El universo y el destino humano/ Significación de Gibraltar

Blog I: El foro “Recuperemos Gibraltar” http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

******************************

–La vida humana –dijo Ángel– es como esas nubecillas que se forman y que poco a poco se van disolviendo en el firmamento sin dejar rastro. Ni siquiera memoria. Porque la memoria que deja cada cual entre sus conocidos  o entre sus parientes, es parcial y se desvanece al cabo de poco tiempo. Y con los personajes famosos durante siglos ocurre lo mismo: sabemos sus nombres y algunas cosas que hicieron o dejaron de hacer, pero bajo esas cosas no los conocemos realmente.  

–Buena semejanza, ¿en realidad nos conocemos a nosotros mismos? ¿Cada cual a sí mismo? –opuso Jaime

–Si Freud descubrió algo de nosotros, es señal de que antes se ignoraba, de que durante siglos todo el mundo ha ignorado cosas esenciales sobre sí mismo. Pero Freud puede estar equivocado, y entonces eso que creemos saber de nosotros gracias a él,  es falso.

–Bien, bien, esa comparación con las nubecillas –apostilló Leandro–. Pero ¿conoces un poema de William Blake que dice: “Ver un mundo en un grano de arena / y un firmamento en una flor silvestre / abarcar el infinito en la palma de la mano/ y la eternidad en una hora?” Esto suena extraño, pero sugestivo y  no irrazonable. Ahora te pregunto:  ¿puede decirse lo mismo de la vida de cada persona? ¿Que sea posible discernir el cosmos y su destino en cada vida humana? ¿Qué me dices?

–No me parece posible, porque el universo es uno, y las vidas humanas y sus destinos son enormemente diferentes.

–Pero entonces la vida humana sería algo muy diferente del cosmos.

–No necesariamente. También hay muchas flores silvestres distintas con muchos destinos distintos: marchitarse, ser comidas o pisoteadas o cortadas… Pero admito que hay un fondo de identificación con el universo…

–Te lo diré de otro modo: yo estuve a punto de ser fusilado dos veces  por gente opuesta ideológicamente entre sí, por nacionales y por comunistas y por razones muy distintas, siendo yo comunista. Me libré por pura casualidad, o al menos lo veo así. ¿Tiene eso algo que ver con el cosmos? ¿Se concentra en esos hechos un indicio, al menos, del mundo total y de sus avatares? ¿O no tiene nada que ver una cosa con la otra?

–¿Quién puede saberlo? Pero quizá nos equivoquemos en algo: integramos todas las cosas en un conjunto general, al que llamamos universo. Eso parece pura lógica, pero ¿y si no tuviera que ver con la realidad? ¿Y si lo que llamamos universo no fuera el conjunto de todas las cosas sino algo diferente?

———————————–

 

LA ÚLTIMA COLONIA DE EUROPA OCCIDENTAL

La significación de Gibraltar

  El problema de Gibraltar no es un problema menor, ni mucho menos, pues define aspectos cruciales de nuestra verdadera posición internacional. Es preciso, por ello, que, si no los políticos, al menos la opinión pública lo retome.

1. Una idea artificialmente extendida desde hace bastantes años, en particular por las corrientes socialistas y separatistas, afirma que la cuestión de Gibraltar carece de importancia práctica y que insistir en ella resulta una pérdida de tiempo, cuando no una actitud “reaccionaria” o “franquista”. Claro está que si así fuera habría que preguntarse por qué, en cambio, el Peñón es tan importante para la potencia colonizadora, tan alejada geográficamente de él. Una colonia por cuya posesión Inglaterra no se contentó con el leonino Tratado de Utrecht, sino que ha vulnerado sucesivamente las condiciones de dicho acuerdo, siempre con increíble arrogancia, y lo sigue haciendo en la actualidad, haciendo caso omiso de todas las resoluciones de la ONU al respecto. Debemos convenir, entonces, en que sí tiene un interés de primer orden para Inglaterra.

2. La razón de ese interés para la potencia colonizadora es cuádruple. En primer lugar, la posesión de Gibraltar aseguraba las comunicaciones del Imperio Británico; en segundo lugar, la Roca era un símbolo del poder imperial inglés y, a la inversa, de la humillación de España, con la que históricamente sostuvo largas rivalidades: tal es un significado de la bandera británica ondeando sobre el Peñón; en tercer lugar, la colonia es un fructífero centro de negocios y tráficos de todo tipo, legales e ilegales, en perjuicio de España; en cuarto lugar, el Peñón tiene gran importancia como permanente sede de vigilancia, espionaje e incluso amenaza sobre nuestro país.

3. Podría creerse que ese interés británico es anacrónico, por cuanto ha desaparecido su imperio y teóricamente los dos países son amigos y aliados. Pero se trata de una falsa apreciación. La mentalidad y la práctica internacional inglesas siguen siendo en gran medida imperiales. Así, Londres mantiene colonias, enclaves y bases en otros lugares del mundo, y es el país de Europa Occidental que más gasta en fuerzas armadas –casi 70.000 millones de dólares en 2009, más que otros económicamente superiores, como Francia (67.000 millones), Alemania (48.000 millones) o Rusia (61.000 millones), esta con población y extensión mucho mayores, y con muchos más conflictos potenciales–. Solo dos países superan el gasto militar inglés, Usa y China, e Inglaterra supera proporcionalmente a la segunda, con un 2,5% del PIB frente a un 2%. En cuanto a la relación entre los dos países, la mera permanencia de la colonia demuestra que Londres solo contempla la “amistad y alianza” con una visión imperial, desde una posición de superioridad indiscutible.

