica que las víctimas tengan que pedir permiso a los historiadores para saber si su sufrimiento fue verdad o simplemente un espejismo?” Y concluía: ‘Está por ver si el señor Juliá hubiese formulado semejante ataque al valor de los testimonios sobre el Holocausto en países como Alemania, Austria, EEUU o Israel.’”

¡Gran autoridad el cineasta austríaco, perfecto ignorante de la historia de España como revela, entre otras cosas, su alusión al Holocausto, al que de hecho insulta con su equiparación! Pero a un estalinista le viene de perlas (se ve que volvemos a la época feliz del pacto germano-soviético) porque la “argumentación” del austríaco respira a pleno pulmón aquel estilo tan del gusto de los nazis. Obviamente, ¿ya no vale el testimonio de un hijo que ha visto fusilar a su padre para testimoniar el horror del comunismo, o del anarquismo, o del separatismo catalán, o de la izquierda republicana, pongamos por caso? Porque casos parejos los hubo en abundancia. ¿Y qué decir de los parientes de izquierdistas fusilados o torturados por otros izquierdistas? ¿Van a ser despreciados? Nadie tiene miedo a esos testimonios (salvo los Zhdánof de turno). Lo que pasa es que no puede construirse una historia veraz sobre ellos exclusivamente. El autorizado (por Espinosa) cineasta austríaco pretende, al estilo goebbelsiano, exacerbar la sentimentalidad del público para dirigirla fácilmente contra lo que llama, por pura ignorancia una vez más, “el fascismo”.

La cuestión clave de la guerra civil no es en absoluto la competencia de atrocidades de un lado y del otro, como pretenden estos recuperadores de la propaganda y del odio. Las atrocidades se debieron al derrumbe de la legalidad republicana, en gran parte democrática. Pues la ley es el instrumento que mantiene la convivencia social. ¿Y quiénes destruyeron esa legalidad? He aquí la verdadera cuestión clave. Creo haber demostrado documentalmente y con pruebas de sobra que fueron las izquierdas y los separatistas quienes primero desbordaron, luego asaltaron y finalmente arruinaron la república. La guerra no destruyó la democracia, sino que la previa destrucción de la democracia por las izquierdas trajo la guerra. Una democracia que hoy están socavando de nuevo los Zhdánof y los Goebbels con sus manipulaciones.

(30-7-2007, en LD)

Creado en presente y pasado | 32 Comentarios

Informando a Jorge y a Helen

Blog I: El oscuro caso del señor Jiménez Villarejo:http://www.gaceta.es/pio-moa/oscuro-caso-senor-jimenez-villarejo-30052014-2200

*************

***Este sábado, 31, de 6 a 8 de la tarde, firmaré libros en la caseta 346, de Encuentro. Entre otros:

De un tiempo y de un país, memoria del PCE(r)-GRAPO

Los nacionalismos vasco y catalán en la guerra civil, el franquismo y la democracia

Los orígenes de la Guerra Civil

   También, aunque deben adquirirse en otras casetas:

Años de hierro

Sonaron gritos y golpes a la puerta

España contra España

Los mitos de la Guerra Civil

Nueva historia de España…

*** Este domingo, de 16,00 a 17,00, en “Cita con la Historia”, de Radio Inter, hablaremos de Blas de Lezo y la historia naval española, la más importante de la historia humana y desconocida o desdeñada en la propia España.

*********************************************

Informando a Jorge y a Helen

De vez en cuando mi amigo Jorge Martínez Reverte va por la prensa soltándome piropos. Últimamente me ha llamado “impresentable”, “mala persona” y “malvado”, porque tengo la desgracia de discrepar de sus creencias sobre la guerra civil. Jorge no es malo, pero no entiende mucho de lo que habla: lo suyo no es la historia, sino la novela. Escribía novelas policíacas con un detective progre de protagonista, el cual, como tal progre, era temperalmente inasequible a la corrupción, ya ven ustedes si tiene buen ojo.

Con el mismo buen ojo, me temo, Jorge ha escrito otras tres novelitas sobre la guerra civil, ambientadas en las batallas del Ebro, Madrid y Cataluña. Él las cree libros de historia, porque no distingue bien entre una cosa y otra, y ello le permite pasmarse ante descubrimientos como éste, que expone en Bobelia: “la correlación de fuerzas antes del 23 de diciembre de 1938, cuando se inicia la campaña de Cataluña, era favorable a Franco”. ¡Y tan favorable! Franco empezó la guerra en desventaja casi desesperada, a lo largo del primer año fue logrando un equilibrio material, hasta que, al final de la campaña del norte, en octubre de 1937, alcanzó una superioridad que iría en aumento. Al emprender la campaña de Cataluña, acababa de derrotar en el Ebro al ejército de Negrín, y su ventaja era ya abrumadora. Está bien que lo diga Jorge y lo publique Bobelia como un hallazgo, pero, créanme ambos, ese mediterráneo lleva muchos años descubierto.

