Por qué es imprescindible reivindicar la memoria de Franco

Blog I. El caso de Indalecio Prieto y el espíritu chekista de Podemos (II) : http://gaceta.es/pio-moa/caso-indalecio-prieto-espiritu-chekista-ii-06032016-1159

Hoy domingo emitiremos por última vez “Cita con la Historia” en Radio Inter. Tratará sobre  el impacto histórico de la Leyenda Negra. En adelante, el programa seguirá saliendo en Cadena Ibérica, FM 91,9. Y también en aplicaciones para móviles o www.cadenaiberica.es

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Hemos dicho que este año debe ser el de la reivindicación de la memoria de Franco.  ¿Por qué es esto importante?

   Expondré la razón más simple y decisiva:  porque la convivencia en libertad, la democracia en España, está cada vez más amenazada por los separatismos, la colaboración política con la ETA, la pérdida acelerada de soberanía con perspectivas de disolución en una UE cada vez menos democrática; por unas políticas económicas que nos llevan constantemente de las burbujas a las crisis, siempre con una enorme tasa de paro; por una política sostenida de  corrosión de la familia, cuyos aspectos más significativos son el abortismo y el homosexualismo… Todo ello aliñado con una corrupción rampante que de los partidos se contagia a la sociedad. Pues bien, todas esas tendencias, sin excepción, tienen un rasgo común: se proclaman antifranquistas. Es más, hacen del antifranquismo su señal de legitimidad y la garantía de una democracia a la que realmente están pudriendo de modo acelerado.

    Obviamente, el franquismo no puede volver, pero en la transición se abrió la posibilidad  de construir  sobre su legado, o de destruirlo para enlazar ideal, política y legalmente con la herencia de los vencidos en la guerra civil. Importa entender que los vencidos representaban unos revolucionarismos totalitarios aliados con los separatismos. El franquismo representó justamente lo contrario: la defensa de la unidad nacional, de la familia y de la tradición católica, contra la cual cometieron las izquierdas un auténtico genocidio. El franquismo se rebeló contra un múltiple proceso revolucionario y separatista, y los  derrotó, salvó la cultura cristiana y libró al país de la guerra mundial. Pero se le achaca haber sido una dictadura. Lo fue, pero no había otra salida a la crisis profundísima creada por  sus enemigos, que eran mucho más antidemócratas  y que hoy vuelven a alzarse  cada vez más amenazantes. Y nunca tuvo oposición real democrática, sino solo comunista o terrorista. Y, contra las acusaciones de sus enemigos, el franquismo dejó un país  libre de los odios que habían destruido la república –salvo pequeños grupos irreconciliables, entonces impotentes— , un país políticamente moderado y próspero, con una economía sana y de las de más rápido crecimiento del mundo. Dejó un país apto para una democracia no convulsa. Este es el balance, cualesquiera sean sus defectos. 

    ¿Tiene esto alguna repercusión sobre la actualidad? Muchos pensarán que ninguna, salvo la retórica. Pero no es así. Se dice que la única batalla que perdió Franco fue la de la propaganda, lo cual es cierto. Y a ello se debe, precisamente, el resurgir de los viejos odios y los viejos problemas  que debían estar por completo superados. La propaganda antifranquista se apoyó siempre en lo que un socialista moderado, Julián Besteiro, definió  al final de la guerra civil como “Himalaya de falsedades”. A su vez, ya bien adentrado el posfranquismo, el filósofo nada franquista Julián Marías, alzó su voz, en vano,  contra lo que llamó la mentira profesionalizada  sobre el pasado reciente, que cerraba el horizonte de España. ¿Se entiende por qué decía otro filósofo, el hispanouseño Santayana,  que un pueblo que ignora su historia se condena a repetirla? Máxime si la ignorancia va acompañada de flagrantes falsedades, como es el caso. La alternativa está en construir sobre una herencia en conjunto espléndida, o en demolerla para repetir unos males que debieran haber quedado superados hace mucho tiempo.

   ¿Por qué ha venido imponiéndose en estos decenios la mentira profesionalizada, el Himalaya de falsedades? Por tres razones: porque en la transición, la izquierda y los separatismos, con pocas excepciones, nunca pasaron de la pura y dura propaganda en sus análisis de la experiencia histórica; porque el grueso de la derecha, que debía haber  defendido un régimen del que provenía directamente, renunció  desde el primer momento a la batalla de las ideas, y ha terminado uniéndose al coro del embuste y escupiendo sobre las tumbas de sus padres y abuelos: nada más cierto que la frase de Cicerón: “la verdad se corrompe tanto por la mentira como por el silencio”; y porque quienes querían defender la memoria de Franco, también con excepciones, han empleado a menudo argumentos simples o retóricos, de propaganda, que favorecían a sus enemigos, como recordó Ricardo de la Cierva.

