: LOS NACIONALISMOS CATALÁN Y VASCO COMPARADOS
Trataré aquí de sintetizar las ideas de estos movimientos, así como su actuación a través de ciertos sucesos clave hasta la Guerra Civil. Tales nacionalismos se definen, lógicamente, en relación con España, tenida por el enemigo a derrotar en el nacionalismo vasco, y negada simplemente en el catalán. Son un fenómeno históricamente reciente, pues nació a finales del siglo XIX, cobró impulso con el “Desastre” de 1898 y desde entonces se configuró en Cataluña y en Vascongadas como un factor importante en la vida política española, excepto durante las dictaduras, que ocupan casi la mitad del siglo.
Estos movimientos derivan de los regionalismos, productos del Romanticismo del siglo XIX, con su exaltación de algunas tradiciones, del “espíritu popular” y de la Edad Media. Los regionalismos arraigaron en varias partes de España, sin tono antiespañol, y sólo en Cataluña y Vascongadas derivaron en separatismos fuertes. ¿Por qué ocurrió así, y no prendió algo similar en Galicia o en Valencia, Baleares, Andalucía, Canarias, etc., donde el nacionalismo pudo haber explotado motivos lingüísticos u otros? Una explicación suele hallarse en el empuje industrial vasco y catalán. Sin embargo es obvio que la industrialización es anterior al nacionalismo, y que este la habría impedido, al romper el mercado español. La burguesía catalana mostraba celo españolista en pro del mercado, y el nacionalismo vasco exaltó más bien una idealizada sociedad rural y bucólica. La industrialización solo influyó de modo indirecto, para crear un sentimiento de superioridad explotado por los nacionalistas. Como observa Cambó, “El rápido enriquecimiento de Cataluña (…) dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas” (1). Es decir, los nacionalismos fomentaron y explotaron ese sentimiento de orgullo, combinándolo con otro de victimismo, pero no fueron, desde luego, los causantes de aquella riqueza.
Otra explicación podría estar en la memoria de los antiguos fueros. Pero en realidad de ellos quedaba en Cataluña, en el siglo XIX, poco más que un rescoldo sentimental, y su abolición por Felipe V había sido una bendición para el Principado, pues había acabado con privilegios especialmente opresivos de la oligarquía (las “libertades catalanas” llegaban a permitir a los oligarcas el asesinato de campesinos). Al mismo tiempo abrió de lleno los mercados del resto de España y de América, lo que trajo prosperidad a una región antes muy empobrecida. En Vascongadas, la abolición de los fueros en1876, acausa de la guerra carlista, también facilitó la expansión industrial vasca, y, como muestra Juaristi (2), la reivindicación foral tuvo escaso eco. No obstante, como motivo sentimental y político invocado a posteriori, no dejó de tener cierta relevancia.
Suele aludirse asimismo a las peculiaridades culturales e históricas, a los “hechos diferenciales”. Pero esas diferencias eran menores, preexistían de largo tiempo atrás, y también en otras regiones, y no habían dado pie a tales movimientos. El catalán o el vasco corrientes, aunque conscientes de esas diferencias, se sentían españoles. Como recuerda Cambó, todavía en 1898, “Cuando salíamos del Círculo de la Lliga de Catalunya, encendidos de patriotismo catalán, nos sentíamos en la calle como extranjeros, como si no nos hallásemos en nuestra casa, porque no había nadie que compartiese nuestras aspiraciones“(3). Aún más expresivo resulta Sabino Arana, con sus imprecaciones y amenazas a los malos bizkaínos: “El yerro de los bizkaínos de fines del siglo pasado y del presente (…) es el españolismo”. “Nuestros padres vertieron su sangre en Padura (se refiere a una supuesta batalla de hace once siglos) para salvar a Bizkaya de la dominación española, por la libertad de la raza, por la independencia nacional. Nosotros ¡miserables! hemos vendido el fruto de esa sangre a los hijos de sus enemigos y hemos escupido al sepulcro de nuestros padres. ¡No sabían los bizkaínos del siglo noveno que con la sangre que derramaban por la Patria, engendraban hijos que habían de hacerle traición!”. “Vosotros, cansados de ser libres, habéis acatado la dominación extraña” “Si no queréis abandonar esos caminos por donde os llevan los enemigos de Bizkaya; si os obstináis en ayudar al verdugo de Bizkaya (…) ¡Que vuestros nietos os maldigan y os execren!”. “¡Cuándo llegarán los bizkaínos a mirar como a enemigos a todos los que les hermanan con los que son extranjeros y enemigos naturales suyos!” Y así sucesivamente.
