Entender a Rajoy / Hijo del Mal

 

Para entender a Rajoy (25-5-08)

Tal como mucha gente se empeña en no entender las fuertes y evidentes bases ideológicas de la colaboración del Gobierno (o del PNV) con los asesinos etarras, otras muchas personas se obstinan en cerrar los ojos ante la carrera de Rajoy, cuya lógica no acaban de percibir. Sería muy largo repasar las muchas ocasiones en que Rajoy se ha retratado, y alguien debería estudiar con detenimiento su trayectoria en estos cuatro años. Recordaré solo algunos casos clave.

Aznar nombró a Rajoy pensando en unas elecciones prácticamente ganadas, tras las cuales se mantendría la estabilidad institucional, el pacto antiterrorista, etc. Pero Rajoy hizo dos cosas: echar a perder en pocas semanas la gran ventaja de partida sobre Zapatero heredada de Aznar, que rebajó hasta un dudoso punto y medio de ventaja en vísperas del 11-M (pudo haber perdido o quedado sin Gobierno, incluso sin la matanza); y traicionar el legado de Aznar, que prácticamente no mencionaba (como tampoco el pasado del PSOE), para, a base de promesas vacías de corte económico, presentarse como “algo nuevo”. Su oportunismo y falta de principios se manifestó también en su negativa al debate con su contrincante, calculando que clarificar las respectivas posturas ante los ciudadanos solo beneficiaría a quien por entonces parecía perdedor. Con todo ello ya dio su talla, su perfil no bajo, sino ínfimo, aunque por entonces muchos lo creímos producto de una corregible ingenuidad del principiante (si bien llevaba muchos años en la política), o de los célebres complejos derechistas, también corregibles en principio.

Algo después dejó en claro su estilo marrullero ante la Constitución europea de Giscard, permanente (y corrupto) enemigo de España. Aquella Constitución dibujaba un eje reforzado París-Berlín a expensas de los demás socios y particularmente de España, que perdía la posición alcanzada por Aznar en Niza. Por supuesto, el antiespañol Gobierno apoyó a Giscard, y Rajoy tuvo una excelente oportunidad de defender el interés de su país. Pero no lo hizo. En medio de pequeñas protestas que causaban la hilaridad del PSOE, Rajoy apoyó a Giscard y al Gobierno, contribuyendo a la infame campaña totalitaria, diseñada para mentes infantilizadas. Rajoy obró así, y no por torpeza ni complejos, sino por la misma ausencia de honradez y de principios políticos ya demostrada en su campaña electoral. Tuvo el merecido castigo cuando casi un 60% de los ciudadanos se abstuvo, castigo remachado por el fracaso del engendro en otros países europeos. Sus patéticos, pero sobre todo nuevamente deshonestos, intentos de hacer recaer sobre Zapatero las consecuencias del “error” compartido solo ponían más de relieve su indignidad. Rajoy simplemente imitaba la desvergüenza de su antagonista, pero, ahora sí, con mayor torpeza.

La experiencia pudo servir, pero no sirvió de lección al estadista, que se encontró con la abierta complicidad del Gobierno con la ETA y los partidos antiespañoles de algunas regiones, con la inversión del pacto antiterrorista, plasmado en el anticonstitucional estatuto catalán. ¿Qué hizo este hombre de principios ante tales actos? Tratar de engañar a la opinión pública ofreciéndose servilmente a Zapatero para ayudarle “cuando los demás le hubieran abandonado” y otras declaraciones de una abyección difícilmente superable, un auténtico fraude a la ciudadanía. El referéndum sobre el estatuto catalán fue un fracaso político para sus promotores, al ser aprobado por menos de la mitad del censo. Nuevamente tuvo Rajoy la oportunidad de defender unos principios claros, y nuevamente hizo lo contrario: tras molestar a la gente con la recogida de cuatro millones de firmas, las olvidó y entró en la carrera disgregadora de la unidad nacional, con una ampliación balcanizante de los estatutos de Valencia, Baleares o Andalucía, no planteada ni querida por la mayoría de la sociedad.

Ha sido toda una carrera de claudicaciones y engaños, trufada de algunos repentes sin plan ni consecuencia, como sus rupturas con Prisa y con el Gobierno, para mendigar al poco la atención de ambos. Por terminar de algún modo, el político acabó de mostrar sus principios –su radical carencia de ellos– con sus declaraciones sobre la economía como “el todo”, con la nena angloparlante que porta, el hombre, “en la cabeza y el corazón”, y con la constante afirmación de sus “ganas de ser presidente”. El discurso de un estadista. Estadista al nivel de Zapo; tal para cual, en verdad.

Muchos erramos al principio, como dije, pensando en un político torpe o acomplejado que rectificaría. De ningún modo. Si ha seguido al Gobierno, con algunos matices, ha sido porque tiene con él cierta identificación de fondo, tal como el Gobierno la tiene con la ETA. Considera, por ejemplo, que la transformación ilegal del país en una confederación sumamente laxa y balcanizante es un hecho inevitable, al que no cabe hacer oposición; que la crítica a otras muchas disposiciones del Gobierno resulta, como piensa Gallardón, “poco moderna” y le identifica demasiado con las posturas de la Iglesia. Si nunca defendió con algún empeño a la AVT, a la COPE o a Jiménez Losantos frente a las asechanzas de los “rojos” no se debe simplemente a flojera, es que no se siente identificado con ellos. Y dentro del PP se está manifestando como hombre resuelto, con ganas de poder, está dando un auténtico golpe de partido, transformándolo al modo como Zapo transformó el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo. No hablo de la honradez personal de Rajoy, que aquí no viene al caso, sino de su falta de honradez política, de su oportunismo y su decisión bien demostrada de explotar la credulidad de sus votantes, de engañarlos.

En las filas de la derecha crece el descontento, pero de momento nadie osa cuestionar la jefatura rajoyana. Un descontento sin programa, plan de acción ni liderazgo sirve de poco, y quizá termine por hacer reventar al PP como ocurrió con la UCD. Los disidentes tienen ahora su gran ocasión, que pasa por entender y desmitificar al transformador del partido. Si la desaprovechan habrán demostrado una talla no mayor que la de la actual dirección partidista. Y una responsabilidad no menor.