   Es fácil entender, entonces, que la reivindicación del papel histórico de Franco se ha convertido en una condición esencial para sanear una sociedad cada vez más corrompida por unos políticos y partidos a su vez corruptos, empezando por la corrupción intelectual. Hoy parece el antifranquismo condición sine qua non para pasar por demócrata. Si no queremos que la democracia acabe de degradarse, destruyendo de paso al país, debemos conseguir  la reivindicación del pasado franquista como  base para una  convivencia real en paz y libertad. Y eso es tarea de cuantos respeten la verdad y sientan la necesidad de defenderla.

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¿Existe una civilización europea? (y III)

Blog I. Vuelve la izquierda chekista: Podemos y sus modelos a) Margarita Nelken: http://gaceta.es/pio-moa/vuelve-izquierda-chekista-modelos-margarita-nelken-04032016-1956

**”Cita con la Historia” se emitirá por última vez en Radio Inter el próximo domingo. En adelante lo hará por Cadena Ibérica, en fm 91,9 para Madrid. Seguirá pudiéndose oír en podcast y en YouTube.

**España sufre una acelerada colonización cultural o gibraltarización por el inglés. Urge denunciarlo y reaccionar.

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    Al entrar en la historia europea conviene reconsiderar la clásica división en Antigua, Media, Moderna y Contemporánea, debida, hasta la Moderna, al historiador alemán Cellarius. Aparte de su absurdo, esa nomenclatura implica dos abusos:  su aplicación frecuente a civilizaciones y países no europeos, con reducción de importantísimas civilizaciones, cada una con su particular desarrollo, a la categoría de “Antigüedad”;  y la pretensión  de considerar la historia como etapas o escalones previos hasta alcanzar su plenitud, en el siglo XVII-XVIII en que vivió Cellarius. El calificativo de “Media” al milenio entre el siglo V y el XV resulta además harto ofensivo, ya que lo priva de carácter propio, reduciéndolo a un mero período preparatorio para la “modernidad”; aun así, fue preciso dividir el milenio en dos partes: Alta y Baja edad Media. Como dicha plenitud de los tiempos desembocó en situaciones inesperadas y violentas, fue preciso nombrar una edad posterior, a la que, con mayor arbitrariedad aún, se la llamó “Contemporánea”, como si todas las anteriores no lo fueran de quienes las vivieron.

   Frente a estas distorsiones, hoy absolutamente difundidas, propuse en Nueva historia de España una nueva nomenclatura, aun admitiendo grosso modo las fechas de cambio de una edad a otra: edad de formación,  de supervivencia, de asentamiento, de expansión, de apogeo y de decadencia.

   La Edad Antigua sería la de Formación, que abarca el Imperio romano, porque fue  a través de él como se consolidaron el cristianismo y la transmisión del pensamiento griego y latino. Toda esa  herencia estuvo al borde de la destrucción por dos oleadas de invasiones: la primera, sobre todo germánica, destruyó el Imperio romano occidental y la segunda estuvo próxima a arrasar la civilización propiamente europea que sobre sus ruinas fue edificando el cristianismo. Esta última unió la acción devastadora de los vikingos desde el norte con los ataques musulmanes desde el sur y el este, y los magiares en el centro del continente.  A esta edad, unos cinco siglos correspondientes más o menos a la Alta Edad Media, podría llamársele de Supervivencia, como también “de las invasiones” o “de los monasterios”, ya que estos desempeñaron un papel decisivo en el sostenimiento y transmisión del legado cristiano-clásico.

   Desde el siglo XI, la civilización europea no solo toma una forma definida, sino que se asienta y es capaz de alguna contraofensiva como las Cruzadas, de gran trascendencia histórica pese a su fracaso. Fue esta la Edad de Asentamiento o de Consolidación, cuyas instituciones más visibles son las catedrales, las universidades y el pensamiento escolástico, con amplios movimientos de cultura como el Románico, el Gótico y un primer Renacimiento. Las sociedades europeas se consolidan lo bastante para superar catástrofes casi apocalípticas como la Peste Negra, una peligrosísima invasión mongola o la invasión turca de la Europa suroriental culminada en la caída de Constantinopla, capital del Imperio romano de Oriente o bizantino, que había subsistido un millar de años después del derrumbe del Imperio romano de Occidente.   