Observemos que el ancestral sentimiento español de vascos y catalanes marca una diferencia clave con nacionalismos como los de Europa central, donde las minorías integradas en los imperios austríaco, turco o ruso, como los checos, los serbios, los croatas, los búlgaros o los polacos nunca se sintieron austríacos, turcos o rusos. La integración de Vascongadas y Cataluña en España tampoco procede de invasiones, como las de aquellos pueblos centroeuropeos, o la de Irlanda, Quebec, etc.
Por tanto, los factores señalados no explican gran cosa. Los nacionalistas supieron aprovecharlos, pero no conducían de por sí al separatismo. La impresión de que existía un caldo de cultivo muy favorable a los nacionalismos en Cataluña y Vasconia es difícil de sostener. Los apóstoles de las nuevas ideas trataban de oponer el sentimiento vasco o catalán al sentimiento español, cuando antes la gente no encontraba esas cosas contrarias, y, en realidad, desarraigar o debilitar en parte importante de los vascos y los catalanes el sentimiento hispano, requirió un esfuerzo muy arduo y una habilidad muy notable.
La tarea exigía líderes capaces y entregados, y en buena medida el éxito de ambos nacionalismos se debe a que hallaron sus profetas, sus jefes fervorosos e iluminados, consagrados en cuerpo y alma a una misión a su juicio redentora. No encontramos en el nacionalismo gallego u otros a personajes tan enérgicos y diestros como Arana, Prat de la Riba o Cambó. Una tradición ya larga explica la historia por causas materiales más o menos cuantificables, pero en cuanto indagamos los hechos topamos siempre con imponderables como el carácter de los dirigentes. Así, sin Lenin resulta inimaginable la revolución rusa, socialista en un país agrario y atrasado, cuando la mayoría de los propios jefes bolcheviques vacilaba ante el golpe revolucionario, o lo rechazaba. El caso interesa porque son precisamente los marxistas quienes más han insistido en la primacía de las llamadas “condiciones materiales” u “objetivas”.
Tanto Arana en Vascongadas como Prat de la Riba en Cataluña, muestran en sus escritos la convicción absorbente de haber descubierto una nueva luz destinada a alumbrar en lo sucesivo la marcha de sus paisanos. Cambó resolvió siendo joven renunciar al matrimonio por consagrar todas sus energías a la causa nacionalista. Esa exaltación la sintetizará Prat de la Riba en su célebre frase: “La religión catalanista tiene por Dios a la patria”. Arana deploraba “Cuán difícil y penosa es la labor que nos hemos impuesto, de soltar la venda que ciega los ojos de los bizkaínos!”, pero advirtió en su discurso de Larrazábal que, si fracasara, abandonaría Vizcaya, y “si tan triste caso llegara, juro (…) dejaros también un recuerdo que jamás se borre de la memoria de los hombres”. En su intención debía de ser un recuerdo terrible.
