¿A qué rinden culto los ateos triviales o indiferentes?

Blog I: La derecha política parasita a la derecha social: http://www.gaceta.es/pio-moa/derecha-politica-parasita-derecha-social-05032015-1025 

**Pasado domingo en “Cita con la Historia”: la edad de supervivencia de Europa, o cómo la civilización europea pudo colapsarse en sus inicios. https://www.youtube.com/watch?v=08iuMSIrnrs

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El sentimiento-intuición de una voluntad suprema absolutamente por encima de las voluntades humanas produce una mezcla extraña de terror –por su inconmensurabilidad—  de amor –por constituir la base y la  orientación de la vida–, y de angustia por la incapacidad humana para penetrar  con claridad los designios divinos. Estos sentimientos se manifiestan en la adoración o culto, que sería universal en el hombre. A este supuesto se oponen los ateísmos, de los que hemos visto un ejemplo, el ateísmo trivial, que he llamado costumbrista o indiferente, creo que no muy bien analizado en la entrada anterior. En definitiva, esa clase de ateísmo indiferente a la divinidad y la trascendencia, hoy tan común, vendría a negar la definición del hombre como animal religioso. Hay dos ateísmos en los que la adoración, el culto, se transfiere como veremos,  a otros conceptos: a “la humanidad”, es decir, al propio ser humano, o bien a la materia. El ateísmo trivial, costumbrista o indiferente  no  parece rendir culto a nada, en cambio. Sin embargo creo que examinado más a fondo, no es  del todo así.

  ¿No rinde culto a algo el ateísmo trivial? Para esa clase de ateos, la vida está ocupada  por  el consumo en un sentido amplio, sean automóviles, drogas, viajes, adornos, perfumes, vestidos, espectáculos…  o “cultura”, objeto igualmente de una “oferta” comercial superabundante. Todo ello generado hoy en masa por las industrias correspondientes. Y todo ello con un denominador común: el dinero. El individuo cuya vida está ocupada por el consumo y el entretenimiento rinde necesariamente culto al dinero, al “becerro de oro” de la mitología bíblica, el instrumento mágico que le permite acceder a aquellos bienes que dan sentido a su vida.

   El dinero tiene una ventaja sobre la divinidad transcendente, y es que está claramente aquí:  él y sus bienes pueden verse, palparse y medirse, no tienen mucho de fantasía.  Pero mantiene, sin embargo, un notable parecido con la divinidad: exige a su creyente esfuerzos, sacrificios y ritos: no concede sus dones a cualquiera o de cualquier manera. Y  también provoca una considerable angustia vital, por el temor a no conseguirlo, o a no conseguir todo el que se desea, por muchos esfuerzos que se hagan, o a perderlo una vez logrado. Pues el dinero es harto escurridizo  y en ganarlo o perderlo influye mucho la suerte, lo imponderable.  El culto al dinero ofrece, como el catolicismo, sus vidas ejemplares de santos, en este caso son aquellos que “han triunfado en la vida” ganando sumas cuantiosas de los modos más diversos, y cuyas ocupaciones y avatares son el contenido de innumerables publicaciones, revistas o películas. El dinero tiene su propia moral, si bien ambigua, dictada por el afán de “triunfar en la vida”, lo que solo está al alcance de una minoría, pero que hechiza a los demás, cuya vida gobierna.  Incluso tiene  sus propios sacerdotes: los publicitarios, las personas encargadas de trabajar la psique de los creyentes para encauzarlos ofrecerles incansablemente la felicidad de consumir y entretenerse.  Por supuesto, el consumo y el dinero son necesarios, o al menos no se ha inventado el modo de prescindir de ellos, pero aquí me refiero al ateísmo trivial, menos reflexivo que el ateísmo humanista y el materialista, el ateísmo para el cual el consumo y el correspondiente dinero constituyen el eje y justificación de la vida.

    Una consecuencia de la consciencia de la muerte es la necesidad psicológica de justificar de algún modo la vida personal, lo que suele hacerse por referencia a alguna ética. El animal no humano, vamos a decirlo así, no tiene esa necesidad porque su conducta es instintiva y carece,  que sepamos, de consciencia de su muerte. La justificación de la vida personal –la salvación—resulta en extremo dudosa y angustiosa para el creyente en la divinidad, mientras que para el adorador del becerro de oro parece mucho más simple: sus “santos triunfadores” le dan la clave. No obstante, también aquí son muchos los llamados y pocos los elegidos, con lo que la masa de ateos triviales ven su existencia sometida a la  frustración en medio de duros trabajos.

