Blog I: Ansón, Franco y el catalán: http://www.gaceta.es/pio-moa/anson-franco-catalan-29052014-1549
***El sábado 31, firmaré en la caseta de Encuentro (346) de la Feria del Libro de Madrid.
**********************************
(Del viejo blog de LD)
Afirma César Vidal: En no escasa medida, el siglo XIX español fue un desangramiento nacional provocado por el intento –no siempre feliz– de los liberales por crear un estado moderno y la insistencia de la iglesia católica por abortar esa posibilidad.
¿De verdad? El poco estimulante siglo XIX español fue un regalo de la invasión napoleónica, de carácter estrictamente contrario a la Iglesia. Hubo una resistencia no solo de gran parte de la Iglesia, sino popular, a unas reformas liberales bienintencionadas aunque sin mucho talento, que el pueblo identificaba con la Revolución y la invasión francesa, y sus destrozos. Por desgracia, en la mentalidad popular el liberalismo llegó a España como un acompañamiento de dicha destructiva invasión y en parte también del brutal comportamiento (saqueos, asesinatos, violaciones, destrucción de manufacturas) de los “aliados” protestantes ingleses. Por ello fue una tendencia muy minoritaria que tomó auge apoyándose fundamentalmente en el ejército y en capas minoritarias.
Una muy dura guerra civil resolvió el asunto a favor de los liberales (las otras dos guerras carlistas tuvieron mucha menor importancia y las ganaron también los liberales). Por consiguiente, la inestabilidad de la época procedió en parte fundamental de las discordias entre la facción liberal moderada, más fructífera, y la extremista, ansiosa de imitar a la Revolución francesa y autora de persecuciones y matanzas de religiosos. De ahí provino la plaga de los pronunciamientos, los espadones, las conspiraciones masónicas hasta derivar a una I República desastrosa que estuvo a un paso de destruir la nación española en una triple guera civil.
El antagonismo creado entre amplios sectores de la Iglesia (y del pueblo) y los liberales, entró en vías de arreglo con la Restauración, un liberalismo moderado en relación bastante buena con la Iglesia y con el Vaticano. El “desangramiento” fue así contenido. Había sectores católicos muy reaccionarios, pero minoritarios y sin influencia política, a los que don César trata de dar un protagonismo definitorio, con poco respeto a la verdad. Y la Restauración se vino abajo precisamente por el surgimiento de mesianismos ateos o ateoides, enemigos frontales de la Iglesia. Mesianismos inspirados, en gran medida, en la propaganda protestante de la Leyenda negra.
Creo que don César debiera matizar algo más tanto sus esquemas históricos como su admiración un tanto beata y acrítica por el protestantismo, que, aunque a don César le cueste creerlo, tiene en su haber crímenes y desastres de cierta consideración. Sin olvidar que hay cierto abuso en hablar de protestantismo, cuando las doctrinas de Lutero han dado lugar a decenas o cientos de iglesias enfrentadas entre sí, a menudo violentamente y cuyo único común denominador es la aversión a la Iglesia católica, única institución, si no estoy equivocado, que ha permanecido dos mil años superando a menudo crisis extremas frente a mil enemigos. Solo por este hecho debiera ser enfocada esa Iglesia con más precaución y menos “alegría” de la que suelen haber tenido sus muchos enterradores; que han terminado al final enterrados.
————————————–
Sobre el peligro del que salvó a España Felipe II, en Nueva historia de España:
Durante la década de los sesenta la expansión protestante se hizo más agresiva a través del calvinismo, que se convirtió en una potencia dentro de Francia, Escocia y Flandes. Se trataba de un movimiento internacional muy eficiente, con miles de personas fanatizadas entregadas al proselitismo y una destreza agitativa extraordinaria (se lo compararía en el siglo XX con la Internacional Comunista o Comintern). Los calvinistas emplearon la imprenta como nadie, y puede decirse que la propaganda política moderna nació entonces, y en alta medida como propaganda antiespañola.
Los calvinistas franceses o hugonotes formaban una fuerte minoría infiltrada en la nobleza, la administración y la misma Iglesia, un estado dentro del estado. Por su hostilidad a España procuraron la alianza de Francia con los turcos, la rebelión de los moriscos y apoyaron el bandolerismo endémico de Cataluña, subproducto de la opresión señorial. En 1560 urdieron el secuestro del joven rey Francisco II, para apartarlo de la influencia de la casa de Guisa y aniquilar a los consejeros católicos. El complot, auspiciado por Luis Condé, de la casa de Borbón, pro calvinista, fracasó, pero los hugonotes lanzaron en más de veinte ciudades una oleada de destrucción de estatuas, reliquias, custodias y obras de arte sagradas para los católicos, provocando represalias de estos. En 1562, unas prédicas protestantes en tierras del católico Duque de Guisa, en contravención de acuerdos previos, derivaron en un choque con muerte de 23 hugonotes (Masacre de Vassy). El mismo año los calvinistas asesinaron a más de 600 católicos en Montbrison, mientras pedían soldados y dinero a Inglaterra, ofreciendo a cambio la entrega de Calais y Le Havre. Comenzaron así las guerras religiosas francesas, plagadas de matanzas mutuas y nacidas del intento calvinista de ganar el poder para imponer desde él su religión, según el modelo de Ginebra. Las guerras durarían, con intervalos, 36 años, y afianzaron en Felipe II el temor a la herejía, por lo que redobló la vigilancia de la Inquisición y dedicó grandes sumas a defender el catolicismo francés.
