El mensaje del rey

 

Un hecho sintomático: la bandera de España y el pequeño belén en una esquina, y enfocados solo brevemente: ¿torpeza o algo peor?  Un “olvido” ha llamado justificadamente la atención: las víctimas del terrorismo, que después de todo han muerto por defender los valores que se supone encarna el rey. Este olvido es mucho más grave por cuanto España está sufriendo la colaboración de PP y PSOE con la ETA, que no ultraja solo a las víctimas directas, sino a un estado de derecho que hace agua desde hace tiempo, sustituido por un delictivo “estado de chanchullo” entre políticos, justificado por estos con apelaciones al “diálogo”. Un diálogo mafioso en tales circunstancias. Esto es mucho peor que cualquier corrupción económica, pues atañe a las mismas bases de la convivencia nacional, pero casi nadie parece prestarle atención. Nuestros políticos y periodistas parecen acostumbrados a la permanente burla de la ley y de la dignidad de la democracia, quizás porque de tanto “mirar al futuro”  ignoran lo que pasó en la república.

   Las invocaciones a la amistad y los buenos sentimientos entre los españoles están muy bien, y quizá en su posición no pudo Felipe VI decir otra cosa; pero en la realidad hay partidos empeñados en balcanizar el país, que ni sienten ni van a sentir más que odio a España. Este problema, tan mal afrontado como la colaboración con la ETA, está disolviendo el imperio de la ley. Pero si un  gobernante no defiende y hace cumplir la ley, tampoco la cumple, y por ello se convierte en un delincuente sumamente peligroso. Por supuesto, la política exige siempre cierta flexibilidad, pero entre esta y la delincuencia hay una línea que no debe cruzarse y se ha cruzado ya muchas veces.

   Una impertinencia: la apelación a la democracia como si esta hubiera nacido de la nada o contra el régimen anterior, y se debiera a unos políticos corruptos y mediocres, virtuoso en el empleo de la palabra  a troche y moche para embaucar a los ingenuos o ignorantes. Desde el nefasto Suárez asistimos a una falsificación esencial del pasado, que repercute en la degradación sistemática y creciente de la democracia. La época actual no es la de mayor estabilidad, como ha dicho el rey, sino que esa estabilidad, cada vez más echada a perder, proviene del franquismo. Y la echa a perder  precisamente el antifranquismo, codificado en la totalitaria ley de memoria histórica… de falsificación chekista, por llamarla con más propiedad. Uno comprendo que después de tantos años de embustes sobre el pasado se ha creado en la casta política y en amplios sectores sociales un “consenso” para oponer franquismo y democracia, pero es preciso ir rectificando esa deriva, porque en ella hunden sus raíces la degeneración de la democracia y los peligros para España.

   Hay algo más, un “olvido” ya tradicional: el caso Gibraltar. No se trata de un asunto secundario. Se trata de una colonia extranjera y hostil en el centro neurálgico de nuestra defensa, aparte de parasitar nuestra economía. La mera existencia de la colonia convierte al país colonizador en hostil a España, no obstante lo cual nuestros políticos multiplican los signos de servil amistad  a Inglaterra sin hacer el menor gesto práctico por recuperar parte de nuestro territorio, mientras  potencian la envilecedora colonización cultural que hoy padecemos, convirtiendo al país entero en una proyección de Gibraltar.

   Sí, España  va mal, muy mal, y el futuro se presenta sombrío para quienes amamos a nuestra patria y a la libertad. Se dice que de peores hemos salido, pero esa reflexión  no es mucho consuelo ni garantía. La historia plantea a las sociedades retos que estas deben saber afrontar, pues, de lo contrario, sucumben.  Y en estas nos hallamos.

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En cada situación hay muchas historias.

Blog I: España, ante un dilema infernal:http://www.gaceta.es/pio-moa/espana-dilema-infernal-22122014-1320 

***El domingo pasado, en Cita con la Historia, hablamos de la I Guerra Mundial y España: http://citaconlahistoria.es/2014/12/21/espana-y-la-primera-guerra-mundial/

   Recordamos a nuestros amables lectores y oyentes que Cita con la Historia es un programa distinto y en oposición a las falsificaciones de la ley de memoria histórica. Por tanto, no vive de subvenciones ni está amparado por ningún gran capital: depende de sus oyentes comprendan la necesidad de apoyarlo, difundiéndolo entre sus conocidos y en las redes sociales, así como mediante la microfinanciación: necesitamos al menos 30.000 euros para mantenerlo durante un año: muchas pequeñas aportaciones harán una cantidad suficiente. La cuenta a la que pueden aportar es BBVA,  ES09 0182 1364 33 0201543346