Los métodos para desespañolizar a catalanes y vascos se parecieron. Un ataque inclemente a España o a Castilla, más una historia de agravios, y simultáneamente un halago desmesurado a lo autóctono: “Había que saber que éramos catalanes y que no éramos más que catalanes”, dice Prat. Para lo cual debían combinarse “los transportes de adoración” a Cataluña con el odio a los supuestos causantes de sus males, los castellanos, pese a que Castilla había dejado hacía mucho de representar un poder hegemónico o director en España. “La fuerza del amor a Cataluña, al chocar contra el obstáculo, se transformó en odio, y dejándose de odas y elegías a las cosas de la tierra, la musa catalana, con trágico vuelo, maldijo, imprecó, amenazó“. Había que “resarcirse” de una imaginaria “esclavitud pasada”. “Tanto como exageramos la apología de lo nuestro, rebajamos y menospreciamos todo lo castellano, a tuertas y a derechas, sin medida”. O, como observa más sobriamente Cambó, “El rápido progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias: esto ha pasado siempre y siempre pasará, porque los cambios en los sentimientos colectivos no se producen nunca a base de juicios serenos y palabras justas y mesuradas” (4).
En suma, escribe Prat: “Son grandes, totales, irreductibles, las diferencias que separan a Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconia. Las separa, por no buscar nada más, lo que más separa, lo que hace a los hombres extranjeros unos de otros, lo que según decía San Agustín en los tiempos de la gran unidad romana, nos hace preferir a la compañía de un extranjero la de nuestro perro, que al fin y al cabo, más o menos, nos entiende: les separa la lengua”. De creer a Prat, nadie entendía el español común fuera de Castilla, si acaso Andalucía o Canarias, y un catalán preferiría –o más bien debía preferir– la compañía de su perro a la de un castellano, un gallego o un vasco. Su visión histórica opone “el gótico y el románico de nuestros monumentos” a “la Alhambra o la Giralda”, como si a Cataluña la caracterizasen el gótico y el románico, y al resto de España los restos árabes. Para él, “Bien mirados los hechos, no hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada“. Debía erradicarse lo que llama “monstruosa bifurcación de la conciencia catalana”, que hacía sentirse español al catalán. España no pasaba de ser un aparato estatal, sin sustancia de nación.
Prat y Arana se consideraban católicos fervientes, pero Arana va más allá que Prat, y exclama indignado: “¡Católica España! Y ¡afirmarlo ahora que cualquiera (…) lee periódicos y libros! (…) No es posible, en breve espacio, mencionar siquiera concisamente los hechos pasados y presentes que prueban bien a las claras que España, como pueblo o nación, no ha sido antes jamás ni es hoy católica”.
Arana decía hallar en la mayoría de los españoles “el testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila: no busquéis en sus rostros la expresión de la inteligencia humana ni de virtud alguna; su mirada solo revela idiotismo y brutalidad”. Ante hecho tan lamentable, el inteligente y virtuoso Arana clamaba con furia asombrada: “Euskerianos y maketos ¿forman dos bandos contrarios? ¡Ca! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esta unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas“. Estas frases condensan el programa sabiniano: sustituir la amistad y fraternidad por una dura hostilidad. Así advierte al vasco renuente a sus doctrinas: “Si el maketo, penetrando en tu casa, te arrebata a tus hijos e hijas para quitar a aquellos su lozana vida y prostituir a éstas… entonces, no llores“. Al mismo tiempo exalta hasta las nubes a la “raza bizkaína”, ”singular por sus bellas cualidades, pero más singular aún por no tener ningún punto de contacto o fraternidad ni con la raza española, ni con la francesa (…) ni con raza alguna del mundo“. Pero, sorprendentemente, “la nación más noble y más libre del mundo”, sufría ”humillada, pisoteada y escarnecida por España, esa nación enteca y miserable”. Y fulminaba a sus paisanos: “Habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa, os habéis hermanado y confundido con la raza más vil y despreciable de Europa”. Y concluye con nobleza y generosidad peculiares: “Era antes vuestro carácter noble y altivo, a la vez que sencillo, franco y generoso; y hoy vais haciéndoos tan viles y pusilánimes, tan miserables, falsos y ruines como vuestros mismos dominadores“.
