Blog I: Una juventud enferma en una sociedad enferma / Acabar con Santiago Matamoros: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
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Marcelino Menéndez Pelayo es uno de los pocos intelectuales españoles de los siglos XIX y XX que realmente pueden llamarse grandes y originales, al margen de las opiniones políticas. Por eso, precisamente, el centenario de su muerte ha pasado casi inadvertido, silenciado. No podía ser de otro modo en un país estragado por el embuste financiado desde el poder, en que una izquierda zafia y sectaria, horra y enemiga del pensamiento, se combina perfectamente con una derecha para la cual “la economía lo es todo” (aunque haya sido incapaz de ver las nefastas consecuencias económicas de medidas como la entrada en el euro). Este sí es un páramo cultural. La izquierda ve a Menéndez Pelayo como enemigo. Y a la derecha simplemente no le preocupa.
Entre las excepciones a este olvido debe señalarse el libro, sintético y muy legible, Menéndez Pelayo, genio y figura, con tres ensayos escritos por Aquilino Duque, César Alonso de los Ríos e Ignacio Gracia Noriega. Los cuales vienen sufriendo a su vez cierto ostracismo por parte de los cantamañanas subvencionados que copan o parecen copar –y trivializar– la vida cultural española.
Menéndez Pelayo se alzó en su tiempo contra versiones pesimistas e indocumentadas del pasado español, divulgadas por, entre otras, la sectaria Institución Libre de Enseñanza, inspirada en un filósofo alemán de tercera fila, como lamentaba Croce compadeciéndose de España. El sectarismo y medianía intelectual de la ILE son ciertos, pero, como recuerda con algún sarcasmo Aquilino Duque, “ya es sabido que frutos del sectarismo laico fueron el Instituto Escuela, la Residencia de Estudiantes, la Junta de Ampliación de Estudios y actividades de extensión cultural como las Misiones Pedagógicas o la Universidad Internacional de Verano de Santander”. No está nada mal. Que surjan iniciativas diversas y que contiendan y debatan entre sí es necesario. Sin ello, la vida intelectual se apaga. Por otra parte, fue Jiménez Fraud, un distinguido institucionista, quien interesó al propio Duque en la figura del gran polígrafo. Quien fue, a su vez, hombre vehemente pero en permanente evolución fruto del estudio, y todo lo opuesto a un sectario.
Una de las manifestaciones más necias de la hispanofobia, que ya entonces se extendía de la mano de muchos intelectuales, fue la negación, precisamente, de la época en que España alcanzó su mayor plenitud. Un cantamañanas enfático como Castelar podía permitirse tiradas como esta: “No hay nada más espantoso, más abominable, que aquel gran imperio español que era un sudario que se extendía sobre el planeta. No tenemos agricultura, porque expulsamos a los moriscos. No tenemos industria, porque arrojamos a los judíos. No tenemos ciencia, somos un miembro atrofiado de la ciencia moderna. Encendimos las hogueras de la Inquisición, arrojamos a ellas a nuestros pensadores, los quemamos y después ya no hubo de las ciencias en España más que un montón de cenizas”. Por lo visto, el charlatán creía que todos los españoles habían sido tan ineptos como él, una vez expulsados moriscos y judíos. Sin duda el pesimismo nacional podría justificarse si se contemplaban a sí mismos, pero lo proyectaban alegremente sobre el pasado, y en especial sobre el mejor pasado español. Lo de Castelar y similares tuvo enorme éxito y lo vemos reproducido en Ortega, en Azaña, en Costa o ahora mismo en una izquierda con una idea de la historia de España tan negativa como falsa y una derecha de la talla intelectual del propio Castelar.
Don Marcelino se alzó contra estos dislates apoyado en una erudición pasmosa, inigualada. Para empezar, en la famosa polémica sobre la ciencia en España puso las cosas en su punto. Se le reprocha, y es verdad, que al recordar las figuras del gran siglo de España mezclara auténticos talentos con otros que no lo eran tanto; y en cambio se deja pasar el enfoque radicalmente falso de sus contradictores, que solo puede producir esterilidad, valga la paradoja. En definitiva, señala Alonso de los Ríos, el polígrafo montañés fue “el primer definidor de la conciencia nacional”. Una conciencia que iba a recibir una tremenda sacudida con motivo del “Desastre del 98”, cuando todos los tópicos negativos sobre el pasado cobraron singular impulso y los separatismos, identificados literariamente con las antiguas tribus prerromanas, empezaron a hacer su agosto.
