Novela y ensayo

Bueno, ya que estamos en pleno agosto…:

La magnífica novela de Pío Moa

A pesar de la felicidad que me ha deparado la lectura de novelas, soy reticente ante este género literario, desde hace bastante años. El día tiene 24 horas, y las lecturas pendientes sobre temas filosóficos o con implicaciones filosóficas se me acumulan hasta el punto de que realmente no tengo tiempo para interesarme por peripecias imaginarias. Bien es verdad que los editores, como si estuvieran pensando en personas como yo, gustan mucho de adornar las virtudes de las obras de ficción que publican con alusiones a su carácter de “profunda reflexión sobre la condición humana” y otras fórmulas por el estilo, que permiten abrigar al potencial lector la esperanza de que, por el mismo precio, adquirirá entretenimiento para unos días y además una visión más sabia de la existencia. Esto, en la inmensa mayoría de los casos, es pura mercadotecnia. Las novelas son novelas, y la filosofía es filosofía.

Por supuesto, hago excepciones, y de vez en cuando selecciono meditadamente alguna obra de ficción, que suelo disfrutar hasta el extremo de plantearme mi régimen de lecturas. Es el caso de Sonaron gritos y golpes a la puerta, de Pío Moa. Bien es verdad que, pese a la simpatía ideológica que me inspira el autor, no fui de los primeros en abalanzarse a las librerías para hacerme con su primera novela. Un historiador y ensayista puede ser altamente competente en su especialidad, hasta notable prosista, y perfectamente negado para la narrativa de ficción, para la creación. Son dos cosas totalmente distintas. Incluso he de decir que no me atraía mucho el título elegido por Moa, que sigue sin convencerme. Pero sea como fuere, poco antes de iniciar unas breves vacaciones, descubrí en la librería de un conocido centro comercial la reedición en rústica de Sonaron gritos… Y me lo compré con la deliberada intención de poder ventilarme las ochocientas páginas del volumen en mi período de descanso. Cosa que he llevado a cabo según el plan previsto.

Hay que decir que se trata de una grandísima novela, hábilmente escrita, con personajes con los que uno se encariña hasta el extremo de que experimenta cierta sensación inconfundible de leve nostalgia cuando concluye la lectura, y de algún modo tiene que despedirse de ellos. Creo que esto es lo mejor que se puede decir de una obra de este género, y lo cierto es que desde la niñez, con pocas me ha ocurrido algo semejante. Muchas grandes novelas, en teoría literariamente superiores a esta que reseño, las he concluido con considerable esfuerzo, otras las he abandonado. Pero los personajes de Moa están vivos, uno quiere saber qué les ocurrirá (o qué les ha ocurrido, en los casos en los que se pierde su pista, al menos momentáneamente) incluso en el caso del narrador y protagonista, Alberto Roig, que por razones obvias sabemos que tiene que salir con vida de todas sus aventuras. He dicho aventuras, y no por descuido. Si no pidiéramos nada más a un libro, este desde luego cumpliría con creces: se trata de una magnífica lectura para el verano, una novela fundamentalmente -repito- de aventuras. Sabíamos ya de la buena prosa de Moa; ahora se nos confirma como un excelente narrador.

Un acierto fundamental del libro es su planteamiento. Su concepción como unas memorias, que en el capítulo 1 y el excelente epílogo nos remiten a nuestro presente, nos lo hacen leer no como una pretenciosa novela histórica al uso (muchas de las cuales ni siquiera son válidas desde el punto de vista de esta disciplina) sino como una obra resueltamente de ficción, aunque el contexto no lo sea, y se aluda a acontecimientos y personajes reales. Dicho de otro modo, todo aquel que no sea aficionado a las novelas históricas, puede leer esta perfectamente, porque aunque aquí la historia comparezca en su forma más elevada de meditación sobre el sentido de una época, el autor ha antepuesto el interés narrativo a cualquier pedantería, que por lo demás él no necesita, porque para eso está su obra de carácter científico.

