Felices pascuas y próspero año nuevo a todos, aunque lo segundo sea harto dudoso.
Aunque dice un adivino que el virus se va a llevar por delante a toda la chusma política y gran parte de la periodística. Nunca se sabe.
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Hace ocho años, en este blog. Parece no haber pasado el tiempo:
El pecado del rey.
Tiene algo de justicia poética que los separatistas, con quienes tanto ha querido congraciarse el rey, lo traten con el mayor desprecio ahora. Es obvio que Juan Carlos debía haber mantenido un equilibrio –difícil, debe reconocerse– entre sus defensores por así decir naturales, y unas izquierdas de tradición republicana y unos separatistas antiespañoles. Pero no ha sabido mantener ese equilibrio. Creyendo que la derecha iba a apoyarle en todo caso “por la cuenta que le trae”, que decía un Gil-Robles echado a perder (V. “Años de hierro”), se ha enajenado en gran medida las simpatías de sus apoyos tradicionales sin ganarse las de sus enemigos naturales. El inmensamente adulado Juan Carlos, ficticio padre de la democracia, no pasará como un rey ejemplar ni mucho menos, no tanto por su vida privada como, sobre todo, por su vida política. Habrá reinado sobre un proceso de descomposición de España y de la democracia. Y la recomposición de esa crisis no podrá contar con él.

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El yo ante el misterio
Como estos temas parecen suscitar discusiones interesantes, sigamos improvisando sobre ellos, que a algo llegaremos.
Cuando consideramos lo contingente del yo, no deja sorprendernos cómo el mismo tiende a creerse necesario. El yo existe también, de forma muy primaria, en los animales, que defienden su ser contra las amenazas, aprecian el buen y el mal trato, etc.; pero en los seres humanos nos sorprende, ya digo, su autoconsideración como importantísimo y necesario por una parte, y por otra el hecho de haber sido tratado por las fuerzas de la historia como casual y poco importante, según se ve en la explotación o en las matanzas de unos yoes por otros, por ejemplo.
Es esa necesidad e importancia, ese anhelo de dignidad que puede volverse obsesivo y exagerado, el que a menudo imagina otra vida como consuelo, no sabemos si ilusorio, de las frustraciones y de la oscuridad esencial en que parece transcurrir la terrena. El yo humano ansía permanecer en la vida, ya que ha llegado a ella, y certeza sobre sí mismo y su valor, pero la vida y la certeza se le escapan.
Wallaq 1 ha reproducido este poema:
“Dios me ha arrastrado a la existencia sin consultarme,
la vida ha aumentado mi estupor cada día,
y me marcharé sin haber querido ni haber sabido
el motivo de mi venida a la Tierra.”,
Y Manuelp me ha aclarado que es de Omar Jayam, del que da otra transcripción, quizá más fiel:
Me dieron la existencia sin consultar conmigo.
Luego aumentó la vida día a día mi asombro.
Me iré sin desearlo, y sin saber la causa
de la llegada mía, mi estancia y mi partida.
El asunto se presta a mucha reflexión, probablemente inútil como advierte una y otra vez el propio Omar. Pero podríamos considerar esta diferencia: en la primera versión, se invoca a Dios con una queja implícita por su injusticia; pero un ateo diría “La Naturaleza me ha arrastrado…” Y un agnóstico: “No sé quién o qué me ha arrastrado…”
Aludir a la injusticia divina trae, no obstante, un consuelo implícito, al expresar la fe en algo superior que de un modo u otro, acaso en otra vida, satisfaga el anhelo de certeza y de sentido del pobre yo humano. Pero si lo sustituimos por “La Naturaleza”, todo consuelo y esperanza se desvanecen. Entramos en el terreno del absurdo de la existencia, siempre fatigosa, con abundantes pesares, también con alegrías, aunque nunca plenas, debilitadas por la perspectiva del fin; y todo ello sin significado alguno. Esto parece un argumento a favor de la creencia, quizá un poco utilitario: conviene creer, porque hace bien a nuestra psique, que de otro modo se desesperaría.
Sin embargo, la razón no se contenta: ¿y si esa creencia, esa esperanza, fueran puramente ilusorias, y la propia idea de Dios un simple fantasma creado por la imaginación para escapar al acoso del radical desamparo humano? Quizá por ello la razón pueda arrastrarnos al suicidio. Este aparecería, en el caso del creyente, como una rebelión contra la supuesta injusticia de Dios. En el ateo como un acto equivalente a la venida a la vida, e igualmente falto de cualquier sentido.
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Entusiasmo por el Islam y 11-m (escrito en 17.IX-2008)
El entusiasmo por el Islam exhibido por Zapo, Cebrián y tantos otros –casualmente fervorosos también de la memoria chekista y de la colaboración con la ETA–, tiene que ver, sin duda, con el 11-m, pues no en vano fueron ellos sus principales beneficiarios. Y no beneficiarios pasivos de la matanza, como quien recibe una herencia o le toca la lotería, sino activos, extraordinariamente activos, no hay más que recordar cómo se movieron en aquellos días para atribuir el atentado a los islamistas, presentándolo como una justificable venganza y acusando de asesino a Aznar (las contradicciones son lo de menos en esta increíble farsa). Seguimos a oscuras sobre el asunto, y no nos ha aclarado nada fundamental la sentencia de un politizado juez pro socialista, cuya esposa, con la colaboración del marido, sacó inmediatamente un libro sobre el juicio para, dicho en términos vulgares, “forrarse” aprovechando la repercusión del caso; y no ha habido investigación sobre los indicios de origen policial. Todo ello concebible solo en una democracia tan estragada como la española.
Fueran quienes fueren los autores del 11-m, el resultado práctico ha sido el mismo: todo el beneficio para el PSOE ha provenido de la idea y la impresión de una autoría musulmana, inmediatamente justificada. Y los actos de agradecimiento comenzaron enseguida: ustedes recordarán que la primera medida importante de Zapo fue retirar de Irak a las tropas españolas que defendían a los iraquíes de asesinos parecidos a los “vengadores” del 11-m, e incitar a otros países a hacer lo mismo, lo que valió al gobierno la felicitación de los terroristas (también el PSOE tiene su propio historial terrorista). “Estamos orgullosos del Islam”, acaba de decir Zapo. Faltaría más.
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