4. Al interés militar y estratégico, tan fundamental para la mentalidad internacional inglesa, se suma el económico. En tiempos de Franco, con el cierre de la verja, Gibraltar se convirtió en una pesada carga para Londres, al punto de que su diplomacia maniobraba constantemente en pro de su reapertura. Con el tiempo es muy probable que Inglaterra hubiera tenido que devolver el Peñón, como había acordado la ONU, máxime si España presionaba sobre Usa, tan interesada en las bases militares españolas. La llegada del PSOE al poder, en 1982, fue pronto seguida de la apertura de la verja y de todo tipo de facilidades para que la colonia volviera a convertirse en sede de todo tipo de tráficos y de una verdadera colonización económica de las zonas vecinas, en beneficio de Inglaterra.

5. Es obvio, por tanto, que si Inglaterra concede tanta importancia a Gibraltar, España, en cuyo territorio se encuentra la colonia, debe concederle mucha más todavía.

6. Para España tiene una fundamental importancia militar, porque se trata de un punto clave para el dominio del Estrecho de Gibraltar y zonas aledañas. Recuérdese que, aparte de que por esa vía han llegado tradicionalmente amenazas e invasiones que estuvieron muy cerca de acabar con todo lo que España ha significado en la historia, la amenaza ha resurgido desde la independencia de Marruecos, el país más agresivo del Magreb, que ha mantenido guerras expansivas con todos sus vecinos. En cuanto a nosotros, presiona permanentemente sobre Ceuta y Melilla después de haber ocupado ilegalmente el Sahara y perjudicado económicamente a las Canarias; sin contar el auge del islamismo radical.

7. Desde el punto de vista político, España es el único país europeo sometido a la vejación permanente de soportar una colonia en su territorio. Ello tiene un alcance mucho más amplio que el meramente simbólico o de dignidad, pues define claramente nuestra prolongada decadencia y nuestra posición actual como estado lacayo en la alianza occidental (OTAN y UE).

8. En relación con la OTAN, debe recordarse que la adhesión de España se hizo en condiciones muy desventajosas: no solo permanece el Peñón bajo poder inglés, sino que la misma alianza deja fuera de su protección a Ceuta, Melilla y las islas españolas próximas, es decir, aquellos puntos en los que España puede ser víctima de una agresión. Lo cual vuelve a colocarnos en posición de lacayo.

9. Tampoco la entrada en la UE ha supuesto el más mínimo avance en la resolución de este problema, del que se han desentendido todos los demás países “amigos y aliados”.

10. La desatención del resto de Europa al hecho intolerable de la colonia no puede extrañar, por cuanto la clave del mismo está en nuestra casta política. Y tiene relación, a su vez, con su línea de claudicaciones y corrupciones, que han llevado a una involución antidemocrática y al auge de los separatismos y las concesiones al terrorismo. Por ello, creo muy importante que la opinión pública sea bien informada al respecto, de modo que estas nefastas políticas cambien.

 

 

Creado en presente y pasado | 62 Comentarios

La clave de los separatismos, principal peligro para España

 

Nacionalismo y separatismo  

Nación es una comunidad cultural bastante homogénea dotada de un estado. Nacionalismo es la doctrina moderna, en principio democrática, que deposita la soberanía en la nación, “el pueblo” y no en el monarca. El nacionalismo se apoya en una nación ya formada o en una comunidad cultural más o menos precisa a la que aspira a convertir en nación. En el primer caso el ejemplo claro es Francia, nación antigua que desarrolla el concepto nacionalista a partir de la Revolución francesa. En el segundo caso, el nacionalismo es inevitablemente separatista, con más o menos razones. Es decir, intenta separar a una comunidad determinada de aquel poder político que de un modo u otro la venía englobando, generalmente un estado imperial considerado opresor. Las razones pueden ser evidentes en casos como los de los griegos o los serbios con respecto al imperio otomano. A menudo esas comunidades habían sido naciones antes de ser sometidas, por las armas u otros medios,  como ha ocurrido con los escoceses, irlandeses, polacos, etc.

Los casos son muy variados, pero el de los nacionalismos vasco y catalán tiene fuertes peculiaridades: aspiran en sus palabras, a “construir” nación en sus sociedades. Y lo hacen porque, en rigor, nunca ha existido una nación catalana o vasca, o, dicho de otro modo, nunca sus comunidades han dispuesto de un estado.  Cataluña, como Aragón, se integró primitivamente en el estado francés (La Marca Hispánica, así llamada, significativamente), del que se liberaron cuando tuvieron ocasión. La primera se integró pacíficamente en la Corona de Aragón, que llegó a incluir también lo reinos de Valencia y  Mallorca. Cataluña propiamente nunca fue considerada, por propios ni extraños, un reino, independiente o no. En cuanto a las provincias vascongadas, oscilaron durante la Reconquista entre el reino de Pamplona y el de Castilla, optando  finalmente de modo voluntario por Castilla. Ni Cataluña ni Vascongadas dispusieron nunca de estado propio ni fueron invadidas para ser sometidas por otras regiones o reinos (el caso de Navarra se dirigió contra Francia, y la guerra de Cataluña en el siglo XVII tuvo un carácter parecido), sino que su integración en el conjunto político de España fue pacífico y voluntario. No se trataba, por tanto, de recuperar una independencia perdida

