El éxito como sinónimo de la justicia

Blog I: El significado de la literatura: http://www.gaceta.es/pio-moa/significado-literatura-24042014-2244 

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En resumen: la violencia es un fenómeno demasiado universal para que podamos considerarlo puramente arbitrario o producto de maldades ocasionales: considerarla así sería precisamente una arbitrariedad y hasta una maldad vanidosa. Buena muestra de ello la tenemos en las concepciones sentimental-moralistas que “explican” nuestra guerra civil por un cainismo congénito a los españoles… del que los sentimental-moralistas se excluyen con total arbitrariedad  (he expuesto ese modo de no explicar la guerra en el libro, de reciente publicación, La Guerra Civil española. Un análisis crítico, exponiendo a García de Cortázar y a Pedro J. Ramírez como modelos, entre tantos, de tal interpretación)

  Podemos definir la violencia política como el uso o la amenaza de la fuerza física para imponer la obediencia a las personas reacias al poder (y siempre las hay, debido a las difes). Es decir –conviene especificarlo–,  a algún poder concreto, pues, como vimos al principio, el poder, con una forma u otra, con unas oligarquías u otras, es connatural y obligado en las sociedades humanas. Los mismos anarquistas lo pretenden inevitablemente, aunque quieran imaginar lo contrario.  Por esa razón, la violencia va ligada necesariamente al poder, tanto a su conquista como a su mantenimiento. Ahora bien, en ello hay muchos grados, dependiendo de la aceptación social de ese poder. Este, en casos extremos, se asienta en el terror, en la violencia actuante y sistemática contra una disidencia desarmada pero que se percibe como peligrosa (si la disidencia se arma, lo que sobreviene es la guerra civil). Los terrores de la revolución francesa o de la revolución rusa son paradigmáticos, pero de ningún modo únicos. En España, las elecciones de febrero de 1936 dieron lugar a una situación de terror algo atenuado, que cobró dimensiones mucho mayores en las retaguardias de los dos bandos durante la guerra misma.  En el lado opuesto hallamos regímenes, o más bien épocas,  en los que el poder goza de aceptación  social lo bastante amplia como para que la violencia aparezca solo como una amenaza permanente, pero llevada a los hechos en relativamente pocas ocasiones. Entre estos extremos encontramos muy diversos grados y matices. Para posturas maquiavélicas, el príncipe puede consolidarse mediante un terror inicial que haga innecesario su empleo posterior, hecho también repetido en la historia aunque no como regla general.

    La necesidad de la violencia se origina en las difes producto de la individuación humana, pero sería equivocado pensar que por sí sola puede garantizar o estabilizar  el poder. Pues siempre o casi siempre la violencia, incluso en su grado de terror, va acompañada de alguna argumentación que la justifica o intenta justificarla, es decir, se presenta ligada, más o menos convincentemente, a un sentimiento de justicia. De otro modo el uso de la violencia solo suscitaría rebeldía o llevaría a la sociedad a un práctico anonadamiento. Es la justicia según se la valora comúnmente la que da legitimidad al poder;  y a menudo se la ha estimado como la base esencial del bienestar y prosperidad de una cultura.  De modo que diremos que a más justicia, menos necesidad de violencia, sin que la justicia llegue siempre a una perfección ni la violencia deje de ser necesaria.

La justicia se ha definido como “dar a cada cual lo suyo”, y esa definición ya indica su carácter solo parcialmente posible. Porque “cada uno” suele creerse merecedor de más de lo que recibe y ningún gobierno puede satisfacer a todos por igual.  El mando siempre será ilegítimo para una fracción y legítimo para otra, y lo será más o menos según la fuerza y el apoyo popular  de cada fracción.  La justicia aparece así como la condición esencial del orden. Un orden en que la oligarquía se constituyera en grupo aparte y opuesto a la sociedad, dedicado a defender solo sus intereses particulares, solo podría gobernar por el terror y durante poco tiempo. Por eso un maquiavelismo puro, en el que solo contara el interés del príncipe y sus adláteres, no sería duradero. Por tiránico que sea, debe aureolarse de justicia.