Claro que el mal no venía solo de quienes, considerándose progresistas y europeos, tenían a gala menospreciar ignaramente a su propio país: recoge Gracia Noriega el episodio del fracaso de Menéndez Pelayo cuando disputó la presidencia de la Academia de la Historia al “candidato aristocrático, el ampuloso teólogo Alejandro Pidal… Pero a la Academia le interesaban los títulos, no la historia, y don Marcelino obtuvo tan solo tres votos, lo que fue para él más que una decepción, una ofensa”. Lo de los títulos, unido al corporativismo gremial, tan propios de la derecha, siguen pesando como una losa sobre la cultura española.
“Hizo en solitario lo que no fueron capaces de hacer cientos”, resume Gracia Noriega, y por eso ya en vida fingían menospreciarle los “escritores de medio pelo” que le llamaban “pedantón insoportable”. Otros, que le debían más de una idea, le obsequiaron con un turbio silencio. “Ortega ni siquiera reconoce la existencia de Menéndez Pelayo. ¿Y Unamuno? Mantiene unas tesis radicalmente distintas sin entrar en debate (…) ¡La envidia española! Incluso en Unamuno. ¿Cómo crear una cultura española en estas condiciones?”, lamenta Alonso de los Ríos.
Luego, fue natural que los franquistas, o muchos de ellos, volvieran a ensalzar e hicieran suyo al magnífico intelectual, tan superior a sus detractores. Como es natural que los posfranquistas –convertidos a un antifranquismo de chicha y nabo en su mayoría– lanzaran contra el contra él toda su metralla de ninguneos.
¿Qué queda de don Marcelino? Queda la mayor parte de su obra, de la que han bebido tantos sin citarle. En cambio se suele citar con irrisión su síntesis de España martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio, esa es nuestra grandeza. Ciertamente esa –entre otras— fue la grandeza de España, algo inaplicable a estos últimos siglos, en la que la grandeza solo puede venir del esfuerzo intelectual y cultural de los que Menéndez Pelayo fue, precisamente, el gran ejemplo. Del enfrentamiento al páramo cultural generado en estos años por la progresía y por una derecha vacía de ideas. Termina Aquilino Duque: “Menos mal que la Historia no es irreversible, que tiene corsi e ricorsi. Yo no lo creía, hasta que la caída del Muro de Berlín me lo hizo ver, y en estos años de crisis podemos comprobar que Fukuyama se pasó de hegeliano. Por eso no pierdo la esperanza de que los arévacos y los vettones vuelvan a sus cavernas y las ratas del Mayo francés a las alcantarillas.”
(Menéndez Pelayo, Genio y Figura. Aquilino Duque, César Alonso de los Ríos, Ignacio gracia Noriega. Ediciones Encuentro)
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LA MASONERÍA Y LA II REPÚBLICA
A pesar de sus logros en casi todos los aspectos, Primo de Rivera no logró instaurar una alternativa política a la Restauración, y el resultado final fue la llegada de la II República. Los republicanos, al principio pocos y desavenidos, fueron unificados en el Pacto de San Sebastián por los derechistas no masones Miguel Maura y Alcalá-Zamora, y su primera decisión consistió en imponerse mediante un golpe militar. Cuenta Vidarte en el tomo de sus memorias No queríamos al Rey (p. 255 y ss), que un implicado, Fermín Galán, animó a la Cámara de Maestros de las logias informándola de que no había habido “nunca tan gran número de militares comprometidos como en esta ocasión”. Luego “se destacó desde el primer banco en que estaba sentado, extendió la mano sobre la Biblia –abierta encima del ara por el evangelio de San Juan, según costumbre— volviose hacia el Venerable Maestro y declaró: “Juro solemnemente ante el Gran Arquitecto del universo y ante vosotros, mis hermanos, que el día que reciba las órdenes del Comité revolucionario, proclamaré la república en Jaca y lucharé por ella aunque me cueste la vida”. Como es sabido, se adelantó algo al plan y fue fusilado después de haber matado a su vez a varias personas. Los republicanos le convirtieron junto con otro golpista fusilado, en un héroe sui generis.