Creo, por tanto, que puede hablarse con propiedad de una religiosidad en el ateísmo trivial, con su correspondiente culto. El hombre seguiría siendo un animal religioso, pese a la apariencia contraria de esta clase de ateísmo.

   

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Ateísmo costumbrista o como indiferencia religiosa

Blog I: Antifranquismo y democracia: http://www.gaceta.es/pio-moa/antifranquismo-democracia-03032015-1147

**”Cita con la Historia”. El  próximo domingo trataremos “La guerra civil y sus mitos”, en relación con ciertas pretensiones de que el cine debe “ajustar cuentas” con dicha guerra. Desde una óptica izquierdista, claro.

Pasado domingo: La edad de Supervivencia o Alta Edad Media europea. Las invasiones y la más profunda crisis del Papado, que pudieron llevar al colapso la civilización europea antes de su difícil asentamiento: https://www.youtube.com/watch?v=08iuMSIrnrs

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   El sentimiento religioso como creencia en una voluntad superior no es en absoluto arbitrario o ilusorio, y aunque no es racional, es racionalizable, al menos en parte.  Parece afectar, con distintos grados de racionalización y de intensidad, a todos los individuos,  estén en la posición social que estén y se ocupen de lo que se ocupen. Pues lo más habitual es que para enfrentarse a los problemas cotidianos la gente tenga resuelta de un modo u otro la angustia más esencial, mediante mitos y ritos.  

  Pero decíamos que siempre ha habido un número mayor o menor  de personas sin espíritu religioso, y que parecen rechazar espontáneamente y sin darle vueltas  cualquier creencia o preocupación general. Sería una especie de ateísmo costumbrista.  Una canción de los años 40 lo expresaba en plan frívolo: “Tomar la vida en serio /es una tontería/ No es un misterio /  hay que vivir”. En plan menos frívolo, todo el potencial psíquico, por así llamarlo, de esas personas,  queda absorbido por las actividades, preocupaciones diversiones  y angustias cotidianas, y nunca, o muy rara vez (ante la muerte de alguien próximo o ante la contemplación del cielo estrellado, por ejemplo), siente una comezón de otro tipo.

  Esto no ocurre con demasiada gente (hoy sí, al menos en apariencia), pero es una base del ateísmo, también perfectamente racionalizable. Por la misma razón que el creyente adora a esa voluntad incomensurable que mantiene y orienta al mundo por encima de las mil pequeñas y contradictorias voluntades humanas, el ateo costumbrista puede racionalizar su actitud –si se le presiona–  de otro modo:  ante las frustraciones y dolores de la vida y la muerte final no es posible concebir una divinidad bondadosa. Y ante la imposibilidad de orientarse o prever a largo plazo la vida, buscarle otro sentido que el de aprovechar los goces del momento carece a su vez de sentido: no hay un sentido general que exija una divinidad, y si lo hubiere está muy lejos de nuestra comprensión por lo que, a cualquier efecto práctico, es como si no  existiera. Hay que divertirse todo lo que se pueda “aprovechar el día” sin complicarlo con cuestiones sin salida.

    Se aprecia inmediatamente que el sentimiento del creyente se dirige al mundo y a la vida en general, mientras que el de este tipo de ateo es practicista y rechaza salir del ámbito de lo cotidiano, bien como actitud espontánea, sin mayor pensamiento,  o racionalizando que de todas formas es inútil preocuparse de problemas insolubles y voluntades de las que nada podemos saber. Esa actitud está implícita en muchos científicos: usemos la ciencia para resolver los problemas de aquí abajo y no perdamos tiempo pensando en un más arriba o un más allá incognoscibles.  El hombre y sus necesidades o deseos prácticos se convierten en el centro del pensamiento y actividad.  Sin embargo no por eso deja de persistir la angustia esencial, ya que el problema básico de la religión queda soslayado, pero no eliminado.

 Además, esa actitud choca con el hecho evidente de que no existe una voluntad humana a la que atenerse, sino muchas, variadas y contradictorias; y que incluso en lo que son más comunes chocan las de unas personas con las de otras. El ateo científico-costumbrista se ve empujado a simplificar y declarar que unas voluntades son correctas  y otras no, lo que conduce rápidamente al totalitarismo. Este, en un sentido político, podría definirse como la absorción de la sociedad por el estado, pero en un sentido más amplio consistiría en la asunción por algunos individuos, supuestamente más ilustrados, del criterio general de lo admisible e inadmisible; criterio  que debería imponerse sobre todos los seres humanos, empezando por quienes persisten en sus sentimientos religiosos, que pasarían a ser considerados un factor de atraso o de distorsión de la actividad social. 