   La cuestión nos vuelve al dilema expuesto antes: si  el criterio de la justicia puede ser el éxito del poder, de modo que quien se mantiene en él, sin importar los medios, resultaría justo; o bien si la justicia tiene más relación con los medios que con el fin. Maquiavelo se decanta por la primera opción, pero el problema, tan largamente tratado en el pensamiento político,  no puede resolverse racionalmente: desde un punto de vista racional, unos medios que fracasan no pueden establecer el orden, por tanto la supervivencia social, y por tanto no pueden ser justos, por muchas pretensiones éticas que invoquen. A la inversa, el criterio del éxito presentaría como justo incluso al gobierno más tiránico y brutal si conseguía mantenerse por el miedo o la manipulación social. Estas dificultades nos llevan a la relación entre religión y poder

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Rusia y China

Blog I: Cuatro reseñas en el Día del Libro:http://www.gaceta.es/pio-moa/cuatro-resenas-dia-libro-23042014-1019

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Con motivo de la crisis de Crimea y Ucrania, numerosos analistas se han apresurado a equiparar a Putin con Hitler o a la Rusia actual con la Alemania nacionalsocialista cuando la anexión de los Sudetes y  la invasión de Checoslovaquia. Otros, a veces los mismos, han destacado los problemas que afectan a Rusia y que, según ellos, la harán colapsar o estallar antes de mucho tiempo.

Hay una evidente diferencia entre la Alemania de entonces y la Rusia de ahora. Alemania era un país, joven, internamente cohesionado,  optimista y eufórico. Había salido de la gran depresión, recuperado el orgullo nacional,  y trataba de romper el statu quo establecido por los vencedores de la Gran Guerra y expandirse  hacia el este a costa de los países eslavos.  Era una potencia netamente agresiva. La Rusia actual es un país envejecido, pesimista (basta notar el número de suicidios), con una población insatisfecha y en clara disminución,  crecientes dificultades de cohesión interna, sobre todo por el crecimiento de un islam potente y agresivo. Y graves amenazas  externas, unas no inmediatas, como la de China sobre Siberia,  y otras que percibe más próximas en la UE y la OTAN. Es un país a la defensiva. Todo indica que sus desafíos internos y externos irán haciéndose más drásticos y urgentes, y no cuenta para hacerles frente con una sociedad dinámica. No obstante, muchos países han sufrido crisis peores, a las que han sucumbido o de las que han salido fortalecidos,  según la inteligencia y decisión con que los hayan afrontado. Es evidente que Putin tiene ideas bastante precisas sobre el modo de salir de tal situación. Ideas que inevitablemente disgustarán a los países occidentales, de los que Rusia no quiere convertirse en satélite. Las acciones de Putin  sobre Crimea y Ucrania, y su designio euroasiático revelan la intención de adelantarse a tendencias poco prometedoras  para la independencia e integridad del país.

La actitud de Putin no es arbitraria: parte de la decepcionante experiencia de la democratización del país. En los primeros tiempos, la caída del régimen soviético suscitó un entusiasmo enorme por el sistema  democrático, en el que se veía el remedio a todas las taras arrastradas del comunismo. Pero la salida resultó complicada. La privatización masiva suscitó una enorme corrupción, formación de mafias, enriquecimientos prodigioso de unos y empobrecimiento de la mayoría, mientras el poder se desmoronaba en gran parte y el Imperio soviético se rompía en numerosos pedazos. Además, el comunismo había moldeado una mentalidad  temerosa y  sin iniciativa por un lado, y despótica por otro. Sozhenitsin denunció el modo, a menudo desastroso, como iba realizándose el proceso y la consiguiente desmoralización popular. El desencanto con la opción democrática ha sido muy grande. Putin intenta, a su modo, que solo puede ser autoritario, enderezar una situación de muy difícil arreglo.