Sobre el modo, en general bien conocido, como cayó la monarquía, hay algún punto oscuro, en especial la llamativa actuación de Romanones. De hecho, la república llegó por un golpe de estado llevado a cabo por los monárquicos contra su propio régimen: después de una elecciones municipales que habían ganado, despreciaron a sus votantes y entregaron el poder sin resistencia ante unos primeros alborotos en las calles de algunas ciudades. Sobre Romanones, instigador de la claudicación del rey, vuelve a explicar Vidarte: Cuando salimos en unión de Marcelino Domingo de su despacho, le pregunté a éste si don Gregorio [Marañón] era o había sido masón, ya que con tanta libertad se habló con él del trabajo en las Logias. Domingo me informó de que Marañón fue iniciado en secreto por su suegro Miguel Moya, cuando éste era Gran Maestre. Estas iniciaciones constan en un libro especial que lleva la Gran Maestría, y sólo figuran en él los nombres simbólicos. El caso del ilustre médico y escritor era semejante al del conde de Romanones, quien también había sido iniciado en secreto por Sagasta y quien siempre cumplió bien con la Orden (…) Ya comprenderá usted, terminó Domingo, que muchas veces nos interesa que no se sepa que son masones algunos políticos de nuestra confianza. Fallecidos, lo mismo el conde de Romanones que el querido y admirado doctor Marañón, me encuentro en libertad para revelar estos secretos” ( No queríamos al rey. Pp. 227-8). Digamos que Marañón, uno de los “padres espirituales de la República”, terminó por considerarla un “fracaso trágico”, y a sus políticos como “desalmados mentecatos”, lamentando doloridamente haber sido amigo de tales “escarabajos”. Y apoyó a Franco.
Ricardo de la Cierva considera la II República como el tercer período de apogeo de la masonería. Y no cabe duda de que lo fue, por lo menos al principio. Baste señalar el dato, recogido por Gómez Molleda, de que de los 470 diputados en las primera Cortes, eran masones nada menos que 151, bastantes más que los del partido más votado, el PSOE, que alcanzó 115. Todos los partidos de izquierda estaban muy masonizados: los partidos Radical, Radical Socialista y Acción Republicana de Azaña y Republicano Federal oscilaban en torno al 50% de hijos de la Viuda en sus escaños (muchísimos menos en sus bases, obviamente, lo que nos da un indicio de la utilidad de una sociedad secreta). Los demás, entre el 21% de los nacionalistas gallegos y el 35% del PSOE. En los partidos de derecha, la proporción era mínima o inexistente. Además, de los seis jefes de gobierno de la república antes del Frente Popular, cinco era masones con un grado mayor o menor de compromiso. En las organizaciones masónicas cundió el entusiasmo, llegando a considerar como suya a la república, y la Gran Asamblea de la Gran Logia Española propuso a la izquierda una serie de medidas como la “expulsión de las órdenes religiosas extranjeras” y “la escuela única, neutra”, privando a millares de familias de una enseñanza religiosa que deseaban, y otras medidas de rasgos totalitarios como “Trabajo obligatorio controlado por el Estado y repartido a medida de las fuerzas y aptitudes de cada uno”, dando a los políticos la potestad de determinar las fuerzas y aptitudes de cada cual. Asimismo pedía un “Estado federal”.
Evidentemente, los masones militaban en credos políticos diferentes, a veces opuestos, pero a todos ellos les unía, y era prácticamente lo único que los unía, la aversión a la Iglesia católica. Aun así, los había propicios a algún entendimiento con una religión que era la absolutamente mayoritaria entre los españoles, cosa que no podían pasar por alto sin exponerse a meter al régimen en aprietos antes de tiempo. No obstante, los sectores más extremistas irían imponiéndose. Ya la república se inauguró, antes de un mes de establecida, con la quema de más de un centenar de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza católicos, iniciada por grupos radicales salidos del Ateneo de Madrid, donde por aquel tiempo predominaba la Masonería, y alentada por el gobierno, cuya pasividad equivalía a cooperación. El golpe tambaleó al régimen, recién nacido sin la menor oposición, y a partir de ahí el país quedó profundamente dividido. Así lo reconoció Alcalá-Zamora, a la sazón presidente del gobierno provisional y que, aunque católico, claudicó ante la presión de Azaña y otros para impedir que la fuerza pública detuviese a los incendiarios.
