Blog I: Cuatro reseñas en el Día del Libro:http://www.gaceta.es/pio-moa/cuatro-resenas-dia-libro-23042014-1019
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Con motivo de la crisis de Crimea y Ucrania, numerosos analistas se han apresurado a equiparar a Putin con Hitler o a la Rusia actual con la Alemania nacionalsocialista cuando la anexión de los Sudetes y la invasión de Checoslovaquia. Otros, a veces los mismos, han destacado los problemas que afectan a Rusia y que, según ellos, la harán colapsar o estallar antes de mucho tiempo.
Hay una evidente diferencia entre la Alemania de entonces y la Rusia de ahora. Alemania era un país, joven, internamente cohesionado, optimista y eufórico. Había salido de la gran depresión, recuperado el orgullo nacional, y trataba de romper el statu quo establecido por los vencedores de la Gran Guerra y expandirse hacia el este a costa de los países eslavos. Era una potencia netamente agresiva. La Rusia actual es un país envejecido, pesimista (basta notar el número de suicidios), con una población insatisfecha y en clara disminución, crecientes dificultades de cohesión interna, sobre todo por el crecimiento de un islam potente y agresivo. Y graves amenazas externas, unas no inmediatas, como la de China sobre Siberia, y otras que percibe más próximas en la UE y la OTAN. Es un país a la defensiva. Todo indica que sus desafíos internos y externos irán haciéndose más drásticos y urgentes, y no cuenta para hacerles frente con una sociedad dinámica. No obstante, muchos países han sufrido crisis peores, a las que han sucumbido o de las que han salido fortalecidos, según la inteligencia y decisión con que los hayan afrontado. Es evidente que Putin tiene ideas bastante precisas sobre el modo de salir de tal situación. Ideas que inevitablemente disgustarán a los países occidentales, de los que Rusia no quiere convertirse en satélite. Las acciones de Putin sobre Crimea y Ucrania, y su designio euroasiático revelan la intención de adelantarse a tendencias poco prometedoras para la independencia e integridad del país.
La actitud de Putin no es arbitraria: parte de la decepcionante experiencia de la democratización del país. En los primeros tiempos, la caída del régimen soviético suscitó un entusiasmo enorme por el sistema democrático, en el que se veía el remedio a todas las taras arrastradas del comunismo. Pero la salida resultó complicada. La privatización masiva suscitó una enorme corrupción, formación de mafias, enriquecimientos prodigioso de unos y empobrecimiento de la mayoría, mientras el poder se desmoronaba en gran parte y el Imperio soviético se rompía en numerosos pedazos. Además, el comunismo había moldeado una mentalidad temerosa y sin iniciativa por un lado, y despótica por otro. Sozhenitsin denunció el modo, a menudo desastroso, como iba realizándose el proceso y la consiguiente desmoralización popular. El desencanto con la opción democrática ha sido muy grande. Putin intenta, a su modo, que solo puede ser autoritario, enderezar una situación de muy difícil arreglo.
El contraste con China no puede resultar más llamativo. También allí se abandonó el comunismo en toda su significación práctica, pero con otros métodos. Parecía imposible la combinación del férreo poder de una casta política –que solo conserva del comunismo un resuelto control del estado sin democracia alguna– con una economía fundamentalmente capitalista, y sin embargo el método ha funcionado y convertido a China en una potencia mundial económica y tecnológica. ¿Por qué el estilo despótico, contrario a la iniciativa individual, propio del comunismo, no ha creado en China una mentalidad pasiva como en Rusia, ni la privatización engendrado grandes dosis de desorden y corrupción? Lo segundo parece explicable por el mantenimiento del poder en manos de un partido comunista que no se deshizo como en Rusia, pero lo primero tiene más difícil explicación. En todo caso, así ha ocurrido. El propio éxito económico chino y su proyección internacional parecían abocar a una pronta democratización del régimen al estilo occidental, pero ello no ha tenido lugar ni hay trazas de que vaya a tenerlo pronto.
Aunque Rusia percibe en la UE y en la OTAN un enemigo más inmediato, todo indica que a un plazo medio o largo será la potente y poblada China, al lado de las tentadoras extensiones de Siberia, semivacías y con grandes riquezas naturales, la que ejerza una presión más peligrosa. El designio euroasiático de Putin aspira a conjurar ese peligro marcando un enemigo común en Usa y la UE, pero estas no son para China ningún enemigo real. Añádase la presencia de un islam expansivo dentro y fuera de las fronteras rusas. Por otra parte, un posible colapso de Rusia no dejaría de tener muy graves repercusiones sobre Europa occidental.
Cuando se desmoronó la Unión Soviética surgieron analistas de un nuevo mundo unipolar, en el que Usa como única superpotencia, secundada por la UE, marcaría el porvenir de la humanidad como un conjunto de democracias ocupadas principalmente en resolver técnicamente los problemas económicos bajo tutela de los grandes. Hoy vemos que la abrumadora hegemonía militar y tecnológica useña no basta para imponerse en pequeños países como Pakistán o Afganistán, mientras China va configurándose como una superpotencia, a Rusia se le ofrece un porvenir muy complicado y el mundo, en general, se vuelve un escenario de tensiones e intereses muy mal armonizables.