Donde ya mete la pata es al atribuir esa superioridad a Hitler, otra manía de la novelística progre. Vamos a ver: el Frente Popular dispuso de enormes recursos financieros, aparte de los que saqueó al tesoro artístico e histórico nacional y a los particulares, incluyendo las alhajas de los montes de piedad. Y con todo ello logró, nos dicen, menos armas y suministros que Franco, el cual, en comparación, partía casi de la indigencia: “los republicanos no tenían ni un fusil para cada dos combatientes”. Tan extraño caso requiere algún análisis, ¿no les parece, señores historiadores progres? ¿Tendría algo que ver en ello la masiva corrupción de las izquierdas en la compra de armas? ¿O el hecho de que al colocar el grueso de las reservas en la URSS pasaran a depender por completo de Stalin? ¿Tendría algo que ver la práctica inexistencia de tal corrupción en las compras franquistas, y el pago, en excelentes condiciones, del material recibido de Alemania e Italia? ¿O el hecho de que, pese a la escasez de medios financieros, Franco salvara su independencia frente a Hitler y Mussolini? Piénsenlo, y a ver si nos dan una respuesta más satisfactoria que las seudorrománticas lloreras sobre la mucha ayuda supuestamente obtenida por los malos y la poquísima de que, nos aseguran, disfrutaron los buenos.

Rémi Skoutelski también nos larga una novela sobre las Brigadas Internacionales, y compara los “75.000 italianos frente a los 35.000 miembros de las Brigadas Internacionales”. Pero los italianos llegaron después, y en respuesta a las brigadas internacionales, las cuales, junto con las armas, los asesores y el terror soviéticos, impidieron que la guerra terminase en cinco meses, en noviembre de 1936, y prolongaron la carnicería hasta abril del 39. Estos detalles siempre se les escapan a estos historiadores que prometen rebatir al “revisionismo”. Como sigan así…

Envidia me da, en cambio, la vista de Jorge para otras cuestiones: ha sabido colocarse como historiador oficioso del gobierno, con sabrosas prebendas en televisión. Seguro que la derecha traga, al revés que la izquierda cuando armó tan formidable y antidemocrático alboroto por la entrevista que Dávila osó hacerme en TVE-2. Nunca he recibido –ni pedido– apoyo del PP, que apenas le mientan la historia se encoge como un gusano: en cambio Jorge y el Partido de los ciento y pico años de honradez van juntos, tan orgullosos. Buen ojo, digo, o, al menos, buena suerte.

Más gracia tiene doña Helen Graham, una historiadora progre británica de la escuela de Preston, muy quejosa de la venta de los libros de César Vidal y los míos, y no mejor informada sobre la guerra que el amigo Jorge. Una costumbre de esta buena gente es la de invocar la “complejidad” de la historia, para a continuación endilgarnos los más simples esquemas de un marxismo de andar por casa. Así nos informa nuestra escritora de que la república “inició una serie de transformaciones (la reforma agraria, la separación Iglesia y Estado, la modernización del ejército, la generalización de la educación) que pretendían traer a España los cambios que ya había dado Europa desde la revolución de 1789, pero no llegó a propiciar un cambio de régimen, ni alteró las relaciones de poder; no desposeyó a los grandes terratenientes e industriales de sus propiedades” ¿Dónde hemos leído esta letanía? Ah, sí, es la base de la propaganda de la Comintern y de las historietas “científicas” del estalinista Tuñón de Lara. Doña Helen cree que la agresiva demagogia de las izquierdas –no de “la república”, aunque las izquierdas se creyeran, despóticamente, las dueñas del nuevo régimen– fracasaron por no haber destruido más a fondo las normas democráticas y el derecho de propiedad (y el derecho a la conservación de la vida: no se dice, pero va implícito en las concepciones marxistas). ¿Habrá leído doña Helen a Azaña? ¿Habrá leído a los “padres de la república”? ¿Habrá leído las memorias de los políticos de entonces? Increíble, a estas alturas.

O descubre otro mediterráneo, al modo de mi amigo Jorge: “No había dos Españas condenadas a enfrentarse, las cosas no eran tan simples”. Pues tiene razón, no había tal condena, y la simpleza la encontramos más bien en doña Helen empeñada en sus torpes esquemas e incapaz de analizar el proceso. Así, no era forzoso que en el PSOE se impusieran Largo Caballero y Prieto, en lugar de Besteiro; no era forzoso que Largo y Prieto planificaran la guerra civil en 1934; no era forzoso que Companys utilizase la autonomía para promover una rebelión guerracivilista; no era forzoso que Largo mantuviera después sus posiciones revolucionarias y Prieto alcanzase el summum de la demagogia; no era forzoso que Azaña destruyese en 1936 su propia legitimidad al amparar el proceso revolucionario, o que vulnerase él mismo la ley sistemáticamente; no era forzoso, en suma casi nada de lo sucedido. Pero dejando aparte esta perogrullada, tales cosas sucedieron, y la destrucción de la ley, de la democracia, por las izquierdas y el separatismo, causó la guerra civil. Y no a la inversa, como insisten, ¡con toda la documentación hoy conocida!, estos epígonos de la propaganda estalinista.

Con el desparpajo típico de los marxistas, y más todavía de los baratísimos marxistas posteriores a la caída del muro de Berlín, la señora Graham, como Preston, Juliá, Fontana, Jorge y compañía, se obstina en tachar de “franquistas” las versiones contrarias, incomparablemente mejor argumentadas y documentadas. Una muestra más de su mezcla de embrollo e ignorancia. A ver si un poco de información les va serenando y abriendo los ojos.

