Menéndez Pelayo, hoy / Masonería (IX) LA II REPÚBLICA

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Marcelino Menéndez Pelayo es uno de los pocos  intelectuales  españoles de los siglos XIX y XX que realmente pueden llamarse grandes y originales, al margen de las opiniones políticas.  Por eso, precisamente,  el centenario de su muerte ha pasado casi inadvertido, silenciado. No podía ser de otro modo en un país estragado por el embuste financiado desde el poder, en que una izquierda  zafia y sectaria, horra y enemiga del pensamiento, se combina perfectamente con una derecha para la  cual “la economía lo es todo” (aunque haya sido incapaz de ver las nefastas  consecuencias económicas  de medidas como la entrada en el euro).  Este sí es un páramo cultural. La izquierda ve a Menéndez Pelayo como enemigo. Y a la derecha simplemente no le preocupa.

Entre las excepciones a este  olvido debe señalarse el  libro, sintético y muy legible,   Menéndez Pelayo, genio y figura, con tres ensayos escritos por Aquilino Duque, César Alonso de los Ríos  e Ignacio Gracia Noriega. Los cuales vienen sufriendo a su vez cierto ostracismo por parte de los cantamañanas subvencionados que  copan o parecen copar –y trivializar– la vida cultural española.

Menéndez Pelayo se alzó en su tiempo contra versiones pesimistas e indocumentadas  del pasado español, divulgadas por, entre otras, la sectaria Institución Libre de Enseñanza, inspirada en un filósofo alemán de tercera fila, como lamentaba Croce compadeciéndose de España. El sectarismo y medianía intelectual de la ILE son ciertos, pero, como recuerda con algún sarcasmo  Aquilino Duque,  “ya es sabido que frutos del sectarismo laico fueron el Instituto Escuela, la Residencia de Estudiantes, la Junta de Ampliación de Estudios y actividades de extensión cultural como las Misiones Pedagógicas o la Universidad Internacional de Verano de Santander”.  No está nada mal. Que surjan iniciativas diversas y que contiendan y debatan entre sí es necesario. Sin ello, la vida intelectual se apaga. Por otra parte, fue Jiménez Fraud, un distinguido institucionista, quien interesó al propio Duque en la figura del gran polígrafo. Quien fue, a su vez, hombre vehemente pero en permanente evolución fruto del estudio,  y todo lo opuesto a un sectario.

Una de las manifestaciones más necias de la hispanofobia, que ya entonces se extendía de la mano de muchos intelectuales,  fue la negación, precisamente, de la época en que España alcanzó su mayor plenitud.  Un cantamañanas enfático  como Castelar  podía permitirse tiradas como esta: “No hay nada más espantoso, más abominable, que aquel gran imperio español que era un sudario que se extendía sobre el planeta. No tenemos agricultura, porque expulsamos a los moriscos. No tenemos industria, porque arrojamos a los judíos. No tenemos ciencia, somos un miembro atrofiado de la ciencia moderna. Encendimos  las hogueras de la Inquisición, arrojamos a ellas a nuestros pensadores, los quemamos y después ya no hubo de las ciencias en España más que un montón de cenizas”. Por lo visto, el charlatán creía que todos los españoles  habían sido tan ineptos como él, una vez expulsados moriscos y judíos. Sin duda el pesimismo nacional podría justificarse si se contemplaban a sí mismos, pero lo proyectaban alegremente sobre el pasado, y en especial sobre el mejor pasado español.   Lo de Castelar y similares tuvo enorme éxito y lo vemos reproducido en Ortega, en Azaña, en Costa o ahora mismo en una izquierda con una idea de la historia de España tan negativa como falsa y una derecha de la talla intelectual del propio Castelar.

Don Marcelino se alzó contra estos dislates apoyado en una erudición pasmosa, inigualada. Para empezar, en la famosa polémica sobre la ciencia en España puso las cosas en su punto. Se le reprocha, y es verdad, que al recordar las figuras del gran siglo de España mezclara auténticos talentos con otros que no lo eran tanto;  y en cambio se deja pasar el enfoque radicalmente falso de sus contradictores, que solo puede producir esterilidad, valga la paradoja. En definitiva, señala Alonso de los Ríos, el polígrafo montañés fue “el primer definidor de la conciencia nacional”.  Una conciencia que iba a recibir una tremenda sacudida con motivo del “Desastre del 98”, cuando todos los tópicos negativos sobre el pasado cobraron singular impulso y los separatismos, identificados literariamente con las antiguas tribus prerromanas,  empezaron a hacer su agosto.

Claro que el mal no venía solo de quienes, considerándose progresistas y europeos, tenían a gala menospreciar ignaramente a su propio país: recoge Gracia Noriega  el episodio del fracaso de Menéndez Pelayo cuando disputó la presidencia de la Academia de la Historia al “candidato aristocrático, el ampuloso teólogo Alejandro Pidal… Pero a la Academia le interesaban los títulos, no la historia, y don Marcelino obtuvo tan solo tres votos, lo que fue para él más que una decepción, una ofensa”. Lo de los títulos, unido al corporativismo gremial, tan propios de la derecha,  siguen  pesando  como una losa sobre la cultura española.

“Hizo en solitario lo que no fueron capaces de hacer cientos”, resume Gracia Noriega, y por eso ya en vida  fingían menospreciarle los  “escritores de medio pelo” que le llamaban “pedantón insoportable”. Otros, que le debían más de una idea, le obsequiaron con un turbio silencio. “Ortega ni siquiera reconoce la existencia  de Menéndez Pelayo. ¿Y Unamuno? Mantiene unas tesis radicalmente distintas sin entrar en debate (…) ¡La envidia española! Incluso en Unamuno. ¿Cómo crear una cultura española en estas condiciones?”, lamenta Alonso de los Ríos.

Luego, fue  natural que los franquistas, o muchos de ellos, volvieran a ensalzar e hicieran suyo  al magnífico intelectual, tan superior a sus detractores. Como es natural que los posfranquistas –convertidos a un antifranquismo de chicha y nabo en su mayoría–  lanzaran contra el contra él toda su  metralla  de ninguneos.

¿Qué queda de don Marcelino?  Queda la mayor parte de su obra, de la que han bebido tantos sin citarle. En cambio se suele citar con irrisión su síntesis de España  martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio, esa es nuestra grandeza. Ciertamente esa –entre otras— fue la grandeza de España, algo inaplicable  a estos últimos siglos, en la que la grandeza solo puede venir del esfuerzo intelectual y cultural de los que Menéndez Pelayo fue, precisamente, el gran ejemplo. Del enfrentamiento al páramo cultural generado en estos años por la progresía y por una derecha vacía de ideas. Termina Aquilino Duque: “Menos mal que la Historia no es irreversible, que tiene corsi e ricorsi. Yo no lo creía, hasta que la caída del Muro de Berlín me lo hizo ver, y en estos años de crisis podemos comprobar que Fukuyama se pasó de hegeliano. Por eso no pierdo la esperanza de que los arévacos y los vettones vuelvan a sus cavernas y las ratas del Mayo francés a las alcantarillas.”

(Menéndez Pelayo, Genio y Figura. Aquilino Duque, César Alonso de los Ríos, Ignacio gracia Noriega. Ediciones Encuentro)

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LA MASONERÍA Y LA II REPÚBLICA    

A pesar de sus logros  en casi todos los aspectos, Primo de Rivera no logró instaurar una alternativa política a la Restauración, y el resultado final fue la llegada de la II República. Los republicanos, al principio pocos y desavenidos, fueron  unificados en el Pacto de San Sebastián por los derechistas no masones Miguel Maura y Alcalá-Zamora, y su primera decisión  consistió en imponerse mediante un golpe militar. Cuenta Vidarte en el tomo de sus memorias No queríamos al Rey (p. 255 y ss), que un implicado, Fermín Galán, animó a la Cámara de Maestros de las logias informándola de  que no había habido “nunca tan gran número de militares comprometidos como en esta ocasión”.  Luego “se destacó desde el primer banco en que estaba sentado, extendió la mano sobre la Biblia –abierta encima del ara por el evangelio de San Juan, según costumbre— volviose hacia el Venerable Maestro y declaró: “Juro solemnemente ante el Gran Arquitecto del universo y ante vosotros, mis hermanos, que el día que reciba las órdenes del Comité revolucionario, proclamaré la república en Jaca y lucharé por ella aunque me cueste la vida”. Como  es sabido, se adelantó algo al plan y fue fusilado después de haber  matado a su vez a varias personas. Los republicanos le  convirtieron junto con otro golpista fusilado, en un héroe sui generis.

Sobre el modo, en general bien conocido, como cayó la monarquía, hay algún punto oscuro, en especial la llamativa  actuación de Romanones. De hecho, la república llegó por un golpe de estado llevado a cabo por los monárquicos contra su propio régimen: después de una elecciones municipales que habían ganado, despreciaron a sus votantes y entregaron el poder sin resistencia ante unos primeros alborotos en las calles de algunas ciudades. Sobre Romanones,  instigador de la claudicación del rey, vuelve a explicar Vidarte: Cuando salimos en unión de Marcelino Domingo de su despacho, le pregunté a éste si don Gregorio [Marañón] era o había sido masón, ya que con tanta libertad se habló con él del trabajo en las Logias. Domingo me informó de que Marañón fue iniciado en secreto por su suegro Miguel Moya, cuando éste era Gran Maestre. Estas iniciaciones constan en un libro especial que lleva la Gran Maestría, y sólo figuran en él los nombres simbólicos. El caso del ilustre médico y escritor era semejante al del conde de Romanones, quien también había sido iniciado en secreto por Sagasta y quien siempre cumplió bien con la Orden (…) Ya comprenderá usted, terminó Domingo, que muchas veces nos interesa que no se sepa que son masones algunos políticos de nuestra confianza. Fallecidos, lo mismo el conde de Romanones que el querido y admirado doctor Marañón, me encuentro en libertad para revelar estos secretos” ( No queríamos al rey. Pp. 227-8). Digamos que Marañón, uno de los “padres espirituales de la República”, terminó por considerarla un “fracaso trágico”, y a sus políticos como “desalmados mentecatos”, lamentando doloridamente haber sido amigo de tales “escarabajos”. Y apoyó a Franco.

Ricardo de la Cierva considera la II República como el tercer período de apogeo de la masonería. Y no cabe duda de que lo fue, por lo menos al principio. Baste señalar el dato, recogido por  Gómez Molleda, de que de los 470 diputados en las primera Cortes, eran masones nada menos que 151, bastantes más que los del partido más votado, el PSOE, que alcanzó 115. Todos los partidos de izquierda estaban muy masonizados: los partidos Radical, Radical Socialista y Acción Republicana de Azaña y Republicano Federal  oscilaban en torno al 50% de hijos de la Viuda en sus escaños (muchísimos menos en sus bases, obviamente, lo que nos da un indicio de la utilidad de una sociedad secreta).  Los demás, entre el 21% de  los nacionalistas gallegos y el 35% del PSOE.  En los partidos de derecha, la proporción era mínima o inexistente. Además, de los seis jefes de gobierno de la república antes del Frente Popular,  cinco era masones con un grado mayor o menor de compromiso. En las organizaciones masónicas cundió el entusiasmo, llegando a considerar  como suya a la república,   y la Gran Asamblea de la Gran Logia Española  propuso a la izquierda una serie de medidas  como la “expulsión de las órdenes religiosas extranjeras” y “la escuela única, neutra”, privando a millares de familias de una enseñanza religiosa que deseaban, y otras medidas de rasgos totalitarios como “Trabajo obligatorio controlado por el Estado y repartido a medida de las fuerzas y aptitudes de cada uno”, dando a los políticos la potestad de determinar las fuerzas y aptitudes de cada cual. Asimismo pedía un “Estado federal”.

Evidentemente, los masones militaban en credos políticos  diferentes, a veces opuestos, pero a todos ellos les unía, y era prácticamente lo único que los unía, la aversión a la Iglesia católica. Aun así, los había propicios a algún entendimiento con una religión que era la absolutamente mayoritaria entre los españoles, cosa que no podían pasar por alto sin exponerse a meter al régimen en aprietos antes de tiempo. No obstante, los sectores más extremistas irían imponiéndose. Ya la república se inauguró, antes de un mes de establecida, con la quema de más de un centenar de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza católicos, iniciada por grupos radicales salidos del Ateneo de Madrid, donde por aquel tiempo predominaba la Masonería, y alentada por el gobierno, cuya pasividad equivalía a cooperación. El golpe tambaleó al régimen, recién nacido sin la menor oposición, y a partir de ahí el país quedó profundamente dividido. Así lo reconoció Alcalá-Zamora, a la sazón presidente del gobierno provisional y que, aunque católico, claudicó ante la presión de Azaña y otros para impedir que la fuerza pública detuviese a los incendiarios.

Sobre el problema religioso, los diputados de izquierda coincidían en el propósito de  despojar de toda influencia a la Iglesia, pero con posturas divergentes ante el peligro de empeorar la ya visible división popular. De hecho, se llegó entre bastidores a acuerdos para que la nueva Constitución respetase la libertad de enseñanza, aun si con restricciones. Sin embargo se impuso finalmente, y por sorpresa, la medida radical. Así fue disuelta la orden jesuita y a las demás se les prohibió no solo la enseñanza, sino también  cualquier actividad económica o la beneficencia, tratando de  convertirlas en indigentes. La medida contentó a muchos masones, no a todos, y  fue obra de Azaña,  que no pertenecía aún a la orden. En definitiva se trataba a los clérigos como ciudadanos de segunda, negándoseles libertad, igualdad y desde luego fraternidad. Como tendía a negárseles en  la práctica a los católicos en general y a los partidos de derechas, a los cuales el gobierno izquierdista hostilizaba de muchos modos. El mismo Azaña declaró temerariamente que España había dejado de ser católica. La política de Azaña, dedicada a un programa de demoliciones de las tradiciones católicas y españolas en general, casa muy bien con la orientación masónica, pero vuelve a demostrar que la masonería es solo una manifestación de otras inclinaciones sociales siempre presentes, no la única ni forzosamente la directiva, aunque la refuerce.