Sobre el problema religioso, los diputados de izquierda coincidían en el propósito de despojar de toda influencia a la Iglesia, pero con posturas divergentes ante el peligro de empeorar la ya visible división popular. De hecho, se llegó entre bastidores a acuerdos para que la nueva Constitución respetase la libertad de enseñanza, aun si con restricciones. Sin embargo se impuso finalmente, y por sorpresa, la medida radical. Así fue disuelta la orden jesuita y a las demás se les prohibió no solo la enseñanza, sino también cualquier actividad económica o la beneficencia, tratando de convertirlas en indigentes. La medida contentó a muchos masones, no a todos, y fue obra de Azaña, que no pertenecía aún a la orden. En definitiva se trataba a los clérigos como ciudadanos de segunda, negándoseles libertad, igualdad y desde luego fraternidad. Como tendía a negárseles en la práctica a los católicos en general y a los partidos de derechas, a los cuales el gobierno izquierdista hostilizaba de muchos modos. El mismo Azaña declaró temerariamente que España había dejado de ser católica. La política de Azaña, dedicada a un programa de demoliciones de las tradiciones católicas y españolas en general, casa muy bien con la orientación masónica, pero vuelve a demostrar que la masonería es solo una manifestación de otras inclinaciones sociales siempre presentes, no la única ni forzosamente la directiva, aunque la refuerce.
Aun así, los primeros enemigos de la República no fueron las derechas ni los católicos, sino los comunistas, que llamaron desde el primer día a derrocarla (más tarde cambiarían de táctica), y sobre todo los anarquistas, mucho más poderosos entonces, que organizaron varias insurrecciones sangrientas, una de las cuales, la de Casas Viejas, determinó la caída de Azaña en 1933. Los socialistas entendían la república como transición a la dictadura de su partido (del proletariado). Los nacionalistas catalanes la aceptaban a cambio de una autonomía que miraban como un paso adelante hacia la secesión. Tanto Macià como Companys, sus principales jefes, eran masones, así como el 37% de sus diputados. Un pequeño sector de la derecha, capitaneado por el general Sanjurjo, intentó un pronunciamiento ante el rumbo que tomaba la política. Se da la circunstancia de que Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil en 1931, había desempeñado un papel clave para traer la república, pues desertó de la monarquía y se puso al servicio del gobierno provisional. Quizá la seña de identidad más precisa de la república fuera la deslealtad hacia ella por parte de sus partidos y políticos.
El primer período de la república suele llamarse Bienio izquierdista, y tampoco sería muy exagerado calificarlo de masónico. Con rasgos que apuntan al caos. Así, la ultraizquierda anarquista hizo un daño terrible a la coalición republicano-socialista. Y quedó marginado el Partido Radical de Lerroux, el más masonizado entre los importantes, siendo además el partido republicano con mayor apoyo popular, con diferencia. Sin detallar el balance desastroso del bienio, recordaré que el hambre, como índice de la miseria, aumentó hasta los niveles de principios de siglo, mientras la delincuencia y los choques políticos, sobre todo entre las izquierdas, no cesaron y las reformas fracasaban debido a la extrema ineptitud de los líderes republicanos, según denuncia una y otra vez el propio Azaña. Como consecuencia, en las elecciones de noviembre de 1933, el PSOE bajó de 115 a 59 diputados; el partido de Azaña, de 26 a 5; el Radical Socialista, de 59 a 4. En cambio la católica CEDA, inexistente en las elecciones anteriores, sumaba 115 escaños; el partido de Lerroux subía de 90 a 102, y los monárquicos de 15 a 40. Gil-Robles, líder de la CEDA, pudo haber exigido la presidencia del gobierno, pero una timidez contraproducente e interpretada como debilidad (lo era), dejó el gobierno al partido de Lerroux, limitándose a apoyarlo.
Las izquierdas contestaron a la derrota electoral poniéndose “en pie de guerra”, como decía la Esquerra de Companys. Azaña y otros líderes presionaron (sin éxito) al presidente Alcalá-Zamora, para que diese un golpe de estado anulando los comicios y amañando otros que les dieran la victoria. La CNT lanzó su insurrección más sangrienta. Y el PSOE decidió que había llegado el momento de lanzarse a una revolución, que planificó textualmente como guerra civil, mientras Azaña intentaba un nuevo golpe en connivencia con Companys. Por fin la CEDA aceptó entró en el gobierno y así se llegó a la insurrección de octubre de 1934, que causó enormes destrucciones y 1.300 muertos en 26 provincias, sobre todo en Asturias, bastantes en Cataluña y en Madrid.
