Por qué el franquismo no tuvo oposición liberal ni democrática / Sobre “Los mitos de la guerra civil”

Blog I: ¿Qué defiende Occidente en Siria? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

********************************

Resulta irrisorio oír a algunos autodenominados liberales condenar enérgicamente al franquismo por no haber sido democrático ni liberal. No les importa situarse al lado de comunistas y terroristas, auténtica oposición a aquel régimen. ¿Al lado?  Condenan a Franco con más énfasis todavía que los opositores reales. Pero lo cierto es que el franquismo no tuvo oposición ni de los liberales ni de los demócratas (a menos que llamemos oposición a las murmuraciones aquí y allá, o a los viajes a Perpiñán y Biarritz para ver pornografía).  Como intenté aclarar a César Vidal –me temo que en vano–  (http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/ii-errores-metodologicos-de-cesar-vidal-opiniones-de-liberales-sobre-franco-9899/), la democracia viene del franquismo, no de sus enemigos, y el franquismo, sin ser liberal,  salvaguardó rasgos muy importantes para el liberalismo, como la propiedad privada, un estado pequeño  o la libertad personal. Por ello la inmensa mayoría de los liberales y demócratas pudieron vivir tranquilamente y prosperar en aquel régimen,  a menudo en el propio aparato de su estado. No había liberales ni demócratas entre los presos políticos de la época.

Eso no quiere decir que algunos de ellos no atacaran al régimen, pero con un confusionismo extraordinario. Pensemos en el Grupo 16 de Juan Tomás de Salas, que desde su Cambio 16  consideraba a los etarras, según confesión propia, “unos de los nuestros” y les hacía, “informativamente”, el caldo gordo en plena dictadura (no muy dura según vemos).  Es solo un pequeño ejemplo. Claro que algunos liberales podrían tachar a Salas de “falso liberal”, pero ahí ya entramos en un terreno resbaladizo.

Y, debe recordarse,  importantes liberales como Ortega, Marañón o Pérez de Ayala se equivocaron profundamente al apoyar a  la república, de la que más tarde renegarían con muy justificada indignación. Precisamente una crítica no muy descaminada del franquismo a los liberales españoles los hacía responsables de haber abierto el paso a la demagogia y a la revolución.

Una virtud del liberalismo es su exigencia de un esfuerzo continuado de investigación, análisis y crítica, dado que la verdad tiene la mala costumbre de no entregarse por entero a nadie. Pero en España ha ocurrido con muchos  liberales lo que con los marxistas, anarquistas y otros: toman  ideas gestadas en otros lares, las toman por panaceas, las vulgarizan, no les aportan nada y son incapaces de adaptarlas a la realidad histórica y cultural española. Creo que la base del problema radica en la tradicional mala calidad de nuestra enseñanza, desde la primaria. Por eso he propuesto como lema político: “Por una España culta, reconciliada y emprendedora”.

******************************

Probablemente Los mitos de la guerra civil ha sido el libro de historia más vendido en España en los últimos diez años, fecha que precisamente se cumple en este. Vale la pena recordar brevemente su acogida porque constituye un retrato del páramo cultural que hoy sufre España.

Como recuerda Stanley Payne, la parte izquierdista y “progre” del mundo intelectual recibió el libro con auténtica furia, mezclando la descalificación personal, la injuria y la exigencia de censura. Los  medios de masas y partidos contribuyeron, y los sindicatos fueron a las Cortes a exigir la prohibición de semejante “revisionismo” (la revisión es parte esencial del trabajo científico). Cuando todas esas medidas fracasaron, optaron por el ninguneo. Como advirtió alguien en la SER, “¿por qué no dejamos de hablar del libro de Moa? Le estamos haciendo propaganda”. Lo que no lograron en ningún momento fue rebatir  algún punto importante de su libro odiado.

Hay que comprenderlo: todos ellos habían edificado sus políticas, sus carreras, sus prestigios, sus famas sobre la falsificación sistemática de la guerra civil. Falsificación basada, no por casualidad, en las lucubraciones  “científicas” de la propaganda marxista a partir de Tuñón de Lara. Estoy convencido de que los historiadores de izquierdas, profesores muchos de ellos,  son conscientes del fraude que enseñan a  sus alumnos, pero ¿cómo echarse atrás a estas alturas?

¿Y el sector más conservador de la  intelectualidad? Como es tradicional en él, y salvo contadísimas excepciones, se hizo el sueco, cuando no contribuyó a la campaña con alguna puñalada de pícaro. Son gente timorata  y aman la verdad solo si ello no les causa alguna molestia o les supone algún peligro. De modo revelador, los grandes medios de la derecha silencian por sistema mis libros (últimamente,  Sonaron gritos y golpes a la puerta, España contra España, Ensayos polémicos y El derrumbe de la II República), mientras que los de izquierda  reconocen al menos mi existencia, aunque sea para seguir con sus ataques de mala fe. Entre los políticos, Aznar expresó su intención de leer en vacaciones Los mitos, entre otras lecturas. La izquierda se le echó encima afirmando que yo era su autor de cabecera. La cosa tuvo efecto: ni una alusión más de ningún político. No hace mucho Esperanza Aguirre desmintió en el parlamento madrileño la visión beatífica de la república difundida por la izquierda. Inmediatamente la acusaron de leer mis libros y ella, modosita, aseguró que se basaba en otros, no recuerdo cuales.

¿Qué queda? Muchos lectores antes influidos por las versiones de izquierda  me han dicho que Los mitos les había abierto los ojos y permitido comprender la guerra, sus causas y consecuencias. Como digo, los adversarios a las tesis del libro nunca han podido rebatirlas, mientras que yo he rebatido a fondo los enfoques de ellos. Por esa razón, en el décimo aniversario, no estaría de más que se recordara y que otra mucha gente lo leyese. Porque del pasado podemos aprender, pero no veremos nada  mirando al futuro, como pregonan muchos con frase tan sugestiva como vacua  En twitter difundo que la lectura de este libro y, en novela, de Sonaron gritos y golpes a la puerta, suministra una visión suficientemente clara de aquellos tiempos cruciales, de los que en cierto modo aún vivimos.

********************************

Espero que Doiraje y Manuelp reconsideren su postura de ausentarse del blog.

 

Creado en presente y pasado | 119 Comentarios

Los motivos de Alberto / Dos posturas ante la Transición

Blog I: Sobre el (sin)sentido de la vida / Corrupción intelectual: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/sobre-sinsentido-vida-corrupcion-intelectual-20130826

*************************

En un principio pensé comenzar Sonaron gritos y golpes a la puerta directamente in media res, con el asesinato de la familia de Alberto. Pero conforme avanzaba la acción me pareció útil  un capítulo previo donde el protagonista justificase tanto haber relegado la historia de su juventud al desván de la memoria, como  su decisión repentina de relatarla, ya en la vejez. Ha sido frecuente en las familias españolas de derechas hablar poco o nada sobre la guerra civil, en unos casos porque la miraban como una “guerra entre hermanos” que era preferible olvidar, en otros por un sentimiento de dolor ante las crueldades  y persecuciones de la época y por no cultivar el rencor en los hijos. El caso de Alberto es claramente distinto: el trauma familiar y personal fue tan duro que, a pesar de su espíritu inquieto, optó  finalmente por una vida lo más normal posible, familiar y profesional. Mediocre pero razonablemente feliz. Justo lo contrario del caso real que sirvió de inspiración a la novela, en la que un joven romántico e idealista  al principio termina  bebedor, mujeriego e infiel (así me lo han contado, al menos).  Alberto no es demasiado romántico ni idealista, sus actos responden más  bien a una mezcla  de dolor experimentado y de convicción intelectual o ideológica,  aunque esta siempre con un rasgo de inseguridad.  El episodio final (basado en un hecho histórico muy parecido) no solo es  traumático por su carácter extremadamente sangriento y por el papel de engaño y traición que él  ha de desempeñar, sino, igualmente, por un descubrimiento no menos  demoledor sobre su propia existencia. El choque justifica psicológicamente, creo,  que opte por olvidar y “salvarse” en una vida corriente con Carmen.