Los separatismos vasco y catalán surgen tardíamente,  hacia finales del siglo XIX, y solo cobran cierta potencia a raíz de la crisis moral del 98, debida a la pérdida de las últimas colonias españolas en América y el Pacífico a manos de Usa.  Esos separatismos buscaban dotar de un estado, es decir, convertir en naciones a las regiones catalana y vasca (integrando en esta última a Navarra y una pequeña parte de Francia). Ahora bien, ¿en qué  justificaban ese objetivo? ¿Eran  tan profundas las diferencias  culturales entre dichas regiones y el resto de España? En realidad compartían un idioma, el castellano o español común, mayoritariamente hablado en las Vascongadas desde hacía siglos, y hablado ampliamente y conocido por la mayoría en Cataluña, siendo además el catalán una lengua latina muy próxima a la castellana. Sus literaturas más abundantes y probablemente de mejor calidad habían sido escritas en la lengua común, no en la regional. Las dos habían compartido con el resto la prolongada lucha contra el Islam, un estricto catolicismo, las formas artísticas y culturales románica, gótica, renacentista o barroca y más recientemente la lucha contra la invasión francesa o las divisiones del siglo XIX entre carlistas y liberales. Compartían y comparten tradiciones, incluso culinarias, musicales, costumbres (como la tauromaquia). El aspecto físico de la gente es asimismo común, al igual que la ascendencia, mostrada en el predominio de los apellidos: García (este probablemente de origen vasco, el más corriente en España), Pérez, López, Rodríguez, etc.  Durante siglos, vascos y catalanes se consideraban naturalmente españoles y sus intelectuales, políticos o militares formaban parte natural de las élites españolas. Y así una larga serie de elementos comunes.

Al lado de tales elementos, pero, históricamente, no en oposición a ellos, existían diferencias,  la principal de ellas el idioma regional y algunas costumbres más o menos ancestrales. Naturalmente, “construir nación” significa ante todo  exaltar esas diferencias, sobre todo la lengua, y despreciar las afinidades con el resto de España. La lengua vasca y la catalana han sido definidas por los  nacionalistas como  únicas  “propias” de sus territorios, atribuyendo de hecho al castellano el carácter de lengua  extranjera. A despecho, como quedó indicado, de que la mayoría de los catalanes y la inmensa mayoría de los vascos tienen por lengua materna el español común, y en él se ha escrito, sobre todo en el caso vasco pero también en el catalán,  la mayor literatura de las respectivas comunidades. Así, los constructores de la nación han hecho esfuerzos ímprobos por  segregar al castellano, humillarlo o marginarlo de muchas formas, excluirlo en lo posible de la enseñanza, etc. Sin éxito concluyente, pese a haber dedicado a esa tarea un enorme esfuerzo de propaganda y económico. Aspecto relacionado ha sido la pretensión de otros separatismos menores, como el andaluz o el canario, de inventar idiomas diferenciales (andalusí o guanche). En el caso del gallego, la gran similitud con el castellano ha llevado al intento de asimilarlo al portugués.

Pero el punto esencial de los nacionalismos era la concepción de “raza”, muy influyente en Europa a finales del siglo XIX y que tomó aquí rasgos pintorescos. El racismo en el nacionalismo vasco era obsesivo y en el catalán un ingrediente clave (Ver apéndice), pese a que  las diferencias raciales o genéticas entre las regiones de España son insignificantes. La única apoyatura de ese racismo (Cambó la alude indirectamente al hablar de cómo la prosperidad de Cataluña había ayudado a sus propagandas) consistía en que Vizcaya y Barcelona eran por entonces las provincias más industriales y ricas de España, las más dinámicas, adonde  acudían miles de  inmigrantes del resto. Aunque esa industrialización estaba muy protegida desde Madrid, y  creada en relación con el mercado español y por empresarios no separatistas, podía  interpretarse como resultado de una superioridad racial de los catalanes y los vascos sobre el resto de España, considerada después del “Desastre” del 98 –y harto precipitadamente–  como un país al borde de la extinción. Desde la II Guerra Mundial, el racismo se ha convertido en tabú, pero todas las diatribas de los separatistas contra España tienen el fondo común de una pretensión de superioridad en todos los órdenes sobre el resto del país.  Al mismo tiempo afirman ser “colonias oprimidas”, lo que resulta chocante: no es frecuente que las explotadas colonias sean más ricas que la metrópoli y que esta haya amparado tanto esa riqueza de las “colonias”. En definitiva, la verdadera sustancia de estos separatismos yace en  un racismo explícito antes del  fin de la guerra mundial, e implícito y disimulado posteriormente. No tiene otra apoyatura real. Un racismo carente por completo de base, mas no por ello deja de ser menos generador de pasiones en ambientes más o menos amplios. Sin tener en cuenta este rasgo decisivo no podrá  entenderse realmente el problema.

