Sábado, en “Una hora con la Historia” (radio Inter, sábados, 21.30, FM 93,5, OM 918), la Comisión de la verdad sobre el PSOE dará cuenta, en una segunda parte, de los increíbles latrocinios a que se libró el PSOE durante la guerra civil. Sesión anterior, en YouTube: https://www.youtube.com/watch?v=Ed5BWQ_pBVQ&t=60s
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Su libro sobre historia de Europa es casi único en España. Quiero decir que los historiadores españoles casi nunca se han ocupado de ella
–Es cierto, la bibliografía española es escasa y generalmente en plan de ensayo muy general Creo que se debe básicamente a cierta paletería o provincianismo intelectual. De un modo u otro se mira a los que llaman Europa, que nunca está muy claro a qué se refieren, como una especie de maestra de la que España solo tiene que aprender. Esa actitud ya la sistematizó Ortega con aquella frase estúpida de “España es el problema y Europa la solución”, una frase que resume una actitud que sigue existiendo con plenitud. Lo gracioso del caso, como digo, es que nunca quedó claro en qué consistía aquella “Europa”, nunca se produjo un estudio medianamente serio sobre la cuestión. Nada, cuatro tópicos vacíos.
Lógicamente, su irrupción en un terreno casi virgen habrá hecho que su obra sea muy leída, que abra una brecha en ese provincianismo que según usted domina en España
–No es según yo lo diga, basta abrir los ojos para comprobarlo. La intelectualidad española es muy paleta desde hace ya muchísimo tiempo yo diría que varios siglos. Y, por supuesto, mi libro ha sido muy poco divulgado. ¿Por qué? En parte porque ha recibido poquísima atención en los medios, y en los medios de difusión realmente de masas, ninguna. Pero en mi opinión eso no es lo principal. Lo principal es que aquí todo el mundo es muy europeísta, pero no solo no sabe casi nada de Europa, o cree saber cosas que no son ciertas, es que además y sobre todo no interesa saber a casi nadie. Eso lo puede comprobar fácilmente en las redes sociales y los medios en general: el público está absorbido por cuestiones interiores españolas, y dentro de ellas las más anecdóticas y superficiales. Claro que eso no es achaque exclusivamente español si hablamos del público en general, en todos los países se da y es bastante lógico. Pero en algunos otros países existe una élite interesada y enterada en cuestiones exteriores, en particular europeas, y aquí prácticamente no existe esa élite. Lo llamativo es que, como digo, el europeísmo en España está difundidísimo, creo que más que en cualquier otro país europeo. “Europa”, como “democracia”, son realmente palabras mágicas que nunca se analizaron seriamente, y de las que se espera solución a nuestros problemas, que a decir verdad tampoco se analizan seriamente. ¿Qué es eso de que España es el problema? No quiere decir nada. ¿O que Europa es la solución? ¿Solución a que? Son frases vacías, que por otra parte revelan la fabulosa inepcia intelectual en que vive el país. Digamos de paso que Europa misma ha entrado en una edad de decadencia desde la Segunda guerra mundial.
Creo que esa es una discusión y una lamentación sin fin y que no lleva a nada. En definitiva ¿tiene usted alguna tesis sobre la historia de Europa? O se trata de una simple narración de hechos?
–Una historia de Europa un poco detallada llevaría muchos tomos como este. En cuanto a los hechos, políticos, militares y culturales en general, se trata de una síntesis. En suma, Europa, la civilización propiamente europea, se funda sobre la cultura cristianolatina, que pudo haber sucumbido a las oleadas de invasiones, pero que no fue así gracias al aparato eclesiástico creado desde Roma, en especial a la red de monasterios. Hay así una edad de los monasterios, la llamada Alta Edad Media, una edad del románico, luego del gótico, del humanismo, la revolución que no reforma protestante, la Ilustración y las ideologías derivadas: todos esos grandes movimientos, junto con la revolución industrial, han ido conformando lo que entendemos por civilización europea. Siempre en medio de convulsiones sociales y bélicas choques políticos, pestes, invasiones y expansión fuera del continente, rivalidad sobre todo con el islam, etc.
Bien, todo eso es sabido, al menos en líneas generales. Una buena síntesis de todo el asunto siempre viene bien, pero desde luego no descubre nada nuevo. ¿Sostiene usted alguna idea general?
–Suele decirse que la raíz y la savia de la cultura europea es el cristianismo. En esto nadie puede estar en desacuerdo, es obvio, aunque muchos le añaden la filosofía griega, el derecho romano y otras cosas. Pero no se deben añadir, sino que esas otras aportaciones lo han sido a través de la Iglesia. Y esto es crucial. La religión cristiana difiere de cualquier otra, que yo sepa, por una tensión interna muy fuerte entre la fe y la razón, entre Jerusalén y Atenas, como a veces se dice. Este rasgo creo que no se da en otras religiones. En el islam y en el judaísmo hubo algo de eso, con Averroes, Avicena o Maimónides, también por influencia griega, pero allí la tensión fue escasa y duró poco, mientras que en el cristianismo no ha cesado nunca, los propios Averroes o Mainónides han influido más en la cultura europea que en la islámica o judaica. Y esa inquietud ha originado una masa de pensamiento y filosofía, debate y conflicto interminables.