   El descubrimiento de América señalaría el paso a una Edad de Expansión (equivalente a la Moderna), a partir de España y Portugal sobre todo, en que la cultura europea y la religión católica se extendería a otros continentes.  El hecho tiene trascendencia difícil de exagerar, pues por primera vez en la historia los continentes habitados y sus civilizaciones y culturas, hasta entonces mutuamente desconocidos y con escasas o nulas relaciones entre sí, son puestos en comunicación. A partir de entonces las interinfluencias entre unos y otros crecerían,  señalando una nueva época en la historia humana; pero el elemento activo y decisivo serán las expediciones navales y conquistas europeas, que crean imperios transoceánicos, también por primera vez en la historia humana. La Edad de Expansión presencia también  renovados impulsos invasores islámicos por parte del Imperio otomano, a través del Mediterráneo y hacia el centro de Europa; y simultáneamente la escisión protestante, un efecto de la cual serían largos períodos de guerras civiles y entre diversas naciones cristianas. El desarrollo del espíritu científico, el Renacimiento y el Barroco caracterizarán asimismo la época.

   Esta etapa concluiría en un período indefinido que abarcaría la Revolución industrial a partir de Inglaterra, la independencia de Usa y la Revolución francesa. Esta nueva edad señala el apogeo de Europa (de sus países más avanzados), cuyo poderío científico y técnico descuella de tal modo sobre el resto del mundo que se vuelve incontrastable para cualquier otra potencia o civilización.  La nueva época lleva a su cenit las tendencias originadas en la anterior: casi toda América termina de ser colonizada, y lo mismo ocurrirá con África y grandes regiones de Asia. Puede decirse que entonces Europa (algunas de sus potencias) domina al mundo, bien directamente mediante colonias,  bien de forma indirecta, por el comercio y la presión política.  Esta edad podría definirse como “de Apogeo”. Y no solo la ciencia o la técnica, también el pensamiento y las artes experimentan un fuerte impulso en la Ilustración, el Romanticismo y las ideologías que aspiran a sustituir a la religión y en parte lo consiguen. Se corresponde con la llamada Edad Contemporánea, con el liberalismo,  la democracia y las ideologías totalitarias.

   Finalmente, la terminación de la II Guerra Mundial señala un evidente declive de Europa en el plano político y militar, cuando queda dividida en dos zonas de influencia, useña y soviética, y pierde casi todas sus colonias, a menudo en guerras enconadas en las que los ejércitos europeos son vencidos por movimientos armados teóricamente muy inferiores, con nuevos tipos de guerra. Europa sufre un decaimiento profundo no solo política, militar y económicamente (aunque su economía llegaría a recobrarse), sino en todos los planos creativos del pensamiento, las artes y los movimientos sociales, en los cuales la vanguardia pasa a Usa. Europa entra en su Edad de Decadencia, que  no sabemos si proseguirá, acentuándose, o dará paso a un nuevo renacimiento, que hoy por hoy no se vislumbra. Tal postración ha originado planes de unir y homogeneizar el continente en un estado único, mediante el cual Europa recobraría su papel hegemónico o al menos podría competir de igual a igual con Usa, la emergente China o cualquier otra superpotencia, tras la implosión de la Unión Soviética, tan influyente en el mundo durante gran parte del siglo XX. Un sacrificio exigido para ese programa es la abolición de la gran diversidad nacional que ha dado a Europa su riqueza cultural; otro es la erradicación de la herencia cristiana, programa evidente en la llamada Unión Europea, que rompería con un larguísimo pasado y que no puede ocurrir sin serios riesgos.

   Creo que esta división por edades podría resultar más útil y descriptiva que la ambigua y demasiado arbitraria tradicional.

   ¿Qué es Europa, finalmente? Podríamos describirla como un conjunto muy variado  de naciones y  culturas, unido por ciertas tradiciones y concepciones religiosas, filosóficas y artísticas a través de diversas edades, y  hoy en decadencia y en trance de transformación profunda con perspectivas inciertas.