Para avanzar hacia su objetivo de secesión, estos dos nacionalismos han seguido una doble estrategia  basada en la exacerbación de los sentimientos de ultraje al estar supuestamente sometidos a unas gentes inferiores, y de virulenta denigración de España (con variantes en “Madrid” o “Castilla”). Propaganda con una mezcla ofensiva de desprecio, odio y victimismo.  Consignas actuales como “España nos roba”, “representa el atraso y la opresión”, o “el fascismo”,  “Viven de nosotros”, etc.  Son el pan  cotidiano del que se alimenta el separatismo. La inmigración de otras provincias se presenta como proveniente de un país extranjero, atrasado y semiafricano, donde todo funcionaría mal en contraste con Cataluña y Vascongadas, europeas y  siempre superiores. Los inmigrantes “muertos de hambre” deberían estar agradecidos, en lugar de  orgullosos por su trabajo dentro de una misma nación, a menudo el trabajo más duro y peor pagado,  gracias al cual  han prosperado todos. Tales sentimientos y expresiones se combinan arbitraria y  contradictoriamente con otros de “democracia”, “cultura”, “europeísmo”, etc., combinados con  unos relatos históricos no menos peculiares. Pero, ante la escasa respuesta obtenida en los últimos decenios y las continuas concesiones de los gobiernos españoles, tales distorsiones políticas e históricas han llegado a arrastrar a un número considerable de catalanes o vascos oriundos por familia de otras provincias.

Obviamente estas actitudes provocan y quieren provocar  réplicas en el mismo diapasón, lo cual alimentaría una espiral de  resentimientos mutuos entre vascos, catalanes y habitantes de otras regiones. Pues sin ese odio o al menos aversión, disfrazado a menudo  con pretensiones de objetividad, los separatismos calarían poco entre unas masas que por tradición de siglos se han sentido igualmente españolas, como ya lamentaban Sabino Arana o Prat de la Riba (Ver apéndice).  En definitiva, la secesión solo podría cimentarse en una fuerte expansión de tales sentimientos de superioridad ultrajada por “los españoles” supuestamente extranjeros y naturalmente inferiores, y de las reacciones consiguientes.

¿Qué posibilidades reales tienen los separatismos? Se han convertido en el problema más grave y de mayor calado de España después de que el peligro revolucionario de los años 30  fuera vencido en  la Guerra Civil y  haya pasado mundialmente a segundo plano, especialmente tras la caída del Muro de Berlín. Paradójicamente, el peligro secesionista ha sido alimentado desde Madrid a partir de los gobiernos de la Transición, como veremos en este libro. Alimentado con concesiones de todo tipo, económicas, educativas, evitando la respuesta en el plano intelectual e ideológico, etc. Los gobiernos desde  la Transición pretendían que los separatistas se sintieran cómodos en España y se integrasen en la política general, aspiración nacida de una ignorancia radical tanto de la historia como de la propia naturaleza de esos nacionalismos. A la mayoría de los políticos españoles de estos años podrían aplicárseles sin injusticia los reproches de Ortega  y Gasset a Einstein durante la Guerra Civil: “Usufructúa una ignorancia radical sobre lo que ha pasado en España ahora, hace siglos y siempre”. Si los separatismos, que al principio de la Transición tenían muy poco peso, han llegado a convertirse en un enorme problema, se debe ante todo a las políticas seguidas por los gobiernos centrales. Si tal situación se prolonga sin reacción, no parece imposible que España llegue a balcanizarse en un conglomerado de pequeños estados mal avenidos entre sí, impotentes y sujetos a las maniobras y presiones de otras potencias más fuertes y conscientes de sus intereses. Incluso a ciertas esperanzas islámicas de reconstruir Al Ándalus.

Creado en presente y pasado | 135 Comentarios

Sobre Rajoy / Sonaron gritos y golpes a la puerta

En su comparecencia, Rajoy envolvió en hojarasca su única afirmación concreta: “No me considero culpable y por tanto no dimito”. A eso le llaman algunos ser “un buen parlamentario”. Una actitud demasiado parecida a la de Felipe González cuando empezaron a salir a flote sus corrupciones:  cierta chulería al principio, después “Me he enterado por la prensa”, a la que no dejaba de atacar, y finalmente una levísima confesión de haber cometido un error, por boca de Rubalcaba. Rajoy dice haberse “equivocado” al confiar en la honradez de Bárcenas, pero hay demasiados años de amistad y demás altos cargos de Bárcenas para dejar que la cosa quede en algo tan evanescente.

Hace años que no creo en la honradez política de Rajoy: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/la-honradez-de-rajoy-54416/

 

Ni creo en su “política antiETA”, demasiado similar a la de Zapatero:  http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/no-es-rajoy-pro-etarra-3407/

 

Ni creo, en general, que Rajoy vaya a superar la triple crisis democrática,  nacional y económica: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/para-entender-a-rajoy-43734/

 

El problema real es el mismo desde hace mucho: una alternativa a la catástrofe. Esperaba que el PSOE se hundiera y ello liberase  en el PP sus dos partidos internos: el “progre”, similar al PSOE en definitiva, y el liberal-conservador. Rajpy representa al primero y una de sus preocupaciones –también lo fue de Aznar– ha sido que el PSOE y los separatistas permaneciesen como fuerzas “necesarias para la gobernabilidad”. Fuera de la casta política PP-PSOE-separatistas, salen nuevos partidos, pero demasiado débiles, al menos hoy por hoy, en posibles votos y en consistencia ideológica.