El contraste con China no puede resultar más llamativo. También allí se abandonó el comunismo en toda su significación práctica, pero con otros métodos. Parecía imposible la combinación del férreo poder de una casta política –que solo conserva del comunismo un resuelto control del estado sin democracia alguna–  con una economía fundamentalmente capitalista,  y sin embargo el método ha funcionado y convertido a China en una potencia mundial económica y tecnológica. ¿Por qué el estilo despótico, contrario a la iniciativa individual,  propio del comunismo, no ha creado en China una mentalidad pasiva como en Rusia, ni la privatización engendrado grandes dosis de desorden y corrupción? Lo segundo parece explicable por el mantenimiento del poder en manos de un partido comunista que no se deshizo como en Rusia, pero lo primero tiene más difícil explicación. En todo caso, así ha ocurrido. El propio éxito económico chino  y su proyección internacional  parecían  abocar a una pronta democratización del régimen al estilo occidental, pero ello no ha tenido lugar ni hay trazas de que vaya a tenerlo pronto.

   Aunque Rusia percibe en la UE y en la OTAN un enemigo más inmediato,  todo indica que a un plazo medio o largo será la potente y poblada China, al lado de las tentadoras extensiones de Siberia, semivacías y con grandes riquezas naturales, la que ejerza una presión más peligrosa. El designio euroasiático de Putin aspira a conjurar ese peligro marcando un enemigo común en Usa y la UE, pero estas no son para China ningún enemigo real. Añádase  la presencia de un islam expansivo dentro y fuera de las fronteras rusas. Por otra parte, un posible colapso de Rusia no dejaría de tener muy graves repercusiones sobre Europa occidental.

   Cuando se desmoronó la Unión Soviética surgieron analistas de un nuevo mundo unipolar, en el que Usa como única superpotencia, secundada por la UE, marcaría el porvenir de la humanidad como un conjunto de democracias ocupadas principalmente en resolver técnicamente los problemas económicos bajo tutela de los grandes. Hoy vemos que la abrumadora hegemonía militar y tecnológica useña no basta para imponerse en pequeños países como Pakistán o Afganistán, mientras China va configurándose como una superpotencia,  a Rusia se le ofrece un porvenir muy complicado y el mundo, en general, se vuelve un escenario de tensiones e intereses muy mal armonizables.

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Desde Maquiavelo: la justicia y la violencia

Blog I: ¿Se defenderá la nación? http://www.gaceta.es/pio-moa/defendera-nacion-22042014-1840

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La  justicia y la violencia

   En nombre de un principio de realidad opuesto a idealizaciones vanas, El príncipe  da por resueltas algunas cuestiones que, sin embargo, han sido y serán objeto de constante debate. Entre ellas, la justicia y la violencia.  El criterio de Maquiavelo  en esa obra es que la justicia deriva, resulta un producto  de la determinación y voluntad del príncipe,  y así cualquier violencia ejercida por este se justifica si tiene éxito. El poder y la violencia aparecen como un arte que, bien entendido y practicado, debe conducir al éxito. La única limitación, aparte de la torpeza en el uso de esa arte, depende del destino, concebido vagamente como una fuerza o conjunto de fuerzas  más allá de la voluntad humana. El hombre fuerte puede jugar con el destino mediante la inteligencia y la osadía,  aunque solo en cierto modo, pues la fuerza del destino permanece oscura. (Hitler, político en gran medida maquiavélico observó poco antes de suicidarse: “Sé que mañana millones de hombres me maldecirán. Así lo quiso el destino”).