Lo que le hace cambiar  de opinión sobre su juventud, tres años después de la muerte de Carmen y siendo ya un anciano jubilado,  es un sueño  y la casual caída de una foto antigua de un ejemplar de la novela Sin novedad en el frente.   Tanto el sueño como la fotografía remitían a Rusia. No creo que los sueños tengan un significado apreciable en la mayoría de los casos, pero algunos nos impresionan profundamente y les buscamos un sentido difícil de encontrar. Y es porque en ellos surgen o resurgen anhelos profundos, temores o angustias que en la vida diurna apenas parecen afectarnos, pero que están ahí, ocultos como fantasmas en un torreón.  Tal como nuestro cuerpo funciona por su cuenta,  y podemos controlarlo solo parcialmente, también con nuestra psique debe de suceder algo parecido.  De pronto, el sueño y la foto le retrotraen con fuerza  al pasado y le hacen sentirse algo cobarde, traidor a los antiguos camaradas  que han compartido aquellas aventuras extremas.

Este comienzo guarda relación con el epílogo.  Alberto, salta a la vista, no está muy conforme con la deriva que han seguido sus hijos, y siente frustración por el poco efecto de la educación que Carmen ha querido darles. Dice haber vivido felizmente,  pero estos datos sugieren más bien un fracaso, por lo menos en relación con los hijos: dos de ellos convencionalmente triunfadores y el tercero también hundido en la mediocridad tras una juventud llena de inquietudes.  Por comparación, los avatares juveniles de Alberto cobran ante él un valor que no les había dado antes.   Los cree dignos de reseñarse, como tributo a amigos y enemigos. y se pregunta cómo reaccionarán sus vástagos al enterarse. He aquí una posible explicación del primer capítulo, sabiendo que siempre una obra escapa en mayor o menor medida a las intenciones de su autor.

*****************************

Dos posturas ante la Transición.

Como es sabido, en España se produjo una transición pacífica y ordenada del franquismo a la democracia a partir de 1977, tras el referéndum que respaldó el cambio en diciembre de 1976. Se trata de un caso muy notable en Europa occidental, donde las democracias fueron establecidas o restablecidas, a partir de la II Guerra Mundial, por la intervención militar de Usa, acompañada del apoyo económico del Plan Marshall. En España llegó, en cambio, sin intervención exterior decisoria y por evolución interna, bastante antes, también, del derrumbe de los sistemas soviéticos en Europa centro-occidental. Claro está, sin la intervención bélica useña, la democracia no habría llegado tampoco a España, pero cabe decir que en la victoria de los Aliados sobre la Alemania de Hitler jugó un papel importante la neutralidad española, por lo que la deuda estaría pagada de antemano.

La transición del franquismo a la democracia era inevitable por  varias razones. En primer lugar, a la muerte de Franco no surgió ningún  político o estadista capaz de sucederle en la misma orientación, ni era probablemente esa la intención de Franco, que en su testamento no menciona al Movimiento. La figura del Caudillo había tenido importancia decisiva, debido a la escasa fundamentación teórica de su régimen, ya señalada. Había sido él quien con su pragmatismo y adaptabilidad había logrado arbitrar entre las distintas tendencias de su régimen, a menudo díscolas y enfrentadas. Le guiaban dos o tres concepciones básicas: el catolicismo, el repudio del comunismo y la integridad nacional. Su rechazo al liberalismo era mucho más relativo y evolutivo. En segundo lugar, la Iglesia, pilar esencial del régimen, lo había abandonado desde mediados de los años 60. En tercer lugar, la gente tendía a ver el futuro de España en cierta homologación con los sistemas de Europa occidental, a los cuales se aproximaba económicamente.

Para pasar a una democracia estable, el propio franquismo había creado las mejores condiciones, en especial dos: una prosperidad que situaba a España en el club de los países de alta renta per capita,  y el olvido muy mayoritario de los odios típicos de la república. Solo quedaban irreconciliables entre los grupos terroristas, comunistas y separatistas, todos ellos muy poco representativos por entonces. De modo que el nuevo clima histórico parecía excluir la vuelta de convulsiones como las de los años 30. El ambiente internacional era también mucho más favorable: Europa occidental, en conjunto,  parecía asentada en la prosperidad y sus democracias ejercían un tirón sobre España; y Usa también deseaba una democratización sin traumas en un país aliado, situado en una posición geoestratégica clave.

Junto a estas facilidades había obstáculos no desdeñables: ante todo la inexperiencia del propio franquismo en la política democrática. Peor todavía, una oposición que, si bien minoritaria y variopinta, era en su mayoría radicalmente antidemocrática, pues se componía básicamente de comunistas, socialistas, secesionistas y terroristas. Oposición  dispuesta a utilizar medios muy dudosos,  incluido el atentado, para obstaculizar el proceso o dirigirlo hacia una aventurada “ruptura” que excluyese a los políticos y opinión franquistas, y saltase por encima de 40 años de historia para enlazar con el Frente Popular. No obstante, era preciso contar con parte de esa oposición, si bien desde el criterio de  un autor de la “reforma”, Torcuato Fernández Miranda: los antifranquistas solo aceptarían la transición “si se saben débiles”.

En otras palabras, por parte del franquismo (del grueso de él, pues una minoría creía posible la continuidad del régimen) se trataba de establecer  una democracia estable y homologada a las europeas. En ello coincidía, como objetivo inmediato, el grueso de la oposición, si bien esta, de acuerdo con sus marxismos dominantes, seguía pensando en una democracia como tránsito a un régimen de otro tipo, más o menos socialista. Pesaba, además, la cuestión de la legitimidad, ya que la “reforma” reconocía la del franquismo, rechazada abiertamente por los rupturistas.

El problema era cómo articular el proceso.

Creado en presente y pasado | 94 Comentarios

El rey y Gibraltar / Novelas y novelas

Blog I: De gobiernos lacayos y antiespañoles: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/gobiernos-lacayos-y-antiespanoles-20130821

*******************************

Han salido a la luz algunos documentos que prueban la connivencia del rey en el mantenimiento de la colonia inglesa en nuestro territorio. Desgraciadamente, Juan Carlos no es ningún modelo moral ni intelectual ni, por lo demás, le interesa de modo especial la unidad de España. El pretexto es que, si recobramos Gibraltar, Marruecos querrá hacerse con Ceuta y Melilla. Falso pretexto porque una línea tenazmente proseguida por Marruecos es la ocupación de ambas ciudades españolas, para lo cual ha procurado llenarlas de musulmanes, con la colaboración, una vez más, de los gobiernos antiespañoles del PSOE y no solo.  Ejerce una presión constante, sin esperar a que recobremos Gibraltar.  Ceuta y Melilla no son territorios a descolonizar sino, insistamos, ciudades españolas, y si no fuéramos capaces de defenderlas frente a un rival como Marruecos, entonces es que España se habría acabado definitivamente.