 (LD, 7-4-2006)

Creado en presente y pasado | 104 Comentarios

César Vidal y el peligro del que salvó Felipe II a España

Blog I: Ansón, Franco y el catalán: http://www.gaceta.es/pio-moa/anson-franco-catalan-29052014-1549 

***El sábado 31, firmaré en la caseta de Encuentro (346) de la Feria del Libro de Madrid.

**********************************

(Del viejo blog de LD)

Afirma  César Vidal: En no escasa medida, el siglo XIX español fue un desangramiento nacional provocado por el intento –no siempre feliz– de los liberales por crear un estado moderno y la insistencia de la iglesia católica por abortar esa posibilidad.

  

¿De verdad? El poco estimulante siglo XIX español fue un regalo de la invasión napoleónica, de carácter estrictamente contrario a la Iglesia. Hubo una resistencia no solo de gran parte de la Iglesia, sino popular, a unas reformas liberales bienintencionadas aunque sin mucho talento, que el pueblo identificaba con la Revolución y la invasión francesa, y sus destrozos. Por desgracia, en la mentalidad popular el liberalismo llegó a España como un acompañamiento de dicha destructiva invasión y en parte también del brutal comportamiento (saqueos, asesinatos, violaciones, destrucción de manufacturas) de los “aliados” protestantes ingleses. Por ello fue una tendencia muy minoritaria que tomó auge apoyándose fundamentalmente en el ejército y en capas minoritarias.

 

  Una muy dura guerra civil resolvió el asunto a favor de los liberales (las otras dos guerras carlistas tuvieron mucha menor importancia y las ganaron también los liberales). Por consiguiente, la inestabilidad de la época procedió en parte fundamental de las discordias entre la facción liberal moderada, más fructífera,  y la extremista, ansiosa de imitar a la Revolución francesa y autora de persecuciones y matanzas de religiosos. De ahí provino la plaga de los pronunciamientos, los espadones, las conspiraciones masónicas hasta derivar a una I República desastrosa que estuvo a un paso de destruir la nación española en una triple guera civil.

 

  El antagonismo creado entre amplios sectores de la Iglesia (y del pueblo) y los liberales, entró en vías de arreglo con la Restauración, un liberalismo moderado en relación bastante buena con la Iglesia y con el Vaticano. El “desangramiento” fue así contenido. Había sectores católicos muy reaccionarios, pero minoritarios y sin influencia política, a los que don César trata de dar un protagonismo definitorio, con poco respeto a la verdad.  Y la Restauración se vino abajo precisamente por el surgimiento de mesianismos ateos o ateoides, enemigos frontales de la Iglesia. Mesianismos inspirados, en gran medida, en la propaganda protestante de la Leyenda negra.

 

    Creo que don César debiera matizar algo más tanto sus esquemas históricos como su admiración un tanto beata y acrítica por el protestantismo, que, aunque a don César le cueste creerlo, tiene en su haber crímenes y desastres de cierta consideración.  Sin olvidar que hay cierto abuso en  hablar de protestantismo, cuando las doctrinas de Lutero han dado lugar a decenas o cientos de iglesias enfrentadas entre sí, a menudo violentamente y cuyo único común denominador es la aversión a la Iglesia católica, única institución, si no estoy equivocado, que ha permanecido dos mil años superando a menudo crisis extremas frente a mil enemigos. Solo por este hecho debiera ser enfocada esa Iglesia con más precaución y menos “alegría” de la que suelen haber tenido sus muchos enterradores; que han terminado al final enterrados.

————————————– 

 Sobre el peligro del que salvó a España Felipe II, en Nueva historia de España:

 

Durante la década de los sesenta la expansión protestante se hizo más agresiva a través del calvinismo, que se convirtió en  una potencia dentro de Francia, Escocia y Flandes. Se trataba de un movimiento internacional muy eficiente, con miles de personas fanatizadas entregadas al proselitismo y una destreza agitativa extraordinaria (se lo compararía en el siglo XX con la Internacional Comunista o Comintern). Los calvinistas emplearon la imprenta como nadie,  y puede decirse que la propaganda política moderna nació entonces, y en alta medida como propaganda antiespañola. 

    Los calvinistas franceses o hugonotes formaban una fuerte minoría infiltrada en la nobleza, la administración y la misma Iglesia, un estado dentro del estado. Por su hostilidad a España procuraron la alianza de Francia  con los turcos, la rebelión de los moriscos y apoyaron el bandolerismo endémico de Cataluña, subproducto de la opresión señorial. En 1560 urdieron el secuestro del joven rey Francisco II,  para apartarlo de la influencia de la casa de Guisa y aniquilar a los consejeros católicos. El complot, auspiciado por Luis Condé, de la casa de Borbón, pro calvinista, fracasó, pero los hugonotes lanzaron en más de veinte ciudades una oleada de destrucción de estatuas, reliquias, custodias y obras de arte sagradas para los católicos, provocando represalias de estos. En 1562, unas prédicas protestantes en tierras del católico Duque de Guisa, en contravención de acuerdos previos, derivaron en un choque con muerte de 23 hugonotes (Masacre de Vassy). El mismo año los calvinistas asesinaron a más de 600 católicos en Montbrison, mientras pedían soldados y dinero a Inglaterra, ofreciendo a cambio la entrega de Calais y Le Havre. Comenzaron así las  guerras religiosas francesas, plagadas de matanzas mutuas y nacidas del intento calvinista de ganar el poder para imponer desde él su religión, según el modelo de Ginebra. Las guerras durarían, con intervalos, 36 años, y afianzaron en Felipe II el temor a la herejía, por lo que redobló la vigilancia de la Inquisición y dedicó grandes sumas a defender  el catolicismo francés.

