Blog I: Por qué hay que superar el antifranquismo: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/por-que-hay-que-superar-antifranquismo-citas-20131105
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Poder y religión
El poder, incluso el más arbitrario y tiránico, se justifica implícita o explícitamente en la necesidad de orden social. Justificación esencialmente pragmática que, como tal, no puede funcionar sin un sustrato más sutil y más firme al mismo tiempo, generalmente identificado como la justicia. Esta consiste en alguna forma de equilibrio entre las diversas tendencias e intereses sociales, y el poder ha de servir a ese equilibrio para ser aceptado y no suscitar demasiada rebeldía. Tal equilibrio es por naturaleza inestable, ya que el peso o fuerza relativa de unos y otros intereses varía con el tiempo.
Obviamente, la desintegración social no podría contenerse si el ser humano estuviera dominado solo por las tendencias centrífugas de un individualismo ciego o un espíritu de partido exacerbado. Pero existen contratendencias como el sentimiento innato de la justicia, por más que este choque tan a menudo con el ímpetu de cada interés particular: en los conflictos, todos pretenden tener razón, esto es, tener la justicia de su lado.
La justicia no puede consistir, por tanto, en el mero orden o en la mera voluntad o el capricho de quien o quienes ostentan el poder (pese a haberse teorizado el poder absoluto del monarca, en la monarquía francesa). A la justicia se la supone por encima de los intereses particulares, incluidos los de los poderosos. Estos tienen a menudo la tentación de imponerse con la fuerza, algo que suele provocar rebelión o bien resignación, pero nunca acuerdo o consentimiento real de la mayoría. Porque la idea de la justicia no nace de los intereses particulares ni siquiera de la conveniencia de poner orden entre ellos. Se trata de una idea religiosa. ¿En qué sentido es religiosa? En el de que resulta inaccesible a la mera razón. Esta puede discurrir tanto la justificación de un orden social mediante la imposición del más fuerte como mediante la imposición del mayor número o de otras maneras. Pero la justicia se presenta como una imposición de la divinidad (lo que también se ha llamado ley natural) por encima de las leyes elaboradas por el propio poder (recuérdese, nuevamente, el conflicto de Antígona).
¿Y qué es la religión, en definitiva? Quizá ayude a entenderlo la siguiente consideración: la vida está llena de exigencias prácticas, cotidianas, rutinarias e indispensables para la supervivencia, en las que la razón y los conocimientos prácticos son siempre o casi siempre suficientes. La religión apenas desempeña un papel en ellas, al menos aparentemente (un cocinero no piensa en Dios cuando prepara un plato, o un carpintero hace una mesa, o un empleado de banca maneja papeles, etc.). Pero en un plano más general, todas las actividades corrientes y particulares de cada uno se integran en un conjunto enigmático y por ello angustioso, donde la razón y la habilidad práctica apenas sirven de algo. Con mayor o menor claridad, las personas intuyen su extraña condición: el mundo las ha traído a sí en el nacimiento, las apega a él con la potente fuerza del instinto de conservación, les otorga un período de lo que llamamos vida, más o menos largo, más o menos feliz o desdichado; y finalmente las extingue, es decir, las mata, pese a haber suscitado en ellas el intenso deseo de permanecer vivas. ¿A qué responde todo ello? ¿Qué finalidad tiene?
Este destino lo compartimos con los animales, pero en el hombre hay algo más: la capacidad de pensar sobre su propio destino y sobre el mundo. Pues hay más: el propio mundo se ofrece al hombre como una multitud de impresiones caóticas y cambiantes, causa de innumerables engaños, errores, azares imprevisibles y peligros. Por tanto, le obliga a un gran esfuerzo por establecer algún sentido general que haga a ese mundo manejable por un lado y comprensible por otro. El conocimiento práctico, la experiencia y la técnica le permiten desenvolverse en la vida corriente, manejando parte de las cosas en función de la subsistencia; pero la comprensión global no puede alcanzarse por las mismas vías. Al igual que en relación con nuestro destino, no hay modo de aclarar el problema con las mismas herramientas (la razón, la experiencia, la técnica) de que nos valemos para explicarnos cómo y para qué se cocina un plato, o se construye un puente o funciona la gravedad. Aquellas preguntas no tienen una respuesta con el mismo nivel de claridad, y la psique solo puede intentar responderlas con otras herramientas, como la intuición, la imaginación o la analogía. Y el resultado serían las religiones.