——————————————-

Blog de Carlos López Díaz http://archipielagoduda.blogspot.com.es/2013/07/la-magnifica-novela-de-pio-moa.html

Creado en presente y pasado | 201 Comentarios

“Sonaron gritos y golpes a la puerta”

Como estamos más o menos de vacaciones… La opinión de Carlos López Díaz:

 

La magnífica novela de Pío Moa

A pesar de la felicidad que me ha deparado la lectura de novelas, soy reticente ante este género literario, desde hace bastante años. El día tiene 24 horas, y las lecturas pendientes sobre temas filosóficos o con implicaciones filosóficas se me acumulan hasta el punto de que realmente no tengo tiempo para interesarme por peripecias imaginarias. Bien es verdad que los editores, como si estuvieran pensando en personas como yo, gustan mucho de adornar las virtudes de las obras de ficción que publican con alusiones a su carácter de “profunda reflexión sobre la condición humana” y otras fórmulas por el estilo, que permiten abrigar al potencial lector la esperanza de que, por el mismo precio, adquirirá entretenimiento para unos días y además una visión más sabia de la existencia. Esto, en la inmensa mayoría de los casos, es pura mercadotecnia. Las novelas son novelas, y la filosofía es filosofía.
 Por supuesto, hago excepciones, y de vez en cuando selecciono meditadamente alguna obra de ficción, que suelo disfrutar hasta el extremo de plantearme mi régimen de lecturas. Es el caso de Sonaron gritos y golpes a la puerta, de Pío Moa. Bien es verdad que, pese a la simpatía ideológica que me inspira el autor, no fui de los primeros en abalanzarse a las librerías para hacerme con su primera novela. Un historiador y ensayista puede ser altamente competente en su especialidad, hasta notable prosista, y perfectamente negado para la narrativa de ficción, para la creación. Son dos cosas totalmente distintas. Incluso he de decir que no me atraía mucho el título elegido por Moa, que sigue sin convencerme. Pero sea como fuere, poco antes de iniciar unas breves vacaciones, descubrí en la librería de un conocido centro comercial la reedición en rústica de Sonaron gritos… Y me lo compré con la deliberada intención de poder ventilarme las ochocientas páginas del volumen en mi período de descanso. Cosa que he llevado a cabo según el plan previsto.
Hay que decir que se trata de una grandísima novela, hábilmente escrita, con personajes con los que uno se encariña hasta el extremo de que experimenta cierta sensación inconfundible de leve nostalgia cuando concluye la lectura, y de algún modo tiene que despedirse de ellos. Creo que esto es lo mejor que se puede decir de una obra de este género, y lo cierto es que desde la niñez, con pocas me ha ocurrido algo semejante. Muchas grandes novelas, en teoría literariamente superiores a esta que reseño, las he concluido con considerable esfuerzo, otras las he abandonado. Pero los personajes de Moa están vivos, uno quiere saber qué les ocurrirá (o qué les ha ocurrido, en los casos en los que se pierde su pista, al menos momentáneamente) incluso en el caso del narrador y protagonista, Alberto Roig, que por razones obvias sabemos que tiene que salir con vida de todas sus aventuras. He dicho aventuras, y no por descuido. Si no pidiéramos nada más a un libro, este desde luego cumpliría con creces: se trata de una magnífica lectura para el verano, una novela fundamentalmente -repito- de aventuras. Sabíamos ya de la buena prosa de Moa; ahora se nos confirma como un excelente narrador.
Un acierto fundamental del libro es su planteamiento. Su concepción como unas memorias, que en el capítulo 1 y el excelente epílogo nos remiten a nuestro presente, nos lo hacen leer no como una pretenciosa novela histórica al uso (muchas de las cuales ni siquiera son válidas desde el punto de vista de esta disciplina) sino como una obra resueltamente de ficción, aunque el contexto no lo sea, y se aluda a acontecimientos y personajes reales. Dicho de otro modo, todo aquel que no sea aficionado a las novelas históricas, puede leer esta perfectamente, porque aunque aquí la historia comparezca en su forma más elevada de meditación sobre el sentido de una época, el autor ha antepuesto el interés narrativo a cualquier pedantería, que por lo demás él no necesita, porque para eso está su obra de carácter científico.
Aunque toda la novela se lee con verdadero goce, en mi opinión lo mejor de ella es la segunda parte, dedicada a las vivencias del protagonista en Rusia, alistado en la División Azul. Se trata de un relato clásico de aventuras bélicas, con mucho realismo y con una evocación del paisaje muy bien conseguida, lo que por otra parte es uno de los ingredientes más sabrosos de este tipo de literatura. (No vean lo que he disfrutado, mientras me acariciaba la brisa vespertina de la playa, siguiendo a Alberto, a Paco, a Contreras y a Crates por los bosques nevados de Rusia.)
Por si fuera poco, el autor ha logrado algo que no todos los relatos similares saben hacer, a pesar de que es esencial: los diálogos filosóficos de los protagonistas son, en contra de lo que se pudiera pensar, otro ingrediente absolutamente clave de cualquier relato de aventuras. Lo que realmente hace que una peripecia cualquiera sea una aventura, es que los personajes nos lo hagan sentir como tal, y a tal efecto, que reflexionen al hilo de lo que les pasa. A veces, en algunas obras, esto resta verosimilitud a la acción, pero su carencia la convierte en algo romo, como esas películas de Hollywood que, aunque a veces partan de un buen guión, acaban degenerando en la mera descripción alimenticia de una persecución trufada de tiros, explosiones y destrozos varios. Moa ha logrado, creo yo, una de las cosas más difíciles: hacernos pensar y entretenernos. Y desde luego, con un buen “guión”.