Aquella derrota debió haber causado el derrumbe de la izquierda, pero ocurrió lo contrario: los socialistas, Vidarte en primera fila, organizaron una masiva campaña dentro y fuera de España acusando al gobierno de haber practicado en Asturias una represión de crueldad infinita. Así pasaban de acusados a acusadores. Las denuncias, con relatos escalofriantes, cundieron de tal modo que durante decenios han sido recogidas sin examen crítico por historiadores, incluso de derecha. Creo haber sido el primero que las ha analizado a fondo, así como sus consecuencias políticas. Desde luego, se trató de embustes y exageraciones en un 90%. La campaña guardaba estrecha semejanza con las de Ferrer Guardia, Macià y otras anteriores, contra la “España inquisitorial, oscurantista y militarista”. Vidarte explica cómo lograron engañar a millones de personas por medio de las Internacionales socialista y comunista y de los organismos masónicos en el exterior: “La Masonería, la Segunda Internacional, la Liga de los Derechos del Hombre (creada por los masones) informaban al mundo de los crímenes cometidos por el fascismo español. Los partidos socialistas y comunistas del mundo entero enviaron al gobierno español sus más enérgica protestas. Y el diputado socialista francés Vincent Auriol organizó, junto con el presidente del Partido socialista belga, Émile Vandervelde, una campaña internacional”. Auriol y Vanbdervelde eran masones. Participaron el genio de la propaganda comunista Willi Münzenberg, diputados laboristas ingleses, etc., y consiguieron que la mayoría de las logias condenaran a Lerroux, él mismo masón aunque al parecer durmiente. Esta campaña tuvo un efecto histórico, pues devolvió la popularidad a las izquierdas y envenenó el ambiente social de un modo que explica la crueldad con que se reanudó la guerra en julio de 1936.
Así, la derecha católica y sus ocasionales aliados lerrouxistas, estos repito que muy masonizados, fueron brutal y golpistamente hostigados por las izquierdas a fin de desestabilizarlos e impedirles gobernar. ¿Podemos considerarlo una maniobra o serie de maniobras masónicas? En parte sí, muy claramente, pero tal como los autores principales del declive de Azaña fueron los anarquistas –entre quienes no faltaban masones–, el principal agente de la caída de Lerroux y de Gil-Robles fue Alcalá-Zamora, católico y ajeno a la Masonería, a la que critica en sus memorias (el museo de la Masonería en Salamanca lo presenta falsamente como iniciado). Según he analizado en varios libros, los dirigentes del PSOE fueron los responsables más directos de la guerra civil en 1934 y 1936, pero el mayor causante de ella fue Alcalá Zamora por sus manejos dudosamente legales, que le forzaron a convocar elecciones en febrero del 36.
En el derrumbe de la república hacia la guerra hay un episodio de interesantes connotaciones masónicas, la intriga para arruinar la carrera política de Lerroux y de rebote la coalición entre su partido y la CEDA: el escándalo del straperlo. Dos judíos holandeses habían inventado un juego más o menos de azar, llamado el straperlo, por los apellidos de ambos, Strauss y Perle, y quisieron explotarlo en España. Los juegos de azar habían sido prohibidos por Primo de Rivera y la prohibición no se había revocado. Los autores hicieron algunos regalos a políticos lerrouxistas, como relojes de oro, unos sobornos de calderilla, para que facilitaran la introducción del juego en el casino de San Sebastián y en un hotel de Mallorca. No estaba del todo claro si el straperlo contravenía la ley, pero en los dos sitios fue prohibido rápidamente. Los straperlistas se sintieron estafados y quisieron resarcirse. Y aquí entran en juego Azaña y Prieto (este último no era masón), que instruyen a Strauss para dar el mayor alcance político al asunto presentando una denuncia. Con ella medio presionaron medio chantajearon a Alcalá-Zamora contra Lerroux, sabiendo que ambos se tenían inquina. Alcalá-Zamora terminó destituyendo a Lerroux de la jefatura del gobierno por una corrupción de poca monta que no le afectaba directamente. Enseguida las izquierdas desataron otra campaña de prensa para desacreditar tanto a Lerroux como, de rebote, a la CEDA y destrozar así la coalición entonces gobernante. Vidarte vuelve a darnos datos de interés: “Yo había conocido en París a Gaston Cohen Debassan, abogado muy compenetrado con nosotros y primer pasante de Henri Torrès. Recibí su visita en Madrid. Ahora me habló de un asunto que iba a traer muy graves consecuencias, el del straperlo. Me comunicó que Prieto y Azaña estaban perfectamente enterados”. Torres era el mismo que había orquestado la campaña de apoyo a Macià en 1926 y ejercía entonces de abogado de Strauss. He analizado el asunto en detalle en Los personajes de la República vistos por ellos mismos y aquí no puedo extenderme más allá de explicar sus efectos: el escándalo, muy magnificado, enterró políticamente a Lerroux, debilitó a la CEDA y fue utilizado por Alcalá-Zamora para atacar al sistema parlamentario, excluyendo a Gil-Robles del poder, y terminar imponiendo como jefe de gobierno a Portela Valladares, también masón y sin apoyo de las Cortes.