Aunque toda la novela se lee con verdadero goce, en mi opinión lo mejor de ella es la segunda parte, dedicada a las vivencias del protagonista en Rusia, alistado en la División Azul. Se trata de un relato clásico de aventuras bélicas, con mucho realismo y con una evocación del paisaje muy bien conseguida, lo que por otra parte es uno de los ingredientes más sabrosos de este tipo de literatura. (No vean lo que he disfrutado, mientras me acariciaba la brisa vespertina de la playa, siguiendo a Alberto, a Paco, a Contreras y a Crates por los bosques nevados de Rusia.)

Por si fuera poco, el autor ha logrado algo que no todos los relatos similares saben hacer, a pesar de que es esencial: los diálogos filosóficos de los protagonistas son, en contra de lo que se pudiera pensar, otro ingrediente absolutamente clave de cualquier relato de aventuras. Lo que realmente hace que una peripecia cualquiera sea una aventura, es que los personajes nos lo hagan sentir como tal, y a tal efecto, que reflexionen al hilo de lo que les pasa. A veces, en algunas obras, esto resta verosimilitud a la acción, pero su carencia la convierte en algo romo, como esas películas de Hollywood que, aunque a veces partan de un buen guión, acaban degenerando en la mera descripción alimenticia de una persecución trufada de tiros, explosiones y destrozos varios. Moa ha logrado, creo yo, una de las cosas más difíciles: hacernos pensar y entretenernos. Y desde luego, con un buen “guión”.

Por supuesto, no voy a revelar el final de la novela, pero sí diré que, casi desde el principio, lo barrunté, aunque no en los detalles, claro. Tras la magistral segunda parte de los episodios en Rusia, hay algún momento en que la tercera y última parte, sin perder interés, parece correr el riesgo de convertirse en una especie de epílogo desmesuradamente largo, quizás por el contraste entre la épica de los combates en Rusia y las escaramuzas de espionaje menos sensacionales en el Madrid neutral durante la Segunda Guerra Mundial (atmósfera que por otra parte no carece de atractivo “romántico”). Pero pronto cobra la narración un nuevo impulso, resuelto en el no totalmente inesperado (al menos para mí) desenlace, el cual permite redondear una novela que seguramente volveré a leer, cosa que con muy pocas de esta extensión he hecho.

Hay un tema que resulta de considerable interés, más allá de las valoraciones literarias. Y es si podemos considerar al protagonista, Alberto (que utiliza también los nombres falsos de Gregorio y de Félix), como un alter ego ideológico del autor, de Pío Moa. Desde luego, no lo parece biográfico, dado que Moa militó en su juventud en la extrema izquierda, y el narrador desde la adolescencia sostiene un lúcido anticomunismo. Pero sí lo parece bastante en sus ideas: La misma valoración de la historia, de la guerra civil, la revolución, del franquismo, la posguerra, el papel internacional que debería tener España, la misma simpatía hacia la cultura católica, desde una posición sin embargo agnóstica y no exenta de crítica hacia los errores políticos del clero. Todo esto son temas que dan para hablar largo y tendido, lo que dejo para otra ocasión.

Por último, no puedo evitar expresar un temor, y es que la saludable incorrección política de esta novela dificulte su difusión. Aunque suene a tópico, en este caso el carácter totalmente a contracorriente de toda la obra de Moa es patente, y si en otros casos se alaba lo que suelen ser topicazos y vulgaridades infumables como supuestamente “transgresores”, aquí no hay duda de que el autor va en serio en su independencia de criterio. Y esto no le será perdonado. Necesitamos muchos Píos Moa, no para estar necesariamente de acuerdo con todas sus opiniones (aunque yo no disimulo que lo estoy en grado muy alto) sino para restablecer de una puñetera vez la dignidad del pensamiento en estos tiempos de cobardía y molicie, contra los cuales Sonaron gritos y golpes a la puerta es un vibrante y bello alegato. Leedlo sin prejuicios; sólo podrá haceros bien, penséis como penséis.

(Archipiélago Duda, blog de Carlos López Díaz)

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¿La guerra ha comenzado?