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Hijo del Mal: “La escena final de “Sonaron gritos y golpes a la puerta”  resume el desconcierto de la vida, de cualquier vida. Y el lado generador del mal. Alberto, hijo del Mal” (Arsenio LG).

Ya entre los romanos hablaban a veces los autores con pretensiones de objetividad, como si fuera ajenas, así que intentaré algo a partir de esa frase  en tuíter. Y animado por la opinión de doña Zgzna, de que estos comentarios no resultan demasiado aburridos.

Después de diez años  de lucha,  con aventuras de muy alto riesgo contra lo que identifica como el mal, incluso el Mal con mayúscula,  el protagonista Alberto recibe  una sorpresa, un choque  aplastante: él mismo, físicamente,  ha sido engendrado por quien, para él,  personifica  ese mal en grado sumo. Y a quien va a ocasionar la muerte. Descubre, además,  un temperamento,  posiblemente herencia genética, que le asemejan a ese mal. Esto se puede interpretar de muchas formas. Por ejemplo: Alberto acaba entonces con el mal que lleva dentro de sí, una versión del mito freudiano de la muerte del padre –en el que no creo en absoluto–. Pero esta versión no es satisfactoria.  Podría entenderse de esa manera el hecho de que a partir de entonces Alberto renuncia  a una acción plagada de violencias y sangre para entrar en una existencia productiva, familiar, al lado de Carmen.  Así, por fin aceptaría la “salvación” que casi desde niño ha visto en su compañera. ¿De qué se salvaría? ¿Quizá de sus tendencias heredadas, como su inclinación a la aventura salvaje, o bien  de sus miedos y rencores, de sus profundas incertidumbres…? Sin duda el personaje está devorado por contradicciones y traumas que en cierto modo no le dejan vivir , al menos de la forma equilibrada y feliz a la que suele aspirarse, sobre todo después de la primera juventud.  Con Carmen encontraría no solo la paz exterior, sino también la interior.

Seguramente hay algo de eso,  vista su íntima sensación de pérdida cuando la mujer fallece. Pero no está del todo claro. Su dedicación como profesor de filosofía parece satisfacerle poco, y probablemente no por modestia  se confiesa mediocre filósofo. Aparte la satisfacción proporcionada por la  vida con Carmen, tiene la sensación de estar profesionalmente por debajo de sus expectativas, y lo  atribuye a la falta del estímulo que representaba la inquietud intelectual de su amigo Paco. Carmen aparece en algunos momentos como dotada de cierta penetración filosófica, pero sin aficiones de  ese tipo: se inclina por  una vida “normal” sin demasiadas inquietudes,  comentada en las seguridades que le proporciona la religión.

Sin que quede explícito –sería otra novela, claro—Carmen  también sufre una evidente y profunda frustración en sus hijos, los cuales traicionan todo lo que el matrimonio había defendido y querido ser en el pasado. Quizá los dos han querido educar a la prole  “sin traumas”, en el olvido de la guerra y los sacrificios de aquellos años, como hizo, por cierto,  tanta gente. Y es así como  el ambiente universitario, de los años 60 –se supone– moldea a unos vástagos cuyas ilusiones,  aspiraciones y valores morales tienen poco que ver, por no decir que chocan,   con los de la juventud  de Alberto y de Carmen. Esta situación ocupa solo las últimas dos páginas de la novela,  pero tiene importancia para ver el conjunto del relato.

Cabría pensar, entonces: ¿han sido estériles aquellos esfuerzos, riesgos y sacrificios? El comentarista ALG se lo plantea  sumariamente.  ¿La vida humana como pasión inútil, siguiendo el existencialismo sartriano?   Uno se pregunta cómo sería la memoria de Carmen. Desde luego muy distinta de la de Alberto, no  solo por la trayectoria de cada uno, sino porque su catolicismo excluye radicalmente la posibilidad  “inútil”. Pero no ocurre lo mismo con Alberto, cuya incertidumbre atraviesa todo el relato. Aun así, no queda claro. Quizá como profesor de filosofía se hubiera sentido inclinado hacia Sartre, pero es dudoso, y desde luego yo no lo he pretendido.  A raíz de su descubrimiento como “hijo del Mal”, Alberto decide olvidar aquellos años tormentosos y atormentados, correr un velo sobre ellos. No es una actitud muy sana, pero sí bastante comprensible. Solo dos cosas le obligan a cambiar de actitud: la muerte de Carmen y  una densa impresión de culpa, de traición,  hacia las personas que compartieron sus avatares  y con quienes no había querido volver a tratar, seguramente como una autodefensa psíquica. Pero no valora los hechos, se limita a exponerlos,  y por el modo como lo hace queda patente que de algún modo disfruta o al menos valora el recuerdo.  Siente, sin ser explícito al respecto, que aquellas peripecias juveniles  valen por sí mismas, al margen de sus resultados y derivas finales. Valen oscuramente como manifestaciones de una vida que no logra entender, porque superan su capacidad de comprensión.

Algunos han caracterizado Gritos y golpes como un relato de aventuras. En parte lo es, pero difiere en algo esencial. Muchas novelas de aventuras vienen a narrar pruebas de  tránsito de la juventud a la adultez, como ritos de paso en que el joven demuestra sus capacidades (su valentía, por ejemplo). Aquí se trata de algo muy distinto, me parece.

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¿Fue justificada la rebelión del 18 de julio contra el Frente Popular? / “Gritos y golpes”

Blog I:  El erótico crimen del Ateneo de Madrid, (II): http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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En relación con el libro de Viñas y cia.  planteé en el artículo anterior la cuestión clave para entender la república: ¿por qué la derecha defendió la legalidad republicana en octubre del 34 y  en cambio se sublevó en pésimas condiciones en julio del 36?  La razón, que los prejuicios impiden ver a Viñas y cia.,  es, en lo esencial, muy simple: en las elecciones de febrero de 1936 se hicieron con el poder los mismos que habían organizado o colaborado con el asalto a la república en octubre del 34. Y lo hicieron con un programa revanchista  que anulaba de hecho la legalidad anterior, con vistas a transformarla en un régimen parecido al del PRI mejicano, eliminando “legalmente” la posibilidad de que la derecha volviera al poder en ningún caso. Con el agravante de que las fuerzas decisivas del Frente Popular, ante todo el PSOE, tenían objetivos mucho más radicales  todavía.