Inglaterra, de la que Felipe había sido rey consorte, evolucionaba bajo Isabel I hacia el choque con España. Mantuvo al principio la neutralidad, pues le preocupaba la hostilidad de Francia y de Escocia, donde surgió una guerra civil entre católicos y calvinistas presbiterianos. La católica María Estuardo, reina escocesa, también aspiraba al trono inglés, respaldada por Francia, por lo que Isabel envió a Escocia un ejército que resolvió la guerra civil a favor de los rebeldes presbiterianos, que tomaron allí la voz cantante. En 1567, María abdicó y huyó a Inglaterra, donde, tras acusaciones de conspiración, fue encarcelada y veinte años después decapitada por orden de Isabel. Aunque la reina inglesa tuvo a raya a sus propios calvinistas –los puritanos–, desde muy pronto amparó a los franceses, además de lo escoceses, pasó a hacer lo mismo en Flandes y a patrocinar como negocio real la piratería contra los mercantes españoles. (…)
En Francia crecía la posibilidad de una victoria calvinista. Si la Francia católica ya había causado mil problemas a España, un vecino calvinista se habría convertido en una pesadilla. De 1560 a 1584 habían tenido lugar siete guerras religiosas, iniciadas, como vimos, por los hugonotes al intentar tomar el poder secuestrando al rey. Para 1563 los católicos habían ganado, pero no por completo. Hubo una paz con más tolerancia para los calvinistas de la que estos permitían donde mandaban, y Francisco de Guisa había sido asesinado, con toda probabilidad a instancias del jefe protestante Coligny. Guisa era muy querido en el país por haber frustrado a los tercios de Carlos I la toma de Metz, y haber reconquistado Calais a los ingleses. En cambio Coligny, vencido en San Quintín, había ofrecido entregar Calais y Le Havre a Inglaterra, en pago por su ayuda.
El 28 de septiembre de 1567, con Flandes al borde de la primera rebelión, y quizá en relación con ella, los hugonotes Coligny y el borbón Luis de Condé, intentaron de nuevo secuestrar al rey, ahora Carlos IX, aún adolescente, y a su madre Catalina de Médicis, que a duras penas escaparon. El episodio pasó a la historia como La sorpresa de Meaux. Volvía la táctica calvinista de ganar el poder para aplicar el principio de que el pueblo debía seguir la religión de su príncipe. Al día siguiente, en Nimes, antes de saber el fracaso de la “sorpresa”, los hugonotes perpetraron una matanza de católicos, al grito de “Matad a los papistas. Por un mundo nuevo”; y ocuparon la ciudad de La Rochela y otras. Catalina retiró las anteriores concesiones a los protestantes y volvió la guerra, en la que los católicos se sentían arteramente agredidos por una minoría sin escrúpulos (los hugonotes no pasarían de un millón, en un país de veinte).
En Jarnac en marzo de 1569, Coligny fue vencido y Condé, principal jefe hugonote, muerto. Sucedió a este Enrique de Borbón, un adolescente, por lo que la dirección efectiva la ejerció su madre Juana de Navarra, calvinista que prohibió el culto católico donde pudo. Curiosamente, Enrique aprendió tarde el francés, pues se educó en una lengua afín a la española, y en un castillo cuyo lema rezaba Lo que ha de ser, no puede faltar, en castellano. Tras la derrota, los hugonotes fortificaron La Rochela y saquearon Tolosa y el suroeste de Francia. Coligny ordenó obrar “por las armas, el fuego, el pillaje y el asesinato”, de lo que sufrieron mucho los franconavarros católicos. Entraron entonces 14.000 calvinistas teutones financiados por Isabel de Inglaterra. Los alemanes arrasaron más de doscientos pueblos del Franco Condado, entonces español, y de igual modo siguieron por Borgoña, saqueando hasta el histórico monasterio de Cluny. En agosto de 1570 alcanzaron un París mal guarnecido y obligaron a Catalina a aceptar cuatro plazas fuertes calvinistas –reforzamiento de un estado dentro del estado– libertad de culto protestante y un humillante trato de “buenos vecinos, parientes y amigos” a los príncipes extranjeros que habían expoliado y matado a mansalva en el país.