 

 

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¿Existe una civilización europea? (II)

Blog I: Javier Tusell y los milagros; Ángel Viñas y los archivos: http://gaceta.es/pio-moa/javier-tusell-los-milagros-angel-vinas-los-archivos-03032016-1055

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  ¿En qué sentido cabe hablar, entonces, de una civilización europea? Existe, por lo pronto, un evidente factor común de la mayor relevancia: todos sus países se han considerado a sí mismos cristianos, y durante siglos se los podría definir como “el continente cristiano”. Aun así, el cristianismo está dividido en tres ramas principales,  la católica, la ortodoxa y la protestante. Curiosamente, cada una de ellas destaca en  alguno de los tres grandes  ámbitos étnico-lingüísticos. El catolicismo predominó en el centro-oeste europeo hasta el siglo XVI, cuando el violento cisma protestante cundió sobre todo por los países germánicos, con excepciones importantes como las católicas  Austria, la mitad de Alemania o de Holanda. Así, el catolicismo quedó casi reducido a los países latinos (excepto Rumania), a algunos eslavos y a Irlanda. La rama ortodoxa predomina netamente en los países eslavos  más Grecia, con excepciones como las católicas Polonia, Croacia y otras. Simplificando un tanto, la Europa germánica es protestante, la latina católica y la eslava ortodoxa.

    Pero incluso con tales divisiones, persiste el cristianismo como la raíz cultural común, salvo regiones menores de tradición islámica  e inmigrantes de esa religión u otras, hoy en auge. Es más, si algún factor ha moldeado  en profundidad la historia y cultura europeas ha sido el cristianismo, de donde se ha expandido a América, parte de África y Oceanía. No obstante, a partir del siglo XVIII han cobrado empuje ideologías críticas (liberales y revolucionarias,  marxismo, un laicismo o cientifismo  extremos).  Ideologías de fuerza creciente en nuestros días, cuando un alto porcentaje de los europeos, variable según países, se declara agnóstico, ateo o indiferente. Tales ideologías han logrado desplazar parcialmente al cristianismo e intentan asentarse  sobre bases científicas o racionales, sin éxito claro. Ellas mismas tienen muchos rasgos propios de la religión, como una concepción del mundo y de la vida y una moralidad derivada, por lo que cabría interpretarlas como religiones sustitutivas.

    Ha sido muy fuerte en la historiografía la tendencia a omitir la religión como un elemento no ya crucial sino simplemente importante en el devenir humano. La mayoría de los estudios deja clara o sobrentendida la idea marxista, y no solo marxista, de que es la economía la que da contenido y sentido a la historia, constituyendo la religión una superestructura  fantástica, innecesaria  y de algún modo parasitaria, que solo merece examinarse, a su vez, desde  una perspectiva económica o política. A esa concepción cabe oponer la presencia universal de la religión en las culturas y la importancia que estas le han dado siempre, un hecho que no puede ser  trivial o despreciable.

   La condición humana se caracteriza por la consciencia del mundo y de sí misma, y esa consciencia genera una profunda angustia, capaz de bloquear la psique. El hombre percibe que todos sus afanes acaban derrotados por la muerte; que su vida está sujeta a azares que no dependen de su voluntad; que nunca logra orientarse del todo en el laberinto de sus propios deseos, a menudo contradictorios, y del conflicto con los deseos de otros; que ni siquiera está en el mundo por un designio o voluntad suya; que, en fin, tan perecedero y ajeno a su voluntad como su misma vida individual es la de la especie y del mundo que le cobija y le hostiga a un tiempo. No es ilógica la intuición de unas fuerzas, unas voluntades misteriosas  (espíritus, dioses…) por encima de la vida y del mundo. Esa intuición, más o menos difusa u oscura, provoca en la psique un doble e intenso sentimiento de adoración y de terror, origen de mitos, ritos para hacer propicia a la divinidad, arte, razonamiento…, en fin, la cultura propiamente dicha. En ello debe coinsistir el fondo común a la religiosidad en todas las culturas, por muy variadas que sean sus expresiones. Las divinidades dan orden y sentido a la vida, y la religión cumple un doble papel: calma  –nunca por completo–  la angustia esencial y paralizante propia de la condición humana ofreciéndole consuelo por las insuficiencias de la vida y por la muerte forzosa, liberando así las energías psíquicas necesarias  para afrontar las exigencias de la vida con vistas a la conservación individual y como especie.

