Blog I. ¿Defendió Franco la democracia? http://gaceta.es/pio-moa/defendio-franco-democracia-03032017-1331
Una hora con la Historia: https://www.youtube.com/watch?v=agon18TDo_E&t=4s Este sábado trataremos con más extensión el tema de esta sesión del blog
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Como saben quienes hayan leído mi libro sobre Europa, parto de la idea de que no es la economía la clave explicativa de la sociedad humana y su desarrollo, sino la religión, entendiendo las ideologías como religiones sucedáneas nacidas de la Ilustración del siglo XVIII. En realidad, la economía responde a políticas determinadas y las políticas a lo que en un sentido amplio llamamos ideologías. Este enfoque lo apliqué también a la cuestión de las dos guerras mundiales, y este sábado en “Una hora con la Historia” lo resumiremos nuevamente.
Pues bien, la I Guerra Mundial fue librada entre potencias liberales (exceptuando los imperios otomano y ruso), lo que contradice un dogma sostenido por ciertos liberales: que no puede haber guerra entre países liberales, porque el comercio beneficia a todos. Expuesto de manera más dramática –y falsa—en el dicho de que cuando las mercancías no cruzan las fronteras, las cruzan los soldados.
Sin embargo nunca había habido tanto comercio ni estaban tan entrelazados los intereses y propiedades económicas de las potencias en guerra como inmediatamente antes de esta. Tal hecho, desconcertante para los dogmáticos, ha dado lugar a amplia historiografía y propaganda pretendiendo que Alemania no era realmente un país liberal, porque, dicen, no era un estado de derecho, sino militarista, etc. Todos los estados eran y son militaristas en cuanto conceden gran importancia al aparato militar (en el caso inglés fundamentalmente naval); y ninguno es militarista si entendemos que ello supone que todo el estado y la sociedad giran en torno al ejército. Esto es cuestión de grados. Y si entendemos el estado de derecho como el imperio de una ley igual para todos, Alemania era más de derecho que Inglaterra, pues en esta no se estableció el sufragio universal hasta 1918, y por tanto la ley no era igual para todos. Hoy empieza a haber una revisión de los dicterios lanzados contra el “régimen prusiano”, que no por casualidad convirtió a Alemania en el país más dinámico y puntero de Europa en muchos aspectos.
El resultado de la I Guerra Mundial fue, por una parte, la crisis y el descrédito del liberalismo en grandes ámbitos populares e intelectuales, pues cundió la interpretación de la guerra como la utilización de grandes masas de soldados al servicio, no de la patria u otros ideales digamos elevados, sino simplemente de los intereses de una oligarquía comercial e industrial, para quien la sangre era un negocio más.
El segundo resultado fue la instauración, en Rusia, del primer régimen socialista de la historia. Este era un resultado tanto de la crisis bélica como de la larga pugna, durante el siglo XIX, entre las interpretaciones o ideologías liberal y marxista. Por lo tanto, se abría una nueva etapa en la historia europea, caracterizada por la lucha entre ambas ideas del mundo y del hombre. Es más, podía entenderse la revolución socialista, en sentido positivo, como una consecuencia lógica del liberalismo: la igualdad de derechos traída por el liberalismo habría sido un progreso histórico, pero no dejaría de ser ficticio mientras no se lograra la igualdad económica, tarea de los partidos marxistas o asimilados. El mundo entraba, por tanto, en una nueva fase del progreso.
Pero la tendencia fue vista por mucha otra gente en sentido negativo: el socialismo era simplemente un totalitarismo bárbaro que arrasaba todo lo que había distinguido a la civilización europea. Y el liberalismo parecía incapaz de contener las grandes expectativas, disturbios y luchas civiles que sucedieron al triunfo bolchevique en toda Europa –y fuera de ella–. Impresión reforzada por el hecho de que la revolución bolchevique hubiera derivado de una revolución liberal sin que esta hubiera podido impedirla. Por tanto, solo regímenes autoritarios y enérgicos podrían rechazar la nueva barbarie. Es más, se desarrolló la idea de que en realidad la barbarie comunista no se oponía al liberalismo, sino que era su consecuencia lógica, querida o no. En otras palabras, que, con su relativismo moral y abusos y utilización de los trabajadores como carne de cañón para sus guerras, el liberalismo engendraba el comunismo.
Así, de la crisis del liberalismo debida a la I Guerra Mundial, surgieron la revolución soviética y los fascismos. Crisis agravada con la Gran Depresión de los años 30, que parecía demostrar que la hora histórica del liberalismo había pasado. En el libro sobre Europa y en la sesión del sábado de Una hora con la historia desarrollo más estas tesis, que creo superiores a las económicas hoy predominantes.
El resultado fue la nueva guerra entre tres ideologías: liberalismo, marxismo y fascismo, cada una de las cuales se presentaba como la solución a los problemas de Europa. Cada una de ellas identificaba a las otras dos como variante de lo mismo, de la miseria a superar. Y este fue el carácter preciso que tomó la II Guerra Mundial. Como para dar la razón a las críticas mutuas, empezó con un aparente acuerdo de las democracias liberales para empujar a los nazis contra la URSS (guerra de España, Checoslovaquia…); siguió con un acuerdo entre nazis y soviéticos, antes enemigos irreconciliables; y terminó con una alianza entre liberales y comunistas. Estas consideraciones son, desde luego, un esbozo de una realidad histórica sobre la que sería interesante profundizar.
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