–Busquemos otra vía de aproximación a la fortaleza, como la llamas. Hablamos como si entendiéramos al menos lo que nos pasa, y hasta cierto punto es así. Pero solo en muy pequeña medida. Por ejemplo, si dentro de diez minutos nos preguntaran a los cuatro qué habíamos estado haciendo  ahora mismo, seguro que coincidiríamos en dos o tres cosas banales, como que estábamos desayunando en este bar y discutiendo de esto y de lo otro. Pero en cuanto profundizásemos, seguro que habría cuatro relatos algo distintos. Cada uno habría entendido el fondo de la discusión de un modo diferente, y discutiríamos de nuevo sobre cuál era el más adecuado. Ya se sabe que los testigos de un hecho, un accidente, pongamos por caso, suelen contradecirse. Y aún más: al hablar mostramos otras cosas, quizá uno hable con suficiencia o desprecio, o quiera aparentar  profundidad de pensamiento,  o impresionar a los demás, o bien cada cual interpreta a su manera el tono y la intención de los demás, acertando o no, y eso forma parte también de la situación. Por lo tanto si decimos: “Estábamos desayunando  unos cafés con leche y unas porras o churros”,  describimos algo real, pero solo la parte más insignificante de lo que está pasando…

–Hombre, Pepe, eso está claro. Sin ir más lejos, tú  hablas con bastante chulería y me has llamado simple…

–No.

– Pues algo parecido. Dices que es una simpleza  lo que he dicho sobre que somos animales que usamos la razón para satisfacer nuestras necesidades, que siguen siendo animales. Pero ahí hay una larga corriente de pensamiento, por lo  menos desde los griegos, aunque yo la exprese un poco esquemáticamente. Sentimos placer cuando satisfacemos esas necesidades, y dolor cuando fracasamos en ello, buscamos el placer y rehuimos el dolor, y ese es el fondo de la moral: nos parece justo lo que nos conviene e injusto lo que nos perjudica.

– Esa es otra cuestión, y además, los griegos hilaban más fino. Como los placeres suelen venir acompañados de duelos o traen malas consecuencias, o exigen un esfuerzo excesivo, que es también sufrimiento, a lo mejor lo más placentero finalmente sería una especie de ascetismo.  Sin contar con que hay placeres más elevados y otros más vulgares. A los más elevados no pueden acceder los animales, por tanto, hay ahí una diferencia esencial. ¿O acaso descubrir una nueva medicina, por ejemplo, no da placer por sí solo a quien la descubre, al margen de si le va a dar dinero o no, o de que va a curar a muchas personas pero no a él, que no la necesitará?

–Pepe, estamos dando vueltas a lo tonto. Pero quiero seguir con tu idea de esta situación: no solo está pasando aquí lo que vemos y en lo que todos podríamos coincidir. Están pasando muchas otras cosas que no captamos. No ocurre solo una historia, sino muchas historias simultáneamente. Desayunamos y discutimos. Bien. Pero en nuestro organismo están ocurriendo ahora mismo fenómenos complicadísimos, que no son exactamente los mismos para  cada uno: sabemos que ocurren, pero no tenemos la menor idea ni el menor sentimiento de ellos, aparte del gusto mayor o menor que nos cause el café… Y ocurren otras cosas, por ejemplo, no sabemos si  algún otro parroquiano nos está escuchando  y haciéndose una idea de nosotros, tomándonos por chiflados o cosa así. No digo que nos oiga, porque nos oye todo el mundo, aunque sea confusamente y sin prestarnos atención mientras hablan de otras cosas, o leen el periódico, o están silenciosos en esta pequeña tasca. Para saber si alguien nos escucha con atención  tendríamos que preguntárselo, lo cual es ridículo… Incluso puede que otra gente oiga sin prestar atención retazos de lo que conversamos y sin embargo le hagan algún efecto subconsciente… Por lo tanto están sucediendo muchas cosas simultáneamente en este mismo sitio, cosas que no podemos saber. Pero hay más: no somos conscientes de ello, pero lo que estamos haciendo ahora es parte de otra historia que no conocemos. Entra en un hilo de acciones, distinto para cada uno, y que tendrá siempre consecuencias, no sabemos cuales. Supongamos que yo convenzo a Mino o a algún otro que tal vez nos escuche disimuladamente, de que la vida es en realidad una pasión inútil, y ese otro lo interpreta a la manera de Pepe  y se suicida. Yo no me consideraría responsable de ello, pero ¿lo soy o no? Y sin duda ese suicidio formaría parte de lo que está sucediendo ahora, aunque tenga efecto algo más tarde. O imaginemos que Javi es consecuente con lo que piensa o dice que piensa, y nos manda a paseo y no viene más porque realmente cree que no hacemos más que perder el tiempo; o, por el contrario, Pepe lo convence y se vuelve un creyente fanático… Esas cosas no podemos saberlas, se escapan a nuestra capacidad de percepción, pero suceden ahora mismo en este lugar.  Sí, es verdad, en cada historia hay muchas historias simultáneas, y la mayor  parte de ellas escapa a nuestra consciencia, o las percibimos de forma muy vaga, como si fueran fantasmas