Hace años me comentó Sabino Fernández Campo unas actitudes de Juan Carlos en relación con Ceuta y Melilla. No las reproduciré porque él ya no puede corroborarlas. Sí diré que él estaba en profundo desacuerdo con el rey  en este asunto. Y en otros, desde luego.

España está pasando por un fin de ciclo en el que la corrupción y la traición campan por sus respetos. La cosa puede terminar muy mal si no surge por fin una alternativa razonable.

******************************

 

Otras opiniones sobre la novela. Espero no aburrirles, pero comprendan que no quiera yo seguir el ejemplo de los grandes medios de masas, que hacen el vacío a mis libros.  En el blog de José Cuevas:

 

SONARON GRITOS Y GOLPES A LA PUERTA

Ahora mismo, acabo de terminar una obra de Pío Moa:  ”Sonaron gritos y golpes a la puerta”. Nunca había leído a este autor. Sinceramente la empecé con desgana tras ver lo brusco de su introito sumario y desbocado en sucesos. A medida que iba pasando páginas hizo nacer mi amistad hacia Paco y Berto, como si yo mismo fuera una prolongación de ellos.   Realmente soy el menos indicado para emitir juicios u opiniones ante escritores de la talla de D. Pio Moa, o de cualquier otro de ahora o de siempre. El arte también nos llena de sensaciones y esas son las que quiero transmitir tras su lectura.

Destaco que con una increíble facilidad el autor me lleva a vivir todas las dichas y desdichas de los protagonistas, especialmente de Berto como si fuera junto a él, a su mismo lado, sufriendo por momentos y alegrándome en otros. Esquivando las balas y las traiciones. Superando los odios. ¿Es realmente una novela?. Para mí no; es bastante más que una narración de aventuras, de buenos y de malos, de ficción al gusto para deleite, de intrigas odios y sangre, crueldades, de encadenar hechos sin posicionamientos apodícticos.  Siempre he dicho que un buen libro es el que te hace pensar y que pensar es como vivir más de dos veces. Con esta obra se han superado mis expectativas de vida, ya que en ella misma está la propia esencia del ser humano, también la mía, un poco la de todos. Es un torbellino de filosofía también, una búsqueda constante de algo que se desarrolla a lo largo de toda la obra. Es un desafío vivaz a sistemas y etiquetas hodiernas, va muy por encima de todo eso. No busca lo correcto en ella, sino el razonamiento y la verdad esquivando la absoluta, haciendo al lector partícipe y protagonista de sus propios pensamientos. No indica un camino, señala posibilidades de sendas. 

Estoy convencido que Berto es el propio autor, o que habla por boca de aquél y vive en él mismo. De ahí tantas reflexiones y preguntas, pues solo desde las dudas se puede avanzar.  A su vez está repleta de anécdotas, de datos y de historia misma. Desde los clásicos griegos que vienen a darle la bienvenida asomándose en alguna ocasión a ella, hasta los autores y pensadores más recientes o contemporáneos. Y conviven entre sí pacíficamente, mientras el frío en el frente de Rusia parece calarte el alma también.  Esta obra tiene en sí misma el don de combinar mucha realidad y ficción en su regazo. Sobre todo no te obliga a odiar al otro bando en contienda. Une más a España desde las diferencias, también con la humanidad y la comprensión de ideas opuestas. Todos somos un poco todos y juntos uno.  Me he sentido apenado y triste tras la muerte de algunos de los protagonistas que iban quedando por el camino. Pero consigue que sigan vivos, de alguna manera hasta el Epílogo  He visto odio, pero también mucho amor, en situaciones fáciles y difíciles. De un arma mortífera me queda la canción al viento de la muchacha enamorada al bajar al río por la mañana: la Katiusha.  Realmente me sentí un poco D. Augusto Pérez ante el Maestro Unamuno, no para exigirle ni discutirle nada sino para agradecerle el placer inesperado de la lectura de su obra.  Beatus ille, José Cuevas.

 

 
Otra opinión en Facebook: Tino Gago Cienfuegos Nunca me gustaron las novelas, pero me enganchó de tal manera que me sentía parte de la misma, un figurante de carne y hueso dentro de ella.  Con cada página mi imaginación se disparaba . Comparto lo que comenta usted, .Podría seguir, y seguir hablando de ella……pero al buen entendedor ………
Conste que no hay ningún soborno por medio en estos comentarios.
 Y otro, en respuesta a la de Carlos López Díaz:

PRIEDEdijo…Pues mire por donde a mí el título me parece inmejorable. Si quiso llamar la atención del lector, lo consiguió. Esos golpes y gritos sobrecogen.
Sin embargo la novela es mala, malísima. No pude pasar de la página 50. A los personajes se les nota que han leído a Pío Moa y que tienen mucha gana de contárnoslo. Y digo esto considerando la prosa de Moa no ya buena, sino brillante; clara, concisa, diáfana. Pero, lo suyo no es la novela.
Creo que Moa debería de haber abordado la historia como alguien que rememora y cuenta en primera persona, sin dar vida a personajes. Dejar que los personajes deambulen solos y no se vayan por la tangente, es el mérito de un novelista, y Moa no lo ha conseguido.
Moa, quizá, debería meterse en la piel de otro y narrar hechos concretos, sin sentirse en la obligación de hablarnos de buenos y malos, o culpables y menos culpables. Un chequista doctrinario adscrito a la checa de Bellas Artes, podría dar juego. La justificación permanente de las atrocidades que comete, o ve o ampara, daría mucho juego. O los conflictos internos psicológicos a los que se ve sometido. Su disidencia final, que se produce, por ejemplo, por un hecho insólito que le conmueve.
Quizá en relatos breves su magnífica prosa hubiera relucido como merece, y no en boca de unos personajes que antes de que nos relaten lo sucedido ya han leído “Los mitos de la guerra civil”.

Me da la impresión de que el crítico no ha leído realmente la novela, como le hace observar Carlos López:

Carlos López Díazdijo…

Creo que Moa debería de haber abordado la historia como alguien que rememora y cuenta en primera persona, sin dar vida a personajes.”
Bueno, es evidente que es exactamente lo que hace Moa. Es un relato en primera persona de un anciano que recuerda su juventud y, claro, tiene que dar vida a personajes como la que sería su mujer, los hermanos de esta, y otros muchos. No estoy de acuerdo en absoluto con que la novela emita juicios en términos de malos y buenos: son los personajes quienes lo hacen, y distan mucho de ser marionetas, todos ellos tienen sus luces y sus sombras. Lo que diferencia a esta novela de otras sobre la guerra civil y el franquismo es precisamente que evita dejar constancia de los prejuicios progresistas (que Moa además no los tenga, es accidental, literariamente hablando), como se creen obligados otros. Pienso, por ejemplo, en Muñoz Molina y su “La noche de los tiempos”, novela estimable, pero que en algunos momentos pone en boca del narrador pensamientos de una pretendida ecuanimidad en plan “la tercera España” que provocan rubor, por lo inverosímil.

Cabría añadir que, lejos de haber leído mis libros, los personajes están equivocándose constantemente sobre la marcha de la guerra y otras muchas cosas que el historiador no ignora.