Un tema interesante que podría debatirse. No dice quiénes son los buenos o los menos malos, ni qué papel podría tener España.

http://gaceta.es/noticias/proxima-guerra-comenzado-i-05082016-1306

http://gaceta.es/noticias/proxima-guerra-comenzado-ii-05082016-1315

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Marx en España (II) Una historia lamentable

La anglomanía es más peligrosa que los separatismos: http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-08-07/involucion-permanente-la-formacion-de-gobierno-103737.html  

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   El libro de Cuenca Toribio se subtitula El marxismo en la cultura española del siglo XX, es decir, que trata casi exclusivamente su influencia en el ámbito universitario, dejando los aspectos prácticos de “lucha de clases” que nunca salieron bien a los comunistas, así como las influencias en la literatura, etc.  Creo que el libro debiera señalar más ampliamente el cambio de estrategia del PCE después del fracaso del maquis, uno de cuyos puntos principales, y desde luego más fructífero que el trabajo en el campo obrero, fue la infiltración en la universidad.  Tan fructífera que al llegar la transición, intelectual o profesor universitario, o periodista que no se declaraba marxista mostraba sin embargo gran respeto por aquella doctrina (el pobre Tusell, católico, podría ser el modelo, entre muchos), o bien se callaba, con escasísimas excepciones, que debían arrostrar una especie de muerte académica, cuando no civil. El giro político posmaquis del PCE es esencial para entender el fenómeno, como he resaltado en Los mitos del franquismo. De todas formas se trata de un fallo menor, o ni siquiera es un fallo, dado el enfoque de conjunto del libro de Cuenca.

   Hay en esta evolución un elemento señalado en la contraportada: “Ya en 1968, el marxismo se había instalado en los sectores intelectuales más dinámicos de la nación, informando un elevado porcentaje de su producción bibliográfica, y las principales editoriales del país –sobre todo las radicadas en Barcelona—acogían en sus equipos a profesores represaliados y a expulsados de sus claustros por mor de su participación en huelgas gestadas en el tardofranquismo. Editoriales controladas por los principales bancos del país o en manos de empresarios de notoria ascendencia franquista tenían depositada toda su confianza  en consejos, sociedades de redactores y cuadros intelectuales de creencias radicalmente opuestas a las de sus propietarios”.

   Este es un fenómeno muy interesante, pero por debajo de él hay otro más fundamental: la quiebra del pensamiento franquista, que nunca fue muy lucido y quedó desarbolado por el Vaticano II. La Falange siempre había sido más dada a la literatura que al pensamiento, y en todo caso no se renovó; y el carlismo osciló entre una especie de trotskismo estrafalario y la fidelidad a unas “esencias” que sonaban cada vez más anacrónicas en una sociedad de consumo de masas… en la que, ¡sorprendentemente!, parecían nuy adecuadas las ideas marxistas, por lo menos en los planos universitarios y de su entorno.

    El profesor Cuenca ha dedicado muchas horas a examinar la evolución de la bibliografía, las querellas y “debates” de nuestros ilustres marxistas, Sacristán, Tuñón de Lara, Fontana, Casanova, Solé Tura, Tezanos, y toda una nada famélica legión. A ninguno de ellos les preocuparon en lo más mínimo hechos como el muro de Berlín, las denuncias del GULAG, la huida de Cuba de todo aquel que podía, etc. Sus sesudos “debates” giraban en torno a “la transición del feudalismo al capitalismo”, “la transición del esclavismo al capitalismo”, “el modo de producción asiático” etc. Normalmente se trataba de ecos de otros “debates” parecidos sostenidos por marxistas de más enjundia en Inglaterra, Usa, Alemania, Italia y sobre todo Francia.  Althusser, Poulantzas, Harnecker, Sweezy Thompson, Hobsbawm eran reverenciados, y muy a menudo las polémicas partían de afirmar que el contradictor, marxista también y que se había quemado las cejas leyendo y releyendo a Marx, Engels y buena parte de sus seguidores “no había entendido”… los aspectos más elementales de la doctrina. Todo ello con abundante verborrea especializada, que impresionaba e infundía respeto reverencial a los impresionables intelectuales de derecha, aunque no la entendieran gran cosa… como los propios “teóricos” marxistas, a decir verdad. La cosa fue peor aún en Cataluña, donde tradicionalmente la intelectualidad sufre de un  esnobismo más acentuado que en Madrid, y más superficial con pretensiones cosmopolitas.