En busca de conciliación, Catalina propuso casar a su hija católica (y ligera de cascos) Margarita con el calvinista Enrique de Borbón, mientras Carlos IX, ya capaz de reinar, rechazaba participar en la campaña de Lepanto y decidía intervenir en Flandes de acuerdo con Coligny, a quien se otorgó una rica abadía que convertía al hugonote en pensionado de la Iglesia. Francia se hallaba casi exangüe, pero Coligny calculaba que el ataque a España le daría más poder y, para financiarlo, pidió una provocadora expropiación de la Iglesia. Los tercios aniquilaron la expedición francesa y Carlos IX pidió a los españoles que ejecutasen como piratas a los prisioneros, idos allí en cumplimiento de sus órdenes. Alba, indignado, los devolvió a Francia, donde Carlos se encargó de exterminarlos.
En agosto de 1572 se celebró en la muy católica París la boda de Enrique y Margarita. Coligny introdujo tropas adictas en la ciudad y creyó que esta “pronto” sería suya, como proclamó con arrogancia. Pero el 22 de agosto sufrió un atentado que le hirió de poca gravedad. La acción procedió de la acosada Catalina de Médicis y del duque de Anjou, futuro rey Enrique III, y remitía a una situación en que volvía a ser inminente una “conjura de Amboise” o una “sorpresa de Meaux”. Catalina convenció al rey para prevenir el golpe protestante mediante una represión general contra los hugonotes, y de ahí, el 24 de agosto, la Noche de San Bartolomé en París, seguida en otras ciudades, con muerte de, quizá, hasta diez mil protestantes. Coligny fue asesinado en venganza por el anterior asesinato de Francisco de Guisa. Con todo, bastantes jefes hugonotes fueron perdonados, y el clero evitó brutalidades aún mayores.
Carlos IX murió dos años después y le sucedió Enrique III. En 1575 Enrique de Guisa, hijo de Francisco, solo pudo rechazar parcialmente una nueva invasión de teutones que, devastando de nuevo Borgoña y otras zonas, llegaron, junto con los hugonotes, a las puertas de París. Enrique III, como antes Catalina, hubo de aceptar condiciones vejatorias. La justicia pasó en parte bajo dominio hugonote y el monarca reconoció, como actos realizados “para nuestro servicio”, la oferta de entrega de Le Havre y Calais a Inglaterra, y la de Metz, Toul y Verdún — ganados por Francisco de Guisa a Carlos I–, a los protestantes germanos. Prosperaron los nobles católicos llamados “políticos”, que colaboraban con los hugonotes con vistas a atacar a España, y creaban en Francia regiones casi independientes. “Políticos” y calvinistas obtuvieron plazas fuertes y cargos clave. Los alemanes exigieron la enorme suma de seis millones de libras por liberar a sus prisioneros católicos y, al no poder pagarse pronto, se llevaron a su país al superintendente regio de finanzas y a los rehenes, saqueando de paso los pueblos. Obtendrían el rescate, aunque no de manos del rey o los hugonotes, sino de los católicos. Nunca habían sido humilladas de tal modo la monarquía y la misma Francia.
Los católicos rechazaron los acuerdos y formaron una Liga Santa, capitaneada por el popular Enrique de Guisa. La historiografía ha solido tratar muy mal a este Guisa y a la Liga, tildándolos de “ultracatólicos” y de arrojar a Francia en manos de Felipe II. Esta acusación se convertiría en el leit motiv con que hugonotes y políticos pretendían arrastrar a los franceses contra un peligro inexistente. Pues, observa J. Dumont, no hay prueba de las apetencias españolas, y en cambio los hugonotes obtuvieron siempre dinero y tropas de Inglaterra y Alemania a cambio de trozos del territorio francés, y fueron en dos ocasiones los protestantes tudescos quienes, aparte de asolar regiones francesas, impusieron condiciones mortificantes a los reyes en París.
Con diversas alternativas continuaron las guerras civiles. En 1580, Francisco de Anjou, católico político, hermano y heredero de Enrique III al no tener este hijos, planeó una ofensiva conjunta de las potencias protestantes y los turcos en el Atlántico, el Mediterráneo y Flandes, para hundir de una vez a España. Ello pareció excesivo al rey, que hizo detener al agente hugonote enviado a Turquía. Pero continuó el plan europeo mediante el ya visto ataque por las Azores y, meses después, en febrero de 1583, por Amberes, en poder calvinista y en la retaguardia hispana. Sin declaración de guerra, doce mil hugonotes fueron llevados a la ciudad por la armada inglesa; pero allí Isabel, vacilante, retiró los barcos y, por causas no claras, los franceses fueron mal acogidos. Y mientras esperaban barcos que los retirasen, la población de Amberes realizó una nueva matanza de San Bartolomé contra sus presuntos libertadores, lo que determinó la renuncia de Anjou a la soberanía holandesa ofrecida por el de Orange. (Hay otros relatos de este confuso hecho, en todo caso una catástrofe para los franceses políticos y para los hugonotes. Al año siguiente sitiaría Farnesio la ciudad).