Creado en presente y pasado | 124 Comentarios

“El padrino”, el amor súbito y la épica delincuente. Sobre la autarquía.

He aprovechado estos días de semivacaciones para ver las tres películas de El padrino”. Según el amigo que las tenía, se trata de obras magníficas, sobre todo la primera, considerada por los expertos incluso como la mejor de la historia (en otros tiempos era “El acorazado Potemkin (o Patiomkin) o Ciudadano Kane, parece ser). Soy muy poco cinéfilo y no tengo un criterio  especialmente documentado. No creo que haya en el cine obras maestras comparables a las grandes literarias o musicales, por ejemplo.  Como fuere, uno de los episodios me recordó una crítica de Manuelp a Sonaron gritos y golpes a la puerta, hace cosa de un año, así que la he buscado: “El enamoramiento súbito que experimenta el protagonista de la novela -Alberto- por Iliena es idéntico al descrito como “rayo” en la novela “El Padrino” de Mario Puzo por el que Michel Corleone queda fascinado instantáneamente por Apollonia al verla y también son parecidas las trágicas muertes de las dos mujeres”.

La verdad es que ni leí la novela ni había visto la película, y por ello me sorprendió  el comentario. Por lo demás, el enamoramiento súbito es  un tema literario muy frecuente, y en la vida real también se da –persista luego, o no–, como se da también el enamoramiento infantil prolongado en la edad adulta, aunque estas cosas no ocurran a menudo. Que ese enamoramiento termine trágicamente en las dos novelas y en la película ya es una coincidencia menos fácil, pero realmente no se parecen mucho los dos sucesos. En El padrino, Apollonia muere casi accidentalmente en un atentado destinado al marido, mientras que en Gritos y golpes se trata de una venganza en la que parecen mezclarse los celos y la acción partisana, aunque he preferido no dejarlo del todo claro cuando los protagonistas rehúsan identificar a la mujer ahorcada, presuntamente Irina.

Volviendo a El padrino, los personajes están bien retratados psicológicamente, la acción es coherente (no sé si realmente la mafia funciona así)  y técnicamente la película está muy bien hecha. Es básicamente un relato épico, y ahí está la contradicción insoluble: no puede hacerse verdadera épica con unos asesinos por dinero “sucio”. Salvando las distancias, recuerda a Alatriste, un asesino profesional a quien no hay modo de convertir en héroe.  El fondo del argumento chirría así de modo intolerable, no digamos en la parte tercera, cuando el jefe mafioso, ligeramente arrepentido y empeñado en centrar sus negocios en la legalidad después de haberse vuelto inmensamente rico, juzga moralmente a otros, y a los políticos italianos como la “verdadera mafia”, en lo que quizá no iba del todo descaminado, si dejara aparte lo de “verdadera” (creo haberlo oído así).

Claro que, por otra parte, este tipo de literatura de “épica delincuente”,  con abundancia de escenas de gran violencia y maldad,  conforma una tradición literaria y cinera (perdón por el neologismo) especialmente cultivada  en Usa, pese a la creencia contraria de César Vidal. Una explicación podría encontrarse en cierta tensión violenta acentuada en la sociedad useña. Por otra parte, de modo más amplio, los temas literarios han sido con gran frecuencia aquellos hechos y personajes que se salen de lo corriente –lo que vuelve muy  arriesgadas las interpretaciones sociológicas o políticas de la literatura–. Y sobre todo los que se salen de lo corriente por el lado malo. Hay una fascinación humana muy extendida por el mal,  tradicionalmente castigado al fin, pero me parece que en el siglo XX han proliferado los relatos del mal triunfante, sin final feliz, un rasgo de desasosiego moral de la época. Creo que esos son los ingredientes que  hacen la película digna de verse, aun con su  quiebra de fondo.

——————————

A menudo encontramos juicios demoledores sobre la economía autáquica que siguió España desde finales de la guerra civil hasta 1959. Se habla de “años perdidos”, etc. . Ya he recordado algunos datos sobre esa época, que no fue perdida ni mucho menos (http://www.libertaddigital.com/opinion/historia/los-40-y-50-anos-perdidos-del-franquismo-1276239136.html)

La autarquía fue básicamente una profundización de la política tradicional muy proteccionista seguida por España, debido al éxito de la autarquía en la Alemania nacionalsocialista y a las imposiciones del aislamiento internacional, finalmente vencido. Muy lejos de ser una ruina, permitió tasas de crecimientos superiores a las de la democracia en algunos años y permitió construir una base industrial  considerable, sin la cual la liberalización posterior no habría llevado muy lejos, en lugar de convertir a España en el país de más rápido crecimiento de Europa y segundo del mundo después de Japón. Pero hasta ahora todas las recetas económicas han tenido su momento de éxito y de fracaso. La política de sustitución de las importaciones llevó finalmente a una necesidades importadoras crecientes para las que no existían divisas, de modo que la situación podría volverse dramática si, por ejemplo, fallaba la cosecha de naranjas. Este fue el argumento con que los liberalizadores convencieron a Franco. Curiosamente, en 1959 Europa occidental se encontraba en pleno auge económico, manifiesto entre otras cosas en un aumento espectacular del turismo. Es decir, en los años siguientes España se vio inundada de turistas que proporcionaron un chorro enorme de divisas con el que se financió en buena medida el crecimiento.  La pregunta es: ¿cómo habrían evolucionado las cosas con una política autárquica alimentada por el turismo masivo?

Creado en presente y pasado | 252 Comentarios

Los separatismos vasco y catalán comparados

: LOS NACIONALISMOS  CATALÁN Y VASCO COMPARADOS

 

Trataré aquí de sintetizar las ideas de estos movimientos, así como su actuación a través de ciertos sucesos clave hasta la Guerra Civil.  Tales nacionalismos se definen, lógicamente, en relación con España, tenida por el enemigo a derrotar en el nacionalismo vasco, y negada simplemente en el catalán. Son un fenómeno históricamente reciente, pues nació a finales del siglo XIX, cobró impulso con el “Desastre” de 1898 y desde entonces se configuró en Cataluña y  en Vascongadas  como un factor importante  en la vida política española, excepto durante las dictaduras, que ocupan casi la mitad del siglo.

Estos movimientos derivan  de los regionalismos, productos del Romanticismo del siglo XIX, con su exaltación de algunas tradiciones, del “espíritu popular” y de la Edad Media. Los regionalismos arraigaron en varias partes de España,  sin tono antiespañol, y sólo en Cataluña y Vascongadas derivaron en separatismos fuertes. ¿Por qué ocurrió así, y no prendió algo similar en Galicia o en Valencia, Baleares, Andalucía, Canarias, etc., donde el nacionalismo pudo haber explotado motivos lingüísticos u otros?  Una explicación suele hallarse en el empuje industrial  vasco y catalán. Sin embargo es obvio que la industrialización es anterior al nacionalismo, y que este la habría impedido, al romper el mercado español. La burguesía catalana  mostraba celo españolista en pro del mercado, y el nacionalismo vasco exaltó más bien una idealizada sociedad rural y bucólica.  La industrialización solo influyó de modo indirecto, para crear un sentimiento de superioridad explotado por los nacionalistas. Como observa Cambó,  “El rápido enriquecimiento de Cataluña (…) dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas” (1). Es decir, los nacionalismos fomentaron y explotaron ese sentimiento de orgullo, combinándolo con otro de victimismo, pero no fueron, desde luego, los causantes de aquella riqueza.