Aun así, los primeros enemigos de la República no fueron las derechas ni los católicos, sino los comunistas, que llamaron desde el primer día a derrocarla (más tarde cambiarían de táctica), y sobre todo los anarquistas, mucho más poderosos entonces,  que organizaron varias insurrecciones sangrientas, una de las cuales, la de Casas Viejas,  determinó la caída de Azaña en 1933. Los socialistas entendían la república como transición a la dictadura de su partido (del  proletariado). Los nacionalistas catalanes la aceptaban a cambio de una autonomía que miraban como un paso adelante hacia la secesión. Tanto Macià como Companys,  sus principales jefes, eran masones, así como el 37% de sus diputados. Un pequeño sector de la derecha, capitaneado por el general Sanjurjo, intentó un pronunciamiento ante el rumbo que tomaba la política. Se da la circunstancia de que Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil en 1931,  había desempeñado un papel clave para traer la república,  pues desertó de la monarquía y se puso al servicio del gobierno provisional. Quizá la seña de identidad más precisa de la república fuera la deslealtad hacia ella por parte de sus partidos y políticos.

El primer período de la república suele  llamarse  Bienio izquierdista, y tampoco sería muy exagerado calificarlo de masónico. Con rasgos que apuntan al caos. Así, la ultraizquierda anarquista hizo un daño terrible a la coalición republicano-socialista. Y quedó marginado el Partido Radical de Lerroux,  el más masonizado entre los importantes, siendo además el partido republicano con mayor apoyo popular, con diferencia.  Sin detallar el balance desastroso del bienio, recordaré que el hambre, como índice de la miseria, aumentó hasta los niveles de principios de siglo, mientras la delincuencia y los choques políticos, sobre todo entre las izquierdas, no cesaron y las reformas fracasaban debido a la extrema ineptitud de los líderes republicanos, según denuncia una y otra vez el propio Azaña. Como consecuencia, en las  elecciones de noviembre de 1933, el PSOE  bajó de 115 a 59 diputados; el partido de Azaña, de 26 a 5; el Radical Socialista, de 59 a 4. En cambio la  católica CEDA, inexistente en las elecciones anteriores, sumaba 115 escaños;  el partido de Lerroux subía de 90 a 102, y los monárquicos de 15 a 40.  Gil-Robles, líder de la CEDA, pudo haber exigido la presidencia del gobierno, pero una timidez contraproducente e interpretada como debilidad (lo era), dejó el gobierno al partido de Lerroux, limitándose a apoyarlo.

Las izquierdas contestaron a la  derrota electoral poniéndose “en pie de guerra”, como decía la Esquerra de Companys. Azaña y otros líderes presionaron (sin éxito) al presidente Alcalá-Zamora, para que diese un golpe de estado anulando los comicios y amañando otros que les dieran la victoria. La CNT lanzó su insurrección más sangrienta. Y el PSOE decidió que había llegado el momento de lanzarse a una revolución, que planificó textualmente como guerra civil, mientras Azaña intentaba un nuevo golpe en connivencia con Companys. Por fin la CEDA aceptó entró en el gobierno y así se llegó a la insurrección de octubre de 1934, que causó enormes destrucciones y 1.300 muertos en 26 provincias, sobre todo en Asturias, bastantes en Cataluña y en Madrid.

Aquella derrota debió haber causado el derrumbe de la izquierda, pero ocurrió lo contrario: los socialistas, Vidarte en primera fila, organizaron una masiva campaña dentro y fuera de España acusando al gobierno de haber practicado en Asturias una represión de crueldad infinita. Así pasaban de acusados a acusadores.  Las denuncias, con relatos escalofriantes, cundieron de tal modo que durante decenios han sido recogidas  sin examen crítico por historiadores, incluso de derecha. Creo haber sido el primero que las ha analizado a fondo, así como sus consecuencias políticas. Desde luego, se trató de embustes y exageraciones en un 90%. La campaña guardaba estrecha semejanza con las de Ferrer Guardia, Macià y otras anteriores, contra la “España inquisitorial, oscurantista y militarista”. Vidarte explica cómo lograron engañar a millones de personas  por medio de las Internacionales socialista y comunista y de los organismos masónicos en el exterior: “La Masonería, la Segunda Internacional, la Liga de los Derechos del Hombre (creada por los masones)  informaban al mundo de los crímenes cometidos por el fascismo español. Los partidos socialistas y comunistas del mundo entero enviaron al gobierno español sus más enérgica protestas. Y el diputado socialista francés Vincent Auriol  organizó, junto con  el presidente del Partido socialista belga, Émile Vandervelde, una campaña internacional”. Auriol y Vanbdervelde eran masones. Participaron el genio de la propaganda comunista Willi Münzenberg, diputados laboristas ingleses, etc., y consiguieron que la mayoría de las logias condenaran a Lerroux, él mismo masón aunque al parecer durmiente. Esta campaña tuvo  un efecto histórico, pues devolvió la popularidad a las izquierdas y envenenó el ambiente social de un modo que explica la crueldad con que se reanudó la guerra en julio de 1936.

Así, la derecha católica y sus ocasionales aliados lerrouxistas, estos repito que muy masonizados, fueron brutal y golpistamente hostigados por las izquierdas a fin de desestabilizarlos e impedirles gobernar. ¿Podemos considerarlo una maniobra o serie de maniobras masónicas? En parte sí, muy claramente, pero tal como los autores principales del declive de Azaña fueron los anarquistas –entre quienes no faltaban masones–, el principal agente de la caída de Lerroux y de Gil-Robles fue Alcalá-Zamora, católico y ajeno a la Masonería, a la que critica en sus memorias (el museo de la Masonería en Salamanca lo presenta falsamente como iniciado). Según he analizado en varios libros, los dirigentes del PSOE fueron los responsables más directos de la guerra civil en 1934 y 1936, pero el mayor causante de ella fue Alcalá Zamora por sus manejos dudosamente legales, que le forzaron a convocar elecciones en febrero del 36.

En el derrumbe de la república hacia la guerra hay un episodio de interesantes connotaciones masónicas, la intriga para arruinar la carrera política de Lerroux y de rebote la coalición entre su partido y la CEDA: el escándalo del straperlo. Dos judíos holandeses habían inventado un juego más o menos de azar, llamado el straperlo, por los apellidos de ambos, Strauss y Perle,  y quisieron explotarlo en España. Los juegos de azar habían sido prohibidos por Primo de Rivera y la prohibición no se había revocado. Los autores hicieron algunos regalos a políticos lerrouxistas, como relojes de oro, unos sobornos de calderilla, para que facilitaran la introducción  del juego en  el casino de San Sebastián y en un hotel de Mallorca. No estaba del todo claro si el straperlo contravenía la ley, pero en los dos sitios fue prohibido rápidamente. Los straperlistas se sintieron estafados y quisieron resarcirse. Y aquí entran en juego Azaña y Prieto (este último no era masón), que instruyen a Strauss para dar el mayor alcance político al asunto presentando una denuncia. Con ella medio presionaron medio chantajearon a Alcalá-Zamora  contra Lerroux, sabiendo que ambos se tenían inquina. Alcalá-Zamora terminó destituyendo a Lerroux de la jefatura del gobierno por una corrupción de poca monta que no le afectaba directamente. Enseguida  las izquierdas desataron otra campaña de prensa para desacreditar tanto a Lerroux como, de rebote, a la CEDA y destrozar así la coalición entonces gobernante. Vidarte vuelve a darnos datos de interés: “Yo había conocido en París a Gaston Cohen Debassan, abogado muy compenetrado con nosotros y primer pasante de Henri Torrès. Recibí su visita en Madrid. Ahora me habló de un asunto que iba a traer muy graves consecuencias, el del straperlo. Me comunicó que Prieto y Azaña estaban perfectamente enterados”. Torres era el mismo que había orquestado la campaña de apoyo a Macià en 1926 y ejercía entonces de abogado de Strauss. He analizado el asunto en detalle en Los personajes de la República vistos por ellos mismos y aquí no puedo extenderme más allá de explicar sus efectos: el escándalo, muy  magnificado, enterró políticamente a Lerroux, debilitó a la CEDA y fue utilizado por Alcalá-Zamora para atacar al sistema parlamentario, excluyendo a Gil-Robles del poder, y terminar imponiendo como jefe de gobierno a Portela Valladares, también masón y sin apoyo de las Cortes.

Así, hubo masones (y no masones) en la maniobra, pero el mayor responsable fue el católico Alcalá-Zamora. El resultado final fueron las elecciones fraudulentas de febrero de 1936, en las que se arrogó la victoria el Frente Popular. El general Núñez de Prado, masón, describió así el traspaso de poderes de Portela al nuevo gobierno de Frente Popular: “Parecía una ceremonia masónica. El Gran Maestre de la Gran Logia (Portela) da posesión a su sucesor (Azaña, también masón aunque algo escéptico), delante del Gran Oriente Español (Martínez Barrio) y en presencia de dos generales masones (Pozas y el propio Núñez de Prado)” “El Gobierno parecía  haber nacido bajo nuestros auspicios”, pues contaba con siete ministros masones. Así lo relata  Vidarte en Todos fuimos culpables (p. 47).

Aquellas elecciones significaron la definitiva aniquilación de la legalidad republicana por el Frente Popular y fueron el prólogo a la Guerra Civil, a su reanudación propiamente hablando.  Durante la guerra, la gran mayoría de los masones (aunque no todos) defendió al Frente Popular aun sabiendo que este era un conglomerado de totalitarios marxistas del PSOE y del PCE, de  anarquistas, de racistas del PNV y de golpistas como Azaña o Companys. Nada remotamente parecido a un bando democrático. La propaganda en el exterior, en parte masónica, se inclinaba netamente por las izquierdas –casi todas ellas contaban con numerosos masones–. A pesar de lo cual los gobiernos de Usa, Inglaterra o Francia procuraron aislar el conflicto español, para evitar su contagio.  Franco, no es de extrañar, aumentó su aversión a los hijos de la Viuda y prohibió su actuación en España.

En Años de hierro (p. 380) extracté  unos documentos de 1942, guardados en la Fundación Francisco Franco: “El espionaje franquista accedió, por medio de una agente, a mensajes alarmantes de círculos masónicos que parecían preparar psicológicamente la mutilación del país. Uno de ellos, de una Asociación Masónica Internacional, con sede en Ginebra, instruía sobre el peligro comunista, juzgando a Inglaterra la única potencia capaz de contrarrestarlo tras la deseada derrota alemana: “La reivindicación de Gibraltar y otros puntos para España y la conservación forzosa y sin consideraciones universales de Cabo Verde, Baleares y Canarias en sus soberanías actuales, constituyen un germen de destrucción del equilibrio mundial de la paz, por ser ventajoso a todos que un arma, potente y difícilmente manejable, esté en manos fuertes y expertas y no de las naciones caducas. La fuerza de Inglaterra es garantía plena –la Historia es testigo– de conservación de la Humanidad”. Los masones peninsulares eran exhortados a superar dudas, reservando “en lo hondo del corazón el sentimiento de un pueblo para apoyar el bien de todos los pueblos y por tanto del vuestro”. Propugnaba asimismo “desprestigiar la figura del Generalísimo Franco, ahondar en el malcontento entre Ejército y Falange, muerte política de Serrano Súñer”, así como “Abrir las puertas de las cárceles en que gimen, en dantesco infierno, rebaños desdichados de hombres honrados, prisioneros de la tiranía más espantosa que registra la Historia (…) sometido todo a la voluntad despótica de un solo hombre, pigmeo-idiota, engreído por la adulación más baja y servil que haya deshonrado a la Humanidad”. Otra comunicación atribuida a Martínez Barrio animaba a los masones, si bien eludiendo detalles escabrosos”. Nuevamente encontramos el servicio a Inglaterra en un amplio sector de la Masonería, en nombre de la “Humanidad”.

Dejo aquí de lado la evolución de la Masonería bajo el franquismo y la democracia, dado el exceso de de especulación sobre ella. Sí interesa señalar su peso en el Parlamento europeo, que según algunos cálculos de difícil comprobación supera en porcentaje al que se dio en las Cortes de la II República. La idea de una Unión europea después de la II Guerra Mundial, en su origen democristiana, tomó progresivamente un tinte socialdemócrata con influjo masónico y línea predominante  anticristiana.

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Dos crisis históricas, dos generaciones y una novela

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(Con ruego de difusión)

     DOS CRISIS HISTÓRICAS,  DOS GENERACIONES Y UNA NOVELA. (Conferencia)

   La crisis de la II República

Todas las sociedades y países sufren a lo largo de su historia crisis graves, de las que pueden salir fortalecidos, debilitados o destruidos, según sepan reaccionar. Por poner un caso clásico, Roma estuvo muy cerca de perecer en Cannas, pero se rehízo y al final venció a Cartago. A España le costó siglos superar  la derrota ante el islam. Con  Enrique IV, Castilla pudo haber naufragado en luchas civiles, sin unirse a Aragón ni recomponer España. En la Guerra de  Independencia, la reacción popular venció a los invasores, pero  el país quedó internamente dividido.  Estas crisis pueden venir de una intervención externa o de factores internos. Las crisis internas suelen obedecer a disensiones sin posible acuerdo, que paralizan a la sociedad o generan guerras civiles. Muchos países han sufrido estas contiendas, a veces con efectos  devastadores, a veces revitalizantes, como la de Secesión en Usa o la española de 1936-39. En cambio las españolas del siglo XIX no solucionaron una depresión que, con momentos más álgidos o más atenuados, se arrastró hasta la Restauración en 1875.  A su vez, la Restauración afrontó nuevos desafíos internos que terminaron por hundirla, siendo su última consecuencia la II República. Con esto nos situamos ante la gran crisis del siglo XX, materializada en el derrumbe de la república y la guerra Civil, crisis prolongada por el peligro de la Guerra Mundial y de una nueva guerra interna más una posible invasión.

La cuestión se entiende mejor  atendiendo a la  naturaleza de las sociedades humanas. En todas ellas fluyen y se oponen diversos intereses, sentimientos, ideas y proyectos, corrientes sociales en conflicto que pueden llevar al choque o a la disgregación. Para mantener un orden aceptable, la sociedad genera espontáneamente el poder y la ley. La causa última de una guerra civil o una revolución radica en la caída de  la ley, sea porque esta es rota desde el poder, sea porque una gran parte de  la población la rechaza y quiere sustituirla radicalmente por otra más acorde a lo que cree ser sus intereses.

