Los separatismos vasco y catalán comparados

: LOS NACIONALISMOS  CATALÁN Y VASCO COMPARADOS

 

Trataré aquí de sintetizar las ideas de estos movimientos, así como su actuación a través de ciertos sucesos clave hasta la Guerra Civil.  Tales nacionalismos se definen, lógicamente, en relación con España, tenida por el enemigo a derrotar en el nacionalismo vasco, y negada simplemente en el catalán. Son un fenómeno históricamente reciente, pues nació a finales del siglo XIX, cobró impulso con el “Desastre” de 1898 y desde entonces se configuró en Cataluña y  en Vascongadas  como un factor importante  en la vida política española, excepto durante las dictaduras, que ocupan casi la mitad del siglo.

Estos movimientos derivan  de los regionalismos, productos del Romanticismo del siglo XIX, con su exaltación de algunas tradiciones, del “espíritu popular” y de la Edad Media. Los regionalismos arraigaron en varias partes de España,  sin tono antiespañol, y sólo en Cataluña y Vascongadas derivaron en separatismos fuertes. ¿Por qué ocurrió así, y no prendió algo similar en Galicia o en Valencia, Baleares, Andalucía, Canarias, etc., donde el nacionalismo pudo haber explotado motivos lingüísticos u otros?  Una explicación suele hallarse en el empuje industrial  vasco y catalán. Sin embargo es obvio que la industrialización es anterior al nacionalismo, y que este la habría impedido, al romper el mercado español. La burguesía catalana  mostraba celo españolista en pro del mercado, y el nacionalismo vasco exaltó más bien una idealizada sociedad rural y bucólica.  La industrialización solo influyó de modo indirecto, para crear un sentimiento de superioridad explotado por los nacionalistas. Como observa Cambó,  “El rápido enriquecimiento de Cataluña (…) dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas” (1). Es decir, los nacionalismos fomentaron y explotaron ese sentimiento de orgullo, combinándolo con otro de victimismo, pero no fueron, desde luego, los causantes de aquella riqueza.

Otra explicación podría estar en la memoria de los antiguos fueros. Pero en realidad de ellos quedaba en Cataluña, en el siglo XIX, poco más que un rescoldo sentimental, y su abolición  por Felipe V había sido una bendición para el Principado, pues había acabado con privilegios especialmente opresivos de la oligarquía (las “libertades catalanas” llegaban a permitir a los oligarcas el asesinato de campesinos). Al mismo tiempo abrió de lleno los mercados del resto de España y de América, lo que trajo prosperidad a una región antes muy empobrecida. En Vascongadas, la abolición de los fueros en1876, acausa de la guerra carlista,  también facilitó la expansión industrial vasca, y,  como muestra Juaristi (2),  la reivindicación foral tuvo escaso eco. No obstante, como motivo sentimental y político invocado a posteriori, no dejó de tener cierta  relevancia.

Suele aludirse  asimismo a las peculiaridades culturales e  históricas, a los “hechos diferenciales”. Pero esas diferencias eran menores,  preexistían de largo tiempo atrás, y también en otras regiones, y no habían dado pie a tales movimientos. El catalán o el vasco corrientes, aunque conscientes de esas diferencias, se sentían españoles. Como recuerda Cambó, todavía en 1898, “Cuando salíamos del Círculo de la Lliga de Catalunya, encendidos  de patriotismo catalán, nos sentíamos en la calle como extranjeros, como si no nos hallásemos en nuestra casa, porque no había nadie que compartiese nuestras aspiraciones“(3). Aún más expresivo resulta Sabino Arana, con sus imprecaciones y amenazas a los malos bizkaínos: “El yerro de los bizkaínos de fines del siglo pasado y del presente (…) es el españolismo”. “Nuestros padres  vertieron su sangre en Padura (se refiere a una supuesta batalla de hace once siglos)  para salvar a Bizkaya de la dominación española, por la libertad de la raza, por la independencia nacional. Nosotros ¡miserables! hemos vendido el fruto de esa sangre a los hijos de sus enemigos y hemos escupido al sepulcro de nuestros padres. ¡No sabían los bizkaínos del siglo noveno que con la sangre que derramaban por la Patria, engendraban hijos que habían de hacerle traición!”.  “Vosotros, cansados de ser libres, habéis acatado la dominación extraña” “Si no queréis abandonar esos caminos por donde os llevan los enemigos de Bizkaya; si os obstináis en ayudar al verdugo de Bizkaya (…) ¡Que vuestros nietos os maldigan y os execren!”.  “¡Cuándo llegarán los bizkaínos a mirar como a enemigos a todos los que les hermanan con los que son extranjeros y enemigos naturales suyos!” Y así sucesivamente.

Observemos que el ancestral sentimiento español de vascos y catalanes marca una diferencia clave con nacionalismos como los de Europa central, donde las minorías integradas en los  imperios austríaco, turco o ruso, como los checos, los serbios, los croatas, los búlgaros o los polacos nunca se sintieron austríacos, turcos o rusos. La integración de Vascongadas y Cataluña en España tampoco procede de invasiones, como las de aquellos pueblos centroeuropeos, o la de Irlanda, Quebec, etc.

Por tanto, los factores señalados  no explican gran cosa. Los nacionalistas supieron  aprovecharlos, pero no conducían de por sí al separatismo. La impresión de que existía un caldo de cultivo muy favorable a los nacionalismos en Cataluña y Vasconia es difícil de sostener. Los apóstoles de las nuevas ideas trataban de oponer  el sentimiento vasco o catalán al sentimiento español, cuando antes la gente  no encontraba esas cosas contrarias, y, en realidad,  desarraigar o debilitar en parte importante de los vascos y los catalanes el sentimiento hispano, requirió un esfuerzo muy arduo y una habilidad muy notable.

La  tarea exigía líderes capaces y entregados, y en buena medida el éxito de ambos nacionalismos se debe  a que hallaron sus profetas, sus jefes fervorosos e iluminados,  consagrados en cuerpo y alma a una misión  a su juicio redentora. No encontramos en el nacionalismo gallego u otros a  personajes tan enérgicos y diestros como Arana,  Prat de la Riba o  Cambó. Una tradición ya larga explica la historia por causas materiales más o menos cuantificables, pero en cuanto indagamos los hechos topamos siempre con imponderables como el carácter de los dirigentes. Así,  sin Lenin resulta inimaginable la revolución rusa, socialista en un país agrario y atrasado, cuando la mayoría de los propios jefes bolcheviques vacilaba ante el golpe revolucionario, o lo rechazaba. El caso interesa porque son precisamente los marxistas quienes más han insistido en la primacía de las llamadas “condiciones materiales” u “objetivas”.

Tanto Arana en Vascongadas  como Prat de la Riba en Cataluña, muestran en sus escritos la convicción absorbente de haber descubierto una nueva luz  destinada a alumbrar en lo sucesivo la marcha de  sus paisanos. Cambó  resolvió siendo joven renunciar al matrimonio por consagrar todas sus energías a la causa nacionalista. Esa exaltación la sintetizará Prat de la Riba en su célebre frase: “La religión catalanista tiene por Dios a la patria”.  Arana  deploraba “Cuán difícil  y penosa es la labor que nos hemos impuesto, de soltar la venda que ciega los ojos de los bizkaínos!”, pero advirtió en su discurso de Larrazábal que, si fracasara, abandonaría Vizcaya, y “si tan triste caso llegara, juro (…)  dejaros también un recuerdo que jamás se borre de la memoria de los hombres”. En su intención debía de ser un recuerdo terrible.