No extrañará que Arana contestara con desprecio a los primeros tanteos fraternos del nacionalismo catalán: “Cataluña es española por su origen, por su naturaleza política, por su raza, por su lengua, por su carácter y por sus costumbres”. “Ustedes, los catalanes, saben perfectamente que Cataluña ha sido y es una región de España”. Por tanto, señala sin piedad: “Maketania comprende a Cataluña”, y para más claridad, “Maketo es el mote con que aquí se conoce a todo español, sea catalán, castellano, gallego o andaluz”. En consecuencia, aclaraba a los nacionalistas catalanes, “jamás haremos causa común con las regiones españolas”. No excluía “entendernos en la acción definitiva” contra España, pero en todo caso, “jamás confundiremos nuestros derechos con los derechos de región extranjera alguna”.
Así pues, si España no existía como nación, según Prat, o era tan irrisoriamente inepta y ruin como decía creer Arana, la misión que ambos se atribuían debía haber resultado muy fácil. Y difícil, en cambio, explicar dónde había estado durante siglos Cataluña, o cómo se había producido la supuesta sumisión de los vascos. Pero estas dificultades nunca les arredraron. Como fuere, el halago exaltado a un grupo social, combinado con el señalamiento de un enemigo culpable de todos los males, sugestiona fácilmente a mucha gente, si se insiste en ello con tenacidad *. Y así fue.
A estas campañas ayudó de forma decisiva el “Desastre” del 98, como recordaba Cambó. Si en el terreno económico aquella derrota tuvo poco efecto, y el desarrollo español incluso se aceleró luego, supuso en cambio una profunda quiebra moral y psicológica, que dio alas a los movimientos radicales, desde el socialismo revolucionario y el anarquismo a los nacionalismos. Así fue posible que a los pocos años Prat asegurase, con alguna base: “Hoy ya, para muchos, España es sólo un nombre indicativo de una división geográfica“.
Diferencias entre separatismo vasco y catalán
Aun con estas similitudes, y con un nivel intelectual común no muy destacable, los programas nacionalistas de Prat y de Arana difieren profundamente. Prat anhelaba “más que la libertad para mi patria. Yo quisiera que Cataluña (…) comprendiera la gloria eterna que conquistará la nacionalidad que se ponga a la vanguardia del ejército de los pueblos oprimidos (…) Las naciones esclavas esperan, como la humanidad en otro tiempo, que venga el redentor que rompa sus cadenas. Haced que sea el genio de Cataluña el Mesías esperado de las naciones”. Ello no le impedía proclamar al mismo tiempo una vocación imperialista, pues el imperialismo “es el período triunfal de un nacionalismo: del nacionalismo de un gran pueblo”. Cataluña debía convertirse en el elemento hegemónico de un imperio ibérico extendido desde Lisboa al Ródano, para luego “expandirse sobre las tierras bárbaras“.
Claro que este programa, aparte de resultar ya anacrónico, traería fuertes tensiones, quizá incluso bélicas, con Portugal y con Francia. Además, ¿qué autoridad moral podían tener los nacionalistas catalanes, tras proclamarse tan radicalmente distintos, para dirigir al resto de los españoles? Prat invoca “sentimientos de hermandad”, lo cual lo lleva por otro camino a la “monstruosa bifurcación” de la conciencia catalana que él quería eliminar. Y siendo tan diferentes y no habiendo recibido más que males de Castilla, ¿por qué no volcaban su entusiasmo fraternal con los franceses, en lugar de con los españoles? Por otra parte, ¿qué pasaría si el resto de España no aceptaba el liderazgo del nacionalismo catalán? Porque aunque Cataluña era la parte más dinámica del país, no dejaba de ser una parte menor, muy inferior al resto en peso cultural y económico; y al considerar extranjero al idioma común renunciaba al principal cauce de influencia. Sólo quedaba, en última instancia, intentar liderar y liberar a los llamados “países catalanes”, aunque los valencianos y baleares detestaban en su mayoría ese imperialismo.