Otra explicación podría estar en la memoria de los antiguos fueros. Pero en realidad de ellos quedaba en Cataluña, en el siglo XIX, poco más que un rescoldo sentimental, y su abolición  por Felipe V había sido una bendición para el Principado, pues había acabado con privilegios especialmente opresivos de la oligarquía (las “libertades catalanas” llegaban a permitir a los oligarcas el asesinato de campesinos). Al mismo tiempo abrió de lleno los mercados del resto de España y de América, lo que trajo prosperidad a una región antes muy empobrecida. En Vascongadas, la abolición de los fueros en1876, acausa de la guerra carlista,  también facilitó la expansión industrial vasca, y,  como muestra Juaristi (2),  la reivindicación foral tuvo escaso eco. No obstante, como motivo sentimental y político invocado a posteriori, no dejó de tener cierta  relevancia.

Suele aludirse  asimismo a las peculiaridades culturales e  históricas, a los “hechos diferenciales”. Pero esas diferencias eran menores,  preexistían de largo tiempo atrás, y también en otras regiones, y no habían dado pie a tales movimientos. El catalán o el vasco corrientes, aunque conscientes de esas diferencias, se sentían españoles. Como recuerda Cambó, todavía en 1898, “Cuando salíamos del Círculo de la Lliga de Catalunya, encendidos  de patriotismo catalán, nos sentíamos en la calle como extranjeros, como si no nos hallásemos en nuestra casa, porque no había nadie que compartiese nuestras aspiraciones“(3). Aún más expresivo resulta Sabino Arana, con sus imprecaciones y amenazas a los malos bizkaínos: “El yerro de los bizkaínos de fines del siglo pasado y del presente (…) es el españolismo”. “Nuestros padres  vertieron su sangre en Padura (se refiere a una supuesta batalla de hace once siglos)  para salvar a Bizkaya de la dominación española, por la libertad de la raza, por la independencia nacional. Nosotros ¡miserables! hemos vendido el fruto de esa sangre a los hijos de sus enemigos y hemos escupido al sepulcro de nuestros padres. ¡No sabían los bizkaínos del siglo noveno que con la sangre que derramaban por la Patria, engendraban hijos que habían de hacerle traición!”.  “Vosotros, cansados de ser libres, habéis acatado la dominación extraña” “Si no queréis abandonar esos caminos por donde os llevan los enemigos de Bizkaya; si os obstináis en ayudar al verdugo de Bizkaya (…) ¡Que vuestros nietos os maldigan y os execren!”.  “¡Cuándo llegarán los bizkaínos a mirar como a enemigos a todos los que les hermanan con los que son extranjeros y enemigos naturales suyos!” Y así sucesivamente.

Observemos que el ancestral sentimiento español de vascos y catalanes marca una diferencia clave con nacionalismos como los de Europa central, donde las minorías integradas en los  imperios austríaco, turco o ruso, como los checos, los serbios, los croatas, los búlgaros o los polacos nunca se sintieron austríacos, turcos o rusos. La integración de Vascongadas y Cataluña en España tampoco procede de invasiones, como las de aquellos pueblos centroeuropeos, o la de Irlanda, Quebec, etc.

Por tanto, los factores señalados  no explican gran cosa. Los nacionalistas supieron  aprovecharlos, pero no conducían de por sí al separatismo. La impresión de que existía un caldo de cultivo muy favorable a los nacionalismos en Cataluña y Vasconia es difícil de sostener. Los apóstoles de las nuevas ideas trataban de oponer  el sentimiento vasco o catalán al sentimiento español, cuando antes la gente  no encontraba esas cosas contrarias, y, en realidad,  desarraigar o debilitar en parte importante de los vascos y los catalanes el sentimiento hispano, requirió un esfuerzo muy arduo y una habilidad muy notable.

La  tarea exigía líderes capaces y entregados, y en buena medida el éxito de ambos nacionalismos se debe  a que hallaron sus profetas, sus jefes fervorosos e iluminados,  consagrados en cuerpo y alma a una misión  a su juicio redentora. No encontramos en el nacionalismo gallego u otros a  personajes tan enérgicos y diestros como Arana,  Prat de la Riba o  Cambó. Una tradición ya larga explica la historia por causas materiales más o menos cuantificables, pero en cuanto indagamos los hechos topamos siempre con imponderables como el carácter de los dirigentes. Así,  sin Lenin resulta inimaginable la revolución rusa, socialista en un país agrario y atrasado, cuando la mayoría de los propios jefes bolcheviques vacilaba ante el golpe revolucionario, o lo rechazaba. El caso interesa porque son precisamente los marxistas quienes más han insistido en la primacía de las llamadas “condiciones materiales” u “objetivas”.

Tanto Arana en Vascongadas  como Prat de la Riba en Cataluña, muestran en sus escritos la convicción absorbente de haber descubierto una nueva luz  destinada a alumbrar en lo sucesivo la marcha de  sus paisanos. Cambó  resolvió siendo joven renunciar al matrimonio por consagrar todas sus energías a la causa nacionalista. Esa exaltación la sintetizará Prat de la Riba en su célebre frase: “La religión catalanista tiene por Dios a la patria”.  Arana  deploraba “Cuán difícil  y penosa es la labor que nos hemos impuesto, de soltar la venda que ciega los ojos de los bizkaínos!”, pero advirtió en su discurso de Larrazábal que, si fracasara, abandonaría Vizcaya, y “si tan triste caso llegara, juro (…)  dejaros también un recuerdo que jamás se borre de la memoria de los hombres”. En su intención debía de ser un recuerdo terrible.

Los métodos para desespañolizar a catalanes y vascos se parecieron. Un ataque  inclemente a España o a Castilla, más una historia de agravios,  y simultáneamente un halago desmesurado a lo autóctono: “Había que saber que éramos catalanes y que no éramos más que catalanes”,  dice Prat. Para lo cual debían combinarse “los transportes de adoración” a Cataluña con el odio a los supuestos causantes de sus males, los castellanos, pese a que Castilla había dejado hacía mucho de representar un poder  hegemónico o director en España. “La fuerza del amor a Cataluña, al chocar contra el obstáculo, se transformó en odio, y dejándose de odas y elegías a las  cosas de la tierra, la musa catalana, con trágico vuelo, maldijo, imprecó, amenazó“.  Había que “resarcirse” de una imaginaria “esclavitud pasada”. “Tanto como exageramos la apología de lo nuestro, rebajamos y menospreciamos todo lo castellano, a tuertas y a derechas, sin medida”.  O, como observa más sobriamente Cambó,  “El rápido progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias: esto ha pasado siempre y siempre pasará, porque los cambios en los sentimientos colectivos no se producen  nunca a base de juicios serenos y palabras justas y mesuradas” (4).

En suma, escribe Prat: “Son grandes, totales, irreductibles, las diferencias que separan a Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconia. Las separa, por no buscar nada más, lo que más separa, lo que hace a los hombres extranjeros unos de otros, lo que según decía San Agustín en los tiempos de la gran unidad romana, nos hace preferir a la compañía de un extranjero la de nuestro perro, que al fin y al cabo, más o menos, nos entiende: les separa la lengua”. De creer a Prat,  nadie entendía el español común fuera de Castilla, si acaso Andalucía o Canarias, y un catalán preferiría –o más bien debía preferir–  la compañía de su perro a la de un castellano, un gallego o un vasco. Su visión histórica opone  “el gótico y el románico de nuestros monumentos”  a “la Alhambra o la Giralda”, como si a Cataluña la caracterizasen el gótico y el románico, y al resto de España los restos árabes.  Para él, “Bien mirados los hechos, no  hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada“.  Debía erradicarse lo que llama “monstruosa bifurcación de la conciencia catalana”, que hacía sentirse español al catalán.  España no pasaba de ser un aparato estatal, sin sustancia  de nación.