Los métodos para desespañolizar a catalanes y vascos se parecieron. Un ataque  inclemente a España o a Castilla, más una historia de agravios,  y simultáneamente un halago desmesurado a lo autóctono: “Había que saber que éramos catalanes y que no éramos más que catalanes”,  dice Prat. Para lo cual debían combinarse “los transportes de adoración” a Cataluña con el odio a los supuestos causantes de sus males, los castellanos, pese a que Castilla había dejado hacía mucho de representar un poder  hegemónico o director en España. “La fuerza del amor a Cataluña, al chocar contra el obstáculo, se transformó en odio, y dejándose de odas y elegías a las  cosas de la tierra, la musa catalana, con trágico vuelo, maldijo, imprecó, amenazó“.  Había que “resarcirse” de una imaginaria “esclavitud pasada”. “Tanto como exageramos la apología de lo nuestro, rebajamos y menospreciamos todo lo castellano, a tuertas y a derechas, sin medida”.  O, como observa más sobriamente Cambó,  “El rápido progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias: esto ha pasado siempre y siempre pasará, porque los cambios en los sentimientos colectivos no se producen  nunca a base de juicios serenos y palabras justas y mesuradas” (4).

En suma, escribe Prat: “Son grandes, totales, irreductibles, las diferencias que separan a Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconia. Las separa, por no buscar nada más, lo que más separa, lo que hace a los hombres extranjeros unos de otros, lo que según decía San Agustín en los tiempos de la gran unidad romana, nos hace preferir a la compañía de un extranjero la de nuestro perro, que al fin y al cabo, más o menos, nos entiende: les separa la lengua”. De creer a Prat,  nadie entendía el español común fuera de Castilla, si acaso Andalucía o Canarias, y un catalán preferiría –o más bien debía preferir–  la compañía de su perro a la de un castellano, un gallego o un vasco. Su visión histórica opone  “el gótico y el románico de nuestros monumentos”  a “la Alhambra o la Giralda”, como si a Cataluña la caracterizasen el gótico y el románico, y al resto de España los restos árabes.  Para él, “Bien mirados los hechos, no  hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada“.  Debía erradicarse lo que llama “monstruosa bifurcación de la conciencia catalana”, que hacía sentirse español al catalán.  España no pasaba de ser un aparato estatal, sin sustancia  de nación.

Prat y Arana se consideraban católicos fervientes, pero Arana va más allá que Prat, y exclama indignado: “¡Católica España! Y ¡afirmarlo ahora que cualquiera (…) lee periódicos y libros! (…) No es posible, en breve espacio, mencionar siquiera concisamente los hechos pasados y presentes que prueban bien a las claras que España, como pueblo o nación, no ha sido antes jamás ni es hoy católica”.

Arana decía hallar en  la mayoría de los españoles “el testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que  hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila: no busquéis  en sus rostros la expresión de la inteligencia  humana ni de virtud alguna; su mirada solo revela idiotismo y brutalidad”. Ante hecho tan lamentable,  el inteligente y virtuoso Arana clamaba con furia asombrada: “Euskerianos y maketos ¿forman dos bandos contrarios? ¡Ca! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esta unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas“. Estas frases condensan el programa sabiniano: sustituir la amistad y fraternidad por una dura  hostilidad. Así advierte al  vasco renuente a sus doctrinas: “Si el maketo, penetrando en tu casa, te arrebata a tus hijos e hijas  para quitar a aquellos su lozana vida y prostituir a éstas… entonces, no llores“. Al mismo tiempo exalta hasta las nubes a la  “raza bizkaína”,  ”singular por sus bellas cualidades, pero más singular aún por no tener ningún punto de contacto o fraternidad  ni con la raza española, ni con la francesa (…) ni con raza alguna del mundo.  Pero, sorprendentemente, “la nación más noble y más libre del mundo”,  sufría   ”humillada, pisoteada y escarnecida por España, esa nación enteca y miserable”. Y fulminaba a sus  paisanos: “Habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa, os habéis hermanado y confundido con la raza más vil y despreciable de Europa”. Y concluye con nobleza y generosidad  peculiares:  “Era antes vuestro carácter noble y altivo, a la vez que sencillo, franco y generoso; y hoy vais haciéndoos tan viles y pusilánimes, tan miserables, falsos y ruines como vuestros mismos dominadores“.

No extrañará que Arana contestara con desprecio a los primeros tanteos fraternos del nacionalismo catalán: “Cataluña es española por su origen, por su naturaleza política, por su raza, por su lengua, por su carácter y por sus costumbres”. “Ustedes, los catalanes, saben perfectamente que Cataluña ha sido y es una región de España”. Por tanto, señala sin piedad: “Maketania comprende a Cataluña”, y para más claridad,  “Maketo es el mote con que aquí se conoce a todo español, sea catalán, castellano, gallego o andaluz”.  En consecuencia, aclaraba a los nacionalistas catalanes, “jamás haremos causa común con las regiones españolas”.  No excluía “entendernos en la acción definitiva” contra España, pero  en todo caso, “jamás confundiremos nuestros derechos con los derechos de región extranjera alguna”.

Así pues, si España no existía como nación, según Prat, o era tan irrisoriamente inepta y ruin como decía creer Arana, la misión que ambos se atribuían debía haber resultado muy fácil. Y difícil, en cambio, explicar dónde había estado durante siglos Cataluña, o cómo se había producido la supuesta sumisión de los vascos. Pero estas dificultades nunca les arredraron. Como fuere, el halago exaltado a un grupo social, combinado con el señalamiento de un enemigo culpable de todos  los males, sugestiona fácilmente a mucha gente, si se insiste en ello con tenacidad *. Y así fue.

A estas campañas ayudó de forma decisiva el  “Desastre” del 98, como recordaba Cambó. Si en el terreno económico aquella derrota tuvo poco efecto, y el desarrollo español incluso se aceleró luego, supuso  en cambio una profunda quiebra moral y psicológica,  que dio alas a los movimientos radicales, desde el socialismo revolucionario y el anarquismo a los nacionalismos. Así fue posible que a los pocos años Prat asegurase, con alguna base: “Hoy ya, para muchos, España es sólo un nombre indicativo de una división geográfica“.

Diferencias entre separatismo vasco y catalán
Aun con estas similitudes, y con un nivel intelectual común no muy destacable, los programas nacionalistas de Prat y de Arana difieren profundamente. Prat anhelaba  “más que la libertad para mi patria. Yo quisiera que Cataluña (…)  comprendiera la gloria eterna  que conquistará la nacionalidad que se ponga a la vanguardia del ejército de los pueblos oprimidos (…) Las naciones esclavas esperan, como la humanidad en otro tiempo, que venga el redentor que rompa sus cadenas. Haced que sea el genio de Cataluña el Mesías esperado de las naciones”. Ello no le impedía proclamar al mismo tiempo una vocación imperialista, pues el imperialismo “es el período triunfal de un nacionalismo: del nacionalismo de un gran pueblo”.  Cataluña debía convertirse en el elemento hegemónico de un imperio ibérico extendido desde Lisboa al Ródano, para luego  “expandirse sobre las tierras bárbaras“.

Claro que este programa, aparte de resultar ya anacrónico, traería fuertes tensiones, quizá incluso bélicas, con Portugal y con Francia. Además, ¿qué autoridad moral podían tener los nacionalistas catalanes, tras proclamarse tan radicalmente distintos, para dirigir al resto de los españoles? Prat invoca “sentimientos de hermandad”,  lo cual lo lleva por otro camino a la “monstruosa bifurcación”  de la conciencia catalana que él quería eliminar. Y siendo tan diferentes y no habiendo recibido más que males de Castilla,  ¿por qué no volcaban su entusiasmo fraternal con los franceses, en lugar de con los españoles? Por otra parte, ¿qué pasaría si el resto de España no aceptaba el liderazgo del nacionalismo catalán? Porque aunque Cataluña era la parte más dinámica del país, no dejaba de ser una parte menor, muy inferior al resto en peso cultural y económico; y al considerar extranjero al idioma común renunciaba al principal cauce de influencia. Sólo quedaba,  en última instancia, intentar liderar y liberar a los llamados “países catalanes”, aunque los valencianos y baleares detestaban en su mayoría ese imperialismo.