   Inglaterra, de la que Felipe había sido rey consorte, evolucionaba bajo Isabel I  hacia el choque con España. Mantuvo al principio la neutralidad, pues le preocupaba la hostilidad de Francia y de Escocia, donde surgió una guerra civil entre católicos y calvinistas presbiterianos. La católica María Estuardo, reina escocesa, también aspiraba al trono inglés, respaldada por Francia, por lo que Isabel envió a Escocia un ejército que resolvió la guerra civil a favor de los rebeldes presbiterianos, que tomaron allí la voz cantante. En 1567, María abdicó y huyó a Inglaterra, donde, tras acusaciones  de conspiración, fue encarcelada y veinte años después decapitada por orden de Isabel. Aunque la reina inglesa tuvo a raya a sus propios calvinistas –los puritanos–, desde muy pronto amparó a los  franceses, además de lo escoceses, pasó a hacer lo mismo en Flandes y a patrocinar como negocio real la piratería contra los mercantes españoles. (…)

En Francia crecía la posibilidad de una victoria calvinista. Si la Francia católica ya había causado mil problemas a España, un vecino calvinista se habría convertido en una pesadilla. De 1560 a 1584 habían tenido lugar siete guerras religiosas, iniciadas, como vimos,  por los hugonotes al intentar tomar el poder secuestrando al rey.  Para 1563 los católicos habían ganado, pero no por completo. Hubo una paz con más tolerancia para los calvinistas de la que estos permitían donde mandaban, y Francisco de Guisa había sido asesinado, con toda probabilidad a instancias del jefe protestante Coligny. Guisa era muy querido en el país por haber frustrado a los tercios de Carlos I la toma de Metz, y haber reconquistado Calais a los ingleses. En cambio Coligny, vencido en San Quintín, había ofrecido entregar Calais y Le Havre  a Inglaterra, en pago por su ayuda.

     El 28 de septiembre de 1567, con Flandes al borde de la primera rebelión, y quizá en relación con ella, los hugonotes Coligny y el borbón  Luis de Condé,  intentaron de nuevo secuestrar al rey, ahora Carlos IX, aún adolescente, y a su madre Catalina de Médicis, que a duras penas escaparon. El episodio pasó a la historia como La sorpresa de Meaux. Volvía la táctica calvinista de ganar el poder para aplicar el principio de que el pueblo debía seguir la religión de su príncipe. Al día siguiente, en Nimes, antes de saber el fracaso de la “sorpresa”, los hugonotes perpetraron una matanza de católicos, al grito de “Matad a los papistas. Por un mundo nuevo”; y ocuparon la ciudad de La Rochela y otras. Catalina retiró las anteriores concesiones a los protestantes y volvió la guerra, en la que los católicos se sentían arteramente agredidos por una minoría sin escrúpulos (los hugonotes no pasarían de un millón, en un país de veinte).

   En Jarnac en marzo de 1569, Coligny fue vencido y Condé, principal jefe hugonote, muerto. Sucedió a este Enrique de Borbón, un adolescente, por lo que la dirección efectiva la ejerció su madre Juana de Navarra, calvinista que prohibió el culto católico donde pudo. Curiosamente, Enrique aprendió tarde el francés, pues se educó en una lengua afín a la española, y en un castillo cuyo lema rezaba Lo que ha de ser, no puede faltar, en castellano. Tras la derrota, los hugonotes fortificaron La Rochela y saquearon Tolosa y el suroeste de Francia. Coligny ordenó obrar “por las armas, el fuego, el pillaje y el asesinato”, de lo que sufrieron mucho los franconavarros católicos. Entraron entonces 14.000 calvinistas teutones  financiados por Isabel de Inglaterra. Los alemanes arrasaron más de doscientos pueblos del Franco Condado, entonces español, y de igual modo siguieron por Borgoña, saqueando hasta el histórico monasterio de Cluny. En agosto de 1570 alcanzaron un París mal guarnecido y obligaron a Catalina a aceptar cuatro plazas fuertes calvinistas –reforzamiento de un estado dentro del estado– libertad de culto protestante y un humillante trato de “buenos vecinos, parientes y amigos” a los príncipes extranjeros que habían expoliado y matado a mansalva en el país.