    Claramente, la concepción de El príncipe  rompe con la tradición del pensamiento político cristiano e incluso el de los principales clásicos grecolatinos. Hasta entiende la religión como  un instrumento útil al poder, por cuanto  propicia la sumisión y la paz entre los súbditos, pero sin mayor autonomía o proyección transcendente. Y lo mismo que la tradición, la justicia. En el concepto tradicional, expuesto, por ejemplo, por Isidoro de Sevilla, la justicia no es lo que hace el poder, sino lo que lo justifica: “Serás rey si obras con justicia, y si no, no”. He aquí otro gran problema del pensamiento político: ¿consiste la justicia en una entidad inmaterial que moldea el ejercicio del poder (concepción ligada a la idea de derecho natural, de carácter religioso) o bien es el ejercicio del poder el que crea la justicia en forma de leyes, derechos y sentencias? En la práctica parece ser lo último. El mantenimiento del orden social parece el sentido y justificación última del poder, pero nuestra mente percibe inmediatamente el orden como justo o injusto. Sin embargo, ¿qué criterio seguir al respecto? ¿Podemos definir como justo un orden que simplemente asegura la cohesión y sostenimiento de la sociedad? El problema se ha planteado con las Leyes de Núremberg nacionalsocialistas. Las mismas serían justas, tanto por haberse formulado según prescripciones legales aceptadas como porque  no alteraron significativamente el orden de la sociedad alemana, eufórica además al estar superando la depresión económica y la sensación de humillación y derrota después de la I Guerra Mundial.  Como se ha observado a menudo, los partidarios del derecho positivo y contrarios a la idea de  un derecho natural, como el pensador judío Kelsen, encontrarían serias dificultades para condenar aquellas leyes raciales.

   Kelsen, desde luego, admitía un contenido moral en la justicia, pero en la práctica ese contenido se diluía en el derecho establecido por el príncipe. Claro que en este caso el príncipe sería “el pueblo”, pues Kelsen postulaba la democracia.  Este pensador elaboró una serie de ideas para asegurar  la legitimidad de las medidas democráticas, pero en último extremo la legitimidad radicaría en la voluntad del “pueblo”, o más propiamente de quienes se  considerasen sus representantes. Voluntad que, falta de un referente como una justicia trascendente a la propia voluntad, o el derecho natural, resultaría finalmente arbitraria y daría lugar a convenciones sin otro fundamento que las convenciones mismas. La dialéctica pueblo/poder, que trataremos al hablar de la democracia, básicamente sustituye a un príncipe por otro.

    El problema tiene relación con el de la violencia. Desde siempre, toda forma de poder y todo “príncipe” han tratado de estabilizarse y obrar con la menor violencia posible, incluso sin ninguna violencia; y en nuestro tiempo la condena moral de la violencia está generalizada en amplios medios. Pero ninguna forma de poder consigue esa estabilidad pacífica, al ser la inestabilidad un rasgo esencial del poder. Y en realidad condenar la violencia es condenar la historia real, pues todas las naciones y todas las formas de poder han nacido con una gran dosis de violencia. Por remitirnos a la época históricamente reciente, piénsese en la Revolución francesa, las independencias americanas, las revoluciones europeas de los siglos XIX y XX, las guerras mundiales, las descolonizaciones del siglo XX, las guerras de Irak, Siria y tantas otras. Cuando la violencia no ha cundido de forma abierta,  ha sido la amenaza de ella la que ha disuadido de aplicarlas:  así en la Guerra fría o en diversas descolonizaciones, una vez las potencias colonizadoras fracasaron en sus intentos de aplastar las rebeliones. Y todos los estados, todos los poderes se apoyan en la violencia, como amenaza o como práctica directa: no otra cosa significan los ejércitos y las policías. Así, condenar la violencia por principio solo podría hacerlo quien se situase por encima de la realidad humana y como juez de ella, una pretensión vanidosa y por ello básicamente necia. Por lo demás, la condena es un acto moral basado sobre la negación de la realidad, y por tanto sin raíces en ella

  Los razonamientos sobre la violencia, entonces, han tratado de distinguir entre la ejercida de forma justa y la injusta o ilegítima. Ha tendido a considerarse justa la violencia en defensa propia, la defensiva;  e injusta la agresiva u ofensiva. Viene a ser la postura predominante en la Escuela de Salamanca, y la cuestión fue abordada en profundidad  sobre una práctica concreta con motivo de la conquista de América, particularmente en la polémica que dio lugar a la paralización momentánea de dicha conquista. Los argumentos de Las Casas, aunque especiosos por lo que se refiere a sus descripciones de los hechos, respondían a la postura mencionada. Contra él argumentó Ginés de Sepúlveda según es sabido. Pero la clave reside en si puede considerarse justa la agresión, y en qué condiciones. Desde un punto de vista “maquiavélico” o incluso positivista, la violencia agresiva  sería un hecho muy frecuente en la historia, y por ello mismo quedaría justificado frente a idealizaciones ilusorias, sin contenido real. El criterio a aplicar sería la victoria: el vencedor establece la ley y con ella la justicia.