     Realmente, la historia del marxismo español solo podría narrarse adecuadamente en tono de comedia o sainete, pues no da para más. Pero ¿y los “grandes” marxistas europeos y useños de aquellos años? Pues con ellos la cosa empeora, precisamente por su papel de maestros de sus aplicados y empeñosos, pero poco agudos discípulos hispanos (aunque en general se sintieran muy poco españoles). Decía Julián Marías que la Ilustración española, si no alcanzó la audacia y profundidad de la de otros países, al menos se libró de las exageraciones y absurdos en que estas también caían. Algo así puede decirse del marxismo español, un tanto romo y poco audaz en sus disquisiciones. 

   La caída del muro de Berlín, prólogo a la del Imperio soviético, tampoco ha dado lugar a grandes análisis de nuestros marxistas. Simplemente se quedaron boquiabiertos, muchos dejaron de llamarse marxistas, sin más  y procuraron trepar en las nuevas condiciones. Hay que decir que las nuevas corrientes como el feminismo, el ecologismo, los juvenilismos, el animalismo, etc., puodrían entenderse como productos de descomposición del mal enterrado cadáver marxista.

   La historia de estos intelectuales charlatanes  no deja de ser un tanto vergonzosa. Pero  su éxito durante bastantes años y aún ahora, testimonia una debilidad fundamental del pensamiento español. Y, hoy,  no solo español, por cierto.

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Marx en España (I)

 

El historiador José Manuel Cuenca Toribio ha escrito el libro de este título, que en cierta medida continúa otro, Iglesia y cultura en la España del siglo XX, estudio este un tanto pesimista sobre la impronta cultural de la Iglesia y su capacidad para adaptarse al mundo moderno, aunque lo que se esperaríade ella no es tanto adaptación como orientación. El estudio de Cuenca entra en un terreno semivirgen, muy necesitado de exploración. Tenemos algunos trabajos sobre la cultura de los años 40, en especial la falangista, estudios muy malos, como no podía esperarse menos de los sectarios que los han hecho, pero que ponen de manifiesto, de paso, la inepcia de los propio falangistas y demás paraabordar una labor intelectual de alcance más allá de la repetición de algunos textos sagrados e invocaciones hoy sin apenas significado, excepto como resistencias poco efectivas a una marea contraria que parece imparable.

Se ha dicho que las ideologías degeneran rápidamente en España en simplificaciones  por no decir simplezas con afán de mostrarse más –istas que nadie. Le ha pasado al anarquismo, incluso al liberalismo, también al fascismo, apenas existente aquí,  y en lo más próximo también muy pobre, no hay más que ver las derivas de la Falange y su incapacidad para desarrollar el pensamiento joseantoniano en algo que permita enfrentarse a los duros problemas de hoy. Y le ha pasado, por supuesto, al marxismo. Hace años publiqué un artículo “Bibliotecas para nada”, señalando cómo una ideología errónea en sus cimientos ha sido capaz, sin embargo, de generar una bibliografía abrumadora:  bibliotecas enteras de pensamiento, análisis histórico, análisis político, literario, cinematográfico, propagandístico, etnológico, sexual… de todo lo habido  y por haber. A pesar de sus frutos  indigeribles y, aplicados a la práctica, absolutamente siniestros, debe reconocerse el tremendo esfuerzo intelectual desplegado. Hace años, en un semidebate, uno de esos historiadores complacientes de orientación cristiana, decía que de todo había que aprender, y que el marxismo había hecho aportaciones muy importantes. Le repliqué que solo era aprovechable como material de derribo, cosa que le pareció “dogmática”. Otra característica frecuente en los intelectuales españoles, sobre todo de derecha es un afán ecléctico y oficioso que le lleva a razonar monstuosidades parecidas a la estatuilla de Pepe Gotera y Otilio, no sé si la recuerdan ustedes.  

