Blog I: Si yo fuera obispo / Cultivo del odio. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/si-yo-fuera-obispo-20131014
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IV Doble fracaso de la razón
En la frase citada, Clausewitz opone la razón (la “inteligencia”) a la fe (el “espíritu”): aplicada a la guerra, la primera calcula y la segunda introduce un factor imponderable: la fe en la victoria y el valor correspondiente. Así, en la guerra a menudo –pero no siempre—se ha impuesto el segundo factor al primero, como también ocurre en la paz. Me sugiere una observación sobre las recientes guerras en Afganistán y Pakistán: la superioridad material (tecnológica y de información) de uno de los bandos eran tan abrumadora que excluía los conceptos aplicados a otras contiendas, como heroísmo, gloria o incluso valor. La lucha en tales condiciones se resuelve casi inmediatamente a favor del más fuerte. Sin embargo, el vencedor se vio arrastrado a una contienda muy diferente, en la que su superioridad material no garantizaba el triunfo, como ya había ocurrido en Vietnam. Es más, a día de hoy la empresa bélica se ha saldado más bien con sendas derrotas, al menos parciales y económicamente muy costosas. La razón solo puede explicar a posteriori tales resultados, inesperados desde el mero cálculo racional.
La razón se ejerce en los dos niveles de cuestiones (y angustias) humanas: el referido a la vida corriente y el que atañe al conjunto del mundo, su sentido y la posición del hombre en él. El catolicismo siempre dio enorme importancia a la razón, en cuyo ejercicio su teología alcanza cumbres como la Summa Theologica. Sin embargo fracasa en su empeño, cuya última meta, aunque no precisada, sustituiría la fe por la razón. Ha de haber un Dios como explicación última de lo existente, pero sus designios escapan a la inteligencia humana, aunque esta se esfuerce por distinguirlos y en algunos aspectos pueda creer haberlo logrado. Así, no llega a calmar del todo la angustia existencial. Este fracaso, o mejor esta exasperante insuficiencia, daría pie al rechazo radical de la razón por Lutero.
El segundo nivel, el de la vida corriente, tiene más relación con la naturaleza. Puesto que, al revés de lo que ocurre con Dios, la naturaleza nos es accesible a los sentidos y a la inteligencia, y formamos parte de ella, podemos concluir que no hay otra cosa y que debe explicarse por sí misma. Por tanto, cabría sustituir a Dios por la Naturaleza. Pero tal sustitución trae muchos inconvenientes. A nadie se le ocurre orar a la Naturaleza ni esta aporta el menor consuelo a la vida humana. Podemos extasiarnos ante su variedad, su colorido, su vastedad, pero también percibimos su carácter cruelmente inexorable. Y pese a ser sus criaturas , la naturaleza nos trata sin ningún cariño: no se ofrece a nosotros como algo inmediatamente comprensible y significativo, más bien parece complacerse en burlarnos, en inducirnos a error, someternos a mil accidentes, nos impone ansiedad y trabajos pesados y acaba por exterminarnos después de haber inscrito en nosotros, con tremenda fuerza, el instinto de conservación. Nuestra razón nunca acaba de entenderla a doña Natura, y en la medida en que la entiende la percibe como carente de cualquier sentido, de cualquier finalidad. Por eso también en este campo, el de la vida corriente, la razón solo permite éxitos parciales, acompañados de muchos fracasos y en definitiva no aminora, sino que aumenta la angustia existencial. Un fracaso final acompañado de numerosos éxitos parciales. Una insuficiencia angustiosa.
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Sobre la enseñanza
Aunque, siguiendo el concepto anglosajón, suele identificarse educación e instrucción o enseñanza, creo que conviene distinguirlas. La educación apunta a las normas de convivencia y conceptos generales de la vida, a la cultura en un sentido amplio y, mejor o peor, suele adquirirse en el hogar; la instrucción o enseñanza se centra más bien en al aprendizaje de materias prácticas con vistas a una profesión, y se adquiere en los centros de enseñanza. Naturalmente, la diferencia no es rígida, pues la enseñanza incluye cierto grado de educación, y esta diversas enseñanzas, pero la distinción tiene importancia, pues, según el modelo anglosajón, todo tiende a corresponder al estado o a instituciones al margen del hogar. La familia queda al final como una institución educativamente hueca, limitada a satisfacer la sexualidad en los padres y aportar protección económica a los hijos. Y puesto que la primera puede asegurarse al margen de la familia, al final solo quedaría la protección económica, mientras la educación real se concentra en la escuela y, más todavía, en la televisión. Tendencia cada vez más fuerte en los países europeos, que cabe relacionar con el deterioro de la salud social. Hoy vemos a los políticos, personajes en su gran mayoría muy poco ejemplares en cualquier aspecto, entrometiéndose hasta en la vida sexual de la gente y en especial de los niños y adolescentes, añadiendo una forma de alcahuetería a sus numerosas corruptelas y abusos. O a la OMS orientando a su manera perturbada la sexualidad desde la niñez.
En cuanto a la enseñanza, saltan a la vista sus deficiencias en España, desde la primaria. Deficiencias producto, especialmente, de las triviales recetas socialistas, con las que se pretende sustituir a la cultura tradicional. Una verdadera deseducación, a cambio de la cual prometen enseñanza práctica y profesional de mejor nivel, una promesa vana, según muestra la experiencia. Como decía un poeta chino, una de las cosas más lamentables es una juventud echada a perder por una educación falsa. No vale la pena extendernos aquí sobre estos males, pero sí hacer dos observaciones básicas: una buena enseñanza puede ser la inversión mejor y más productiva que pueda acometer un estado, directa o indirectamente. Y cualquier reforma debe empezar por la universidad, no por la enseñanza media o primaria: porque quienes pueden corregir estas son precisamente los formados en la universidad.
Y he aquí una dificultad seria: las facultades que forman a los maestros están empapadas de farfolla “progresista” y más o menos colectivista. Esto ya ocurrió durante la república, cuando los maestros eran a menudo los izquierdistas más exaltados. En tiempos no muy lejanos yo tenía que recorrer de vez en cuando la Universidad Complutense de Madrid, y las facultades que me parecían más degradadas, de ambiente más chabacano, eran precisamente las de Magisterio y Periodismo.
Cambiar esta situación no podrá hacerse sin una profunda y decidida lucha de ideas. Vivimos una crisis muy amplia, una crisis de civilización, y este será uno de los principales campos de batalla intelectual.