Y a Arana, desde luego, ni se le ocurría pensar en los catalanes como vanguardia de los “pueblos oprimidos” o de cualquier otra cosa. Su plan, al revés del de Prat, propugnaba el autoencierro para el “pueblo más noble y más libre del mundo”. La mayor distinción de los vascos, sería, después de la raza, el idioma vascuence, “broquel de nuestra raza, y contrafuerte de la religiosidad y moralidad de nuestro pueblo“, pues “donde se pierde el uso del Euzkera, se gana en inmoralidad“. Por eso, “Tanto están obligados los bizkaínos a hablar su lengua nacional como a no enseñársela a los maketos o españoles“. Nada, pues, de moralizar por vía lingüística a los maketos: “Muchos son los euzkerianos que no saben euzkera. Malo es esto. Son varios los maketos que lo hablan. Esto es peor” “Si nuestros invasores aprendieran el euzkera, tendríamos que abandonar éste, archivando cuidadosamente su gramática y su diccionario, y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego” Etc.
Con todo su fervor por el vascuence, la lengua materna de Arana era el castellano, que escribía con no mal estilo. Dada la dificultad del idioma vernáculo, no debió de llegar a dominarlo, como indica su creación de la palabra Euzkadi. En sus meditaciones encontró un caso extraño: “He aquí un pueblo que con ser singularísimo entre todos, carece de nombre” en su propia lengua. Existía el tradicional Euscalerría o Euzkelerría (un neologismo del siglo XVI), pero juzgado inservible por Arana. “Euzkadi” conservaba la raíz “euzko”, relacionada al parecer con “eguzki” (“el del sol”), indicando procedencia oriental o bien “veneración al sol como la obra más benéfica del Creador”. Idea remitente, una vez más, a la exclusividad y preeminencia de la “raza vasca”. Los separatistas juzgaron el nuevo nombre un hallazgo genial. Según el político nacionalista Eguileor “el anhelo” de la “raza más vieja de la tierra (…) se condensa maravillosamente en una sola palabra, la que no acertó a sacar durante cuarenta siglos nuestra raza del fondo de su alma, palabra mágica creada también por el genio inmortal de nuestro Maestro: ¡Euzkadi!”. El filólogo vasco Jon Juaristi califica el término de dislate, compuesto de “una absurda raíz euzko, extraída de euskera, euskal, etc., a la que Arana hace significar “vasco”, y del sufijo colectivizador -ti /-di, usado sólo para vegetales. Euzkadi se traduciría literalmente por algo parecido a bosque de euzkos, cualquier cosa que ello sea”. Unamuno había criticado el invento como la “grotesca y miserable ocurrencia” de un “menor de edad mental”, que equivaldría a cambiar la palabra España por “Españoleda, al modo de pereda, robleda…” (5)
Y lejos del imperio ibérico de Prat, enseñaba Arana: “Si a esa nación latina la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo”. Deseo lógico porque “aborrecemos a España no solamente por liberal, sino por cualquier lado que la miremos”.
Otra diferencia es que el nacionalismo vasco será siempre muy derechista, salvo pequeñas variedades, hasta que en los años 60 del siglo XX se asiente una rama de izquierdas en torno a ETA. En cambio al nacionalismo catalán, también de derechas al comienzo, le nacería pronto un sector más izquierdista, violento y radical. Con el tiempo, el partido de Prat y de Cambó encontraría “en el patriotismo español la ampliación natural y complemento necesario del patriotismo catalán”, en expresión de Valls Taberner en 1934 (6). Por el contrario, la izquierda nacionalista acentuaba el talante separatista o al menos exclusivista.