   En busca de conciliación, Catalina  propuso casar a su hija católica (y ligera de cascos) Margarita con el calvinista Enrique de Borbón, mientras Carlos IX, ya capaz de reinar, rechazaba participar en la campaña de Lepanto y decidía intervenir en Flandes de acuerdo con Coligny, a quien se otorgó una rica abadía que convertía al hugonote en pensionado de la Iglesia. Francia se hallaba casi exangüe, pero Coligny calculaba que el ataque a España le daría más poder y, para financiarlo, pidió una provocadora expropiación de la Iglesia. Los tercios aniquilaron la expedición francesa y Carlos IX pidió a los españoles que ejecutasen como piratas a los prisioneros, idos allí en cumplimiento de sus órdenes. Alba, indignado, los devolvió a Francia, donde Carlos se encargó de exterminarlos.

   En agosto de 1572 se celebró en la muy católica París la boda de Enrique y Margarita. Coligny introdujo tropas adictas en la ciudad y creyó que esta “pronto” sería suya, como proclamó con arrogancia. Pero el 22 de agosto sufrió un atentado que le hirió de poca gravedad. La acción procedió de la acosada Catalina de Médicis y del duque de Anjou, futuro rey Enrique III, y remitía a una situación en que volvía a ser inminente una “conjura de Amboise” o una “sorpresa de Meaux”. Catalina convenció al rey para prevenir el golpe protestante mediante una represión general contra los hugonotes, y de ahí,  el 24 de agosto, la Noche de San Bartolomé en París, seguida en otras ciudades, con muerte de, quizá, hasta diez mil protestantes. Coligny fue asesinado en venganza por el anterior asesinato de Francisco de Guisa. Con todo, bastantes jefes hugonotes fueron perdonados, y el clero evitó brutalidades aún mayores.

     Carlos IX murió dos años después y le sucedió Enrique III. En 1575 Enrique de Guisa, hijo de Francisco, solo pudo rechazar parcialmente una nueva invasión de teutones que, devastando de nuevo Borgoña y otras zonas, llegaron, junto con los hugonotes, a las puertas de París. Enrique III, como antes Catalina, hubo de aceptar condiciones vejatorias. La justicia pasó en parte bajo dominio hugonote y el monarca reconoció, como actos realizados “para nuestro servicio”, la oferta de entrega de Le Havre y Calais a Inglaterra, y la de Metz, Toul y Verdún — ganados por Francisco de Guisa a Carlos I–, a los protestantes germanos. Prosperaron los nobles católicos llamados “políticos”, que colaboraban con los hugonotes con vistas a atacar a España, y creaban en Francia regiones casi independientes. “Políticos” y calvinistas obtuvieron plazas fuertes y cargos clave. Los alemanes exigieron la enorme suma de seis millones de libras por liberar a sus prisioneros católicos y, al no poder pagarse pronto, se llevaron a su país al superintendente regio de finanzas y  a los rehenes, saqueando de paso los pueblos. Obtendrían el rescate, aunque no de manos del rey o los hugonotes, sino de los católicos. Nunca habían sido humilladas de tal modo la monarquía y la misma Francia.

    Los católicos rechazaron los acuerdos  y formaron una Liga Santa, capitaneada por  el popular Enrique de Guisa. La historiografía ha solido tratar muy mal a este Guisa y a la Liga, tildándolos de “ultracatólicos” y de arrojar a Francia en manos de Felipe II. Esta acusación se convertiría en el leit motiv con que hugonotes y políticos pretendían arrastrar a los franceses contra un peligro inexistente. Pues, observa J. Dumont, no hay prueba de las apetencias españolas, y en cambio los hugonotes obtuvieron siempre  dinero y tropas de Inglaterra y Alemania a cambio de trozos del territorio francés, y fueron en dos ocasiones los protestantes tudescos quienes, aparte de asolar regiones francesas, impusieron condiciones mortificantes a los reyes en París.

     Con diversas alternativas continuaron  las guerras civiles. En 1580, Francisco de Anjou, católico político, hermano y heredero de Enrique III al no tener este hijos, planeó una ofensiva conjunta de las potencias protestantes y los turcos en el Atlántico, el Mediterráneo y Flandes, para hundir de una vez  a España. Ello pareció excesivo al rey, que hizo detener al agente hugonote enviado a Turquía. Pero continuó el plan europeo mediante el ya visto ataque por las Azores y, meses después, en febrero de 1583, por Amberes, en poder calvinista y en la retaguardia hispana. Sin declaración de guerra, doce mil hugonotes fueron llevados a la ciudad por la  armada inglesa; pero allí Isabel, vacilante, retiró los barcos y, por causas no claras, los franceses fueron mal acogidos. Y mientras esperaban barcos que los retirasen, la población de Amberes realizó una nueva matanza de San Bartolomé contra sus presuntos libertadores, lo que determinó la renuncia de Anjou a la soberanía holandesa ofrecida por el de Orange. (Hay otros relatos de este confuso hecho, en todo caso una catástrofe para los franceses políticos y para los hugonotes. Al año siguiente sitiaría Farnesio la ciudad).