Prat y Arana se consideraban católicos fervientes, pero Arana va más allá que Prat, y exclama indignado: “¡Católica España! Y ¡afirmarlo ahora que cualquiera (…) lee periódicos y libros! (…) No es posible, en breve espacio, mencionar siquiera concisamente los hechos pasados y presentes que prueban bien a las claras que España, como pueblo o nación, no ha sido antes jamás ni es hoy católica”.

Arana decía hallar en  la mayoría de los españoles “el testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que  hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila: no busquéis  en sus rostros la expresión de la inteligencia  humana ni de virtud alguna; su mirada solo revela idiotismo y brutalidad”. Ante hecho tan lamentable,  el inteligente y virtuoso Arana clamaba con furia asombrada: “Euskerianos y maketos ¿forman dos bandos contrarios? ¡Ca! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esta unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas“. Estas frases condensan el programa sabiniano: sustituir la amistad y fraternidad por una dura  hostilidad. Así advierte al  vasco renuente a sus doctrinas: “Si el maketo, penetrando en tu casa, te arrebata a tus hijos e hijas  para quitar a aquellos su lozana vida y prostituir a éstas… entonces, no llores“. Al mismo tiempo exalta hasta las nubes a la  “raza bizkaína”,  ”singular por sus bellas cualidades, pero más singular aún por no tener ningún punto de contacto o fraternidad  ni con la raza española, ni con la francesa (…) ni con raza alguna del mundo.  Pero, sorprendentemente, “la nación más noble y más libre del mundo”,  sufría   ”humillada, pisoteada y escarnecida por España, esa nación enteca y miserable”. Y fulminaba a sus  paisanos: “Habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa, os habéis hermanado y confundido con la raza más vil y despreciable de Europa”. Y concluye con nobleza y generosidad  peculiares:  “Era antes vuestro carácter noble y altivo, a la vez que sencillo, franco y generoso; y hoy vais haciéndoos tan viles y pusilánimes, tan miserables, falsos y ruines como vuestros mismos dominadores“.

No extrañará que Arana contestara con desprecio a los primeros tanteos fraternos del nacionalismo catalán: “Cataluña es española por su origen, por su naturaleza política, por su raza, por su lengua, por su carácter y por sus costumbres”. “Ustedes, los catalanes, saben perfectamente que Cataluña ha sido y es una región de España”. Por tanto, señala sin piedad: “Maketania comprende a Cataluña”, y para más claridad,  “Maketo es el mote con que aquí se conoce a todo español, sea catalán, castellano, gallego o andaluz”.  En consecuencia, aclaraba a los nacionalistas catalanes, “jamás haremos causa común con las regiones españolas”.  No excluía “entendernos en la acción definitiva” contra España, pero  en todo caso, “jamás confundiremos nuestros derechos con los derechos de región extranjera alguna”.

Así pues, si España no existía como nación, según Prat, o era tan irrisoriamente inepta y ruin como decía creer Arana, la misión que ambos se atribuían debía haber resultado muy fácil. Y difícil, en cambio, explicar dónde había estado durante siglos Cataluña, o cómo se había producido la supuesta sumisión de los vascos. Pero estas dificultades nunca les arredraron. Como fuere, el halago exaltado a un grupo social, combinado con el señalamiento de un enemigo culpable de todos  los males, sugestiona fácilmente a mucha gente, si se insiste en ello con tenacidad *. Y así fue.

A estas campañas ayudó de forma decisiva el  “Desastre” del 98, como recordaba Cambó. Si en el terreno económico aquella derrota tuvo poco efecto, y el desarrollo español incluso se aceleró luego, supuso  en cambio una profunda quiebra moral y psicológica,  que dio alas a los movimientos radicales, desde el socialismo revolucionario y el anarquismo a los nacionalismos. Así fue posible que a los pocos años Prat asegurase, con alguna base: “Hoy ya, para muchos, España es sólo un nombre indicativo de una división geográfica“.

Diferencias entre separatismo vasco y catalán
Aun con estas similitudes, y con un nivel intelectual común no muy destacable, los programas nacionalistas de Prat y de Arana difieren profundamente. Prat anhelaba  “más que la libertad para mi patria. Yo quisiera que Cataluña (…)  comprendiera la gloria eterna  que conquistará la nacionalidad que se ponga a la vanguardia del ejército de los pueblos oprimidos (…) Las naciones esclavas esperan, como la humanidad en otro tiempo, que venga el redentor que rompa sus cadenas. Haced que sea el genio de Cataluña el Mesías esperado de las naciones”. Ello no le impedía proclamar al mismo tiempo una vocación imperialista, pues el imperialismo “es el período triunfal de un nacionalismo: del nacionalismo de un gran pueblo”.  Cataluña debía convertirse en el elemento hegemónico de un imperio ibérico extendido desde Lisboa al Ródano, para luego  “expandirse sobre las tierras bárbaras“.

Claro que este programa, aparte de resultar ya anacrónico, traería fuertes tensiones, quizá incluso bélicas, con Portugal y con Francia. Además, ¿qué autoridad moral podían tener los nacionalistas catalanes, tras proclamarse tan radicalmente distintos, para dirigir al resto de los españoles? Prat invoca “sentimientos de hermandad”,  lo cual lo lleva por otro camino a la “monstruosa bifurcación”  de la conciencia catalana que él quería eliminar. Y siendo tan diferentes y no habiendo recibido más que males de Castilla,  ¿por qué no volcaban su entusiasmo fraternal con los franceses, en lugar de con los españoles? Por otra parte, ¿qué pasaría si el resto de España no aceptaba el liderazgo del nacionalismo catalán? Porque aunque Cataluña era la parte más dinámica del país, no dejaba de ser una parte menor, muy inferior al resto en peso cultural y económico; y al considerar extranjero al idioma común renunciaba al principal cauce de influencia. Sólo quedaba,  en última instancia, intentar liderar y liberar a los llamados “países catalanes”, aunque los valencianos y baleares detestaban en su mayoría ese imperialismo.

Y a Arana, desde luego, ni se le ocurría pensar en los catalanes como vanguardia de los “pueblos oprimidos” o  de cualquier otra cosa.  Su plan, al revés del de  Prat, propugnaba el autoencierro para el  “pueblo más noble y más libre del mundo”. La mayor distinción de los vascos, sería,  después de la raza, el idioma vascuence, “broquel de nuestra raza, y contrafuerte de la religiosidad y moralidad de nuestro pueblo“, pues “donde se pierde el uso del Euzkera, se gana en inmoralidad“. Por eso, “Tanto están obligados los bizkaínos a hablar  su lengua nacional como a no enseñársela a los maketos o españoles“. Nada, pues,  de  moralizar por vía lingüística a los maketos: “Muchos son los euzkerianos que no saben euzkera. Malo es esto. Son varios los maketos que lo hablan. Esto es peor” “Si nuestros invasores aprendieran el euzkera, tendríamos que abandonar éste, archivando cuidadosamente su gramática y su  diccionario, y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego” Etc.