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“A imagen y semejanza de Dios”

 

  Blog I:  El orate Blas Infante retrata a la chusma política: http://www.gaceta.es/pio-moa/orate-blas-infante-retrata-chusma-politica-27022015-1801

Este domingo hablaremos en Cita con la Historia sobre el proceso de supervivencia de Europa en la llamada Alta Edad Media, llamada despectiva e injustamente “los siglos oscuros”. Fue una época heroica, de invasiones, monasterios  y crisis destructiva del Papado, que pudo llevar al colapso la civilización grecolatina y cristiana, es decir, la propia Europa. De no ser por los esfuerzo civilizatorios realizados entonces, es posible que lo que conocemos por civilización europea se hubiera frustrado, como ha ocurrido con otras civilizaciones.

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 Sostenía, pues, que el hombre es inevitablemente religioso, en todos los niveles y circunstancias sociales, apoyándome en la idea de la voluntad. La vida humana puede describirse como la voluntad de cumplir los deseos y sus frustraciones.  La voluntad es la más concreta manifestación del yo, del sentido que atribuimos a la propia vida. Pero muchas voluntades, la mayoría,  se frustran porque los deseos son contradictorios, o porque chocan con obstáculos exteriores insalvables, o con otras voluntades más fuertes, o por insuficiente energía, o porque el resultado en apariencia logrado se convierte en lo contrario de lo planeado, etc. La voluntad humana es en gran medida impotente, y esta es la base de la religiosidad. Y no es impotente solo de modo circunstancial (ante las fuerzas naturales, como suele decirse, que en definitiva son en gran medida controlables y utilizables por el esfuerzo humano), sino de manera esencial.  Por una parte, la frustración es un acompañante normal en la vida de las personas, y nunca acaba de saberse por qué unas voluntades se cumplen, al menos pasajeramente, y otras no. Tampoco la voluntad del individuo es capaz de prever y trazar el historial de su vida de acuerdo con un plan, aunque haga proyectos generales,  que se cumplen o, más frecuentemente, no. Por otra parte, la propia llegada del hombre al mundo y su salida de él tampoco tiene nada que ver con su voluntad (incluso el suicidio  se produce  con una voluntad muy condicionada).

    La propia condición humana provoca aquel sentimiento de la existencia de una voluntad superior que, por encima de todos los avatares del mundo y de la vida, da un significado a estos. Esa voluntad superior, llamada divinidad, es el fundamento del mundo. Porque, por encima del caos de frustraciones y éxitos de la vida humana, el mundo se mantiene y “sigue andando”, aunque no podamos saber en qué dirección; lo cual debe responder a esa divinidad, a esa voluntad muy por encima de la nuestra. Cierto pensamiento racionalista podría objetar que ese sentimiento-intuición es puramente ilusorio, porque atribuye arbitrariamente al conjunto del mundo un rasgo –la voluntad—que solo existe en el ser humano. Ciertamente se trata de una analogía: “tal como mi voluntad da sentido, o al menos cierto sentido, a mi vida, otra voluntad muy superior tiene que dar sentido al mundo”; pero es una analogía básicamente correcta: de otro modo la naturaleza, la vida, habrían creado en el ser humano algo muy distinto e inexistente en ellas, idea que suena imposible. Si la vida humana se gobierna, al menos parcialmente, por la voluntad de los individuos, el mundo debe regirse por algo parecido aunque sea de un nivel y potencia inconmensurables.  Supongo que en ese sentido se habla del hombre como creado “a imagen y semejanza de Dios”.

   En suma, la religiosidad  es connatural al hombre, lo que exige plantearse el problema del ateísmo o quizá sería mejor los ateísmos, o sus niveles

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El hombre como animal religioso

Blog I: Gibraltar como cuestión de fuerza:http://www.gaceta.es/pio-moa/gibrltar-cuestion-fuerza-24022015-0941

**”Cita con la Historia” es un programa de alta divulgación histórica, primera iniciativa de un taller de ideas que aspira a plantear o replantear cuestiones que afectan a la sociedad actual, tanto políticas como ideológicas. Se trata de una iniciativa sin subvenciones ni respaldo económico, excepto el que sus oyentes  le aporten. Desde diciembre venimos recibiendo esas generosas aportaciones, que permiten mantener el programa, pero es obvio que las necesidades para el año distan aún de estar cubiertas. Nuevamente exponemos la cuenta del BBVA a la que pueden hacer ingresos: ES09 0182 1364 33 0201543346.