   Dicho de otro modo: en las concepciones hoy más corrientes de la historia, la religión es relegada a subproducto ilusorio o poco relevante de la actividad práctica humana, a menudo reducida a la económica o (en Freud) a la sexual. La religión sería una proyección fantástica e innecesaria de las exigencias de la vida práctica, lo que vuelve difícil explicar su carácter universal. Sostengo que no se trata de una ilusión, sino de la intuición, más o menos clara, de la fuerza o voluntad  (así conceptuada por analogía con las capacidades humanas) misteriosa, pero necesaria, subyacente a las caóticas, variadísimas y perecederas apariencias de la vida y del mundo. Y que de esa intuición derivan a su vez las manifestaciones históricas y culturales de la vida humana.

   Por otra parte, las leyes y costumbres que buscan regular los conflictos sociales que condicionan y frustran a los individuos, no podrían mantenerse sin inspirarse en unos valores generales cuyo fondo último es religioso, por encima de convenciones, intereses o deseos particulares. En Europa ha solido oponerse la razón a la religión; pero no solo el poder de la razón es limitado, sino que, como los demás rasgos humanos, aparece como un “don”, como algo “otorgado”,  que no procede de la voluntad o decisión de ningún ser humano o conjunto de ellos y remitepor tanto a algún designio no humano.

   Así,  debería entenderse la religión, no como un factor secundario en la historia humana, sino central y generador de cultura. No puedo abordar a fondo aquí la cuestión, pero baste señalar ese enfoque, por otra parte nada nuevo y que intuyo productivo.

    Un rasgo del catolicismo ha sido cierta separación entre el poder espiritual y el poder político, ausente o más débil en otras culturas. El poder religioso estuvo y está centralizado en Roma, frente a las soberanías políticas, dispersas en estados nacionales o imperiales. Esa separación, causante de tensiones y hasta conflictos armados, ha dado espacio a un concepto de la libertad más agudo que en otras civilizaciones. Donde triunfó la expansión protestante, el poder  espiritual se disgregó en muchas tendencias particulares, sin sede común, mientras que el cristianismo oriental siempre estuvo mucho más próximo y mediatizado por el poder político que en el catolicismo.

   Junto con el cristianismo, otra raíz común a la cultura europea ha sido el legado del arte grecolatino, así como, menos generalizadamente, el derecho romano. Y muy especialmente el pensamiento: Europa puede definirse también como la cultura de la filosofía, no porque no existan filosofías en otras civilizaciones, sino porque en ninguna han alcanzado influencia, desarrollo y diversificación comparables. Estos legados fueron transmitidos precisamente a través del cristianismo  desde la caída de Roma.

    Como producto de esa herencia, Europa ha destacado, en conjunto, por  su productividad cultural en el pensamiento, la ciencia, la técnica y las artes, con más intensidad en unos países que en otros, superando en todo ello a cualquier otra civilización, aun recordando los altos niveles logrados por algunas como la china, la india o en su mejor época la islámica. Desde la pintura o la música a la filosofía, desde las matemáticas a la literatura, la ciencia y la técnica,  en ningún  otro continente a se ha producido una explosión tan sostenida de la alta cultura, a través de sucesivos movimiento que han abarcado, si no a todos sus países, a algunos que más han marcado con su impronta al conjunto:  así el Románico, el Gótico, el Renacimiento, el Barroco, la Ilustración, el Romanticismo, el Liberalismo, el Capitalismo, el Marxismo,  los fascismos, etc. La democracia liberal, en cambio, ha llegado a Europa desde fuera, desde Usa, si bien esta fue engendrada a su vez por el pensamiento político europeo.

   Cabe hablar, por tanto de una verdadera civilización europea, quizá la más diferenciada internamente que ha existido, muy diversificada en naciones, sistemas políticos y culturas o subcivilizaciones;  en esa diversidad radica una causa de su riqueza cultural y dinamismo.

 

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¿Existe una civilización europea? (I)

Blog I Las asombrosas historietas de Ángel Viñas, Helen Graham y otros: http://gaceta.es/pio-moa/asombrosas-historietas-angel-vinas-h-graham-02032016-1417

 **  Es posible que “Cita con la Historia” no pueda emitirse en adelante en Radio Inter, pero en ese caso emitiríamos en otra emisora. El próximo domingo esperamos emitir, a la hora acostumbrada, la sesión dedicada a la Leyenda Negra, con presencia de Iván Vélez, autor, precisamente, de “Sobre la Leyenda Ne*gra”, publicada en ediciones Encuentro.