¿Cómo se dio este proceso, en concreto, en los pasados años 30? Ante todo, debemos apartar la distorsión propagandística en cuatro puntos: A) La legitimidad republicana no vino de unas elecciones municipales, ganadas por los monárquicos, sino de la cesión del poder por parte de una monarquía en quiebra moral. B) Los partidos propiamente republicanos eran débiles y no todos de izquierda, como suele suponerse. De hecho, el mayor y más votado fue el Radical de Lerroux, que había superado su  energumenismo de principios de siglo y evolucionado hacia la derecha. C) La derecha no conspiró desde el primer momento contra el nuevo régimen, como se dice, sino que lo aceptó, aun si con reticencia. D) Contra esa false versión, fue de las izquierdas de donde surgió la oposición inicial a la república, esto es, del Partido Comunista y de los anarquistas. Además, el PSOE y los separatistas catalanes y vascos solo apoyaron al régimen condicionalmente, en la medida en que este les abriera paso hacia sus objetivos, es decir, hacia la  que llamaban dictadura del proletariado, por parte del PSOE, o  hacia la disgregación de España. Eran partidos  revolucionarios, no demócratas.

Por consiguiente, y  dado que anarquistas y socialistas tenían las organizaciones más fuertes y masivas (el PSOE gracias a su previa colaboración con la dictadura de Primo de Rivera), la república nacía muy débil. Solo podría consolidarse fortaleciendo a los grupos no revolucionarios, como los republicanos moderados y las derechas que lo aceptaron, a regañadientes pero sin violencia. Todo esto lo he documentado a fondo en mi trilogía sobre la república y la guerra, y, como puede verse, cambia radicalmente muchos enfoques de la historiografía actual, lastrada por la propaganda.

Ya antes de tener su Constitución, la república sufrió el primer ataque, no a su legalidad, aún inexistente, pero sí a su legitimidad: la quema de un centenar de  iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza católicos. El crimen partió de izquierdas republicanas y lo significativo es que lo amparó el gobierno, cuya inhibición delictiva dio un tremendo golpe al prestigio del nuevo régimen, creó una profunda división en el pueblo e  impulsó a conspirar a algunos derechistas, muy pocos.

La  Constitución dividió aún más al pueblo, por la cuestión religiosa sobre todo.  Dado el peso de la tradición cristiana en España, algunos radicales pensaron en una ley laica, pero no anticatólica, para no profundizar el enfrentamiento; pero fue Azaña, republicano de izquierda y contrario a la moderación, según él mismo advirtió, quien rompió aquel principio de acuerdo. Así, hizo votar una Constitución  que reducía al clero a una ciudadanía de segunda y restringía los derechos de los católicos. En ese sentido, aunque no en todos, era una Constitución antidemocrática, en la que no cabía toda la sociedad y que propiciaba el choque social, como advirtió Alcalá-Zamora.

Comprender a Azaña, por entonces el personaje más prestigioso de la república, exige atender a sus propios designios, expuestos públicamente: deseaba un “programa de demolición” de las tradiciones españolas, en particular las religiosas, y en su irrealismo, osó decir que España dejaba de ser católica. Para realizar su plan demoledor, Azaña contaba con los sindicatos y partidos más extremistas de izquierda, a los que pensaba dirigir por la que llamaba “inteligencia republicana”. Apuesta de nuevo irreal por cuanto él mismo acusaba a los suyos  de botarates y cosas peores, y de  hacer “una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta”. Frases parecidas abundan en sus diarios, y aún más fuertes en los “padres espirituales de la República”, Marañón, Pérez de Ayala y Ortega, una vez comprobaron el fracaso de la experiencia. Importa leer a Azaña para entender aquel régimen: la demolición pretendida exigió a republicanos y socialistas restringir severamente la democracia, para terminar demoliendo… la  legalidad republicana que ellos mismos habían impuesto.

La precaria democracia de la Constitución mermó aún con la Ley de Defensa de la República, que permitía al gobierno actuar con verdadero despotismo. Aun así, todo lo aceptó, aunque a regañadientes, el  perjudicado grueso de la derecha. La CEDA, su principal partido, aspiró a cambiar la Constitución, pero siguiendo los trámites legales.

Los asaltos violentos a la ley empezaron con las insurrecciones anarquistas. También el golpe de Sanjurjo, que fracasó ridículamente al no apoyarlo casi nadie en la derecha. Poco después, una nueva insurrección ácrata, con el episodio de Casas Viejas, hundió políticamente a Azaña. El régimen fue de crisis en crisis, hasta las elecciones de noviembre de 1933,  en las que las izquierdas cayeron espectacularmente: el partido de Azaña bajó a  de 26 a 5 diputados, el Radical Socialista, de 59 a 4, y el PSOE de 115 a 59. En cambio el Partido Radical de Lerroux subía de 90 a 102 y sobre todo el partido derechista-católico CEDA, fundado unos meses antes, llegaba a 115. La derecha antirrepublicana, monárquicos, tradicionalistas y Falange, obtenían entre todos unos 40.

¿A qué obedeció un vuelco tan radical?  Se ha especulado mucho sobre ello, pero las causas saltan a la vista: bajo el gobierno de izquierda se había multiplicado el desorden público mientras la miseria y el hambre volvían a los niveles de principios de siglo. Las reformas propuestas, agraria, militar, educativa y autonómica habían fracasado, todas por la misma causa, el sectarismo y la incompetencia, como denunciaba amargamente el mismo Azaña, quien, sin embargo, continuaba con sus proyectos de demolición.

Y ante el triunfo de la derecha, la legalidad sufrió su peor embestida: los anarquistas lanzaron su insurrección más sangrienta,  pero casi fue lo de menos. Los socialistas, separatistas catalanes y en menor medida los vascos, y las izquierdas republicanas se declararon en pie de guerra contra la voz de las urnas. Azaña y los suyos presionaron a Alcalá-Zamora,  presidente de la república, para que anulase las elecciones y amañase otras nuevas con garantía de triunfo izquierdista. Al fracasar sus manejos, Azaña urdió un nuevo golpe con la Esquerra catalana. El plan fracasó al no lograr atraerse al PSOE, no porque este se mantuviera fiel a la Constitución, sino porque preparaba a su vez una insurrección, concebida textualmente como guerra civil, para imponer la dictadura de su partido, por lo que no pensaba dejarse dirigir por “burgueses”. He detallado esto último, por primera vez, en el libro Los orígenes de la Guerra Civil.

A lo largo de 1934, las izquierdas y el PNV desafiaron la ley para subvertir al gobierno legítimo, hasta culminar en la insurrección de  octubre, que dejó 1.300 muertos y enormes destrucciones materiales, sobre todo en Asturias pero no solo. Los rebeldes fueron derrotados porque la mayoría del ejército defendió  la Constitución, anulando la acción de los militares golpistas de izquierda, y porque casi nadie, salvo en la cuenca minera asturiana, secundó  los llamamientos a la guerra civil. Las derechas pudieron replicar al golpe con un contragolpe que liquidase de una vez la república, y así lo habrían hecho de ser fascistas, como les acusaban las izquierdas con deliberada falsedad. Pero el gobierno derechista defendió la legalidad republicana. De hecho salvó a la república

El camino a la guerra

La república, malherida, aún pudo haberse repuesto si los rebeldes de octubre hubieran rectificado. Pero la mayoría socialista optó por bolchevizar el partido para convertirlo en un instrumento de insurrección más perfecto. Los demás planearon recobrar electoralmente el poder, pero con un programa mucho más radicalizado que el republicano de 1931. Para ello se unieron en lo que se llamaría Frente Popular.

Lo lógico habría sido que los vencidos en las urnas y luego por las armas se desacreditaran por completo, pero ocurrió lo contrario: pasaron de acusados a acusadores. Al efecto desataron una masiva campaña nacional e internacional culpando a la derecha de haber realizado una represión sádica en Asturias. He examinado las acusaciones, mezcla de exageraciones y simples embustes, que sin embargo han aceptado largo tiempo la mayoría de los historiadores. En realidad, la represión fue escasa y los partidos que habían asaltado la república fueron mantenidos en la legalidad. Pero las denuncias izquierdistas fanatizaron a mucha gente y envenenaron a la sociedad. La insurrección había fracasado, en definitiva, porque los odios no habían alcanzado un grado muy alto, pero la campaña sobre la represión en Asturias los exacerbó, lo cual ayuda a explicar la  crueldad con que se desarrolló la contienda a partir de julio de 1936.

Por si la ley  no había sido ya lo bastante vulnerada, el presidente Alcalá-Zamora, un católico deseoso de pasar por  progresista, ayudó a destruir el partido moderado de Lerroux y  expulsó del gobierno a la CEDA con manejos antiparlamentarios poco legítimos. Hubo de suspender las Cortes, y para rehuir el peligro de ser juzgado por la Diputación Permanente,  convocó elecciones anticipadas para el 16 de febrero de 1936. El Frente Popular se arrogó la victoria  en un clima de violencias, coacciones  y odios desatados, reconocido por el  propio Azaña: Los gobernadores (encargados de velar por la pureza del escrutinio) habían huido casi todos. Nadie mandaba en ninguna parte, y empezaron los motines». Los fraudes  han sido corroborados por  las memorias de Alcalá-Zamora recuperadas hace pocos años. Las votaciones nunca fueron publicadas, lo que agrava el carácter no democrático de aquellos anómalos comicios.

A partir de ahí, la Constitución y cualquier sentido de la legalidad cayeron por tierra, según muestran todos los testigos, incluido el socialista Prieto. Azaña constata,  apenas pasado un mes de las elecciones: “«Hoy nos han quemado Yecla: 7 iglesias, 6 casas, todos los centros políticos de derecha y el Registro de la Propiedad. A media tarde, incendios en Albacete, en Almansa. Ayer, motín y asesinatos en Jumilla. El sábado, Logroño, el viernes, Madrid, tres iglesias. El jueves y el miércoles, Vallecas… Han apaleado a un comandante, vestido de uniforme, que no hacía nada. En Ferrol a dos oficiales de artillería; en Logroño acorralaron y encerraron a un general y cuatro oficiales. Creo que van más de doscientos muertos y heridos desde que se formó Gobierno, y he perdido la cuenta de las poblaciones en que se han quemado iglesias y conventos. Con «La Nación» (periódico de derechas) han hecho la tontería de quemarla». Para Azaña, aquellos incendios no pasaban de tonterías.

Y era solo el comienzo. En cinco meses el paro subió en flecha, más de 300 personas fueron asesinadas o murieron en disturbios, fueron quemadas cientos de iglesias, así como sedes y periódicos de derechas, registros de la propiedad, etc. Alcalá-Zamora fue destituido ilegalmente y con la misma ilegalidad se despojó de numerosos escaños a las derechas. La justicia pasó bajo el control de los sindicatos. Los gritos de “Viva Rusia” o “Viva la República” se oponían a los de “Viva España”. En las Cortes se proferían amenazas de muerte a los líderes de la oposición, hasta llegar al asesinato de Calvo Sotelo.  La ley no protegía a la mitad, al menos, de la población, que defendía la unidad de España y el cristianismo y que, en palabras de Gil-Robles, no se resignaba a morir. Las izquierdas y separatistas parecen haber creído siempre que la democracia consistía en que mandaran ellos, sin importarles los medios ni las consecuencias.

Resumiré, en fin, los golpes sucesivos que desde el gobierno y desde la calle aniquilaron la ley y los elementales principios de convivencia, creando un proceso revolucionario: la quema de conventos,  bibliotecas y escuelas, las insurrecciones anarquistas, una Constitución solo a medias democrática, la Ley de Defensa de la República, el golpe de Sanjurjo, el rechazo izquierdista a la decisión de las urnas, la subversión cuajada en la revolución del 34, la campaña de falsedades sobre la represión de Asturias, los manejos ilegítimos de Alcalá-Zamora, las elecciones fraudulentas de 1936 y el arrasamiento final de cualquier norma democrática por el Frente Popular. La consecuencia fue  la guerra civil, emprendida por las izquierdas en 1934 y reanudada en 1936 debido a la destrucción de la legalidad. Se dieron entonces los dos factores señalados al principio: abuso sistemático del poder  por las izquierdas y separatismos, y un sector del pueblo fanatizado por doctrinas utópicas e irreconciliables, que rechazaba la propia ley republicana.

Me importa señalar que no se trata de una interpretación más de la historia, sino de la que mejor casa con los hechos conocidos y los explica. Pues, por más que ha levantado irritación en ciertos medios políticos y académicos, nunca hasta ahora ha sido rebatida.

Segunda crisis histórica

Hoy nos hallamos de nuevo ante una profunda crisis democrática, nacional, moral y económica, con semejanzas y diferencias con la de los años 30. En cuanto a las diferencias,  no existen unas violencias desatadas como entonces, aunque los odios aumentan y la violencia terrorista ha sido una constante, debido al mal tratamiento de ella por los gobiernos. La semejanza clave consiste en la progresiva destrucción de la legalidad  constitucional, acelerada en los últimos ocho años, que trataré brevemente.

La transición de la ley a la ley, es decir, de la legitimidad franquista a la democrática, fue  bastante fácil gracias al legado del franquismo: una sociedad próspera y, sobre todo, reconciliada, olvidada de las furias que habían destrozado la república. Luego también se reconciliaron los partidos y políticos, pero lo hicieron sobre equívocos peligrosos. El peor,  la identificación de antifranquismo y democracia, convirtiendo en demócratas por excelencia al PCE  y a la ETA. Y los demás antifranquistas se identificaban con el Frente Popular, presentándolo como abanderado de la libertad. Esta doble falsificación, ideológica e histórica, con proyecciones políticas del mayor alcance, pudo asentarse porque la derecha renunció a la lucha de ideas, refugiándose en un torpe y romo economicismo. Desde entonces la democracia ha sufrido cuatro grandes plagas: el terrorismo, una corrupción y derroche  rampantes, los separatismos y la degradación de la  justicia. Pues bien, todas esas amenazas y peligros han procedido, nuevamente, del conglomerado antifranquista. Y no es casual.