–Muy bien, Santi, es interesante lo que dices, pero será más fácil  que Javi te convenza a ti que  tú o yo a él. Porque, ocurran las historias que ocurran, todas son fútiles en tu opinión, como es fútil tu libertad. Así que tienes que optar: o seguir el ejemplo de Javi, que dice que un día sin un polvo y una buena comilona es un día perdido, o buscarte una buena soga para acabar de una vez con tanta inutilidad de vida…

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“Un reto a la razón o una broma pesada de tu Dios”

Blog I: El asesinato de Carrero en la perspectiva histórica: http://www.gaceta.es/pio-moa/asesinato-carrero-perspectiva-historica-19122014-0917 

“Cita con la Historia” Este domingo, “España y la I Guerra Mundial”, en Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde. También saldrá en podcast y en you tube.

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–Bien, Pepe, es muy cabreante estar dando vueltas  a estas cosas para llegar siempre a la misma conclusión: yo no puedo demostrar que no hay Dios y tú no puedes demostrar que sí lo hay. Ahí tenemos la fortaleza, a ver cómo la asaltamos. Estoy dispuesto a aceptar que la existencia del mundo exige un factor ajeno a él, un factor creador, por así decir, y que a ese factor lo llamemos Dios, aunque no estoy seguro de que todo eso no sea palabrería. En todo caso, en cuanto llegamos a ese nivel  tan general, entramos en un lío de contradicciones. Por ejemplo si Dios es infinitamente bueno  ¿por qué existe el mal? Y si es todopoderoso, ¿por qué lo permite? En fin, si es perfecto, ¿por qué ha creado un mundo y a unos humanos visiblemente imperfectos?…

Javier interrumpió.

–Atentos los dos, os lo repito, ¿de qué vale discutir esas cosas? Es verdad que estamos aquí sin saber por qué ni para qué, y que el mundo es todo lo imperfecto que queráis. Pero entre tanto vivimos. Eso es todo. Buscamos el placer y huimos del dolor, eso es la vida y eso es su sentido, creo yo. ¿Por qué ocuparse de más?

A Mino, en general callado,  no le gustó  el párrafo

–Eso lo dices tú porque solo piensas en joder y comer. Y porque estás sano y fuerte, tienes dinero  y puedes hacerlo. Pero otros no pueden  aunque quieran, ¿Es que valen menos por eso? ¿Es que el valor de la vida se mide por la cantidad de polvos que hayas echado y las comilonas y borracheras… Además, la vida humana es más que comer y follar, si no, seríamos como los animales.

   –Mino, sé un poco más modesto: pues claro que somos animales. ¿Qué nos diferencia de los demás? Que somos racionales. Eso quiere decir que usamos nuestra razón para satisfacer las necesidades que tenemos como animales. ¿Para qué, si no? A los animales no les gusta sufrir ni pasar necesidad, y a nosotros tampoco. Usamos la razón para satisfacer nuestros deseos, y admito que nuestros deseos son más variados, también necesitamos vestirnos, por ejemplo, pero eso es la vida humana. Cuanto mejor sabemos satisfacerlos, mejor es nuestra vida, más vale. Y si algunos os preocupáis por esos asuntos que parecen trascendentales y que no tienen respuesta es porque no tenéis cubiertas esas necesidades animales, y eso os hace desvariar, sublimar vuestras frustraciones. ¿Cuántos siglos llevan los filósofos dando vueltas a esas cosas? ¿Y a qué han llegado?

   Sin hacer mucho caso, Pepe volvió a la carga.

–Mejor no nos vayamos por los cerros de Úbeda. Tu argumento,  Santi, es muy simple: el mundo es imperfecto porque existe el mal, y por tanto, o Dios es también imperfecto porque no puede ser muy bueno. ¿Pero cómo puedes demostrar que el mundo es imperfecto? La existencia del mal no prueba eso. Muchas cosas nos parecen mal a nosotros, pero debemos aceptar que nuestra comprensión del mundo, incluso que nuestra percepción moral es muy limitada. Nosotros no hemos creado el mundo y por tanto no entendemos lo bastante de él para sentenciar si es bueno o malo, o en qué proporción es bueno o malo. Es lo que le dice Dios a Job: “¿Tú quién te crees para dictaminar lo que está bien o lo que está mal? Tú eres solo una parte mínima de la creación, no el creador, y no puedes entenderlo todo”. Ahí tienes a Javi, tan feliz, dice él, y menos simple de lo que quiere hacernos creer…  Pero lo que dice  tiene algo de razón. Significa: “ya que nos han creado así, aprovechémoslo en lo que podamos”. Pero al decirlo ya va más allá de lo que pretende. Si eso fuera todo, no habría necesidad de explicarlo, como un animal actúa y no expresa lo que hace. ¿Me entendéis? Cuando uno come, come y no piensa en si hace bien o mal, si satisface una necesidad, etc., ni lo explica a nadie. Si lo explica, es porque piensa que hay algo más.