Y a Arana, desde luego, ni se le ocurría pensar en los catalanes como vanguardia de los “pueblos oprimidos” o  de cualquier otra cosa.  Su plan, al revés del de  Prat, propugnaba el autoencierro para el  “pueblo más noble y más libre del mundo”. La mayor distinción de los vascos, sería,  después de la raza, el idioma vascuence, “broquel de nuestra raza, y contrafuerte de la religiosidad y moralidad de nuestro pueblo“, pues “donde se pierde el uso del Euzkera, se gana en inmoralidad“. Por eso, “Tanto están obligados los bizkaínos a hablar  su lengua nacional como a no enseñársela a los maketos o españoles“. Nada, pues,  de  moralizar por vía lingüística a los maketos: “Muchos son los euzkerianos que no saben euzkera. Malo es esto. Son varios los maketos que lo hablan. Esto es peor” “Si nuestros invasores aprendieran el euzkera, tendríamos que abandonar éste, archivando cuidadosamente su gramática y su  diccionario, y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego” Etc.

Con todo su fervor por el vascuence,  la lengua materna de Arana era el castellano, que escribía con no mal estilo. Dada la dificultad del idioma vernáculo, no debió de llegar a dominarlo, como indica su creación de la palabra Euzkadi. En sus meditaciones encontró un caso extraño: “He aquí un pueblo que con ser singularísimo entre todos, carece de nombre” en su propia lengua. Existía el tradicional Euscalerría o Euzkelerría (un neologismo del siglo XVI), pero juzgado inservible por Arana.  “Euzkadi”  conservaba la raíz “euzko”, relacionada al parecer con “eguzki” (“el del sol”), indicando procedencia oriental o bien  “veneración al sol como la obra más benéfica del Creador”.  Idea remitente, una vez más, a la exclusividad y preeminencia de la “raza vasca”. Los separatistas juzgaron  el nuevo nombre un hallazgo genial. Según el político nacionalista Eguileor “el anhelo” de la “raza más vieja de la tierra (…) se condensa  maravillosamente en una sola palabra, la que no acertó a sacar durante cuarenta siglos  nuestra raza del fondo de su alma, palabra mágica creada también por el genio inmortal de nuestro Maestro: ¡Euzkadi!”. El filólogo vasco Jon Juaristi califica el término de dislate, compuesto de “una absurda raíz euzko,  extraída de euskera, euskal, etc., a la que Arana hace significar “vasco”, y del  sufijo colectivizador  -ti /-di, usado sólo para vegetales. Euzkadi se traduciría  literalmente por algo parecido a bosque de  euzkos, cualquier cosa que ello sea”. Unamuno había criticado el invento como la “grotesca y miserable ocurrencia” de un “menor de edad mental”, que equivaldría a cambiar la palabra España por  “Españoleda, al modo de pereda, robleda…” (5)

Y lejos del imperio ibérico de Prat, enseñaba Arana: “Si a esa nación latina la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo”. Deseo lógico porque “aborrecemos a España no solamente por liberal, sino por cualquier lado que la miremos”.

Otra diferencia es que el nacionalismo vasco será siempre muy derechista, salvo pequeñas  variedades,  hasta que en los años 60 del siglo XX se asiente una rama de izquierdas en torno a ETA. En cambio al nacionalismo catalán, también de derechas al comienzo,  le nacería pronto un sector más izquierdista, violento y radical. Con el tiempo, el partido de Prat y de Cambó encontraría  “en el patriotismo español  la ampliación natural y complemento necesario del patriotismo catalán”, en expresión de Valls Taberner en 1934 (6). Por el contrario,  la izquierda nacionalista  acentuaba  el talante separatista o al menos exclusivista.

También difería el estilo de las propagandas: bronco el de Arana, más solapado el de  Prat, como él mismo advierte: “Evitábamos todavía usar abiertamente la nomenclatura propia, pero íbamos destruyendo las preocupaciones, los prejuicios y, con calculado oportunismo, insinuábamos en sueltos y artículos  las nuevas doctrinas”.  En Prat y sus fieles predominó un victimismo algo quejumbroso y sentimental,  que conmemoraba pretendidas  derrotas históricas como factor de agravio. Los sabinianos exhibían menos victimismo y más agresividad: Arana inició su predicación mencionando nebulosas victorias o “glorias patrias” contra “el invasor español”, y llamando a renovar aquellas hazañas, aunque al mismo tiempo privaba a los vascos de otras glorias más demostrables, alcanzadas por ellos como españoles.

Pese a los éxitos nacionalistas, el sentimiento español era y es  muy persistente, por basarse en una historia compartida de muchos siglos,  en una profunda mezcla demográfica y cultural,  en el tronco católico de su cultura,  en una densa interrelación económica,   y en la conciencia de que la lengua común, pese a su origen castellano, no es patrimonio de ninguna región, pues todas han contribuido a darle forma. Además, la lengua común permite  a las regiones comunicarse entre sí y ampliar a muchos países las relaciones y empresas de todo tipo. No extrañará que el propio Arana admita: “Hemos convencido a muchas inteligencias; hemos persuadido a pocos corazones. Lo cual demuestra, en último término, que ya no hay corazones en Euskeria. ¡Pobre Patria!”. En cuanto a los nacionalistas catalanes, su flojera en varios momentos cruciales demostrará lo mucho que había de pose en  sus  maldiciones, imprecaciones y amenazas, que decía Prat.

La consecuencia inmediata de estos nacionalismos es doble. Por una parte tienden a separar y crear hostilidad entre los vascos o los catalanes y los demás españoles, y por otra dividen a vascos y catalanes en “buenos” y “malos”, según acepten o no sus doctrinas, al modo como ciertos falangistas usaban el mismo criterio para distinguir entre buenos y malos españoles. Los nacionalistas se proclaman automáticamente representantes del pueblo, piense lo que quiera la mayoría de él. Ello tiene, desde luego, poca relación con la democracia tal como normalmente se concibe. Con tal enfoque, las elecciones, por ejemplo, son un método aprovechable, pero nunca serán admitidas las votaciones adversas. Ocurre algo parecido con los comunistas, autoproclamados representantes del proletariado, voten lo que voten los obreros, y que utilizan las elecciones de modo similar.

Estos nacionalismos no sólo alientan un sentimiento contra España, sino también contra el liberalismo: “antiespañol y antiliberal es lo que todo bizkaíno debe ser”, adoctrinaba Arana, y el nacionalismo catalán fraguó en buena medida en círculos eclesiales que veían en el liberalismo una amenaza.  Hubo también una raíz más o menos carlista., pues tanto en las Vascongadas como en Cataluña tuvo el carlismo fuerte influencia, y ante el triunfo liberal, algunos derivaron hacia el nacionalismo como una forma de salvar lo salvable del antiguo régimen. Sin embargo no debemos olvidar que el carlismo era muy españolista, y defendía los viejos fueros como propios, supuestamente, de la  unidad española, en contraste con el centralismo traído de Francia.  Por lo demás, no hubo evolución nacionalista en Navarra, Álava  y otras regiones  y provincias donde el carlismo tenía profundas raíces.

También influyó  en el antiliberalismo la llegada de trabajadores de otras regiones, a menudo desarraigados e ignorantes, alejados de la religión por el debilitamiento o pérdida de lazos familiares,  la explotación y   las condiciones de vida, con frecuencia miserables. En ellos prendieron las doctrinas socialistas y anarquistas que les prometían un mundo feliz y les señalaban un enemigo. Muchos vascos y catalanes de clase media veían en esa inmigración una fuente de inmoralidad,  subversión y violencia, y, si bien se beneficiaban de ella,  le oponían un pasado ideal de catolicidad  y moralidad estrictas, aún persistentes en sus regiones, pero  supuestamente  perdidas en el resto de España. Buena parte del clero  desempeñó un papel importante en el auge nacionalista en las dos comunidades.