  Además,  resulta a menudo muy difícil distinguir entre agresión y defensa.  Cuando varias de las colonias inglesas de América  emprendieron la guerra para liberarse de su metrópoli, ¿practicaron una violencia agresiva o defensiva? Por supuesto, trataron de justificarla alegando graves injusticias previas  por parte de Inglaterra. Lo mismo cabe decir de la mayoría de las guerras: siempre pueden encontrar justificación en otras agresiones sufridas anteriormente,  hasta remontarnos a Caín y Abel. Es fácil encontrar, además, justificaciones para la agresión.  Ginés de Sepúlveda legitimaba la conquista de América por el atraso civilizatorio de los indios, manifiesto entre otras cosas, en las costumbres injustas y violentas de estos: los españoles, aunque fuera inicialmente por la violencia, les aportaban una cultura y moral superiores. Y cuando el nuevo estado useño surgido de una guerra de independencia, llevó a cabo guerras casi de exterminio contra los indios, se justificó asimismo en la superioridad de civilización.  En los siglos XIX y XX se justificaron la guerras ofensivas como consecuencia natural de superioridades e inferioridades raciales, como necesarias contra la explotación del hombre, etc. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el día de hoy.

Tiene relevancia el dato de que ninguna violencia, desde el poder o desde la rebelión contra él,  se realiza sin invocar la justicia y su derivado el derecho. De ahí podemos sacar dos conclusiones opuestas: o que esas invocaciones son puro ilusionismo bajo el cual se oculta la realidad de la única justicia posible: el éxito; o, por el contrario, que la exigencia de justicia está profundamente arraigada en el ser humano por encima de todos los avatares, como una especie de ley divina que pese a todas las frustraciones moldea la realidad, según expone la tragedia de Antígona. La elección por una postura u otra tiene carácter moral, va más allá del puro raciocinio o criterio de utilidad.

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Maquiavelo y la lucha por el poder

Blog I: Ateísmo, ciencia y totalitarismo: http://www.gaceta.es/pio-moa/ateismo-ciencia-totalitarismo-20042014-1714

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Lucha por el poder

   Dada la atracción del poder,  la lucha por conseguirlo y mantenerlo desempeña un papel crucial: aumenta su inestabilidad, la cual, en círculo vicioso, favorece tal lucha. Maquiavelo  estudió las condiciones de ambas facetas en una obra clásica, El príncipe. A menudo leemos que este libro funda la ciencia política al separarla de connotaciones morales o religiosas. En realidad, suena algo inapropiado  hablar de  ciencia política,  mejor correspondida por el concepto más amplio de “pensamiento”;  y el pensamiento sobre el poder es muy anterior a Maquiavelo. Además,  El príncipe solo teoriza el poder en un plano restringido, no de su naturaleza sino de su práctica. Por otra parte,  ninguna obra de este género puede ser amoral (y probablemente tampoco arreligiosa). El hombre es inevitablemente un ser moral, ha de elegir a cada paso entre distintas opciones que caracteriza como buenas o malas, o como mejores o peores. Cuando se califica de inmoral a una persona o un acto se está diciendo, en realidad, que su moralidad  difiere de la comúnmente aceptada, o  que trae malas consecuencias, etc.  Y amorales solo son los animales, pero no las personas, salvo, en todo caso, los enfermos mentales. Al calificar de “amoral” a El príncipe, se indica de hecho  que sus principios morales chocan con los admitidos, al menos teóricamente, por los cristianos.  Pero la obra propone su propia moral, basada, en opinión de su autor, en los hechos de la realidad y no en idealidades ficticias.

