Blog I: ¿Es el PSOE un partido democrático?:http://www.gaceta.es/pio-moa/psoe-partido-democratico-28102014-1934
**El próximo domingo, en Cita con la Historia, hablaremos de la Falange, un tema que habrá que tratar más ampliamente.
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La conspiranoia podría definirse como la idea de algún ente o institución que concentraría toda o casi toda la maldad del mundo, explicando la permanencia del mal. El hombre vive en la atmósfera moral, del bien y el mal, sin casi percatarse de ello, como el pez en el agua. Pero el bien y el mal son abstracciones de los bienes y males concretos. Normalmente, cada cual tiende a pensar que el bien consiste en lo que conviene a sus intereses y deseos, y el mal en lo perjudicial para ellos. Este es un sentimiento primario y casi animal, pero en la práctica encontramos que el bien de unos es el mal de otros, real o imaginariamente (para el envidioso, el bien ajeno es un mal aunque no le perjudique, por tanto imaginario). De este choque cotidiano surge la noción de justicia, con la cual intentamos establecer un equilibrio de bienes y males entre los individuos. A un nivel más alto, pensamos en el bien y el mal vinculados a la política, que atañe a toda la sociedad, y distinguimos políticas mejores o peores, que repercuten de distintas formas impersonales sobre los individuos. De ahí el apasionamiento en torno a los partidos y sus jefes, de quienes esperamos una bondad, o les atribuimos una maldad que tendemos a absolutizar, como se observa en las luchas electorales y más en general políticas. Hasta aquí la cosa es normal, aunque expuesta a muchos extremismos. El análisis político busca criterios para orientarse en esa selva de situaciones, ideales e intereses.
La conspiranoia da un paso más allá: concreta la abstracción del mal no tanto en un partido o personaje particular cuanto en una fuerza oculta y secreta que maneja los hilos desde la oscuridad, con una previsión absoluta en pro de intereses asimismo no muy claros pero en todo caso perversos. Es una conclusión aparentemente lógica, porque la sociedad y las luchas políticas tienen tantas variantes, alternativas, cambios, contrastes entre palabras y hechos, que la mente se pierde un tanto y busca alguna causa o fuerza profunda bajo el aparente caos. Y quizá exista esa fuerza, al modo de las leyes que explican el comportamiento de los objetos físicos. Pero esa “ley” no ha sido descubierta, quizá resulte intrínsecamente misteriosa, por lo que la conspiranoia, descontenta, busca y desde luego encuentra la razón de los males en alguna fuerza oscura, pero concreta o concretable al menos por el nombre. Una vez hallada, los sucesos malignos se vuelven de una claridad pasmosa como manifestaciones de ese mal. La idea no es muy cristiana, pues esta encuentra el bien y el mal en cada individuo, en la condición humana emancipada del instinto y al mismo tiempo condenada por haberlo superado.
Un caso típico es el de la masonería para muchos católicos. Es cierto que, por su propia concepción , la masonería es una especie de fe prometeica o luciferina, anticristiana; que actúa como sociedad secreta y por ello, conspiradora. Pero la conspiranoia cree que es la única o principal fuente de conspiraciones, identifica toda manifestación anticatólica como necesariamente masónica, e imagina a dicha sociedad –en realidad muy dividida– como un ejército secreto disciplinado que obedece sin falta a sus jefes tenebrosos. La conspiranoia cree que el mundo moderno, con todas sus incertidumbres, convulsiones, guerras y crímenes, es obra de la masonería, suponiendo la existencia anterior de un estado de cosas, justo, estable, ordenado, con cada cosa en su sitio bajo los principios católicos. Nada de ello es cierto: ni existió ese estado ideal, ni las conspiraciones masónicas son las únicas existentes (entre los católicos abundan igualmente), ni existe una especie de gobierno secreto del mundo capaz de concentrar el mal y prever todos los cambios posibles para lograr sus objetivos. Por otra parte es muy probable que para los masones (y otros que no lo son), la Iglesia católica represente algo parecido: un mal esencial prolongado durante demasiados siglos, que atenaza la libertad y la potencia creadora del ser humano. El genocidio anticristiano de las izquierdas en nuestra guerra civil permite entender el asunto. Otros objetos de la conspiranoia son el capitalismo, Wall Street, la CIA, antaño el Kremlin y el KGB, etc. Hay muchas variantes. Lo esencial de ellas es que permiten entender los hechos más enrevesados con poco esfuerzo. Pero, eso sí, convirtiendo el análisis en una parodia.
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De las tres partes (De Sonaron gritos y golpes a la puerta), la que más me ha gustado es la tercera, porque describe un contraste: entre la vida normal que le gusta a Carmen pero que a Alberto le causa rechazo, y una última aventura que termina volviendo medio loco a Alberto y le obliga a “someterse” definitivamente a Carmen. Y también por el ambiente cargado de la posguerra, las tertulias, el fracaso de los amigos tertulianos, el del simpático Tenreiro, que por un braguetazo también se hunde en la vida anodina de un rico de provincias, la angustia de la poetisa que siente cómo la juventud se le escapa, mismo la descripción de la misa negra, la descripción del buen obrero comunista… Los guardias civiles parecen los menos simpáticos. Me parece la parte más rica de la novela, psicológicamente la más lograda, podría ser una novela independiente. ¿Coincidiría usted conmigo?
Casi todos los comentarios califican la segunda parte como la más lograda, incluso algunos ven la tercera algo pesada. Pero me alegra que usted piense lo contrario. No he querido hacer del relato una aventura todo el tiempo trepidante, la vida real no es así. El protagonista vuelve de Rusia y encuentra un ambiente tan diferente, un poco plomizo por comparación, centrado en las necesidades concretas de cada día. Tenreiro deja sus aspiraciones literarias por una vida más cómoda, los otros también van sumergiéndose en en “las convenciones y trivialidades de la vida”, cuando dos años antes parecían más animosos. Solo la incertidumbre y las tensiones propias del posible final del franquismo hacia la terminación de la guerra mundial, alteran un tanto un ambiente que Alberto encuentra anodino. Él mismo da por concluida su juventud inquieta y trata de acomodarse a un modesto y rutinario pasar. No lo consigue del todo. Lleva demasiados años de vida insegura y peligrosa, que le atrae, y la tentación de salirse del carril participando en la lucha contra el maquis le puede, aun si con ello arriesga destruir su matrimonio, pues Carmen apenas puede ya soportarlo. Pero llega al final de su carrera de peligros dando con lo que menos podía esperar, un golpe definitivo que cierra su juventud volviendo a su comienzo. Es entonces cuando “se somete”, si así quiere verse. Queda abierta la cuestión de si es preferible una existencia calmada, rutinaria y aceptablemente productiva, o “vivir peligrosamente” como recomendaba Nietzsche. Sería un tema interesante de discusión para los lectores. Alberto se da cuenta igualmente de que le falta el estímulo intelectual de Paco, y su carrera posterior como profesor de filosofía también se hunde en la mediocridad.
Comparaba Zgzna a Paco con Nietzsche en el sentido de que este, bajo sus apelaciones, era un hombre atormentado y timorato, con lo cual también Paco resultaría débil bajo su apariencia. Pero el amigo de Alberto cumple bastante bien los requisitos nietzscheanos, es arrojado y desinhibido. No obstante, le hunde la culpa por la catástrofe que provoca. Eso le pasaría al más templado, salvo que al mismo tiempo fuera un tanto brutal psíquica y moralmente, al modo de muchos personajes literarios del siglo XX.