El PNV mantuvo un cerrado antiliberalismo, que  en una derivación de él,  la ETA concluyó en un revolucionarismo marxistoide. En Cataluña la historia siguió otro rumbo: el nacionalismo liderado por Cambó evolucionó hacia un regionalismo españolista, y sus contradictorias aspiraciones, imperialistas y emancipadoras de los “pueblos esclavos”, concluyeron en un liberalismo templado. También tuvo Arana una evolución aparentemente españolista hacia el final de su vida,  neutralizada en todo caso por sus seguidores. El nacionalismo catalán izquierdista, de irregular trayectoria, cuajará en 1931, al fusionarse tres partidos menores en la Esquerra Republicana de Catalunya. Al comenzar la República, la Esquerra desbancó al catalanismo de derecha, y acentuó su nacionalismo. La Esquerra  tomó un tinte jacobino,  un liberalismo inspirado en la Revolución francesa, exaltadamente anticlerical y  muy distinto del liberalismo conservador, de raíces más bien anglosajonas, por simplificar de algún modo.

La cuestión racial

En todo caso, las teorías de Prat y las de Arana sobre España y sobre sus respectivas regiones fundan el substrato permanente de ambos nacionalismos, aunque los años les hayan traído matices o aditamentos. Descansan esencialmente en una pretensión racista, obsesiva en el nacionalismo vasco (raza única en el mundo y superior a cualquier otra “por sus bellas cualidades”, en riesgo de estropearse por el contacto con los maketos)   En el separatismo catalán el racismo toma rasgos algo distintos.  Uno de sus  primeros teorizadores, Valentí Almirall, afirmaba que en la península vivían dos razas muy distintas, la pirenaica y  la del centro-sur. A la pirenaica le distinguiría un espíritu “analítico, “directo  al fondo de las cosas”, “basado en la libertad”, “confederal”, mientras la otra raza era  “generalizadora, soñadora, aficionada al lujo y la ampulosidad, arbitraria, centralizadora, absorbente”. La unión con Castilla  habría tenido un efecto “fatal” sobre el espíritu catalán, al que habría “desnaturalizado”. Cabe observar el estilo generalizador y un tanto soñador o fantasioso, muy poco pirenaico, del propio Almirall.

Claro que la distinción entre tales razas, invisible en lo físico, resultaba  harto  vaga e insatisfactoria en lo psicológico, por lo cual otro teórico separatista, Pompeu Gener, la precisara más: “Nosotros (catalanes), que somos indogermánicos de origen y de corazón  no podemos sufrir  la preponderancia de tales elementos de razas inferiores”. “No podemos ser mandados por los que nos son inferiores”. Los catalanes, en su condición de “arios”, emparentaban “con los demás pueblos arios de Europa” esencialmente distintos de la raza al sur del Ebro, donde predominaba  “el elemento semítico, y más aún el presemítico o berber, con todas sus cualidades: la morosidad, la mala administración, el desprecio del tiempo y de la vida, el caciquismo…”,  una raza “bárbara, monótona y atrasada como una tribu de África”. Estas ideas iban mezcladas de un fuerte antisemitismo y antijudaísmo, máxime cuando en las clases adineradas de la  propia Cataluña se había infiltrado un ingrediente semítico, dificultando que “el elemento indogermánico verdaderamente humano se levante y triunfe de esos neo-moros adoradores del Verbo, raza de gramáticos y sofistas, y de esos neo-judíos…”. El carácter indogermánico de los catalanes era, ni qué decir tiene, tan fantasía como las “cualidades” achacadas a las razas “semíticas y presemíticas” del resto de España Estas apreciaciones servían para denigrar al resto de España, pero la reivindicación “aria” chocaba demasiado. Fueron precisas otras elaboraciones.

Y así, la teorización racista siguió rumbos algo distintos en Prat de la Riba, en el arqueólogo Bosch Gimpera y otros. La diferencia esencial pasaba ahora por los íberos, asentados en el Levante peninsular, incluida Cataluña,  y los celtas del resto –con la dudable excepción de vascos y navarros–. Con ello mataban dos pájaros de un tiro,  porque permitía establecer la ibero-catalanidad de todo el Levante español, convertido en los Països catalans. La  decisiva impronta cultural de cinco siglos de romanización quedaba relegada a un dato superficial, una mera “superestructura” opresora de las esencias raciales ibero-catalanas. La propia España solo sería un estado superpuesto y opuesto a los pueblos: lo cual explicaría la “historia trágica” atribuida a España. Íberos y celtas, pues,  constituirían la raíz y clave explicativa de  la historia hasta hoy.  La idea invertía un tanto  las tesis de Gener, ya que el grupo celta o celtizado tenía rasgos indoeuropeos, mientras que el ibérico del Levante parecía poder emparentarse con el norte de África.  Pero en fin, fueran pirenaicos, indogermanos o íberos, importaba definir a los catalanes como esencialmente, racialmente, diferentes.  Y, por supuesto, superiores   La derrota del nacionalsocialismo alemán en la II Guerra Mundial obligó a poner sordina a esas expansiones racistas,  antes tan libres, y ambos separatismos debieron adaptarse a los tiempos. La raíz viva del separatismo no puede ser otra que las pretensiones de diferencia y superioridad, pero estas tomaron entonces un cariz más cultural y hasta presuntamente democrático.

Por otra parte, fue preciso asimilar un par de lecciones históricas: las actitudes  de los vascos y catalanes autóctonos, y las de los llegados de otras provincias. Por falta de apoyo popular, los separatistas apenas habían hecho oposición a los regímenes de de Primo de Rivera y de Franco. Por esa falta de apoyo algunos grupos catalanes, y especialmente la ETA, habían recurrido  al terrorismo. El  nacionalismo catalán tenía, además, la amarga experiencia de la rebelión de octubre de 1934,  cuando la inmensa mayoría de los catalanes prefirió mantenerse leal al gobierno español, haciendo caso omiso de las frenéticas llamadas de la Generalidad a alzarse en armas. Pues una cosa era que una masa considerable de vascos y catalanes votase a partidos nacionalistas por creerlos defensores de intereses regionales, pero dentro de España, y otra muy distinta que  gran parte de esa masa estuviera por la secesión, pues evidentemente no lo estaba. La intensa propaganda narcisista-victimista seducía a bastantes, pero no estaba claro hasta qué punto.

Y al llegar la democracia después del franquismo, la necesidad de captar votos obligó a algunas matizaciones. Los inmigrantes de otras regiones solo podían sentir rechazo ante la pretensión de superioridad racial, lo que hizo preciso refinar el discurso. Ahora, la superioridad se presentaba en el terreno de la economía y la democracia, y en el talante generoso y acogedor de los separatistas. Ya no rechazaban a los inmigrantes, “comprendían” que  estos se habían visto forzados a salir de sus provincias debido al hambre causada por la incompetencia y la tiranía de los poderes españoles. Y les invitaban a relegar un tanto su lengua materna en beneficio del vascuence o el catalán, y a  “catalanizarse” o “vasquizarse” de diversas formas, con vistas a prosperar  hacerse a su vez superiores a sus padres y paisanos de  sus regiones de origen. El discurso se acompañaba de un ataque feroz al franquismo –el período en el que Cataluña y Vascongadas se hicieron más prósperas, entre otras cosas–, olvidando convenientemente  las violencias y brutalidades del Frente Popular y los propios separatistas. Pese a su completa irrealidad, esta política ha tenido éxito no desdeñable entre inmigrantes recientes o antiguos, gracias a toda suerte de facilidades y concesiones de los gobiernos centrales, obsesionados por la idea contradictoria de incorporar los separatismos a una política común y olvidar el franquismo.



* El ejemplo más característico es quizá el del nazismo.