***Observen que en el circo y la farsa inaudita en que se ha convertido la política española, ningún líder de partido ha hablado realmente de los problemas de fondo. Todo son intrigas baratas y peleíllas por el poder entre quienes quieren disgregar a España o llevarla a una situación venezolana, y quienes quieren disolver al país en la UE y llevan años facilitando los separatismos y los radicalismos. Es una pugna entre partidos zapateriles, unos más radicales, otros menos, pero todos “trabajando” con la herencia de Zapatero.

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 Pese a lo dicho, cabría cuestionar la existencia real de una civilización europea: siendo hoy Europa, después de Oceanía, el continente de menor extensión  y menos poblado (unos diez millones de km2 para 750 millones de habitantes, comparado con los 44  y 4.200 respectivamente de Asia, los 30 y 1.100 de África o los 42 y casi 1000 de América), es también el más diversificado relativamente en naciones y estados (46) y también en culturas nacionales. Encontramos estados tan mínimos como el Vaticano, con menos de medio kilómetro cuadrado (que ejerce sin embargo influencia mundial) y tan vastos como Rusia, que ocupa casi un 40% del continente.  Y diferencias demográficas no menores, entre los 15-27 habitantes por km2 de los países escandinavos y Rusia hasta los más de 400 o 370 de Holanda y Bélgica.  

    La lengua, factor cultural de primer orden, tampoco ofrece la menor homogeneidad, salvo por una remota raíz indoeuropea. Las principales se hallan diversificadas en tres grandes familias, eslava, germánica y latina, que por sí solas suponen el 95% de la población total, más otras ramas menores como la céltica o la griega, y algunas no indoeuropeas y poco habladas, como el finés, el húngaro o el vascuence. Dichas tres ramas son ininteligibles entre sí, y cada una de ellas se diversifica en lenguas y dialectos poco o nada comprensibles entre ellos sin estudio. Hay además tres alfabetos, griego, cirílico y latino, con predominio de este último. La lengua con más hablantes nativos es el ruso, más de 160 millones, seguida del alemán,  con 90 millones, el francés, inglés  e italiano, con unos 65 millones cada uno, el español el polaco y el ucraniano con más de 40 millones cada. No obstante las lenguas europeas con mayor número de hablantes nativos son el español y el inglés, fuera de Europa la mayoría de ellos.

  Esta gran variedad lingüística, hace que la gran mayoría de los habitantes de una nación no puedan entenderse con los de la vecina, aunque tienda a emplearse un inglés elemental en muchos casos. Los ámbitos lingüísticos van más allá, marcando cada uno de ellos  fuertes  peculiaridades étnicas y de otro tipo. Las diferencias lingüísticas se extienden a la literatura, asimismo muy variada en estilos, tonos y temas según los países, o el arte en general, la arquitectura popular, la canción,  la culinaria, etc. Inglaterra, España, Rusia, en menor medida Francia o  Portugal, han creado vastos ámbitos culturales propios, especie de subcivilizaciones, en varios continentes.    

   La desigualdad lingüística se acompaña de otra en el aspecto físico, que difiere notablemente entre la población germánica, la latina y la eslava, aun con bastante mezcla entre ellas. Esta diversidad interna no impide que la población europea difiera físicamente más aún de la africana o la asiática, tomadas en conjunto.

   Permanecen asimismo fuertes  diferencias económicas,  particularmente entre el este europeo, por lo común más pobre que el centro y el oeste, o entre las economías nórticas y las mediterráneas. Hay países intensamente industrializados y otros mucho menos o más agrarios o con mayor peso de los servicios;  y las variaciones en estructura económica, política fiscal o  constituciones políticas  son también muy significativas, como el peso de tales o cuales partidos, aunque se han creado internacionales de una u otra tendencia, tampoco demasiado homogéneas…

   La historia interna de Europa ha distado de ser armoniosa y tranquila. Las guerras entre sus países  han menudeado siglo tras siglo, algunas tan devastadoras como la de los Treinta Años en el XVII, o las dos mundiales del XX. Estas dos última señalan la decadencia del continente como un todo.  Como efecto de las guerras, las fronteras han cambiado  de forma sustancial muy a menudo, hasta nuestros días.  España es uno de los países con fronteras más estables desde hace siglos, pero la mayoría han sufrido  rectificaciones notables aún en pleno siglo XX. Así Francia, Alemania, Rusia, Reino Unido, Suecia, Polonia y las demás naciones del centro-este, Grecia… Los golpes, revoluciones y guerras civiles han menudeado,  y de la disgregación de los imperios han brotado nuevos estados;  uno,  Yugoslavia,  ha sufrido una sangrienta desintegración en tiempos muy recientes.