 

Creado en presente y pasado | 40 Comentarios

Una derecha sin principios ni perspectivas

Blog  I: La buena y la mala noticia en las elecciones UE: http://www.gaceta.es/pio-moa/buena-mala-noticia-referendum-26052014-1207

***************

Si hay algún culpable de la situación de podredumbre y farsa política en que se viene desarrollando la política española desde hace muchos años,  y que ha batido una marca en las elecciones a la UE, creo que puede encontrarse en el PP. Este partido es el continuador de la política diseñada por un indigente intelectual, Adolfo Suárez en compañía del rey, a la que se plegó luego, por simple oportunismo, Fraga, hombre de poco carácter bajo sus exhibiciones impetuosas. Esa política se basaba en un par de principios: renunciar a la batalla de las ideas, finalmente a las ideas, y “la economía lo es todo”, o  “dirige todo” (no crean que se trata de una ocurrencia de Rajoy, viene de muy atrás). La situación puede  exponerse así, en líneas generales: el PSOE y los separatistas son partidos de convicciones, y a ellos deben atribuirse todas las transformaciones sociopolíticas de los últimos 35 años, transformaciones nefastas en su mayoría, que han creado una España enferma. La derecha política, carente de convicciones o de principios en cualquier sentido, simplemente ha seguido mal que bien, quejándose o queriendo hacerse los más progres,  las líneas ideológicas marcadas por izquierdas y separatistas. Nunca el PP influyó en ese terreno a las izquierdas, sino al revés. Si el desastre no se ha producido antes, o no se ha producido aún del todo, se debe a la herencia recibida directamente del franquismo, derrochada de cualquier manera, y a la inercia de los siglos de existencia de la nación.

En el otro blog he expuesto mis impresiones sobre las elecciones del domingo. La sorpresa mayor fue la escasísima votación a los partidos que se presentaban como  alternativa al PP. Ello revela hasta qué punto esa derecha política ha desmoralizado y desorientado a la opinión  que más o menos se identifica con la derecha. Un estrago de arreglo no imposible, claro, pero sí muy difícil.

La tendencia dibujada por estas elecciones es a una mayor militancia y auge de la izquierda y separatistas, y a una mayor desmoralización y confusión de la derecha. Hablan algunos de la necesidad de un pacto PP-PSOE para arreglar las cosas: estoy convencido de que solo las empeorarían. El único elemento positivo ha sido la abstención mayoritaria. No positivo en el sentido de que haya sido buena, pues,  por el contrario ha afectado mayoritariamente a la derecha, desequilibrando el panorama en favor de los partidos de izquierda y secesionistas. Es, simplemente, un factor de esperanza, si alguna alternativa razonable y moderada logra atraerse a esa masa de descontentos pasivos para las elecciones próximas.

Otro dato, aunque menor,  ha sido la insignificancia de la extrema derecha. Entiendo por tal a aquella que, aunque de sentimientos patrióticos, detesta la democracia, concentra en el rey las máximas responsabilidades (y tiene muchas, ciertamente), espera vagamente a algún mesías militar, y cuyo pensamiento  político, si así se le puede llamar, consiste en encontrar masones por todas partes.  Ahora se han dedicado a atacar a VOX, mostrando una vez más su agudeza política.

Creado en presente y pasado | 151 Comentarios

(y III): Liberalismo y democracia

Blog I: Notas sobre Europa y la UE : http://www.gaceta.es/pio-moa/notas-europa-ue-23052014-1420 

**Este domingo en Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde, Cita con la Historia: “Los felices años 40 en España”.

*********************************

Liberalismo y democracia

   ¿Podría mejorarse este panorama? Desde luego una exigencia fundamental sería elaborar una interpretación política  que rompiese la dicotomía democracia-liberalismo, arrancando la decisiva bandera de la democracia a unas izquierdas y separatismos cuyo historial desmiente sus pretensiones.  La derecha ha reconocido la patente  democrática a la izquierda, y le ha hecho algunas críticas poco productivas. Argumentos típicos en esa línea son que la verdad no la deciden los votos, o que no puede valer lo mismo el voto de un médico que el de un barrendero. El primer argumento yerra, a mi juicio, por dos razones. En primer lugar, la verdad en política es algo a lo que nos acercamos, sin llegar nunca del todo, mediante el debate y la lucha de ideas e intereses. La verdad política no es algo dado y permanente de lo que se parte, si exceptuamos algún principio muy general en que estarán de acuerdo demócratas y antidemócratas, como es  la necesidad de evitar el despotismo. Pero la cuestión es cómo lograr evitarlo en las circunstancias históricas actuales. En otro tiempo, el despotismo se  corregía, hasta cierto punto, mediante la formación moral del soberano y la existencia de grupos y cuerpos sociales con sus propios derechos y cierta representatividad. El liberalismo propone la solución más drástica de limitar el poder por medio de los derechos  y libertades individuales y de la autonomía de los poderes, sobre todo el judicial.

   No voy a discutir ahora cuál sería la solución, solo señalar que la vuelta al antiguo régimen o similar resulta imposible. Y que la denuncia de los males  que acompañan al liberalismo no debe sugerir que las antiguas fórmulas de poder asegurasen la estabilidad y calma social, porque es falso, según proclama la historia. Ningún sistema puede evitar los problemas nacidos del carácter  conflictivo de la convivencia humana, y por tanto no hay sistema sin fallos. El liberalismo ha generado inestabilidad, incluso neurosis social,  pero también una evolución cultural, económica y política cuyo balance ha resultado beneficioso para la mayoría. Hoy parece imposible, y desde luego indeseable, acabar con las libertades de expresión, asociación, etc., que solo pueden ser reguladas por ley; o establecer  un gobierno permanente, no sujeto a elecciones; o eliminar la  autonomía de los poderes, por más que ninguna de estas cosas funcione plenamente en ninguna democracia, y haya constante tendencia a limitarlas o ampliarlas en exceso.

