Blog I: Hace nueve años, y como si fuera hoy mismo. http://www.gaceta.es/pio-moa/9-anos-fiuera-hoy-26032015-1802
**El mes de abril está salvado para “Cita con la Historia”, gracias a las generosas aportaciones de varios oyentes (alguna de 100 y 200 euros). Pero sería muy conveniente garantizar el resto del año. Se trata de que muchos contribuyan cada uno con poco,, a partir de 5 euros. El programa vive muy directamente de sus oyentes, y no solo en el aspecto económico, sino en el de su divulgación. Aspiramos a llegar a cientos de miles de personas, sobre todo en la universidad, y para ir alcanzando esas cifras bastaría con que unos mil de nuestros oyentes dieran a conocer los programas en su círculo y sobre todo asiduamente en las redes sociales. De esta manera romperíamos el muro del gueto en que los grandes medios y partidos intentan encerrarnos.
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PATRICIO.- Antes de continuar nuestros sesudos debates, ¡oh talludos muchachos!, permitidme que os recite otros versos más, que he compuesto en honor a nuestro tema. Versos modestos por venir de quien vienen, mas que no por ello desdeñables. Espero os deleiten tanto como a mí componerlos:
¡Oh ciencia, de las ciencias la más seria!
¡La más pura, la más mercantilista!
¡Dechado de virtudes, humanista!
¡Clarividente, ajena a toda histeria!
¡Oh Economía!, tú haces millonistas
A los pueblos de esta áspera Hesperia.
¡Oh dulce santo y seña de las ferias!
¡Ignora su fulgor tan a la vista,
Y sufrirás, oh ganso, la miseria!
Quiera Zeus que no venga el comunista
Con recetas del campo de Siberia
Que si a algo aspiramos los artistas,
Es siempre a hacer rentable la quimeria.
¿Eh? ¿Qué os parece?
SALICIO–Bueno….vale…Le falta un verso, diría yo. Y no dice nada interesante ni nos enseña a salir de la crisis. Y eso de las “quimerias”….
PATRICIO–Pero tú, ignaro y prosaico sorbegrelos, ¿has oído hablar alguna vez de las licencias poéticas? Esta es una composición novedosa, “soneto cojo”, lo he bautizado. ¿Y acaso la poesía tiene que decir cosas interesantes? La poesía no es asunto de intereses, siempre bajos. No. Solo cuenta que los versos estén bien medidos y rimen. El arte es así.
PICIO–Permíteme discrepar, si bien amistosamente, ¡oh vate colega! Ni la rima ni el ritmo precisa hoy la poesía. Cuenta solo el contenido. También yo, como sabéis le doy al arte de Erato y de Calíope…
MAURICIO–Le das, ciertamente, le das…
PICIO–¡Soy poeta, y a mucha honra! Pero, si me es permitida la expresión, más moderno y sofisticado que Patricio. Escuchad y comparad:
De la luna caen gatos maullantes
Sobre la calva de Hayek
Y en las melenas de Marx florece el plomo
¡Aaaaaaaaaaaaaaaaah!
La osadía de la ostra asombra al heroinómano
¡Nuestro amigo Aristóteles nos valga!
¿Te devora el pantano de la crisis?
Tira con fuerza de tus cabellos hacia arriba
El calvo aprenderá los misterios del subsuelo.
Telúrico consuelo.
MAURICIO –Chico, nos apabullas. ¿Qué carajo quiere decir todo eso?
PICIO–Bien se ve, hombre tosco y rupestre, que no has leído Poeta en Nueva York. De otro modo lo entenderías sin dificultad. En él me he inspirado.
SALICIO–Mas dejemos la poesía, por mucho solaz y gozo que nos proporcionen, pues la crisis, con sus plúmbeas zarpas, nos tiene cogidos, y mucho temo que la poesía no ayude en tan recio trance… En suma, Sulpicio, ¿pretendes que la inflación beneficia a la economía?
SULPICIO–¿Cómo voy a pretenderlo, muchacho, si empiezo por negar la inflación? Los precios tienden a subir, cierto es, con lo cual pueden ocurrir tres cosas: que los medios de compra y salarios suban al mismo ritmo, y entonces todo queda igual; que suban los medios más aprisa que los precios, que es lo que, en general, ha ocurrido, y entonces la subida de precios nada significa; o que los precios de las cosas suban más que los medios para comprarlas, y entonces viene la crisis y el rechinar de dientes. Podríamos hablar de inflación en este último caso, como de una cosa mala. Pero aun entonces el problema no reside en esa inflación, sino en sus causas.
SALICIO–Pero, ¿acaso no es cierto que la inflación arruina a los ahorradores? Su dinero pierde capacidad de compra día a día.
SULPICIO–Bueno, según Fabricio no existe el ahorro. Pero sea como dices: los ahorradores pierden, lo que es lamentable, mas se trata de un hecho sectorial. Tomando la sociedad como un todo, lo que ellos pierden lo ganan otros y la cosa se equilibra, siempre que la producción se mantenga. La subida de precios sin que suban también los salarios, tiene dos efectos simultáneos y opuestos: estimula la producción, porque el empresario espera vender a mejor precio; pero al mismo tiempo la desestimula, pues la posibilidad de compra de la gente se mantiene igual o baja, y los productos encontrarán menos salida.