Creado en presente y pasado | 197 Comentarios

El universo y el destino humano/ Significación de Gibraltar

Blog I: El foro “Recuperemos Gibraltar” http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

******************************

–La vida humana –dijo Ángel– es como esas nubecillas que se forman y que poco a poco se van disolviendo en el firmamento sin dejar rastro. Ni siquiera memoria. Porque la memoria que deja cada cual entre sus conocidos  o entre sus parientes, es parcial y se desvanece al cabo de poco tiempo. Y con los personajes famosos durante siglos ocurre lo mismo: sabemos sus nombres y algunas cosas que hicieron o dejaron de hacer, pero bajo esas cosas no los conocemos realmente.  

–Buena semejanza, ¿en realidad nos conocemos a nosotros mismos? ¿Cada cual a sí mismo? –opuso Jaime

–Si Freud descubrió algo de nosotros, es señal de que antes se ignoraba, de que durante siglos todo el mundo ha ignorado cosas esenciales sobre sí mismo. Pero Freud puede estar equivocado, y entonces eso que creemos saber de nosotros gracias a él,  es falso.

–Bien, bien, esa comparación con las nubecillas –apostilló Leandro–. Pero ¿conoces un poema de William Blake que dice: “Ver un mundo en un grano de arena / y un firmamento en una flor silvestre / abarcar el infinito en la palma de la mano/ y la eternidad en una hora?” Esto suena extraño, pero sugestivo y  no irrazonable. Ahora te pregunto:  ¿puede decirse lo mismo de la vida de cada persona? ¿Que sea posible discernir el cosmos y su destino en cada vida humana? ¿Qué me dices?

–No me parece posible, porque el universo es uno, y las vidas humanas y sus destinos son enormemente diferentes.

–Pero entonces la vida humana sería algo muy diferente del cosmos.

–No necesariamente. También hay muchas flores silvestres distintas con muchos destinos distintos: marchitarse, ser comidas o pisoteadas o cortadas… Pero admito que hay un fondo de identificación con el universo…

–Te lo diré de otro modo: yo estuve a punto de ser fusilado dos veces  por gente opuesta ideológicamente entre sí, por nacionales y por comunistas y por razones muy distintas, siendo yo comunista. Me libré por pura casualidad, o al menos lo veo así. ¿Tiene eso algo que ver con el cosmos? ¿Se concentra en esos hechos un indicio, al menos, del mundo total y de sus avatares? ¿O no tiene nada que ver una cosa con la otra?

–¿Quién puede saberlo? Pero quizá nos equivoquemos en algo: integramos todas las cosas en un conjunto general, al que llamamos universo. Eso parece pura lógica, pero ¿y si no tuviera que ver con la realidad? ¿Y si lo que llamamos universo no fuera el conjunto de todas las cosas sino algo diferente?

———————————–

 

LA ÚLTIMA COLONIA DE EUROPA OCCIDENTAL

La significación de Gibraltar

  El problema de Gibraltar no es un problema menor, ni mucho menos, pues define aspectos cruciales de nuestra verdadera posición internacional. Es preciso, por ello, que, si no los políticos, al menos la opinión pública lo retome.

1. Una idea artificialmente extendida desde hace bastantes años, en particular por las corrientes socialistas y separatistas, afirma que la cuestión de Gibraltar carece de importancia práctica y que insistir en ella resulta una pérdida de tiempo, cuando no una actitud “reaccionaria” o “franquista”. Claro está que si así fuera habría que preguntarse por qué, en cambio, el Peñón es tan importante para la potencia colonizadora, tan alejada geográficamente de él. Una colonia por cuya posesión Inglaterra no se contentó con el leonino Tratado de Utrecht, sino que ha vulnerado sucesivamente las condiciones de dicho acuerdo, siempre con increíble arrogancia, y lo sigue haciendo en la actualidad, haciendo caso omiso de todas las resoluciones de la ONU al respecto. Debemos convenir, entonces, en que sí tiene un interés de primer orden para Inglaterra.

2. La razón de ese interés para la potencia colonizadora es cuádruple. En primer lugar, la posesión de Gibraltar aseguraba las comunicaciones del Imperio Británico; en segundo lugar, la Roca era un símbolo del poder imperial inglés y, a la inversa, de la humillación de España, con la que históricamente sostuvo largas rivalidades: tal es un significado de la bandera británica ondeando sobre el Peñón; en tercer lugar, la colonia es un fructífero centro de negocios y tráficos de todo tipo, legales e ilegales, en perjuicio de España; en cuarto lugar, el Peñón tiene gran importancia como permanente sede de vigilancia, espionaje e incluso amenaza sobre nuestro país.

3. Podría creerse que ese interés británico es anacrónico, por cuanto ha desaparecido su imperio y teóricamente los dos países son amigos y aliados. Pero se trata de una falsa apreciación. La mentalidad y la práctica internacional inglesas siguen siendo en gran medida imperiales. Así, Londres mantiene colonias, enclaves y bases en otros lugares del mundo, y es el país de Europa Occidental que más gasta en fuerzas armadas –casi 70.000 millones de dólares en 2009, más que otros económicamente superiores, como Francia (67.000 millones), Alemania (48.000 millones) o Rusia (61.000 millones), esta con población y extensión mucho mayores, y con muchos más conflictos potenciales–. Solo dos países superan el gasto militar inglés, Usa y China, e Inglaterra supera proporcionalmente a la segunda, con un 2,5% del PIB frente a un 2%. En cuanto a la relación entre los dos países, la mera permanencia de la colonia demuestra que Londres solo contempla la “amistad y alianza” con una visión imperial, desde una posición de superioridad indiscutible.

4. Al interés militar y estratégico, tan fundamental para la mentalidad internacional inglesa, se suma el económico. En tiempos de Franco, con el cierre de la verja, Gibraltar se convirtió en una pesada carga para Londres, al punto de que su diplomacia maniobraba constantemente en pro de su reapertura. Con el tiempo es muy probable que Inglaterra hubiera tenido que devolver el Peñón, como había acordado la ONU, máxime si España presionaba sobre Usa, tan interesada en las bases militares españolas. La llegada del PSOE al poder, en 1982, fue pronto seguida de la apertura de la verja y de todo tipo de facilidades para que la colonia volviera a convertirse en sede de todo tipo de tráficos y de una verdadera colonización económica de las zonas vecinas, en beneficio de Inglaterra.

5. Es obvio, por tanto, que si Inglaterra concede tanta importancia a Gibraltar, España, en cuyo territorio se encuentra la colonia, debe concederle mucha más todavía.

6. Para España tiene una fundamental importancia militar, porque se trata de un punto clave para el dominio del Estrecho de Gibraltar y zonas aledañas. Recuérdese que, aparte de que por esa vía han llegado tradicionalmente amenazas e invasiones que estuvieron muy cerca de acabar con todo lo que España ha significado en la historia, la amenaza ha resurgido desde la independencia de Marruecos, el país más agresivo del Magreb, que ha mantenido guerras expansivas con todos sus vecinos. En cuanto a nosotros, presiona permanentemente sobre Ceuta y Melilla después de haber ocupado ilegalmente el Sahara y perjudicado económicamente a las Canarias; sin contar el auge del islamismo radical.

7. Desde el punto de vista político, España es el único país europeo sometido a la vejación permanente de soportar una colonia en su territorio. Ello tiene un alcance mucho más amplio que el meramente simbólico o de dignidad, pues define claramente nuestra prolongada decadencia y nuestra posición actual como estado lacayo en la alianza occidental (OTAN y UE).

8. En relación con la OTAN, debe recordarse que la adhesión de España se hizo en condiciones muy desventajosas: no solo permanece el Peñón bajo poder inglés, sino que la misma alianza deja fuera de su protección a Ceuta, Melilla y las islas españolas próximas, es decir, aquellos puntos en los que España puede ser víctima de una agresión. Lo cual vuelve a colocarnos en posición de lacayo.

9. Tampoco la entrada en la UE ha supuesto el más mínimo avance en la resolución de este problema, del que se han desentendido todos los demás países “amigos y aliados”.