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Tusell y el descrédito de la historiografía universitaria

  Blog I: En qué y por qué yerran Fontana y Fusi: http://gaceta.es/pio-moa/yerran-fontana-fusi-01032016-0849

**Al final de Cita con la Historia hemos introducido una sección de “canciones para la historia, empezando por algunas de la SGM. De momento, Lili Marleen (https://www.youtube.com/watch?v=wh4qe0Hp6RU) y V Zemlianke: https://www.youtube.com/watch?v=rxthXooFifs. La sesión del próximo domingo versará sobre la leyenda negra. En canciones seguiremos con “La guerra sagrada”, soviética.

**”Cita con la Historia”: los problemas políticos de los nacionales y el Frente Popular durante la guerra: https://www.youtube.com/watch?v=gKRXDJqHXug

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 No me refiero, claro está, a toda la historiografía universitaria, sino sólo a la referida a la república y la guerra civil, cuya muy mediocre calidad intelectual y deontológica he podido comprobar fehacientemente, y ahora, por enésima vez, en un artículo de Javier Tusell, en El País, sobre el revisionismo histórico.

   Tusell arremete especialmente contra César Vidal, José María Marco y un servidor, e incluye, sin venir mucho a cuento, a Tamames. El problema para Tusell es éste: “En España ha aparecido un revisionismo histórico en los últimos tiempos que siempre ha movido a la duda acerca de si merecía la pena dedicarle alguna atención”. ¿Duda? Ninguna. Tusell y otros de su cuerda le vienen concediendo la máxima atención. No la atención que uno esperaría de personas intelectualmente agudas y de espíritu liberal, sino más bien la de grupillos de poder con aspiraciones a monopolizar el cotarro, asustados por la competencia.

   En cuanto a mis libros –los otros aludidos hablarán de lo suyos, si lo estiman oportuno–, las réplicas de Tusell y compañía nunca han pasado de exhortaciones a la censura, a sepultarlos en el silencio. El prestigioso historiador Stanley G. Payne, libre de las conocidas servidumbres de la universidad española, lo ha expuesto con precisión: “Quienes discrepen de Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales que afronta…”.

  A juicio de Tusell, el nefando revisionista “no parte de preguntas, sino de seguridades o de presunciones. No acude a fuentes primarias, sino a las secundarias que pretende elaborar con originalidad. Lo hace, sin embargo, con extravagancia, acudiendo a interrogantes inapropiados (…) suele magnificar el dato irrelevante para sus propios fines o tomar la parte por el todo. Huye de matices porque lo suyo es el dualismo maniqueo, la simplificación o la parcialidad”. Espléndida descripción inicial, cuyo único defecto es que no la demuestra en ningún momento. Son acusaciones por las buenas, simplemente, y que se le podrían aplicar a él, como veremos.

   Por descender de la retórica a los hechos, yo he basado lo fundamental de mi investigación en los archivos del PSOE guardados en la Fundación Pablo Iglesias, en especial el archivo de Largo Caballero, en el Archivo de Salamanca y otros, en el diario de sesiones de las Cortes, en las declaraciones de los políticos en la prensa de la época, en los testimonios de los procesos… Es decir, lo he basado en fuentes indiscutiblemente primarias, como sabe muy bien todo aquel que me haya leído, en especial el libro Los orígenes de la guerra civil, el cual considero la clave del resto de mi obra. Si Tusell lo ha leído miente al decir lo que dice; y si no lo ha leído parlotea, y en ello se retrata, no precisamente como el intelectual serio por que pretende pasar.