Así, la reconciliación de los políticos sobre base falsa generó una perturbación de la democracia, visible en una Constitución ambigua y en parte incumplible, elaborada, con oscurantismo y maniobras al margen de las Cortes. Después, los errores iniciales no se corrigieron, sino que se han ido agravando hasta llegar a la depresión actual.

En los años 30, el peligro mayor para España era el revolucionario y el segundo el separatista. La caída del Muro de Berlín ha alejado el revolucionario, pasando a primer plano el segundo. Al comenzar la Transición, el separatismo era irrelevante, pero desde entonces ha crecido por tres vías: el desleal e inconstitucional uso del poder autonómico para adoctrinar contra España desde la escuela; la no menos ilegal inhibición del poder central ante tales desafueros; y el terrorismo de  la ETA.

Sobre las dos primeras vías no hará falta extenderse, porque saltan demasiado a la vista, incluyendo la degeneración de la justicia, reflejada en un Tribunal Constitucional cuya misión, se ha dicho, consiste en hacer constitucional lo que es anticonstitucional. En definitiva, los gobiernos regalaron a los separatistas los medios económicos, mediáticos y de enseñanza con los que socavar la nación española. Pero casi nunca se ha analizado  la influencia corrosiva de la ETA.

Cuando comenzó a asesinar en 1968, la ETA recibió apoyo moral, propagandístico y material de gran parte del clero vasco  y no solo vasco, de la oposición antifranquista, de  parte de la prensa bajo el mismo franquismo, de los regímenes argelino, castrista y, sobre todo,  del francés, que obsequió a la ETA un santuario desde donde atentar impunemente. En muchos países europeos, la simpatía por los asesinos se manifestó estruendosamente con motivo del juicio de Burgos en 1970 y de la ejecución de varios terroristas en 1975.  La ETA llegaba al posfranquismo semidesmantelada, pero con el marchamo de antifranquista por excelencia junto con el Partido  Comunista y, por tanto, de “demócrata”. El País  y otros centros de opinión y poder insistían en que no debía tratársela como el grupo de pistoleros que era, sino ofrecerle  una “solución política”, aparte del acoso policial. La “salida política” implicaba aceptar el asesinato como un modo de hacer política. Un cambio de régimen suele acompañarse de una amnistía que facilite la nueva andadura, pero la amnistía a los etarras no fue una concesión del gobierno de UCD sino que fue arrancada a este por la presión de movilizaciones callejeras en Vascongadas y de los simpatizantes de la ETA en Madrid y Barcelona. Lo cual desprestigió al gobierno y fortaleció a los terroristas.

Así,  la banda criminal pudo rehacerse con rapidez y convertirse, gracias a la “salida política” en una plaga espantosa para la legalidad democrática. Los separatistas no violentos en Vascongadas y Cataluña  vieron una excelente oportunidad para “recoger las nueces” presentándose como alternativa a la ETA, a cambio de lo  cual el gobierno debía ceder más y más competencias, so pretexto de “quitar base” a los radicales. Y la UCD, luego el PSOE y el PP, las cedieron en un camino hacia la disgregación del país.

Probablemente aquella “solución política” ha sido la política más nefasta, no solo por impulsar los separatismos, sino por su permanente erosión del estado de derecho,  de la ley. Como he analizado en Una historia chocante, esa línea solo cambió, aunque no del todo, con  Aznar, y con espléndidos frutos. La ETA fue acosada y frustrados casi todos sus atentados, ilegalizadas  sus terminales políticas y mediáticas, rebajada su influencia popular en las Vascongadas. El Pacto Antiterrorista pareció asegurar que el PSOE también pasaba por fin a defender la ley  democrática.

Pero fue una ilusión. El PSOE volvió al poder explotando de forma ilegal el más sangriento atentado de la historia de España, todavía no aclarado. Y a continuación convirtió el Pacto antiterrorista en Pacto con los terroristas: no solo recobró la vieja línea de la salida política, sino que la convirtió en colaboración con los asesinos, a quienes premió legalizando sus terminales, que pasaron a recibir dinero público y a hacer una intensísima agitación política; les facilitó el censo de domicilios de los ciudadanos;  les dio proyección internacional en el Parlamento europeo y otros foros; trató de  silenciar y desacreditar a las víctimas directas de los asesinos; alentó unas nuevas autonomías, empezando por Cataluña, que dejaban en marginal la presencia del estado en las regiones; de paso extendió la corrupción entre políticos y jueces y  disfrazó de “proceso de paz”, injuriando a la inteligencia, estas y otras ilegalidades delictivas contra la Constitución y la unidad de España. He expuesto las causas de tales felonías, que han cuarteado la legalidad democrática: el PSOE comparte con la ETA demasiadas cosas. Ambos son socialistas, antifranquistas viscerales, se llaman “progresistas”, tienen una idea negativa de la historia de España, que en la ETA se muestra en agresividad feroz y en el PSOE en indiferencia por la unidad nacional. Y enemigos de Montesquieu.

Zapatero ha causado una involución antidemocrática, cuya concreción legal, es decir, ilegal, ha sido la ley de memoria histórica, totalitaria desde su misma concepción, pues intenta imponer una determinada versión del pasado. Al tratar de ilegitimar el franquismo, esa seudoley  ilegitima la transición, la monarquía y la democracia salidas de él. Intenta volver a la “ruptura” querida por las izquierdas y los separatistas después de Franco para enlazar con el Frente Popular, que ellos confunden con la república. Pues recuérdese que fue dicho frente el que dio el golpe de gracia a la ley republicana.

Los defectos iniciales de la Constitución pudieron haberse corregido, y con Aznar se emprendió  el camino con vacilaciones pero los últimos gobiernos socialistas han convertido la ley básica en papel mojado, gracias también a la ausencia de oposición real por parte del PP. España ha evolucionado negativamente hacia un estado dominado por una casta política corrupta que controla todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, que puede permitirse impunemente arruinar el país, mentir desaforadamente, colaborar con el terrorismo y asolar el estado de derecho.

Este proceso ha sido denunciado desde el principio por algunas personas, entre las que me cuento. Pero la denuncia  no ha surtido el efecto natural de impulsar una movilización que frenara el abuso de los partidos y la devastación de la ley.  El descontento social no ha cuajado en una alternativa viable y fiable, y la rebeldía civil de los primeros tiempos de Zapatero fue manejada y conducida  a la nada por el partido de Rajoy, más interesado en mantener un reparto de poder tan beneficioso para los grandes partidos como perjudicial para el país. Todo ello revela un envilecido estado moral de la sociedad, manifiesto en muchos otros síntomas como una auténtica colonización por el inglés, una gibraltarización del país  contemplada con asentimiento bovino por la mayoría, el  botellón juvenil, la telebasura, los índices de fracaso matrimonial y familiar, de fracaso escolar, de expansión de las drogas,  alcoholismo, aborto, violencia doméstica, delincuencia y población penal, prostitución, etc.  Una sociedad capaz de elegir a personajillos como Zapatero demuestra una grave decadencia. Sociedad, además, envejecida y por tanto con menos capacidad de reacción, con un bajo índice de nacimientos que puede hacer quebrar la Seguridad Social entre otras cosas.  La observación general y de las elecciones parece indicar  una generación sumida en un hedonismo pedestre ya insostenible, en la apatía, la confusión y una despreocupada ignorancia, empezando por ignorancia de la propia historia, que suele llevar a repetir lo peor de ella, como indicaba el filósofo Santayana.

Con ello abordamos la cuestión generacional. La generación actual se ha educado en la aceptación de una triple corrupción, intelectual, económica y sexual, presentada como propia de la democracia. y estas son las consecuencias. Dado el agotamiento de los partidos surgidos de la transición y la ausencia de alternativas, no se vislumbra una solución racional y activa, sino una descomposición aún mayor. Observaba el historiador Vicens Vives que en la historia encontramos generaciones vitales y creativas, y otras apagadas y mortecinas. La actual parece de las segundas, pero, por supuesto, nada es definitivo y no cabe perder la esperanza de que el panorama vaya aclarándose antes de que sea demasiado tarde,  y que de la crisis no salga España desbaratada, sino fortalecida.

La crisis de los años 30 fue mucho más dura que la actual en todos los sentidos, y además se prolongó desde 1933, año del  rechazo de las izquierdas a la decisión de las urnas, hasta 1947 o 48, cuando el maquis, que intentaba resucitar la guerra civil, quedó vencido. Quince años llenos de riesgos e incertidumbres con una guerra de casi tres años, una guerra mundial que estuvo muy cerca de arrastrar y engullir al país, varios años de hambre y escasez causados por las circunstancias bélicas europeas y luego por el injusto aislamiento internacional, además del citado maquis. Y sin embargo  aquella generación fue capaz de afrontar tan duras pruebas y salir adelante, inaugurando la época  de paz más larga y fructífera vivida por España en dos siglos, y que ha continuado, aunque cada vez menos fructífera, hasta la crisis presente. A esa generación le debemos mucho todavía, y sin embargo ninguna ha sido más injuriada y calumniada, un indicio de la miseria moral presente.

En los años 30 pudo  haberse ahorrado la guerra si los partidos de derecha hubieran obrado con más energía y acierto o si la izquierda y los separatistas hubieran aprendido la doble lección de su derrota electoral en el 33 y de su derrota armada en el 34. Como nada de ello sucedió, la colisión se hizo forzosa. Entonces salió a la luz un sector importante de la sociedad que mantenía  unos valores, salud social y sentimiento patriótico  que la capacitaron para rebelarse contra la aniquilación del país y de su cultura cristiana. En la misma izquierda hubo un Besteiro  y algunos más que, al menos de forma testimonial, salvaron algo de  la honra de sus partidos. Hoy no percibimos algo así en una casta política a la que podrían aplicarse los dicterios de Azaña a sus republicanos. No puede ser más evidente  la devastación producida desde Suárez por la renuncia a las ideas, a la verdad histórica y a unos principios morales en política.

 Historia y literatura

Y es aquí donde entra el tema de la novela Sonaron gritos y golpes a la puerta, que ya desde el título expresa la situación creada después del 18 de julio de 1936.  La novela no fue planeada para reivindicar aquella generación, pues no es una novela de tesis, sino histórica, que transcurre entre 1936 y 1946. Pero la reivindicación surge espontáneamente por el contraste con la actualidad.

Hay que decir que la literatura, el cine y el arte en general, modelan más la opinión pública que los estudios históricos, algo que la izquierda descubrió desde muy pronto y que la derecha ignora o carece de talento para competir. Por eso tanta gente traga  bazofias como la serie de televisión Cuéntame o Amar en tiempos revueltos, o una literatura de tres al cuarto, pero muy efectiva por cuanto no encuentra oposición.   Sonaron gritos… podría cumplir un papel en contra de esa avalancha a condición de que encontrase suficiente difusión y, sobre todo, que su calidad fuera buena.  La difusión no depende de mí,  y los grandes medios de masas y suplementos literarios han hecho a la novela un vacío casi absoluto, como a mis otros libros. En cuanto a la calidad,   no sonaría muy convincente que yo les contase las bondades de la novela. Sí he procurado huir del costumbrismo, y los personajes no son tópicos ni típicos, sino fuertemente individuales, no corrientes pero tampoco inverosímiles. Sus aventuras, situaciones y destino, en cambio recuerdan a los de muchos miles de jóvenes y no tan  jóvenes de la época. Una novela histórica corre dos peligros: que la historia se coma a la ficción, quedando un mal libro de historia y una mala novela, o que la ficción se coma la historia y, por ignorancia o prejuicios del autor, el trasfondo histórico quede  en exceso distorsionado, como pasa tan a menudo. Mantener el equilibrio es difícil, y no me corresponde decir si lo he conseguido. Pero citaré algunas opiniones expuestas libremente en diversos blogs de internet, sin las  servidumbres  comerciales y editoriales que a menudo subyacen a  las reseñas de los periódicos de mayor tirada.

Extracto de la bitácora de Aquilino Duque, Premio Nacional  de Literatura, Premio Fastenrath de la Real Academia, premio Leopoldo Panero de poesía y otros, que  reseña, bajo el título “Una novela dantesca”: “Al lector familiarizado con Moa no puede sorprenderle el documentado conocimiento de una época; lo que sí le sorprende es su inventiva. Eso le permite enfocar la tragedia española y mundial  con una visión dantesca en tres grandes cantos, dos de los cuales no hay inconveniente en caracterizar como Infierno y Purgatorio. El tercer canto no es menos grande, pero identificarlo con el Paraíso sería excesivo en un hombre de poca fe como lo es el personaje a través del cual habla el narrador. Esos tres grandes episodios son la guerra civil en Cataluña entre el anarquismo desenfrenado y la quinta columna, la arriesgada gesta de la División Azul y la represión en Galicia de las guerrillas comunistas. 