También difería el estilo de las propagandas: bronco el de Arana, más solapado el de Prat, como él mismo advierte: “Evitábamos todavía usar abiertamente la nomenclatura propia, pero íbamos destruyendo las preocupaciones, los prejuicios y, con calculado oportunismo, insinuábamos en sueltos y artículos las nuevas doctrinas”. En Prat y sus fieles predominó un victimismo algo quejumbroso y sentimental, que conmemoraba pretendidas derrotas históricas como factor de agravio. Los sabinianos exhibían menos victimismo y más agresividad: Arana inició su predicación mencionando nebulosas victorias o “glorias patrias” contra “el invasor español”, y llamando a renovar aquellas hazañas, aunque al mismo tiempo privaba a los vascos de otras glorias más demostrables, alcanzadas por ellos como españoles.
Pese a los éxitos nacionalistas, el sentimiento español era y es muy persistente, por basarse en una historia compartida de muchos siglos, en una profunda mezcla demográfica y cultural, en el tronco católico de su cultura, en una densa interrelación económica, y en la conciencia de que la lengua común, pese a su origen castellano, no es patrimonio de ninguna región, pues todas han contribuido a darle forma. Además, la lengua común permite a las regiones comunicarse entre sí y ampliar a muchos países las relaciones y empresas de todo tipo. No extrañará que el propio Arana admita: “Hemos convencido a muchas inteligencias; hemos persuadido a pocos corazones. Lo cual demuestra, en último término, que ya no hay corazones en Euskeria. ¡Pobre Patria!”. En cuanto a los nacionalistas catalanes, su flojera en varios momentos cruciales demostrará lo mucho que había de pose en sus maldiciones, imprecaciones y amenazas, que decía Prat.
La consecuencia inmediata de estos nacionalismos es doble. Por una parte tienden a separar y crear hostilidad entre los vascos o los catalanes y los demás españoles, y por otra dividen a vascos y catalanes en “buenos” y “malos”, según acepten o no sus doctrinas, al modo como ciertos falangistas usaban el mismo criterio para distinguir entre buenos y malos españoles. Los nacionalistas se proclaman automáticamente representantes del pueblo, piense lo que quiera la mayoría de él. Ello tiene, desde luego, poca relación con la democracia tal como normalmente se concibe. Con tal enfoque, las elecciones, por ejemplo, son un método aprovechable, pero nunca serán admitidas las votaciones adversas. Ocurre algo parecido con los comunistas, autoproclamados representantes del proletariado, voten lo que voten los obreros, y que utilizan las elecciones de modo similar.
Estos nacionalismos no sólo alientan un sentimiento contra España, sino también contra el liberalismo: “antiespañol y antiliberal es lo que todo bizkaíno debe ser”, adoctrinaba Arana, y el nacionalismo catalán fraguó en buena medida en círculos eclesiales que veían en el liberalismo una amenaza. Hubo también una raíz más o menos carlista., pues tanto en las Vascongadas como en Cataluña tuvo el carlismo fuerte influencia, y ante el triunfo liberal, algunos derivaron hacia el nacionalismo como una forma de salvar lo salvable del antiguo régimen. Sin embargo no debemos olvidar que el carlismo era muy españolista, y defendía los viejos fueros como propios, supuestamente, de la unidad española, en contraste con el centralismo traído de Francia. Por lo demás, no hubo evolución nacionalista en Navarra, Álava y otras regiones y provincias donde el carlismo tenía profundas raíces.
También influyó en el antiliberalismo la llegada de trabajadores de otras regiones, a menudo desarraigados e ignorantes, alejados de la religión por el debilitamiento o pérdida de lazos familiares, la explotación y las condiciones de vida, con frecuencia miserables. En ellos prendieron las doctrinas socialistas y anarquistas que les prometían un mundo feliz y les señalaban un enemigo. Muchos vascos y catalanes de clase media veían en esa inmigración una fuente de inmoralidad, subversión y violencia, y, si bien se beneficiaban de ella, le oponían un pasado ideal de catolicidad y moralidad estrictas, aún persistentes en sus regiones, pero supuestamente perdidas en el resto de España. Buena parte del clero desempeñó un papel importante en el auge nacionalista en las dos comunidades.