Por supuesto, no voy a revelar el final de la novela, pero sí diré que, casi desde el principio, lo barrunté, aunque no en los detalles, claro. Tras la magistral segunda parte de los episodios en Rusia, hay algún momento en que la tercera y última parte, sin perder interés, parece correr el riesgo de convertirse en una especie de epílogo desmesuradamente largo, quizás por el contraste entre la épica de los combates en Rusia y las escaramuzas de espionaje menos sensacionales en el Madrid neutral durante la Segunda Guerra Mundial (atmósfera que por otra parte no carece de atractivo “romántico”). Pero pronto cobra la narración un nuevo impulso, resuelto en el no totalmente inesperado (al menos para mí) desenlace, el cual permite redondear una novela que seguramente volveré a leer, cosa que con muy pocas de esta extensión he hecho.
Hay un tema que resulta de considerable interés, más allá de las valoraciones literarias. Y es si podemos considerar al protagonista, Alberto (que utiliza también los nombres falsos de Gregorio y de Félix), como un alter ego ideológico del autor, de Pío Moa. Desde luego, no lo parece biográfico, dado que Moa militó en su juventud en la extrema izquierda, y el narrador desde la adolescencia sostiene un lúcido anticomunismo. Pero sí lo parece bastante en sus ideas: La misma valoración de la historia, de la guerra civil, la revolución, del franquismo, la posguerra, el papel internacional que debería tener España, la misma simpatía hacia la cultura católica, desde una posición sin embargo agnóstica y no exenta de crítica hacia los errores políticos del clero. Todo esto son temas que dan para hablar largo y tendido, lo que dejo para otra ocasión.
Por último, no puedo evitar expresar un temor, y es que la saludable incorrección política de esta novela dificulte su difusión. Aunque suene a tópico, en este caso el carácter totalmente a contracorriente de toda la obra de Moa es patente, y si en otros casos se alaba lo que suelen ser topicazos y vulgaridades infumables como supuestamente “transgresores”, aquí no hay duda de que el autor va en serio en su independencia de criterio. Y esto no le será perdonado. Necesitamos muchos Píos Moa, no para estar necesariamente de acuerdo con todas sus opiniones (aunque yo no disimulo que lo estoy en grado muy alto) sino para restablecer de una puñetera vez la dignidad del pensamiento en estos tiempos de cobardía y molicie, contra los cuales Sonaron gritos y golpes a la puerta  es un vibrante y bello alegato. Leedlo sin prejuicios; sólo podrá haceros bien, penséis como penséis.
*************************
Me sorprende que don Carlos haya barruntado desde pronto el final de la novela, porque a mí no se me ocurrió hasta que casi llegué a ese final.  No estaba “planificado”, aunque  guarda cierta coherencia novelística, incluso realista. ¡Cosas más raras se han visto!
   Y volviendo sobre el mal:  el narrador  encuentra en su padre  un ego monstruoso, a quien mueven a venganzas absolutas las ofensas  recibidas o incluso imaginadas.  En alguna medida esta puede ser la descripción del mal. O de una de sus formas. Después de todo, el yo viene a ser lo más absoluto para cada cual, es el sujeto de  su peripecia en el mundo, entre el nacimiento y la muerte,  y la medida conforme a la que juzga al mundo. Ese yo sufre, siempre, ultrajes que nunca acaba de aceptar, por lo menos en algunos casos. La vida está llena de aceptaciones  falsas,  resignaciones dolorosas, y una experiencia  real es cómo, cuando cae la ley y el temor a ella (en una revolución o una guerra, por ejemplo) personas que parecían mansas y sumisas o razonables, se desatan en venganzas salvajes e indiscriminadas. El padre, Antonio, es una persona llena de energía, valeroso,  con afición al riesgo y la aventura,  y lo mismo le ocurre al hijo.  ¿Por qué uno es malo y el otro es bueno? ¿Hay algún medio objetivo de decidirlo?  Eso es lo que atormenta a Alberto, no solo en relación a este suceso (cuando ocasiona la muerte de su padre, aunque ¿quizá hipócritamente?, se niega a participar directamente en ella), sino en general. ¿Son ellos los buenos o lo son los soviéticos? ¿Qué es lo que impulsa realmente a Alberto y a Paco a obrar como lo hacen? Antonio no sabe de la existencia de su hijo y no  es reflexivo como este,  no tiene dudas,  y su ego, identificado con la revolución  –una revolución que refleja las ansias de revancha de su ego– no le plantea ningún problema sobre lo que debe hacer, siempre que le sea posible. No es un personaje vulgar, como tampoco Alberto, Paco, Carmen o Luisa. Están enfrentados a muerte y sin embargo Alberto nunca está del todo seguro de  sí mismo, al contrario que Antonio.   Bueno, la cosa podría dar para hablar mucho más.
En cuanto  a si Alberto me refleja,  creo que no. Naturalmente, todos los personajes son hijos de su padre, en este caso el autor, y tienen algo de él.  Pero los personajes han surgido de forma impremeditada, tanto en sus aventuras como al final. Diré que las peripecias en Rusia deben mucho  a memorias y relatos de auténticos divisionarios. Aunque los principales personajes no encajen del todo con la imagen tópica de los  voluntarios.