   La realidad viene a quedar definida en El príncipe sobre juicios típicamente morales como estos: “Los hombres, en general, son ingratos, cambiantes, hipócritas, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro”;  “Un hombre que siempre quiera hacer profesión de bueno fracasará inevitablemente entre tantos que no lo son”.  Etc. La moral propuesta  podría concretarse así: puesto que los hombres son generalmente  malvados, el bien común  consiste en el mantenimiento del estado que –implícitamente–  establece el orden entre ellos. El poder resulta un arte basado en esos principios, que quien aspira a mandar debe tener muy en cuenta, so pena de fracasar. Así, esa maldad intrínseca, o al menos fuerte tendencia a la maldad,  del ser humano, impone que el príncipe emplee la violencia más cruel siempre que lo exija la conquista o conservación del poder. Pero, tratándose de un arte, el uso de unas u otras prácticas debe seguir ciertas reglas, so pena de que la crueldad se vuelva contra el poderoso. El príncipe no debe vacilar en recurrir a la mayor violencia, en traicionar sus pactos y juramentos pero sabiendo que ello, si no se emplea adecuadamente, puede labrar su ruina. Al respecto expone diversos ejemplos históricos sobre el buen y mal uso de la crueldad.

   Así, el poder tiene su moral, que en parte coincide con normalmente aceptada y en parte no: “El príncipe debe aprender a no ser bueno, y a practicarlo según la necesidad”. “Es más seguro ser temido que ser amado”, no obstante lo cual resulta muy peligroso hacerse odioso, y para evitarlo el príncipe debe respetar las propiedades y las mujeres del pueblo. “Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo serlo a conciencia; pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si fuera preciso”. “Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”.

    Propiamente,  El príncipe es un manual práctico cuyo objetivo final sería la independencia de Italia. Pero lo importante de él son precisamente sus implicaciones morales, de mucho mayor alcance. Implicaciones contradictorias. Así, no podría admitir como malas –según concede– las atrocidades o transgresiones del poderoso, a menos que estas perjudiquen al bien supremo de conquistar y retener el poder. Pero si en el poder consiste la bondad que refrenaría la maldad natural de los hombres y establecería un orden en la sociedad, ¿quién podría ser un príncipe adecuado, ya que este, como hombre, solo puede resultar tan malvado como los demás? El poder sería así un ejercicio vano de maldades, sin más sentido que satisfacer la voluntad, o más propiamente la vanidad del príncipe empeñado en imponerse sobre el vulgo. En nueva contradicción, la potencia de esa voluntad, presentada como un fin en sí misma, chocaría con la necesidad de no herir en exceso a los gobernados, para no hacerse odioso a ellos. Esa limitación es lo que de mucho antes se ha considerado la Justicia y su derivación el Derecho, los cuales no aparecen en Maquiavelo como algo que debería servir el príncipe, sino como embelecos útiles que él debería saber usar para asegurar su mando. Es decir, desaparece  la moral tradicional, aplicable en principio a todos los hombres, y es sustituida por la moral del poder,  del poderoso, la cual pierde toda referencia ajena, con lo cual gira en el vacío. Añádase que, siendo los consejos de Maquiavelo accesibles a todos los príncipes o aspirantes a serlo, el resultado solo puede ser una lucha incesante y sin reglas, de todos contra todos, lo cual impediría, desde luego, y entre otras cosas, la unificación e independencia de Italia. Y esta situación era, en parte, la que vivía Italia bajos los diversos príncipes renacentistas, y una de las causas principales de que los “bárbaros” dominasen el país. Por bárbaros entendía a franceses, alemanes y españoles, pero si no hubiera sido por el dominio de  estos últimos, Italia habría caído con gran probabilidad bajo el imperio turco.  

   En todas las formas de moral encontramos contradicciones profundas, derivadas de la inclinación humana al mal,  por lo que han fracasado los intentos de crear una moral racional.  Otra salida sería creer a los hombres buenos por naturaleza; pero ello haría innecesario el poder y propiamente equivocada la historia real de la humanidad. Un ser humano bueno por naturaleza, incapaz de mal, perdería entonces su naturaleza moral, asemejándose a los animales. Lo cual nos reconduce al carácter del poder, aludido en el primer artículo.

