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Un amigo me ha remitido una crítica de Javier Cervera Gil a mi libro Franco, un balance histórico. Está en una revista de la universidad Francisco de Vitoria y data de 2006. Siento que me pasara inadvertida en su momento y voy a comentarla porque trae cuestiones de interés, tanto sobre cuestiones historiográficas como sobre el nivel de la historiografía española, no solo en la lisenkiana izquierda, sino en la derecha católico-progresista. El señor Cervera asegura que mi libro es “una loa irreflexiva, acrítica, que nos presenta a Franco como un salvador de la Patria o casi un héroe medieval al modo de las novelas de caballerías”. Dice, además, que me “conoce bien” y me trata de “ridículo”, “falto de rigor” etc. y, para seguir el ejemplo de los lisenkianos, me excluye del gremio de los historiadores. Yo no estoy muy seguro de que haya entendido siquiera mis libros, y por lo demás, un historiador no tiene por qué pertenecer a un gremio que, en España, no es precisamente brillante.
La crítica tiene un aspecto de enfoque general y otros de detalle. El enfoque general sería este: “Es indudable que el Franquismo trajo cosas buenas a España. Moa enumera varias, pero olvida algo esencial para el ser humano, que forma parte de su propia dignidad: la libertad. Eso no está entre los caracteres que atribuye a la dictadura franquista… A Moa le parece la libertad irrelevante, parece ser”. Por tanto, fueran cuales fueran los logros del franquismo, pueden darse de lado ya que el régimen impedía “la libertad” y con ello “la dignidad” humana. Sentado este enfoque, las demás “cosas buenas” carecen de relevancia y sobra seguir por ahí. Creo que el señor Cervera muestra con respecto a mi libro una mala fe algo farisaica, poco cristiana, aunque eso solo le atañe a él. Lo que interesa es que un historiador serio no puede hablar, simplemente, así. Desde los marxistas a los católicos progres (el propio Cervera) se ha acusado al franquismo de destruir la libertad. Pero un historiador algo riguroso debe preguntarse, en primer lugar, qué significaba la libertad para ellos. Y la respuesta no es difícil en los dos casos: los católicos “avanzados”se han dedicado, bajo el franquismo, a promocionar, incluso haciendo de las iglesias centros de propaganda política, a los partidos marxistas, a los terroristas y a los separatistas. Espero que el señor Cervera no ignore el dato, bien conocido y vivido por algunos, como es mi caso. En cuanto a los liberales, cuya idea de la libertad es mucho más respetable, resulta que vivieron y prosperaron en su gran mayoría bajo el franquismo, con solo algunas quejas y sin resistencia digna de mención. Es decir, el régimen no tuvo una oposición democrática y la que se presentaba como tal era un verdadero amasijo de comunistas, terroristas, pacifistas utópicos, cristianos politizados, marxistas varios, personajes atrabiliarios, etc., todos juntos y con los primeros como punta de lanza de la lucha por “la libertad”.
Este hecho histórico y nada especulativo es definitorio. Los antifranquistas tan partidarios de la libertad lo quieren pasar por alto, pero un historiador con pretensiones de seriedad simplemente no puede hacerlo. Es decir, el historiador debe explicar cómo se planteaba el problema de la libertad en una situación histórica y no a partir de una definición moralista y vacía, aplicable tanto por totalitarios como por simpatizantes de ellos.
En segundo lugar, el señor Cervera debiera preguntarse por qué los antifranquistas eran tan pocos y en cambio la gran mayoría de la población, incluyendo personajes de relieve, intelectuales, etc., aceptaba vivir “sin libertad ni dignidad”, como lo presentan él, los marxistas y demás. Y cómo fue la Iglesia, en los años más difíciles de aquel régimen, un pilar del mismo, precisamente. Una buena respuesta la da Julián Marías cuando constata que en el franquismo hubo, desde el principio, una gran libertad personal. Porque cuando se habla de libertad, una gran palabra utilizada en los sentidos más variados, un historiador debe especificar a qué se refiere. En el franquismo había, en efecto, una gran libertad personal, existía la propiedad privada y la economía era fundamentalmente de mercado o liberal –como explicaba Marías—y el estado mucho más pequeño y menos entrometido en la vida de las personas que el de ahora mismo. Otra cosa son las libertades políticas, aspecto importante pero no exclusivo de la libertad. Las cuales no estaban anuladas pero sí restringidas. Solo hay que releer la prensa de entonces para comprobarlo. No parece que el señor Cervera tenga mucho olfato ni precisión como historiador.
El hecho, que he señalado en ese libro y en muchos más, es que las libertades políticas, la democracia en definitiva, tan bastardeada en la república y destruida por el Frente Popular, no desempeñó el menor papel en la guerra civil por ninguno de los dos bandos, mientras que el franquismo preparó, deliberadamente o no, al país para una democracia no convulsiva. ¿O cree el señor Cervera que la democracia actual se debe a él y a personas como él? Mi opinión es la contraria: la distorsión propagandística y la mala historiografía como la de mi crítico, que intentan borrar o distorsionar las más claras evidencias de la historia real, son en gran medida culpables de que nuestra democracia sea tan deficiente y corra hoy verdadero peligro.
Repito: en todo libro de historia puede haber errores de enfoque y errores de detalle. Los primeros son los fundamentales, porque distorsionan todo lo demás, aunque a veces aporten datos sueltos de interés. Como vemos, el enfoque del señor Cervera no es que sea erróneo, sino que le falta el mínimo rigor exigible a un profesional de la historia. Deficiencia que, por degracia, el señor Cervera comparte con muchos otros. Dejaré para otro momento, por no alargarme, los errores de detalle que mi crítico me achaca y en los que me parece que patina igualmente, cosa bastante lógica.
No sé si el señor Cervera ha evolucionado a mejor en estos seis años, muy posiblemente sí.
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Razón Española Esta interesante revista ha sacado un número con artículos del finado Fernández de la Mora, González Quirós, Alejo Vidal-Quadras, Jesús Cacho y un servidor, sobre la situación a que ha llegado España. Ya reproduciré el mío. Reproduzco un extracto de la crónica política firmada por Juan Ignacio Penalba:”El recorte de plantilla en el principal periódico de España muestra la decadencia imparable de la prensa de papel ¿Debido a Internet o a la conversión de los periódicos en portavoces de partidos políticos y de los intereses de sus editores? Quien lea los periódicos encontrará a los mismos columnistas de hace 30 años (José María cCrrascal, Rosa Montero, Alfonso Ussía, Manuel Alcántra, Raúl del Pozo), informaciones redactadas por menores de 30 años (la jefa de la sección de economía de ABC, hija de uno de los columnistas, tiene 27 años; joven, barata, obediente e inculta) y la verborrea de los políticos. La familia Godó ha pasado de loar al generalísimo Franco en las portadas de La Vanguardia a desengancharse de su pasado con la publicación de libros como El franquismo, cómplice del holocausto, escrito por el hijo del militar franquista Eduardo Martínes de Pozuelo. (…) Martín Ferrand, otro de los columnistas eternos de la prensa española, ha reconocido: “De no ser porque los editores y los redactores somos los mismos, estaríamos asistiendo al brote de un mayor pluralismo; pero, desgraciadamente y salvo excepciones muy singulares, solo tenemos delante una mayor colección de collares para un mismo perro” (ABC, 20-X-2012)