 

Creado en presente y pasado | 196 Comentarios

Entender a Rajoy / Hijo del Mal

 

Para entender a Rajoy (25-5-08)

Tal como mucha gente se empeña en no entender las fuertes y evidentes bases ideológicas de la colaboración del Gobierno (o del PNV) con los asesinos etarras, otras muchas personas se obstinan en cerrar los ojos ante la carrera de Rajoy, cuya lógica no acaban de percibir. Sería muy largo repasar las muchas ocasiones en que Rajoy se ha retratado, y alguien debería estudiar con detenimiento su trayectoria en estos cuatro años. Recordaré solo algunos casos clave.

Aznar nombró a Rajoy pensando en unas elecciones prácticamente ganadas, tras las cuales se mantendría la estabilidad institucional, el pacto antiterrorista, etc. Pero Rajoy hizo dos cosas: echar a perder en pocas semanas la gran ventaja de partida sobre Zapatero heredada de Aznar, que rebajó hasta un dudoso punto y medio de ventaja en vísperas del 11-M (pudo haber perdido o quedado sin Gobierno, incluso sin la matanza); y traicionar el legado de Aznar, que prácticamente no mencionaba (como tampoco el pasado del PSOE), para, a base de promesas vacías de corte económico, presentarse como “algo nuevo”. Su oportunismo y falta de principios se manifestó también en su negativa al debate con su contrincante, calculando que clarificar las respectivas posturas ante los ciudadanos solo beneficiaría a quien por entonces parecía perdedor. Con todo ello ya dio su talla, su perfil no bajo, sino ínfimo, aunque por entonces muchos lo creímos producto de una corregible ingenuidad del principiante (si bien llevaba muchos años en la política), o de los célebres complejos derechistas, también corregibles en principio.

Algo después dejó en claro su estilo marrullero ante la Constitución europea de Giscard, permanente (y corrupto) enemigo de España. Aquella Constitución dibujaba un eje reforzado París-Berlín a expensas de los demás socios y particularmente de España, que perdía la posición alcanzada por Aznar en Niza. Por supuesto, el antiespañol Gobierno apoyó a Giscard, y Rajoy tuvo una excelente oportunidad de defender el interés de su país. Pero no lo hizo. En medio de pequeñas protestas que causaban la hilaridad del PSOE, Rajoy apoyó a Giscard y al Gobierno, contribuyendo a la infame campaña totalitaria, diseñada para mentes infantilizadas. Rajoy obró así, y no por torpeza ni complejos, sino por la misma ausencia de honradez y de principios políticos ya demostrada en su campaña electoral. Tuvo el merecido castigo cuando casi un 60% de los ciudadanos se abstuvo, castigo remachado por el fracaso del engendro en otros países europeos. Sus patéticos, pero sobre todo nuevamente deshonestos, intentos de hacer recaer sobre Zapatero las consecuencias del “error” compartido solo ponían más de relieve su indignidad. Rajoy simplemente imitaba la desvergüenza de su antagonista, pero, ahora sí, con mayor torpeza.

La experiencia pudo servir, pero no sirvió de lección al estadista, que se encontró con la abierta complicidad del Gobierno con la ETA y los partidos antiespañoles de algunas regiones, con la inversión del pacto antiterrorista, plasmado en el anticonstitucional estatuto catalán. ¿Qué hizo este hombre de principios ante tales actos? Tratar de engañar a la opinión pública ofreciéndose servilmente a Zapatero para ayudarle “cuando los demás le hubieran abandonado” y otras declaraciones de una abyección difícilmente superable, un auténtico fraude a la ciudadanía. El referéndum sobre el estatuto catalán fue un fracaso político para sus promotores, al ser aprobado por menos de la mitad del censo. Nuevamente tuvo Rajoy la oportunidad de defender unos principios claros, y nuevamente hizo lo contrario: tras molestar a la gente con la recogida de cuatro millones de firmas, las olvidó y entró en la carrera disgregadora de la unidad nacional, con una ampliación balcanizante de los estatutos de Valencia, Baleares o Andalucía, no planteada ni querida por la mayoría de la sociedad.

Ha sido toda una carrera de claudicaciones y engaños, trufada de algunos repentes sin plan ni consecuencia, como sus rupturas con Prisa y con el Gobierno, para mendigar al poco la atención de ambos. Por terminar de algún modo, el político acabó de mostrar sus principios –su radical carencia de ellos– con sus declaraciones sobre la economía como “el todo”, con la nena angloparlante que porta, el hombre, “en la cabeza y el corazón”, y con la constante afirmación de sus “ganas de ser presidente”. El discurso de un estadista. Estadista al nivel de Zapo; tal para cual, en verdad.

Muchos erramos al principio, como dije, pensando en un político torpe o acomplejado que rectificaría. De ningún modo. Si ha seguido al Gobierno, con algunos matices, ha sido porque tiene con él cierta identificación de fondo, tal como el Gobierno la tiene con la ETA. Considera, por ejemplo, que la transformación ilegal del país en una confederación sumamente laxa y balcanizante es un hecho inevitable, al que no cabe hacer oposición; que la crítica a otras muchas disposiciones del Gobierno resulta, como piensa Gallardón, “poco moderna” y le identifica demasiado con las posturas de la Iglesia. Si nunca defendió con algún empeño a la AVT, a la COPE o a Jiménez Losantos frente a las asechanzas de los “rojos” no se debe simplemente a flojera, es que no se siente identificado con ellos. Y dentro del PP se está manifestando como hombre resuelto, con ganas de poder, está dando un auténtico golpe de partido, transformándolo al modo como Zapo transformó el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo. No hablo de la honradez personal de Rajoy, que aquí no viene al caso, sino de su falta de honradez política, de su oportunismo y su decisión bien demostrada de explotar la credulidad de sus votantes, de engañarlos.

En las filas de la derecha crece el descontento, pero de momento nadie osa cuestionar la jefatura rajoyana. Un descontento sin programa, plan de acción ni liderazgo sirve de poco, y quizá termine por hacer reventar al PP como ocurrió con la UCD. Los disidentes tienen ahora su gran ocasión, que pasa por entender y desmitificar al transformador del partido. Si la desaprovechan habrán demostrado una talla no mayor que la de la actual dirección partidista. Y una responsabilidad no menor.