  La duda sobre si ha leído aquello que critica se acrecienta cuando describe así mis trabajos: “Moa empieza, por ejemplo, por considerar que la CEDA no era nazi, para llegar a la conclusión de que la Guerra Civil empezó por culpa de la izquierda en octubre de 1934. Pero, además, presume una conspiración desde comienzos de siglo de izquierdistas y nacionalistas y dice descubrir su capacidad destructiva… ¡en una sociedad secreta!”. Evidentemente, Tusell puede aplicarse a sí mismo lo del “dualismo maniqueo, la simplificación y la parcialidad” que achaca a otros; por no decir sin más que miente. Si algo queda perfectamente nítido a partir de las fuentes primarias del PSOE, que Tusell ignoraba y quiere seguir ignorando, es que en 1934 (70 aniversario este año) dicho partido se propuso, textualmente, organizar la guerra civil para implantar una dictadura proletaria. Sobre ello no puede caber la menor duda a nadie que, simplemente, quiera abrir los ojos. Y no sólo se propuso el PSOE la guerra civil, sino que la llevó a cabo, aunque fracasara, dejando la broma de 1.400 muertos en dos semanas. Y fracasó porque los obreros no le siguieron, salvo en la cuenca minera asturiana, y porque la CEDA, que desde luego era un partido moderado, contra lo pretendido años y años por la propaganda contraria, defendió entonces la legalidad republicana y las libertades. Algo muy parecido a lo del PSOE puede decirse de los nacionalistas catalanes de la Esquerra. ¿Llamaría Tusell a esto “datos irrelevantes y magnificados interesadamente”?

   Por otra parte yo no hablo de culpas, pues, sean cuales fueren, debemos darlas ya por zanjadas. Lo que he procurado ante todo es hacer inteligibles los procesos, ideologías y falsos razonamientos que llevaron a la guerra, pues comprenderlos puede ayudarnos a evitar derivas parecidas. En cambio las condenas arbitrarias tan abundantes en los últimos tiempos sólo reabren las viejas heridas y odios, labor en que está empeñada ahora tanta gente, con una desvergüenza e irresponsabilidad que no suscita crítica alguna en intelectuales tan supuestamente escrupulosos como Tusell.

Sobre la “conspiración” y la “sociedad secreta”, o bien Tusell, una vez más, no ha leído mis libros, o bien no ha entendido nada de ellos, pese a concordar todo el mundo en que escribo con claridad. Nunca he creído en las teorías conspiratorias de la historia, pero es evidente que las conspiraciones han existido siempre y han tenido un papel. La “sociedad secreta”, la masonería, supongo, tuvo influencia de sobra comprobada en algunos sucesos y momentos históricos (en las primeras Cortes republicanas, por ejemplo, había más masones que representantes de cualquier partido). Pero una cosa es señalar tales hechos indudables –y no disimularlos, como hacen algunos historiadores–, y otra explicar el desarrollo histórico a través de conspiraciones masónicas, cosa que yo no he hecho en ningún momento.

Tusell, por tanto, necesita falsificar mis tesis (como otros muchos) para atacarlas, probando así la inconsistencia y carácter fraudulento de su crítica. Y aún más fraudulento y contradictorio resulta el hombre cuando justifica su retirada ante un debate intelectual con el patético argumento de que los libros revisionistas “en nada facilitan la convivencia”. Si esto fuera así, y precisamente por su peligro para la convivencia, Tusell y compañía deberían esforzarse en polemizar hasta hacer añicos las tesis de esos libros, máxime cuando gozan de tal difusión. ¡Pero hacen justamente lo contrario! Rehúyen el debate amparándose en exigencias académicas que, como acabamos de comprobar, no cumplen ellos mismos en lo más mínimo. Para colmo, no se les ocurre otra cosa que despreciar a los lectores, a quienes tildan de “público poco propicio a sofisticaciones”. Payne, Seco, Cuenca Toribio y otros más han hecho grandes elogios de mis libros. ¿Serán poco propicios a sofisticaciones? En fin, con tales argumentos entramos en el terreno de la puerilidad, también muy reveladora del “nivel científico” de tales críticos. La convivencia entre los españoles, señor Tusell, debe basarse, entre otras cosas, en la búsqueda y el respeto a la verdad histórica, y no en el mantenimiento de mitos convenientes para algunos grupos de presión.

¿Por qué extiendo al conjunto de la historiografía universitaria el descrédito que, en rigor, sólo corresponde a gente como Tusell? Por dos razones: porque son estas gentes quienes han marcado la pauta, han pontificado y dominado en ese mundillo durante muchos años; y porque otra gente mucho más valiosa ha mantenido una postura acoquinada, asustadiza y hasta reverencial ante los más gritones y descalificadores. El desprestigio de una institución no lo labran sólo los charlatanes prepotentes, sino también, y no menos, las personas de mérito pero escasas de valor moral para enfrentarse a aquellos resueltamente, con la razón pero sin falsos respetos. Si estos últimos tienen en cuenta lo que está en juego, es de esperar que encuentren los bríos necesarios para no inhibirse y disimular ante la superchería.

   (En La ilustración liberal, nº 21-22)

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