–Atiende, Pepe: tu argumento no va a ninguna parte. Da la casualidad de que tu Dios ha puesto en nosotros algo más que la huida del dolor y la búsqueda del placer, como dice Javi. Ha puesto en nosotros una inquietud extraña por saber cuál es nuestro destino, pero al mismo tiempo no nos ha dado las claves. Esto es muy jodido. Si tú eres creyente, lo que dicen los Evangelios te bastará, pero otros no nos conformamos, y dudamos de que haya un Dios o un sentido de las cosas, porque no lo percibimos con esos dones, con la razón que nos habría  dado el propio Dios, según tú. Así que ahí delante, ahí arriba, tenemos la fortaleza, pero no encontramos ninguna vía propicia para asaltarla. Llegamos siempre a la misma jodida conclusión: no podemos demostrar una cosa ni la contraria. Pero ¿no es un reto esa maldita fortaleza? Un reto a nuestra razón, o bien una broma pesada de tu Dios. En todo caso, nosotros tenemos que entender el mundo con nuestras propias fuerzas, con nuestras propias capacidades, sin inventar dioses y atribuirles todas las potencias y virtudes que nos dé la gana imaginar. Eso es poco satisfactorio, pero yo no veo que la vida sea muy satisfactoria, ni siquiera la de Javi, porque, como tú has dicho, si tiene que explicar esas cosas ya está haciendo algo más que practicarlas, está tratando de justificar algo. Y si necesita justificarlo es porque lo que hace no le resulta tan satisfactorio… 

 

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Hayek erraba, sostiene Fabricio

Blog I. Beatería “europeísta” e hispanofobia:http://www.gaceta.es/pio-moa/beateria-europeista-e-hispanofobia-17122014-2133 

***Próximo programa de Cita con la Historia: La I Guerra Mundial y España. En Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde.

   No olviden que este programa no vive de subvenciones ni tienen un gran mecenas detrás. Los mecenas son los oyentes que consideran necesario este tipo de iniciativas frente a una sistemática falsificación de la historia que genera políticas nefastas. Cuenta para el micromecenazgo: BBVA, ES09 0182 1364 33 0201543346