****************************

Hijo del Mal: “La escena final de “Sonaron gritos y golpes a la puerta”  resume el desconcierto de la vida, de cualquier vida. Y el lado generador del mal. Alberto, hijo del Mal” (Arsenio LG).

Ya entre los romanos hablaban a veces los autores con pretensiones de objetividad, como si fuera ajenas, así que intentaré algo a partir de esa frase  en tuíter. Y animado por la opinión de doña Zgzna, de que estos comentarios no resultan demasiado aburridos.

Después de diez años  de lucha,  con aventuras de muy alto riesgo contra lo que identifica como el mal, incluso el Mal con mayúscula,  el protagonista Alberto recibe  una sorpresa, un choque  aplastante: él mismo, físicamente,  ha sido engendrado por quien, para él,  personifica  ese mal en grado sumo. Y a quien va a ocasionar la muerte. Descubre, además,  un temperamento,  posiblemente herencia genética, que le asemejan a ese mal. Esto se puede interpretar de muchas formas. Por ejemplo: Alberto acaba entonces con el mal que lleva dentro de sí, una versión del mito freudiano de la muerte del padre –en el que no creo en absoluto–. Pero esta versión no es satisfactoria.  Podría entenderse de esa manera el hecho de que a partir de entonces Alberto renuncia  a una acción plagada de violencias y sangre para entrar en una existencia productiva, familiar, al lado de Carmen.  Así, por fin aceptaría la “salvación” que casi desde niño ha visto en su compañera. ¿De qué se salvaría? ¿Quizá de sus tendencias heredadas, como su inclinación a la aventura salvaje, o bien  de sus miedos y rencores, de sus profundas incertidumbres…? Sin duda el personaje está devorado por contradicciones y traumas que en cierto modo no le dejan vivir , al menos de la forma equilibrada y feliz a la que suele aspirarse, sobre todo después de la primera juventud.  Con Carmen encontraría no solo la paz exterior, sino también la interior.

Seguramente hay algo de eso,  vista su íntima sensación de pérdida cuando la mujer fallece. Pero no está del todo claro. Su dedicación como profesor de filosofía parece satisfacerle poco, y probablemente no por modestia  se confiesa mediocre filósofo. Aparte la satisfacción proporcionada por la  vida con Carmen, tiene la sensación de estar profesionalmente por debajo de sus expectativas, y lo  atribuye a la falta del estímulo que representaba la inquietud intelectual de su amigo Paco. Carmen aparece en algunos momentos como dotada de cierta penetración filosófica, pero sin aficiones de  ese tipo: se inclina por  una vida “normal” sin demasiadas inquietudes,  comentada en las seguridades que le proporciona la religión.

Sin que quede explícito –sería otra novela, claro—Carmen  también sufre una evidente y profunda frustración en sus hijos, los cuales traicionan todo lo que el matrimonio había defendido y querido ser en el pasado. Quizá los dos han querido educar a la prole  “sin traumas”, en el olvido de la guerra y los sacrificios de aquellos años, como hizo, por cierto,  tanta gente. Y es así como  el ambiente universitario, de los años 60 –se supone– moldea a unos vástagos cuyas ilusiones,  aspiraciones y valores morales tienen poco que ver, por no decir que chocan,   con los de la juventud  de Alberto y de Carmen. Esta situación ocupa solo las últimas dos páginas de la novela,  pero tiene importancia para ver el conjunto del relato.

Cabría pensar, entonces: ¿han sido estériles aquellos esfuerzos, riesgos y sacrificios? El comentarista ALG se lo plantea  sumariamente.  ¿La vida humana como pasión inútil, siguiendo el existencialismo sartriano?   Uno se pregunta cómo sería la memoria de Carmen. Desde luego muy distinta de la de Alberto, no  solo por la trayectoria de cada uno, sino porque su catolicismo excluye radicalmente la posibilidad  “inútil”. Pero no ocurre lo mismo con Alberto, cuya incertidumbre atraviesa todo el relato. Aun así, no queda claro. Quizá como profesor de filosofía se hubiera sentido inclinado hacia Sartre, pero es dudoso, y desde luego yo no lo he pretendido.  A raíz de su descubrimiento como “hijo del Mal”, Alberto decide olvidar aquellos años tormentosos y atormentados, correr un velo sobre ellos. No es una actitud muy sana, pero sí bastante comprensible. Solo dos cosas le obligan a cambiar de actitud: la muerte de Carmen y  una densa impresión de culpa, de traición,  hacia las personas que compartieron sus avatares  y con quienes no había querido volver a tratar, seguramente como una autodefensa psíquica. Pero no valora los hechos, se limita a exponerlos,  y por el modo como lo hace queda patente que de algún modo disfruta o al menos valora el recuerdo.  Siente, sin ser explícito al respecto, que aquellas peripecias juveniles  valen por sí mismas, al margen de sus resultados y derivas finales. Valen oscuramente como manifestaciones de una vida que no logra entender, porque superan su capacidad de comprensión.

Algunos han caracterizado Gritos y golpes como un relato de aventuras. En parte lo es, pero difiere en algo esencial. Muchas novelas de aventuras vienen a narrar pruebas de  tránsito de la juventud a la adultez, como ritos de paso en que el joven demuestra sus capacidades (su valentía, por ejemplo). Aquí se trata de algo muy distinto, me parece.

Creado en presente y pasado | 258 Comentarios