SIMPLICIO–Pero entonces, ¿no sería preferible un tipo de economía en que precios y medios de compra se mantuviesen fijos, sin ese juego diabólico de la inflación, que redistribuye constantemente las fortunas y posibilidades, sea de forma arbitraria o intencionada?
SULPICIO–No lo creo preferible, Simplicio amigo. Las oscilaciones de precios supongo que tienen que ver con la introducción de nuevas mercancías, de nuevos inventos, innovaciones, mejoras, intentos fallidos, quiebras, etc. Y con la alteración entre las existencias de cada producto y los cambios de preferencias de la gente. Por eso los precios no pueden ser estables. No solo expresan la relación entre oferta y demanda de cada bien, sino la relación entre los diversos bienes y las preferencias o necesidades de unos y de otros. Así es en la economía individualista. Una economía como la que dices sería una economía carcelaria y sería peor el remedio que la enfermedad, ¿capiscas?
SIMPLICIO.- No sé, no sé… Esas explicaciones me suenan muy reaccionarias.
APARICIO.- Permitidme, caros amigos, intervenir en tan docto cuanto sugestivo debate. Opino que juzgáis el dinero desde un punto de vista unilateral, a la par que superficial. Es cierto que mediante el dinero medimos el precio de las mercancías y que, si solo fuera eso, todo estaría claro. Mas observad, por favor: podemos definir el dinero, en principio, como una mercancía que sirve para comprar y vender otras mercancías. Pero la mercancía se compra y se vende. ¿Acaso se compra y se vende el dinero? ¿Con qué se compraría o vendería? ¿Con supradinero? Eso no existe.
SIMPLICIO.- Cuando yo trabajo por un salario, ¿no estoy comprando dinero con mi esfuerzo? Cuando vendo una vaca ¿no estoy comprando dinero?
APARICIO.- En cierto modo es así, en efecto. Pero nadie vende dinero, porque ¿qué recibe a cambio?
SULPICIO.- No hay tal: ¿acaso el usurero no te vende dinero? ¿Y con qué te lo cobra? Con más dinero.
APARICIO.- ¡Ah, menudo lío! Pero tendréis que admitir que el dinero es una cosa muy rara.
SALICIO.- Y tanto. Compramos una mercancía cualquiera y la utilizamos a nuestra voluntad, nos hacemos dueños de ella. Pero parece como si el dinero nos utilizara a nosotros, como si gobernase nuestra voluntad. No solo mide el precio de las mercancías, convierte todo en mercancía: la libertad, la dignidad, el valor, el sexo, la familia… Todo ello puede reducirse a un cálculo de coste y beneficio. Todo lo compra, todo lo mide, a todo pone precio ¿Quién no se arrodilla ante el dinero? Ha sustituido a los dioses. Cuando Moisés bajó del Sinaí con las tablas de la ley, vio como el pueblo se había volcado en la adoración del becerro de oro. ¿Y qué hizo? Esto es muy misterioso. Rompió las tablas de los Diez Mandamientos, que contenían valores universales y la alianza de Dios con Israel. Y Dios, enfadado, sustituyó los mandamientos anteriores por otros diez, en las correspondientes tablas, que casi nada tenían que ver con los anteriores.
FABRICIO.- Carajo, eso no me lo enseñaron en el talego.
SALICIO.- Pues fíjate en los nuevos mandamientos: Primero: no hagas alianzas con los pueblos de la Tierra Prometida y destruye sus dioses y sus altares y no te mezcles en matrimonio con ellos. Segundo: no te postres ante dioses extraños, porque el Señor es un Dios celoso. Tercero: no hagas imágenes de divinidad alguna en metal fundido. Cuarto: guarda la fiesta de los ácimos. Quinto: todos los primogénitos son míos, animales que debes sacrificar e hijos que debes rescatar. Sexto: trabajarás durante seis días y el séptimo descansarás, incluso en tiempo de la siega. Séptimo: al comenzar la siega del trigo, harás la fiesta de las semanas y al final, la de la cosecha. Octavo: todos los varones se presentarán ante el Dios de Israel tres veces al año. Noveno: si cumples con la presentación tres veces al año, arrojaré de ti a las naciones y extenderé tus fronteras y nadie intentará apoderarse de tu tierra. Décimo: no ofrezcas juntos el pan con levadura y la sangre que sacrifiques ni conserves para el día siguiente nada del sacrificio de la pascua; lleva al templo lo mejor de los primeros frutos de la tierra; no cuezas el cabrito en la leche de su madre.
SIMPLICIO.- ¡Cuántas cosas has estudiado, amigo Salicio, y nosotros convencidos de que, enamoradizo, solo sabías tocar la zambomba!
FABRICIO.- Todo eso está muy bien, ¡oh Salicio! Pero dime a qué viene ahora ese cuento.
SALICIO.- Es una pequeña digresión, camaradas. Una reflexión que me hago. ¿No habremos sustituido a los dioses por un dios único llamado Dinero? Y de paso la Biblia habla de dos alianzas muy distintas con el pueblo de Israel. No sé cómo interpretarlo.
SULPICIO.- ¡Ah, queridos amigos!, ¡cómo damos vueltas al asunto y saltamos de un lado al otro, de una rama a otra, que si galgos, que si podencos, mientras la crisis se cierne sobre nuestras cabezas cual galerna desatada!
