Blog I. Un fraude generador de fraudes:http://www.gaceta.es/pio-moa/fraude-generador-fraudes-01112014-1857
**Domingo, 2 de noviembre, hablaremos en “Cita con la Historia” de la creación y primera historia de Falange. Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde.
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Por estas fechas viene al caso plantearse la muerte. Se trata de un contrasentido: de la muerte solo podría hablar con conocimiento de causa un muerto, algo imposible, por lo que también resulta un contrasentido lo contrario: un vivo hablando de lo que escapa totalmente a su experiencia, incluso a su conocimiento indirecto, pues ver un cadáver no basta. A pesar de ello, los (todavía) vivos hablamos mucho de la muerte, por varias razones, de las cuales la más evidente es que tenemos consciencia –al revés, supongo, que los animales—de que nuestros esfuerzos, méritos, desdichas, penas, alegrías o delitos, nos conducen a todos al mismo final. Un tópico, claro, pero que encierra un profundo misterio. La vida es fatigosa, nos impone un trabajo continuo para mantenernos, y nos impone unas conductas morales que a menudo chocan con nuestras inclinaciones “naturales”, y todo para finalmente quedar en nada. Sobre todo la conducta moral, por la que nos regimos inevitablemente cumpliendo sus supuestas exigencias o vulnerándolas, termina en nada. Aunque, si se quiere, no todo se acaba: nuestros cuerpos, salidos de la naturaleza, vuelven a ella, a ser devorados por ella en forma de gusanos o de fuego; y ella, la naturaleza, eso que llamamos naturaleza sin saber tampoco muy bien de qué se trata, no parece prestar la menor atención a las exigencias morales, o cualesquiera otras, que nos parecen dar valor a nuestra pasajera existencia. ¿La naturaleza nos crea y al mismo tiempo priva de sentido a nuestra biografía? Es lo desconcertante de la vida, creada por las mismas fuerzas que la condenan a la muerte, sin que a su objeto, en este caso la consciencia, le sea permitido saber por qué. Porque nuestra psique se plantea inevitablemente esas preguntas, de modo racional, pero le es imposible encontrar una respuesta igualmente racional.
Obviamente, nuestra psique se da respuestas. La destrucción total, la nada, es inadmisible: todo se mueve, se transforma pero no se destruye, tiene que haber algo después de la muerte. Pero lo que hay, según lo percibimos, es muy inferior a lo que había. El cuerpo humano, un prodigio de organización que por sí mismo resulta un misterio, se degrada no menos misteriosamente para ser pasto de bichejos. Ciertamente la materia que formó el cuerpo no desaparece, cambia, pero es como cambiar un diamante por una pella de barro. ¿Qué fuerza hay detrás de todo eso? ¿Qué sentido tiene, en definitiva, la vida? La razón exige una respuesta, pero esta, si la hay, rebasa a la razón. La naturaleza, que nos ha creado con todas nuestras inquietudes, no se digna informarnos. Y esta deprimente realidad, ¿se debe a que tenemos algo que nos diferencia de la muda naturaleza? Pero, ¿cómo podemos ser distintos de ella si somos un producto de ella? Nuestras ideas del bien y del mal, que nos parecen dar a nuestra vida valor y dignidad, o quitárselos, ¿son en realidad un capricho absurdo? Claro que en la naturaleza no puede haber nada absurdo… Nuestra psique, buscando consuelo, se refugia en ideas religiosas. Pero estas son demasiado variadas y todas expuestas al ácido corrosivo de la razón.
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Repasando las preguntas de Don Jerónimo, creo que no respondí adecuadamente a la de si la muerte violenta de los dos padres del protagonista en Sonaron gritos y golpes a la puerta tiene algún significado o intención literaria.
En realidad, las preguntas me obligan a buscar explicaciones en las que no había pensado al escribir el relato dándole una lógica más o menos conseguida. La muerte, el asesinato simbólico del padre es un mito – a mi juicio disparatado– inventado por Freud, que ha disfrutado de gran fortuna en el arte y la interpretación psicológica. Buscándole una intención en Sonaron…, observamos que Alberto solo presencia el asesinato de su padre “social”, pero sí mata a su padre biológico, aunque prefiera no participar directamente en la matanza. Pero no le ocasiona la muerte en represalia por haberle “castrado” imponiéndole su autoridad, las normas sociales o el acceso sexual a su madre, ya que nunca vivió con él, y ambos se desconocían mutuamente. Después de todo, Alberto solo descubre a última hora que su próxima víctima es su padre, y ni yo, ni me parece que él, cree en eso de la “llamada de la sangre”. ¿Por qué no llega hasta el final y participa en el homicidio? ¿Por falta de valor? ¿Por sentimentalismo? Está claro que se siente sobrecogido por un tabú profundo: matar al propio padre resulta un crimen especialmente horrible, aunque los demás maquis víctimas de la intriga de Alberto puedan ser a su vez padres de otros hijos y desde luego hijos de otros padres. ¿Sería más heroico o simplemente más criminal participar en aquella muerte, que de todos modos él ha preparado sin saber de quién se trataba? ¿O define esa muerte la situación general, la peripecia vital del protagonista? La respuesta no es fácil.
En un plano más profundo, matar al padre es matar al generador de la propia vida y en cierto sentido equivale a matarse a sí mismo, quitarse la razón de existir. Es lo que siente Alberto como una violenta revelación, de modo confuso, pero intenso; y es lo que le empuja a cambiar definitivamente de vida y a olvidar sus peripecias de juventud, cuyo posible valor solo logra intuir en la vejez. ¿Han valido la pena aquellas luchas y tragedias? En todo caso, queda el relato, expuesto a muchos juicios, acaso fútiles todos ellos.
¿Tiene el episodio algo que ver con algún sentido especial de la guerra civil? Seguramente. Se la ha calificado de guerra fratricida, en la que estaban mezclados, por tanto, padres e hijos. Por ahí podría buscarse más simbolismo, pero por ahora lo dejo.