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PATRICIO–Dejemos, oh amigos, esas discusiones sobre hombres y mujeres, que a nada conducen y vayamos a lo que realmente importa ahora mismo, por gris y pesado que el tema sea. Me refiero a la crisis económica, sobre la que tanto hablan y se contradicen unos y otros. Nuestro gran Fabricio sostiene que el análisis en torno al ahorro es completamente falso porque, según él, si ahorras dejas de consumir una cantidad de producción y arruinas a alguna gente. Pero no hemos llegado a conclusión alguna. Amplíanos tu teoría económica, Fabricio, por la que quizá un día te den el premio Nobel, algo que no me extrañaría, pues se lo han dado a economistas con ideas muy distintas, por no decir contrarias entre sí…
FABRICIO–Veamos, buen hombre, planteémoslo así: el ser humano precisa consumir como cualquier animal, pero a diferencia de estos, no depende directamente del medio, sino indirectamente: debe producir sus objetos de consumo, por lo general. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”, y todo eso. Hay, por tanto, producción y consumo, aunque a este también podemos llamarle inversión, si nos da la gana, como ya expliqué. Cuando la producción y el consumo se igualan aproximadamente, no hay problema. Pero, ¿y si se produce demasiado, por ejemplo?
SALICIO –¿Cómo puede producirse demasiado, excelso jorobeta? ¡Imposible! El hombre es insaciable y seguirá consumiendo lo que le echen. Incluso si se tira a la basura la mitad de la producción, ¿qué lo impide?, y ¿qué mal hay en ello?
SIMPLICIO –Lo impiden los precios. Nadie produce algo no remunerable, porque se arruina.
FABRICIO–Vamos a ver, la producción exige un esfuerzo, y ese esfuerzo ha de ser remunerado, porque si no, nadie lo haría. ¿Y con qué es remunerado? Con producción. La producción incluye la remuneración en sí misma. A efectos del análisis, simplifiquemos al máximo, para hacerlo más fácil: reduzcamos toda la producción a un solo producto, la mantequilla, por ejemplo. Esto viene a ser una metáfora, claro, pero dejémoslo en mantequilla Y ahora reduzcamos a toda la sociedad a una sola persona. Esa persona tiene una vaca, con la que resumimos todos los instrumentos de producción, y así produce su propia mantequilla y se la come, la consume. La sociedad funciona así: produce unos bienes y los consume. Imaginemos ahora que un año la vaca da más leche de la necesaria: a la persona le basta con tirarla y quedarse con la que precisa. Por ahí, es decir, por la sobreproducción, no puede venir ninguna crisis. En cambio supongamos que un año hay sequía, poco pasto, y la vaca da poca leche o enferma; o bien que la persona, por vagancia o por torpeza, deja que se estropee la mitad de la leche y tiene que contentarse con menos mantequilla de la precisa: he aquí la crisis. La crisis viene siempre por insuficiencia de producción, causada por la razón que sea. Dicho de otro modo: las crisis no vienen por el lado de la oferta, sino de la demanda no saciada. O por la oferta insuficiente, si lo preferís, todo viene a ser lo mismo.
MAURICIO–Pero tú olvidas muchas cosas. Olvidas el dinero, el comercio, los precios… No se puede reducir toda la sociedad a una persona, por mucho que quieras abstraer, ni tampoco toda la producción a una mercancía.
FABRICIO –¡Ah, qué duro es tener que explicar las cosas a los zoquetes…! Vamos a verlo de otro modo: todos sabemos cómo terminó aquel célebre debate entre Hayek y Keynes sobre la depresión, muchos años ha: como el rosario de la aurora. Os voy a explicar por qué se equivocaba Hayek. Este sostenía que en los ciclos económicos, los períodos de crisis se deben a la imperfección de los mecanismos monetarios. El tipo de interés representaría los bienes de consumo esperados en un futuro próximo a cambio de aquellos a los que se renuncia ahora, es decir, a cambio del ahorro. Ese tipo de interés regula el mecanismo que coordina el ahorro y la inversión. Pero los empresarios no pueden tener una idea precisa sobre lo que la sociedad quiere, en otras palabras, sobre el equilibrio adecuado entre ahorro y consumo, y cuando las cosas van bien, los mercados financieros tienden a dejarse llevar por la euforia y bajar demasiado los tipos de interés, con lo cual se multiplica la inversión más allá de lo que realmente puede o quiere ahorrar la sociedad en un plazo determinado. De lo que termina resultando una cantidad de inversiones ruinosas y sin salida.
SALICIO –No acabo de entenderlo, camarada. Pero dices que Hayek estaba equivocado, ¿entonces acertaba Keynes?
FABRICIO–No estaba menos equivocado, Precisamente porque también se embrollaba en ahorros, inversiones y consumos. Pero dejadme antes seguir con Hayek

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PATRICIO.- A ver si te entiendo, Fabricio: según tú, no se puede ahorrar,  porque ello implica dejar de consumir mercancías existentes, las cuales, por tanto, se desperdician, arruinando a sus productores. Esto parece una evidencia, pero choca con otra evidencia: la de que la gente suele meter parte de sus ingresos en los bancos en lugar de gastárselos en consumo directo, y los bancos, a su vez, prestan con ese dinero a los inversores o a otros consumidores. Por tanto, una de las dos evidencias debe ser ilusoria. ¿Quieres decir que ese dinero que la gente mete en los bancos no representa unas mercancías reales en las que podría gastar sus ingresos el consumidor? ¿A qué corresponden, entonces, esos ingresos? ¿Cobra la gente más de lo que puede consumir?

FABRICIO.- A eso iré, pero ante todo déjame que te aclare por vía de la experiencia histórica, y espero aceptes humildemente esta lección que te doy, os doy,  el error en que Hayek se ha dignado caer, pese a su extraordinaria  agudeza y no solo en la economía. Él supone que el origen de las crisis se halla en un desequilibrio o inadecuación entre el ahorro-inversión y el consumo. Un desequilibrio causado por las expectativas irreales de inversión. Esas expectativas parten, en general,  de la intervención estatal en el manejo de las finanzas, con tipos de interés inadecuados. Por tanto, cuando no hay crisis y sí auge económico, esos tipos tienen que ser  bastante adecuados. Como la intervención estatal distorsiona el mercado, de ahí se deduce que las épocas de auge deberían ser breves y las de crisis más largas y frecuentes. Pero ten la amabilidad de observar la historia real: los países occidentales, desde 1945 hasta ahora, han disfrutado de un período de auge económico sin precedentes y muy  prolongado. Ha habido etapas de crisis, pero relativamente cortas y poco graves, nada como la Gran Depresión del 29 al 39. Incluso la grave crisis actual dista, al menos por ahora, de parecerse a la del 29. Por tanto, mis queridos amigos, la experiencia histórica demuestra que los manejos financieros del estado no siempre son equivocados, es más, que las expectativas generadas en relación con la inversión y el consumo han sido acertadas la mayor parte del tiempo. De modo que la explicación de Hayek debe ser errónea, al menos en parte. Mas yo no me conformo con esta explicación superficial.