Así, cabe definir las religiones como respuestas a la angustiosa necesidad psíquica de encontrar un sentido al mundo y a la vida humana en él. Y de esa respuesta depende la justificación (la moral) incluso de los actos normales de la vida diaria, que aparentemente no necesitarían otra explicación que la más banalmente práctica. Pues la religión, una vez establecida, “baña de sentido”, por así decir, a la actividad práctica y rutinaria de las personas, que de otro modo darían la impresión –tan frecuente aunque en general subterránea—de esfuerzos absurdos.
De ahí, también, que un fenómeno tan decisivo socialmente como el poder, siempre haya necesitado la religión como respaldo. No sé si cabe sostener que en todas las sociedades han ido unidos religión y poder, pero me aventuro a creer que sí. Porque el poder, como decía al principio, no puede justificarse por sí mismo salvo en tiranías extremas y brutales, que dudo se hayan dado de forma tan desnuda. ¿Ocurre lo mismo en las sociedades occidentales, que hoy presumen de su laicismo? Por supuesto, también ellas descansan en creencias indemostrables racionalmente, como la fe en la ciencia (de la que la inmensa mayoría tiene ideas muy sumarias y a menudo equivocadas), o en la capacidad humana para “decidir” su futuro y el sentido de su existencia, lo que solo puede sostenerse sin pensarlo mucho. Podría hablarse entonces de una religión laicista, cuya bondad superior al cristianismo tradicional está por ver. En todo caso es uno de los grandes temas de nuestro tiempo.
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Un personaje secundario.
Cuando Paco decide pasar de anarquista a infiltrado en la CNT, contacta con Andrés, que dirige una pequeña red de la quinta columna. Alberto presenta a este Andrés como un obrero falangista (en la Falange, y contra la leyenda, la mayor parte de los militantes era de procedencia trabajadora), antiguo ugetista y algo ingenuo. Andrés no sospecha de un comunista infiltrado, que ocasionará la caída de su red y la detención de su familia, aparte de anular los frutos del espionaje de Alberto y de Paco sobre los padres de este. El infiltrado sale poco y sin personalidad en la narración, porque Alberto y Paco lo tratan muy brevemente. También ellos lo consideran un ingenuo o un tonto fastidioso, pero no se ven afectados por la redada comunista, pues han tenido la precaución de trabajar con total independencia de Andrés, no por desconfiar de él, sino por simple precaución que al propio Andrés le parecía excesiva, pero que agradecerá cuando le salven.
Andrés aparece como un personaje de trato difícil, y cuando se entera de que su mujer ha sido detenida y sus hijos enviados a Rusia, se vuelve fanático y sediento de venganza. Carmen no simpatizará con él por esa razón, aunque Alberto lo acepta y siente cierta amistad o más bien camaradería, debido a los sacrificios compartidos. El protagonista narra varios sucesos con Andrés. Por ejemplo, en uno de ellos celebran haber escapado por los pelos de una emboscada tendida por Sabater, un policía del SIM obsesionado con capturar a Paco.
“Nos adormilamos sentados de cualquier manera, vencidos por las emociones y el alcohol. Al entrar y vernos en tal estado, Carmen se asustó. Nos despabilamos, aún bajo el efecto del coñac, y la invitamos al vino y los pasteles.
–¿Qué os pasa? ¿Estáis en vuestros cabales?
–Celebramos tu vuelta al Ritz.
–Y algunas otras cosillas. ¿Se las contamos?
