Blog I: El significado de la literatura: http://www.gaceta.es/pio-moa/significado-literatura-24042014-2244
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En resumen: la violencia es un fenómeno demasiado universal para que podamos considerarlo puramente arbitrario o producto de maldades ocasionales: considerarla así sería precisamente una arbitrariedad y hasta una maldad vanidosa. Buena muestra de ello la tenemos en las concepciones sentimental-moralistas que “explican” nuestra guerra civil por un cainismo congénito a los españoles… del que los sentimental-moralistas se excluyen con total arbitrariedad (he expuesto ese modo de no explicar la guerra en el libro, de reciente publicación, La Guerra Civil española. Un análisis crítico, exponiendo a García de Cortázar y a Pedro J. Ramírez como modelos, entre tantos, de tal interpretación)
Podemos definir la violencia política como el uso o la amenaza de la fuerza física para imponer la obediencia a las personas reacias al poder (y siempre las hay, debido a las difes). Es decir –conviene especificarlo–, a algún poder concreto, pues, como vimos al principio, el poder, con una forma u otra, con unas oligarquías u otras, es connatural y obligado en las sociedades humanas. Los mismos anarquistas lo pretenden inevitablemente, aunque quieran imaginar lo contrario. Por esa razón, la violencia va ligada necesariamente al poder, tanto a su conquista como a su mantenimiento. Ahora bien, en ello hay muchos grados, dependiendo de la aceptación social de ese poder. Este, en casos extremos, se asienta en el terror, en la violencia actuante y sistemática contra una disidencia desarmada pero que se percibe como peligrosa (si la disidencia se arma, lo que sobreviene es la guerra civil). Los terrores de la revolución francesa o de la revolución rusa son paradigmáticos, pero de ningún modo únicos. En España, las elecciones de febrero de 1936 dieron lugar a una situación de terror algo atenuado, que cobró dimensiones mucho mayores en las retaguardias de los dos bandos durante la guerra misma. En el lado opuesto hallamos regímenes, o más bien épocas, en los que el poder goza de aceptación social lo bastante amplia como para que la violencia aparezca solo como una amenaza permanente, pero llevada a los hechos en relativamente pocas ocasiones. Entre estos extremos encontramos muy diversos grados y matices. Para posturas maquiavélicas, el príncipe puede consolidarse mediante un terror inicial que haga innecesario su empleo posterior, hecho también repetido en la historia aunque no como regla general.
La necesidad de la violencia se origina en las difes producto de la individuación humana, pero sería equivocado pensar que por sí sola puede garantizar o estabilizar el poder. Pues siempre o casi siempre la violencia, incluso en su grado de terror, va acompañada de alguna argumentación que la justifica o intenta justificarla, es decir, se presenta ligada, más o menos convincentemente, a un sentimiento de justicia. De otro modo el uso de la violencia solo suscitaría rebeldía o llevaría a la sociedad a un práctico anonadamiento. Es la justicia según se la valora comúnmente la que da legitimidad al poder; y a menudo se la ha estimado como la base esencial del bienestar y prosperidad de una cultura. De modo que diremos que a más justicia, menos necesidad de violencia, sin que la justicia llegue siempre a una perfección ni la violencia deje de ser necesaria.
La justicia se ha definido como “dar a cada cual lo suyo”, y esa definición ya indica su carácter solo parcialmente posible. Porque “cada uno” suele creerse merecedor de más de lo que recibe y ningún gobierno puede satisfacer a todos por igual. El mando siempre será ilegítimo para una fracción y legítimo para otra, y lo será más o menos según la fuerza y el apoyo popular de cada fracción. La justicia aparece así como la condición esencial del orden. Un orden en que la oligarquía se constituyera en grupo aparte y opuesto a la sociedad, dedicado a defender solo sus intereses particulares, solo podría gobernar por el terror y durante poco tiempo. Por eso un maquiavelismo puro, en el que solo contara el interés del príncipe y sus adláteres, no sería duradero. Por tiránico que sea, debe aureolarse de justicia.
La cuestión nos vuelve al dilema expuesto antes: si el criterio de la justicia puede ser el éxito del poder, de modo que quien se mantiene en él, sin importar los medios, resultaría justo; o bien si la justicia tiene más relación con los medios que con el fin. Maquiavelo se decanta por la primera opción, pero el problema, tan largamente tratado en el pensamiento político, no puede resolverse racionalmente: desde un punto de vista racional, unos medios que fracasan no pueden establecer el orden, por tanto la supervivencia social, y por tanto no pueden ser justos, por muchas pretensiones éticas que invoquen. A la inversa, el criterio del éxito presentaría como justo incluso al gobierno más tiránico y brutal si conseguía mantenerse por el miedo o la manipulación social. Estas dificultades nos llevan a la relación entre religión y poder