MAURICIO.- ¡Oh futuro premio Nobel… de la Paz! Explica entonces adónde quieres llegar con tus embrollos ¿Justificas  el enfoque socialdemócrata, en el que ya nadie cree? ¿Y en qué falla el análisis de Hayek? Además, esa prosperidad que señalas desde 1945, ¿no puede haber sido una huida hacia delante a base de endeudamiento y  desahorro, que terminará por hacer la crisis mucho más brutal? No faltan indicios de eso.

FABRICIO.- Siempre podemos suponer, oh lumbrera,  que vamos hacia la catástrofe final, de modo análogo a como  vamos hacia el sepulcro. Y ya veremos lo de la socialdemocracia.  Pero en todo este tiempo no ha ocurrido el gran desastre. Fíjate en las crisis del petróleo de 1973 y 1979: a muchos les pareció una catástrofe, pero fue reconducida. Aquellas crisis son como si la vaca de que hemos hablado hubiera enfermado un poco: el ganadero que representa a la sociedad, vamos a llamarle Pepiño,  pasó algunos apuros, pero salió del trance. Hasta ahora siempre ha sido así, y  cada crisis ha dado lugar a un desarrollo económico aún mayor.  El fallo de Hayek, como el de muchos otros, por no decir casi todos,  radica en el empleo de conceptos inapropiados como el de ahorro. Pepiño, con su vaca y su arte de producir mantequilla, consume y al mismo tiempo debe producir para consumir. Produce y consume; solo existe eso. Lo demás es embrollar. Naturalmente, la producción y el consumo se dan en tiempo y lugar, y con expectativas, porque Pepiño, a diferencia de un animal, trabaja con cierta previsión, más o menos acertada.

PATRICIO.- Pero no has explicado, chepa endemoniado, qué significa el que millones de personas, en lugar de consumir todos sus ingresos, metan parte de ellos en los bancos, eso que todos llamamos ahorro y cuya existencia osas negar con inaudita arrogancia.

FABRICIO.- Como tú mismo sugerías, se trata de una falsa evidencia, de una ilusión. Considera a Pepiño, es decir, a la sociedad: produce y consume. Pensemos a Pepiño en un estadio primitivo, de caza y demás: ¿acaso deja de comer un día a fin de fabricar un buen arco con el que cazar más piezas y comer más carne unos días después? No es eso lo que ocurre. Como entonces no había dinero, mediremos el asunto en esfuerzo y en tiempo.  Pepiño dedica una parte del día y de su sudor  a cazar, otra parte a reparar  el arco y la lanza o a construirse otros mejores,  y otra parte a comer.  O, por seguir con el primer ejemplo: dedica un tiempo y un esfuerzo a llevar a la vaca al prado,  otro rato a ordeñarla, otro a hacer la mantequilla y otro a comerla. Nunca, salvo casos muy extremos y muy raros, se privará de comer para buscar mejores prados para la vaca,  aunque estén más alejados,  y para conseguir más leche.  No ahorra nada, en ese sentido. La llamada inversión, además, aumenta el llamado consumo, porque se hace pagando a más gente para que trabaje, gente que consumirá más, a su vez. ¿Se entiende, honrados inflacabras? Cuando vais a Porriño a vender la lana o la leche y os la pagan, ¿acaso os priváis de comer o de pagar el alquiler de vuestras casas para comprar mejores piensos?

SIMPLICIO.- Pero Fabricio,  dices unas cosas muy enrevesadas que no acabo de entender y no estoy seguro de si serán muy progresistas.

FABRICIO.- Salgamos ahora de la simplificación y el primitivismo: en una sociedad más desarrollada y numerosa,  los procesos de producción y consumo se realizan por medio del dinero. Pepiño se encuentra con que  el cuidado de la vaca, el ordeño, la fabricación de mantequilla, el consumo de ella,  y el ocio,  tienen que distribuirse  de forma ordenada, porque si no, algo irá mal y ese algo repercutirá sobre lo demás.  Para esa distribución de tareas y funciones  ha terminado por inventar un instrumento en parte coercitivo, en parte compensatorio y en parte distributivo,  que valora  el tiempo y el esfuerzo que debe dedicarse a cada cosa. Ese instrumento es el dinero. La circulación del dinero pone a cada tarea en su sitio, por así decir. Cuando alguien entrega al banco un dinero, porque juzga que puede prescindir de él (no por hacer un sacrificio) y espera que le rente una pequeña cantidad mayor con el tiempo, está distribuyendo las tareas y consumos, una labor que realiza también el banco. Y lo mismo si ese alguien en vez de ir al banco  gasta todos sus ingresos, porque ese gasto estimula la producción a su vez.  Haga lo que haga con sus ingresos, el resultado siempre será el mismo: la producción y el consumo deben equivaler más o menos, y realizarse ordenadamente.