El PNV mantuvo un cerrado antiliberalismo, que en una derivación de él, la ETA concluyó en un revolucionarismo marxistoide. En Cataluña la historia siguió otro rumbo: el nacionalismo liderado por Cambó evolucionó hacia un regionalismo españolista, y sus contradictorias aspiraciones, imperialistas y emancipadoras de los “pueblos esclavos”, concluyeron en un liberalismo templado. También tuvo Arana una evolución aparentemente españolista hacia el final de su vida, neutralizada en todo caso por sus seguidores. El nacionalismo catalán izquierdista, de irregular trayectoria, cuajará en 1931, al fusionarse tres partidos menores en la Esquerra Republicana de Catalunya. Al comenzar la República, la Esquerra desbancó al catalanismo de derecha, y acentuó su nacionalismo. La Esquerra tomó un tinte jacobino, un liberalismo inspirado en la Revolución francesa, exaltadamente anticlerical y muy distinto del liberalismo conservador, de raíces más bien anglosajonas, por simplificar de algún modo.
La cuestión racial
En todo caso, las teorías de Prat y las de Arana sobre España y sobre sus respectivas regiones fundan el substrato permanente de ambos nacionalismos, aunque los años les hayan traído matices o aditamentos. Descansan esencialmente en una pretensión racista, obsesiva en el nacionalismo vasco (raza única en el mundo y superior a cualquier otra “por sus bellas cualidades”, en riesgo de estropearse por el contacto con los maketos) En el separatismo catalán el racismo toma rasgos algo distintos. Uno de sus primeros teorizadores, Valentí Almirall, afirmaba que en la península vivían dos razas muy distintas, la pirenaica y la del centro-sur. A la pirenaica le distinguiría un espíritu “analítico, “directo al fondo de las cosas”, “basado en la libertad”, “confederal”, mientras la otra raza era “generalizadora, soñadora, aficionada al lujo y la ampulosidad, arbitraria, centralizadora, absorbente”. La unión con Castilla habría tenido un efecto “fatal” sobre el espíritu catalán, al que habría “desnaturalizado”. Cabe observar el estilo generalizador y un tanto soñador o fantasioso, muy poco pirenaico, del propio Almirall.
Claro que la distinción entre tales razas, invisible en lo físico, resultaba harto vaga e insatisfactoria en lo psicológico, por lo cual otro teórico separatista, Pompeu Gener, la precisara más: “Nosotros (catalanes), que somos indogermánicos de origen y de corazón no podemos sufrir la preponderancia de tales elementos de razas inferiores”. “No podemos ser mandados por los que nos son inferiores”. Los catalanes, en su condición de “arios”, emparentaban “con los demás pueblos arios de Europa” esencialmente distintos de la raza al sur del Ebro, donde predominaba “el elemento semítico, y más aún el presemítico o berber, con todas sus cualidades: la morosidad, la mala administración, el desprecio del tiempo y de la vida, el caciquismo…”, una raza “bárbara, monótona y atrasada como una tribu de África”. Estas ideas iban mezcladas de un fuerte antisemitismo y antijudaísmo, máxime cuando en las clases adineradas de la propia Cataluña se había infiltrado un ingrediente semítico, dificultando que “el elemento indogermánico verdaderamente humano se levante y triunfe de esos neo-moros adoradores del Verbo, raza de gramáticos y sofistas, y de esos neo-judíos…”. El carácter indogermánico de los catalanes era, ni qué decir tiene, tan fantasía como las “cualidades” achacadas a las razas “semíticas y presemíticas” del resto de España Estas apreciaciones servían para denigrar al resto de España, pero la reivindicación “aria” chocaba demasiado. Fueron precisas otras elaboraciones.