   Tampoco tiene sentido el argumento del distinto valor del voto de una persona ilustrada y otra del montón, con la idea implícita de que los no ilustrados son más susceptibles de caer en la demagogia. Pues la  gente corriente sigue normalmente a grupos dirigidos por personas ilustradas, las cuales no por ilustradas dejan de ser muchas veces irresponsables o perversas. Tener estudios superiores no vacuna contra la demagogia; es más, todas las demagogias en boga proceden de gentes con estudios, poseer los cuales es necesario para decir cierta clase de tonterías, como  señalaba Orwell.  Además, cualquier persona, con estudios o no,  puede tener una idea clara de sus intereses o cierta intuición de la justicia. Por otra parte, la idea de una minoría ilustrada, pretendidamente conocedora de la verdad, que por eso mismo adquiere un derecho permanente al poder, conduce directamente a la tiranía. También es iluso imaginar una minoría de sabios con una sola voluntad y sapiencia.  Siempre hay divisiones entre ellos, afectados también por las pasiones de la gente común, y empeñados en una lucha, que puede ser feroz, por el poder. También  me parece errónea la crítica a los partidos. Contra cierto prejuicio frecuente, estos existen  en todas las formas del poder, pero en los regímenes no democráticos actúan en forma de camarillas opacas en disputa por el favor del soberano o por imponer uno nuevo. En principio, creo que los partidos sometidos a cierto control y publicidad constituyen una mejora sobre las camarillas. Por tanto, la clarificación de la democracia no debe  centrarse en ideas nebulosas, debe empezar por despojar al concepto de los ropajes míticos o seudomíticos con que  se recubre en la ilusoria visión mayoritaria.

   Empecemos por señalar de nuevo que la oposición “oligarquía-democracia”,  pese a su uso constante, es falsa y conduce directamente a la demagogia totalitaria. Y que todo poder estable es, en algún modo y al mismo tiempo, oligarquía, monarquía y democracia. Lo primero porque el poder no puede ejercerse más que por una minoría más o menos experta; lo segundo porque casi siempre hay una persona a la cabeza de esa oligarquía; y lo tercero porque todo  régimen necesita la aquiescencia de la mayoría de la población, aunque se trate de una aquiescencia puramente pasiva o basada en la ignorancia. Llamamos tiranías o despotismos a aquellos gobiernos cuyas oligarquías gobiernan para sí mismas, imponiéndose por el terror y la manipulación, y no suelen ser duraderas.  Dejaré aquí algunos aspectos del poder, como su asiento en la violencia,  su relación con la religión,  con la economía, etc. Para lo que ahora interesa, creo que la democracia solo puede definirse como aquel sistema de sufragio universal en que la gente vota a unas u otras oligarquías o partidos aspirantes a gobernar. Lo seguiremos llamando convencionalmente democracia, aunque tiene poco que ver con el significado etimológico del concepto. La diferencia de la democracia con los regímenes anteriores  radica en que la aquiescencia de las masas es más activa y en que los partidos u oligarquías deben competir por ganarse la voluntad de la mayoría. Pero ello no implica un cambio esencial en la naturaleza del poder. Nada, insistamos, de “poder del pueblo”.

   Tampoco es cierto que el pueblo elija a sus gobernantes, como se afirma. Lo que hace la gente es votar, y quien elige, propiamente hablando, es la fracción del pueblo que vota al partido ganador. Esa fracción ni siquiera tiene por qué ser mayoritaria, de hecho casi nunca lo es. En España, las mayorías absolutas del PSOE o el PP no lo fueron comparadas con el censo electoral (el pueblo). En 1982, el PSOE ganó con 10 millones de votos sobre 26; en 1986 con 9 millones sobre 29; en 1989, con poco más de 8 millones sobre 29,6. Aznar consiguió el año 2000 su mayoría absoluta 10, 3 millones sobre 34; y Rajoy en 2011 obtuvo 10,8 millones sobre 35,7. El político que consiguió más votos fue Zapatero en 2004, con  11 millones sobre  34,5, marca que superó todavía en 2008, con 11,3  sobre 35, sin lograr, no obstante, mayoría absoluta. Es decir, en un solo caso el número real de votos de la mayoría absoluta se acercó a la mitad, aunque no mucho, quedando en los demás bastante por debajo del tercio. Lo mismo, más o menos acentuadamente, ocurre en las demás democracias.

   Otro lugar común mítico o seudomítico define a los gobernantes como representantes del pueblo. No lo son siquiera de aquella minoría que les ha votado, al no existir mandato imperativo.  Se otorga al político el derecho a obrar según su propio criterio y no sobre las ideas y pretensiones de sus votantes, ni siquiera sobre el programa con que teóricamente ha conseguido sus votos, programa por lo demás ignorado por la gran mayoría de los electores.  Esto es también algo común en las democracias.