MAURICIO.- Me dejas mudo, no sé si de asombro o de espanto. Según tú, nunca podría haber crisis, porque de un modo u otro, la producción y el consumo siempre se corresponderían. Y no prestas atención al dinero y su manejo.

FABRICIO.- Vayamos por partes, camaradas. Reconozcamos, para empezar, que  ninguno tenemos mucha idea de todo esto, como tampoco parecen tenerla los economistas, tanto discrepan entre sí. Bien, consideremos que el dinero equivale al esfuerzo de la sociedad,  es decir, de Pepiño. Pepiño tiene que distribuir su esfuerzo, la sociedad tiene que distribuir el dinero  

SALICIO.- ¡Hombre, acabáramos! ¿Por qué en lugar de mantequilla no dices dinero? ¿Acaso no se mide en dinero la producción de un país? Pues di: Pepiño representa la sociedad, y el dinero representa la producción. Después de todo, la producción total de un país  se valora siempre en dinero. Pepiño come dinero, por así decir, y viste dinero y se alberga en dinero y mantiene a la vaca con dinero.

SIMPLICIO.- Yo le veo al dinero un inconveniente. No representa bien la producción. Consideremos el PIB de Porriño, creo que ronda los doscientos mil millones de lerus. Pero si reuniéramos todo el dinero que hay en Porriño, ¿reuniríamos acaso toda esa inmensa suma?  Yo diría que no. La cosa me resulta misteriosa, ¿y a vosotros?

  

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La Gran Mentira de Gregorio Morán, o el moralismo zascandil

Blog I: Carta indistinta a Zapatero y a Rajoy (y II):http://www.gaceta.es/pio-moa/zapatero-o-rajoy-ii-15122014-1632

“Cita con la Historia” no depende de subvenciones ni de ningún gran capital detrás. Depende de sus oyentes. La cuenta para apoyarlo: BBVA:  ES09 0182 1364 33 0201543346. El próximo programa será sobre España y la I Guerra Mundial.

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LA GRAN MENTIRA DE GREGORIO MORÁN, O EL MORALISMO ZASCANDIL

   Esperaba con interés el libro de Morán El cura y los mandarines,  ya que prometía una crítica despiadada, pero objetiva, del lamentable panorama intelectual que vivimos desde hace decenios. Sin embargo toda la argumentación se apoya en una enorme falsedad: que el franquismo fue culturalmente un erial (o páramo, como también se dice). Naturalmente, el autor tiene derecho a opinar así, siempre que justifique su tesis con algo parecido a un análisis… de lo que no hay ni rastro en el libro. El necio embuste, contra el que ya se rebelaba Julián Marías en un artículo que debería ser célebre, se ha apoyado siempre y de modo exclusivo en una pesada lluvia de calificativos en tono de sumo desprecio e indignación moral. Un “método de análisis” que Morán cultiva con verdadero fervor, sin percatarse de que el resultado es un pesado  moralismo, simplón y gratuito. Tampoco le importa al autor (y a tantos como él) contradecirse al citar un elevado número de  escritores  de la época, aunque sobre casi todos ellos vierta su desdén: el erial no lo fue tanto, a pesar de todo… El franquismo (“dictadura implacable”, “brutal”, enemiga absoluta de la inteligencia y la libertad…)  sería en suma una de las mayores monstruosidades de la historia no solo de España, sino del mundo. A la vista de lo que hoy sabemos y de las comparaciones que pueden hacerse con otros regímenes, esos dicterios no pasan de simple estupidez. O infantilismo.  Y si vamos a las comparaciones, el franquismo no fue la Atenas de Pericles, pero a decir verdad tampoco lo fue ningún país europeo desde 1945.