Y así, la teorización racista siguió rumbos algo distintos en Prat de la Riba, en el arqueólogo Bosch Gimpera y otros. La diferencia esencial pasaba ahora por los íberos, asentados en el Levante peninsular, incluida Cataluña, y los celtas del resto –con la dudable excepción de vascos y navarros–. Con ello mataban dos pájaros de un tiro, porque permitía establecer la ibero-catalanidad de todo el Levante español, convertido en los Països catalans. La decisiva impronta cultural de cinco siglos de romanización quedaba relegada a un dato superficial, una mera “superestructura” opresora de las esencias raciales ibero-catalanas. La propia España solo sería un estado superpuesto y opuesto a los pueblos: lo cual explicaría la “historia trágica” atribuida a España. Íberos y celtas, pues, constituirían la raíz y clave explicativa de la historia hasta hoy. La idea invertía un tanto las tesis de Gener, ya que el grupo celta o celtizado tenía rasgos indoeuropeos, mientras que el ibérico del Levante parecía poder emparentarse con el norte de África. Pero en fin, fueran pirenaicos, indogermanos o íberos, importaba definir a los catalanes como esencialmente, racialmente, diferentes. Y, por supuesto, superiores La derrota del nacionalsocialismo alemán en la II Guerra Mundial obligó a poner sordina a esas expansiones racistas, antes tan libres, y ambos separatismos debieron adaptarse a los tiempos. La raíz viva del separatismo no puede ser otra que las pretensiones de diferencia y superioridad, pero estas tomaron entonces un cariz más cultural y hasta presuntamente democrático.
Por otra parte, fue preciso asimilar un par de lecciones históricas: las actitudes de los vascos y catalanes autóctonos, y las de los llegados de otras provincias. Por falta de apoyo popular, los separatistas apenas habían hecho oposición a los regímenes de de Primo de Rivera y de Franco. Por esa falta de apoyo algunos grupos catalanes, y especialmente la ETA, habían recurrido al terrorismo. El nacionalismo catalán tenía, además, la amarga experiencia de la rebelión de octubre de 1934, cuando la inmensa mayoría de los catalanes prefirió mantenerse leal al gobierno español, haciendo caso omiso de las frenéticas llamadas de la Generalidad a alzarse en armas. Pues una cosa era que una masa considerable de vascos y catalanes votase a partidos nacionalistas por creerlos defensores de intereses regionales, pero dentro de España, y otra muy distinta que gran parte de esa masa estuviera por la secesión, pues evidentemente no lo estaba. La intensa propaganda narcisista-victimista seducía a bastantes, pero no estaba claro hasta qué punto.
Y al llegar la democracia después del franquismo, la necesidad de captar votos obligó a algunas matizaciones. Los inmigrantes de otras regiones solo podían sentir rechazo ante la pretensión de superioridad racial, lo que hizo preciso refinar el discurso. Ahora, la superioridad se presentaba en el terreno de la economía y la democracia, y en el talante generoso y acogedor de los separatistas. Ya no rechazaban a los inmigrantes, “comprendían” que estos se habían visto forzados a salir de sus provincias debido al hambre causada por la incompetencia y la tiranía de los poderes españoles. Y les invitaban a relegar un tanto su lengua materna en beneficio del vascuence o el catalán, y a “catalanizarse” o “vasquizarse” de diversas formas, con vistas a prosperar hacerse a su vez superiores a sus padres y paisanos de sus regiones de origen. El discurso se acompañaba de un ataque feroz al franquismo –el período en el que Cataluña y Vascongadas se hicieron más prósperas, entre otras cosas–, olvidando convenientemente las violencias y brutalidades del Frente Popular y los propios separatistas. Pese a su completa irrealidad, esta política ha tenido éxito no desdeñable entre inmigrantes recientes o antiguos, gracias a toda suerte de facilidades y concesiones de los gobiernos centrales, obsesionados por la idea contradictoria de incorporar los separatismos a una política común y olvidar el franquismo.