10. La desatención del resto de Europa al hecho intolerable de la colonia no puede extrañar, por cuanto la clave del mismo está en nuestra casta política. Y tiene relación, a su vez, con su línea de claudicaciones y corrupciones, que han llevado a una involución antidemocrática y al auge de los separatismos y las concesiones al terrorismo. Por ello, creo muy importante que la opinión pública sea bien informada al respecto, de modo que estas nefastas políticas cambien.

 

 

Creado en presente y pasado | 62 Comentarios

La clave de los separatismos, principal peligro para España

 

Nacionalismo y separatismo  

Nación es una comunidad cultural bastante homogénea dotada de un estado. Nacionalismo es la doctrina moderna, en principio democrática, que deposita la soberanía en la nación, “el pueblo” y no en el monarca. El nacionalismo se apoya en una nación ya formada o en una comunidad cultural más o menos precisa a la que aspira a convertir en nación. En el primer caso el ejemplo claro es Francia, nación antigua que desarrolla el concepto nacionalista a partir de la Revolución francesa. En el segundo caso, el nacionalismo es inevitablemente separatista, con más o menos razones. Es decir, intenta separar a una comunidad determinada de aquel poder político que de un modo u otro la venía englobando, generalmente un estado imperial considerado opresor. Las razones pueden ser evidentes en casos como los de los griegos o los serbios con respecto al imperio otomano. A menudo esas comunidades habían sido naciones antes de ser sometidas, por las armas u otros medios,  como ha ocurrido con los escoceses, irlandeses, polacos, etc.

Los casos son muy variados, pero el de los nacionalismos vasco y catalán tiene fuertes peculiaridades: aspiran en sus palabras, a “construir” nación en sus sociedades. Y lo hacen porque, en rigor, nunca ha existido una nación catalana o vasca, o, dicho de otro modo, nunca sus comunidades han dispuesto de un estado.  Cataluña, como Aragón, se integró primitivamente en el estado francés (La Marca Hispánica, así llamada, significativamente), del que se liberaron cuando tuvieron ocasión. La primera se integró pacíficamente en la Corona de Aragón, que llegó a incluir también lo reinos de Valencia y  Mallorca. Cataluña propiamente nunca fue considerada, por propios ni extraños, un reino, independiente o no. En cuanto a las provincias vascongadas, oscilaron durante la Reconquista entre el reino de Pamplona y el de Castilla, optando  finalmente de modo voluntario por Castilla. Ni Cataluña ni Vascongadas dispusieron nunca de estado propio ni fueron invadidas para ser sometidas por otras regiones o reinos (el caso de Navarra se dirigió contra Francia, y la guerra de Cataluña en el siglo XVII tuvo un carácter parecido), sino que su integración en el conjunto político de España fue pacífico y voluntario. No se trataba, por tanto, de recuperar una independencia perdida

Los separatismos vasco y catalán surgen tardíamente,  hacia finales del siglo XIX, y solo cobran cierta potencia a raíz de la crisis moral del 98, debida a la pérdida de las últimas colonias españolas en América y el Pacífico a manos de Usa.  Esos separatismos buscaban dotar de un estado, es decir, convertir en naciones a las regiones catalana y vasca (integrando en esta última a Navarra y una pequeña parte de Francia). Ahora bien, ¿en qué  justificaban ese objetivo? ¿Eran  tan profundas las diferencias  culturales entre dichas regiones y el resto de España? En realidad compartían un idioma, el castellano o español común, mayoritariamente hablado en las Vascongadas desde hacía siglos, y hablado ampliamente y conocido por la mayoría en Cataluña, siendo además el catalán una lengua latina muy próxima a la castellana. Sus literaturas más abundantes y probablemente de mejor calidad habían sido escritas en la lengua común, no en la regional. Las dos habían compartido con el resto la prolongada lucha contra el Islam, un estricto catolicismo, las formas artísticas y culturales románica, gótica, renacentista o barroca y más recientemente la lucha contra la invasión francesa o las divisiones del siglo XIX entre carlistas y liberales. Compartían y comparten tradiciones, incluso culinarias, musicales, costumbres (como la tauromaquia). El aspecto físico de la gente es asimismo común, al igual que la ascendencia, mostrada en el predominio de los apellidos: García (este probablemente de origen vasco, el más corriente en España), Pérez, López, Rodríguez, etc.  Durante siglos, vascos y catalanes se consideraban naturalmente españoles y sus intelectuales, políticos o militares formaban parte natural de las élites españolas. Y así una larga serie de elementos comunes.

Al lado de tales elementos, pero, históricamente, no en oposición a ellos, existían diferencias,  la principal de ellas el idioma regional y algunas costumbres más o menos ancestrales. Naturalmente, “construir nación” significa ante todo  exaltar esas diferencias, sobre todo la lengua, y despreciar las afinidades con el resto de España. La lengua vasca y la catalana han sido definidas por los  nacionalistas como  únicas  “propias” de sus territorios, atribuyendo de hecho al castellano el carácter de lengua  extranjera. A despecho, como quedó indicado, de que la mayoría de los catalanes y la inmensa mayoría de los vascos tienen por lengua materna el español común, y en él se ha escrito, sobre todo en el caso vasco pero también en el catalán,  la mayor literatura de las respectivas comunidades. Así, los constructores de la nación han hecho esfuerzos ímprobos por  segregar al castellano, humillarlo o marginarlo de muchas formas, excluirlo en lo posible de la enseñanza, etc. Sin éxito concluyente, pese a haber dedicado a esa tarea un enorme esfuerzo de propaganda y económico. Aspecto relacionado ha sido la pretensión de otros separatismos menores, como el andaluz o el canario, de inventar idiomas diferenciales (andalusí o guanche). En el caso del gallego, la gran similitud con el castellano ha llevado al intento de asimilarlo al portugués.

Pero el punto esencial de los nacionalismos era la concepción de “raza”, muy influyente en Europa a finales del siglo XIX y que tomó aquí rasgos pintorescos. El racismo en el nacionalismo vasco era obsesivo y en el catalán un ingrediente clave (Ver apéndice), pese a que  las diferencias raciales o genéticas entre las regiones de España son insignificantes. La única apoyatura de ese racismo (Cambó la alude indirectamente al hablar de cómo la prosperidad de Cataluña había ayudado a sus propagandas) consistía en que Vizcaya y Barcelona eran por entonces las provincias más industriales y ricas de España, las más dinámicas, adonde  acudían miles de  inmigrantes del resto. Aunque esa industrialización estaba muy protegida desde Madrid, y  creada en relación con el mercado español y por empresarios no separatistas, podía  interpretarse como resultado de una superioridad racial de los catalanes y los vascos sobre el resto de España, considerada después del “Desastre” del 98 –y harto precipitadamente–  como un país al borde de la extinción. Desde la II Guerra Mundial, el racismo se ha convertido en tabú, pero todas las diatribas de los separatistas contra España tienen el fondo común de una pretensión de superioridad en todos los órdenes sobre el resto del país.  Al mismo tiempo afirman ser “colonias oprimidas”, lo que resulta chocante: no es frecuente que las explotadas colonias sean más ricas que la metrópoli y que esta haya amparado tanto esa riqueza de las “colonias”. En definitiva, la verdadera sustancia de estos separatismos yace en  un racismo explícito antes del  fin de la guerra mundial, e implícito y disimulado posteriormente. No tiene otra apoyatura real. Un racismo carente por completo de base, mas no por ello deja de ser menos generador de pasiones en ambientes más o menos amplios. Sin tener en cuenta este rasgo decisivo no podrá  entenderse realmente el problema.