   No menos importante es que los oyentes del programa producren difundirlo y comentarlo en las redes sociales, a fin de darle la máxima difusión frente a la trivialización o falsificación de la historia hoy imperantes. 

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Propongo que la raíz de la religión o, mejor, de las religiones, está en un sentimiento profundo de que por encima de las muchas, contradictorias y cambiantes voluntades que percibimos en nosotros y en el mundo, deben existir algunas voluntades, y finalmente una,  infinitamente más poderosa y estable, que da fundamento, sentido y orden a la vida y al mundo: es decir, la divinidad. Aunque podemos exponerlo de forma conceptual, se trata de un sentimiento solo posterior y secundariamente elaborado como idea. Y ese sentimiento origina de modo espontáneo en la psique humana relatos o mitos, explicativos  –en un plano imaginario, no lógico– del fundamento del mundo en esa voluntad superior. Tal como la psique humana produce espontáneamente dibujos o pinturas, cantos  y otras muchas manifestaciones típicas, solo que el sentimiento religioso parte de un nivel más profundo.

   Como pasa con todos los sentimientos, su intensidad varía mucho de unas personas a otras (en algunas culturas su intensidad se refuerza con drogas). Algunas  personas elaboran  relatos míticos que impresionan especialmente a los demás y son aceptados por la comunidad, convirtiéndose en una seña de identidad y de unión de la misma. Supongo también que en todos los tiempos ha habido individuos cuya capacidad de imaginación y de impresionarse por el mundo y la vida humana apenas superan los intereses y esfuerzos cotidianos más estrictos, prescindiendo casi por completo de una visión más amplia. Siempre ha habido ateos, aunque en la edad moderna el ateísmo  haya tenido un desarrollo intelectual más elaborado. Me parece significativo el auge enorme tomado por la industria de la diversión o entretenimiento en nuestros días: parece aspirar a llenar  toda la vida de millones de personas, sin dejar espacio para preocupaciones más amplias o profundas.

   Un efecto de ese sentimiento ante una imaginaria voluntad fundadora del mundo es la abrumadora impresión de impotencia ante ella, y no solo ante su poder en cierto modo terrorífico, sino ante la imposibilidad de discernirla con claridad., de conocer bien cuáles son sus designios. Esa sensación de impotencia genera a su vez ritos para congraciarse con la voluntad divina, para hacerla propicia. Ritos que llegan a ser igualmente terroríficos,  baste pensar en la cremación de recién nacidos en culturas semíticas o en los sacrificios humanos de los aztecas. Sin llegar tan lejos, se  han impuesto a menudo normas de conducta realmente obsesivas a fin de poder disfrutar del favor de la divinidad.

   Todas estas cuestiones tienen gran interés, pero lo que quiero señalar aquí es   la naturaleza religiosa del ser humano enraizada en la necesidad de encontrar una explicación a la estabilidad y orden del mundo dentro de los mil fenómenos de desorden, sufrimiento, cambios y muerte.  Es una necesidad esencial que la ciencia no puede ya colmar, sino ni siquiera plantearse.  Negar que la vida, personal y humana en general, carezca de sentido en un mundo a su vez sin sentido, resulta inasumible –excepto como frivolidad– para la psique, que de ese modo tendería al suicidio.  Hoy, se dice, la sociedad se está volviendo indiferente hacia la religión. Ello me parece, en rigor, imposible, y lo que ocurre es más bien una confusión en la que unas divinidades están siendo sustituidas por otras. Aunque eso habría que examinarlo más a fondo

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La fatal arrogancia del mesianismo occidental

 Blog I: Para entender lo que pasa, o la enfermedad antifranquista: http://www.gaceta.es/pio-moa/entender-pasa-20022015-1935

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   (De vuelta de la gripe. Permítaseme la analogía con la obra de Hayek, aunque en otro sentido)

La guerra fría fue una competencia, a veces muy caliente y sangrienta, entre dos superpotencias  mesiánicas que se tenían a sí mismas por los faros de la humanidad,  como modelos válidos para todo el mundo y hacia los que todo el mundo debería tender. El que ambas fueran mesiánicas en ese sentido no permite equipararlas: el sistema soviético fue una pesadilla y siempre tuvo los mismos pésimos resultados allí donde se implantó. El sistema useño, la democracia liberal en un sentido amplio, resulta más humana, aunque  dio bastante mal resultado en Hispanoamérica y muchos otros países, y en Europa occidental no habría subsistido sin la intervención militar de Usa y su posterior tutela política. Con todo, la caída del muro de Berlín pareció augurar una época nueva bajo una sola superpotencia, que impondría pacíficamente sus normas por todo el mundo, de forma progresiva. Un mundo dominado por el consumo y la solución de los problemas económicos, en el que casi todos los elementos que constituyen la cultura humana (excepto la diversión industrializada) irían perdiendo sentido, como vaticinó Fukuyama.