En la mitología izquierdista, lo que ocurrió fue aun más simple: unos militares se alzaron  para derrocar mediante un golpe a un gobierno legítimo, salido de las urnas. Pues bien, empecemos por aquellas urnas del 16 de febrero de 1936. En cuanto se dieron a conocer unos primeros resultados favorables a las izquierdas, las turbas tomaron las calles coaccionando el recuento, amedrentando a las autoridades y reponiendo a las autoridades detituidas o procesadas por colaborar en la insurrección de octubre del 34.  No solo lo denuncia Gil-Robles y otros derechistas, Azaña lo resume brevemente: “Los gobernadores de Portela (encargados de garantizar la pulcritud de los recuentos) habían huido casi todos, nadie mandaba en ninguna parte y empezaron los motines” Y Alcalá-Zamora explica en sus memorias,  rescatadas hace unos años: Manuel Becerra (…) conocedor como último ministro de Justicia y Trabajo de los datos que debían escrutarse, calculó un 50% menos las actas, cuya adjudicación se ha variado bajo la acción combinada del miedo y la crisis.   Es decir, el recuento electoral se hizo sin garantías.  Y la segunda vuelta electoral ya no tuvo lugar bajo el gobierno de  Portela, como legalmente debiera haber ocurrido, pues Portela había huido a su vez: la presidió el Frente Popular instalado ya en el gobierno. Desde el poder, las izquierdas achacaron  irregularidades a la victoria derechista de Granada y Cuenca, e hicieron repetir las elecciones  en circunstancias, bien documentadas, de auténtico terror y arbitrariedad, con los resultados que eran de esperar. Y, erigiéndose en juez y parte, el nuevo poder procedió a una “revisión de actas” para despojar a las derechas de numerosos escaños en las Cortes.

Estos datos, aquí resumidos, están indiscutiblemente probados. No voy a extenderme sobre la virulencia de la campaña electoral, con llamamientos de exterminio por parte de las izquierdas, varios muertos y amenazas de toda índole, así como avisos de líderes del Frente Popular de que no reconocerían una victoria electoral derechista  (lo he tratado, como lo demás, en El derrumbe de la II República, para quien quiera más detalles). Así pues, ni la campaña electoral ni las elecciones mismas corresponden a lo que normalmente entendemos por  democracia. De donde quienes tienen por democráticas unas elecciones en tales condiciones no son demócratas ellos mismos.

Cuando se habla de legitimidad política, se suele señalar la de origen y la de ejercicio. El origen del gobierno –más bien régimen, como veremos—del Frente Popular, es claramente fraudulento. Aun así, la mayor parte de la derecha reconoció las elecciones, atemorizada y con esperanza de que Azaña cumpliese sus promesas de moderación expresadas al acceder al gobierno. Pero no  habría tal moderación, y la ilegitimidad de origen no se compensó con una legitimidad de ejercicio, sino al contrario. Se abrió entonces un violento y sangriento proceso revolucionario, con cientos de muertes, quema de iglesias, obras de arte, registros de la propiedad y periódicos y sedes derechistas,  depuración del aparato del estado y sumisión de los jueces a los sindicatos,  agresiones permanentes en todas las escalas de gravedad,  invasiones de fincas, actos ilegales desde el gobierno o el Parlamento, como la revisión de actas, la destitución de Alcalá-Zamora… No voy a extenderme ahora al respecto, pues he tratado el asunto en el libro mencionado y en artículos. Baste citar de nuevo a Azaña al cabo de solo un mes de gobierno: Hoy nos han quemado Yecla: 7 iglesias, 6 casas, todos los centros políticos de derecha y el Registro de la Propiedad. A media tarde, incendios en Albacete, en Almansa. Ayer, motín y asesinatos en Jumilla. El sábado, Logroño, el viernes, Madrid, tres iglesias. El jueves y el miércoles, Vallecas… Han apaleado a un comandante, vestido de uniforme, que no hacía nada. En Ferrol a dos oficiales de artillería; en Logroño acorralaron y encerraron a un general y cuatro oficiales. Creo que van más de doscientos muertos y heridos desde que se formó Gobierno (menos de un mes antes), y he perdido la cuenta de las poblaciones en que se han quemado iglesias y conventos. Con «La Nación» (periódico de derechas) han hecho la tontería de quemarla. Y era solo el comienzo de una escalada que culminaría con el asesinato de Calvo Sotelo. Azaña calificó en varias ocasiones de «tonterías» la quema de iglesias, bastantes de ellas de un alto valor artístico, o de periódicos derechistas. Y lejos de moderarse como había insinuado al principio, anunció muy pronto que el poder no saldría ya de manos de la izquierda, presidió la orgía de desmanes de aquellos cinco meses entre febrero y julio,  y orquestó la destitución de Alcalá-Zamora, a quien quería sustituir como presidente de la república.

De nuevo, quienes consideran normal y democrático aquel proceso demuestran con ello no ser demócratas. Por tanto el Frente Popular (al principio no se le llamaba así, sino coalición de izquierdas) careció radicalmente de legitimidad de origen y de legitimidad de ejercicio. El programa de los republicanos de izquierda consistía en anular políticamente a las derechas,  al modo de Méjico (con cuyo régimen simpatizaban); y los mucho más potentes revolucionarios obreristas aspiraban a aplastar a lo que llamaban “la burguesía” para imponer un régimen de estilo soviético.  Los “¡Viva Rusia!” se extendieron como réplica a los “¡Viva España!”. Para aumentar la confusión, no había solo un designio revolucionario obrerista, pues anarquistas y socialistas  rivalizaban y a veces se asesinaban entre sí, aparte de los asesinatos a derechistas, respondidos a veces por estos.