Así, hubo masones (y no masones) en la maniobra, pero el mayor responsable fue el católico Alcalá-Zamora. El resultado final fueron las elecciones fraudulentas de febrero de 1936, en las que se arrogó la victoria el Frente Popular. El general Núñez de Prado, masón, describió así el traspaso de poderes de Portela al nuevo gobierno de Frente Popular: “Parecía una ceremonia masónica. El Gran Maestre de la Gran Logia (Portela) da posesión a su sucesor (Azaña, también masón aunque algo escéptico), delante del Gran Oriente Español (Martínez Barrio) y en presencia de dos generales masones (Pozas y el propio Núñez de Prado)” “El Gobierno parecía haber nacido bajo nuestros auspicios”, pues contaba con siete ministros masones. Así lo relata Vidarte en Todos fuimos culpables (p. 47).
Aquellas elecciones significaron la definitiva aniquilación de la legalidad republicana por el Frente Popular y fueron el prólogo a la Guerra Civil, a su reanudación propiamente hablando. Durante la guerra, la gran mayoría de los masones (aunque no todos) defendió al Frente Popular aun sabiendo que este era un conglomerado de totalitarios marxistas del PSOE y del PCE, de anarquistas, de racistas del PNV y de golpistas como Azaña o Companys. Nada remotamente parecido a un bando democrático. La propaganda en el exterior, en parte masónica, se inclinaba netamente por las izquierdas –casi todas ellas contaban con numerosos masones–. A pesar de lo cual los gobiernos de Usa, Inglaterra o Francia procuraron aislar el conflicto español, para evitar su contagio. Franco, no es de extrañar, aumentó su aversión a los hijos de la Viuda y prohibió su actuación en España.
En Años de hierro (p. 380) extracté unos documentos de 1942, guardados en la Fundación Francisco Franco: “El espionaje franquista accedió, por medio de una agente, a mensajes alarmantes de círculos masónicos que parecían preparar psicológicamente la mutilación del país. Uno de ellos, de una Asociación Masónica Internacional, con sede en Ginebra, instruía sobre el peligro comunista, juzgando a Inglaterra la única potencia capaz de contrarrestarlo tras la deseada derrota alemana: “La reivindicación de Gibraltar y otros puntos para España y la conservación forzosa y sin consideraciones universales de Cabo Verde, Baleares y Canarias en sus soberanías actuales, constituyen un germen de destrucción del equilibrio mundial de la paz, por ser ventajoso a todos que un arma, potente y difícilmente manejable, esté en manos fuertes y expertas y no de las naciones caducas. La fuerza de Inglaterra es garantía plena –la Historia es testigo– de conservación de la Humanidad”. Los masones peninsulares eran exhortados a superar dudas, reservando “en lo hondo del corazón el sentimiento de un pueblo para apoyar el bien de todos los pueblos y por tanto del vuestro”. Propugnaba asimismo “desprestigiar la figura del Generalísimo Franco, ahondar en el malcontento entre Ejército y Falange, muerte política de Serrano Súñer”, así como “Abrir las puertas de las cárceles en que gimen, en dantesco infierno, rebaños desdichados de hombres honrados, prisioneros de la tiranía más espantosa que registra la Historia (…) sometido todo a la voluntad despótica de un solo hombre, pigmeo-idiota, engreído por la adulación más baja y servil que haya deshonrado a la Humanidad”. Otra comunicación atribuida a Martínez Barrio animaba a los masones, si bien eludiendo detalles escabrosos”. Nuevamente encontramos el servicio a Inglaterra en un amplio sector de la Masonería, en nombre de la “Humanidad”.
Dejo aquí de lado la evolución de la Masonería bajo el franquismo y la democracia, dado el exceso de de especulación sobre ella. Sí interesa señalar su peso en el Parlamento europeo, que según algunos cálculos de difícil comprobación supera en porcentaje al que se dio en las Cortes de la II República. La idea de una Unión europea después de la II Guerra Mundial, en su origen democristiana, tomó progresivamente un tinte socialdemócrata con influjo masónico y línea predominante anticristiana.