–No, hombre, no se vaya a impresionar
–¡Qué va! ¡Es una chica peleona! ¿Se come el mundo!
–Esto es inaudito. Estáis borrachos. ¿No os da vergüenza?
La indignación de Carmen y la euforia etílica de los demás cambian por completo cuando Paco advierte: “ Estamos de fiesta y olvidamos a Mercè. ¡Qué le habrán hecho esos bestias para que descubriera el piso!”. En aquel piso habían estado Andrés y Alberto a punto de ser detenidos o muertos por los hombres de Sabater.
En otra escena significativa sorprenden a un grupo de chekistas que, al huir de Barcelona ante la llegada de los nacionales, se llevan a un grupo de prisioneros con el propósito de fusilarlos (la escena está inspirada en hechos reales, como el asesinato colectivo del que se libró por milagro Sánchez Mazas, novelado en Soldados de Salamina, pero con final muy distinto en Gritos y golpes). En esta ocasión, los dos amigos y Andrés, vestidos con uniformes militares del enemigo, consiguen sorprender a los chekistas y aniquilarlos, liberando a los presos. Es su primer éxito real, aparte de las evasiones por los Pirineos. Algún crítico ha considerado el suceso inverosímil, pero no lo es. En las operaciones especiales (comandos y demás) se dan acciones parecidas, una vez lograda la sorpresa. Entre los presos liberados está la esposa de Andrés. Sabater es el jefe de los chekistas, y es capturado vivo. Confuso por los uniformes, les insulta y amenaza con fusilarlos, pero enseguida le hacen caer en la cuenta, y Paco, muy ufano se le da a conocer, jugando con él al gato y al ratón:
“–¿Qué crees que debemos hacer contigo? Dínoslo, Sabater. ¿Lo mismo que tú hiciste con Mercè, por ejemplo?”
Y sigue un diálogo entre irónico y amenazante que evidentemente debía terminar mal para Sabater, pero en esto se acerca Andrés:
“–¿A qué viene esa palabrería? Démosle su merecido de una vez”.
Y sin más, quita al chekista u arma y lo mata con ella. A continuación, ordena: “Paco, vamos a buscar a los presos. Tú Gregorio (nombre de guerra de Alberto), vigila a estos”
Y Alberto reflexiona. “No acostumbrábamos aceptar mandatos de nadie y me sorprendí a mí mismo obedeciendo; y no me sorprendió menos que Paco lo hiciera. Acaso porque las órdenes tenían sentido” Los dos se alejaron entre los muertos y heridos gimientes, cuyas armas recogían…” Evidentemente, a pesar de todas sus experiencia y aventuras, seguía habiendo en los dos amigos un resto infantil, tan jóvenes eran.
Al registrar el cadáver de Sabater, le encuentran joyas y dinero francés y español y la documentación “Su fotografía con anteojos redondos y bigotillo le daba aire de señorito chulo. En otra posaba al lado de una mujer de aspecto corriente, su esposa, imaginamos, y en una tercera aparecían los dos, ella de pie y él en cuclillas pasando afectuosamente el brazo por los hombros de una chica sonriente de diez u once años, con rasgos de retraso mental.
–Debe de ser su hija.
–Qué vida habrá llevado este… este… ¡Bah! –comentó pensativo Paco. Parecía encontrar difícil insultarle”.
La victoria no traerá gran felicidad a Andrés. Sus hijos han desaparecido camino de Rusia, y su mujer sufre trastornos mentales. Él mismo se convierte en un perseguidor implacable de los rojos que no han logrado escapar de Barcelona.
Sucesos y evoluciones parecidas hubo muchos por aquellos tiempos. Pero no me interesa destacar la mayor o menor verosimilitud del relato, sino lo complicado de las motivaciones y actitudes de los personajes. Por ejemplo, un chekista se justificaba más o menos así: “Mi trabajo es menos lucido y menos glorioso que el de quienes combaten en el frente. Pero no es menos necesario, incluso lo es más”.