A su vez, los separatistas catalanes, que no se habían integrado formalmente en el Frente Popular, llevaban adelante una política a un tiempo de colaboración con las izquierdas y presecesionista. Y el PNV constataba “la descomposición del Estado español” “Estrago inmenso de su organización social, batida por la inmoralidad y la anarquía” “convulsiones epilépticas de un pueblo moribundo”, un panorama prometedor, siguiendo la orientación de Sabino Arana: Tanto nosotros podemos esperar más de cerca nuestro triunfo, cuanto España se encuentre más postrada y arruinada. Los separatismos no resultaban tan amenazadores como los impulsos revolucionarios, pero formaban parte del problema de la época y ya en la guerra se unirían todos.

Repito por enésima vez la evidencia: el Frente Popular se compuso, de hecho o de derecho, de  stalinistas, socialistas exacerbados, anarquistas, golpistas republicanos y separatistas catalanes, más el ultrarracista PNV. Y no por casualidad todos estos “demócratas”  terminaron bajo la protección de Stalin. En la guerra, la cuestión de la democracia no representó ningún papel. Se trató de la lucha entre quienes querían implantar un régimen revolucionario y destruir la cultura cristiana y la integridad nacional, y quienes defendían la continuidad de la nación y de su ancestral cultura católica. Ese fue el contenido esencial de aquella contienda

Por terminar: he sostenido que la rebelión del 18 de julio del 36 es la más justificada desde la rebelión contra Napoleón en 1808. Cuando  los useños se rebelaron contra el yugo inglés, necesitaron justificar tan grave resolución con argumentos sólidos: Inglaterra les sometía a un yugo tiránico imponiéndoles impuestos y negándoles la correspondiente  representación. Su guerra de independencia lo fue también, en parte, civil, pues muchos colonos preferían seguir  sujetos a Inglaterra. Me parece claro que la rebelión cívico-militar (pues así fue, como admite Viñas y señaló abundantemente Ricardo de la Cierva) de 1936 en España, estuvo más justificada todavía.

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Opiniones en twitter sobre “Sonaron gritos y golpes a la puerta:

Estoy releyendo #Gritosygolpes de Pío Moa. Es muy entretenida, pero hoy se hacen novelas entretenidas como churros

Encuentro en la novela de Moa un importante trasfondo filosófico e histórico. Las novelas entretenidas suelen ser triviales, esta no lo es.

Lástima que twitter no dé para una opinión bien explicada. Pero #Gritosygolpes me recuerda a #Guerraypaz de Tolstoi. Tiene aire de clásico.

La escena final de #Gritosygolpes resume el desconcierto de la vida, de cualquier vida. Y el lado generador del mal. Alberto, hijo del mal.

El personaje Paco en #Sonarongritosygolpesalapuerta me parece especialmente grandioso. Ninguno parecido en la novela española actual

En el epílogo, #Gritosygolpes contrasta una juventud tempestuosa con una madurez mediocre y frustrada en los hijos ¿Fracaso vital?

Pero veo más que fracaso. No es novela derrotista. El valor y el “élan” juvenil permanecen sobre desfallecimientos y fallos posteriores.

(Arsenio López Gan)

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Ángel Viñas y cia. descubren el Mediterráneo e ignoran el Atlántico

Blog I: ¿Miente Bárcenas o Miente Rajoy? / El erótico crimen del Ateneo (I) http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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(con ruego de difusión)

Ángel Viñas y otros historiadores más o menos lisenkianos han publicado un libro sobre Los mitos del 18 de julio, título que recuerda algún otro. De las distorsiones dialécticas y extraños olvidos de don Ángel y varios de sus compañeros me he ocupado en diversos artículos (se hallan fácilmente en Internet).  Están empeñados en convencernos de que II República y Frente Popular fueron lo mismo y de que Stalin defendió una supuesta democracia republicana en España mientras las democracias reales la abandonaban.  Da cierta pereza meterse a fondo con esta nueva producción, jaleada, no podía ser menos, por El País  y similares.

Por lo que he podido ver en resúmenes, el libro de Viñas y demás quiere desmontar unos mitos consistentes básicamente en que  a) Contra el pretendido legalismo de Franco, este ya pensaba en anular las elecciones del 16 de febrero antes del recuento de votos; b)  Contra la idea de una rebelión  exclusivamente militar,  existía una “trama civil”, sin la cual  aquella “habría sido un desastre”; c) Frente a la idea de que fue Franco quien gestionó la ayuda italiana,  en realidad ya había contactos con Mussolini de tiempo atrás, con peticiones de armamento y  otras; d) Contra el mito de que se pretendía un golpe blando, se buscaba “una violencia extrema” y “una guerra teóricamente breve”, como probarían los contratos de armas con Mussolini;  e) Según el mito,  el levantamiento del 18 de julio fue una cruzada católica, pero lo cierto es que  Mola preveía la continuación de la república con separación de Iglesia y estado, y  solo posteriormente se habló de cruzada; f) No había secesionismo, sino un autonomismo limitado, lo cual haría caer por tierra la “patraña” del peligro de una “España rota”;  g) Otra pretensión mítica, la del peligro comunista, quedaría en evidencia ante la pequeñez del PCE, que además había dado en 1935 un giro prorrepublicano;  h) Contra el infundio de una persecución religiosa durante la república, se afirma que no pasó de una “posible iconoclastia” por la quema de templos y símbolos,  pero sin asesinatos.

Y apuntan los autores que “algunos historiadores”  (citan a Payne, Bennassar y Beevor) cometen el error “de utilizar como fuentes la prensa y las memorias”.

Así pues, la sublevación del 18 de julio (comenzada el 17 en Melilla, como se sabía de siempre  y  acaba de narrar en detalle Miguel Platón),  con todos sus enormes riesgos y la fortísima posibilidad de ser derrotada (casi certeza ya el día 20, al quedar en manos del Frente Popular la abrumadora mayoría de la aviación, la marina, las fuerzas de orden público, la mitad del ejército de tierra,  la industria, las principales ciudades, etc.), se produjo sin uno solo de los motivos aducidos por los rebeldes: ni había peligro comunista, ni separatista, ni persecución religiosa: solo una república burguesa, reformista y democrática. Por tanto, los rebeldes buscaban acabar precisamente con esa república. ¿Y por qué?  ¿Por puro odio vicioso a la democracia? La respuesta se ha dado mil veces: porque las reformas de las izquierdas beneficiaban al pueblo tanto como ponían en peligro los privilegios e intereses de la “oligarquía reaccionarias”, de los banqueros, terratenientes, la Iglesia, jerarquía militar, etc.