   La democratización no dio los resultados esperados en Rusia y otros estados producto de la descomposición de su imperio. En ellos, la pobreza se agravó y la corrupción y las desigualdades se extendieron en grados inverosímiles. Rusia  salió del marasmo con Putin y ha vuelto a convertirse en una potencia fuerte e influyente y,  aunque muy lejos de la superpotencia useña,  se muestra poco dispuesta a seguir las  indicaciones de Usa o la UE. Máxime cuando la OTAN, en lugar de desaparecer al terminar la guerra fría, se ha extendido y fortalecido, y Rusia percibe en ella un intento de rodearla y mantenerla bajo permanente amenaza militar. Por su parte, China  ha tenido un éxito económico extraordinario, aunque militar y tecnológicamente  esté todavía lejos de Usa.  Han surgido otras grandes potencias regionales poco dispuestas a  identificarse con la democracia liberal y la guía política  e ideológica de Usa, mientras en el mundo musulmán crecen tendencias brutalmente antioccidentales. Todo ello, junto a otras tendencias menores y el descontento creciente en la UE, han dibujado un mundo bastante distinto del diseñado por el mesianismo useño tras la caída del muro de Berlín.

     Todo esto es evidente  y no requiere  aquí mayor exposición. Lo que importa es subrayar el carácter mesiánico y en definitiva utópico, de las aspiraciones representadas por Usa y, con algunos matices, por la UE. Los mesianismos han dado siempre malos resultados en la historia, creando una especial arrogancia, fanatismo y agresiones imperiales que casi siempre han terminado  en desastres. No debe olvidarse que los grandes imperios del pasado, incluso los más sanguinarios, se han justificado siempre en la necesidad de imponer el orden sobre la tierra. Y esto es justamente lo que está ocurriendo. La rivalidad como el Imperio soviético se ha transformado, en la mentalidad de los dirigentes useños, en una pugna global entre la democracia y la autocracia, entre los países más o menos liberales y los definidos como autocráticos, sean Rusia, China, Irán,o cualquier otra potencia con aspiraciones hegemónicas en alguna zona del mundo. Y en esa nueva pugna, que debería terminar con la victoria absoluta del estilo useño o del más confuso de la UE, se vienen sucediendo una serie de guerras de agresión, sobre todo en el mundo musulmán, que van terminando una y otra vez en graves desastres para las poblaciones afectadas. En Irak, Afganistán, Libia o Siria ello salta a la vista. Usa y secundariamente la UE, se han dedicado a inmiscuirse en los asuntos internos de muchos de aquellos países  so pretexto de tratarse de dictaduras y organizado una subversión llamada publicitariamente “primaveras árabes”. Quienes han sacado el fruto han sido las corrientes más ferozmente antioccidentales, apoyadas una y otra vez desde los centros de poder occidentales. Regímenes de orden, prooccidentales o neutrales, han sido sacrificados en nombre de la  guerra supuesta entre  la democracia y la “autocracia”.

   Para Usa y para la UE, prácticamente todas esas intervenciones se han saldado con una victoria militar inmediata seguida de una costosa derrota políticomilitar. Ello resulta desconcertante, si no se tiene en cuenta que, para los estrategas useños, se trata de costes pasajeros. En su opinión, el islamismo radical no tiene futuro, consiste en un retroceso completamente imposible a la llamada edad media (que no existió en el islam; y olvidando también que Irán consigue mantenerse y crecer como potencia regional en plena “edad media”). Por tanto, sus victorias son solo pasajeras. Antes o después el islamismo radical desaparecerá junto con las dictaduras laicas  y se impondrá la democracia y las normas Usa-UE. Que entre tanto cientos de miles de personas mueran en guerras civiles fomentadas desde Washington, París y Londres,  millones de ellas se vean desplazadas, los cristianos perseguidos salvajemente, surjan como mal menor nuevas dictaduras militares y estados enteros caigan en ruinas, parece que no importa mucho a los estrategas mesiánicos, que se lavan las manos del caos desatado por ellos. Pero los presagios son pésimos.

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