   “Gritos y golpes no es una historia de buenos y  malos. Buenos y malos hay en ambos bandos, sobre todo si se tiene en cuenta la complejidad de los personajes y las situaciones. No quiero decir con esto que el autor se ponga en el fiel de la balanza o por encima del bien y del mal. Ese embeleco de la “tercera España” en la que algunos hemos caído alguna vez no va con él. El personaje que lleva el hilo conductor del relato es un adolescente, Alberto, que presencia el sacrificio de los suyos del que escapa de milagro y sobrevive gracias a un amigo, Paco, que lo arrastra a toda suerte de aventuras de alto riesgo. Paco es, más que el narrador, el gran motor del relato y, como casi todos los que desfilan por sus páginas, presenta profundos claroscuros, unos claroscuros dignos de personajes de novela rusa. Es imposible interrumpir la lectura de esos tres grandes episodios del relato, no ya por la inventiva de la intriga, que es trepidante siempre, sino por esa complejidad de los personajes que a veces raya en lo paradójico. El nudo del drama, que es el que se desarrolla en Rusia, es el que más abunda en estas situaciones en que el amor y la muerte se confunden en un estrecho abrazo. Por otra parte, la descripción de los combates en el sitio de Leningrado está a la altura por su conocimiento del terreno, de la táctica militar y de la psicología del combatiente, de algunas de las mejores páginas de Galdós en sus Episodios.
Obra en mi opinión divina, / si encubriera más lo humano, decía Cervantes de La Celestina. Otra de las razones por las que no es posible graduar de divina esta novela es porque en ella no hay nada humano sobre lo que se corra un velo. La mayor ruindad y el mayor heroísmo van juntos, lo mismo lo delicado y lo escatológico, y nadie es bueno o es malo por pertenecer a un bando o a otro. Tampoco cabe hablar aquí de tragicomedia, como en el caso de Calixto y Melibea. La calamidad del siglo XX no fue comedia como no fue divina, pero sí tuvo, en el caso de España, un final feliz. Al menos ese parece ser el punto de vista del narrador, y desde luego lo es del que suscribe. La gran enseñanza de la  obra no está en la moraleja dialogada, sino en los hechos y  los comportamientos. En cambio, por poner un par de ejemplos, tenemos al tío Narcís, catalanista, logrero, que trafica en objetos sagrados, se hace llamar Narciso al recauchutase oportunamente como los neumáticos de la época y hace su agosto con el estraperlo; o el párroco gallego que por “mala conciencia” es cómplice y encubridor de terroristas o guerrilleros o partisanos o como se les quiera llamar.
“La novela tiene estructura de drama, y su planteamiento, su nudo y su desenlace guardan curiosa correspondencia, salvando las naturales distancias, con los tres cantos de la Divina Comedia, de ahí que la califique de dantesca, como dantesco fue el marco histórico en el que se desarrolla. Tiene un epílogo en el que se resume una época como la nuestra sin valores, sin ilusiones, sin grandes esperanzas en la que la edad heroica por excelencia, que es la juventud, confunde el heroísmo con la heroína. Por eso yo creo que donde el relato se cierra de verdad es en la sorprendente anagnórisis cuasi póstuma en la que se ata el cabo que quedó suelto en la terrible escena inicial. Sólo entonces encuentra el protagonista  una respuesta a muchos enigmas de su condición humana. 

   “La prosa de Moa no es una prosa para pocos, sino para todos.  No les hace ascos a las masas, porque en el fondo y en la forma es un proletario; un proletario, eso sí, con ojos muy abiertos que descubren la perfidia sinuosa que encubre la grandilocuencia humanitaria, de cuyos mismos recursos dialécticos se vale para desenmascararla”.

Isabel Hernández, profesora de instituto, dice a su vez: Increíblemente buena novela de guerra, con el nexo del episodio del comienzo y la estupenda amistad de los dos protagonistas. Narración ágil, acción sin desmayos, conocimiento de tácticas de guerra y con la sensación de conocer también el terreno. Los personajes secundarios son muy buenos: Crates, Diego, el teniente Larumbe y otros mandos de la División Azul (El Zapatero, Saavedra).Esta segunda parte es la que más me ha gustado. Una gran novela de guerra o de aventuras en la guerra. Creación de caracteres masculinos extraordinaria. Paco es el mejor de todos, se parece a los héroes de Grecia. Sentí que lo matara. Berto muy humano. Todos los secundarios son soberbios, excepto las mujeres. Solo me gustó Pilar,  la madre de Paco.  El Epílogo me parece genial. Para ser buen novelista también hay que ser poeta y a lo largo de la novela se palpa.

El escritor Luis Segura, en su bitácora La cueva de los libros opina: Es una de las mejores obras de ficción, si no la mejor, en lo que llevamos del siglo XXI.   Los hechos los cuenta el protagonista, un profesor de filosofía retirado en los últimos compases de su vida, que, tras la muerte de su mujer, siente la necesidad de poner en orden sus recuerdos y contar su historia. Su lectura me ha evocado la obra maestra de Tolstoi, Guerra y paz. Quizá sea la exquisitez con la que intercala pasajes de amor y de guerra, aunque aquí vemos pocas cortes y todos los personajes viven bajo la sombra de la guerra. Pero también me ha parecido encontrar la idea de Tolstoi de que, quizá, la Historia esté dominada o dirigida por leyes o fuerzas cósmicas sobre las que el ímpetu de los hombres nada puede: “Una noche tuve algo así como una visión: miles de trenes cruzaban Europa con millones de soldados hacia la lucha mortal con otros millones, movidos por la voluntad de unos pocos hombres refugiados en castillos inaccesibles, incapaces de calcular las consecuencias y empujados a su vez por fuerzas difusas, cósmicas, de las que ellos no eran conscientes. Aquel choque colosal alumbraría un nuevo mundo, quizá horrible, y nosotros constituíamos un infinitésimo de aquella fuerza titánica”. Más tarde señala: Las tertulias en Madrid vividas por el exdivisionario son una espléndida fotografía de la época histórica y de las opiniones del momento, en las que una libertad práctica permitía a algunos rechazar el régimen franquista y desear desde una ocupación aliada hasta la vuelta del comunismo.  

Para Miguel Ángel Fernández, ingeniero: La novela ofrece un impresionante cuadro de la guerra civil en Barcelona, la campaña de Rusia y la postguerra narrados con un estilo muy personal. Describe los hechos y sentimientos más complejos en pocos trazos, con precisión de cirujano. Hasta el más paciente de los lectores se siente tentado a saltarse párrafos e incluso páginas de indiscutibles obras maestras, digresiones de Stendhal, reflexiones de Victor Hugo en medio de un apasionante relato, pero es casi imposible encontrar un párrafo inútil en Sonaron gritos. Es un monumento a la concisión. Sirva de ejemplo la relación entre Paco, Alberto, Iliena e Irina, una historia de amores, odios, celos, rivalidades, desapegos y venganzas que el autor resuelve en pocos párrafos y a la que muchos narradores le habrían dedicado varios capítulos.

Luis del Pino, a quien conocerán todos,  un poco en contraste con Aquilino Duque, la ha encontrado una novela “hermosa y delicada”: Que nadie espere una visión maniquea sobre la guerra. A través de las páginas de la novela van desfilando personajes que dejan claro que la maldad y la bondad son cosa de las personas individuales, más que de los bandos. Y que el idealismo, la capacidad de sacrificio o la compasión son pulsiones que nacen del corazón de cada persona, y no un producto de las ideologías. El autor trata a sus personajes, hasta los más despreciables, con un enfoque en el que los tintes heroicos o abyectos se funden en los contornos humanos, dando como resultado caracteres creíbles, de carne y hueso, en los que el mal y el bien conviven, a veces de forma indiscernible. Es esa desengañada compasión la que transforma en elegía la historia. Elegía por unos ideales muertos, por unos amigos muertos, por un pasado que se antoja casi irreal. Y a pesar de todo, por debajo o por encima de ese llanto, late en la historia la pulsión de la vida, en la que el humor y el amor conviven codo a codo con la tragedia, justificándola y trascendiéndola.

Una lectora que firma ZGZNA comenta : “He leído Sonaron gritos y golpes a la puerta  y, por desgracia, ya la he acabado. Ha sido un placer para mí sumergirme en las páginas de esta novela que cumple tan bien el precepto clásico de “docere et delectare”. Una novela, sobre todo, de acción – llevada magistralmente por el narrador – y de reflexión – puesta en boca de los personajes. He ido pasando sin esfuerzo por los escenarios tan diferentes y he ido aprendiendo de una manera distinta a como se aprende cuando se leen sus libros de historia o sus blogs. Se aprende de un modo más “vivencial” porque se está dentro del propio escenario y una se puede hacer mejor a la idea de la envergadura de lo que en esos momentos estaba ocurriendo.    Y me ha pasado algo curioso: la parte  que más me ha gustado es la de Rusia. Y digo que es raro porque yo no soy aficionada a la literatura bélica. Leí en la carrera los libros de épica que entraban en el programa y ya está. Temí que esta parte me cansara un poco pero, lejos de cansarme, es – para mí – la parte más especial. Tiene un “algo”, una magia, el aliento heroico de unos soldados que son héroes pero a la vez son seres humanos con todos sus matices y su complejidad, lejos de los arquetipos heroicos conocidos, que luchan en unas circunstancias extremas cuya dureza no se oculta a los ojos del lector. Y el paisaje; en literatura, el paisaje ruso siempre me ha resultado subyugante. Lo mismo me pasa en esta novela. El narrador refleja con unas pinceladas precisas, acertadas y matizadas, esos ambientes fríos, esos cielos cambiantes e inmensos, la nieve, el hielo… Y de vez en cuando, mezcla la belleza del paisaje con la crudeza de la guerra: por ejemplo, esa cabeza de caballo helado que se asoma cuando atraviesan el río helado.  Contrastes terribles donde la belleza, el heroísmo, la crueldad y la muerte se entrelazan. Cabe destacar esa tremenda descripción del ambiente de la enfermería del frente.

    Y, en medio de tanto horror, ese “reducto del paraíso en medio del infierno” que hacen los cuatro – Berto, Paco, Iliena e Irina – en la dacha de ésta y que tan bien refleja el narrador con ágiles y precisas pinceladas antes de que sea destruido. Me recordó a las novelas de Turgeniev: aunque sean totalmente diferentes, cómo el autor ruso se recrea en reflejar climas de felicidad que luego el tiempo y las circunstancias destruyen. Y es que, como dice alguno de los personajes, “Lo que existe ahora no existía ayer. Lo de ayer no lo encontrarías en ningún lugar del universo, por mucho que buscaras”. No me extraña que el protagonista sienta nostalgia de Rusia, nostalgia por “La nieve, el barro y el fuego, por los bosques y pantanos, los sacrificios y el peligro constante, la acción extremada y penosísima pero con un sentido claro; al menos el sentido que le habíamos atribuido”. Hay dos momentos que añora el protagonista: el de Rusia y el de los Pirineos, los dos que a mí más me han subyugado.

   Por cierto, el narrador no tiene piedad por el lector: van desapareciendo todos los soldados de los que nos habíamos encariñado, reflejando así el poder devastador de la guerra. Pero es que ¡Hasta el pobre Crates! ¡Y después de haberse salvado ya una vez! Crates es, para mí, el personaje más entrañable y mi preferido. Me encanta ese diamante en bruto, con mucho sentido común y nada tonto, que absorbe todo lo que puede, aprende a leer e incluso saca su vena poética. Por cierto, son versos muy buenos. Y hablando de literatura, se agradece que los personajes hagan presente en sus diálogos al gran escritor cuya presencia sentíamos en esos escenarios: Dostovievski.   

     De los personajes masculinos me gusta que no responden a tópicos, son personajes redondos, complejos, con mezcla de luces y sombras. Me gusta que el autor no quiera moralizar ni con ellos ni con sus reflexiones. Los dos que me parecen más nietzscheanos son Paco y, sobre todo, Saavedra (No pude evitar acordarme del Rey Sancho II cuando muere); de ellos me gusta especialmente su sinceridad y la inteligencia brillante y poderosa del primero. Luis es el otro personaje que me gusta mucho: más Schopenhaueriano y Horaciano. Pero tanto el fuerte –Paco – como el frágil, Luis, se hunden bajo un peso que les supera.   Comentaré lo emocionante y trepidante del final de la primera parte y las dos grandes sorpresas que nos reserva el final de la primera y el final de la tercera en relación a la vida del protagonista ¡Qué bien nos sabe sorprender el autor! Hay dos alusiones a Baroja; no me extraña porque, como digo siempre, veo semejanzas entre los dos “Pío” aunque uno sea un hombre de acción y el otro, Baroja, no. Un inciso: cuando describe a los personajes de la pensión de Madrid, lo hace con un estilo tan barojiano que me parece que van a salir por allí Manuel y sus compañeros de pensión de La Busca.

En fin, hay otras muchas opiniones, en su mayor parte  favorables o entusiastas, pero no sigo por no aburrirles. Donde hay más discrepancias es en torno a los personajes femeninos. Para Luis Segura, “Las mujeres que recorren la novela,  Carmen, Luisa, Pilar, Mercè, Irina, Iliena, Eva o Lucía son unas cuantas, todas ellas con su carácter y personalidad particulares”.  En cambio ZGZNA opina que los personajes femeninos son planos y están construidos maniqueamente. Solo Iliena escapa un poco de esto, aunque tampoco mucho. Especialmente Carmen, la pobre víctima que se vacía de sí misma en eso que tanto les gusta a muchos de la abnegación (les gusta para otras, claro, no para ellos mismos). Como ejemplo pondré la primera vez que mantiene relaciones sexuales y que podría calificarse de una violación medio consentida; o la reacción tan inverosímil cuando le cuenta Berto su romance con Iliena”.  Isabel Hernández también cree que los caracteres femeninos están peor construidos que los masculinos, aunque se salva un poco Pilar, la madre de Paco y sus hermanas. En cambio otra lectora, Pilar Llorens, los encuentra mucho más interesantes: Pilar (la de la novela) es lesbiana y feminista y aparece  hosca y atormentada pero no mala persona. Los casos de Iliena e Irina me parecieron totalmente irreales, pero al volver a leerlos me di cuenta de que lo eran, pero a la manera de un sueño, para mí me recordaban un poco la leyenda de Tristán e Isolda, como una cosa fuera de la realidad una huida “al cielo” en medio del infierno, con el enloquecimiento de los dos amigos ante la belleza. Pero los dos grandes personajes son las hermanas Carmen y Luisa, que hacen un contraste extraordinario, la comunista y la “beata” que en un momento parece una arpía, la “liberada” y la moralista católica, y el destino de las dos, una llamada a desaparecer en Siberia y la otra consiguiendo su objetivo de crear una familia, aunque sea con alguien tan esquivo, tan aventurero y tan neura como Berto. Pero ¿acaso no suceden cosas parecidas en el mundo real? Carmen es el amor constante y Berto lo ve como su esperanza de salvación, mientras que Iliena despierta en él una pasión incontrolable: dos nuevas oposiciones llenas de sentido. Una siente dolor por Luisa y por Iliena, y un poco de fastidio por la tenacidad de la inteligente Carmen. Dejo aparte a Eva y a Lucía, por no extenderme. Para  Aquilino Duque: “Cada peripecia cobra además una profundidad insondable en cuanto aparece una mujer, unas veces como agente y otras como víctima del destino”.