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Tendencia expansiva e inestabilidad del poder

Blog I:  Libia, Gibraltar y Suiza. http://www.gaceta.es/pio-moa/libia-gibraltar-suiza-19042014-1809

   **Domingo: Cita con la historia. Sobre la División Azul. Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde.

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Tendencia expansiva  e inestabilidad del poder

  De estas condiciones  derivan naturalmente tanto el impulso expansivo como la inestabilidad del poder. Dado que el poder político no tiene, en principio, un ámbito de aplicación delimitado,  tiende a expandirse y regular o controlar todas las acciones sociales,  y ello porque las difes  se manifiestan en toda actividad humana, haciendo peligroso, en principio, dejar amplias zonas de esa actividad a la espontaneidad individual. La tendencia expansiva, hacia el totalitarismo,  se ha manifestado a lo largo de la historia, a menudo como remedio a las crisis, a veces alimentadas en círculo vicioso por el mismo ejercicio del poder. Un ejemplo clásico es el de las reformas de Diocleciano,  quien, en respuesta a una situación próxima al colapso del Imperio romano,  duplicó la burocracia, sujetó a los campesinos a la tierra,  hizo hereditarios numerosos oficios e intentó regular los precios por ley.   En nuestra época, los sistemas comunistas han ido mucho más allá al ocupar el estado prácticamente toda la sociedad, incluyendo la economía. Aquí entenderé por totalitarismo una situación en la que el estado es ocupado por un partido, como en la Alemania nacionalsocialista; o una sociedad ocupada por un estado a su vez dominado por un partido, como en la URSS.

     La expansividad del poder  nace también de sociedades exteriores, bien por constituir estas  una amenaza que es preciso  desbaratar, bien por la tentación que suponen sus riquezas.  De ello son prueba todos los imperios. Pero se trata de hechos derivados de la existencia en el mundo de muchas sociedades o culturas y poderes distintos.  Más endógeno es otro factor expansivista: el carácter siempre limitado e irregular de la obediencia que suscita, incluso en los regímenes más absolutistas y violentos; como también en aquellos donde la mayoría de la población se siente beneficiada e identificada con el estado. Pues las órdenes y las leyes rara vez son cumplidas de modo estricto y uniforme, y en general  son burladas en mayor o menor grado,  por ignorancia o por resistencias  abiertas o disimuladas, como consecuencia de las difes propias de la cultura. Esa desobediencia, activa o pasiva,  es inadmisible para el poder, que reacciona  con distinta intensidad, según la considere un delito amenazador o una simple falta más o menos tolerable o tolerada.  Cuando la desobediencia se extiende, lo cual puede suceder por muchas razones y no siempre de modo subversivo,  el poder retrocede o replica con una mayor ampliación.  

   Con esto hallamos otra faceta del poder, sobre todo estatal: la presencia de un aparato de violencia para doblegar las voluntades contrarias o rivales y castigar en lo posible la insubordinación o el sabotaje. Esta violencia se  considera necesaria y legítima para evitar las violencias particulares nacidas de los mis conflictos propios de la cultura, pero nunca alcanza por completo su objetivo. Percibimos así  una tensión entre la obediencia y el mando, nunca aceptado del todo ni por todos.  Y esta es una de las razones por las que el expansivismo del poder va acompañado de una inestabilidad intrínseca, que cuando se acentúa deriva en revoluciones, guerras civiles o derrocamientos.

   También por otras causas sufre inestabilidad el poder. Dado que quienes lo ejercen son siempre pocos, su nombre apropiado es oligarquía. La oligarquía constituye un grupo social particular, especializado en la gestión del poder. Podría pensarse entonces en una oligarquía cerrada y más o menos unánime en sus criterios y aspiraciones, pero no es así. Las mismas difes (diversas aspiraciones e intereses personales, talentos, gustos, etc.) que crean en la sociedad corrientes de opinión, asociaciones, partidos, grupos  de afinidad y oligarquías, siguen operando en el seno de todas ellas. Es decir, no existen grupos sociales  perfectamente homogéneos y estables, y las oligarquías tampoco lo son. En las oligarquías, ello es perceptible en una dinámica particular, quizá imposible de reducir a leyes, consistente en tensiones, intrigas, rivalidades, luchas por el mando de intensidad variable, que coadyuvan a su inestabilidad.