   Hay algo bueno en el libro: pone en solfa la falta de honradez intelectual y moral de tantos escritores “demócratas” y “antifranquistas”, que han accedido a tan envidiables virtudes a base de falsificar sus biografías o de adaptarse las exigencias de este o el otro poder, de preferencia al del PSOE desde que Felipe González llegó al poder con aquello de los “cien años de honradez”. Bien, el antifranquismo, activo o pasivo, a menudo vergonzante, ha sido la gran seña de identidad de la inmensa mayoría de nuestros intelectuales (y políticos) desde la transición, en algunos casos desde bastante antes. Ese antifranquismo de cachondeo ha sido una gran fuente de placer moral, detergente para todo tipo de manchas, justificante cualquier clase de embuste, transformación de las fechorías en acciones virtuosas. Uno de los rasgos de la transición fue la falsificación de las autobiografías, la invención de “exilios interiores”, “terceras España” y demás mandangas para darse pisto y sacar fruto al papel representado. Bien. Solo que para Morán las razones para criticarlos  son las contrarias: no haber sido lo bastante antifranquistas o haberse vuelto “conservadores”, un pecado casi tan grave como el de “franquismo”. En esta orgía de antifranquismo no perdona un solo tópico de la propaganda, desde los referidos a Julián Grimau o a Enrique Ruano, hasta el de Barcelona como “el lugar más avanzado de una España muy retrasada”.  

  Morán distingue el año 1962  como aquel en que por fin se produce una especie de rebelión contra el régimen, “rebelión de los mineros asturianos” (solo exigían mejoras salariales, y una vez logradas terminó la “rebelión”), o el “contubernio de Munich”, patrocinado por la CIA. “Año de audacia y esperanza”, asegura, que fertiliza  un poco el  espantoso erial  y hace crecer una serie –no muy abundante– de intelectuales a su juicio muy valiosos, uno de ellos en el exilio, Max Aub (aunque volvería a España en 1969, año de un estado de excepción causado por los asesinatos de la ETA y que Morán dramatiza a lo bestia, como todo lo franquista). Merece la pena este pasaje del libro: Dionisio Ridruejo escribió a Max Aub una “larguísima carta”resumible en “”Ahora todos estamos por lo mismo. Estamos por la democracia”. Aub le responde:  “Dentro de nada hará veinte años que nos echasteis de España, más de una vida. Hemos sido enemigos en todo menos en poesía, frente a frente, sin tapujos, usted con Falange, con Franco, con la dictadura. Soy socialista, sigo siéndolo. Usted se ha separado de los suyos, yo no. Tal vez piense ahora que tuvimos razón”.  Para entender la historia no hace falta recordar en qué consistió la “democracia”  del PSOE, y lo que habría pasado a la gente de derecha si hubiera triunfado el Frente Popular. En ese contexto, lo de “nos echasteis de España” tiene cierta gracia.  Y vale la pena señalar que Aub era socialista de los de Negrín, el que mandó el oro español a Stalin, el que expolió directamente a la media España, el que se empeñaba en matar a cientos de miles de españoles más metiendo al país en la guerra mundial.  Verdaderamente el socialismo perturba las mentes, y para estos botarates declararse antifranquista ya justifica cualquier embuste y cualquier delito.

   En fin, para Morán lo malo de aquellos “rebeldes” –un tanto zascandiles, que en aquella feroz y abominable dictadura publicaban,  prosperaban, viajaban , formaban grupos…  como casi todo el mundo, y muchos de los cuales simpatizaban con el partido de Moscú en España. Que la producción literaria e intelectual publicada durante el franquismo fuera muy mayoritariamente a-franquista o incluso anti, explica perfectamente la ferocidad de aquella tiranía—, lo malo, digo, era que habían sido, o eso supone él,  “radicales” y con el paso de los años se habían vuelto “conservadores”. Él reconoce méritos especiales, aparte de a Max Aub, a otros como Juan Benet, Martín Santos, Juan Goytisolo, Max Aub y Cela o Manuel Sacristán. Naturalmente, en cuanto a méritos literarios o de pensamiento es muy difícil la objetividad. Morán ni la intenta, todo en él es un subjetivismo exaltado, uno llega a sospechar que algo forzado. Por mi parte creo que el Cela de los años 40, no el posterior, es el mejor novelista español de la época, que Benet y Martín  Santos son casi ilegibles y rebuscados, que Goytisolo y  Sacristán, cada uno en lo suyo, no pasan de  mediocres, y que Max Aub  dista de ser un genio  literario.  Creo que les superan muchos otros no tan “rebeldes”. Son opiniones, claro, aunque podría hablarse mucho sobre ellas. En cuanto a su estatura moral, cabe recordar que  Benet aconsejaba un GULAG sin salida para gente como Solzhenitsin, o que lo característico de Goytisolo ha sido una hispanofobia obsesiva acompañada de una  islamofilia no menos reveladora.

   Queda, ya digo, una abundante información sobre las ideas y venidas de tanto intelectual poco ejemplar, aunque no siempre por las razones que Morán apunta.  La URSS fue llamada  “el país de la Gran Mentira”. España viene a ser algo parecido desde hace bastantes años.

  

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