   Un rasgo del marxismo español, tan simple que no ha dado un solo teórico o analista de alguna categoría, comparable, por ejemplo, a algunos franceses, alemanes, ingleses o useños,  ha sido su osadía intelectual. Cuenca cita, por ejemplo, la contraportada del célebre y muy circulado libro de Barbero-Vigil Sobre los orígenes sociales de la reconquista:  “Frente a las tradicionales interpretaciones extrahistóricas  de la historia de España, presentes en la obra de autores como Sánchez-Albornoz o Castro, los profesores Abilio Barbero y Marcelo Vigil estudian aquí la historia peninsular en un período concreto, exponiendo las características de las transformaciones sociales en las diversas áreas de la Península. La transformación del feudalismo en la Península Ibérica no fue algo anómalo (…) Mientras otros historiadores han hecho de acontecimientos como la invasión visigoda, la musulmana y una supuesta “Reconquista” el eje de la historia peninsular, este libro trata de encontrar una explicación racional  a esos fenómenos, desde una perspectiva radicalmente nueva, a través del análisis de las contradicciones sociales”  (negritas mías). Lo que hacen los dos “racionales”, saliéndose de los hechos históricos más elementales, que ellos califican de “extrahistóricos” (¡ni siquiera mencionan la palabra España!), es aplicar un esquema de “lucha de clases” más o menos burdamente marxista, sustituyendo a las gentes de carne y hueso por abstracciones “de clase”. Las gansadas de ambos expertos se prodigan abundantemente, con una osadía impactante. Y que han tenido impacto lo muestra el prestigio que en nuestra lamentable universidad han tenido y siguen teniendo tales enfoques. Otro libro, en sentido distinto pero también repleto de “hallazgos” fue la España invertebrada, de Ortega 

   Simplemente recordaré aquí que Marx tenía, a pesar de todo, espíritu científico. Él expuso unas tesis sobre  la historia y más ampliamente el desarrollo humano, y pasó a intentar comprobarlas mediante un estudio concreto y a fondo en El Capital.  Esta es una actitud correcta. Pero como pasa  muy a menudo en la ciencia, una hipótesis de apariencia brillante es desmentida por la investigación y la experimentación. Todo indica que Marx fue dándose cuenta de que los fundamentos de su teoría eran falsos, fue acumulando material y estadísticas sin salir del embrollo, y tanto sus predicciones como sus concepciones de base han resultado falsas. En cambio sus discípulos no han tenido ese espíritu, a pesar de su voluntariosa aplicación del “método” para producir enormes bibliotecas de poco más que naderías. Y, desde luego, los marxistas españoles no han sido una excepción, más bien han ahondado como nadie en  aquella verborrea de la que, decía Arthur Koestler, “permite a un tonto pasar por pensador profundo”, o algo así.

   El libro de Cuenca es muy interesante porque, aunque da un poco  de cal y otro de arena, recuerda numerosos episodios y cómo la  entrada del marxismo en la universidad española ha empobrecido a esta desde todos los puntos de vista. Hasta producir Iglesias, Monederos y similares.

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Aventuras, fracasos y héroes prometeicos

   

   El contraste entre la religión prometeica y el arte — la literatura en particular,–correspondiente a la misma época, desde la Ilustración, es muy chocante. El “Hombre”, que parecía un buen y racional sustituto de Dios, no solo ha resultado un tanto deleznable, sino, lo que es más sorprendente, tan misterioso como la divinidad a la que ha venido a sustituir. Al decir “el Hombre”, la “Humanidad”, la “Razón”, etc., creemos pasar de un concepto tan evanescente como el del Dios tradicional a otro mucho más evidente, comprensible y manejable. De hecho, se ha realizado un gran esfuerzo por estudiarlo y entenderlo (y con ello hacerlo más manipulable) a través de la psicología, de la sociología o de la economía, y la cosa sigue siendo harto compleja, como diría un político. El hombre no acaba de controlar al Hombre, o viceversa.