  El ejercicio del poder está sometido a mil presiones de intereses muy varios,  que lo hacen difícil, poco previsible  y no pocas veces peligroso y  atormentador para quienes lo ostentan; no obstante lo cual ejerce una  atracción  especialmente intensa sobre muchas personas. La causa de esa atracción radica en las fuertes recompensas, desde las más triviales de la posición social y económica  hasta las  menos tangibles  pero no menos atrayentes para el ego: el placer de mandar y saberse obedecido, la impresión de estar por encima del vulgo, de alcanzar la relativa inmortalidad de la fama,  de “pasar a la historia”, etc. Obviamente, no deben subestimarse otros motivos,  mejor o peor mezclado con los citados, como el afán de de servir a los intereses más amplios de la sociedad, el sentimiento de responsabilidad hacia ella, el amor a la propia patria y cultura. De modo que hasta el tirano menos escrupuloso aspira a pasar a la historia como benefactor del pueblo.  Pero esa atracción no la sienten solo personas capacitadas y responsables, sino también otras más dominadas por la vanidad y el ansia de bienes materiales, según enseñan el pasado y el hoy. Cuando estas personas predominan, la lucha por el poder se vuelve un ejercicio  sumamente corruptor de la sociedad, y puede expulsar a los mejores.

   No solo los oligarcas o profesionales del poder sienten la atracción de este, sino también, aunque de modo más diluido, la mayor parte de la sociedad, en forma de corrientes de apoyo  a tal o cual fracción oligárquica. De esas corrientes surgen, sobre todo en momentos revolucionarios, nuevas oligarquías siempre sujetas, a su vez,  a divisiones y luchas  internas causadas por las difes.   Cabe distinguir dos tipos de inestabilidad: la de las formas o instituciones, y la del ejercicio mismo del poder. Es decir, un poder institucionalizado, llámese estado nacional, imperial, confederal,  democracia, monarquía… suele ser duradero, si bien  termina por entrar en crisis revolucionarias, fenómeno típico en la historia, si bien poco frecuente. Pero  dentro de esas formas duraderas de poder, la lucha entre los diversos grupos o clanes oligárquicos suele imponer alternancias a menudo violentas. Así, una forma de poder puede durar largos siglos, pero dentro de ella las tensiones o abiertas luchas por el mando son constantes y en algunos períodos llevan a la sociedad a la convulsión y el caos. Una tercera fuente de inestabilidad, de carácter exógeno, viene de las presiones y agresiones de otras sociedades.

En España, una época especialmente inestable fue la visigoda, producto de una monarquía electiva (por los nobles). De ahí que tratara de estabilizarse haciéndose hereditaria, sin éxito definitivo. El poder fue más expansivo en el siglo XVIII, con los Borbones, que en los dos siglos anteriores de los Austrias; y en los dos períodos resultó internamente muy estable, lo que ayuda a explicar el éxito político y militar de España durante la mayor parte de aquellos tres siglos. La época de los Reyes Católicos-Austrias  nació a su vez de un período de inestabilidad especialmente acusada, con Enrique IV.   El siglo XIX es una época de duras luchas por el poder, con la inestabilidad consiguiente. En el siglo XX, la descomposición de la Restauración dio lugar a una dictadura poco férrea o expansiva, y esta, a su vez, a una república  muy inestable que intentó  un reforzamiento del poder, sin éxito ante las tendencias revolucionarias, las cuales suponían a su vez una expansión ilimitada del poder. El franquismo puede considerarse una etapa expansiva, si bien harto peculiar, pues su estado fue siempre pequeño. Por el contrario, el tamaño del estado en la democracia se ha multiplicado por seis, índice de un poder expansivo, aunque más inestable que el anterior. Basten estas someras indicaciones, aplicables en unas u otras proporciones a todos los países  como rasgos connaturales al poder

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