Con todo su fervor por el vascuence,  la lengua materna de Arana era el castellano, que escribía con no mal estilo. Dada la dificultad del idioma vernáculo, no debió de llegar a dominarlo, como indica su creación de la palabra Euzkadi. En sus meditaciones encontró un caso extraño: “He aquí un pueblo que con ser singularísimo entre todos, carece de nombre” en su propia lengua. Existía el tradicional Euscalerría o Euzkelerría (un neologismo del siglo XVI), pero juzgado inservible por Arana.  “Euzkadi”  conservaba la raíz “euzko”, relacionada al parecer con “eguzki” (“el del sol”), indicando procedencia oriental o bien  “veneración al sol como la obra más benéfica del Creador”.  Idea remitente, una vez más, a la exclusividad y preeminencia de la “raza vasca”. Los separatistas juzgaron  el nuevo nombre un hallazgo genial. Según el político nacionalista Eguileor “el anhelo” de la “raza más vieja de la tierra (…) se condensa  maravillosamente en una sola palabra, la que no acertó a sacar durante cuarenta siglos  nuestra raza del fondo de su alma, palabra mágica creada también por el genio inmortal de nuestro Maestro: ¡Euzkadi!”. El filólogo vasco Jon Juaristi califica el término de dislate, compuesto de “una absurda raíz euzko,  extraída de euskera, euskal, etc., a la que Arana hace significar “vasco”, y del  sufijo colectivizador  -ti /-di, usado sólo para vegetales. Euzkadi se traduciría  literalmente por algo parecido a bosque de  euzkos, cualquier cosa que ello sea”. Unamuno había criticado el invento como la “grotesca y miserable ocurrencia” de un “menor de edad mental”, que equivaldría a cambiar la palabra España por  “Españoleda, al modo de pereda, robleda…” (5)

Y lejos del imperio ibérico de Prat, enseñaba Arana: “Si a esa nación latina la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo”. Deseo lógico porque “aborrecemos a España no solamente por liberal, sino por cualquier lado que la miremos”.

Otra diferencia es que el nacionalismo vasco será siempre muy derechista, salvo pequeñas  variedades,  hasta que en los años 60 del siglo XX se asiente una rama de izquierdas en torno a ETA. En cambio al nacionalismo catalán, también de derechas al comienzo,  le nacería pronto un sector más izquierdista, violento y radical. Con el tiempo, el partido de Prat y de Cambó encontraría  “en el patriotismo español  la ampliación natural y complemento necesario del patriotismo catalán”, en expresión de Valls Taberner en 1934 (6). Por el contrario,  la izquierda nacionalista  acentuaba  el talante separatista o al menos exclusivista.

También difería el estilo de las propagandas: bronco el de Arana, más solapado el de  Prat, como él mismo advierte: “Evitábamos todavía usar abiertamente la nomenclatura propia, pero íbamos destruyendo las preocupaciones, los prejuicios y, con calculado oportunismo, insinuábamos en sueltos y artículos  las nuevas doctrinas”.  En Prat y sus fieles predominó un victimismo algo quejumbroso y sentimental,  que conmemoraba pretendidas  derrotas históricas como factor de agravio. Los sabinianos exhibían menos victimismo y más agresividad: Arana inició su predicación mencionando nebulosas victorias o “glorias patrias” contra “el invasor español”, y llamando a renovar aquellas hazañas, aunque al mismo tiempo privaba a los vascos de otras glorias más demostrables, alcanzadas por ellos como españoles.

Pese a los éxitos nacionalistas, el sentimiento español era y es  muy persistente, por basarse en una historia compartida de muchos siglos,  en una profunda mezcla demográfica y cultural,  en el tronco católico de su cultura,  en una densa interrelación económica,   y en la conciencia de que la lengua común, pese a su origen castellano, no es patrimonio de ninguna región, pues todas han contribuido a darle forma. Además, la lengua común permite  a las regiones comunicarse entre sí y ampliar a muchos países las relaciones y empresas de todo tipo. No extrañará que el propio Arana admita: “Hemos convencido a muchas inteligencias; hemos persuadido a pocos corazones. Lo cual demuestra, en último término, que ya no hay corazones en Euskeria. ¡Pobre Patria!”. En cuanto a los nacionalistas catalanes, su flojera en varios momentos cruciales demostrará lo mucho que había de pose en  sus  maldiciones, imprecaciones y amenazas, que decía Prat.

La consecuencia inmediata de estos nacionalismos es doble. Por una parte tienden a separar y crear hostilidad entre los vascos o los catalanes y los demás españoles, y por otra dividen a vascos y catalanes en “buenos” y “malos”, según acepten o no sus doctrinas, al modo como ciertos falangistas usaban el mismo criterio para distinguir entre buenos y malos españoles. Los nacionalistas se proclaman automáticamente representantes del pueblo, piense lo que quiera la mayoría de él. Ello tiene, desde luego, poca relación con la democracia tal como normalmente se concibe. Con tal enfoque, las elecciones, por ejemplo, son un método aprovechable, pero nunca serán admitidas las votaciones adversas. Ocurre algo parecido con los comunistas, autoproclamados representantes del proletariado, voten lo que voten los obreros, y que utilizan las elecciones de modo similar.

Estos nacionalismos no sólo alientan un sentimiento contra España, sino también contra el liberalismo: “antiespañol y antiliberal es lo que todo bizkaíno debe ser”, adoctrinaba Arana, y el nacionalismo catalán fraguó en buena medida en círculos eclesiales que veían en el liberalismo una amenaza.  Hubo también una raíz más o menos carlista., pues tanto en las Vascongadas como en Cataluña tuvo el carlismo fuerte influencia, y ante el triunfo liberal, algunos derivaron hacia el nacionalismo como una forma de salvar lo salvable del antiguo régimen. Sin embargo no debemos olvidar que el carlismo era muy españolista, y defendía los viejos fueros como propios, supuestamente, de la  unidad española, en contraste con el centralismo traído de Francia.  Por lo demás, no hubo evolución nacionalista en Navarra, Álava  y otras regiones  y provincias donde el carlismo tenía profundas raíces.

También influyó  en el antiliberalismo la llegada de trabajadores de otras regiones, a menudo desarraigados e ignorantes, alejados de la religión por el debilitamiento o pérdida de lazos familiares,  la explotación y   las condiciones de vida, con frecuencia miserables. En ellos prendieron las doctrinas socialistas y anarquistas que les prometían un mundo feliz y les señalaban un enemigo. Muchos vascos y catalanes de clase media veían en esa inmigración una fuente de inmoralidad,  subversión y violencia, y, si bien se beneficiaban de ella,  le oponían un pasado ideal de catolicidad  y moralidad estrictas, aún persistentes en sus regiones, pero  supuestamente  perdidas en el resto de España. Buena parte del clero  desempeñó un papel importante en el auge nacionalista en las dos comunidades.