Ahora bien, se dan cuatro circunstancias esenciales que Viñas y cia “olvidan”: 1) La república fue traída, en rigor, por derechistas católicos que organizaron  el Pacto de San Sebastián, y por la entrega pacífica del estado a los republicanos por parte de los monárquicos en un auténtico autogolpe.  2) En 1933, después de haber experimentado la reformas populares de las izquierdas (tan criticadas por el propio Azaña), la masa del pueblo votó al centro derecha, es decir, según estos autores, a la oligarquía financiera y terrateniente y la jerarquía militar y eclesiástica;  3) Al año siguiente,  en octubre, los principales partidos de la izquierda (PSOE, Esquerra, sectores anarquistas, PCE e izquierdas republicanas) se sublevaron  o apoyaron la sublevación contra la república, es decir, contra una Constitución y legalidad republicanas que las mismas izquierdas habían impuesto, y no por consenso; y 4) Las derechas no habían replicado al asalto izquierdista a la república con un contragolpe  “fascista” o “reaccionario”, sino con la defensa de aquella legalidad izquierdista que aspiraban a cambiar, cierto, pero dentro de las normas legales. Estos cuatro y decisivos hechos me parecen hoy completamente clarificados, gracias en cierta medida a mis investigaciones, y bastan para echar por tierra toda la mitología de “clase” de “pueblo”, de “oligarquías, etc.  Por tanto, ni las reformas izquierdistas beneficiaban al pueblo ni este las apreciaba tanto como Viñas y demás suponen, ni el grueso de la derecha pensaba en destruir la república  sino que, por el contrario, la defendió contra un brutal asalto izquierdista.

Entonces se plantea inevitablemente la gran cuestión: ¿por qué en 1934 la derecha no aprovechó las ventajas de estar en el poder para liquidar de una vez, en un contragolpe, a la república y a la izquierda, y en cambio en 1936 se rebeló desde fuera del poder, con tantas perspectivas de fracasar, algo de lo que recelaba especialmente Franco? ¿Qué había cambiado entre esas dos fechas? He investigado esta cuestión, la verdaderamente decisiva para entender los hechos, en mi reciente monografía El derrumbe de la II República. Historia de un proceso trágico.El señor Viñas y sus acompañantes podrían reflexionar al respecto. Ya iré tratando estos asuntos, que son el Atlántico ignorado por los descubridores del Mediterráneo.

Pues  debo señalar  ahora que  sus descubrimientos, no aportan nada especialmente novedoso. Sobre el punto a):  Franco, como muchos otros, se alarmó por la violencia callejera e impositiva que condicionaba y distorsionaba  el recuento de votos, como reconoce el propio Azaña y vuelve a señalar Alcalá-Zamora en sus memorias; por lo demás, diversos líderes izquierdistas y el propio Azaña habían anunciado su intención de no respetar una comicios desfavorables para ellos.

Punto b): por supuesto, no es nada nuevo que existía una “trama civil”, como existía una masa de población asustada  por el violento proceso revolucionario abierto tras las fraudulentas (ya hablaremos de eso) elecciones de febrero del 36.

Punto c) Son sabidos de antiguo los tratos entre los monárquicos –muy minoritarios en la derecha—y Mussolini;  y es probable que Mussolini no confiara en ellos, dada su ineficacia. Está bien añadir nuevos datos, lo cual no contradice  la gestión de Franco.

Punto d):  Nadie pretendía un golpe “blando” ni “europeo”(¿?). Se buscaba un golpe muy violento al principio a fin de paralizar la  resistencia y  hacerlo menos sangriento finalmente. Esto, que tanto indigna a los historiadores izquierdistas (si el golpe es de derecha)  también lo pretendía el PSOE en sus instrucciones para la insurrección de octubre, planteada directamente como guerra civil y no como golpe, según he documentado en Los orígenes de la Guerra Civil.

 Punto e): Tampoco aquí dicen nada nuevo. La sublevación del 18 de julio fue inicialmente republicana, luego la dinámica de la lucha y la sangrienta persecución religiosa de las izquierdas le dieron en parte el carácter de cruzada por mantener la civilización cristiana en España. Por cierto, Besteiro habla de “cruzada antikomintern” y ocasionalmente los del bando izquierdista se atribuyen también el término “cruzada”

Punto f): Los partidos “nacionalistas” son por naturaleza separatistas: parece que Viñas y cia no han leído  sus proclamas y aspiraciones (podría aconsejarle Una historia chocante, sobre esa cuestión). Cosa distinta es que, no sintiéndose con fuerza para imponer la secesión, los separatistas buscasen instrumentos intermedios con vistas a ir fortaleciéndose hasta conseguirla. Así, los estatutos con los que Azaña pensaba resolver la cuestión, eran para los separatistas catalanes (y luego para el PNV) solo un paso táctico en su estrategia. Ahora mismo la cosa está clarísima con Mas en Cataluña.  Uno no sabe si estos historiadores son singularmente romos en sus análisis o  toman por romos a los demás.

Punto g):  Con el PCE pasaba algo semejante: su doctrina buscaba conquistar el poder por las armas, pero el fracaso de sus insurrecciones en Europa,  el éxito de los nazis en la utilización de las normas democráticas y el temor de Stalin a que Hitler le atacara, llevaron a la táctica de los Frentes Populares con el objetivo de fortalecerse movilizando y dirigiendo (y engañando)  a todos los antifascistas, para orientarlos al totalitarismo. Se ve que  nuestros historiadores no han leído el informe de Dimítrof, tan explicativo, en el VII Congreso de la Comintern.  O desconocen la doctrina esencialmente totalitaria de los comunistas. Que unos historiadores desconozcan o pasen por alto esos documentos  no revela un nivel académico  demasiado alto.