¿No es una visión un tanto eurocéntrica? Creo que le harían esa crítica de forma inmediata. Parece que fuera de Europa no se hubiera hecho nada en el terreno intelectual.
Todas las culturas tienen contenidos intelectuales, generalmente ligados a la religión, más o menos fuertes. Pero no es helenocentrismo, por ejemplo, señalar el hecho de la cultura y la inquietud intelectual en Grecia fue muy superior a cualquier otra de entonces, incluso a cualquier otra hasta ahora. Lo que caracteriza a Europa no es simplemente su interés por lo que podríamos llamar el mundo del espíritu, sino su persistencia atormentada, su insatisfacción permanente, pero fructífera en ese mundo, siglo tras siglo. Pero aquí hay algo más que decir. Se ha dicho que un elemento muy importante en el Renacimiento fue la caída de Constantinopla, que aportó a la parte occidental sabios y libros griegos que abonaron por así decir el nuevo movimiento. Sin embargo hay una diferencia esencial entre el cristianismo occidental y el bizantino: en este existían más libros y seguramente más conocimientos sobre los clásicos griegos y romanos, pero allí no fructificaron en movimientos culturales como los de occidente. Eso tiene que ver, a mi juicio, con el hecho de que en Constantinopla el poder religioso y el poder político iban muy juntos, mientras que en el occidente europeo siempre Roma fue una cosa, como sede del poder religioso, mientras que el político estaba fragmentado en numerosos estados y señoríos, y el intento de unir ambos poderes en un Imperio cristiano fracasó una y otra vez. Esa diferenciación entre “el césar” (los numerosos césares) y Dios, y las propias querellas militares y políticas que generaba constantemente, provocaron al mismo tiempo aquella inquietud intelectual e insatisfacción por así decir creativa, de que hablaba.
¿El libro se centra, entonces, en el estudio de esas tensiones?
Vamos a ver: resumir las evoluciones políticas y militares, económicas, etc., es fundamental. Pero mi tesis es que por debajo de ellas o si se quiere por encima trabaja el factor religioso. El ser humano es esencialmente religioso, necesita la fe para sobrevivir y dada la peculiaridad del cristianismo, su evolución, el dinamismo especial que crea la tensión entre razón y fe, explica las cosas mucho mejor que los factores económicos o institucionales, por ejemplo, que son los que predominan en la historiografía actual. En Europa, me refiero a la Europa occidental, claro, una vez superadas las grandes invasiones, el pensamiento ya comenzó a dar vueltas a cuestiones referidas a la fe y la razón, al carácter de la divinidad, etc. Por resumir mucho, esas discusiones y querellas, que simplificando se dieron entre franciscanos y dominicos, terminarían abocando a la revolución protestante, que cabe interpretar como una revuelta de la fe contra la razón. Para Lutero, la razón era la ramera de Satanás porque, efectivamente, su convivencia con la fe fue siempre muy difícil y en general tendía a socavar la fe. Esta fue una revolución crucial en la historia europea. Y en el siglo XVIII asistimos a una segunda revolución en sentido contrario, de la razón contra la fe, es decir, contra la fe cristiana, a la que socava y a menudo ridiculiza sin tasa, haciéndola retroceder en todo el continente.
Bueno, la Ilustración se apoyaba ciertamente en la razón y la ciencia, y ponía en evidencia las muchas supercherías religiosas. Eso no puede negarse.
No me interesa discutir eso ahora. Lo que he sostenido es que el ser humano, la condición humana, exige la fe. Los ilustrados tenían fe en la razón, concretamente en que la razón permitiría llegar a conclusiones universales y ciertas, que no tendrían más remedio que ser aceptadas por toda persona algo inteligente. Conviene darse cuenta de que, de ser así, la libertad humana quedaría abolida, porque nadie podría objetar o disentir de un conocimiento del propio ser humano equivalente al de la ley de la gravedad. Pero, por diversas razones que explico en el libro, la razón no ha dado lugar a conclusiones parejas, sino a ideologías no solo distintas, sino opuestas, como el liberalismo, el socialismo, el anarquismo, más tarde los fascismos y otras menos influyentes. Todas ellas pretenden basarse en la razón, incluso en la ciencia, cada una analiza a las demás tachándolas de ilusorias y negándoles carácter racional o científico, etc., y la convivencia entre las distintas “razones” se ha hecho explosiva… La Segunda Guerra Mundial, que marca dl declive de Europa, puede interpretarse como un choque colosal entre las ideologías liberal, comunista y fascista…


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