El PNV mantuvo un cerrado antiliberalismo, que  en una derivación de él,  la ETA concluyó en un revolucionarismo marxistoide. En Cataluña la historia siguió otro rumbo: el nacionalismo liderado por Cambó evolucionó hacia un regionalismo españolista, y sus contradictorias aspiraciones, imperialistas y emancipadoras de los “pueblos esclavos”, concluyeron en un liberalismo templado. También tuvo Arana una evolución aparentemente españolista hacia el final de su vida,  neutralizada en todo caso por sus seguidores. El nacionalismo catalán izquierdista, de irregular trayectoria, cuajará en 1931, al fusionarse tres partidos menores en la Esquerra Republicana de Catalunya. Al comenzar la República, la Esquerra desbancó al catalanismo de derecha, y acentuó su nacionalismo. La Esquerra  tomó un tinte jacobino,  un liberalismo inspirado en la Revolución francesa, exaltadamente anticlerical y  muy distinto del liberalismo conservador, de raíces más bien anglosajonas, por simplificar de algún modo.

La cuestión racial

En todo caso, las teorías de Prat y las de Arana sobre España y sobre sus respectivas regiones fundan el substrato permanente de ambos nacionalismos, aunque los años les hayan traído matices o aditamentos. Descansan esencialmente en una pretensión racista, obsesiva en el nacionalismo vasco (raza única en el mundo y superior a cualquier otra “por sus bellas cualidades”, en riesgo de estropearse por el contacto con los maketos)   En el separatismo catalán el racismo toma rasgos algo distintos.  Uno de sus  primeros teorizadores, Valentí Almirall, afirmaba que en la península vivían dos razas muy distintas, la pirenaica y  la del centro-sur. A la pirenaica le distinguiría un espíritu “analítico, “directo  al fondo de las cosas”, “basado en la libertad”, “confederal”, mientras la otra raza era  “generalizadora, soñadora, aficionada al lujo y la ampulosidad, arbitraria, centralizadora, absorbente”. La unión con Castilla  habría tenido un efecto “fatal” sobre el espíritu catalán, al que habría “desnaturalizado”. Cabe observar el estilo generalizador y un tanto soñador o fantasioso, muy poco pirenaico, del propio Almirall.

Claro que la distinción entre tales razas, invisible en lo físico, resultaba  harto  vaga e insatisfactoria en lo psicológico, por lo cual otro teórico separatista, Pompeu Gener, la precisara más: “Nosotros (catalanes), que somos indogermánicos de origen y de corazón  no podemos sufrir  la preponderancia de tales elementos de razas inferiores”. “No podemos ser mandados por los que nos son inferiores”. Los catalanes, en su condición de “arios”, emparentaban “con los demás pueblos arios de Europa” esencialmente distintos de la raza al sur del Ebro, donde predominaba  “el elemento semítico, y más aún el presemítico o berber, con todas sus cualidades: la morosidad, la mala administración, el desprecio del tiempo y de la vida, el caciquismo…”,  una raza “bárbara, monótona y atrasada como una tribu de África”. Estas ideas iban mezcladas de un fuerte antisemitismo y antijudaísmo, máxime cuando en las clases adineradas de la  propia Cataluña se había infiltrado un ingrediente semítico, dificultando que “el elemento indogermánico verdaderamente humano se levante y triunfe de esos neo-moros adoradores del Verbo, raza de gramáticos y sofistas, y de esos neo-judíos…”. El carácter indogermánico de los catalanes era, ni qué decir tiene, tan fantasía como las “cualidades” achacadas a las razas “semíticas y presemíticas” del resto de España Estas apreciaciones servían para denigrar al resto de España, pero la reivindicación “aria” chocaba demasiado. Fueron precisas otras elaboraciones.

Y así, la teorización racista siguió rumbos algo distintos en Prat de la Riba, en el arqueólogo Bosch Gimpera y otros. La diferencia esencial pasaba ahora por los íberos, asentados en el Levante peninsular, incluida Cataluña,  y los celtas del resto –con la dudable excepción de vascos y navarros–. Con ello mataban dos pájaros de un tiro,  porque permitía establecer la ibero-catalanidad de todo el Levante español, convertido en los Països catalans. La  decisiva impronta cultural de cinco siglos de romanización quedaba relegada a un dato superficial, una mera “superestructura” opresora de las esencias raciales ibero-catalanas. La propia España solo sería un estado superpuesto y opuesto a los pueblos: lo cual explicaría la “historia trágica” atribuida a España. Íberos y celtas, pues,  constituirían la raíz y clave explicativa de  la historia hasta hoy.  La idea invertía un tanto  las tesis de Gener, ya que el grupo celta o celtizado tenía rasgos indoeuropeos, mientras que el ibérico del Levante parecía poder emparentarse con el norte de África.  Pero en fin, fueran pirenaicos, indogermanos o íberos, importaba definir a los catalanes como esencialmente, racialmente, diferentes.  Y, por supuesto, superiores   La derrota del nacionalsocialismo alemán en la II Guerra Mundial obligó a poner sordina a esas expansiones racistas,  antes tan libres, y ambos separatismos debieron adaptarse a los tiempos. La raíz viva del separatismo no puede ser otra que las pretensiones de diferencia y superioridad, pero estas tomaron entonces un cariz más cultural y hasta presuntamente democrático.

Por otra parte, fue preciso asimilar un par de lecciones históricas: las actitudes  de los vascos y catalanes autóctonos, y las de los llegados de otras provincias. Por falta de apoyo popular, los separatistas apenas habían hecho oposición a los regímenes de de Primo de Rivera y de Franco. Por esa falta de apoyo algunos grupos catalanes, y especialmente la ETA, habían recurrido  al terrorismo. El  nacionalismo catalán tenía, además, la amarga experiencia de la rebelión de octubre de 1934,  cuando la inmensa mayoría de los catalanes prefirió mantenerse leal al gobierno español, haciendo caso omiso de las frenéticas llamadas de la Generalidad a alzarse en armas. Pues una cosa era que una masa considerable de vascos y catalanes votase a partidos nacionalistas por creerlos defensores de intereses regionales, pero dentro de España, y otra muy distinta que  gran parte de esa masa estuviera por la secesión, pues evidentemente no lo estaba. La intensa propaganda narcisista-victimista seducía a bastantes, pero no estaba claro hasta qué punto.

Y al llegar la democracia después del franquismo, la necesidad de captar votos obligó a algunas matizaciones. Los inmigrantes de otras regiones solo podían sentir rechazo ante la pretensión de superioridad racial, lo que hizo preciso refinar el discurso. Ahora, la superioridad se presentaba en el terreno de la economía y la democracia, y en el talante generoso y acogedor de los separatistas. Ya no rechazaban a los inmigrantes, “comprendían” que  estos se habían visto forzados a salir de sus provincias debido al hambre causada por la incompetencia y la tiranía de los poderes españoles. Y les invitaban a relegar un tanto su lengua materna en beneficio del vascuence o el catalán, y a  “catalanizarse” o “vasquizarse” de diversas formas, con vistas a prosperar  hacerse a su vez superiores a sus padres y paisanos de  sus regiones de origen. El discurso se acompañaba de un ataque feroz al franquismo –el período en el que Cataluña y Vascongadas se hicieron más prósperas, entre otras cosas–, olvidando convenientemente  las violencias y brutalidades del Frente Popular y los propios separatistas. Pese a su completa irrealidad, esta política ha tenido éxito no desdeñable entre inmigrantes recientes o antiguos, gracias a toda suerte de facilidades y concesiones de los gobiernos centrales, obsesionados por la idea contradictoria de incorporar los separatismos a una política común y olvidar el franquismo.



* El ejemplo más característico es quizá el del nazismo.

Creado en presente y pasado | 197 Comentarios