Punto  h) La persecución religiosa durante la guerra  tuvo carácter técnicamente de genocidio: intento de exterminar a un determinado grupo social así como a una cultura, la  cristiana católica, que casualmente es la base de la cultura española en la historia.  No es cierto que no se matase a clérigos y católicos antes de julio del 36: durante la revolución de octubre del 34 fueron asesinados varios religiosos en Asturias y Cataluña. Por otra parte, suena a pura y cínica mala fe minimizar como “iconoclastia” la quema de cientos de iglesias, bibliotecas, centros de enseñanza y obras de arte valiosísimas ya casi desde el comienzo de la república.

Y una observación metodológica: utilizar la prensa de la época y las memorias de los  protagonistas no tiene nada de “equivocación”: son fuentes  de enorme valor, sobre todo si se contrastan entre sí. He escrito un libro, Los personajes de la República vistos por ellos mismos,  comparando las memorias de los polóiticos más relevantes de entonces. El método es sumamente fructífero y hace falta mucha cerrazón mental para ignorarlo.  Claro que existen otras fuentes utilizables, en especial los archivos. Pero también hay que saber  utilizar estos. Ya señalé en alguna ocasión la curiosa mezcla de miopía e interpretación arbitraria aplicada por Santos Juliá, por ejemplo, al archivo de Largo Caballero en la Fundación Pablo Iglesias, el cual estudié a fondo para mi trilogía sobre la Guerra Civil.

Para terminar, los autores de Los mitos del 18 de julio  exponen ufanos sus títulos como profesores universitarios y similares, sin darse cuenta de que no dejan muy honrada, precisamente, la universidad. Y como observó Stanley Payne a Javier Tusell, en Usa –y en otros países—los mejores historiadores son a menudo personas ajenas al profesorado universitario.

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La extraña pasión por la Guerra Civil española / Sobre la culpa y una tragedia

Blog I: Cómo y por qué cayó la II República. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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La pasión suscitada en gran parte del mundo por la guerra civil española, siempre ha llamado la atención, porque no han despertado el mismo interés  otras muchas contiendas civiles –y no civiles–  del siglo XX, incluida la mucho más dura que permitió asentar el comunismo en Rusia. Se ha atribuido ese interés a la situación política europea del momento y al choque en España de las ideologías que trataban de imponerse en una Europa muy inestable.  Y sin duda ello es cierto,  pero por otra parte nuestra guerra tuvo y proyección ideológica incomparablemente menor  que la rusa, y escasa  trascendencia internacional, pues Francia, y sobre todo Inglaterra, se empeñaron en evitar que rebasase nuestras fonteras, lo cual coincidía de lleno con el designio de Franco. Así, las aspiraciones contrarias de Negrín y de Stalin se frustraron. Tampoco tuvo relevancia estratégica general, por la decisión de Franco de permanecer neutral en caso de guerra entre el eje Roma-Berlín y el eje París-Londres. Es decir, se trató de una guerra circunscrita, política y militarmente, al territorio español, y por tanto, ella o su resultado, influirían muy poco en los sucesos posteriores del continente (su presentación como el prólogo a la Guerra Mundial es una invención de la propaganda soviética). Cuando el poeta inglés Auden  caracteriza a España como “un trozo de África pegado a la inventiva Europa” expresa una notable ignorancia histórica y cultural, pero también un prejuicio fuertemente arraigado al norte de los Pirineos, pero no del todo falso. Sin ser África, la posición excéntrica de nuestro país con respecto a los sangrientos conflictos europeos del siglo XX, le permitió entre otras cosas librarse de ellos.

Pero creo detectar otro factor  explicativo del  apasionamiento por nuestra guerra civil: la peculiaridad histórica de España, un tanto enigmática para las mentalidades  ultrapirenaicas. Un conflicto similar al nuestro, aunque fuera mucho más sangriento, que se hubiera producido en Bulgaria, Polonia, Finlandia  o la misma Italia, habría despertado probablemente menos  interés. De hecho, la Guerra Civil griega llamó poco la atención de escritores, partidos y  masas europeos, pese a jugarse allí una importantísima baza estratégica de la Guerra Fría. Ahora bien, España tenía la peculiaridad de haber sido la vanguardia de la expansión europea,  con la historia naval seguramente más destacada del mundo; había contendido con notable éxito y simultáneamente contra los poderes  protestantes, Francia y la superpotencia otomana y había desplegado una cultura potente y de notable originalidad. Su decadencia posterior, arrastrada hasta el siglo XX,  su incapacidad para mantenerse a la altura de las potencias europeas punteras, no dejaba de despertar curiosidad, como un dato extraño, difícil de entender. Además, el bando nacional reivindicaba aquella gran época del país y aspiraba a recuperarla, cosa bastante improbable pero que no dejaba de suscitar alguna inquietud.  De manera quizá poco consciente, las pasiones suscitadas en Europa y América por la guerra de España tenían probablemente relación con el peculiar pasado y significación del país.

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Recuerdos sueltos: Sobre la culpa y una tragedia

En invierno-primavera de 1969 me fui recuperando lentamente en Vigo de una situación personal desastrosa que me había hecho vivir un verdadero tormento los meses anteriores, con una insoportable sensación de culpa. Esta se presenta, generalmente, como un dolor psíquico asimilable, según algunos, al dolor físico que nos advierte  de acciones que no debemos realizar, como acercarnos demasiado al fuego.  La culpa  tendría así una función digamos salutífera, al frenar a la psique  ante conductas por así decir inapropiadas o peligrosas. Claro que la “advertencia” llega a menudo después, y no antes de la acción, y muchas personas parecen soportar muy bien, como sin enterarse y hasta jactándose,  unas conductas  que a otros les horrorizan o torturan por dentro. Y posiblemente la culpa exista en todas las culturas, pero reviste muchas formas, de modo que unos mismos actos son considerados  intolerables en unas y admisibles en otras.  Así el infanticidio o, actualmente, el aborto, cuya masiva difusión se justifica en nombre de “los derechos de la mujer”: haber abortado provoca a muchas mujeres una aguda y persistente sensación de culpa, pero no a las que se consideran “liberadas” y “progresistas”. A su vez, los políticos proabortistas no demuestran  excesivo pesar al respecto, como tampoco hacia sus corrupciones,  preocupados más bien por la denuncia y salida a la luz de ellas, como el rey Midas. Además, la culpa, por su carácter penoso, tiende a ser rechazada y proyectada sobre otros, acusados de ser los “verdaderos” responsables de las situaciones o las acciones culposas.