   Apartada la hojarasca seudomítica, la democracia puede definirse como un sistema de poder, históricamente reciente, basado en elecciones y en la convención de que la oligarquía con mayor número relativo  de votos tiene derecho a gobernar, aunque esos votos sumen una parte menor del cuerpo electoral, como ocurre muy a menudo. El único requisito consiste en que no haya falseamiento en las urnas. Pero existen otros datos susceptibles de considerarse falseamientos esenciales:  por ejemplo, los electores no conocen realmente los programas e intenciones de los partidos, ni siquiera conocen a los líderes más que por la propaganda, basada generalmente en trucos publicitarios. A su vez, los gobernantes no se sienten obligados por sus promesas electorales, que con gran frecuencia incumplen sin que ello motive su destitución, e incluso sin que les haga perder votantes. En otras palabras, los votantes suelen tener ideas muy vagas y contradictorias de los verdaderos problemas políticos y  están  por ello muy expuestos al engaño, solo parcialmente contrarrestable por la competencia entre partidos.  A su vez, estas oligarquías gobernantes suelen hacer promesas incumplibles, por ganar votos, lo que fomenta asimismo el engaño demagógico.

   Parecería entonces que las democracias abocarían por fuerza a concursos de demagogias. Y la demagogia existirá  siempre –también en otros sistemas–  pero esto es un peligro y no un destino inexorable.  La autonomía de los gobernantes con respecto a sus electores  es inevitable, por los escasos conocimientos de estos y porque la política plantea con frecuencia problemas imposibles de resolver aplicando la plantilla de experiencias  anteriores. Por otra parte, las leyes deben poner un freno, y normalmente lo ponen, a los excesos demagógicos, y  el concurso de los partidos y la experiencia práctica que proporciona a la gente la limitación de mandatos, permiten  en principio corregir los errores y mejorar el sistema. Así, en la república la derecha pudo ganar, en 1933, debido al desastroso período izquierdista. Otra cosa fue la actitud adoptada por las izquierdas, que destruyó la legalidad impuesta por ellas mismas. Por estas razones, los partidos más extremistas no suelen imponerse.

   Pero, dado que el sistema admite la expresión y asociación de partidos enemigos de él, si estos adquieren una fortaleza excesiva, la democracia puede hundirse, como ocurrió en la república. Ese peligro solo tiene remedio cuando  el poder democrático reacciona con máxima energía ante la amenaza. Así, después de la insurrección izquierdista de octubre de 1934, el gobierno de derecha debió haber ilegalizado a los partidos rebeldes. No lo hizo por su debilidad doctrinal y porque realmente la derecha no acababa de ser democrática, estando siempre a la defensiva en ese terreno. Otro peligro de las democracias consiste en la tendencia, muy extendida en las repúblicas latinoamericanas y en la propia España, a creer que la victoria electoral autoriza a infringir la ley  y utilizar en beneficio partidista o particular los recursos del estado. Y un partido triunfante puede aprovechar el control de los poderosos medios del estado para impedir que en lo sucesivo pudiera otro partido aspirar al gobierno. El único modo de dificultarlo es limitar en el tiempo el ejercicio del poder, mantener las libertades políticas y cierta división del poder mismo, en particular la independencia judicial. Un problema, como tantos otros,  nunca resuelto del todo.  No se puede criticar un régimen desde la idea de una situación social perfecta,  es decir, utópica y no humana. La democracia, con todos sus peligros y malentendidos, ha proporcionado, en general, mayor libertad política, menos despotismo y mayor probabilidad de que las luchas por el poder se solventen de manera pacífica. Me refiero a la democracia liberal.

   Pues, en fin,  ¿puede oponerse la democracia al liberalismo, como a menudo se ha hecho y ha ocurrido en la España del siglo XX y aun en lo que va de este? Desde luego, se trata de cosas distintas, pero no opuestas. Teóricamente podría oponerse la democracia al liberalismo en el sentido de que una mayoría puede optar por soluciones no liberales, y así ha ocurrido a veces. Sin embargo, el liberalismo, con su concepto de las libertades políticas y de la igualdad ante la ley conduce en su desarrollo a la democracia. Y por el contrario, una democracia no liberal se convierte rápidamente en despotismo, se niega a sí misma al destruir  las condiciones que hacen posibles las elecciones, es decir, las leyes que aseguran las  libertades, la periodicidad de las votaciones y la autonomía de los poderes. Puede haber, y de hecho han predominado en la Europa del siglo XIX, liberalismos no democráticos, pero los principios liberales conducen a la democracia. En cambio no puede haber, o no puede subsistir largo tiempo, una democracia no liberal. Las experiencias del siglo XX creo que lo prueban de modo contundente. 

   Desde luego, la democracia es un sistema sujeto a muchas dificultades y necesitado de mayor teorización, y aquí solo he expuesto o recordado algunos aspectos susceptibles de desarrollo. Por lo que se refiere a España, el problema está estrechamente ligado al de la  masiva falsificación de la historia por parte de quienes han arruinado una y otra vez, y vuelven a hacerlo, la posibilidad de un desarrollo político pacífico, y lo han hecho siempre en nombre de la democracia, es decir, de un concepto falso de raíz de lo que puede ser la democracia, y que vuelve imposible la convivencia.  Cambiar esta situación pasa por dos vías: clarificación del pensamiento político y clarificación de una historia profundamente desvirtuada.

Creado en presente y pasado | 53 Comentarios