Estas  opiniones, no siempre coincidentes, me hacen pensar que la novela no es del todo mala y que retrata pasablemente a una generación más vitalista y esforzada, menos confusa y  más capaz de afrontar los retos de la historia que la actual. Toda obra literaria tiene un componente ideológico más o menos patente, al margen de su calidad puramente artística, y creo, a partir de las reseñas expuestas, que Sonaron gritos podría desafiar a la literatura fuertemente ideologizada que hoy predomina sobre aquel pasado; y quizá ayudar a despertar una mayor vitalidad en la generación actual.

 

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Iglesia, franquismo y democracia / Masonería (VIII) De la Restauración a la II República

Blog I: Franco y Auschwitz / Hablar con el corazón/ Colón, ¿sabio sufí? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Me envía un amigo un artículo de  la revista  Alfa y Omega con este título: “De la insuperable contribución de la Iglesia a la Transición. IMPULSORA DE LA DEMOCRACIA”.

Comienza el texto:  “Pocos mitos modernos han calado tan rápidamente en la opinión pública como el de que la Iglesia fue aliada y cómplice del régimen de Franco, y que no vio con buenos ojos la llegada de la democracia. Sin embargo la Transición democrática fue preparada desde dentro  desde hacía muchos años, gracias a la labor discreta, pero eficaz, de los obispos españoles y de la Santa Sede”.

Uno tiene la impresión de que el autor desinforma a sus lectores, quizá porque él mismo esté mal informado. El régimen de Franco salvó directamente a la Iglesia del exterminio y, sí, la Iglesia fue un puntal del régimen durante la mayor parte de la vida de este. “Cómplice” en palabras del periodista.  Aunque Roma tardó en pronunciarse sobre la Guerra Civil, la mayor parte del clero y muchos obispos vieron desde el principio  con toda claridad lo que ocurría, y definieron la guerra como una cruzada en defensa de una Iglesia perseguida con saña increíble.  ¿Ignora esto el articulista? No lo ignora, pero lo suaviza así:  “No es de extrañar que la Iglesia viera la llegada de las tropas nacionales como una liberación”.  ¡Y tanto!  Pero luego nos cuenta: “Los obispos percibieron en el nuevo Estado una tendencia al totalitarismo que entonces estaba triunfando en Alemania e Italia. Se puede decir que la Iglesia fue la primera voz crítica con el nuevo régimen político”. ¿De veras? Hubo algún roce  por parte del ultra Segura, pero la jerarquía eclesiástica, por abrumadora mayoría fue “cómplice” de sus salvadores. Pues la Iglesia no solo fue librada del exterminio por los franquistas, sino que recibió a continuación privilegios y prebendas que muchos consideraron excesivos, introduciendo incluso normas que hoy nos parecen ridículas y entonces lo parecían también, por ejemplo en playas y piscinas o la prohibición del divorcio salvo previa apostasía del catolicismo. De hecho, la Iglesia se conformó como uno de los pilares del régimen, incluso el más sólido, y después de la guerra mundial fue defendido por el Vaticano negando que fuera un régimen fascista y afirmando que era simplemente católico. Por supuesto, hubo fricciones, pero no con el régimen, sino con algún sector de él, la Falange, y en esas fricciones fue la Iglesia y no la Falange quien se salió con la suya… gracias al gobierno

La actitud episcopal solo cambió después del Vaticano II y por presión y  maniobras desde Roma, cada vez más cerrada al diálogo con el franquismo y más abierta al diálogo con el marxismo, una experiencia de la que iba a salir bien escaldada. En España, la Iglesia –no toda ella, pero sí el sector dominante, o al menos el más activo–  protegió a comunistas, terroristas y separatistas, convirtió muchas iglesias en tribunas políticas y refugio de los mismos que habían querido exterminarla. No puede decirse que fuera ni una gran contribución a la democracia ni un pago adecuado a lo mucho, lo muchísimo,  que la Iglesia  debía, precisamente, al régimen de Franco.  Los motivos de esta extraña política –pues era pura y simple política, muy alejada de la predicación religiosa— los he expuesto en La Transición de cristal, que me permito recomendar al mal informado articulista.  Y los frutos  están bien a la vista: una interminable crisis de la Iglesia, vaciamiento de seminarios, decadencia de las órdenes religiosas y un confusionismo  que solo corrigió a medias  Juan Pablo II. ¡Ah! Y también cosechó la Iglesia  el conocido “agradecimiento” de sus beneficiados comunistas, terroristas y separatistas: la cosa no ha dejado de tener su lado justiciero.

Parece que el autor  quiere seguir por esa senda, lo que solo significa en la práctica hacer política poco democrática y falsear la historia. Algo difícil, porque la izquierda no dejará de mostrar al público aquella “complicidad” y despreciar, por oportunista y poco digna, la protección que recibió en su tiempo de la jerarquía eclesiástica (no toda, insisto).  Suponiendo, repito, que el articulista  escribe así por desconocimiento de los hechos, me permitiré recomendarle, nuevamente, La Transición de cristal, y también Una historia chocante.  O los trabajos, mucho más pormenorizados, de Ricardo de la Cierva  sobre esas derivas no tan democráticas como él cree o quiere hacer creer.

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Aproximación a la Masonería: DE LA RESTAURACIÓN A LA II REPÚBLICA

Tras un período intermedio, en 1875 el pronunciamiento de Martínez Campos y la labor previa de Cánovas del Castillo trajeron a Alfonso XII, hijo de Isabel II, y comenzó un período liberal respetuoso con la Iglesia y  mucho más tranquilo y fructífero, el de la Restauración. Se acabaron prácticamente los pronunciamientos. Con  mayor estabilidad España volvió a crecer económicamente y la sociedad a modernizarse, o “europeizarse”, como se decía, de forma lenta pero persistente. El problema mayor fue la Guerra de Cuba, verdadero cáncer que consumía a decenas de miles de soldados, la inmensa mayoría por enfermedades tropicales.

Y de nuevo tropezamos con masones en puestos clave, en esta contienda.  Lo fueron  José Martí, inspirador de la revuelta cubana y el filipino José Rizal, promotor de la filipina. El primero, en especial, encontró apoyo en la masonería de Usa, país que aspiraba a dominar las posesiones españolas en América y el Pacífico. Y también encontraron apoyos entre la masonería española. El Partido Liberal, dirigido por otro hijo de la luz, Sagasta,  entorpecía el esfuerzo de guerra español. Cánovas, partidario de mantener la lucha a toda costa, fue asesinado en 1897 por el anarquista italiano Angiolillo. La conjura al respecto es oscura, pero hay pistas. El asesino se relacionaba con el independentismo cubano a través del puertorriqueño Emeterio Betances, y había sido encubierto, en Madrid, por el republicano Nakens. Este y  Betances, posiblemente también Angiolillo, coincidían en su pertenencia a la Fraternidad, lo que sugiere una identidad de miras por encima de discrepancias particulares. Al año siguiente, Usa intervendría en la guerra, que terminó rápidamente con la pérdida de las últimas posesiones españolas en América y el Pacífico, es decir, Cuba, Puerto Rico, Filipinas y otros archipiélagos. Sagasta presidía entonces el gobierno español. El presidente useño que declaró la guerra, McKinley, también masón, seguiría la suerte de Cánovas en 1901, al ser asesinado a su vez por otro anarquista.

El Desastre del 98, causó en España una profundísima crisis moral cuyos ecos resuenan  aún hoy día. Cundieron versiones denigratorias de la historia de España.  La vieja propaganda francesa y protestante de la Leyenda Negra se popularizó, sobre todo entre los intelectuales. La hispanofobia dio auge a separatismos y regeneracionismos, al socialismo y al anarquismo. Aunque esas tendencias se detestaban entre sí, las unían tres puntos básicos: la concepción de España como una nación frustrada y de historia nefasta, “enferma” o “anormal”, como se decía;  una inquina radical  hacia la Iglesia; y la aversión extrema al régimen liberal de la Restauración. La defección de los intelectuales, en particular, dejó al régimen sin respaldo moral, lo que arruinaba su futuro  a plazo no largo. La masonería formaba parte de esa corriente.

Y volvemos a encontrar al citado Nakens encubriendo en Madrid, en 1906,  a Mateo Morral, autor del atentado de la calle Mayor, que dejó decenas de muertos y un centenar de heridos. El asesino quería acabar con la vida de Alfonso XIII y su esposa, que volvían de casarse en los Jerónimos. Se trató de una conspiración republicana-anarcoide que debía dar  la señal para un levantamiento que derrocase al régimen liberal e instaurase una república anarquizante. Su origen se encuentra en la llamada Escuela Moderna, donde trabajaba Morral y que había fundado Ferrer Guardia para “introducir  ideas de revolución en el cerebro de los niños”, a fin de “destruir la sociedad desde sus fundamentos”.  Ferrer predicaba una “revolución sangrienta, ferozmente sangrienta”, pues “si ha de salir de ahí la purificación de las conciencias, que corra la sangre a torrentes”. Lerroux, muy admirado por Ferrer y complicado  a su vez en el terrorismo de la época,  da en sus memorias interesantes pistas al respecto, que he tratado en Los personajes de la República vistos por ellos mismos. Casualmente Lerroux, Ferrer, Morral y Nakens eran masones. Nadie ignoró la relación entre Morral y Ferrer, cuyas prédicas exaltadas eran conocidas, pero Morral se suicidó al no poder escapar, y Ferrer salió indemne por insuficiencia de pruebas y protección de las logias, que también dejaron en casi nada  la condena a Nakens.

Tres años después, los grupos radicales, muy influidos por la retórica de Ferrer, promovieron la Semana Trágica de Barcelona, en la que las armerías fueron asaltadas e incendiados unos cien edificios, en su mayoría religiosos. Hubo 118 muertos y fueron ejecutados cinco responsables, entre ellos Ferrer Guardia. Inmediatamente se orquestó una campaña en toda Europa en protesta por la condena de Ferrer. En muchas ciudades de Europa  se alzó un clamoreo con manifestaciones, disturbios, decenas de heridos y algún muerto. Ferrer era exaltado como el “nuevo Galileo”, “pedagogo genial” “educador de España”, asesinado por “el clericalismo criminal y sus aliados militaristas” en “el país de la Inquisición”, y dicterios parecidos. El nacionalista catalán Cambó lo caracterizaba de  otro modo: “Aquel hombre inculto, grosero, cuyos méritos  consistían en haberse apoderado de la fortuna de una pobre vieja para consagrarse a una vida de holgorio y abrir una escuela anarquista, apareció como el símbolo de la virtud y la cultura. La España que lo había fusilado en cumplimiento de la ley aparecía como la España de la Inquisición. No hay que olvidar que Ferrer Guardia ocupaba uno de los lugares prominentes en la Masonería  y que la Masonería internacional tomó el affaire con el más grande entusiasmo”.  

El acoso al régimen de la Restauración fue realmente frenético desde todos los ángulos, con protagonismo subterráneo, pero indudable, de muchos masones introducidos en  diversos partidos, fundamentalmente de izquierda: socialistas, anarquistas, republicanos y nacionalistas catalanes y gallegos principalmente. Y ello a pesar de que no escaseaban los masones en los propios partidos oficiales, particularmente el Liberal,  por lo que hallamos de nuevo a hijos de la Luz en campos contrarios. Pero la tendencia principal de la Masonería iba contra el régimen, a menudo con auténtica furia, y  fomentaba y explotaba la Leyenda Negra en el exterior. La mejor estudiosa de la masonería española en el siglo XX, María Dolores Gómez Molleda (La Masonería en la crisis española del siglo XX), ha señalado cómo el Grande Oriente Español,  la organización masónica más fuerte por entonces, federada con la Gran Logia Española, derivada de la Gran Logia catalano-balear, era hostil al régimen liberal de la Restauración, y más conforme avanzaba el tiempo.

La mayor parte de la historiografía se ha recreado en subrayar los defectos de la Restauración, como el caciquismo, los manejos electorales, la escasa atención a la enseñanza, y similares. Sin embargo, en el balance general pesan mucho más sus aciertos: aseguró una considerable estabilidad que permitió un progreso acumulativo del país en todos los órdenes, recuperándose de las convulsiones anteriores; evitó la entrada en la I Guerra Mundial, que habría resultado desastrosa para España; fue un régimen de libertades en el que se desarrollaron partidos muy diversos, incluyendo los más antiliberales o totalitarios, que participaban en las elecciones y ganaban puestos en los ayuntamientos y en las Cortes; y tenía un carácter evolutivo que permitía enmendar progresivamente sus defectos.  No obstante,  el terrorismo contra él se hizo endémico, siendo asesinados varios de sus mejores políticos, como el citado Cánovas, así como Canalejas y Dato, escapando por poco Maura y el rey Alfonso XIII; en 1917, las fuerzas antirrégimen se concertaron para una intentona revolucionaria, que fracasó. Finalmente, en una crisis extrema, el general Primo de Rivera dio un golpe para frenar   el desbarajuste. Su dictadura, muy poco dura, se mantendría siete años escasos, contó con la colaboración de los socialistas, acabó con las agitaciones y el terrorismo, frenó fácilmente y sin sangre a los separatistas, anarquistas y comunistas, aunque permitió su propaganda; y modernizó al país con más rapidez que nunca. La masonería perdió peso, sin desaparecer.

Un episodio significativo de la época fue el intento de invasión de separatistas catalanes desde la localidad francesa de Prats de Molló, en 1926,  frustrado de forma un tanto irrisoria. La dirigió el antiguo teniente coronel del ejército español Macià, propenso a entenderse con los comunistas. Importó menos la intentona que su continuación.  Las autoridades francesas arrestaron a los “almogávares”, como los llamaba Macià, y a este mismo, a quienes permitieron desusadas libertades, como que el propio Macià pasara revista a los suyos  y les arengase a luchar hasta la muerte, repitiendo los “almogávares” “¡Hasta la muerte! ¡Hasta la muerte!”, cuando se habían dejado detener sin resistencia  por unos cuantos gendarmes. El juicio posterior  se convirtió en un fenomenal acto de propaganda gracias al abogado Henri Torrès, que reaparecerá ocho años más tarde en otro ilustrativo complot. Se trataba de convertir a Macià en un héroe papel al que se prestó bien el líder separatista, muy jaleado por la prensa francesa. Afirmó que Cataluña era una “nación esclava” considerada por España como “país conquistado y última de sus colonias a explotar”. Seguía: “Nuestro ideal democrático  y de libertad no se aviene con el de la España atrasada que durante la guerra mundial soñaba con la victoria de los enemigos del derecho y la justicia”. De nuevo salió el tópico de la España atrasada, inquisitorial y oscurantista. El exmilitar halagaba a los franceses con la idea de una Cataluña amiga eterna de Francia, aunque esta imponía un centralismo mucho más rígido que España. Buen actor, preguntó con dramatismo al tribunal: “¿Qué sería una juventud sin rebeldía? ¿Qué sería una vida sin dignidad?”. Fue condenado a dos meses de cárcel, que ya había cumplido, y después, en vez de preparar otra aventura con la juventud rebelde, se fue a Hispanoamérica  a recoger medios económicos entre los catalanes adinerados. El suceso viene a cuento porque tanto Macià como Henri Torrès eran masones, lo cual les facilitaba mucho, evidentemente su agitación en un país donde la masonería tenía gran peso político.