Esta digresión viene al caso porque, en definitiva, ¿qué es la culpa? Diversas corrientes psicológicas actuales tienen a considerarla algo enfermizo, producto de convenciones sociales sin base real alguna: a menudo la curación psíquica se presenta como la liquidación de la culpabilidad, sobre todo en corrientes próximas a la socialdemocracia. Nadie debería sentir culpabilidad por sus conductas, cualesquiera fuesen, con el único límite de  las normas legales. La ley castigaría a los transgresores, los cuales podrían considerarse perturbados psíquicos y en cualquier caso el mero hecho del castigo burocrático evitaría aquella indeseable sensación: el castigo equivaldría a un pago especial por una acción especial, sin más trascendencia, cara negativa de cualquier acto de comercio. Normalmente la culpa tiene relación con la moral, pero una vez esta se concibe como una mera convención social, tiende a ser sustituida por la ley, más precisa. Todo se reduce finalmente a convenciones sin nada detrás o por encima, lo cual tiende a trivializar al máximo la vida y sumir en el ridículo la figura de Antígona.  Pero la culpa existe, por proteica y convencional que llegue a expresarse; y eliminarla, si ello fuera posible, podría reducir al hombre a la más completa servidumbre. Además, ¿qué ocurre cuando no hay posibilidad de proyectarla? ¿O cuando  la ley no llega a cubrir determinados actos?  Pues, pese a la tendencia de la ley a reglamentarlo todo, no resulta creíble que pueda hacerlo con todos los aspectos de la vida humana.

Pero, en fin, a lo que iba. La culpa suele presentarse como  una sensación desagradable, más o menos llevadera, pero también volverse absolutamente insufrible. La  que había experimentado antes de aquel invierno-primavera había llegado a hacerse física: me era imposible descansar. Si me sentaba, a los pocos minutos debía levantarme; si me levantaba, buscaba echarme en una cama o banco, donde solo resistía otros pocos minutos. El remordimiento, sin forma clara, me oprimía como una tenaza calentada al rojo. No podía llorar ni permanecer quieto. Hablar con alguien me aliviaba pero solo unos momentos, porque era incapaz de seguir ninguna conversación, por simple que fuese. Al despertarme por la mañana anhelaba la llegada de la noche para poder dormir, con pastillas. Intentaba leer para escapar al tormento, pero apenas entendía nada y me cansaba antes de terminar una página. Me empeñé, no sé por qué, en terminar, sin éxito, una historia de la China contemporánea. No tuve éxito y casi ningún provecho fuera del vago recuerdo de algunos nombres. La televisión me cansaba más aún, no podía soportarla y eso que era bastante mejor que lo que hoy ofrece. Recuerdo también la letra de una canción no muy animadora que  oía entonces por la radio: Por qué /crecer/ Por qué/ envejecer / Por qué los niños tienen que dejar / de jugar… U otra de un optimismo sencillo: “Con la primavera en la ciudad / todo ha cambiado de color… Fue seguramente la experiencia más aniquiladora psíquicamente que he pasado en mi vida. Algo de ello he aprovechado para Sonaron gritos y golpes a la puerta, aunque sin explayarme al respecto: cuando Alberto cae en una profunda depresión por la muerte de Carmen, o cuando Paco se siente incapaz de soportar la culpa por el desastre que ha provocado con la traición a su amante Irina.

Bien, pues tuve la suerte en aquellos meses de  1969 de que también permaneciera en Vigo, no recuerdo por qué causa,  mi amigo Santiago Montenegro, en lugar de ir a Madrid, donde estudiaba ingeniería de Caminos, como yo Periodismo. Habíamos sido compañeros de clase en los Maristas hasta que en quinto de bachillerato me fui al Instituto, y  manteníamos una buena relación. Con él charlaba a menudo de mil temas: del futuro profesional, de las aspiraciones en la vida,  de sucesos corrientes. O, cuando yo estaba en mejor forma,  de política (el año anterior había sido el del mayo francés, la “primavera de Praga”, la ofensiva del Tet en Vietnam… y en los círculos politizados de la universidad –mucho  más reducidos de lo que luego se ha dicho—había bastante efervescencia. Hacíamos excursiones, como una al aeropuerto de  Peinador y otra al otro lado de la ría, desde Cangas o tal vez Moaña, hasta el final de la península, por Hío o Aldán, no recuerdo bien. Ahora la costa está llena de casas, pero antes las aldeas  y pueblos de la península estaban claramente separados entre sí por bosques y cultivos, y todavía podían verse carros de vacas. Con todo ello disfrutaba mucho y volvía “a mi ser”, como suele decirse.

En algunas de estas excursiones venía otro compañero de los Maristas, lo llamaré Ricardo, que  había dejado los estudios sin pasar a la universidad y había hecho formación profesional. Era un chico ingenuo, aficionado a las excursiones, bienintencionado; daba impresión de persona estable y equilibrada, cosa que convenía mucho a mi restablecimiento. Apenas tenía preocupaciones políticas o en general intelectuales. Charlando mientras andábamos,  nos contó una vez que tenía una novia  de la que estaba enamoradísimo. Estos temas no se tratan entre amigos más que en forma superficial o incluso burlesca, y el hecho de que lo mencionase de forma natural indicaba la profundidad de su sentimiento. La chica iría a la universidad de Santiago  al año siguiente, creo.