Para avanzar hacia su objetivo de secesión, estos dos nacionalismos han seguido una doble estrategia  basada en la exacerbación de los sentimientos de ultraje al estar supuestamente sometidos a unas gentes inferiores, y de virulenta denigración de España (con variantes en “Madrid” o “Castilla”). Propaganda con una mezcla ofensiva de desprecio, odio y victimismo.  Consignas actuales como “España nos roba”, “representa el atraso y la opresión”, o “el fascismo”,  “Viven de nosotros”, etc.  Son el pan  cotidiano del que se alimenta el separatismo. La inmigración de otras provincias se presenta como proveniente de un país extranjero, atrasado y semiafricano, donde todo funcionaría mal en contraste con Cataluña y Vascongadas, europeas y  siempre superiores. Los inmigrantes “muertos de hambre” deberían estar agradecidos, en lugar de  orgullosos por su trabajo dentro de una misma nación, a menudo el trabajo más duro y peor pagado,  gracias al cual  han prosperado todos. Tales sentimientos y expresiones se combinan arbitraria y  contradictoriamente con otros de “democracia”, “cultura”, “europeísmo”, etc., combinados con  unos relatos históricos no menos peculiares. Pero, ante la escasa respuesta obtenida en los últimos decenios y las continuas concesiones de los gobiernos españoles, tales distorsiones políticas e históricas han llegado a arrastrar a un número considerable de catalanes o vascos oriundos por familia de otras provincias.

Obviamente estas actitudes provocan y quieren provocar  réplicas en el mismo diapasón, lo cual alimentaría una espiral de  resentimientos mutuos entre vascos, catalanes y habitantes de otras regiones. Pues sin ese odio o al menos aversión, disfrazado a menudo  con pretensiones de objetividad, los separatismos calarían poco entre unas masas que por tradición de siglos se han sentido igualmente españolas, como ya lamentaban Sabino Arana o Prat de la Riba (Ver apéndice).  En definitiva, la secesión solo podría cimentarse en una fuerte expansión de tales sentimientos de superioridad ultrajada por “los españoles” supuestamente extranjeros y naturalmente inferiores, y de las reacciones consiguientes.

¿Qué posibilidades reales tienen los separatismos? Se han convertido en el problema más grave y de mayor calado de España después de que el peligro revolucionario de los años 30  fuera vencido en  la Guerra Civil y  haya pasado mundialmente a segundo plano, especialmente tras la caída del Muro de Berlín. Paradójicamente, el peligro secesionista ha sido alimentado desde Madrid a partir de los gobiernos de la Transición, como veremos en este libro. Alimentado con concesiones de todo tipo, económicas, educativas, evitando la respuesta en el plano intelectual e ideológico, etc. Los gobiernos desde  la Transición pretendían que los separatistas se sintieran cómodos en España y se integrasen en la política general, aspiración nacida de una ignorancia radical tanto de la historia como de la propia naturaleza de esos nacionalismos. A la mayoría de los políticos españoles de estos años podrían aplicárseles sin injusticia los reproches de Ortega  y Gasset a Einstein durante la Guerra Civil: “Usufructúa una ignorancia radical sobre lo que ha pasado en España ahora, hace siglos y siempre”. Si los separatismos, que al principio de la Transición tenían muy poco peso, han llegado a convertirse en un enorme problema, se debe ante todo a las políticas seguidas por los gobiernos centrales. Si tal situación se prolonga sin reacción, no parece imposible que España llegue a balcanizarse en un conglomerado de pequeños estados mal avenidos entre sí, impotentes y sujetos a las maniobras y presiones de otras potencias más fuertes y conscientes de sus intereses. Incluso a ciertas esperanzas islámicas de reconstruir Al Ándalus.

Creado en presente y pasado | 135 Comentarios

Sobre Rajoy / Sonaron gritos y golpes a la puerta

En su comparecencia, Rajoy envolvió en hojarasca su única afirmación concreta: “No me considero culpable y por tanto no dimito”. A eso le llaman algunos ser “un buen parlamentario”. Una actitud demasiado parecida a la de Felipe González cuando empezaron a salir a flote sus corrupciones:  cierta chulería al principio, después “Me he enterado por la prensa”, a la que no dejaba de atacar, y finalmente una levísima confesión de haber cometido un error, por boca de Rubalcaba. Rajoy dice haberse “equivocado” al confiar en la honradez de Bárcenas, pero hay demasiados años de amistad y demás altos cargos de Bárcenas para dejar que la cosa quede en algo tan evanescente.

Hace años que no creo en la honradez política de Rajoy: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/la-honradez-de-rajoy-54416/

 

Ni creo en su “política antiETA”, demasiado similar a la de Zapatero:  http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/no-es-rajoy-pro-etarra-3407/

 

Ni creo, en general, que Rajoy vaya a superar la triple crisis democrática,  nacional y económica: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/para-entender-a-rajoy-43734/

 

El problema real es el mismo desde hace mucho: una alternativa a la catástrofe. Esperaba que el PSOE se hundiera y ello liberase  en el PP sus dos partidos internos: el “progre”, similar al PSOE en definitiva, y el liberal-conservador. Rajpy representa al primero y una de sus preocupaciones –también lo fue de Aznar– ha sido que el PSOE y los separatistas permaneciesen como fuerzas “necesarias para la gobernabilidad”. Fuera de la casta política PP-PSOE-separatistas, salen nuevos partidos, pero demasiado débiles, al menos hoy por hoy, en posibles votos y en consistencia ideológica.

——————————————-

Blog de Carlos López Díaz http://archipielagoduda.blogspot.com.es/2013/07/la-magnifica-novela-de-pio-moa.html

Creado en presente y pasado | 201 Comentarios

“Sonaron gritos y golpes a la puerta”

Como estamos más o menos de vacaciones… La opinión de Carlos López Díaz:

 