Otro hecho relacionado con la Fraternidad, una trama para secuestrar y posiblemente asesinar a Primo de Rivera, lo relata Juan Simeón Vidarte, masón ferviente y casi el único que da cuenta de la constante intromisión de la sociedad secreta en la política de entonces. Por contraste, Martínez Barrio, que llegaría a los más altos grados de la orden, escribió unas memorias en las que la masonería casi no existe. Sobre algunas revelaciones de Vidarte, hechas con la mayor buena conciencia, seguiremos hablando.

No está claro que todos aquellos hijos de la luz obraran por consignas directas  y concretas de la jerarquía masónica, pero indudablemente lo hacían conforme a unas ideas generales bastante claras. Y queda el dato no irrelevante de que, de forma sistemática, encontramos a masones en puestos y sucesos clave de la época, nueva prueba de la extremada afición política de la Fraternidad.

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Descrédito de cierta historiografía / Masonería (VII): Del Trienio a la I República

Blog I: La gloriosa oposición antifranquista / El español, idioma bárbaro: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

***En Colombia: http://www.periodismosinfronteras.com/proteccion-al-totalitarismo-marxista.html

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Descrédito de cierta historiografía universitaria (En I. L, diciembre de 2004)

No me refiero, claro está, a toda la historiografía universitaria, sino sólo a la referida a la república y la guerra civil, cuya muy mediocre calidad intelectual y deontológica he podido comprobar fehacientemente, y ahora, por enésima vez, en un artículo de Javier Tusell, en El País, sobre el revisionismo histórico.

Tusell arremete especialmente contra César Vidal, José María Marco y un servidor, e incluye, sin venir mucho a cuento, a Tamames. El problema para Tusell es éste: “En España ha aparecido un revisionismo histórico en los últimos tiempos que siempre ha movido a la duda acerca de si merecía la pena dedicarle alguna atención”. ¿Duda? Ninguna. Tusell y otros de su cuerda le vienen concediendo la máxima atención. No la atención que uno esperaría de personas intelectualmente agudas y de espíritu liberal, sino más bien la de grupillos de poder con aspiraciones a monopolizar el cotarro, asustados por la competencia.

En cuanto a mis libros –los otros aludidos hablarán de lo suyos, si lo estiman oportuno–, las réplicas de Tusell y compañía nunca han pasado de exhortaciones a la censura, a sepultarlos en el silencio. El prestigioso historiador Stanley G. Payne, libre de las conocidas servidumbres de la universidad española, lo ha expuesto con precisión: “Quienes discrepen de Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales que afronta en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de una suerte de censuras de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática”.

A juicio de Tusell, el nefando revisionista “no parte de preguntas, sino de seguridades o de presunciones. No acude a fuentes primarias, sino a las secundarias que pretende elaborar con originalidad. Lo hace, sin embargo, con extravagancia, acudiendo a interrogantes inapropiados (…) suele magnificar el dato irrelevante para sus propios fines o tomar la parte por el todo. Huye de matices porque lo suyo es el dualismo maniqueo, la simplificación o la parcialidad”. Espléndida descripción inicial, cuyo único defecto es que no la demuestra en ningún momento. Son acusaciones por las buenas, simplemente, y que muy bien podrían aplicarse a su autor.

Por descender de la retórica a los hechos, yo he basado lo fundamental de mi investigación en los archivos del PSOE guardados en la Fundación Pablo Iglesias, en especial el archivo de Largo Caballero, en el Archivo de Salamanca y otros, en el diario de sesiones de las Cortes, en las declaraciones de los políticos en la prensa de la época, en los testimonios de los procesos… Es decir, lo he basado en fuentes indiscutiblemente primarias, como sabe muy bien todo aquel que me haya leído, en especial el libro Los orígenes de la guerra civil, el cual considero la clave del resto de mi obra. Si Tusell lo ha leído miente al decir lo que dice; y si no lo ha leído parlotea, y en ello se retrata, no precisamente como el intelectual serio por que pretende pasar.

La duda sobre si ha leído aquello que critica se acrecienta cuando describe así mis trabajos: “Moa empieza, por ejemplo, por considerar que la CEDA no era nazi, para llegar a la conclusión de que la Guerra Civil empezó por culpa de la izquierda en octubre de 1934. Pero, además, presume una conspiración desde comienzos de siglo de izquierdistas y nacionalistas y dice descubrir su capacidad destructiva… ¡en una sociedad secreta!”. Evidentemente, Tusell puede aplicarse a sí mismo lo del “dualismo maniqueo, la simplificación y la parcialidad” que achaca a otros; por no decir sin más que miente. Si algo queda perfectamente nítido a partir de las fuentes primarias del PSOE, que Tusell ignoraba y quiere seguir ignorando, es que en 1934 (70 aniversario este año) dicho partido se propuso, textualmente, organizar la guerra civil para implantar una dictadura proletaria. Sobre ello no puede caber la menor duda a nadie que, simplemente, quiera abrir los ojos. Y no sólo se propuso el PSOE la guerra civil, sino que la llevó a cabo, aunque fracasara, dejando la broma de 1.400 muertos en dos semanas. Y fracasó porque los obreros no le siguieron, salvo en la cuenca minera asturiana, y porque la CEDA, que desde luego era un partido moderado, contra lo pretendido años y años por la propaganda contraria, defendió entonces la legalidad republicana y las libertades. Algo muy parecido a lo del PSOE puede decirse de los nacionalistas catalanes de la Esquerra. ¿Llamaría Tusell a esto “datos irrelevantes y magnificados interesadamente”?

Por otra parte yo no hablo de culpas, pues, sean cuales fueren, debemos darlas ya por zanjadas. Lo que he procurado ante todo es hacer inteligibles los procesos, ideologías y falsos razonamientos que llevaron a la guerra, pues comprenderlos puede ayudarnos a evitar derivas parecidas. En cambio las condenas arbitrarias tan abundantes en los últimos tiempos sólo reabren las viejas heridas y odios, labor en que está empeñada ahora tanta gente, con una desvergüenza e irresponsabilidad que no suscita crítica alguna en intelectuales tan supuestamente escrupulosos como Tusell.

Sobre la “conspiración” y la “sociedad secreta”, o bien Tusell, una vez más, no ha leído mis libros, o bien no ha entendido nada de ellos, pese a concordar todo el mundo en que escribo con claridad. Nunca he creído en las teorías conspiratorias de la historia, pero es evidente que las conspiraciones han existido siempre y han tenido un papel. La “sociedad secreta”, la masonería, supongo, tuvo influencia de sobra comprobada en algunos sucesos y momentos históricos (en las primeras Cortes republicanas, por ejemplo, había más masones que representantes de cualquier partido). Pero una cosa es señalar tales hechos indudables –y no disimularlos, como hacen algunos historiadores–, y otra explicar el desarrollo histórico a través de conspiraciones masónicas, cosa que yo no he hecho en ningún momento.

Tusell, por tanto, necesita falsificar mis tesis (como otros muchos) para atacarlas, probando así la inconsistencia y carácter fraudulento de su crítica. Y aún más fraudulento y contradictorio resulta el hombre cuando justifica su retirada ante un debate intelectual con el patético argumento de que los libros revisionistas “en nada facilitan la convivencia”. Si esto fuera así, y precisamente por su peligro para la convivencia, Tusell y compañía deberían esforzarse en polemizar hasta hacer añicos las tesis de esos libros, máxime cuando gozan de tal difusión. ¡Pero hacen justamente lo contrario! Rehúyen el debate amparándose en exigencias académicas que, como acabamos de comprobar, no cumplen ellos mismos en lo más mínimo. Para colmo, no se les ocurre otra cosa que despreciar a los lectores, a quienes tildan de “público poco propicio a sofisticaciones”. Payne, Seco, Cuenca Toribio y otros más han hecho grandes elogios de mis libros. ¿Serán poco propicios a sofisticaciones? En fin, con tales argumentos entramos en el terreno de la puerilidad, también muy reveladora del “nivel científico” de tales críticos. La convivencia entre los españoles, señor Tusell, debe basarse, entre otras cosas, en la búsqueda y el respeto a la verdad histórica, y no en el mantenimiento de mitos convenientes para algunos grupos de presión.

¿Por qué extiendo al conjunto de la historiografía universitaria el descrédito que, en rigor, sólo corresponde a gente como Tusell? Por dos razones: porque son estas gentes quienes han marcado la pauta, han pontificado y dominado en ese mundillo durante muchos años; y porque otra gente mucho más valiosa ha mantenido una postura acoquinada, asustadiza y hasta reverencial ante los más gritones y descalificadores. El desprestigio de una institución no lo labran sólo los charlatanes prepotentes, sino también, y no menos, las personas de mérito pero escasas de valor moral para enfrentarse a aquellos resueltamente, con la razón pero sin falsos respetos. Si estos últimos tienen en cuenta lo que está en juego, es de esperar que encuentren los bríos necesarios para no inhibirse y disimular ante la superchería.

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Aproximación a la masonería (VI) DEL TRIENIO LIBERAL A LA I REPÚBLICA

También en contraste con los siglos anteriores, la propia España entró, como Hispanoamérica,  en un largo período de convulsiones, con tres guerras civiles (aunque solo la primera de gran intensidad) y decenas de pronunciamientos militares, en los cuales volvemos a encontrar a menudo a los hijos de la luz. Fernando VII,  llamado El Deseado aunque muy poco deseable, prohibió y persiguió a la masonería, sin lograr erradicarla. Por el contrario, no hay duda de que la infiltración en el ejército aumentó, y  en 1820 el pronunciamiento del masón Riego logró impedir  la marcha del ejército preparado para sofocar las rebeliones en América. El golpe  fue fruto de una amplia conspiración, centrada en Cádiz. En ella tomaron parte decisiva políticos masones, como el muy activo Istúriz, así como un muy probable agente de Londres, Mendizábal, suministrador del ejército y autor más tarde de una Desamortización que no fue expropiación sino expolio de bienes religiosos. Las guerras de independencia en América no se entienden sin el interés  de Inglaterra, que ejercía su influencia a través sobre todo de las logias. Probablemente muchos de los conjurados no deseaban la separación de la América hispana, sino que creían  ilusamente que con un golpe liberal los jefes independentistas se someterían, ya que también se proclamaban liberales. El pronunciamiento de Riego no tuvo éxito inmediato, pero al sumarse las guarniciones de Galicia, Barcelona y Madrid, el rey hubo de claudicar y aceptar la Constitución liberal de 1812, dando paso al Trienio liberal.

El Trienio, comenzado lastimosamente con una traición al país,   presenció una verdadera eclosión de círculos masónicos que Galdós caracteriza en  El Grande  Oriente como cuadrillas de una “hermandad utilitaria que miraba los destinos como una especie de religión y no se ocupaba más que de política a la menuda (…) de impulsar la desgobernación del reino (…) Un centro colosal de intrigas”. Como ocurría por lo demás en Hispanoamérica, desesperando al mismo Bolívar. Los liberales, parte de ellos hijos de la Viuda, empezaron a dividirse entre los moderados, defensores de una evolución tranquila y respetuosa con la Iglesia, y  los exaltados, que tomaban la Revolución francesa  por modelo y mostraban odio abierto a la Iglesia. Había masones en las dos ramas liberales. Los exaltados se escindieron a su vez en dos en tan corto período. El resultado recuerda al de América: alborotos y desórdenes, acabados a los tres años por la  intervención de los llamados Cien mil hijos de San Luis, entre quienes no debían de faltar masones a su vez, y reclutados por las potencias europeas para poner fin al caos español. Ricardo de la Cierva considera el Trienio como el primer apogeo de  la Masonería en España, siendo los otros dos el Sexenio Revolucionario desde 1868 y finalmente la II República de 1931 al 36. Se trata de una apreciación bien fundada, a mi juicio. En todos esos momentos la Masonería gozó de la máxima libertad para actuar y desarrollar sus planes, y se aplicó a ellos concienzudamente.

No hace falta extenderse aquí sobre los decenios posteriores a la muerte de  Fernando VII en 1833  hasta la Restauración en 1875. Fue una época inestable, en la que la masonería, teóricamente prohibida pero no perseguida, desempeñó un papel relevante. Volvieron los numerosos políticos y militares  masones exiliados por la persecución de Fernando VII después del Trienio, y engrosaron las filas liberales. Se produjo en el país una triple división: entre los tradicionalistas y los liberales por una parte, y dentro de los liberales entre los moderados y los exaltados. Una vez vencido el carlismo, habría otras dos guerras de ese tipo, pero mucho menores, por lo que serían las discordias entre unos liberales y otros las causantes de  la convulsión y el estancamiento del país. En las direcciones de las dos ramas liberales operaban masones, más destacadamente entre los exaltados, más tarde llamados progresistas, demócratas o republicanos. Las dos facciones liberales se turnaron, pero no pacíficamente, sino mediante  pronunciamientos que, si bien fallidos en su mayor parte, desestabilizaban el sistema. Fue el tiempo de los espadones, el primero de ellos Espartero, también muy probable masón,  ante la extraordinaria ineptitud y demagogia de los políticos de entonces. Los cuales no diferían demasiado de aquellos republicanos del siglo XX, tan duramente caracterizados por Azaña, ni de otros más recientes. El liberalismo exaltado se apoyaba en las numerosas logias del ejército, de las cuales salieron muchas intentonas de golpe militar.  De modo que, como ha estudiado el general Alonso Baquer en El método español del pronunciamiento, y contra una impresión muy popularizada, la gran mayoría de los pronunciamientos no tuvo carácter derechista sino extremista de izquierda.