   Pero, en fin, sería falso decir que la religión prometeica no ha creado sus propios héroes,  aunque literariamente –como pictóricamente, etc.- hayan predominado los humanos descoyuntados,  desmoralizados y desmoralizantes.  Por señalar solo dos ejemplos, ha habido los héroes del realismo socialista –los del nazismo han tenido menos tiempo, pero su escultura o pintura tienen algo de plagio del arte griego— o hlos de Ayn Rand enfrentados al estado y a todos aquellos hombres irrazonables y sin apenas chispa de  razón, que mataban al inventor del fuego y sus sucesores. También están los de los cuentos de Voltaire y en particular el Candide. Naturalmente, para que esos héroes de la Razón den juego literario es preciso que, por una parte, sean muy didácticos, con lo que caen en la pedantería; y por otra, que se enfrenten a los hombres poco racionales, adeptos a las supersticiones y prejuicios, lo que revela que el Hombre no se corresponde con los hombres de carne y hueso o la mayoría de ellos. Y los héroes prometeicos dejan finalmente una sensación de seres de cartón piedra, con aventuras y épica  convencionales, sin densidad. En cuanto a la novela negra, no me parece catalogable como de aventuras, sino que se trata más bien de un juego de inteligencia más o menos artificioso.

   No es lo mismo la aventura que la épica, podríamos decir que las novelas de aventuras exponen una épica trivial, algo parecido al fútbol, cuyos partidos son batallas sublimadas en las que los espectadores se identifican y “luchan” anímicamente por imponerse al contrario. En la aventura, la justicia de unos u otros tiene por lo general poco peso, es el dinamismo de la lucha y el riesgo lo que la define: cuestiones de más calado, el destino humano y su inasibilidad, quedan al margen.  En la Odisea es la presencia de los dioses lo que da un contenido más profundo a las aventuras. La literatura de aventuras, por lo general, termina bien: la búsqueda del tesoro, en Stevenson, quizá la novela de aventuras más redonda, culmina en la obtención del mismo por los buenos y la desgracia de los malos. Más allá ya no importa qué pase con los protagonistas.

    Lo haya conseguido o no, en Sonaron gritos  hay un atisbo en esa dirección. Después de tantos esfuerzos y luchas, el fracaso aparece de dos formas, en primer lugar por la renuncia del protagonista  a continuar  en la misma línea, impresionado por algo misterioso en la muerte de su padre, que no logra expresar más  que de forma por así decir fisiológica (de acuerdo en que podría haberse desarrollado más el tema) y sobre todo por la descripción que hace de sus  tres hijos, que ya no sienten, en parte a causa de su mutismo sobre el pasado,  las mismas emociones,  inquietudes y sensibilidad política y más que política,  que él en su juventud. Dos de ellos han heredado, muy acentuado, el practicismo de Carmen, se han convertido en lo que se llamaba en broma “ejecutivos agresivos”. El tercero al que más querían el padre y la madre,  había entrado en los años 60 en grupos comunistas, había huido exiliándose en Francia,  había vuelto  con la transición para sufrir el progresivo desmoronamiento de sus ideales y terminar algo amargado y con vida familiar endeble como mediocre profesor de matemáticas en un instituto suburbial. Podríamos decir que cosas así han pasado muy a menudo, y todos conocemos casos. La cuestión es el contraste entre la acción anterior y sus resultados, que ni el protagonista ni su principal compañero de aventuras habría podido nunca prever y menos aún desear. Él mismo, como profesor de filosofía afirma ser una mediocridad, lo que achaca a la falta de  estímulo de un compañero tan vivaz y especulativo como Paco.  En cuanto a Carmen, si no fuera porque el mismo Alberto decidió su cambio de ruta a partir de su propia experiencia,  podríamos interpretarla como la mujer castrante.  

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