La magnífica novela de Pío Moa

A pesar de la felicidad que me ha deparado la lectura de novelas, soy reticente ante este género literario, desde hace bastante años. El día tiene 24 horas, y las lecturas pendientes sobre temas filosóficos o con implicaciones filosóficas se me acumulan hasta el punto de que realmente no tengo tiempo para interesarme por peripecias imaginarias. Bien es verdad que los editores, como si estuvieran pensando en personas como yo, gustan mucho de adornar las virtudes de las obras de ficción que publican con alusiones a su carácter de “profunda reflexión sobre la condición humana” y otras fórmulas por el estilo, que permiten abrigar al potencial lector la esperanza de que, por el mismo precio, adquirirá entretenimiento para unos días y además una visión más sabia de la existencia. Esto, en la inmensa mayoría de los casos, es pura mercadotecnia. Las novelas son novelas, y la filosofía es filosofía.
 Por supuesto, hago excepciones, y de vez en cuando selecciono meditadamente alguna obra de ficción, que suelo disfrutar hasta el extremo de plantearme mi régimen de lecturas. Es el caso de Sonaron gritos y golpes a la puerta, de Pío Moa. Bien es verdad que, pese a la simpatía ideológica que me inspira el autor, no fui de los primeros en abalanzarse a las librerías para hacerme con su primera novela. Un historiador y ensayista puede ser altamente competente en su especialidad, hasta notable prosista, y perfectamente negado para la narrativa de ficción, para la creación. Son dos cosas totalmente distintas. Incluso he de decir que no me atraía mucho el título elegido por Moa, que sigue sin convencerme. Pero sea como fuere, poco antes de iniciar unas breves vacaciones, descubrí en la librería de un conocido centro comercial la reedición en rústica de Sonaron gritos… Y me lo compré con la deliberada intención de poder ventilarme las ochocientas páginas del volumen en mi período de descanso. Cosa que he llevado a cabo según el plan previsto.
Hay que decir que se trata de una grandísima novela, hábilmente escrita, con personajes con los que uno se encariña hasta el extremo de que experimenta cierta sensación inconfundible de leve nostalgia cuando concluye la lectura, y de algún modo tiene que despedirse de ellos. Creo que esto es lo mejor que se puede decir de una obra de este género, y lo cierto es que desde la niñez, con pocas me ha ocurrido algo semejante. Muchas grandes novelas, en teoría literariamente superiores a esta que reseño, las he concluido con considerable esfuerzo, otras las he abandonado. Pero los personajes de Moa están vivos, uno quiere saber qué les ocurrirá (o qué les ha ocurrido, en los casos en los que se pierde su pista, al menos momentáneamente) incluso en el caso del narrador y protagonista, Alberto Roig, que por razones obvias sabemos que tiene que salir con vida de todas sus aventuras. He dicho aventuras, y no por descuido. Si no pidiéramos nada más a un libro, este desde luego cumpliría con creces: se trata de una magnífica lectura para el verano, una novela fundamentalmente -repito- de aventuras. Sabíamos ya de la buena prosa de Moa; ahora se nos confirma como un excelente narrador.
Un acierto fundamental del libro es su planteamiento. Su concepción como unas memorias, que en el capítulo 1 y el excelente epílogo nos remiten a nuestro presente, nos lo hacen leer no como una pretenciosa novela histórica al uso (muchas de las cuales ni siquiera son válidas desde el punto de vista de esta disciplina) sino como una obra resueltamente de ficción, aunque el contexto no lo sea, y se aluda a acontecimientos y personajes reales. Dicho de otro modo, todo aquel que no sea aficionado a las novelas históricas, puede leer esta perfectamente, porque aunque aquí la historia comparezca en su forma más elevada de meditación sobre el sentido de una época, el autor ha antepuesto el interés narrativo a cualquier pedantería, que por lo demás él no necesita, porque para eso está su obra de carácter científico.
Aunque toda la novela se lee con verdadero goce, en mi opinión lo mejor de ella es la segunda parte, dedicada a las vivencias del protagonista en Rusia, alistado en la División Azul. Se trata de un relato clásico de aventuras bélicas, con mucho realismo y con una evocación del paisaje muy bien conseguida, lo que por otra parte es uno de los ingredientes más sabrosos de este tipo de literatura. (No vean lo que he disfrutado, mientras me acariciaba la brisa vespertina de la playa, siguiendo a Alberto, a Paco, a Contreras y a Crates por los bosques nevados de Rusia.)
Por si fuera poco, el autor ha logrado algo que no todos los relatos similares saben hacer, a pesar de que es esencial: los diálogos filosóficos de los protagonistas son, en contra de lo que se pudiera pensar, otro ingrediente absolutamente clave de cualquier relato de aventuras. Lo que realmente hace que una peripecia cualquiera sea una aventura, es que los personajes nos lo hagan sentir como tal, y a tal efecto, que reflexionen al hilo de lo que les pasa. A veces, en algunas obras, esto resta verosimilitud a la acción, pero su carencia la convierte en algo romo, como esas películas de Hollywood que, aunque a veces partan de un buen guión, acaban degenerando en la mera descripción alimenticia de una persecución trufada de tiros, explosiones y destrozos varios. Moa ha logrado, creo yo, una de las cosas más difíciles: hacernos pensar y entretenernos. Y desde luego, con un buen “guión”.
Por supuesto, no voy a revelar el final de la novela, pero sí diré que, casi desde el principio, lo barrunté, aunque no en los detalles, claro. Tras la magistral segunda parte de los episodios en Rusia, hay algún momento en que la tercera y última parte, sin perder interés, parece correr el riesgo de convertirse en una especie de epílogo desmesuradamente largo, quizás por el contraste entre la épica de los combates en Rusia y las escaramuzas de espionaje menos sensacionales en el Madrid neutral durante la Segunda Guerra Mundial (atmósfera que por otra parte no carece de atractivo “romántico”). Pero pronto cobra la narración un nuevo impulso, resuelto en el no totalmente inesperado (al menos para mí) desenlace, el cual permite redondear una novela que seguramente volveré a leer, cosa que con muy pocas de esta extensión he hecho.
Hay un tema que resulta de considerable interés, más allá de las valoraciones literarias. Y es si podemos considerar al protagonista, Alberto (que utiliza también los nombres falsos de Gregorio y de Félix), como un alter ego ideológico del autor, de Pío Moa. Desde luego, no lo parece biográfico, dado que Moa militó en su juventud en la extrema izquierda, y el narrador desde la adolescencia sostiene un lúcido anticomunismo. Pero sí lo parece bastante en sus ideas: La misma valoración de la historia, de la guerra civil, la revolución, del franquismo, la posguerra, el papel internacional que debería tener España, la misma simpatía hacia la cultura católica, desde una posición sin embargo agnóstica y no exenta de crítica hacia los errores políticos del clero. Todo esto son temas que dan para hablar largo y tendido, lo que dejo para otra ocasión.
Por último, no puedo evitar expresar un temor, y es que la saludable incorrección política de esta novela dificulte su difusión. Aunque suene a tópico, en este caso el carácter totalmente a contracorriente de toda la obra de Moa es patente, y si en otros casos se alaba lo que suelen ser topicazos y vulgaridades infumables como supuestamente “transgresores”, aquí no hay duda de que el autor va en serio en su independencia de criterio. Y esto no le será perdonado. Necesitamos muchos Píos Moa, no para estar necesariamente de acuerdo con todas sus opiniones (aunque yo no disimulo que lo estoy en grado muy alto) sino para restablecer de una puñetera vez la dignidad del pensamiento en estos tiempos de cobardía y molicie, contra los cuales Sonaron gritos y golpes a la puerta  es un vibrante y bello alegato. Leedlo sin prejuicios; sólo podrá haceros bien, penséis como penséis.
*************************
Me sorprende que don Carlos haya barruntado desde pronto el final de la novela, porque a mí no se me ocurrió hasta que casi llegué a ese final.  No estaba “planificado”, aunque  guarda cierta coherencia novelística, incluso realista. ¡Cosas más raras se han visto!
   Y volviendo sobre el mal:  el narrador  encuentra en su padre  un ego monstruoso, a quien mueven a venganzas absolutas las ofensas  recibidas o incluso imaginadas.  En alguna medida esta puede ser la descripción del mal. O de una de sus formas. Después de todo, el yo viene a ser lo más absoluto para cada cual, es el sujeto de  su peripecia en el mundo, entre el nacimiento y la muerte,  y la medida conforme a la que juzga al mundo. Ese yo sufre, siempre, ultrajes que nunca acaba de aceptar, por lo menos en algunos casos. La vida está llena de aceptaciones  falsas,  resignaciones dolorosas, y una experiencia  real es cómo, cuando cae la ley y el temor a ella (en una revolución o una guerra, por ejemplo) personas que parecían mansas y sumisas o razonables, se desatan en venganzas salvajes e indiscriminadas. El padre, Antonio, es una persona llena de energía, valeroso,  con afición al riesgo y la aventura,  y lo mismo le ocurre al hijo.  ¿Por qué uno es malo y el otro es bueno? ¿Hay algún medio objetivo de decidirlo?  Eso es lo que atormenta a Alberto, no solo en relación a este suceso (cuando ocasiona la muerte de su padre, aunque ¿quizá hipócritamente?, se niega a participar directamente en ella), sino en general. ¿Son ellos los buenos o lo son los soviéticos? ¿Qué es lo que impulsa realmente a Alberto y a Paco a obrar como lo hacen? Antonio no sabe de la existencia de su hijo y no  es reflexivo como este,  no tiene dudas,  y su ego, identificado con la revolución  –una revolución que refleja las ansias de revancha de su ego– no le plantea ningún problema sobre lo que debe hacer, siempre que le sea posible. No es un personaje vulgar, como tampoco Alberto, Paco, Carmen o Luisa. Están enfrentados a muerte y sin embargo Alberto nunca está del todo seguro de  sí mismo, al contrario que Antonio.   Bueno, la cosa podría dar para hablar mucho más.
En cuanto  a si Alberto me refleja,  creo que no. Naturalmente, todos los personajes son hijos de su padre, en este caso el autor, y tienen algo de él.  Pero los personajes han surgido de forma impremeditada, tanto en sus aventuras como al final. Diré que las peripecias en Rusia deben mucho  a memorias y relatos de auténticos divisionarios. Aunque los principales personajes no encajen del todo con la imagen tópica de los  voluntarios.

 

Creado en presente y pasado | 196 Comentarios