Cuando llegó el otoño  me encontré lo bastante  bien para continuar en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid. Por entonces había ingresado en el Partido Comunista  y me presenté y fui elegido a delegado del centro, sin otro objetivo real que el de  hacer propaganda y agitación contra el régimen. Veía a Santi ocasionalmente y perdí todo contacto con Ricardo, que había quedado en Galicia. De modo que fue varios años después cuando me enteré, creo que por el mismo Santi, de que Ricardo se había quitado la vida tirándose por la ventana de un piso alto, tras pedir perdón en una carta de despedida.  Al parecer, su novia había entrado en la universidad en ámbitos progres, le habían surgido “inquietudes”  que el novio, hombre poco complicado, no compartía ni siquiera le interesaban; o, en otra versión no  incompatible, se había vuelto un tanto casquivana, y había roto con él. También he oído un rumo de algún asunto de drogas por medio, en el que no creo mucho, porque la droga solo por entonces estaba entrando, y en círculos reducidos.  Es posible que la pérdida de la persona de la que estaba tan enamorado quitara a Ricardo todo aliciente para seguir viviendo. Es sabido que se dan esos casos. Pueden obedecer a alguna perturbación psíquica o simplemente a que algunas personas son especialmente sensibles a ciertas situaciones  vitales, como las hay especialmente sensibles a la música, por ejemplo. En mi memoria, Ricardo se presenta, ya lo he dicho, como un joven equilibrado y tranquilo, sin complicaciones.

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Por qué la Iglesia llevó las de perder con el marxismo

Blog I:  Gibraltar, retrato de una casta política http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/gibraltar-retrato-una-casta-politica-20130708

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Cuando en los años 60 se planteó en la Iglesia el “diálogo con el marxismo” –con oposición o renuencia de un sector eclesiástico que pasó entonces a segundo término – el marxismo, en sus diversas facetas, se extendía con fuerza por el mundo, en forma de regímenes de ese carácter o de corrientes de opinión muy influyentes en medios intelectuales, universitarios y juveniles. La orientación “dialogante” nacía, probablemente,  de la impresión de un avance del marxismo y retroceso del capitalismo y de la consiguiente necesidad de congraciarse con quienes parecían triunfadores a medio o largo plazo. En España, la Iglesia (la parte de ella que llevaba la voz cantante) procedió a auxiliar a separatistas, comunistas y terroristas contra el régimen de Franco. De lo cual recibió un premio  posiblemente merecido: el desprecio radical por parte de  sus beneficiados, que veían en esa política lo que realmente era: una demostración de debilidad  política, y sobre todo doctrinal. Los inspiradores del poco inspirado diálogo no percibieron que el comunismo estaba llegando al límite de su impresionante fuerza expansiva, cuando  el ápice de sus triunfos lo empujaba a un fracaso radical.

Parecía imposible el diálogo  entre una doctrina espiritualista y la otra materialista; una construida sobre la idea de Dios y  otra sobre un ateísmo militante; una sobre la idea del pecado original  que sigue contaminando al hombre, y la otra sobre la de una inocencia humana traicionada por razones sociales y económicas las cuales, una vez identificadas y superadas, abrirían paso a una especie de  paraíso en la tierra, según letra de la Internacional. Etc. Pero había un punto prometedor de un posible acuerdo: en la doctrina evangélica, la preocupación por los pobres constituye un punto esencial, y el marxismo había encontrado en ellos (“los proletarios”) la palanca para una emancipación que muchos católicos, sin llegar a creer en tanta emancipación,  podrían interpretar como un estado de mayor justicia social. De hecho se oía a menudo que el fondo de la prédica cristiana era el comunismo, o que Jesús había sido un revolucionario social avant la lettre.  Con ese enfoque, el mal radicaba en el “capitalismo” –sea eso lo que fuere: el concepto exige bastante clarificación—, tanto para el marxismo como para bastantes corrientes católicas.

Sospecho que ahí yace la razón del fracaso eclesiástico y de la ventaja marxista. Lo que la Iglesia sostenía como una justicia solo cumplible en el más allá, el marxismo lo concebía como un programa liberador en el acá. El concepto de “los pobres”  sonaba muy primario y vago comparado con el más preciso y operativo de “clase obrera” o de “proletariado”. La “Teología de la Liberación” –una de las corrientes, no la única, propiciada por aquel diálogo— otorgaba el concepto de “pobre” un contenido muy próximo al marxista. Las semejanzas aparentes  no podían dejar de seducir a numerosos eclesiásticos y católicos de filas, máxime en un tiempo en que prestigiosos economistas afirmaban –despreciando los hechos—que los regímenes socialistas procuraban más rápido crecimiento económico que los capitalistas (Joan Robinson, por ejemplo, según creo recordar,  ponderaba la sociedad de Corea del Norte como un modelo de éxito). En cambio la doctrina tradicional de la Iglesia se asemejaba demasiado a lo que el marxismo tachaba de ideología: un sistema de creencias destinadas a justificar los intereses de las clases explotadoras y a mantener sumisas a sus víctimas con vanas esperanzas ultramundanas. Una vez situado el “diálogo” en ese plano, los católicos dialogantes se veían abocados a dejar sus creencias religiosas en el limbo de la intimidad  o al menos de la privacidad, y cada vez más amenazado. Quedaba cuestionado el papel de la religión en las sociedades actuales. Los efectos  –deserción de clérigos, caída en las vocaciones, etc.—son bien conocidos y no hace falta extenderse aquí sobre ellos.

La caída de los regímenes marxistas en Europa pudo haber redundado en beneficio de la Iglesia, y algo de eso ha habido. Pero, por una parte, no me parece que la crisis doctrinal haya sido superada, y por otra el fracaso del marxismo no ha abierto los corazones de las masas al cristianismo, sino a una creciente indiferencia y a nuevos acosos por parte de movimientos nacidos en buena parte de la descomposición marxista, como el feminismo, el homosexualismo, el ecologismo, el ultralaicismo, etc. Parece claro que la Iglesia no ha encontrado el camino para superar tal situación, a pesar de significativas correcciones de Juan Pablo II y sus sucesores con respecto a la época anterior.

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La vida está llena de extrañas complicaciones: la inestabilidad en  el norte de África y Oriente Próximo resulta beneficiosa para el turismo en España. Claro que, políticamente,  puede traer serias complicaciones. España hará muy bien en volver a la política de neutralidad que tantas ventajas le dio en el siglo XX. Política  rota solo por imperativo de la Guerra Fría, ante la amenaza soviética.

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