El período desembocó en la Revolución de 1868, que se autodenominó Gloriosa a imitación de la inglesa de 1688,  y acabó con el reinado de Isabel II. En realidad se trató del enésimo pronunciamiento posterior a una conspiración aún más amplia que la que llevó al Trienio. El director del complot fue Juan Prim, masón y  uno de los políticos y militares más dotados de la época;  y el coordinador Sagasta, asimismo hijo de la Viuda, que tendría un gran porvenir político. Como en el Trienio de cuarenta y ocho años antes, esta revolución, que duraría seis años, tomó un tinte fuertemente anticatólico. Los masones se dividieron en unos cuantos grandes orientes  y grandes logias que reñían entre sí por dominar el poder, originando una verdadera  epilepsia política. Para ponerle fin, Prim buscó un nuevo rey, lo que provocó indirectamente la guerra francoprusiana de 1870, al desear cada potencia un monarca favorable a ella en España. La elección recayó en el italiano Amadeo de Saboya, también masón, y poco después Prim fue asesinado en una conjura en la que participaron otros masones de espíritu fraternal debilitado. Amadeo sufrió a su turno  un atentado, sin consecuencias graves y,  rodeado de Hermanos, se desesperaba por las intrigas y odios: “Yo no entiendo nada. Estamos en una jaula de locos”, lamentaba. Y salió del país poco menos que a escape.  La situación desembocó en 1873 en  la I República, que elevó el caos al delirio en medio de tres guerras civiles, una carlista, otra provocada por los cantones que querían independizarse y disolver al país en unas nuevas taifas, y otra en Cuba; y nadie gobernaba propiamente hablando. Uno de los presidentes, Figueras, huyó a París sin avisar a nadie, después de advertir, en catalán, que estaba “hasta los cojones de todos nosotros”.  En menos de un año hubo cuatro presidentes,  según Ricardo de la Cieva todos masones menos Castelar (no está claro el caso de este último). Finalmente el general Pavía terminó con la alucinada farsa  disolviendo las Cortes con un destacamento de guardias civiles.

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El peligro de Gibraltar / Masonería (VI) Destrucción del Imperio español

Blog I: Balance de una chusma política / Académicos / Blas Infante, profeta. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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En una reciente conferencia en el Centro de la Rioja, Guillermo Rocafort explicó cómo el paraíso fiscal de Gibraltar absorbe  el capital y seca la economía de la zona circundante (la wikipedia, señaló,  afirma descaradamente lo contrario), de modo que Cádiz es la provincia española con más paro. Dio gran cantidad de datos sobre los medios fraudulentos e ilícitos como el peñón se enriquece en perjuicio de nuestro país. Una colonia inglesa que a su vez está colonizando en gran medida España, una España que nuestros políticos se empeñan en gibraltarizar.

Pero hay otro punto al que no sobra prestar atención: el papel de Gibraltar en el fomento de los separatismos peninsulares. Durante años, Gibraltar ha albergado y pagado reuniones de separatistas vascos, catalanes, andaluces y otros, cuyo objetivo no hará falta explicar. Las reuniones solían tener lugar los 10 de septiembre, vísperas de la Diada. Y Gibraltar es Inglaterra, nuestra “aliada”. Tendría el mayor interés exponer esas actividades en concreto, pues a Inglaterra siempre le ha interesado la debilidad hispana (la independencia de Portugal fue en parte obra suya, el plan de  secesión de Andalucía en tiempos de Felipe IV, en coordinación con el portugués, iba a ser amparado también por una flota angloholandesa, y en la Guerra de Sucesión Londres intentó hacer algo parecido con Cataluña).

La colonia de Gibraltar nos convierte, en la OTAN y en la UE, en un “aliado-lacayo”. Cosa lógica cuando nuestra chusma política se empeña en desprestigiar a España de mil modos distintos.

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DESTRUCCIÓN DEL IMPERIO ESPAÑOL

Como vamos a comprobar, la masonería cobró  cariz patriótico en algunos países, pero parece claro que no lo hizo en modo alguno con respecto a España. Un libro divulgativo del jesuita filomasón Ferrer Benimeli explica en la contraportada: “La historia de la Masonería en España es, ante todo, la historia de su persecución”. Como veremos, no es lo que se dice una apreciación histórica muy próxima a la realidad.

La orden no aparece en España hasta principios del siglo XIX, aunque a lo largo del anterior algunos  ingleses y otros extranjeros fundaron logias, varias militares a partir de Gibraltar, que alcanzarían influencia en Andalucía. Pero en las logias del siglo XVIII apenas entraron españoles. Con cierta despreocupación por el rigor histórico, se ha dicho que el conde de Aranda o el mismo Carlos III eran hijos de la luz, solo por haber expulsado a los jesuitas. Pero no hay la menor prueba de su masonismo, más bien al contrario, y dicha expulsión revela, nuevamente, que no hace falta pertenecer a la orden arquitectural  para adoptar determinadas políticas.

El panorama cambió con la Guerra de Independencia, quedando como legado de ella numerosas fraternidades. Entre las tropas británicas y francesas –enfrentadas entre sí– abundaban las logias, las cuales se implantaron también en el ejército español (no deja de ser una ironía que Wellington, un masón, luchara  contra ejércitos franceses abundantes en  hermanos suyos de fe). El Consejo de Regencia relacionado con las Cortes de Cádiz  prohibió la masonería, mientras que el rey José, impuesto por Napoleón, fue el primer Gran Maestre de una masonería de  españoles, formada  para defenderle de los patriotas.

Entre tanto, el Imperio español  fue destruido en su mayor parte, y si el influjo  de la Fraternidad en las revoluciones useña e inglesa ha solido ser abultado  por encima de la realidad, en cambio no hay duda del carácter masónico que tomó  la lucha por la independencia en las posesiones españolas. Los  principales próceres de la rebelión, Miranda,  San Martín, O´Higgins, Bolívar, Sucre, Santander, Nariño, probablemente Hidalgo, Morelos y  otros,  fueron iniciados y fundaron  nuevas logias volcadas de  lleno a promover la rebelión, y lo hicieron seguramente con relaciones y apoyo de las fraternidades inglesa y useña, pues ambos países estaban interesados en aniquilar el Imperio español.  Francisco Miranda, el Precursor, entró en la masonería cuando colaboraba en Usa con los insurrectos antibritánicos. Desde entonces dedicó su vida a luchar contra España en América. Viajó por Europa, donde participó en las luchas de la Revolución francesa, para aprender cuanto pudiera serle útil a su objetivo y establecer amplias relaciones internacionales. Ya en 1798 fundó en Londres una logia llamada Gran Reunión Americana o, algo inapropiadamente, De los Caballeros Racionales.  Su objetivo era instruir y captar a personajes de algún peso político para encabezar en su momento la revuelta. Para entonces, Miranda estaba pensionado por el gobierno inglés, del que era, por tanto,  agente pagado. De sus Caballero racionales derivó la Logia Lautaro, extendida a Cádiz. El  nombre lo propuso el chileno  O´Higgins, por un caudillo araucano que luchó contra los conquistadores. A ella pertenecieron la mayoría de los jefes independentistas.  Debido a que estas sociedades se centraban en la conspiración política y prestaban menos atención a los rituales, algunos autores les han negado carácter “realmente” masónico, pero se trata de una matización irrelevante. Miranda y otros  se habían iniciado antes, y crearon las nuevas logias sobre el mismo modelo, aparte de que la Masonería siempre mostró avidez por la política.

El Precursor tenía aspiraciones de grandeza: unir la América española y portuguesa en un magno imperio hereditario llamado Gran Colombia en honor a Colón y  regido por un emperador titulado “inca”, por atraerse a los indios.  Pensó también en fórmulas republicanas.  En 1806 reclutó algunos mercenarios en los barrios bajos de  Nueva York, y con tres  barcos y apoyo inglés, intentó sublevar Venezuela. Casi nadie le siguió allí y tuvo que volverse a Londres. En 1808 planeó una nueva expedición, conectada con otra que preparaba Inglaterra al mando de Wellesley, futuro duque de Wellington, para atacar la América hispana. Pero entre tanto los españoles se sublevaron contra Napoleón, y Londres priorizó la ayuda a los sublevados, desviando a Wellesley a la península y frustrando así el proyecto de Miranda.

Pese a estos fracasos, la guerra en España, con el desorden creado y la mayor dificultad de las comunicaciones transatlánticas, favoreció extraordinariamente los proyectos masónico-independentistas. En 1810 comenzaron las intentonas de Bolívar y Miranda en Venezuela y de Hidalgo en Méjico. Ambas fracasaron, y Bolívar no dudó en traicionar a su hermano Miranda y entregarlo a los españoles. No obstante, las rebeliones continuarían durante catorce años, con tres fases. Hasta 1815, España apenas pudo enviar refuerzos, por lo que las luchas opusieron a los independentistas con las pequeñas tropas virreinales y la mayoría de la población, de sentimientos prohispanos.  A fin de  cavar un foso entre los americanos y los españoles, Bolívar  decretó contra estos una guerra de exterminio que estuvo cerca de volverse en su contra cuando el llanero Boves la aplicó a los independentistas. Luego, el Río de la Plata se independizó de hecho.  Derrotado Napoleón, desde 1815  se abrió la segunda fase,  al permitir el envío de más tropas desde la península. Pero España estaba devastada y no podía hacer mucho.  Aun así, Bolívar estuvo muy cerca de la derrota, salvándole el auxilio de unos miles de soldados y oficiales británicos  bien adiestrados.  En 1819, la rebelión avanzaba, y al año siguiente, España reunió con gran esfuerzo  entre 15.000 y 20.000 soldados  para enderezar de nuevo la situación. Teniendo en cuenta que en América lucharon por ambas partes contingentes reducidos, pues la batalla mayor no reunió a más de 7.000 hombres por cada parte,  y generalmente fueron muchos menos, aquellas tropas podían  haber decidido  la pugna. Pero entonces otro masón, el coronel Riego, que mandaba parte de los soldados españoles impidió su embarque sublevándose en uno de los primeros pronunciamientos. El golpe dio paso a la tercerta etapa , en la que llevaron las de perder los partidarios de España, incluyendo muchos indios que fueron masacrados por los rebeldes. Y en pocos años la independencia fue un hecho. Aprovechando la situación, Usa se apoderó de la Florida, ofreciendo después  su compra por cinco millones de dólares, que Madrid, incapaz de defenderla,  aceptó.

Durante estas guerras y después, los independentistas cultivaron un odio frenético a España y a los españoles –sus antecesores–,  mientras se proclamaban caprichosamente herederos de las tribus y  estados  indios.  Sobre los hispanos vertían los peores epítetos: “estúpidos, feroces, viciosos, supersticiosos”, “raza maldita” (era la suya propia), “nación inhumana y decrépita”, “la tiranía más cruel jamás infligida a la humanidad”, etc.  Según Bolívar, España aspiraba en el Nuevo Mundo a aniquilar a sus habitantes y cualquier vestigio de civilización. Se hablaba de la disolución de la lengua española en otras nuevas sucedió con el latín. En gran parte era la herencia de las demenciales calumnias de Las Casas, base de la Leyenda Negra cultivada con fruición por los protestantes y por Francia, por supuesto también por la masonería de ambos países, de Usa y otros. El objetivo de los independentistas consistiría en “desespañolizarse”, como explicaba el Evangelio Americano  de Francisco Bilbao, asimismo masón.

Naturalmente, sobre la aniquilación del legado español esperaban construir una sociedad esplendorosa, pero no tuvieron suerte. La América hispana de finales del siglo XVIII era quizá más rica que Usa, pero la relación se invirtió pronto desastrosamente. En 1823, el pujante vecino del norte se permitía declarar la Doctrina de Monroe, cuyo sentido real consistía en ejercer una especie de protectorado sobre todo el continente. El plan de la Gran Colombia  fracasó enseguida, originando varias naciones mal avenidas entre sí, sometidas a frecuentes golpes de estado y disturbios civiles. El propio Bolívar declaró abiertamente su desconfianza en la moralidad de sus seguidores, si bien él no había sido un modelo de templanza y veracidad.  En 1829, pocos años después de su victoria, declaraba: “La América entera es un cuadro espantoso de desorden sanguinario. Nuestra Colombia marcha dando caídas y saltos, todo el país está en guerra civil. En Bolivia, en cinco días ha habido tres presidentes y han matado a dos...”. Y se lamentaba, en carta a un general amigo: «La América es ingobernable para nosotros. El que sirve una revolución ara en el mar. La única cosa que puede hacerse en América es emigrar. Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos. Devorados por los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos.   Llegó a sostener, poco fielmente: Nunca he visto con buenos ojos las insurrecciones, y últimamente he deplorado hasta la que hemos hecho contra los españoles». La proliferación de sociedades secretas masónicas o a imitación de ellas le llevó a prohibirlas,  argumentando que “sirven especialmente para preparar los trastornos políticos, turbando la tranquilidad pública  y el orden establecido; ocultando ellas todas sus operaciones con el velo del misterio, hacen presumir  fundadamente que no son buenas ni útiles a la sociedad”. Como masón, no le faltaba experiencia al respecto.

Otro político e intelectual, Domingo Sarmiento, El educador de la Argentina, también masón, decía en sus Recuerdos de provincia:  “Treinta años han transcurrido desde  que se inició la revolución americana; y no obstante haberse terminado gloriosamente la guerra de la independencia, vése tanta inconsistencia en las instituciones de los nuevos Estados, tanto desorden, tan poca seguridad individual, tan limitado en unos y tan nulo en otros el progreso intelectual, material y moral de los pueblos, que los europeos (…) miran a la raza española condenada a consumirse en guerras intestinas, a mancharse con todo género de delitos y a ofrecer un país despoblado y exhausto como fácil presa a una nueva colonización europea”. Curiosa mudanza de lo que había sido el Imperio español, uno de los más pacíficos e internamente estables de la historia en sus casi tres siglos de existencia. Y contraste también con el impulso triunfante  de Usa,  en cuya revolución habían querido inspirarse los independentistas.

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